4. De testamentos

 

 

 

 

Con el regreso a Madrid, Rai recuperó el absorbente trabajo en la asesoría y Marina se fue unos días con sus padres al pueblo paterno, en la provincia de Cuenca.

Yolanda informó a Rai de que Berta seguía «estabilizada» y la enferma, aunque con aspecto muy frágil, un poco fantasmal por lo escuálido de los miembros y lo transparente de la piel, estaba animosa y con ganas de seguir trabajando.

—Tu hermana me ha cuidado muy bien, pero Doña Oliva no me ha dejado ni un minuto. Ahora, durante las noches, se sienta en la butaquita de mi habitación y me habla hasta que me quedo dormida.

—¿Y qué te dice?

—Pues oye, una sabia como ella se encuentra encantada de que yo esté escribiendo este libro, que al fin intento que sea una novela, y eso no le ha parecido mal, y me asegura que voy por el buen camino, que estoy contando las cosas muy correctamente. Como es tan modesta dice que no se alegra tanto por ella como por su libro, pues considera que estaba demasiado olvidado.

—¿Y has escrito mucho?

—He hecho un capítulo muy difícil y creo que no me ha quedado mal.

—¿Qué capítulo?

—El capítulo en el que su padre, Miguel Sabuco, empieza a alarmarse por algunas cosas…

 

 

 

Berta le leyó a Rai, con esfuerzo, un largo fragmento en el que se narraba cómo la noticia de la impresión de la obra de Doña Oliva se había extendido rápidamente por Alcaraz, y que entre los concurrentes a la tertulia de Miguel Sabuco, a quienes Doña Oliva había regalado el libro, la obra fue recibida con felicitaciones y plácemes. Don Alonso de Heredia manifestaba que se sentía orgulloso de ser padrino de aquel prodigio de sabiduría, fray Arnaldo alababa la calidad de los textos latinos, que él había conocido el primero antes de que se imprimiesen, y Juan de Sotomayor releía, muy ufano, los dos sonetos suyos dedicados a la autora incluidos en el texto.

En el capítulo también se describía cómo se acercaban muchos vecinos a Miguel Sabuco para celebrar el libro de su hija, sintiéndose tan satisfechos como si aquella obra les perteneciese. «Una gloria para Alcaraz», decían.

Por otra parte, a manos de Doña Oliva —«Doña Oliva Sabuco de Nantes Barrera. Alcaraz»— llegaron numerosos mensajes a través del correo de postas, generalmente laudatorios hacia la Nueva Filosofía, en forma de versos o prosas ditirámbicas, aunque no faltaron algunos que criticaban su osadía por enmendar a los clásicos, doblemente censurable al no tener estudios de medicina y tratarse de una mujer.

 

 

 

—¡Me parece estupendo! —dijo Marina cuando conoció los progresos de Berta, al regreso de sus vacaciones.

—Tengo pensado algo más —respondió Berta—. A ver qué te parece. Escribiré que, sin embargo, en pocos meses se produjeron ciertos hechos que fueron inquietando a Miguel Sabuco. Para empezar, algunos contertulios fieles, como fray Arnaldo de Cabrera y el licenciado Juan de Sotomayor, empezaron a faltar a la tertulia con diferentes excusas, y al cabo, un día no asistió sino don Alonso de Heredia, pues a Doña Oliva, por sus ocupaciones familiares, cada vez le era más difícil estar en las reuniones académicas. Hablaron don Miguel y don Alonso de la extraña circunstancia de encontrarse solos, sin que ninguno de los demás contertulios hubiese excusado su inasistencia, y don Alonso fue a ver a fray Arnaldo, que tras muchos circunloquios le confesó que corrían rumores de que el libro de Doña Oliva iba a ser retirado por el Santo Oficio y que quizá ella sufriría el correspondiente proceso. La noticia debe alarmar mucho a los dos amigos, porque el temor a la Inquisición estaba de continuo presente en sus vidas, y un proceso suponía siempre, para empezar, la inmediata desaparición del procesado, sin que pudiesen preverse sus resultados ni actuar de ninguna manera, y en cualquier caso, incluso si el proceso terminaba bien, unos costos judiciales ruinosos, porque era siempre el procesado quien corría con los gastos…

—Está bien eso de meter la sombra de la Inquisición —comentó Marina.

—Ya te dije que me lo sugirió ese libro sobre El enigma Sabuco. Y lo cierto es que entonces la Inquisición era un verdadero peligro, como lo fue durante siglos para este desdichado país. Aunque sus procesos eran secretos, no hacía mucho que había terminado el del arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, primado de España y verdadero martillo de herejes durante muchos años, que por supuestas infracciones del dogma en su Catecismo sufrió un proceso de dieciséis años, nada menos, primero aquí y luego en Roma. Salió absuelto, pero le amargaron la vida.

—Conozco esa historia. Es interesantísima —dijo Marina.

—Y tan interesante, pues en realidad por debajo había una lucha por el poder. Su enemigo principal, como sabes, fue Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla, un fanático feroz que metió en el Índice de libros prohibidos a San Juan de Ávila, fray Luis de Granada y Erasmo, entre otros, y que quería quitarse de delante a Carranza para ocupar su sitio.

—Ojo, mamá —se burló Rai—, que tu novela va de Doña Oliva, no de esos arzobispos.

—Es una pena que Miguel Sabuco no hubiese podido conocer unos versos que escribió para sí mismo Bartolomé de Carranza cuando salió de su proceso. Aquí los tengo. Escuchad, por ejemplo:

 

El necio callando

parece discreto

y el sabio hablando

se verá en aprieto.

 

Conviene hacerse

el hombre ya mudo

y aun entontecerse

el que es más agudo.

 

—O sea, que en boca cerrada… —dijo Rai.

—¿Por qué te crees que los españoles somos tan reacios a hablar en público? Yo lo he visto en mis alumnos durante muchos años. No solo es vergüenza, sino miedo a irse de la lengua. La Iglesia, a través de la Inquisición, y luego la abundancia de guerras civiles, nos acostumbraron a estar calladitos…

—Eso puede ser un poco exagerado —dijo Rai.

—Con el tiempo yo he conocido los institutos españoles de Lisboa, de París y de Roma, y allí los portugueses, los franceses o los italianos, chicos y chicas, son los únicos que preguntan algo… —replicó Berta.

 

 

 

Pasó un tiempo sin noticias de la novela, como si Berta se hubiese concedido un intervalo que empleaba sobre todo en estudiar ciertos aspectos de la vida pública en la época de Doña Oliva: los mercados callejeros, las fiestas religiosas y los juegos colectivos, las llamadas «casas de conversación», que eran un precedente de los cafés, los rumores continuos sobre la gran armada que al parecer estaba preparando el rey para atacar a Inglaterra…

Aunque Rai había recuperado sus hábitos de ejecutivo, se le notaba más relajado y otra vez pasaba con su chica y su madre bastante tiempo. Tanto él como Marina advirtieron enseguida que Berta rehuía los comentarios sobre los nuevos pasos de su libro, y hablaban con ella de lo que quería, que normalmente eran las cosas que en sus investigaciones habían reclamado más su interés.

—Me ha llamado la atención el número de hospicios que había y lo grandes que eran. No quiero ser mal pensada, pero creo que la servidumbre femenina de la época debía de estar sometida a un acoso sexual continuo. Que el derecho de pernada estaba en la vida cotidiana, vamos.

También se refería a cosas que consideraba inescrutables:

—A menudo me encuentro con alusiones a que las mujeres comían barro, y no he sido capaz de entender esa manía de lo que llaman la bucarofagia…

También le interesaban otros temas:

—El mundo de los moriscos debía de ser muy interesante. Al fin y al cabo tenían su propia cultura, en todos los sentidos. Por eso he imaginado a esa Lazaria, la criada que cuidaba de Doña Oliva…

Una tarde, Marina decidió plantear directamente el asunto:

—Me imagino que piensas seguir escribiendo la novela, ¿no? —le preguntó, mirando a Berta con una firmeza que tenía mucho de exigencia.

Berta lo asumió sin manifestar incomodidad.

—Naturalmente. Lo que he hecho esta temporada es ambientarme un poco más.

—¿Y cómo vas a continuar?

Unos días después, Berta le leyó a Marina la continuación de su libro:

 

* * *

 

Aunque los procesos fuesen secretos, asuntos tan escandalosos como el del arzobispo Carranza estaban en todas las bocas. Al conocer los rumores que circulaban por la ciudad, Miguel Sabuco se alarmó mucho pensando en su hija y fue a verla, consternado. Le preguntó si estaba escribiendo algo nuevo y ella le contestó que no, porque a pesar de la ayuda de las criadas no tenía tiempo sino para ocuparse de la casa y de los hijos. Entonces Miguel Sabuco le dijo que no quería asustarla, pero que debía conocer los rumores que habían llegado a los oídos de su padrino y que este le había transmitido: que el Santo Oficio podía estar considerando su libro como reprobable, y que en tal caso ella debería sufrir las consecuencias de su responsabilidad. Los rumores podían ser ciertos o no, pero el caso era que los habituales de las tertulias de la academia se habían ausentado, empezando por fray Arnaldo, y le preocupaba lo que pudiese suceder.

A pesar de todo, había tomado la decisión de protegerla, para lo que era necesario que aquel libro infausto dejase de ser de ella. Doña Oliva mostró su extrañeza, pues no podía dejar de ser suyo un libro publicado, para el que había recabado la licencia de impresión y el privilegio real a su nombre, y que además había dedicado personalmente al propio rey.

Entonces Miguel Sabuco le comunicó su idea: para empezar, iba a enviar a su hijo Alonso a Portugal para que se imprimiese una edición en la que constase que el autor de la obra era él, Miguel Sabuco, y estaba preparando un testamento atribuyéndose la autoría del libro y haciendo saber que había permitido que Oliva lo firmase «por darle el nombre y la honra».

A Doña Oliva aquello le parecía un desatino, pero no quería herir a su padre, que mostraba hacia ella tanto afán protector, e intentó disuadirlo, pues además pensaba que fray Arnaldo no había encontrado nada censurable en el texto y que el libro había contado con la oportuna licencia eclesiástica. No obstante, su padre no desistía de sus ideas, porque además el testamento era algo privado, que nadie conocería, pero que le serviría de salvaguardia en el caso de que interviniese la Inquisición.

Doña Oliva se preocupó por lo que entonces pudiera sucederle a él, pero su padre respondió que ya todos sus hijos eran independientes y que el pequeño Miguel, que había tenido de su segundo matrimonio, estaba en camino de serlo, pues iba a proceder a un reparto de sus bienes entre todos ellos, para prevenir las funestas consecuencias de un proceso inquisitorial, ya que de tales procesos, aun si se conseguía la absolución, se salía siempre arruinado, porque tanto los costes jurídicos como los de la prisión, incluidos los gastos de alojamiento y manutención, corrían siempre a cargo del procesado.

Además, si se producía la intervención de la Inquisición, a una mujer la tratarían con mucha mayor dureza, para dar ejemplo, pues ya había dicho fray Luis de León, en un reciente y famoso libro, que a las mujeres no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, y que debían contentarse con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola.

 

* * *

 

—Fray Luis de León fue también procesado por la Inquisición —apuntó Marina.

—Eso confirma que todo el mundo estaba expuesto a su rigor y fortalece los temores de Miguel Sabuco.

—Pero en la relación de Oliva con su padre olvidas que, por mucho que la quisiese, Miguel Sabuco tenía con su hija fuertes diferencias a causa de la dote; por lo que he leído en uno de esos libros que tienes, hasta tuvo un pleito con su yerno por ello… Y hay que reconocer que lo de la edición portuguesa es muy raro.

—En aquellos tiempos todos andaban metidos en pleitos, como la propia Doña Oliva denunciaba. Y un pleito por motivos económicos no tenía por qué impedir que Miguel estuviese preocupadísimo por lo que le pudiese suceder a su hija si caía en manos de la Inquisición. Lo cierto es que el libro que él intentó imprimir nunca apareció… Muchos años después hubo una edición portuguesa, pero con el nombre de Doña Oliva, como era natural. Miguel Sabuco debía de ser un hombre caprichoso, tornadizo, y en aquel tiempo estaba tan preocupado que hizo muchas tonterías.

Marina guardó silencio un rato y, al cabo, preguntó:

—¿Y cómo vas a seguir?

—Te confieso que no lo sé. La vida pública de Doña Oliva termina con la edición de su libro, y luego tenemos ese testamento del padre y un par de papeles de contenido similar. Ahí acaba la historia verdadera.

—La historia verdadera nos da esos datos ciertos, pero la novela no puede terminar del mismo modo.

—¿Qué quieres decir?

—Que falta trama, asunto. Que tienes que imaginar algo más. No desaproveches al marido, ese Acacio de Boedo, ni tampoco al poeta, ni al fraile… ¿Y por qué no te llevas a Lope de Vega a Alcaraz una temporada? Además, interrumpes la tertulia de la academia demasiado bruscamente.

Berta permaneció unos instantes mirando a Marina y luego volvió el rostro hacia la supuesta Doña Oliva.

—¿Lo oyes, Doña Oliva? Marina quiere más enredos en tu vida. Pobrecita, si tu peor enredo fue que ya no escribiste más, con lo dotada que estabas para ello.

Marina ya se había acostumbrado a las interpelaciones de Berta a su querido fantasma. Imperturbable, insistió en lo que estaba diciendo:

—La tertulia no puede acabar de ese modo, por la brusca deserción de sus componentes. En cuanto a eso que dices de que Doña Oliva no escribió más, es incorrecto: no sabemos si escribió o no escribió; si escribió, no lo conocemos. Acaso no se publicó, o acaso no llegó la publicación hasta nosotros. Imagínate que hubiese más obra de Doña Oliva.

 

 

 

Rai tuvo que estar ausente una semana por unas reuniones de la empresa en Marruecos, donde también llevaba a cabo ciertas obras, y al volver a casa se encontró a Berta y a Marina enfrascadas en sus reflexiones históricas y literarias. Las besó, fue a su habitación a dejar la maleta y ponerse cómodo, y al volver a la sala preguntó a su madre, guiñando un ojo a Marina:

—¿Qué tal vamos con la novela?

—No te puedes imaginar lo que me ayuda Marina. He avanzado muchísimo gracias a ella.

 

* * *

 

Hasta la visita de Miguel Sabuco para comunicarle los imprecisos rumores sobre la posible actuación de la Inquisición y su decisión de publicar el libro en Lisboa con su nombre y escribir aquel testamento que la desautorizaba, Doña Oliva había vivido con placer y alegría el éxito de su obra, pero de repente se encontró sumida en una inesperada y nada grata confusión, que aumentaba todavía más aquella decisión de su padre de hacerse pasar por el autor de la Nueva Filosofía.

Doña Oliva se lo contó a su marido y Acacio quedó tan perplejo como ella: sin embargo el peligro de un proceso inquisitorial era verdaderamente temible, y consiguió encontrarse con fray Arnaldo, ya que el convento al que este pertenecía participaba en ciertos negocios madereros que estaba llevando a cabo, pero el fraile eludió hablar de los posibles problemas inquisitoriales del libro, asegurando que no tenía noticia concreta de ello, y aunque en el encuentro se mostró muy evasivo, al despedirse de Acacio le dio muchos recuerdos para Oliva, lo que aumentó la desorientación del matrimonio.

El hecho fue que Miguel Sabuco llevó adelante sus planes testamentarios, envió a su hijo Alonso a Portugal a editar el libro, aunque tal publicación nunca se produjo, y les hizo firmar nuevos documentos en los que aparecía él como autor de la Nueva Filosofía.

Para aumentar el desconcierto, Acacio recibió noticias del impresor Madrigal: la primera edición estaba agotada y les proponía una segunda. Pensando que la materialización de esa segunda edición sería, en cualquier caso, una forma de conocer la postura inquisitorial ante el libro, Oliva y Acacio decidieron autorizarla, asumiendo los riesgos, mas la nueva edición fue impresa y distribuida sin que suscitase ningún problema, lo que hizo pensar a ambos que Miguel Sabuco estaba equivocado y que aquella amenaza que tanto lo atemorizaba no parecía tener fundamento.

Todos aquellos incidentes turbaron mucho a Doña Oliva, que empezó a reflexionar acerca de lo feliz que se había encontrado a raíz de la publicación del libro y de su indudable éxito, a pesar de la desolación que había sentido ante la supuesta amenaza inquisitorial. Aquellas consideraciones la llevaron a pensar en la escritura de un nuevo libro, en el que desarrollaría ampliamente sus argumentos sobre el mejor medicamento o remedio de la «vera medicina» que ella había defendido en la Nueva Filosofía: el modo de componer el alma con el cuerpo buscando todo lo que engendre alegría y esperanza de bien, y confortando el cerebro con palabras, obras y cosas. Se puso a escribir su nueva obra, y la escritura apaciguó su desasosiego y le devolvió la serenidad perdida.

 

* * *

 

—¡Eso va mucho mejor! ¿Ves como sí tenías materia? ¡De lo que conocemos a través de la historia podemos deducir lo que no conocemos!

Aquel día estaba también presente Rai. Berta los miró a ambos con afecto y luego habló con voz solemne.

—Escuchad, quiero hablaros muy en serio.

Los dos esperaron atentos sus palabras, porque Berta no acostumbraba a utilizar aquel tono.

—Creo que voy a durar ya muy poco —dijo, con la misma seriedad.

—¡Pero si lo tuyo está estabilizado! —respondió Rai—. ¡Los médicos son bastante optimistas!

—Déjame acabar. Creo que estoy en las últimas. Lo digo no solamente porque lo siento, sino porque Doña Oliva me mira de una forma diferente a como lo hacía antes. Y Lisi no hace más que subirse a mi regazo y ronronear, parece que estuviera despidiéndose de mí.

Ni Rai ni Marina supieron qué decir.

—El caso es que no voy a poder terminar mi libro —aseguró, con firmeza.

—Vamos, Berta —dijo Marina—. Estás escribiendo sin problemas, ¿por qué no vas a seguir?

—Lo percibo aquí dentro, querida Marina: no voy a poder terminarlo. No quieras saber lo que me cuesta, a estas alturas… Y por eso debo hablaros, o mejor dicho hablarte a ti. Me gustaría que lo terminases tú. Con el talento que tienes, seguro que lo dejas perfecto. Cuando me vaya, que digáis lo que digáis va a ser pronto, te llevas el manuscrito.

—Vamos, Berta, ya hablaremos de eso.

—No, vamos a hablar ahora. En esta carpeta está el manuscrito y en esta otra los papeles más interesantes, donde he puesto en limpio las anotaciones sustantivas sobre la época y los personajes. Hay otros borradores, muchos papeles que ya no sirven y que voy a tirar… Y también te llevarás estos libros, aunque el de Doña Oliva es para Rai.

—Que sí, Berta, que sí. Pero ya hablaremos de eso, te digo.

—Te llevas todo esto y te pones a ello. Le quitas ese arcaísmo de los diálogos que dices que no te gusta, metes lo que te parezca que puede estar en la parte oculta que la historia no nos cuenta, y terminas el libro, la dichosa novela. He pensado que, si te extiendes durante mucho tiempo en la vida de Doña Oliva, puedes acabar haciendo que se vaya a Indias, tal vez con el hijo mayor, que ha encontrado allí un empleo… Pero ya de antemano te digo que estoy contenta, orgullosísima, de nuestra colaboración. ¿Qué me dices?

Marina miró a Berta con mucho afecto y luego le agarró las dos manos.

—Te prometo que si tú no terminas la novela, la terminaré yo. Pero tienes que seguir trabajando, porque lo estás haciendo requetebién.

—Gracias, Marina, hija. No sabes cuánto te lo agradezco. Nuestros nombres quedarán unidos. Pero no te preocupes, que mientras el cuerpo aguante yo seguiré con nuestra novela. ¡Y no te figuras qué gusto me da decir nuestra!