Aquel verano Rai pudo tener diez días de vacaciones, y mientras Yolanda permanecía en Madrid cuidando de Berta se fue con Marina a una parte de la costa del sureste que había frecuentado mucho con los amigos y que la chica no conocía. Alquilaron una habitación en un hotel sobre la playa del pueblo y Marina descubrió en Rai nuevas actitudes que chocaban con las suyas.
Para empezar, teniendo al lado de donde residían aquella playa que, dentro de la época, no estaba demasiado concurrida, por la mañana a Rai ni se le ocurría bajar a ella, y tras un rato de recorrer en el coche parajes desérticos por una carretera sin asfaltar, después de aparcarlo en un terraplén terroso, se dirigía a otra playa que se alcanzaba tras veinte minutos de caminar y que obligaba a una bajada muy incómoda por un pequeño barranco.
—¿Esto no te parece paradisíaco? —preguntaba Rai, invariablemente.
Luego se desnudaba al completo, permanecía con Marina un rato, el necesario para echarle una ojeada al periódico, se daba un chapuzón y por fin se ponía un traje de goma, recogía las gafas, el tubo respirador y las aletas, y se iba a bucear durante casi dos horas.
Marina nunca había intentado bucear y la prueba que hizo no le animó a ello, aunque se ponía a veces unas gafas submarinas para echar un vistazo a las rocas cercanas. El caso es que permanecía sola durante casi toda la mañana.
El lugar era sin duda hermoso, muy agreste, con rocas volcánicas de distintos colores, del amarillo al negro, pero la larga soledad se le hacía demasiado aburrida, aunque intentaba paliarla con la lectura de algún libro.
Otro aspecto de la convivencia con Rai fue constatar que el chico era bastante maniático. En su programa diario seguía unas rutinas que no podían alterarse: se levantaba a las nueve, una hora que a Marina le parecía demasiado temprana para las vacaciones, y tras desayunar salían rumbo a aquella playa agreste a las diez, de manera que antes de las once ya estaban pisando la arena, tras descender por el abrupto resquicio entre las rocas. Regresaban al hotel un poco antes de las dos, comían a las dos y media, descansaban un par de horas —igual que, tras acostarse por la noche, Rai cumplía fogosa y puntualmente con lo que llamaba sus «deberes amorosos» con ella— y a eso de las seis emprendían una larga caminata que terminaba en otra playa recóndita, donde se bañaban antes de tomar unas cervezas y regresar al hotel, tras otro largo paseo. Uno de cada dos días, Rai tenía el propósito de ir a la discoteca del pueblo, un lugar atronador, atiborrado de gente, para tomar una copa y bailar, pero tras el primer día Marina se negó a volver. «Me agobia», explicó, simplemente.
A Marina le hubiera apetecido bajar con calma a la playa al pie del hotel, sin cansarse tanto en los desplazamientos a aquel lugar lejano, o conocer nuevas playas si era necesaria la excursión mañanera, o visitar otros lugares por la tarde, en vez de repetir siempre el mismo recorrido; pero Rai, inflexible, actuaba como si no la oyese: fiel a su costumbre, se colocaba la visera, cogía la mochila donde guardaba la toalla y los trastos de bucear, decía «Hala, vámonos» y al tercer día Marina dejó de sugerir novedades. «Al fin y al cabo», pensó, «diez días pasan enseguida».
Se había llevado con ella uno de los libros de investigación sobre Doña Oliva que le había dejado Berta y que esta había adquirido recientemente por Internet. No era un libro voluminoso, pero pesaba mucho y Marina, que había empezado a leerlo en Madrid, continuaba con él a la hora de la siesta, o un rato después de la cena.
El libro, que se titulaba El enigma Sabuco, estaba escrito por un profesor de instituto de Albacete llamado Ricardo González y presentaba una investigación documental exhaustiva, en la que no solo aparecía el famoso testamento de Miguel Sabuco que negaba que su hija Oliva fuese la autora del libro —… aclaro que yo compuse un libro intitulado Nueva Filosofía… y pongo por autora a Luisa de Oliva mi hija solo por darle el nombre y la honra, y reservo el fruto y provecho que resultare de los dichos libros para mí, y mando a la dicha mi hija no se entrometa en el dicho privilegio so pena de mi maldición…—, sino otros dos documentos que corroboraban lo mismo, lo que no impedía que el investigador mantuviese la tesis de que Oliva era la verdadera autora de la obra.
Sin duda el asunto era muy complicado, pensaba Marina, aunque Berta tenía razón al señalar que las licencias y privilegios habían sido otorgados a la propia Doña Oliva, y que más de ciento cuarenta años después de la primera edición, en la cuarta, la que Berta conservaba, el doctor Martín Martínez, médico de la familia real y autor de una Filosofía escéptica, extracto de la física antigua y moderna, consideraba a Doña Oliva precursora de muchos hallazgos de médicos ingleses —Encio, Wharton, Glisson, Charleton…— que incurrieron «en la negra nota de no nombrarla», y la alababa —la llamaba insigne doctriz— pese a tener noticias de los rumores sobre la falsa autoría de su libro.
—¿Qué opinas tú sobre lo de Doña Oliva? ¿Crees que fue de verdad la autora de la Nueva Filosofía? —le preguntó Marina a Rai una mañana, antes de que este se pusiese los tapones en los oídos, en su preparación para el largo buceo.
Rai la miró con muestras de confusión.
—¿Que si fue la autora de la Nueva Filosofía? ¿Qué voy a decir yo? ¡Lo que diga mi madre! ¿Es que tú no lo crees?
—Creo que hay que reconocer que el padre, con esos papeles, ha liado mucho las cosas.
—Bueno, si me encuentro por ahí abajo a ese señor, entre los sargos y los salmonetes, le diré que venga a verte y que te explique todo. ¿Quién suplantó a quién?
—Vamos, Rai, espera un poco. ¿Es que no podemos charlar un ratito? Me dejas aquí tirada dos horas y el resto del día tampoco hablamos casi nada.
Rai se acercó para darle un beso.
—Marina, preciosa, ¿no ves lo tranquilo que sigue estando el mar? Tengo que aprovechar el tiempo, pues luego no podré bucear en todo el resto del año… Te prometo que esta tarde hablaremos de lo que se te ocurra.
Quedó por fin sola y observó sin interés los aleteos de unas gaviotas que descendían desde la gran peña alzada al otro lado de la cala. El mar estaba muy tranquilo, ciertamente, y en la calita solo había otra pareja, en la punta opuesta. En el silencio que el leve movimiento del agua alteraba tenuemente, o algún ocasional graznido, y bajo el sol de la mañana, en aquella concavidad rocosa abierta al mar había una poderosa señal de soledad. La soledad puede resultar gratificante a veces, pero aquellos días de vacaciones a Marina le estaba resultando muy perturbadora, porque la obligaba a ensimismarse y a no poder olvidar.
Por un lado, la novela rusa no había levantado cabeza —incluso su primera novela seguía yendo mucho mejor que ella en venta de ejemplares—, y con vistas al futuro no se le ocurría nada nuevo. A veces intentaba derivar por ciertos caminos imaginarios: ya que conocía bastante bien el siglo XVI, y sobre todo el reinado de Felipe II, acaso pudiese organizar la novela de intriga que quería escribir en torno a los amores, que acabaron tan mal, entre Lope de Vega y aquella Filis, como pensó cuando Berta había hablado del asunto.
Y por cierto, pensando en Lope de Vega, resultaba que aquella isla Terceira donde peleó contra los franceses era el mismo lugar en el que tuvo que aterrizar el avión de Rai cuando se le estropeó el motor, durante aquel viaje de regreso de Panamá, porque la vida y la historia están llenas de casualidades novelescas…
Sin embargo, su imaginación no conseguía liberarse del libro de Berta, el que la autora había empezado a descubrir como novela, que había entrado en ella con fuerza insidiosa, y cuanto más leía acerca del libro de Doña Oliva más enredada se encontraba en el asunto. Pues la incógnita que el testamento y otros papeles de Miguel Sabuco habían despertado en torno a la autoría del libro era tan desesperante como sugestiva para cualquiera que quisiese restablecer la verdad, o al menos imaginarla. Pero el tiempo pesaba ya demasiado sobre aquellos lejanos acontecimientos, no permitía que pudiésemos cambiar su perspectiva, e incluso las investigaciones más rigurosas, con la rebusca de todos los documentos relacionados con el asunto, como la de aquel profesor, complicaban todavía más la interpretación de los hechos.
Lo que intuía Marina era que Miguel Sabuco no fue en verdad el amoroso progenitor preocupado benévolamente por su hija, aunque nunca se había decidido a decírselo a Berta. O acaso, más que una sospecha sobre la verdad de los hechos, fuese una derivación de la posible novela. ¿Qué era mejor para la ficción sobre Doña Oliva, una amenaza de la Inquisición que nunca tuvo resultados verificables, o la enemistad del propio padre, originada por enfrentamientos de los que sí había noticias, que habría creado en el ámbito familiar una tensión dramática verosímil?
Desde luego, si ella fuese la autora del libro, indiscutible novela, no dudaría en sugerir alrededor de Oliva un ámbito familiar cada vez más opresivo, considerando que el asunto central sería entonces el hecho incontrovertible de que a pesar de haber escrito aquella obra entre los dieciocho y los veinticinco años no hubiese vuelto a publicar nada más a lo largo de su vida, que al parecer fue bastante extensa.
Sentada en la sillita portátil, Marina se quedó dormida. La despertó la voz excitada de Rai.
—¿Estás dormida? ¿No te das un chapuzón?
Sin responder nada, Marina se levantó.
—¿No te desnudas del todo? —preguntó Rai—. ¿No te gusta sentir el agua en todo el cuerpo?
Marina, siempre sin responder, entró en el agua, que estaba mucho más tibia que cuando llegaron. Dio unas cuantas brazadas y luego regresó junto a la orilla y se dejó caer de espaldas para sentir las suaves olas rodar por su cuerpo. Rai llegó a su lado un poco después y se tumbó también boca arriba.
—¿Esto no te parece paradisíaco? —preguntó por enésima vez.
Marina volvió la cabeza hacia Rai y lo observó con la repentina sensación de tener a su lado a alguien desconocido.
—Es impresionante cómo estaba hoy la zona hasta el Morrón —continuó Rai—. Yo qué sé la cantidad de peces que he visto… Y ni una medusa…
Marina volvió a ensimismarse en su postura y no contestó nada, el cuerpo rendido a aquella cálida caricia del agua. Pero su placentera sensación, a la que se unía el olvido que el sueño había estimulado, debió de desmoronarse muy pronto ante la voz de Rai, que la interpelaba desde la arena.
—¡Marina! ¿Hasta cuándo vas a quedarte ahí? ¡Ya es la hora de irse!
Marina se levantó, se metió otra vez mar adentro y dio unas brazadas antes de salir. Vestido ya, con la mochila a las espaldas, la sombrilla cerrada y envuelta, la sillita de plástico en una mano y el bastón en la otra, Rai la contemplaba desde la arena con el gesto serio.
—¿Sabes qué hora es? —le preguntó cuando ella salía del agua.
—¿Nos espera alguien? ¿Tenemos algún fuego que apagar? —respondió Marina, risueña.
Más adelante comprendería que aquella súbita rebeldía ante los inmutables designios de Rai fue la primera señal de una borrosa determinación que estaba despertando en su interior.