Aquella noche, Rai soñó con Berta. Fue un sueño raro, porque carecía de los aspectos absurdos de los sueños, hasta el punto de que, dentro del propio sueño, Rai pensó que no dormía sino que velaba, rememorando escenas de la vida real. Pero era sin duda un sueño, que se desarrollaba como una sucesión de estampas de Berta en las que estaban presentes Yolanda y él. En el sueño, Berta mostraba una especial ternura hacia Yolanda, que sin duda era reproducción de una ternura real: estaba la tarde en que Yolanda llegó a casa con una paloma que no podía volar porque tenía un ala rota, y los cuidados que tanto Berta como ella tuvieron con el animal, el ala cuidadosamente vendada, la caja de cartón que le asignaron para su reposo hasta su restablecimiento y la incorporación a la vida cotidiana, que acabó con la decisión irrevocable de Raimundo padre de que la paloma se fuese, pues era un animal al que sería cruel tener en una jaula, y además no podía andar suelto por la casa porque lo ensuciaba todo.
En el sueño, Rai volvió a verse con Berta y Yolanda en el balcón, soltando la paloma muy apenados, pero la paloma se había posado en la barandilla y no volaba, y cuando al fin lo hizo fue para aletear durante un corto recorrido y regresar junto a ellos, que al fin entraron en la sala, cerraron las hojas de la ventana y permanecieron mirando con tristeza a la paloma hasta que se alejó de la casa definitivamente.
Y luego en el sueño estaba Yolanda con aquella antigua pecera de cristal que le compraron en un cumpleaños y en la que había dos carpas rojas, y Yolanda y Berta miraban las carpas subiendo a la superficie para comer el alimento de peces que la niña dejaba caer. En cierta ocasión Rai les había echado migas de pan y aquello no solo fue motivo de un gran disgusto de su hermana, pues las migas podían ser muy dañinas en las peceras, sino que además Berta le habló muy severamente, advirtiéndole que no debía tocar las cosas de Yolanda.
Yolanda siempre traía animales a casa: fue ella quien vino un día con Grogui, un gatito pelirrojo que era mucho más manso y afectuoso que Lisi, y en el sueño Yolanda sujetaba al gato mientras Berta le recortaba las puntas de las uñas con esa curiosa tijera que todavía conserva para seguir cumpliendo la misma función.
Como suele suceder en los sueños, había una curiosa simultaneidad en las escenas y los peces acercaban sus cabezas al cristal como si quisiesen ver también a la paloma posada en la barandilla mientras Grogui se afilaba las uñas en un lateral del sofá, para enfado de Raimundo padre.
Fue un sueño inmediatamente anterior al despertar, porque cuando abrió los ojos Rai lo tenía todo perfectamente claro en su memoria, y sobre todo la mirada de su madre y una palabra que ella estaba pronunciando y que él no fue capaz de descifrar.
Mientras se preparaba el desayuno pensó en el poco afecto que su padre había mostrado siempre hacia aquellos gatos que Yolanda traía a casa —primero Grogui; luego Run-Run, que murió de repente cuando apenas tenía tres años, al parecer de una embolia pulmonar; por fin Lisi, a quien había dado nombre Berta en honor a una dama celebrada por Quevedo—, y la figura paterna se mostró de repente en un momento que había olvidado, o que había querido olvidar, hablando de aquella cubertería de plata que Yolanda se había llevado de la casa.
Tuvo que ser una Nochebuena, mientras preparaban la mesa para la cena y Yolanda se interesaba por las iniciales grabadas en la cubertería:
—La heredé de mi tío abuelo el indiano —había dicho Raimundo padre—. Se había casado con una francesa que se llamaba Yvette, y como el nombre de mi tío abuelo era Raimundo, como el mío, están sus iniciales: ye y erre.
—¡Son mis iniciales! ¡Yolanda Ríos!
Rai recordó perfectamente lo que entonces había dicho su padre:
—Será para ti cuando te cases.
Por eso, en las ocasiones especiales en que se sacaba aquella cubertería Yolanda canturreaba «Yolanda Ríos», mirando a Rai con tal suficiencia que por ello acaso él había fijado en aquel conjunto de tenedores, cucharas y cuchillos, ya un poco renegrido por el tiempo pese al cuidado que Berta ponía en mantenerlo impecable, una inquina peculiar que relacionaba con Yolanda, sin recordar exactamente el origen de aquel sentimiento.
¿Y las joyas? Al pensar en ellas, Rai lanzó esa interjección que, en ciertos cómics, sirve para representar la risa sarcástica: «Je, je». Pues las famosas joyas maternas eran, además de la bisutería, un par de anillos de oro con sendas piedras, una roja y otra azul, un collar de perlas cultivadas y otro de pequeños eslabones de oro, un par de pendientes de oro y de platino, con perlas y piedras verdes, respectivamente, y un par de pulseras, la de coral y la de brillantes, esta muy alabada por el padre. Salvo la pulsera de coral, obsequio de Rai con motivo de su primer sueldo, cuando trabajó para la aseguradora, eran todas ellas regalo de Raimundo padre con algún motivo conmemorativo.
«La verdad es que no se puede considerar un tesoro de valor incalculable», pensó Rai mientras recogía una cartera en la que llevaba diversos documentos de la asesoría que había estado estudiando el día anterior, antes de salir de casa para ir al trabajo.
A la hora de comer, en un pequeño restaurante cercano a la oficina, Rai solía reunirse con algunos de sus compañeros de trabajo y se aprovechaba el breve rato para charlar de cosas diversas, desde la marcha de las competiciones futbolísticas hasta las incidencias que rompían el hábito de las jornadas laborales. Aquel día, uno de los jefes de departamento, Rafael Selma, había perdido los nervios ante la supuesta torpeza de una secretaria y le había recriminado su actitud dando tales voces que habían llamado la atención de todos.
—Es un tipo muy pretencioso —apuntó Lorenzo, uno de los incorporados un poco antes que Rai y que se ocupaba también de los contratos en Panamá—. Tiene demasiados humos.
—Siempre con ese aire de suficiencia, como si fuese el único que sabe de contratos, como si fuese superior a todos los demás —añadió Paco Flórez.
—Hombre —terció Ernesto, otro de los colegas cercanos a Rai, pero más veterano—. Saber sí que sabe, ciertamente. Y debe de estar un poco amargado, pues fue él quien montó la asesoría, antes de que aterrizase don Anselmo desde el ministerio y lo hiciesen jefe de todo.
—O sea, que a ti no te parece tan déspota.
—Yo he colaborado con él hace tiempo y la verdad es que sabe mucho derecho y es muy agudo a la hora de redactar y analizar cláusulas. Lo que pasa es que vosotros no lo conocéis y ahora nos queda muy lejos. Es un hombre al que le han cortado las alas. Hay que ser un poco magnánimos.
Esa era la palabra que decía la Berta soñada: magnanimidad. El mayor ornato del alma, según Doña Oliva, decía Berta. El magnánimo perdona fácilmente, no es vengativo, ni tiene mucha memoria del mal que le hicieron, fácilmente lo olvida.
En efecto, eso había dicho su madre en el sueño, «magnanimidad». ¿Pero qué tenía que ver con aquellas escenas con animales en las que estaba presente Yolanda?
Cuando regresó a casa, Rai se sirvió una cerveza y se quedó sentado en la sala contemplando la urna funeraria. Siempre había pensado que en Yolanda había animadversión hacia él, motivada acaso por el supuesto síndrome de la «princesa destronada» del que se reía su amigo Julio en el bachillerato. Sin embargo, la rivalidad no era tan antigua. Claro que Yolanda se enfadaba cuando él hacía alguna travesura que afectaba a sus animales, porque a ella la vocación veterinaria le venía de antiguo, y Rai no recordaba época en su casa en la que, atendidos por Yolanda, no hubiese bichos muy raros: hámsteres, ratones blancos, tortugas…, hasta un sapo cuidó una vez, en una caja de plástico. Cuando él era niño, Yolanda le hablaba muchas veces del mundo animal, al que era tan aficionada, y hasta le organizaba juegos divertidos, sin perder nunca, eso sí, su aire de pequeña tutora dominante. Había sido durante la adolescencia de Rai cuando había comenzado su enfrentamiento.
Ahora Rai piensa que, frente a su fracaso académico inicial y los años perdidos en el paro, Yolanda fue una muestra de éxito: al terminar la carrera, que hizo con muy buenas notas, había montado una clínica veterinaria con una amiga en Guadalajara, y al parecer les iba bien, o por lo menos vivían de ello. Mientras duró la enfermedad de Berta no venía demasiado por casa, pero su trabajo y la distancia, no mucha pero suficiente para complicar las cosas, podían hacerlo comprensible. Y además estaba en Madrid, con Berta, casi todos los domingos. También veía a su padre, ciertamente, pero ¿no es natural que los hijos tengan cariño a sus padres, a pesar de todo?
De pronto le vino la idea de leer en el propio libro de Doña Oliva lo que decía de la magnanimidad, y después de buscar un rato el viejo tomo entre los libros que eran más utilizados por su madre recordó, sintiendo un leve escozor en el corazón, que estaba en manos de Marina. El escozor del corazón fue sustituido por una desazón muy incómoda, porque comprendió que necesitaba tener aquel libro, que el libro de Doña Oliva debería estar con él, en su casa, acompañándolo como una segura señal de Berta, y le fastidiaba haberlo olvidado.
Sacó el móvil y llamó al teléfono de Marina.
—Hola, Rai —respondió la voz de ella—. Cuánto tiempo.
—A lo mejor te llamo en mal momento.
—Bueno, me pillas metida en las peripecias de Doña Oliva. ¿Qué tal te va? ¿Cómo estás?
—¡Cómo voy a estar!
—Lo siento de verdad, Rai, te lo juro. Hay que dejar que pase el tiempo. El tiempo todo lo cura. ¿Qué tal Lisi?
—Muy bien. Juguetona. Incordiando.
—Es muy rica… ¿Querías algo?
—Pues sí. Quería que me devolvieses el libro de Doña Oliva. Necesito consultar algunas cosas.
Marina titubeó.
—Bueno, es que lo estoy usando para la novela.
—¿Pero no lo has leído ya?
—Eso sí, pero de vez en cuando me gusta echarle un vistazo. Es como un elemento de época que me viene muy bien. Un ambientador especial.
Rai no estaba dispuesto a transigir.
—Además, mi madre te explicó con todo detalle el contenido. Y tienes sus anotaciones.
—De verdad que lo necesito, Rai.
—¿Hasta cuándo?
—Pues no lo sé. Déjamelo durante los meses del verano.
A Rai, aunque no lo manifestó, aquello le pareció una grave falta de consideración.
—Lo lamento, Marina, pero no puede ser. Ese libro es mío, como sabes perfectamente. Te lo dejo durante quince días más. Toma las notas que necesites, pero tienes que devolvérmelo ya. Quince días.
—Bueno, si es así, no tendré más remedio. Llámame entonces.
—He visto que te dejaste una carpeta con notas y apuntes.
—¿Una carpeta en la que pone Figuraciones 16?
—Efectivamente.
—Vaya, Rai, me quitas un peso de encima. Me he vuelto loca buscándola. Nunca me imaginé que me la había llevado a tu casa. ¿Cuándo puedo pasar a recogerla?
—Te la daré yo mismo cuando me devuelvas el libro —dijo Rai, consciente del alcance de su respuesta.
—Entonces, hasta dentro de quince días. Yo te llamaré —contestó Marina secamente, y cortó.
«Lo siento, mamá. Una cosa es ser magnánimo y otra tonto. Ha tenido tiempo más que de sobra para leer y releer el libro. Pero ahora verás.»
Hizo una nueva llamada. Respondió Yolanda, hosca.
—¿Se puede saber qué quieres ahora?
—¿No te alegra hablar con tu único hermano?
—¿Me llamas para sacarme de mis casillas?
—Perdóname, Yolanda, era una broma tonta. Te llamo para decirte que he recordado que, efectivamente, nuestro padre dijo que esa cubertería iba a ser tuya cuando te casases. Como tienes pareja, para mí es suficiente.
En la voz de Yolanda resonó la sorpresa.
—¿Hablas en serio?
—Me acordé de repente, te lo aseguro, de manera que puedes quedarte con ella, como es natural. Eso queda excluido del reparto. En cuanto a las joyas de mamá, lo he pensado y me parece bien que seas su heredera natural. Excluidas también del reparto, excepto la pulsera de coral, que se la regalé yo y quiero recuperarla.
Yolanda no decía nada.
—Y por último, los libros y el sillón. También lo he considerado: acepto tu selección de los libros y no me opongo a que te quedes con el sillón. ¿Te parece bien?
El silencio de Yolanda era sin duda señal de su sorpresa.
—Bárbaro, Rai —respondió al fin—. Me parece muy bien y te lo agradezco muchísimo. Ayer estuve hablando con Susi del asunto y te daba la razón en varias cosas.
—Solo nos falta repartir los demás muebles, los cuadros, etcétera. Yo necesito lo de la cocina, un dormitorio y algunos muebles del salón. Cuando me digas te acercas, lo vemos todo tranquilamente, y en paz.
Yolanda habló, conciliadora.
—Rai, reconozco que hice mal en entrar ahí sin más ni más y llevarme esas cosas.
—Está olvidado. Anoche recordaba cuando me dejabas jugar con tu hámster, y prefiero tener esa imagen de nuestra convivencia.
—No sabes cuánto te lo agradezco, Rai —repitió su hermana.
—Pues seguiremos hablando. Un abrazo.
—Un beso, Rai.
Rai se acercó a la urna.
«¿Lo ves? Magnanimidad. Para que sepas que yo también aprendí algo de tu querida Doña Oliva… y de ti. Para que veas que estoy en el libro.»
Antes de que transcurriesen los quince días, llamó Marina por teléfono.
—Dime, Marina.
—Tengo ya disponible el libro de Doña Oliva. Lo he repasado por última vez. ¿Dónde quieres que quedemos?
Rai propuso un café en el que a veces se encontraban cuando estaban juntos y Marina aceptó. Se citaron la tarde del día siguiente, a las ocho.
—No te olvides de llevarme mi carpeta.
—Tu carpeta y otros papeles tuyos que he encontrado. Hasta mañana.
Al día siguiente, Rai se sorprendió de que la vista de Marina no lo conmoviese. Había supuesto que el encuentro con aquella chica, de la que tan enamorado creía haber estado, lo iba a estremecer, que iba a revolver sus sentidos, pero se descubrió observándola con lejanía y frialdad, como si se tratase de una antigua conocida que le importaba poco.
«¡Qué extrañas son las cosas del corazón!», pensó.
Era como si en su interior se hubiese producido una misteriosa mudanza del equipamiento habitual, una desactivación de los estímulos que antes tanto lo turbaban. Los ojos de la chica, que habían sido para él más que luminosos, le parecieron ahora ligeramente saltones, en los labios no encontró aquella jugosidad incitante, y la voz que tanto lo seducía le pareció más chillona de lo normal. Además, Marina llevaba el pelo lacio, descuidado, sin brillo.
Se habían sentado en una de las mesas e intercambiaron los correspondientes paquetes. Marina lo miraba con aire afectuoso.
—¿Qué tal te encuentras? ¿Estás mejor?
A Rai la preocupación de Marina le pareció de súbito pretenciosa, como si aquella chica pensase que era para él el centro del mundo, que de ninguna forma podía ser olvidada. Había abierto el paquete y sentía en las manos el tacto del antiguo pergamino como un mensaje de rotunda placidez. Puso cara de circunstancias, admirándose del cinismo que iba creciendo dentro de él.
—Lo voy sobrellevando poco a poco —respondió.
—Ya sabes que seguimos siendo amigos —dijo Marina, cogiéndole una mano con las dos suyas, en gesto cariñoso.
Rai no quiso contestar que, si tan amiga suya era, podía haberle telefoneado alguna vez en los últimos meses, para saber al menos cómo iba llevando la muerte de Berta, ni quiso corresponder al ademán de ella con otro acercamiento físico similar, que acaso hubiese cambiado el desarrollo del encuentro, sino que prefirió seguir adoptando aquella postura de sufridor.
—Te lo agradezco muchísimo. No puedes imaginar lo que eso me reconforta.
Cuando llegó a casa, mostró el libro a la urna:
«Ya está otra vez Doña Oliva en casa, mamá. Y esta vez, para quedarse con nosotros. Voy a aprenderme de memoria lo que dice sobre la magnanimidad, sobre la ira, sobre la venganza, sobre la esperanza de bien… Va a ser mi libro de cabecera, como lo fue para ti.»