Cuando estuvieron sentados en la terraza del chiringuito, Andrés alzó su copa de vino.
—Por el reencuentro —dijo.
Bebieron, se miraron, y Andrés preguntó:
—¿Qué pasó con nosotros?
—¡Buena pregunta! —respondió Marina—. Creo que llegó una borrasca polar.
—Ahora lo llaman ciclogénesis explosiva.
—Llámalo como quieras. Nos llegó el frío, demasiado frío.
—Yo me puse muy gilipollas, lo reconozco —dijo Andrés con cierto descontento, mirando su copa—. Te decía cosas impresentables, tenía pelusa de tu éxito.
Marina no quiso remachar aquella afirmación.
—¿Y ahora ya no la tienes?
—He acabado aceptando la realidad. Tú escribes un tipo de libros y yo otro. Aunque ese de Agustín de Betancourt me ha parecido mucho más interesante que el otro.
—¡Por eso no se vende! —dijo Marina echándose a reír—. ¿Gustar a los lectores refinados no es el beso de la mujer araña del que hablabas antes?
—¿Que no se vende? ¿Te estás quedando conmigo?
—Hoy he firmado treinta del primero, y mira si ha pasado tiempo desde que salió, frente a cinco de ese. Para mi editora, es un auténtico fiasco.
—Bueno, hay que ir haciéndose a la idea de lo que llaman con el eufemismo de «cambio de paradigma» para no aterrorizarnos. Me han dicho que de todos los libros se está vendiendo casi un cuarenta por ciento menos. La librería de mi barrio ha cerrado ya.
A Marina le sorprendía gratamente la serenidad con que se expresaba Andrés.
—Me encanta verte tan ecuánime.
—Ya me he hecho a la idea… Y si te contase del cine, te echarías a llorar.
—¿Tú crees que es por culpa de la crisis?
—No seamos ingenuos. Es por el regreso de los bárbaros. Yo todavía respetaba los últimos rastros del Renacimiento, todavía miraba a los clásicos. Ahora cualquier descerebrado opina en la Red presumiendo de no haber leído el Quijote, ni a Tolstói, ni a Mann. Conozco a chicos que quieren ser directores de cine y a quienes no les interesa nadie anterior a Tarantino. Y jóvenes actores que no han visto una sola película de Charlot, ni de Laurence Olivier o Vivien Leigh o Vittorio Gassman…
—Te encuentro demasiado pesimista. Como si en vez de tener treinta y tres años tuvieses setenta y tres.
—¿Pesimista? La prueba de que no lo soy es que no voy a dejar de seguir escribiendo, pase lo que pase. Aunque acabe no encontrando editor.
—Pero eso no es cuestión de optimismo ni de pesimismo, sino de que te lo pasas muy bien mientras escribes y no quieres renunciar a ello, ¿no es cierto?
Siguieron comiendo sin hablar. Cuando terminaron, Marina se empeñó en pagar, para cumplir con su invitación, y Andrés le propuso dar un paseo y tomar café en otra terraza. Era sábado, los dos firmaban también por la tarde, y no tenían nada mejor que hacer para entretener la espera.
—¿Has leído mi libro? —preguntó Andrés.
Marina se sintió muy confusa.
—Lo tengo en casa pero aún no he podido leerlo, no sabes cuánto lo siento…
—O sea, que la que no me ha perdonado todavía eres tú.
—Que no es eso, de verdad, es que ya llevo tiempo muy liada con una nueva novela que no me deja pensar en otra cosa.
—¿También es histórica?
Marina titubeó.
—Pues sí, qué quieres que te diga.
—¿Y cuándo transcurre esta vez?
—En el siglo dieciséis. Como la primera sucedía en ese siglo y me dio tan buena suerte, voy a repetir, a ver si vuelvo a dar el pelotazo —contestó, con sorna.
—¿Y de qué va?
Marina estuvo a punto de responder con vaguedades, con la excusa de que todavía no tenía bien centrado el asunto, pero después de haberle dicho a Andrés que estaba muy liada con el libro no podía aducir aquello. Decidió pues contarle el tema general, porque además pensó que la opinión de Andrés podía ser interesante.
—Hubo una escritora española en el siglo dieciséis que se llamaba Luisa Oliva Sabuco de Nantes.
—La primera noticia que tengo.
Entonces Marina le contó lo más sustantivo sobre Doña Oliva y la historia de su libro, y le dijo que la novela que ella estaba escribiendo se componía de unas memorias que Doña Oliva redacta muchos años después de todo aquello…
Hablaron luego de lo que Andrés estaba haciendo en ese momento, que era un guion con un director de cine, una historia al parecer terrorífica, fantástica, basada en un cuento de Valle-Inclán.
—Pero todavía no tenemos productor y quién sabe si lo encontraremos.
Cuando llegó la hora de volver a las respectivas casetas, Marina se encontraba muy a gusto con Andrés y era evidente que a él le estaba pasando lo mismo con ella.
—Podríamos seguir charlando después de la firma —propuso Andrés—. ¿Tienes algún compromiso esta noche?
—No —mintió Marina, que había quedado con Rocío.
—Yo tampoco —dijo Andrés, y Marina imaginó que también mentía.
—Pues luego nos vemos.
Antes de regresar a sus respectivas casetas, Marina quiso visitar la glorieta del Ángel Caído, sintiendo, con pesadumbre que no declaró, que acaso era un símbolo de todos los proyectos humanos.
Al terminar la firma, bajaron dando un paseo hasta Cibeles y luego subieron a Sol, y continuaron embelesados en su nueva charla, que había empezado comentando las incidencias de la tarde y derivó luego por los más diversos derroteros, desde los dimes y diretes de la situación editorial hasta los bulos sobre las ventas del libro de Mengana o de Zutano, incluyendo el repaso de los suplementos culturales.
Picaron algo en los alrededores de la Plaza Mayor, y como estaban cerca de su casa Marina propuso que fuesen allí a tomar una copa y que le enseñaría el libro de Doña Oliva.
Cuando llegaron, Marina recordó que ya le había devuelto a Rai aquella edición del libro de Doña Oliva que había manejado, pero en su lugar tenía el librito encuadernado en tela rosa que sobre ella publicara Florentino M. Torner por los años treinta, en la Biblioteca de la Cultura Española de Aguilar, que contiene la mayoría de los textos de la obra original y que había conseguido a través de Internet.
—Aunque ves el nombre de ella en la portada, el antólogo da por seguro que el autor fue su padre.
—¿Y cómo lo descubriste?
—A través de una amiga mayor, que ya murió.
Al decir aquello, Marina sintió un golpe de vergüenza por ocultar la verdadera historia del libro y de la novela. Le pareció asombroso que tantas horas con Berta, las numerosas charlas desmenuzando el libro de Oliva, las lecturas y relecturas del texto que Berta estaba escribiendo se hubiesen evaporado de repente y constituyesen solamente la sombra borrosa de una memoria en extinción. Sin embargo, comprendió que tal ocultación iba a conformar desde entonces aquella época pasada de su vida y se sintió con ello misteriosamente liberada.
—¿La conocía yo?
—No. Fue uno de esos encuentros raros de la feria, cuando firmaba mi primera novela, la que enfrió lo nuestro…
Andrés estuvo hojeando el libro con cuidado, tanto tiempo que Marina se impacientó.
—¿Te lo vas a leer todo?
—¿Qué edad dices que tenía esta mujer cuando publicó el libro?
—Veinticinco años.
—O sea, que debió de haberlo escrito antes.
—Yo pienso que empezaría a los dieciocho, cuando se casó.
—Pues utiliza un lenguaje muy elaborado: Las acciones de la memoria hacen estas diferencias: en la niñez imprimen fácilmente, pero no retienen las especies, como el barro muy blando o líquido, que si le imprimen un sello, luego se deshace… En la vejez y sequedad no imprimen las especies, como en el barro muy seco; y así no hay memoria. En el estado de media edad el hombre percibe y retiene la memoria, como en el barro que está de punto para recibir las figuras y retenerlas mucho tiempo… Y cosas como esta: La causa y oficina de los humores de toda enfermedad es el cerebro. Allí están los afectos, pasiones y movimientos del ánima; allí el sentir o sensación; allí la raíz y la naturaleza, que hace la vegetación; allí la vida y anhelación; de allí las enfermedades y de allí la muerte… Vamos, Marina, ¿una chica de veinte años, y además sin estudios, escribiendo estas cosas?
—O sea, que también tú piensas que ella no pudo escribir ese libro.
—Me parece raro, la verdad.
—¿Y si en vez de ser una mujer de veinte años fuese un hombre de la misma edad, qué dirías?
Andrés se quedó inmóvil, mirándola fijamente, antes de responder.
—Tocado, tienes razón. Posiblemente no me extrañaría tanto, por puros prejuicios inconscientes. Pero hombre o mujer, tendría que ser alguien muy dotado intelectualmente.
—Claro que lo era. Pero ese tipo de personas, hombres o mujeres, lo ha habido siempre. Y en la época de esta mujer las cosas no eran como hoy, la cultura se refugiaba en pequeños grupos, en células, en academias, al margen de la universidad. Claro que los hombres habéis tenido la exclusiva para poder manifestar vuestra capacidad intelectual.
—No digo que no.
—En la época de esta mujer hubo otras cuantas de talento sorprendente, pero te recuerdo que, en el siglo dieciocho, María Isidra Quintina de Guzmán fue nombrada académica honoraria de la Real Academia Española a los diecisiete años, con el apoyo de Jovellanos, y que consiguió que la dejasen examinarse para ser doctora, y que lo fue, y catedrática de Filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares, a los diecinueve.
—Bueno, si al personaje de tu novela, en una época como la suya, le dieron todos los permisos para publicar el libro, es indicio de que ella era la autora. No se hable más.
Era una noche suave y después de la copa siguieron charlando un rato, y al fin se fueron juntos a la cama con toda naturalidad, como si nunca se hubieran separado.
Al día siguiente tenían otra vez firma y volvieron al Retiro, pero la jornada transcurrió de forma distinta, porque no cancelaron sus compromisos, aunque cuando se separaron Marina era consciente de que entre ambos se había establecido un nuevo vínculo.