1. La soledad de Rai

 

 

 

 

Las navidades iban pasando con bastante normalidad, pero en la Nochevieja Rai tuvo una fuerte desavenencia con Marina. Tras hacer con Berta una ceremonia de uvas simbólica a las diez y acostarla, pensaban ir con los amigos a tomar las verdaderas y celebrar la fiesta, pero al final no se pusieron de acuerdo en la compañía, de manera que Rai se marchó con los suyos a un local de copas y baile de Chueca, que Marina llamaba «el tugurio de Rai», y ella se fue a casa de su amiga Rocío, donde al parecer concurriría más gente de sus conocidos. Al terminar los respectivos festejos, Marina volvería a su propia casa y Rai a la de su madre, pero cuando este lo hizo, Berta no estaba en su cama, dormida, sino caída en medio de la sala, inmóvil, con el camisón manchado de sangre. También había mucha sangre alrededor. Estaba muerta.

Luego se sabría que la causa del fallecimiento había sido la rotura de la aorta, que según los facultativos había quedado muy debilitada como consecuencia de las abundantes radiaciones, pero en la desolación que abatió a Rai lo de menos eran las causas de la muerte, pues aunque el proceso de la enfermedad de Berta había sido largo y era notoria la gravedad del caso, él nunca había imaginado realmente que algún día su madre iba a fallecer.

Al encontrar el cadáver, Rai se quedó atónito durante varias horas. Sentado en el sofá, con su madre a los pies, su mirada perdida creyó advertir un borroso bulto sentado al otro lado de la mesa del comedor, con la gata al lado, pero no era sino una figuración de la luz del amanecer. Al cabo llamó a Marina y le contó lo que había pasado. Hablaba bajo y oscuro y Marina, a quien su llamada había despertado, no acababa de entenderle.

—Que mamá está muerta, muerta, muerta —repetía Rai, como un eco del muerta, muerta, muerta que resonaba dentro de sí.

 

 

 

Fue Marina quien, a partir de entonces, debió encargarse de llevar adelante todos los trámites, porque el abatimiento de Rai lo dejaba al margen, incapaz de tomar decisiones, y tanto Raimundo padre como Yolanda habían perdido la cercanía necesaria para poder actuar con celeridad. Así, Rai vio, entre una confusión más propia del sueño, cómo Marina llegaba a su casa y descubría el cadáver sanguinolento, y empezaba a hacer llamadas telefónicas para organizar las cosas…

Y continuaba sumido en aquella desorientada percepción mientras, en el tanatorio, sus amigos y los de su madre se acercaban a manifestarle su condolencia. También su padre estaba allí, pero era evidente que la lejana separación le había restado representación familiar, y otro tanto le pasaba a Yolanda, ya que en el conjunto de asistentes prevalecía la gente próxima a Rai y a Marina. Centro pues de los pésames, Rai apenas prestaba atención. Desde que había encontrado el cadáver de Berta tenía la sensación de hallarse dentro de una especie de cueva tenebrosa, igual que le había sucedido en aquel avión averiado, como si todo a su alrededor se hubiera empequeñecido hasta formar un túnel por el que circulaba una aflicción irresistible.

Al tanatorio habían ido, además de los amigos, algunos compañeros del trabajo e incluso el propio don Anselmo, que le preguntó intempestivamente por los contactos que había tenido en su viaje con aquella chica de la administración panameña, Euterpe, y Rai lo miró con muestras claras de que no era capaz de comprender de qué le estaba hablando. También apareció la esposa del hombre que había facilitado su entrada en la empresa, antigua amiga de Berta, muy compungida, que le dijo que su marido estaba también con cáncer, sin que Rai fuese capaz en esos momentos de comprender la referencia. Solamente salió de su estupor cuando, una vez incinerado el cuerpo de Berta, Yolanda intentó hacerse cargo de la urna con sus cenizas.

—Eso es para mí —reclamó Rai, tajante.

—¿Por qué va a ser para ti? —protestó Yolanda—. Yo soy la mayor.

—Porque mamá me dijo a mí dónde quería que estuviesen sus cenizas. ¿Es que tú lo sabes? —contestó Rai con tanta firmeza que su hermana no replicó.

También entonces pensó en el libro de Doña Oliva: la Nueva Filosofía tenía que haberte acompañado, mamá, debías habértela llevado contigo.

 

 

 

Todavía seguía bastante sumido en la confusión cuando Yolanda fue a verlo para tratar de los asuntos de la herencia. El testamento de Berta lo dividía todo entre los dos, «excepto los papeles y documentos sustantivos referentes a mi novela, que se entregarán a Marina, y el libro de Doña Oliva, que es para mi hijo Raimundo», y Yolanda, a quien la noticia de la novela de Berta le pareció solamente una anécdota muy adecuada a la larga enfermedad de su madre, quería arreglar lo del piso cuanto antes:

—Ya he hablado con una agencia. Se pone a la venta inmediatamente.

—¿Y yo?

—Tendrás que ir pensando en buscarte otro sitio. Si nos pagan lo que vale el piso, puedes comprarte un apartamento. Lo que podemos ir haciendo ya es repartir los muebles y las cosas. A mí me vendrán bien para la casa de Guadalajara.

Pero la crisis no favorecía los asuntos inmobiliarios, el tiempo fue pasando sin que la agencia encontrase comprador para el piso, y el reparto que Yolanda reclamaba se iba retrasando también.

 

 

 

Clara, la asistenta, seguía llegando a media mañana para arreglar la casa, aunque ahora solamente dos veces a la semana; la gata Lisi, tras merodear por la habitación de Berta y el resto de los espacios, sin duda buscándola, volvía a encaramarse al lugar de la mesa del comedor cerca de aquel en el que Berta solía encontrar a Doña Oliva, o se acomodaba a la derecha del sofá, o en el sillón de orejas, los mismos lugares que solía ocupar la difunta; algunos días, Marina venía a encontrarse con Rai, que había reducido extraordinariamente sus costumbres deportivas y de cita con los amigos y que acompañaba muy poco a Marina en sus salidas a espectáculos, visitas a exposiciones o conferencias.

Rai sentía que sus largas soledades hacían más amarga la ausencia de Berta, pues el regreso a la casa vacía siempre despertaba en él un sentimiento melancólico.

Cuando se acercaba la Semana Santa, tanto Rai como Marina tenían hechos sus planes: Rai se iría con los amigos a aquellas playas volcánicas del sureste que tanto lo atraían, y Marina se quedaría en Madrid escribiendo, ya que tras la muerte de Berta se había llevado todos los documentos y libros de esta sobre Doña Oliva, incluida la Nueva Filosofía, y, por lo que decía, estaba muy metida en la escritura de la novela.

 

 

 

La víspera de que Rai se marchase de viaje y antes de que Marina volviese a su casa, en el momento de la despedida, la chica habló con inusitada determinación:

—Lo siento, Rai, no puedo seguir disimulando más: lo nuestro ya no funciona. Te quiero mucho y siempre te querré como un buen amigo, mi amistad la tendrás segura, pero en lo otro las cosas se han terminado.

Rai había empezado a abrazarla, mas al encontrar los ojos de Marina mirándolo sin acritud, pero con una firmeza que era muestra de una decisión con todo el aire de ser definitiva, quedó inmóvil.

—¿Así, sin más ni más? —preguntó al fin, desconcertado.

—Lo he pensado mucho, Rai, no te creas. No es una ocurrencia. Lo nuestro ya no funciona, lo sabes de sobra, es una rutina sosa. Y a mí ha dejado de interesarme.

—¿Pero cómo puedes decirme eso? —respondió él, intentando que su abrazo no se desmoronase.

—Llevamos juntos más de dos años y me parecen cien.

—¿Pero qué dices?

—Te comportas conmigo sin ningún interés, como si fuese un mueble, solo estás a lo tuyo. Un polvo rápido de vez en cuando y listo. Lo mío no te importa nada, entre nosotros no hay verdadera comunicación. Por eso se ha terminado.

—Ya sé que yo hablo poco, pero antes era igual, soy así, he sido así a lo largo de estos años. Pero te quiero, estoy enamorado de ti.

—También yo he estado enamorada de ti.

—¿Es que hay otro? —preguntó él, sin soltarla.

—¡Claro que no hay nadie! ¿No eres capaz de entender que el amor puede terminarse, extinguirse, evaporarse?

—Bueno, Marina, debes reconocer que es bastante extraño que de repente me digas todo esto. Creo que cosas así hay que avisarlas, ¿no? ¿O es que te has levantado esta mañana descubriendo que ya no sentías nada por mí?

—Mira, Rai, llevo demasiado tiempo viéndote dedicado a lo tuyo, solamente pensando en tus asuntos, correr, los partidos con Tino, las reuniones con los amigotes, los cómics, ahora los papeles de la compañía… Hasta que mi amor se esfumó. Quería habértelo dicho antes, pero pasó lo de la pobre Berta y he preferido esperar. Ahora que nos separamos por las vacaciones, creo que es el momento oportuno. Lo siento, Rai, son cosas que pasan.

—He tenido muchos líos, primero angustiado buscando trabajo, luego dedicado a este que conseguí, intentando arreglar mi vida, nuestra vida.

—Solo estás a lo tuyo —repitió Marina—. Solo tus cosas despiertan realmente tu atención. Lo sabes de sobra. Incluso cuando la pobre Berta vivía, tus deportes, tu música, tus cómics, los amigos del alma, solo eso contaba.

Marina permaneció observando a Rai en silencio.

«Esto no tiene arreglo», pensó Rai, leyendo lo que aquella mirada dejaba traslucir.

—Podemos arreglarlo. Es que la muerte de mamá me ha desquiciado por completo —alegó, a sabiendas de que era un argumento inconsistente.

—Espero que esto te sirva para que reflexiones sobre tu comportamiento. El amor no está solamente en la cama —añadió Marina, categórica.

Luego se separó de él con firmeza y se lo quedó mirando un tiempo bastante mayor de lo habitual en una despedida, como para hacer patente la solemnidad e irreversibilidad de su gesto, antes de abandonar la habitación. Tal mirada detenida marcó el resto de las percepciones de Rai, que la veía alejarse como si sus movimientos fuesen muy lentos y evolucionasen poco a poco, hasta que llegó a la puerta de la sala. Cerró con fuerza la puerta, se alejó luego pasillo adelante, y sus pisadas llegaban también a los oídos de Rai muy lentas, cargadas de una resonancia inusual, extraordinaria. Por fin, Marina debió de alcanzar la puerta del piso, porque su ruido al cerrarse también resonó con un poderoso e inusual eco fúnebre.

Rai sintió una inusitada sensación de inverosimilitud: «¿Estamos en el libro, como decía mamá, y por eso nos pasa esto?».

 

 

Pero los dos portazos sí tuvieron para Rai un claro significado simbólico. Marina había salido de su casa y de su vida, y debía irse haciendo a la idea. «Son cosas que pasan», había dicho la chica, y la oración daba vueltas en su cabeza como una especie de moscardón inevitable e invisible. Lisi lo miró con fijeza y luego empezó a lamerse el cuerpo con energía, como si con ello menospreciase formalmente el ademán atónito de Rai.

Pero incluso en los peores momentos de nuestra vida lo cotidiano puede irrumpir para darles aire de comedia. Sintiendo lo ridículo de su acción, Rai salió corriendo tras Marina, que estaba a punto de entrar en el ascensor.

—¿Y Lisi? ¿Quién va a cuidar de Lisi durante estos días?

—No te preocupes, yo me ocuparé de que la gata esté bien atendida hasta que vuelvas.

 

 

 

 

A veces su madre, que tanto había querido a Marina, le había recriminado su aparente desapego hacia la chica:

—¿Pero no llegaba hoy Marina de México? ¿Es que no vas a ir a buscarla?

—Irán los de la editorial, seguro. O cogerá un taxi.

—¡Pero si no tienes nada que hacer!

En la actitud de Berta se mostraba el reproche indignado:

—¡Cómo eres, Raimundo! ¡No le haces ni caso! ¡Pues que sepas que a las mujeres nos gusta sentirnos atendidas!

—Es a ti a quien tengo que atender. Marina se las arregla de sobra sola, no fastidies. Marina me tiene cuando me necesita, pero del aeropuerto a su casa son cinco estaciones, quince minutos.

 

 

 

Rai piensa ahora que, en sus relaciones con Marina, tenía que haberse forzado a reflexionar sobre las rutinas, tan cómodas para él. Como decía su madre, tendría que haber atendido más generosamente las propuestas de la chica para hacer juntos cosas que se saliesen del hábito que a él tanto lo gratificaba; por ejemplo, intervenir también, y no solo su madre, en los pequeños festejos que el cumpleaños o el santo de Marina suscitaban; sacrificar la lectura de una novela gráfica nueva —o, cuando empezó a trabajar, su embelesada entrega al estudio y elaboración de los informes— para acompañarla a esta o aquella presentación de libros, o a ciertos encuentros literarios con autores, o a las celebraciones editoriales que él aborrecía. No ser tan fiel a los encuentros en solitario con los amigos de la carrera…

«A contemplarla un poco más, a mimarla, en definitiva.»

¿Por qué esa satisfecha aceptación del amor, casi de la entrega, de Marina, como si en él hubiese un efluvio encantador, capaz de mantenerla hechizada toda la vida, sin darle a cambio más que los besos y las caricias propios del trato carnal?

La evidente satisfacción que suscitaba en sus compañeras de encuentro amoroso desde que era casi adolescente le parecía suficiente sujeción para ellas, y ahora piensa que es un estúpido, porque nunca supo comprender la dimensión real de Marina, su importancia social, la consideración que ella debía de tener de sí misma.

Tal como le aconsejaba su madre, él tenía que haberle dedicado a la chica algo más de atención, o mejor dicho algo de atención, porque a lo largo de estos días, en los que sus ocupaciones profesionales no han conseguido detener el roer implacable de su desilusión, ha comprendido que él «se dejaba querer», como decía la asistenta, Clara, para caracterizar actitudes más bien egoístas e incluso un poco desdeñosas.

«Me dejé querer demasiado», piensa Rai.

Nunca había puesto en duda que Marina estaría siempre enamorada de él, y la consideraba como un apéndice natural de su persona.

 

 

Lo que él había creído ser hasta ahora, en su relación con Marina, podría representarse mediante un autorretrato ridículo, él coronado de laurel, junto a la mesa de dibujo, como si fuese un gran dibujante, pensando que Marina permanece adorándolo como a una imagen sagrada, como si en la realidad él, cuando se encontraron, no hubiera sido un parado don nadie, como lo llamó con crueldad su padre, y ella una joven escritora muy conocida por su primer libro, a quien hacen entrevistas en la radio, en la tele, en las revistas, y a quien le envían sin cesar desde la editorial cartas de numerosos admiradores, hasta el punto de que ha contratado a una chica para que vaya un par de días a la semana, durante unas horas, a ponerle en orden el correo y la página web.

Sin embargo, lo que más lo desasosiega es la falta de perspicacia para comprender que el amor es un fuego que debe ser alimentado por los dos a la vez, y además de continuo, manteniendo cercanía en todas las cosas. Pues la verdad es que tenía más charlas y mensajes de guasap con cualquiera de los amigos que con ella, porque el tema preferido de Marina es cierto tipo de literatura, y además menosprecia las novelas gráficas y el deporte, y él adora las novelas gráficas y el deporte, y ve la literatura que no se centre en lo policíaco como algo bastante ajeno… Incluso las novelas de Marina le parecen aburridas por su marco histórico, aunque a ella siempre le ha dicho que le encantan… Sin duda ha habido entre ambos un espacio sólido de incomunicación en aspectos decisivos.

 

 

 

A esta grave contrariedad se unió el fastidio de encontrar en el piso, a la vuelta de vacaciones, pequeños cambios que hacían extraño el ámbito familiar: en la librería de la sala faltaban bastantes libros, no estaba tampoco el gran sillón de orejas en el que a menudo se sentaba su madre, y sobre el aparador del comedor había una nota en la que su hermana Yolanda —pues era quien la firmaba— decía:

 

me acerqué por casa y me llevé los libros que me corresponden y el sillón de orejas que compraron al casarse, donde mamá decía que me mecía en sus brazos de recién nacida. También me he llevado la cubertería de plata que papá me prometió y las joyas de mamá, porque siempre dijo que serían para mí. He dejado un recuerdo para Marina. Tenemos que terminar el reparto de una vez. ¡Ah! Fulgencio me ha dicho que hay posibles compradores del piso y que la semana que viene nos dará más datos…

 

Junto a la nota había una pulserita: la que Rai le trajo a su madre como regalo tras una excursión escolar, cuando era adolescente.

Rai sintió la quemazón de la rabia. Aunque con su hermana Yolanda su relación ha sido mala desde la infancia —su amigo Julio, que cuando estudiaban era ya aficionado a la psicología, lo explicaba por esos celos tan comunes de «princesa destronada», y Rai no es capaz de comprender de otro modo la rivalidad que ha tenido con él desde hace tantos años—, su actitud a partir de la muerte de la madre está resultando demasiado combativa.

Rai tuvo el impulso de telefonear a su hermana para echarle en cara su venenosa deslealtad, pero al cabo resolvió que era más eficaz e hiriente cambiar la cerradura de la casa, aunque de ello pudiera derivar un pleito.

«¿Tienes ganas de pelea? Pues tendrás pelea», pensó, imaginándose con la actitud resuelta de un superhéroe.

«¡Esto se ha terminado!», le diría. «¿Quién te crees tú que eres? ¿Qué derechos te da ser mayor que yo para hacer tu santa gana? Mientras vivió mamá me ninguneaste, me despreciaste, pero ahora te vas a enterar…»