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Cuando los niños hubieron crecido y llegaba el buen tiempo, a veces me los llevaba al monte a pasar la jornada. Íbamos en el carricoche, que conducía Laurentino, antiguo y fiel criado de Acacio, que ya entonces estaba muy enredado en los asuntos que acabarían haciéndonos tan ricos, y nos acompañaba Lazaria.
Solíamos comer junto a un pequeño arroyo, sentados en la fresca hierba, con un mantel extendido delante de nosotros, pero antes yo me llevaba a los niños a conocer las diferentes clases de árboles y plantas, los insectos que revoloteaban sobre las flores, los pájaros que se buscaban entre las ramas.
Los niños no dejaban de preguntar, con esa curiosidad inagotable propia de la poca edad, y se admiraban de cuanto yo les contaba. Iban aprendiendo a distinguir las encinas de los olivos, las nogueras de los fresnos, a conocer los granados y los pinos. Y les mostraba el romero, y el saúco, y el jazmín, para explicarles que el primero era bueno contra el resfriado y, en gárgaras, para curar las úlceras de la boca; y el segundo, digestivo y fortificante; y el tercero, hecho aceite, buen tónico nervioso.
En aquella época ya estaban floridos los cerezos y los almendros, y el campo tenía un aroma intenso: también les decía que lo aspirasen con delectación, pues era bueno para su salud.
Una vez nos atrevimos a alargar nuestra caminata y llegar hasta el punto en el que tenía su cobijo el ermitaño Basilio.
Aquel hombre llevaba muchos años, desde que yo era niña, aposentado en una vieja choza de pastor. Se acercaba al pueblo para asistir a las grandes ceremonias religiosas y muchas veces a la misa, pero con los años fue reduciendo su territorio a los lugares del monte y apenas lo veíamos, salvo por la Pascua Florida, y aquel año no había bajado a la iglesia porque sin duda se le hacía ya muy difícil la larga caminata monte abajo y la posterior subida a la ciudad.
Vestido con pellejos, una gran cruz de madera colgada del cuello, se alimentaba de los espárragos trigueros, de las lechugas de los campos, de las moras, de las endrinas, de las nueces y los piñones. Aquel ermitaño entregado continuamente a la oración en su apartado habitáculo había despertado la simpatía del pueblo, y empezó a haber gentes que, de vez en cuando, le subían algún alimento, hogazas de pan, queso, aceitunas…
Hacía mucho tiempo que yo no lo había visto, pero contaban que, ya muy viejo, seguía teniendo la vitalidad antigua y se movía por el monte con ligereza, sin dar muestras de achaque alguno.
Aquella vez quise mostrarles a mis hijos cómo aquel hombre, ya de tanta edad, desprovisto de cuidados y comiendo pobremente, se mantenía sin embargo más sano que muchos de la ciudad, gracias precisamente a lo austero de su alimentación, a la vida al aire libre y al ejercicio que hacía, pues sabíamos que todos los días ascendía hasta lo más alto del monte para rezar el ángelus de la media mañana.
La choza que le servía de vivienda estaba solitaria y, cuando nos acercamos, pude advertir un capacho tirado delante del poyo que hay adosado a la pequeña construcción. Se veían trapos desperdigados y matorrales secos ante la entrada, como arrastrados por el viento, lo que daba una imagen cierta de abandono. Olía muy mal, a carne corrompida.
«Esperad aquí», les ordené a mis hijos, porque tanto descuido me parecía sospechoso, y me acerqué yo sola a la choza.
«¡Señor Basilio, señor Basilio!», llamé, pero nadie me contestó.
Más allá del umbral se veían muchas más hojas y matorrales secos, lo que acrecentaba la señal de dejadez. Entré en la choza y varios cuervos, alborotados, salieron volando, golpeándome con las alas. Apestaba, y el motivo era el cuerpo humano tendido sobre un estrecho camastro, a un lado de la choza. De la cabeza, fuera del camastro, colgaba el crucifijo de madera que Basilio llevaba siempre al cuello, lo que me hizo comprender que el cadáver pertenecía al propio ermitaño. Oí entonces la voz de Miguel, mucho más cercana. Me llamaba:
«¡Ma! ¿Qué haces ahí dentro? ¡Huele a podre!»
Salí inmediatamente, lo agarré de una mano y nos alejamos hasta donde estaban mis otros hijos.
«¡Vámonos de aquí!», exclamé.
A sus preguntas acerca del olor, les expliqué que había un animal muerto, una cabra, dentro de la choza, y les di unas píldoras de melcocha, para que su dulce sabor les hiciese olvidar el mal olor.
Cuando regresamos al lugar en el que estaba el carricoche, no les dije nada a Lazaria ni a Laurentino acerca de la muerte de Basilio, pues no quería que los niños lo supiesen, no por el hecho de la muerte en sí, ya que me hubiera parecido apropiado que tuviesen entonces noticia de ella, siendo como es el fin natural de toda vida, sino para que no la relacionasen con el olor apestoso, pues aunque la putrefacción es también consecuencia directa de la muerte, sentí que aún no convenía a sus tiernos espíritus la conciencia de esa relación.
Fue al regresar a casa, ya los niños con su niñera, cuando se lo conté a Acacio, y pronto la noticia se extendería por toda la ciudad.
Aquella misma noche sentí necesidad de escribir y permanecí en mi escritorio tras la cena. Recordaba la Apología de Sócrates, de Platón: «Si la muerte fuese la extinción de todo deseo y como una noche de sueño profundo, pero sin ensoñaciones, ¡qué maravillosa ganancia!…», aunque comprendía que esta idea sería digna de castigo por parte del Santo Oficio, y por eso decidí no escribir nada sobre ello, pero sí acerca de la muerte de Basilio, que había llegado a su tiempo, tras una vida cumplida dentro de los deseos del ermitaño, y ello me parecía envidiable.
Sin que él se lo hubiese propuesto, en Basilio se había llevado a cabo mucho de lo que yo había sugerido en la Nueva Filosofía, demostrando lo correcto de mis ideas. Mientras que en Alcaraz había tantos ricos gordos y gotosos, tanta gente de vida regalada que moría de improviso, sin llegar a cumplir los sesenta años, Basilio había resistido casi ochenta en la extrema austeridad, lo que no solo servía para confirmar lo que yo pensaba sobre la salud, sino que todavía me invitaba a ser más estricta en lo relacionado con el régimen de vida, la renuncia a los fastos, a los excesos de todo tipo.
Estaba escribiendo cuando entró en el cuarto mi esposo.
«¿Estás escribiendo?», preguntó.
«¿No lo ves tú mismo?»
«Quiero decir si sigues con esas escrituras tuyas.»
La muerte natural de Basilio, la reciente cercanía del campo, donde se desarrollaba la vida de los animales y las plantas, la sombra suave del arbolado y el correr del río y de las nubes, sin que hubiese otras limitaciones que las propias también de la misma naturaleza, habían enardecido mi ánimo.
«¿Y por qué no debería hacerlo?», pregunté.
«Luisa, ya hemos hablado de ello largamente. Fray Arnaldo de Cabrera no cree conveniente ni propio de tu condición, madre ya de tres hijos, que sigas empeñada en esos afanes.»
«Fray Arnaldo no cree oportuno que intente publicar obras nuevas, mas ¿por qué no puedo yo poner por escrito mis pensamientos, que a mí sola atañen?»
«Todo lo que se escribe permanece, me has enseñado tú misma, y si lo que contiene no se ajusta a los dogmas de nuestra Santa Madre Iglesia y a los criterios que sobre ello mantiene el Santo Oficio de la Inquisición, esos papeles, impresos o no, podrían ser un peligro para ti, para nuestros hijos, y para mí mismo.»
Tardé un tiempo en contestar.
«Te aseguro, mi buen Acacio, que no hay nada en lo que escribo que se oponga a las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia, a la que respeto y obedezco, y cuyos preceptos cumplo tanto como tú.»
«Pero hemos hablado de ello varias veces y me has asegurado que dejarías de escribir. No de leer, y para ello te sigo suministrando cuantos libros son de tu interés, y todas aquellas novedades que el librero me recomienda, pero sí de escribir. La última vez que conversamos a propósito de esto, me dijiste que ya no escribirías otra cosa que no fuesen misivas.»
Lo miré con cariño, pues aún quedaba en él una parte importante de aquel Acacio que tanto me veneraba en mis primeros tiempos de escritora, pero que estaba siendo conquistado por otro Acacio, cada vez más gordo, cada vez más deseoso de acrecentar sus riquezas, cada vez más temeroso de cualquier daño que pudiese poner en peligro su prosperidad.
«No puedo dejar de escribir, mi buen Acacio.»
Me miró, estupefacto.
«Te prometo que no pretenderé llevar a la imprenta nada de lo que escribo, y que si hubiese riesgo alguno destruiré al momento mis papeles, pero escribir es una manera de ordenar mis ideas, y si dejase de hacerlo estarían bullendo dentro de mí de tal modo que me acabaría volviendo loca.»
«Pero me habías afirmado que no seguirías haciéndolo. Me habías asegurado que no escribirías más», repitió, con cierto aire de insistente niñería.
«Hoy, al encontrar el cuerpo de Basilio en la choza que lo albergó durante tantos años, he pensado muchas cosas que confirman lo que escribí en la Nueva Filosofía.»
Se quedó mirándome otra vez, desorientado.
«¿De qué hablas?»
«Hablo de la vida sana, de oír los sonidos de la naturaleza, de almorzar poco y cenar menos, de hacer ejercicio, de no preocuparnos tanto por acrecer riquezas, lujos, y adornarnos. Todo eso alarga nuestra vida y nos conduce a la muerte natural.»
Pensé que acaso todo aquello en lo que yo creía y le estaba diciendo a mi esposo era, precisamente, lo que podía ser considerado peligroso, pero no para los dogmas de nuestra Santa Madre Iglesia, sino para otros asuntos mucho menos sagrados: al fin y al cabo, fray Arnaldo de Cabrera era un tragón, cada vez estaba más grueso, y algo parecido le pasaba a Acacio. Y aconsejar la austeridad en lo que tocaba también al patrimonio, ¿no era una forma de criticar el deseo de riquezas que mostraba el propio Acacio, como tantas otras gentes, entre ellas los clérigos? ¿No era el derroche uno de los rasgos de nuestra sociedad? ¿No atentaba mi crítica de los lujos y excesos de todo tipo contra el mundo de los mercaderes y de los banqueros?
Así fue como comprendí, de repente, que en mi libro había cosas rechazables para muchos, pero no precisamente en lo religioso, sino en el modo como afectaban al mundo en el que yo vivía.
Y comprendí también que, cuando el buen rey Felipe me mandó llamar para conocerme, recién impresa la Nueva Filosofía, fue porque él, hombre eminentemente austero, había sentido mucha simpatía hacia lo que yo había escrito. Claro que el rey Felipe era un católico fiel y, si el Santo Oficio decidía perseguirme, no movería un solo dedo en mi favor, pero había aprobado aquella austeridad que yo predicaba y defendía.
Por primera vez en nuestra vida matrimonial, advertí en Acacio una actitud iracunda. Cambió de tono:
«Luisa, me obligáis a tomar una decisión. Como vuestro esposo que soy, os prohíbo que escribáis cualquier cosa que no sean misivas o billetes para amigos y familiares.»
Tuve entonces una idea, y aunque iba en contra de lo que yo misma creía justo y moral, no tuve inconveniente en llevarla a cabo. Adopté su misma actitud expresiva:
«No hace falta que me lo prohibáis, mi buen Acacio. Al ver cuánto os incomoda, os prometo con toda solemnidad que no continuaré haciéndolo. Intentaré que mis ideas queden solamente en mi cabeza y procuraré no volverme loca, porque pongo por encima de mis veleidades de escritora la armonía de nuestro matrimonio. Escribiré solamente las misivas que crea necesarias.»
«No sabes hasta dónde llega mi agradecimiento, mi querida Luisa», respondió, abrazándome.
Decidí entonces comprometer mi alma con esa mentira. Pues sabía que, a pesar de todo, continuaría escribiendo, como he venido haciéndolo hasta hoy, tantos años después, pero que lo haría a escondidas, de modo furtivo, sin que nadie tuviese noticia de ello.
Hablé con Lazaria y buscamos en la casa, entre ciertas alcobas que solamente se utilizaban cuando debíamos albergar a familiares invitados, lo que sucedía en muy contadas ocasiones a lo largo del año, una pequeña estancia con una mesa que me serviría de escritorio, y un cajón oculto en la parte inferior de un armario en el que iría guardando mis escritos. Escribiría mientras mi esposo estuviese ausente de casa, lo que era frecuente, y Lazaria se ocuparía de que la servidumbre estuviese al tanto de sus idas y venidas, para avisarme si se le ocurría regresar de forma inesperada…
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