Cuando hubo regresado a Madrid y tras reorganizar las rutinas de su vida laboral, Rai buscó los papeles de Berta sobre Doña Oliva que Marina no se había llevado, aquellos que su madre había dicho que iba a tirar a la papelera y que por fin habían quedado entre sus cosas. Escogió los que le parecieron menos garabateados y localizó en el correo electrónico de su madre, que permanecía en el ordenador, las solicitudes de libros que ella había hecho, en particular dos, una del libro de Florentino M. Torner, Doña Oliva Sabuco de Nantes, y otra del de Ricardo González, El enigma Sabuco, y los encargó otra vez.
Había llamado a Yolanda para anunciarle que iría a recoger a Lisi, y aprovechó la charla para enterarse de que su padre se iba a marchar a Bolonia y que Olga no lo acompañaría, obligada como estaba a sus clases en la universidad.
—Creo que va a ir a pasar un fin de semana con él dentro de quince días.
Los libros que había encargado llegaron unos días después y entonces llamó por teléfono a Olga.
—Soy Rai, el hijo de Raimundo.
Olga lo recordaba sin confusiones.
—¡Hola, Rai! ¿Ya volviste de Panamá? ¡Qué gusto!
«Hay que ver cuánto cuento. Como si se alegrase de oír mi voz.»
—En efecto, ya estoy otra vez en Madrid, dispuesto a cumplir lo prometido. Tengo esos libros y esos papeles de Doña Oliva Sabuco a tu disposición.
—¡Estupendo! ¿Cuándo quieres que pase a recogerlos?
Rai quiso asegurarse de la ausencia de su aborrecido progenitor:
—Creo que mi padre está ya en Bolonia, ¿no es cierto?
—Lleva allí más de una semana.
—Pues te haré yo los honores, en su ausencia. Te invito a cenar el viernes, si quieres. Charlamos y te los doy.
—Por mí, encantada. ¿Dónde quedamos?
Entonces Rai le propuso como lugar de encuentro un restaurante cercano a su domicilio.
—Al terminar subimos a casa, vemos los libros y te explico de qué van. Y si te portas bien, hasta te invito a una copa.
—Me parece estupendo.
Olga resultó ser muy habladora y contó a Rai muchas anécdotas del departamento en el que trabajaba. Rai procuraba ser extremadamente amable con ella y Olga se encontró tan a gusto que, en un momento dado, para sorpresa de Rai, cambió la deriva de la conversación y la llevó a un terreno mucho más íntimo y escabroso.
—Mira, Rai, yo pensaba que no te caía bien.
—¿Por qué dices eso?
—Hombre, la separación de tus padres tuvo que fastidiaros bastante. Ha tenido que morir tu pobre madre para que os conociese… Cuando mis padres se separaron, esa vez por culpa de mi madre, yo nunca se lo perdoné.
Rai casi se echa a reír al oír aquello. A aquella mujer, que le llevaría doce o trece años y que, sin embargo, tenía mohínes de niña pequeña —una mujer muy apetitosa, por cierto, no le extrañaba que a su padre le hubiese soliviantado esos apetitos que controlamos tan difícilmente—, le parecía natural aborrecer a su madre por causar la separación de sus padres.
«¿Es posible que, pensando así, no se ponga en mi lugar? ¿No resulta demasiado ingenua?»
—¿Nunca se lo perdonaste?
—Nunca. No sabes el daño que le hizo a mi padre. Era un hombre con problemas, pero desde entonces ya no levantó cabeza, se fue a trabajar lejos de Madrid y nos dejó con mis abuelos. Ahora está internado en una residencia, muy deteriorado, pero creo que la mayoría de sus achaques provienen de aquello.
—Cuando leas a Doña Oliva verás de qué manera relaciona lo psicológico con la salud.
Olga se lo quedó mirando con interés y Rai no pudo remediar lo que a continuación preguntó:
—¿Y no te entraron ganas de vengarte?
«Ojo, Rai, no enseñes las cartas», pensó de inmediato, pero Olga no mostró ningún recelo y suspiró.
—¿Ganas de vengarme? Al fin y al cabo es mi madre. Eso sí, casi no la he vuelto a mirar a la cara.
«O sea, que no eres vengativa. Aborreces, sin más», pensó Rai. Luego decidió entrar en el terreno que le interesaba.
—¿Y cómo fue para enamorarte de mi padre?
Hubo en Olga un visible ademán de incomodidad, pero recuperó la calma enseguida.
—Esas cosas son muy personales, pero te diré que lo admiro desde que fue profesor mío, y luego director de mi tesis doctoral. Es un sabio increíble. Un genio. Y un seductor. Todas las de mi curso estábamos locas por él.
—Es que las cosas del amor son bastante raras —dijo Rai sin muestras de malicia—. Porque papá te lleva un montón de años, más de veinte.
Otra vez apreció en Olga un gesto contrariado.
—No exageres. No llega a tanto.
—Pues ojalá cuando yo tenga su edad encuentre a una mujer tan guapa como tú que se enamore de mí…
Olga no dijo nada, pero parecía que aquello le había agradado.
—Si no fueses el hijo de Raimundo pensaría que me estás tirando los tejos —respondió, burlona.
—Te los estoy tirando —dijo Rai, con gesto muy expresivo—. Y que sepas que aborrezco a mi padre tanto como tú a tu madre, o más —añadió, provocativo.
Cuando subieron a su casa, a Olga le sorprendió lo grande que era el piso y quiso verlo. Rai se sintió más dispuesto que nunca a la venganza mientras le mostraba la habitación que había sido de sus padres y la sala en que Berta había vivido prácticamente todos sus años de lucha contra el cáncer.
La presencia de la urna en medio de la mesa del comedor era tan notoria que Olga no dejó de advertirla, y sin duda quedó desconcertada, pero no dijo nada. Lisi apareció de repente y se acercó a ellos despacio, haciéndose notar.
—¡Qué gato más bonito!
—Es gata. Lisi, te presento a Olga.
Pero a la mujer no debían de hacerle mucha gracia los gatos, porque no mostró intención de cogerla o acariciarla. Lisi saltó a la mesa del comedor y se acurrucó junto a la urna, donde había encontrado un nuevo punto de observación.
Rai invitó a Olga a sentarse, le ofreció una copa, trajo los papeles y los libros, y charlaron durante un rato largo, recordando Rai lo que le había oído a Berta sobre Doña Oliva y lo que él mismo había leído en los libros, tanto en el de Florentino Torner, que según su madre era una correcta y muy completa transcripción antológica de la primera edición del original, como en el de Ricardo González, que presentaba un panorama exhaustivo sobre la polémica que se había despertado a raíz del famoso testamento de Miguel Sabuco, desde una postura favorable a la autoría de Doña Oliva y apoyado en innumerables documentos.
—Y estos papeles están llenos de notas, por lo que veo.
—Son las notas que tomaba mi madre. Es que el libro le gustaba mucho, había muchas partes que se sabía de memoria.
Olga se bebía su gin-tonic con gusto y alabó la ginebra.
—Me la recomendó un compañero muy entendido, y es verdad que está bien. Pero a mí la que más me gusta es la Botanic Ultra Premium, que no es fácil de encontrar.
—Veo que entiendes mucho de ginebras.
Rai aprovechó la ocasión y la miró con fijeza.
—De ginebras y de otras cosas —dijo con retintín.
Olga sostuvo su mirada y luego alzó la gran copa.
—Por los chicos sabios —dijo.
—Por las chicas guapas y listas —repuso Rai, sin apartar sus ojos de los de ella.
Rai le había propuesto llevarla en coche hasta su casa, pero Olga dijo que pasaba muy cerca un autobús que la acercaba casi al portal, y la acompañó hasta la parada. Parecía muy satisfecha del encuentro.
—Eres un encanto, Rai. Ya te diré lo que me parecen los libros. Y queda pendiente otra cena. Esta vez invitaré yo.
—¿Cuándo?
—El viernes que viene, si quieres. Iba a ir a ver a tu padre, pero nos resulta mejor la siguiente semana, aprovechando el puente.
—Pues de acuerdo, el viernes que viene.
Rai se detuvo y la sujetó por un brazo.
—¿A ti te gusta bailar?
Olga lo miraba con sorpresa regocijada.
—Pues la verdad es que sí, a mí me encanta bailar, pero tu padre se empeña en que a él ya se le pasó la edad… Por eso hace muchísimo que no lo hago.
Rai habló con determinación.
—El próximo viernes, después de cenar, nos podemos ir a bailar un rato. Conozco un sitio estupendo, donde el gin-tonic no es demasiado malo.
—¿No hay ninguna chica con la que puedas ir?
—La que había pasó a la historia. Y tengo ganas de marcha.
—Cuenta conmigo, entonces.
«Rai, da una vuelta de tuerca.»
—No se lo digas a mi padre, para que no se sienta celoso.
La mujer lo miró de nuevo con intensidad.
—¿Por qué iba a sentirse Raimundo celoso de que baile con su hijo?
—Porque su hijo no es de piedra —respondió Rai.
Había sido una ocurrencia desvergonzada, pero se sentía muy satisfecho de ella.
Esta vez, la risa de Olga fue estrepitosa.
—Vaya, ya veo que debo andarme con cuidado contigo.
«Otra vuelta de tuerca, Rai.»
—De cuidado nada. No te haría el menor daño, sino todo lo contrario.
Al despedirse, Olga lo besó con evidente ternura, y Rai la estrechó en sus brazos hasta sentir su cuerpo, sin que ella lo rechazase.
Cuando regresó a casa, Rai se sentó en el sofá y se quedó contemplando la urna de Berta.
«Bueno, mamá, hemos empezado el juego. Lo que sea sonará. Resultará lo que esté escrito en el libro…»
Junto a la urna, Lisi lo miraba como si hubiese captado sus pensamientos. A veces Berta decía que los gatos eran «mediadores», según los antiguos egipcios, y ciertamente en los ojos de Lisi, tan abiertos por la penumbra de la sala, había una misteriosa actitud comprensiva.
Rai se sentía tan eufórico que, en lugar de acostarse, encendió el ordenador y le puso un correo a Euterpe, con quien había vuelto a escribirse con cierta frecuencia, contándole que en Madrid hacía muy buen tiempo y otras nimiedades por el estilo.
«¿Qué tal va esa agencia turística?», preguntaba antes de despedirse.