2. Los nuevos días panameños

 

 

 

 

Esta vez el regreso de Panamá resulta tranquilo, plácido, sin incidente alguno. El avión ni siquiera encuentra turbulencias a lo largo del recorrido. En tales ocasiones uno piensa, considera, recuerda, como si estuviese inmerso en una burbuja, al margen de las leyes inexorables de lo cotidiano, como dentro de un lugar y de un tiempo que no pueden existir sino en la imaginación.

Han sido días muy intensos, y aunque de las conversaciones no se han derivado los mejores resultados para su empresa, al final han llegado a un acuerdo al parecer aceptable para todos.

«El mal menor», decía don Anselmo, con aire inescrutable. «Nos faltó información, conocer mejor sus intenciones, su último punto de repliegue», añadía, con una mirada que Rai sentía deslizarse sobre su persona con palpable aspereza.

Sin embargo, también han sido días con buenos recuerdos para él. En la parte panameña estaba de nuevo Euterpe, y la amistad iniciada en su anterior viaje se ha consolidado.

 

 

 

Desde su primera visita habían mantenido comunicación a través del correo electrónico, no muy asidua, un mensaje al mes, más o menos, pero la muerte de Berta había interrumpido la comunicación y solamente unos días antes de su nuevo viaje Rai le había contado a Euterpe lo sucedido, y ella le había contestado condoliéndose de la pérdida, diciéndole que ya presentía que le había sucedido algo y esperaba que hablasen sobre ello en su inminente encuentro panameño.

Cuando estuvieron juntos, después de la primera reunión de las comisiones negociadoras, Rai, tras relatarle la triste muerte de Berta, añadió que había roto con su novia.

—¡Ay, pobre! —dijo ella—. ¿Y se querían mucho?

—Está claro que no lo suficiente.

Euterpe estuvo callada un rato, como si reflexionase sobre la noticia.

—Pues somos almas gemelas —dijo al fin—, porque yo también he terminado con mi pareja.

Resulta que el chico de Euterpe era un mujeriego incorregible y ella había decidido acabar la relación.

—No parece que le haya afectado mucho.

—Hacía tiempo que sabía que me engañaba con otras —explicó Euterpe con un gesto cómico, y ambos se echaron a reír.

 

 

 

Aquel día habían vuelto a desplazarse en un helicóptero militar, esta vez para dirigirse a Santiago de Veraguas, donde tendría lugar una reunión importante, y estaban haciendo un breve vuelo desde la capital, primero sobre las pequeñas islas cercanas a la costa que salpicaban la bahía, con sus playitas solitarias y sus alturas cubiertas de vegetación, de cuya inmediata belleza solo los tripulantes de algunos veleros fondeados cerca se beneficiaban, y luego sobre los estanques para camarones que se sucedían al borde de la costa, ya en el territorio firme del istmo, y los ríos que demoraban sus corrientes en innumerables meandros, entre la floresta multiplicada en colinas y vaguadas.

—Hay que reconocer que es un país precioso —dijo Rai—. Su situación geográfica le da una gracia especial, sin duda.

 

 

—¿Sabe que hicieron el canal aquí porque comprobaron que no había sismos? El proyecto de Nicaragua tiene el problema de que allí sí los hay.

Don Anselmo le había recordado que debía intentar sacarle a Euterpe la mayor información posible, pero de lo que menos hablaron fue de los dichosos contratos. A Rai le encantaba la circunspección de Euterpe, que iba perfectamente arreglada, con una cartera de ejecutivo en la que llevaba sus documentos. En aquellos momentos, los compromisos y debates contractuales que los relacionaban le parecían a Rai lo menos interesante del mundo.

—¿Sigue con su afición al violín?

En los ojos de Euterpe hubo un alegre chisporroteo.

—¡Seguro! ¡No hay cosa que más me agrade! ¡Lo voy a invitar a mi casa para que me oiga tocar!

 

 

 

La casa de Euterpe era un edificio de una sola planta, con muchos años, cuyo interior se abría a un pequeño jardín. La casa había pertenecido al abuelo de Euterpe, descendiente de un gallego que había ido a Panamá a trabajar en las obras del canal y de una panameña. En el jardín había dos grandes árboles que casi ocultaban la vista de los rascacielos cercanos y parecía que, en vez de estar en medio de la ciudad, con sus gigantescos edificios, se encontraban en alguna zona silvestre.

Euterpe había convocado a la copa a otros amigos, ninguno relacionado con los asuntos que afectaban a Rai oficialmente, y él se sintió muy satisfecho por aquella muestra de intimidad.

Los amigos de Euterpe preguntaban a Rai sobre la crisis en España y él intentaba explicarla, aunque era un tema que lo fastidiaba profundamente, al imaginar a la mayoría de los colegas de su edad viviendo de sus padres, como cuando eran unos escolares. Panamá, en cambio, atravesaba un momento de buenas expectativas, y la conversación se alargó hasta que Euterpe se levantó y se fue a por su violín.

Regresó, lo sacó de su funda y, de pie delante de ellos, sin partitura, dijo que iba a tocar el Adagio en sol mayor de Albinoni. Euterpe no lo hacía nada mal, teniendo en cuenta lo reciente de su condición de intérprete.

Cuando terminó, Rai se puso de pie y aplaudió, emocionado.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba.

Los demás también aplaudían, pero miraban a Rai con regocijo. Euterpe agradeció la aclamación y les dijo que les iba a tocar el Canon en re mayor de Pachelbel, y la interpretación suscitó en la concurrencia, sobre todo en Rai, la misma admiración clamorosa.

—No saben cuánto se lo agradezco —decía Euterpe, ruborosa—. Eran las que mejor conocía, pero ya que les han gustado, les voy a tocar el inicio de la Partita número tres en mi mayor de Bach, que es lo que estoy estudiando últimamente. A ver qué tal…

 

 

La noche era tibia; la casita, con el pequeño jardín, parecía un cobijo cósmico entre los enormes rascacielos; la música, de manos de aquella chica que se arrobaba en la interpretación, era una señal de acogida, y a Rai le pareció encontrar un destino firme después de tantas zozobras.

 

 

 

Se lo dijo al día siguiente, bailando con ella tras una cena oficial, en la que los aires folklóricos que animaban la reunión resultaban bastante ensordecedores.

—No sabe lo bien que me sentí anoche en su casa, oyéndola tocar. Me vi como el náufrago que ha encontrado el lugar seguro.

Euterpe interrumpió el paso y le obligó a detenerse.

—¿Por qué no se viene para acá? Tengo unos proyectos que podrían interesarle.

—¿Qué clase de proyectos?

—Luego le cuento. A ver si terminamos lo del contrato…

Aquella alusión le recordó a Rai la insistencia de don Anselmo en que sonsacase a Euterpe acerca de la negociación. Volvió a moverse al compás de la música y le dijo:

—Euterpe, me va a perdonar, pero don Anselmo insiste una y otra vez en que intente conocer hasta dónde están ustedes dispuestos a llegar. ¿Lo sabe usted? ¿Me puede decir algo?

Euterpe se echó a reír y no contestó nada. Mas cuando estuvieron otra vez sentados y Rai había olvidado su pregunta y hasta el desconcierto que le había producido la falta de respuesta de ella, habló, sorprendiéndolo:

—¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Y cómo quiere que lo sepa, Raimundo? ¿Sabe usted hasta dónde están dispuestos a llegar ustedes? Eso, los jefes. Lo que me extraña es que don Anselmo le pida esas cosas cuando él es íntimo de míster Loman.

—¿Qué me dice? —preguntó Rai.

Tuvo entonces noticias de que, para sus colegas panameños, era notorio que don Anselmo tenía contactos frecuentes con Loman, uno de los altos ejecutivos de la parte contratante, y al parecer amistad personal, ya que varias veces había estado en el país invitado por él y navegando en su yate. La información lo desazonó, sin saber por qué.

—¿Se me ha quedado cara de tonto?

Euterpe se echó a reír otra vez.

 

 

 

Cuando salieron, Euterpe lo llevó en su coche hasta el hotel.

—Estoy pensando en cambiar de trabajo —le confesó.

Añadió que en Panamá eran tiempos muy favorables para el turismo y que le gustaría organizar una empresa, una agencia turística. Que ya estaba cansada del trabajo actual, de tanto papel burocrático y de la escasa retribución. Preparar una agencia turística sería una labor muy estimulante, recorrer el país para seleccionar los puntos más adecuados, establecer contactos con gentes diversas y luego, una vez funcionando, andar de gira por lugares hermosos siempre que quisiese.

—Además, seguro que cuando lo ponga en marcha tendré mucho más tiempo para mi violín.

«Ojalá yo también pudiera pensar en cambiarme de trabajo», pensó Rai, y lo dijo:

—Ojalá yo también pudiera pensar en cambiarme de trabajo.

—¿En qué campo le gustaría trabajar?

—Lo del turismo no me parece mal, aunque a mí lo que me gustaría sería dibujar cómics.

—¡Qué sorpresa! ¿Es dibujante? ¡No me lo había contado!

—Ojalá lo fuera. Soy un dibujante muy mediocre. Si se me diera el dibujo la mitad de bien que a usted el violín, no lo dudaría ni un momento.

—No me diga eso. Todo es proponérselo.

—No lo crea, Euterpe. Algún día le enseñaré mis dibujos. Al fin me he dedicado al ejercicio del derecho y he seguido el consejo de una antigua filósofa española, que mi madre apreciaba mucho, y que decía:

 

Haz de grado y a placer

lo que por fuerza has de hacer.

 

—No es mala filosofía.

—No la hay mejor, si no queremos amargarnos la vida.

 

 

 

Piensa ahora en todo ello mientras el avión continúa su ruta sin sobresaltos. No le extraña la fascinación de los españoles ante aquellas tierras, tras sus primeros contactos con lo que llamaron el Darién. Ya en su primer viaje le habían atraído el canal, los dos océanos tan cercanos, la naturaleza exuberante, la disposición afable de la gente.

«En cuanto a Euterpe, es una chica atractiva, amistosa, acogedora. Seguro que lo del turismo se le da muy bien. Haré otro viaje para conocer todo el país, a través de su agencia, en las próximas vacaciones. Adiós, cabo de Gata. Adiós, cabo Vilán.»

Se queda un rato amodorrado y de repente le viene a la memoria lo que Euterpe le contó de don Anselmo, y la insistencia de él en recordarle su peculiar espionaje. «¿Se estará quedando conmigo?»

A su lado, su compañero Lorenzo duerme tranquilo. Todavía no le ha contado aquella historia de don Anselmo y no está muy decidido a hacerlo, porque le confunde la actitud del jefe de la asesoría. «A ver por dónde me sale cuando estemos a solas…»