1. Cambios

 

 

 

 

Al descubrir que quien llamaba era Rai, Marina había estado a punto de no contestar. Lo hizo por fin, aunque dispuesta a cortar de modo abrupto la conversación si, como temía, derivaba en reproches y quejas.

Cuando había concluido su relación con él, su amiga Rocío, con quien se encuentra a menudo, le aconsejó cambiar el número del móvil, pero son demasiados los contactos que tiene y le dio pereza.

«Te va a volver loca», vaticinó Rocío. «Bueno, esperemos que se le vaya pasando», repuso ella.

Sin embargo, habían transcurrido casi cuatro meses sin noticias de él, lo que, en el fondo, no dejó de decepcionarla. De modo que respondió, «Hola, Rai», descubriendo que siempre le había sonado raro llamarle Rai, como si fuese una sigla, pero que lo aceptaba por la convención familiar. Esta vez iba a decir «Raimundo», pero sonaría tan insólito que podría enredar la conversación. Y se encontró con un Rai que reclamaba sin ambages el libro de Doña Oliva.

Primero Marina se sintió contradictoriamente frustrada, pero luego imaginó que lo del libro era un pretexto para el acercamiento. Sin duda el chico había dejado pasar un tiempo que le parecía suficiente para que la irritación de ella se aplacase, y pretendía tantear la posibilidad de una reanudación de su trato buscando esa disculpa. Sin embargo, la conversación mostró claramente que aquella reclamación del libro de Doña Oliva era el motivo principal de la llamada, y que Rai, además, utilizaba unos papeles de ella, muchos apuntes sobre el siglo XVI sacados de textos de la época, que Marina necesitaba y cuyo paradero había olvidado, a modo de precio del rescate. No cabía duda de que aquel contacto no tenía nada que ver con lo sentimental.

La actitud de Rai llamó su atención, y ella procuró repasar enseguida el libro de Doña Oliva y tomar las notas que le interesaban para encontrarse cuanto antes con él y, con el pretexto del intercambio, valorar directamente su talante. Quedaron pues para verse, y con la carpeta que Marina había olvidado en su casa Rai le trajo una vieja agenda de las que a ella le sirven para apuntar sus asuntos diarios, ya prescindible, y otros papeles con anotaciones que tampoco tenían interés.

Le pareció que Rai había adelgazado y que tenía un aire de indudable tristeza. El chico le dio lástima, y en esa lástima se mezclaba el recuerdo claro de lo mucho que había disfrutado entre sus brazos, de los intensos orgasmos que con él había sentido, de modo que se amortiguó el fuerte rechazo que se había ido forjando dentro de ella a lo largo de tanto tiempo de sentirse ignorada en las horas en que no compartían el lecho.

En un momento de la breve charla agarró una de las manos de Rai con las dos suyas y le dijo muy cálidamente: «Ya sabes que seguimos siendo amigos», y en la mirada y en la contestación de él —«Te lo agradezco muchísimo. No puedes imaginar lo que eso me reconforta»— le pareció encontrar la señal indudable de una tristeza que no se había aplacado. Y Marina comprendió que no podía evitar esa lástima por el chico, una lástima que enardecía su ternura, porque sin duda era una buena persona y había quedado muy afectado por su decisión de cortar la relación.

Tan afectado que ni siquiera le había preguntado por la novela de Doña Oliva, pensaba mientras volvía a su casa, absorta en la consideración del dolor que debía de sentir Rai, un dolor sin duda tan agudo que, ahora lo comprendía, no le había permitido telefonearla en todos aquellos meses.

Sin embargo, no se arrepentía de ser la causante de aquel dolor, sino que se sentía turbiamente satisfecha por ello. Al fin y al cabo Marina no había sido responsable del comportamiento de Rai, que había motivado que rompiese con él. Había sucedido algo similar a lo que le pasó con Andrés, y comprendía que aunque aparentemente Andrés y Rai no tuviesen nada que ver —Andrés era guionista y novelista, y su vida transcurría entre gentes del cine o de la literatura, mientras que Rai, al margen de preocupaciones intelectuales, era un voraz devorador de historietas gráficas y de novela negra y aficionado a correr y a bailar y al squash, y últimamente se había convertido en un ferviente ejecutivo—, a ambos los igualaba la ególatra consideración de sí mismos.

 

 

 

Por aquellos días, Marina intentaba ajustar la novela de Berta a lo que ella consideraba más lógico y digno de la atención lectora.

Para empezar, había imaginado que la sustancia de la novela era otro libro escrito por Doña Oliva unos años después de la publicación de la Nueva Filosofía, como una especie de memorias de un largo lapso de su vida y desde una visión melancólica del tiempo pasado. Había desechado hacer que Doña Oliva se marchase a Indias, como le había sugerido Berta, porque encontraba más dramático que el personaje se viese obligado a vivir su vida encerrada en la ciudad de siempre y limitada por muchas restricciones en cuanto a sus posibilidades de expresión escrita.

Por otra parte, Marina había suavizado mucho el tono arcaico de los diálogos y ahora estaba transformando la relación entre Miguel Sabuco y su hija. En la novela de Marina, Oliva, a través de la escritura de sus memorias, contaría lo que el bachiller Miguel Sabuco, su padre, pensaba de su libro.

Para su padre, Oliva había aprendido mucho en las reuniones de la academia alcaraceña, de forma que la Nueva Filosofía, aparte de algunos asuntos que se le ocurrían a ella, transcribía en su mayor parte lo que había aprendido con los sabios de la academia y las incontables cosas que él mismo, el bachiller Sabuco, le había enseñado desde que era muy niña.

En el libro de Marina, Oliva no tenía inconveniente en que Miguel Sabuco conociese lo que ella estaba escribiendo, pero él estaba convencido de que sus comentarios le servían de mucha ayuda, y ante la seguridad con que su hija convertía todo aquello en materia de su propia cosecha, Marina pensaba que el bachiller Sabuco debía de haberse sentido bastante molesto.

Además, el asunto de la dote que concediera en su día a Oliva para su matrimonio lo había trastornado mucho, pues había decidido la cuantía en un momento de particular generosidad, y cuando más adelante había reflexionado sobre ello, considerando que era excesiva y que podía perjudicar los legítimos derechos del resto de sus hijos, se había arrepentido y había tenido un pleito con Acacio de Boedo. Y aunque ambos acabaron llegando a un acuerdo «por bien de paz», durante el pleito la postura de Oliva no había sido nada favorable a sus pretensiones de aminorar aquella dote, pues ella creía que, si había sido concedida en un momento de particular ofuscación, eso era un problema de su padre, no suyo.

Marina se encontraba muy cómoda escribiendo desde aquel punto de vista de Doña Oliva, y aunque todavía no había decidido si utilizaría definitivamente una primera persona o una tercera planteada desde las reflexiones de la antigua escritora, pensaba que así el libro conseguiría acercarse más al lector. Por supuesto que había cambiado totalmente la personalidad del bachiller Sabuco, pues de la figura de un padre abnegado y protector había pasado a la de un padre cada vez más envidioso del talento de su hija, pero le parecía que este enfoque incrementaba la tensión dramática del libro y que, además, acaso se acercase a lo que fue la verdad en aquella extraña historia de sustituciones.

 

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De modo que Miguel Sabuco quería que Oliva dejase de escribir su libro, y ello no por temor a que pudiese incurrir en errores susceptibles de reprobación inquisitorial, sino porque le parecía que ese libro le pertenecía a él, que en su mayor parte era principalmente suyo, que se trataba del libro que solo por pura desidia él no había escrito nunca. Pero cuando Oliva se había ido de casa, como consecuencia del matrimonio con Acacio, había perdido totalmente el contacto con aquella escritura y, como supo Oliva a través de un hermano con el que la unía mucho afecto, para Miguel Sabuco fue una desagradable noticia conocer, por boca de algunos amigos, que Oliva había terminado su libro y estaba tramitando las solicitudes para conseguir la licencia de impresión.

Oliva supo también por el mismo hermano que su padre pensaba que no lo lograría, pues aunque tenía noticia de que ella había contado, durante la escritura de su libro, con el apoyo y revisión de don Alonso de Heredia y de fray Arnaldo de Cabrera, opinaba que la obra, que pretendía, ni más ni menos, enmendar muchas cosas de la medicina establecida, estaba escrita por alguien que, además de no tener el título de médico, era una joven mujer, y que esos aspectos serían determinantes de la negativa. De ahí su disgusto cuando un día supo que el libro de Oliva no solo había conseguido la licencia de impresión y el privilegio, y conoció que Oliva y Acacio irían de viaje a Madrid para estar presentes en la impresión de la obra.

 

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Marina pensaba tratar como alucinación el enrevesado asunto de los documentos en los que Miguel Sabuco se empeña en ser el autor de la Nueva Filosofía y el verdadero destinatario de la licencia real y del privilegio; y si Alonso, otro hijo de Miguel Sabuco, el mismo año de la aparición del libro en Madrid, aceptó viajar a Portugal con su mujer para imprimirlo allí en nombre de su padre, que afirmaba ser el verdadero autor, fue no solo por no disgustarlo, ya que en muchos aspectos de su vida dependía de él, sino también porque la cantidad que su padre le daba para ir a Portugal era tan generosa que le permitiría hacer un viaje muy deleitoso en todos los sentidos, aunque le hubiese hecho firmar un documento garantizándose su devolución, nueva muestra de lo mudable del carácter paterno.

La melancolía con la que Doña Oliva narraba aquellos sucesos de su pasado era sin duda reflejo de la propia melancolía de Marina, en la que aún incidía la marcha que había llevado su segunda novela. Los platónicos amores del ingeniero español, casi sesentón, con una joven aristócrata rusa en San Petersburgo, y lo que a Marina le parecía una proeza, las obras en la catedral de San Isaac, no le habían interesado verdaderamente a nadie. Además, aquel año le habían dado el Premio de la Crítica a la nueva novela de Andrés, y ello había ayudado a incrementar su pesadumbre, no porque pensase que Andrés no lo mereciese, ya que, aunque no había leído el libro, estaba segura de que tenía mérito, sino porque empezaba a temer que su propia entrada en la Literatura, que tuvo en sus inicios tan buena acogida lectora, fuese solamente uno de esos éxitos efímeros, pasajeros, que no son raros en el mundo cultural.

Por otra parte, había terminado harta de Rai, como en su día de Andrés, pero ahora se encontraba demasiado sola, porque, a pesar de todo, dentro del desapego de aquellos no dejaba de haber muchos momentos de esa conversación que tan benéfica juzgaba Doña Oliva, o de contactos físicos estimulantes. Por eso se entregaba con tanto empeño a la escritura de su nueva novela, buscando en los personajes que imaginaba la compañía de la que carecía en su vida real.

Escribió entonces que Doña Oliva contaba que la Nueva Filosofía había llegado a tener tanta repercusión que el propio Felipe II se había interesado por conocer a la joven autora, y que Acacio y ella habían viajado nuevamente a la Corte, donde el rey los recibió. Felipe II amaba los jardines y la naturaleza, y había encontrado en el libro de Doña Oliva muchos estímulos en tal sentido.

 

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En un salón de la Torre Dorada recibió el rey a Doña Oliva y a Acacio, y habló con ella de los remedios naturales para las diferentes aflicciones y de diversos asuntos relacionados con los afectos, y a todo respondió Doña Oliva con discreción y sabiduría. Hasta tal punto quedó el rey complacido del encuentro que, tras despedirse, a Oliva le entregaron por indicación suya una preciosa medalla de oro de San Jerónimo, que conservaría colgada del cuello durante toda su vida.

En aquella ocasión también pudo asistir a una reunión de la Academia Mantuana. Supo en ella que Lope de Vega se había enrolado en la armada que iba a luchar contra Inglaterra y conoció a la famosa pintora Sofonisba Anguissola, que había vivido muchos años en Madrid y que ahora residía en Génova, aunque estaba de visita en la Corte, y a quien acompañaba su marido, un poeta mucho más joven que ella.

La recepción por el monarca llenó de satisfacción a Doña Oliva y se dispuso a escribir otro libro, pero aunque vivía muy cómodamente, ya no disponía de la libertad que había tenido antes de casarse y en los primeros años de su matrimonio, porque los hijos le quitaban mucho tiempo, ya que ella misma se ocupaba de su educación.

Un día fue a visitarla fray Arnaldo de Cabrera, y con mucho secreto le contó que un familiar suyo, calificador del Santo Oficio, que había leído el libro, había encontrado bastantes aspectos en él que podían ser censurables: ciertas consideraciones que parecían justificar la venganza; hablar del «calor del corazón»; decir que el entendimiento es «ánima divina celestial»; hablar del ánima «que descendió del cielo»; o dar a «nuestro albedrío» connotaciones que podrían estar en contra de la verdadera doctrina…

El fraile se mostraba muy apesadumbrado y decía que nunca pudo imaginar con tanta sutileza las posibles infracciones del dogma que escondían todas aquellas afirmaciones.

Doña Oliva no podía comprender las razones del fraile para ir a verla tan alarmado, porque el libro había estado autorizado por el Consejo Real y por la Iglesia, estaba impreso, y además hasta el propio rey, como sabía toda la ciudad, la había honrado convocándola a su palacio para tener con ella una conversación acerca de lo escrito. Pero el fraile le confesó que tenía miedo de lo que pudiese suceder, pues no sería la primera vez que un libro publicado con licencia y privilegio era perseguido por la Inquisición, y le dijo con toda claridad que él afirmaría, ante cualquiera que se lo requiriese formalmente, que ese libro que ella había publicado no era el mismo que él conocía.

 

* * *

 

Llegó la Feria del Libro y nuevamente Marina fue a firmar en ella, pues la primera novela se seguía vendiendo, aunque mucho menos que en los años anteriores, y era una oportunidad «para dar un empujoncito a la rusa», como decía su editora.

En la feria, una mañana, Marina coincidió con Andrés cuando acababan de terminar sus firmas respectivas. Se saludaron, pues hacía tiempo que no se encontraban, y Marina sintió un gusto inesperado al verlo de nuevo.

—¿Qué tal te ha ido? —le preguntó Marina—. Me imagino que el Premio de la Crítica os habrá venido estupendamente al libro y a ti.

Andrés la miró sonriente:

—Hay quien dice que el Premio de la Crítica es el beso de la mujer araña…

—¿El beso de la mujer araña?

—Dicen que a partir del momento en que te lo dan, los muchos lectores que no te leían deciden no hacerlo ya nunca, porque piensan que, por gustarles a los críticos, debe de tratarse de algo difícil de entender…

Marina lo miraba también sonriente.

—¿Nos tomamos algo?

—Si quieres nos vamos a comer. En un chiringuito del parque, si te parece, que estaremos frescos.

—Invito yo —dijo Marina.

Andrés se echó a reír.

—Eso es lo mejor del best-seller, que es muy rentable. El Premio de la Crítica ni siquiera tiene dotación económica.

A lo largo del paseo se encontraron payasos que montaban modestos espectáculos, gente que manejaba marionetas, echadoras de cartas, dibujantes retratistas…

—Aquí todos venimos a vender algo —dijo Andrés—. Y algunos vendemos cosas raras, como nosotros, o un gaitero que hay en la avenida que sube hasta la glorieta del Ángel Caído: el tipo toca esperando limosna allí donde no pasa casi nadie. Ayer le pregunté que por qué se pone ahí, precisamente ahí, y me dijo el tío que es un sitio fresco y tranquilo…