A finales de noviembre Chisma, hablando con Marina, supo que tenía ya completo un borrador de su novela. Se habían citado para comer juntas, aprovechando el paso de la agente por Madrid, y tras los inevitables comentarios sobre la mala suerte de la novela rusa Chisma le preguntó por su nueva novela.
—Ya he terminado el primer borrador —dijo Marina, intentando no dejar traslucir su alborozo.
Chisma depositó el tenedor y el cuchillo en el plato y la miró con admiración:
—¡Pero qué me dices! ¡Eso es estupendo! ¿Cuándo me lo mandas?
Pero Marina no estaba segura de que su texto pudiese ser leído todavía por alguien que no fuese ella misma. Aún bullían en él posibilidades narrativas que, si lo desvelaba, acaso se inmovilizarían para siempre. Pensaba que tenía que dejarlo reposar, para que acabase de germinar en él todo lo que fuese capaz de hacerlo. Al mismo tiempo, sentía que no le vendría mal una lectura ajena, que le mostrase una primera impresión.
—Es que no sé si sería demasiado prematuro. Quiero dejarlo descansar un poco, hasta las navidades, y entonces releerlo a fondo.
—¡Pero eso no quita que yo le pueda echar ya una ojeada! ¿No dices que es el primer borrador? ¡Precisamente este es el momento de revisarlo, querida! Cuanto más trabajes con él, más irán cuajando cosas que a lo mejor no deberían hacerlo. Acuérdate de lo que pasó con la novela rusa.
Ciertamente, cuando Marina le dio a leer a Chisma la novela rusa ya estaba muy trabajada por ella, y aunque a su agente había cosas que no le gustaban del todo —principalmente las que se dedicaban a reconstruir de modo meticuloso el ámbito físico y cultural de San Petersburgo, lo que Chisma llamaba «las erudiciones»—, el texto estaba tan maduro que Marina apenas lo había tocado.
—Además, sabes perfectamente que, al fin y al cabo, tú eres la autora y acabarás haciendo con el libro lo que se te antoje. Por eso no es perjudicial la lectura de alguien apropiado cuando las páginas están recién escritas… En mis años de editora, creo que no orientaba mal a la gente, cuando se dejaba orientar, claro. Por eso me gusta hacerlo ahora, aunque no sea muy usual en los agentes…
—Déjame pensarlo, Chisma. Lo tengo tan reciente que, haga lo que haga, voy a esperar un poco antes de tomar una decisión.
De todas maneras, la agente se sentía tan satisfecha con la noticia que habló de que podían ir pensando en optar por alguno de los premios conocidos.
—¿Tú crees?
—Como sea del estilo de la de Éboli, seguro. Voy a pensar en alguno apropiado. Pero no sabes la curiosidad que tengo por conocer la dichosa novela. Como nunca me has contado nada de ella…
—Siglo dieciséis. Una mujer, personaje histórico, que escribe un libro. Sus problemas como consecuencia de ello…
Chisma la miraba con expectación.
—Chica, Marina, me tienes en ascuas…
Por aquellos mismos días Marina llamó a Andrés, al que hacía tiempo que no veía, para que cenasen juntos. Andrés le dijo que el día que ella proponía se presentaba la novela de un amigo y que él iba a ir al acto, que fuese con él. Luego se irían a cenar. Y Marina decidió acompañarlo.
En la presentación se encontró con gente a la que no veía desde hacía muchos meses, pues su trabajo con la novela la había tenido demasiado absorta y enclaustrada, y advirtió que Andrés saludaba con mucho alborozo a una chica que luego le presentó como una joven guionista que le estaba ayudando en su trabajo sobre el cuento de Valle-Inclán.
—Pero también estoy escribiendo una novela —dijo la chica, que se llamaba Cora—. Dentro de poco os estaré haciendo la competencia…
El presentador era un viejo novelista, cuentista y académico, de quien ella no había leído nada, que hablaba con cierta vehemencia. Puso muy bien el libro del amigo de Andrés e hizo algunas afirmaciones que a Marina le sorprendieron. «… Son de agradecer novelas como esta, que siguen planteándose lo que es la verdadera Literatura, con mayúscula, cuando estamos siendo invadidos por esos nuevos y mediocres libros de caballerías, esas “novelas de aeropuerto”, que solo buscan suscitar el entretenimiento banal mediante una escritura anodina y sin otra tensión que unas intrigas pensadas para halagar a los lectores menos cultivados…», dijo, y otras cosas como: «… la verdadera Literatura, la Literatura con mayúscula, ha buscado hablarnos de lo que somos, de cómo sentimos y nos comportamos individual y socialmente, entrando a fondo en lo humano y convirtiendo la escritura, más que en una mera crónica, en un instrumento estético con personalidad propia. En los tiempos que vivimos, la literatura de puro entretenimiento, superficial, trivial, está haciendo un daño enorme a la otra, a la genuina, porque en una época en la que se suele huir de la lectura de textos que vayan más allá de los mensajes que se envían por vía electrónica, la lectura de libros banales está anquilosando, por no decir embruteciendo, a los posibles buenos lectores. Por eso esta novela es doblemente meritoria».
También habló de la imaginación: «… y hay que elogiar igualmente que sea una novela escrita con imaginación, cuando nuestros gurús culturales la rechazan, cuando exaltan los libros que narran las vulgares peripecias cotidianas del propio autor, como si la imaginación fuese un factor prescindible en la Literatura seria, como si ya solo pudiese ser materia de esos nuevos libros de caballerías que nos invaden, a mayor gloria del mero beneficio económico».
No obstante, el viejo escritor no era nada optimista con respecto al futuro de la novela, perteneciese o no al campo de lo que él llamaba la «verdadera literatura»: «Creo que estamos asistiendo al principio del fin de la ficción escrita, al menos como fenómeno colectivo importante, porque el libro va a desaparecer muy pronto, y el descenso en la venta de libros no se debe a la famosa crisis sino al progresivo desinterés lector. Dentro de un par de generaciones, la inmensa mayoría apenas conocerá eso que hoy llamamos libro, y a pesar del formato electrónico el discurso de las novelas está también en trance de extinción, al menos para la mayoría. Los verdaderos lectores entrarán en la catacumba, mientras que la mayor parte de la humanidad irá ingresando en un período oscuro marcado, eso sí, por una deslumbrante tecnología… Pero hay que celebrar que, en este momento del canto del cisne, se escriban novelas como esta que tengo el gusto de presentar, marcada por el amor evidente a la cultura literaria».
A Marina las palabras del vehemente presentador no le gustaron, porque en cierto modo venían a calificar de servicio y granjerías del vulgo todo lo que no fuesen novelas oscuras y embrolladas como la del amigo de Andrés, y además mostraban, en su resonar apocalíptico, una especie de siniestro deseo sublimado de que el mundo novelesco más apreciado por la mayoría de los lectores desapareciese.
—¿Quién se cree que es ese vejestorio? ¿Solamente puede aceptarse lo que a él le parece «Literatura con mayúscula»? ¿A qué llama «libros de caballerías»? ¿Es que precisamente el Quijote no nació como libro de entretenimiento? ¿Y qué es eso de que la novela va a desaparecer? Desaparecerán las suyas, pues no debe de vender ni una. Yo nunca he leído nada escrito por él, ni pienso hacerlo…
—Bueno, en algunas cosas tiene razón, como en lo de que ahora el hacer dinero prima sobre todo lo demás. Parece que ya solo pertenecen al mundo verdaderamente visible de lo literario los libros que se venden muy bien.
—¿Pero no hemos quedado en que cada vez se compran menos libros? ¿No están cerrando librerías continuamente? Si los libros no se compran, ¿me quieres decir cómo va a mantenerse el sistema? ¡Menuda esquizofrenia!
Percibió que Andrés no quería discutir sobre el asunto, dejó de aludir a la dichosa presentación y acabó yendo a cenar con él, tras tomar una cerveza con el autor de la novela presentada y la chica llamada Cora, que miraba a Andrés con inequívoca fascinación.
Cuando se quedó sola, pues Andrés salía de viaje al día siguiente muy temprano y se marchó enseguida a su casa, estuvo dándoles vueltas, con enfado, a las palabras del viejo escritor.
¿Era la novela que ella había escrito «Literatura con mayúscula»? ¿Decía cosas más allá del puro entretenimiento? ¿Es que intentar reconstruir una época y un personaje histórico era despreciable, sobre todo si a una gran parte de los lectores podía interesarle? ¿Y no había en su libro incluso una reflexión sobre la consistencia del Quijote frente a los libros de caballerías, precisamente? ¿Y por qué, de ser muchos, los lectores tenían que ser «poco cultivados»?
Al final comprendió que su enfado provenía de que se había sentido aludida de alguna forma por el presentador. Sin duda, a pesar del gran éxito lector que había tenido su primera novela, se había desarrollado dentro de ella una especie de complejo de inferioridad que debía superar cuanto antes.
A mediados de diciembre, tras una rápida relectura en la que corrigió algunas cosas, Marina le envió la novela a Chisma por correo electrónico, Musa Décima la tituló, señalando debajo, con letra también grande, «primer borrador».
Chisma le respondió antes del día de Navidad diciéndole que la novela le había encantado, que era excelente la idea de que fuese una carta a Cervantes, que le gustaba la trama principal —«¡no tenía ni idea de ese asunto del libro de Oliva Sabuco!»—, que le parecían bien enfocadas la actitud del padre y luego la del marido, la sombra de la Inquisición, la extinción como escritora del personaje por culpa de esas presiones… «Podrías meter algo más a propósito de la adolescencia de los hijos, e incluso mantener ese amor —platónico o no— con el hijo del noble…» En cualquier caso, la felicitaba «de todo corazón», y esperaba tener el original definitivo cuanto antes.
Aquellos comentarios de Chisma estimularon en Marina nuevas ideas: así, hizo que el hijo mayor de Oliva, Ginés, se escapase de casa a los quince años con objeto de irse a Sevilla y embarcar con rumbo a Indias, para correr allí aventuras, aunque llevó las cosas de modo que Ginés fuese detenido por los «mangas verdes» en Úbeda; también mantuvo, como fervoroso admirador a lo largo de los años, a su noble vecino don Hernando de Meneses, inveterado soltero, que con motivo de la aparición de la Nueva Filosofía había recuperado su costumbre de enviar a Oliva poemas encomiásticos, tras los que Acacio no veía el sustrato amatorio, sino solamente un homenaje aristocrático, de lo que se sentía muy ufano.
Oliva y don Hernando se encontraban algunas veces en el monte, él sobre su caballo y Oliva paseando en el carricoche, y en una ocasión en la que don Hernando se atrevió a ser más explícito en cuanto a los motivos de su devoción hacia ella, Oliva, que a aquellas alturas estaba ya demasiado insatisfecha con los efectos de su libro en las gentes más cercanas, le contestó que, agradeciéndole mucho su fervorosa atención, le rogaba que la dirigiese hacia otros fines más provechosos para él, con lo que aquel admirativo flujo poético concluyó abruptamente.
Marina matizó también la visita de Oliva y Acacio a Felipe II, haciendo que tuviese lugar en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que había sido concluido hacía poco tiempo, y donde el rey había fijado su residencia.
Añadió también un capítulo con la dramática despedida de Lazaria, cuando, muy poco después de la boda de la hija de Oliva, tuvo que marcharse de Alcaraz con sus parientes, camino de Berbería, expulsada por su condición de morisca, lo que fue tan desgarrador para Oliva como para la criada que con fidelidad tan grande la había cuidado y servido casi desde su nacimiento. Para prevenir los asaltos de los cristianos a lo largo del viaje hasta el puerto de Valencia, Oliva y Acacio encomendaron su protección a tres hombres de mucha confianza suya que, armados, acompañaron al grupo con el que Lazaria viajaba.
Una vez repasado todo el texto, Marina le envió aquella versión del libro a Chisma. Le advertía, no obstante, que aún le quedaba por dar un último repaso. Chisma llamó por teléfono pocos días después. Estaba encantada y reiteraba su felicitación.
—Sacas a la luz un personaje histórico olvidado y un tema polémico desde el punto de vista de la consideración de la mujer.
—¿Y qué piensas hacer con el libro?
—Ante todo, voy a dar unos toques. Ya te contaré.
—¿Y lo del premio?
—Tú déjame a mí, que yo estudiaré la estrategia… Tú tranquila. Descansa un poco, chica, que te lo mereces.