4. La meta

 

 

 

 

Olga lo llevó a cenar a un restaurante oriental y Rai pudo demostrarle que sabía utilizar los palillos.

—¿Qué tal te va con Doña Oliva? —preguntó Rai.

—Estoy fascinada con ese libro. Yo ya conocía algún ejemplar de la colección. En aquellos años de la República sí que había interés por nuestro pasado más creativo, seguramente porque la dictadura de Primo de Rivera no había sido tan dañina como lo sería luego el franquismo, que fue culturalmente demoledor. Y la pena es que no hemos logrado salir de ello. El gran fracaso de la Transición estuvo en no devolvernos el interés por nuestra cultura. Y las autonomías han sido en eso muy destructivas.

Rai se quedó con la pieza de pescado sujeta en el aire, mirando con sorpresa a la mujer.

—¿Es que no conocías esa Biblioteca de la Cultura Española que empezó a publicar Aguilar poco antes de la Guerra Civil? —preguntó Olga.

—Pues no —respondió Rai, y se llevó el trozo de pescado a la boca.

—Ya te digo que yo había leído algún otro libro de la misma colección, pero al encontrarme con el de Doña Oliva he buscado en Internet y estoy de verdad sorprendida. Es increíble lo que era el proyecto: ¿qué te parecen más de ciento treinta monografías y antologías serias que recuperaban a autores españoles, principalmente filósofos, médicos, eruditos, matemáticos, geógrafos…, prácticamente olvidados, desde el siglo primero al diecinueve?

«¿Pero de qué habla esta mujer?», pensó Rai, antes de insistir:

—¿Y Doña Oliva?

—Es un ejemplo de lo riguroso que era el proyecto de la colección, donde iban a estar desde Floro y Prisciliano hasta Peral y Torres Quevedo, pasando por Abentofail, Maimónides o Andrés de Urdaneta… Asombroso.

Olga miraba a Rai con entusiasmo. «¿Pero cómo es esta mujer?», pensaba él.

—Igual que me llamó la atención el hecho de que Doña Oliva estuviese incluida en ella, me fijé en el nombre del autor que se ocupa del libro, el tal Florentino M. Torner.

—¿Y qué? —preguntó Rai, de nuevo sorprendido por las perspectivas que se le habían abierto a Olga con aquel libro.

—Resulta que Florentino Martínez Torner fue un asturiano muerto en México, en el exilio, inspector de enseñanza primaria, profesor de la Escuela Normal de La Coruña, catedrático, diputado por Huelva en el treinta y uno, masón bajo el nombre de «Shakespeare», miembro de la UGT, del PSOE, traductor, bibliotecario, erudito en muchas cosas de las letras… Un personaje novelesco…

«¡Vaya! ¡Aquí tenemos a otra novelista!»

—¡No me digas que vas a escribir una novela sobre él!

—No, hombre, lo mío es la investigación… Pero a partir de lo de Doña Oliva y otras cosas suyas, voy a escribir algo a propósito de su figura.

—¿Y de Doña Oliva, qué me cuentas?

Pero era indudable que Olga estaba en otra onda.

—Ya puesta a interesarme por el asunto, investigué también un poco sobre el director de la colección, Francisco Vera.

Rai recordó la insistencia con que Berta repetía que en el libro de Doña Oliva estaban todos, ella, él, Yolanda, Raimundo padre…, porque de repente habían ido entrando en el libro cada vez más gentes y asuntos. Ahora resultaba que en el libro estaba Olga, y encontraba en él curiosos personajes.

—¿Francisco Vera?

—Francisco Vera Fernández de Córdoba. Aquí tengo también algunas notas sobre su persona —respondió Olga, agitando el cuadernillo que había sacado de su bolso cuando empezó a hablar de Florentino Torner—. Extremeño, exiliado como consecuencia de la Guerra Civil, muerto en Buenos Aires. También masón, fue matemático, filósofo, historiador de la ciencia, funcionario del Tribunal de Cuentas. Escribió artículos y novelas. Otro personaje interesante.

«¿Pero qué le pasa a esta mujer con Doña Oliva?»

Olga seguía hablando con fervor de aquellos peculiares personajes que habían surgido en su vida solamente con abrir el libro sobre Doña Oliva, en las tres primeras páginas.

Cuando había conocido a Olga, a Rai le había parecido encontrar en sus ademanes algún mohín infantil. Ahora descubría en ella el ardor de una niña entusiasmada con un juguete y no intentó aplacar su asombrada simpatía.

«¡Pues vaya con la Olguita!»

Siguió comiendo en silencio, mientras la mujer se explayaba en sus descubrimientos e intuiciones. Por fin Rai volvió al asunto por tercera vez:

—¿Y qué me dices de Doña Oliva?

Y resultó que, durante los días pasados, Olga había leído bastantes cosas del libro de Florentino Torner sobre Doña Oliva.

—No cabe duda de que escribía muy bien. Me hace gracia que Teresa de Jesús sea una supuesta estilista de nuestro idioma y no lo sea Doña Oliva.

—Ya sabes que en los tiempos modernos le han quitado la autoría.

—Pero sea de hombre o de mujer, es un libro estupendamente escrito. No me extraña que esos sabios republicanos lo incluyesen en su colección…

—¿De hombre o de mujer? ¿No crees que fuese de ella, de Doña Oliva?

—Incluso si no existiese ese extraño testamento, tendría mis dudas. Hay capítulos demasiado cargados de sabiduría, digamos, para estar escritos por una persona tan joven. La verdad es que no sé qué pensar…

 

 

 

Cuando terminaron de cenar, Rai la llevó a su «tugurio» y el ambiente animó mucho a Olga. Pidieron unos gin-tonics que no estaban mal.

Cuando comenzaron a bailar, en Olga había el mismo entusiasmo que al hablar de los sabios republicanos descubiertos. Bailaron de muchas formas: sueltos, abrazados, saltando.

—De manera que este es tu centro de ligues —dijo Olga, en una ocasión en que se sentaron a descansar.

«¿Es eso una indirecta?»

—¿Crees que ahora estoy ligando?

—Creo que estás ligando desde que nos conocimos —respondió Olga, mirándolo con gesto entre agresivo e irónico.

—¿Iba a tener los huevos de intentar ligar con la chica de mi padre?

Estaban en el tercer gin-tonic.

—Naturalmente.

«Esta no se corta un pelo», pensó Rai, empezando a sentirse desazonado ante la forma tan directa con que se expresaba Olga.

—¡Sería una falta de vergüenza!

—Vamos, Rai, no seas hipócrita.

Olga se detuvo en seco y lo miró fijamente, mientras preguntaba:

—Pero aclárame una cosa: ¿quieres ligar por venganza o porque te gusto?

La alusión a la venganza fue tan abrupta que acabó de desasosegarlo.

 

 

—¿A qué llamas ligar?

—¡No me digas que hay que explicártelo!

Rai decidió contraatacar, pero no se encontraba ya tan seguro, pues parecía que Olga iba dominando la situación.

—El objetivo final de ligar es irse a la cama juntos, a follar. ¿Te refieres a eso?

—¡Qué perspicaz!

—¿No sería una especie de incesto?

—A lo mejor tal clase de incesto resulta estimulante.

Rai intentó adoptar el mismo gesto de seguridad incitante que Olga. Estaban bailando otra vez y la apretó.

—Todo es cuestión de intentarlo. Es una hora muy buena para ello.

—Pero no has contestado a mi pregunta de antes.

—¿Que si quiero ligar contigo, es decir, que si quiero follar contigo? Pues sí, sin duda, y cuanto antes mejor.

—No. Que si quieres hacerlo por venganza o porque te gusto.

«Te voy a dar una estocada.»

—Si quieres que te sea sincero, por venganza, por pura venganza.

Olga lanzó una carcajada.

—¡Qué romántico eres y qué poco sabes de la vida! Follar con un chico como tú no sería mucho más que tomarme otro gin-tonic, no afectaría para nada a mi relación con tu padre.

—O sea, que él se quedaría tan tranquilo si se enterara.

Olga se echó a reír como si acabase de oír un chiste.

Lo estrechó entre sus brazos con fuerza y le dio un beso profundo.

—Anda, vamos a mi casa, conquistador. Esta noche has ligado.

 

 

 

Cuando estuvieron en casa de Olga, Rai aún no había recuperado del todo el aplomo. Habían ido en un taxi, se habían vuelto a besar, y él había tenido ocasión de comprobar que el cuerpo de Olga era tan macizo como prometía. Sin embargo, en la casa guardó un sorprendente protocolo.

—No te invito a otro gin-tonic para que no se te duerma la libido —le dijo, riéndose.

Parecía evidente que tenía deseo de él. Olga lo llevó a una habitación con una gran cama —«Aquí es donde deben de dormir mi padre y ella», pensó Rai— y entró en el cuarto de baño.

—Desnúdate —le dijo—. Ahora vuelvo. Prepara la espada. Vamos a ver cómo te vengas.

 

 

Entonces Rai, en lugar de sentirse eufórico, triunfador, percibió dentro de él una frustración nunca antes conocida.

Era evidente que su estrategia había fracasado. Olga se iba a acostar con él porque le daba la gana, sin importarle que Raimundo padre pudiera enterarse. En aquel juego de seducción, ella había sido la ganadora. Él había fracasado y además dudaba de sí mismo, porque la oía tararear dentro del cuarto de baño y, a pesar de su fuerte atractivo, no lograba sentirse excitado. Recordó un asunto oscuro del que a veces había hablado con los amigos, «y encima voy a tener el famoso gatillazo», pensó.

De modo que, en lugar de desnudarse, recogió su chaqueta, buscó la puerta del piso y se marchó, sintiendo que en todo aquel proyecto de venganza había habido solamente una ilusión pueril, que de repente se desmoronaba.