Llamó a Rai unos días después de su llegada, porque en la facultad tenía cosas pendientes y quería estar tranquila en el momento de hacerlo. Rai respondió con naturalidad, como si no hubiese pasado tanto tiempo desde su abrupto mutis.
—Hola, Olga. Dime.
—Hola, Rai.
Olga no decía nada, y sin duda Rai estaba desconcertado.
—¿Querías algo? —preguntó al cabo.
—Era para contarte que me he metido a fondo con esos libros y los papeles de tu madre.
—¿Y qué te han parecido?
—Estoy sorprendida con el personaje y con las cuestiones misteriosas que lo rodean. Pero en las notas de tu madre he encontrado algunas referencias que me despistan.
—¿Cuáles?
—Habla de cierta academia de Alcaraz y de cosas que no entiendo bien. ¿No quedarán más papeles suyos entre la documentación referente a Oliva Sabuco?
—Yo creo que te lo di todo, pero miraré y te daré lo que encuentre, si es que lo encuentro.
—Pues te lo agradeceré mucho, Rai. Por cierto, los encuentres o no, debes saber que quiero hacer las paces contigo.
La voz de Rai era risueña:
—Nunca hubo guerra entre nosotros.
—Por si acaso.
Pasó casi una semana, ya faltaba solamente otra más para que Raimundo regresase a Madrid definitivamente cuando recibió la llamada de Rai que estaba esperando. El chico le daba la razón y le decía que entre las cosas de Berta habían aparecido algunos papeles más, aunque tan emborronados que no sabía si le servirían para algo.
—Pues me gustaría echarles una ojeada.
Quedaron para verse en una cafetería cercana a la casa de Olga y ella llegó bastante antes de la hora de la cita, presa de un peculiar nerviosismo, como si aquella nueva entrevista con el hijo de Raimundo tuviese mucha importancia. Era consciente de que, desde la noche fatídica, la imagen del joven volvía a ella con frecuencia, y su última charla telefónica había acabado suscitando la congoja de la que hablaba Oliva Sabuco en su libro, un género de miedo de que suceda mal aquel negocio por falta suya, o se yerre…
Por fin apareció Rai con un sobre en la mano y Olga lo besó en ambas mejillas con un afecto que enseguida le pareció excesivo.
—¿Qué tal, Rai? Creí que te habían abducido los extraterrestres.
También se arrepintió en el acto de sus palabras, pero Rai no mostró que le hubiesen afectado. Sin responder, pidió una cerveza al camarero y luego abrió con parsimonia el sobre y sacó de él varios folios.
—Ya veo que no has perdido el buen humor. Por mi parte, he rebuscado todo lo posible y esto es lo que he encontrado, lo único que queda de los papeles de mi madre sobre Doña Oliva.
Olga los recogió pero ni siquiera les echó un vistazo, porque en aquel momento su interés predominante estaba en Rai. Había llegado a temer que faltara a la cita, siguiendo la extraña deriva de aquella también extraña noche, y su presencia la había llenado de euforia.
—No sabes lo que te agradezco que me los hayas traído, pero, sobre todo, que hayas aceptado que nos veamos otra vez.
—No tienes nada que agradecerme, Olga. Lo que debes es perdonarme tú la espantada de la otra noche. Claro que fui abducido, pero no por los extraterrestres, sino por mis propias contradicciones. Y lo siento de veras.
Olga lo contemplaba con interés.
—Me hice un lío. Claro que me gustas, claro que quería acostarme contigo, pero mezclé en el asunto mis problemas con mi padre, y el caso es que se me organizó un barullo mental y decidí dejarlo, porque ya no estaba para cumplir como debía.
—A mí aquel súbito abandono tuyo me ha tenido disgustada. Al principio quise quitarle importancia, pensando que era como un enredo de comedia del Siglo de Oro.
—¿A qué te refieres?
—He trabajado mucho ese tema, sobre todo desde el punto de vista del papel que jugaban las mujeres en muchas de esas piezas teatrales, que es muy interesante.
Olga hablaba con aire un poco ausente, como si la evocación académica la distrajese.
—Hay una comedia de una autora del dieciséis, casi contemporánea de Oliva Sabuco, Ana Caro de Mallén, de la que nadie se acuerda, titulada Valor, agravio y mujer. Trata de una dama seducida y abandonada que se disfraza de hombre para buscar a su ingrato galán lejos de España, en Flandes nada menos, y vengarse de él. Primero le quita una medio novia que se ha echado, y luego está a punto de matarlo en una pelea con espadas.
—O sea, que eran mujeres de armas tomar, como se dice.
Olga salió de su embeleso.
—¿Sabes que estos días tuve un sueño muy raro? Precisamente relacionado con esa comedia. Soñé que yo era una dama abandonada por mi galán, que eras tú, y que, disfrazada de hombre, te buscaba para matarte y te encontraba disfrazado de mujer.
—¿Y me matabas o no?
—Eso que te he contado es lo único que logré recordar del sueño, al despertar. Un sueño rarísimo, que demuestra lo mucho que me desconcertó tu despedida a la francesa.
—¿Y qué tal estaba yo disfrazado de mujer?
—Encantador. Pero el sueño me hizo pensar que aquella noche, en realidad, yo tuve un comportamiento demasiado agresivo. Aparentemente la conquistada debía ser yo, pero asumí demasiado protagonismo y creo que te asusté.
—Eso es una bobada. Ya te he dicho que el recuerdo de mi puñetero padre se mezcló en el asunto…
—Deja en paz al pobre Raimundo. Te asusté, y mis encantos, si es que los tengo, no fueron capaces de desinhibirte. Por eso te largaste.
Rai puso ambas manos sobre la mesa y luego habló con voz neutra, como si dijese algo intrascendente:
—¿Quieres que lo intentemos otra vez?
—¿Lo que se llama una segunda oportunidad? Pero ¿podemos bañarnos dos veces en el mismo río?
—Esta vez, no te bañes.
Olga se echó a reír.
—De acuerdo, pues. ¿Cuándo?
Era jueves.
—¿Quedamos mañana a cenar? —propuso Rai.
Olga aceptó sin titubear, lo que la hizo reprocharse nuevamente su falta de tacto, y quiso saber el lugar de la cita.
—Esta vez me toca invitar a mí —respondió Rai—. Te llevo al mismo sitio de la primera vez, si quieres. No sé si podemos bañarnos dos veces en el mismo río, pero seguro que podemos cenar dos veces en el mismo restaurante…
Olga se encontraba muy enardecida ante la perspectiva de la aventura que los esperaba, y era evidente que Rai también estaba excitado. No volvieron a recordar a Raimundo ni a referirse a la noche del desaire. Hablaban aparentemente de la crisis, de los mendigos que seguían proliferando y llenaban la noche de miserables cobijos, de cine, del separatismo catalán, que Olga calificaba de «españolada», pero en realidad, por debajo de estos motivos, su conversación estaba marcada por miradas, guiños, apretones de manos, rozamientos de sus piernas, en un lenguaje secreto que estaba muy claro para ambos.
Tras la cena, forzando una demora que era también el cumplimiento de un rito, fueron al tugurio de Rai y volvieron a beber los gin-tonics de rigor, y bailaron, esta vez apretados cuerpo contra cuerpo aunque el ritmo de la música no lo propiciase, y se besaron con ansia creciente, con un hambre que habían acrecentado las zozobras subsiguientes a su abrupta separación.
Por fin se fueron a la casa de Rai y sus cuerpos tuvieron el encuentro que tanto deseaban, una comunicación ardorosa en la que Rai se sintió aún más enardecido por las obscenidades que Olga susurraba en el trance.
Olga y Rai vivieron aquel fin de semana como una luna de miel. La cama que había sido de los padres de Rai fue su refugio la mayor parte del tiempo, y sus frecuentes e intensas cópulas solo eran interrumpidas por el sueño, algunos paseos y los almuerzos del sábado y del domingo. Así, cuando el domingo por la noche Rai llevó a Olga a su casa, esta sentía que en su vida se había producido una inesperada mutación, lo que hacía que, junto al sentimiento placentero, dichoso, que la llenaba, empezase a vibrar dentro de ella la premonición de ingratas complicaciones.
—¿Nos vemos mañana por la noche? —preguntó al despedirse.
—Por mí, encantado —respondió Rai.
Olga recordó que Raimundo regresaba a mediados de semana y prefirió mantener su casa apartada de aquella ardiente relación que había iniciado con Rai.
—¿Te parece que vaya a eso de las nueve? Llevaré cosas para cenar y un buen vino.
—De eso nada —respondió Rai—. Yo soy el anfitrión, de modo que yo prepararé la cena.
—¿Pero sabes cocinar?
—Yo sé hacer de todo, Olguita. De todo. Te voy a preparar una crema de setas que te hará levitar…