Llegó más calor, Marina seguía empeñada en su novela y de vez en cuando se encontraba con Andrés, que le preguntaba por ello:
—Voy avanzando —respondía Marina—. Ya tengo a Doña Oliva contando su vida.
—¿La conoces bien?
—Lo que no conozca me lo invento.
—Ya verás como te queda estupenda.
—También me quedó bien la rusa y ya ves: me la estoy comiendo con patatas.
Andrés se echó sobre ella y le mordisqueó un pezón con cuidado.
—¡Qué exageración! Ya veo que los best-sellers son muy traidores, acostumbran muy mal a la gente. Seguro que de la mía llevo vendidos menos ejemplares y no me quejo…
—Es que si con esta pincho también, acaso se acabe mi carrera de escritora —confesó Marina.
—Desengáñate. Te aseguro que siempre tendrás quien te publique. Otra cosa es que a ti no te interese escribir…
—Claro que me interesa escribir. Pero te aseguro que los superventas, si salen bien, saben riquísimos…
Ambos se echaron a reír y volvieron a besarse.
—¿Y cómo te va a ti con tu guion?
—Tal como están las cosas, estamos metiendo bastantes escenas de cama, a ver si aumentamos el interés de los posibles productores…
Se encontraban precisamente en la cama de Marina, y frente a la ventana cruzaban veloces los vencejos del atardecer.
—Y criticas a los superventas…
Aquellos días Andrés estaba a punto de marcharse a Chequia, a un congreso, y luego participaría en un par de cursos de verano a los que lo habían invitado, y las perspectivas de tales bolos lo tenían de muy buen humor. Marina sentía una inevitable envidia, pues ella solamente tenía previsto algún encuentro en clubes de lectores después del verano, y además para hablar de la dichosa novela sobre la princesa de Éboli.
Cuando llegó agosto, Marina fue a pasar unos días en el lugar de la costa occidental asturiana donde sus padres pasaban parte de las vacaciones del verano desde hacía muchos años. Sus padres se habían marchado ya cuando ella fue y tuvo que tomar un tren y luego un autobús, porque no conducía. Se había sacado el permiso a los dieciocho años, pero luego una pereza invencible la había alejado del manejo de los automóviles, y pese a los comentarios de su familia y de sus amigos, no estaba dispuesta a comprarse un coche, porque, además, pensar en los problemas de aparcamiento le hacía rechazar la idea antes de que cuajase. «Tendré coche cuando pueda pagarme un chófer», decía, menos en broma de lo que creían quienes la escuchaban. De los hijos solo estaba ella, porque su hermano permanecía en Estados Unidos.
No hacía muchos años que el trazado de la carretera principal se había separado de los pueblos costeros, y aunque en esa época había siempre mucha gente, el tráfico era más limitado y hasta se podían encontrar algunas playas menos concurridas de lo que era habitual.
Marina bajaba con sus padres a una de tales playas, donde pasaban buena parte de la mañana. No era una playa muy extensa, y su arena remataba una breve pendiente pedregosa a la que antecedía un mosaico de prados y grupos de pinos.
La cercanía del mar, con el ritmo sonoro de las olas, y la luz de la mañana, resplandeciente en la arena, suscitaban en Marina una lasitud que le impedía leer y la mantenía sentada en la sillita de plástico, acogida al cobijo de la sombrilla, con los ojos entrecerrados, mientras su madre tomaba cuidadosamente el sol, tumbada sobre la toalla, y su padre, caña en mano, intentaba con poco éxito pescar algo desde las rocas.
Marina se había llevado con ella el ordenador portátil para continuar trabajando en su novela, pero transcurridos cinco días de estancia aún no había escrito ni una sola palabra. Sin duda influía en ello el cambio en las costumbres cotidianas: la sustitución de su cuarto de trabajo entre los tejados de Lavapiés por la habitacioncita con la pequeña cama; la de su mesa con los objetos habituales, como fieles acompañantes, por aquella pequeña e incómoda consola; la de su horario, que normalmente empezaba muy pronto por la mañana, por aquel par de horas después del almuerzo; pero también motivaba aquella interrupción un desánimo que no tenía nada que ver con los cambios circunstanciales.
Apoyaba su desfallecimiento una misteriosa identificación con aquella Doña Oliva que, con tantos años a las espaldas, tenía que escribir furtivamente, ya para siempre marginada del mundo de los libros impresos. Pues aunque todavía no lo había puesto por escrito, había imaginado que la prohibición de Acacio iba mucho más allá de lo referente a la relación de Oliva con sus nuevos devaneos de escritora y afectaba también a aquellas posibles misivas que, sin embargo, decía no tener inconveniente en que escribiese. Y así, sin prohibirle escribirlas, había procurado disminuir sus compromisos de respuesta, y que apenas le llegasen ya las cartas que le enviaban ciertos admiradores o corresponsales interesados en su libro.
Otro asunto que desazonaba a Marina era el recuerdo de Berta. Una vez había soñado con ella: se encontraban en su casa, pero Berta no estaba sentada a su lado en el sofá, como acostumbraba, sino tras la mesa del comedor, en el mismo lugar donde ella decía que veía a Doña Oliva.
Con los brazos cruzados, el torso escuálido de Berta, su cabeza cubierta por el pañuelo de colores que ocultaba su calvicie conformaban la figura de un fantasma también silencioso, que Marina contemplaba en el sueño esperando que dijese algo. Sin embargo, aquella Berta no hacía otra cosa que mirarla, solamente mirarla.
El mismo sueño se había repetido la primera noche que estuvo en la casita que sus padres alquilaban en la costa. Aquella mirada soñada de Berta reproducía su misma mirada real, mansa, cargada de benevolencia, pero Marina volvió a despertarse inquieta, disgustada, recordando la escueta referencia a Berta que había hecho al hablar por primera vez a Andrés del libro de Doña Oliva. Y es que, en los últimos tiempos, volvía a recordar aquella conversación con Berta, en el período postrero de su vida, cuando tanto se empeñó en hacerla a ella su heredera literaria.
Protegida por la sombrilla, mirando el mar que, aunque apacible, no dejaba de sacudir la orilla con las olas sucesivas, se volvía a sentir diciendo: «Te prometo que si tú no terminas la novela, la terminaré yo», y recordaba a Berta agradeciéndoselo, llamándola «hija» y añadiendo: «Nuestros nombres quedarán unidos». Y aquella relación, tan implicada en sus amores con Rai, le parecía fruto de alguna rara ofuscación.
Claro que se había puesto a escribir la novela de Doña Oliva gracias a Berta, y que lo escrito por Berta, y sobre todo los libros que había reunido, empezando por el de la propia Doña Oliva, habían sido y eran fundamentales para su trabajo, pero con esta novela estaba esforzándose tanto como con las anteriores; todo lo referente al ambiente era conocido por ella mucho mejor que por Berta, y además había cambiado totalmente el punto de vista, el diseño de los personajes y hasta la trama. Su libro ya no tenía casi nada que ver con el de la pobre Berta.
De repente sacudió el embeleso de Marina la voz alborozada de su padre. Regresaba con largas zancadas de la parte de las rocas, todavía en sombra, con la caña en una mano y un enorme pez colgando de la otra. Era sin duda la mayor presa que había cobrado en su vida.
—¡Una lubina! —gritaba—. ¡He pescado una lubina!
Marina y su madre se levantaron y otros bañistas se acercaron al gozoso pescador.
—¡Una lubina enorme!
La lubina era grande, en efecto. Mediría más de sesenta centímetros y colgaba del sedal. El anzuelo no sujetaba su boca, sino que debía de estar en su interior.
—¡Se tragó el anzuelo, pero no es el mío!
—¿Cómo que no es el tuyo?
—¡No os lo vais a creer! ¡Alguien la había pescado antes que yo, pero se le partió el hilo! ¡Y no sé cómo, ese hilo se enganchó en mi anzuelo!
—¿Pero cómo es posible?
—¡Míralo tú misma!
—¿Y estaba viva?
—¡Todavía lo está! ¡El pobre bicho ha debido de andar vagando por ahí con el anzuelo tragado y arrastrando el pedazo de sedal!
Ciertamente, el sedal del que colgaba la lubina, sujeto a un plomo, había formado en su extremo un burujo que se había prendido en el anzuelo del padre de Marina.
—¡Verlo para creerlo! —repetía el hombre—. ¡Y menuda pieza!
La pesca satisfizo tanto al pescador que, tras guardarla y desmontar la caña, se quedó con Marina y con su madre, sin dejar de comentar, admirado, el caso que acababa de protagonizar.
—Es como para no creérselo —repetía—. Un pez ya pescado que vuelve a ser pescado. Este mundo está lleno de casualidades raras…
Eso, casualidades raras, pensaba Marina. Ella también había enganchado, sin proponérselo, un pez que había pescado otro.
Mientras Berta estuvo viva, la había ayudado todo lo posible, sin pensar ni una sola vez en que un día se iba a ver obligada a asumir la escritura de aquella novela. Claro que algún aspecto le había sugerido cosas: por ejemplo, los comentarios sobre Lope de Vega le habían hecho pensar vagamente en utilizar de algún modo la figura del autor y su vida sentimental como referencias para escribir algo, como la academia alcaraceña le había parecido un escenario aprovechable para alguna trama novelesca de intriga situada en el siglo XVI, pero las circunstancias no le habían permitido profundizar en ninguna de aquellas ideas, y al fin se había visto obligada a aceptar una herencia que ella no había buscado ni deseado, porque el libro de Doña Oliva no era precisamente un texto demasiado atractivo desde el punto de vista literario. Otra cosa hubiera sido que el dichoso libro constituyese una novela: en tal caso, habría podido entremezclar la trama de la novela del Siglo de Oro con una trama contemporánea, por ejemplo, y jugar un poco a eso que llamaban metaliteratura. Pero había aceptado la herencia, y una vez aceptada le dio muchas vueltas al texto recibido, que además ni siquiera estaba escrito en ordenador, porque Berta había continuado siendo fiel a la escritura manuscrita hasta su muerte, de modo que estaba escribiendo una novela que tenía poco que ver con aquella especie de embrión heredado.
«Una novela tuya», pensaba, «no una novela de autoría compartida…».
Su madre hizo la lubina al horno, cubierta de sal y envuelta en papel de aluminio.
—Lubina salvaje de verdad —decía el padre, orgulloso de ser quien había aportado aquel supuesto manjar a la gastronomía familiar.
Mas la lubina no estaba tan sabrosa como era de suponer; su sabor apenas se diferenciaba del de las lubinas de criadero, e incluso tenía cierto regusto amargo.
—¿Seguro que estaba viva? —preguntó la madre.
—Tú misma la viste colear…
Marina recordó entonces el libro de Doña Oliva.
—Sin duda ha sido el sufrimiento. El pobre bicho anduvo con ese anzuelo tragado y eso tuvo que influir en su metabolismo. No solo somos los seres humanos quienes sentimos dolor. Y el dolor le quitó sabor.
—¡Pero no está mal, caramba! —protestó el padre.
—Yo no digo que esté mal —respondió la madre—, sino que esperaba más, qué quieres…
Entonces, Marina se preguntó a qué sabría su libro cuando lo terminase, si es que lo lograba.