1. Averías

 

 

 

 

El viaje ha venido siendo plácido, sin una sola sacudida, sin vibraciones ni temblores, aunque dentro de esa alerta inevitable, de esa incertidumbre que volar suscita siempre en lo hondo de la conciencia, pero en cierto momento Rai ha salido de su duermevela al descubrir un movimiento inusual en las azafatas y los signos de ciertas confidencias entre ellas algo crispadas, también poco habituales.

«Algo está pasando», piensa Rai.

El piloto ha esperado algún tiempo para corroborar, con la voz muy tranquila, como si transmitiese otro tipo de noticias —datos de distancias, temperaturas o husos horarios—, que la evidente alteración de las azafatas tiene un motivo grave: ya no se trata de que el avión vaya a entrar en uno de esos espacios de modificación de las circunstancias en que iba transcurriendo el vuelo y que con ello puedan comenzar inusitados bamboleos, sino que, al parecer, uno de los motores ha dejado de funcionar.

—Estamos volando con un solo motor debido a una avería, pero debo tranquilizar a los señores pasajeros, pues en las actuales condiciones llegaremos al aeropuerto de Lisboa.

Arrancado del todo de su sopor por la inquietante noticia, Rai ajusta la manta a su cuerpo por puro instinto protector, como un conjuro material ante el desvalimiento, y comprende que no tiene más remedio que asumir la intranquilidad que traen consigo estos episodios, revelaciones súbitas de esa amenaza latente en un acecho casi imperceptible, sintiendo mucha desazón al imaginarse metido en el enorme aparato que avanza mutilado en medio de la noche.

«Menuda historia, a tantos metros de altura y más o menos a la mitad del recorrido.»

Los dormidos despiertan, los despiertos se alzan, y en esa especie de gruta oscura que conforma a estas horas el interior del avión empiezan a encenderse, dispersos, los repentinos cobijos luminosos que va creando el desasosiego de los viajeros, que murmuran y se miran asustados.

 

 

Ya en la plena vigilia, intentando asumir el incidente con la naturalidad a que lo ha inducido la aparente despreocupación de la voz del piloto, Rai se aferra a una sentencia que a su madre le encanta repetir: «Más daño hace el propio temor que la cosa temida cuando llega».

Para aplacar el desasosiego, como una paradójica manera de distanciarse de los miedos inmediatos, Rai decide rememorar las inquietudes que han estado acuciándolo a lo largo de los últimos días y que recupera con singular integridad.

Flotando sobre todas, la más reciente, resultado de las negociaciones de la empresa a la que pertenece: el dichoso y complicado asunto de los costes complementarios de la obra en Panamá, que han alcanzado casi el cincuenta por ciento del total. En ese aspecto el viaje ha resultado un fiasco, pues «la parte contratante de la primera parte», como diría Julio, aquel condiscípulo burlón del bachillerato con el que sigue relacionándose y que acabó siendo psiquiatra, se niega en redondo a correr con los gastos, y si el asunto no se resuelve, vistos los tiempos que corren, puede que estén en peligro varios recursos de la empresa, entre otros su puesto en la asesoría jurídica, ya que es el miembro más joven, el último en haberse incorporado a ella.

Don Anselmo, cabeza del grupo, que en estos mismos momentos debe de disfrutar de las infaustas novedades aéreas en su asiento de bisnes de la parte delantera del avión, al terminar las frustradas negociaciones calificó de «apuntes» el informe de casi cincuenta páginas que a Rai tanto le había costado elaborar para resumir, ordenar y dar sentido a la incontable documentación anterior: «Sus apuntes no nos han servido para nada», fue el exabrupto que murmuró a su oído al fin de la última sesión, indicando que conocía que él había sido el autor.

«Apuntes»: en esa denominación devaluatoria dedicada tan claramente a él, a pesar de que el informe está firmado por su jefe inmediato, aparte de un eco del disgusto por el fracaso de la negociación Rai ha sentido vibrar un oscuro augurio. Por eso se han suscitado en él inquietudes que tienen que ver con su futuro en el estricto aspecto de la supervivencia laboral, pues tampoco don Anselmo se mostró muy cordial cuando él le hizo entrega del resumen de las conversaciones, redactado a costa de perderse una excursión por el canal y la cena de despedida, que por lo que le contaron no estuvo marcada por la euforia, precisamente.

A esa inquietud reciente se añade la evocación de su madre, una imagen en la que se superponen también todas las señales que han modificado sus rasgos a través de la enfermedad, a pesar de las últimas noticias de los médicos, esa «estabilización» lograda después de numerosas temporadas de tratamientos alternativos de lo que se llama, con apaciguadora abreviatura, quimio y radio. Una «estabilización» que es solamente un compás de espera, piensa Rai con un fatalismo que Marina critica con dureza: «Después de tanto tiempo de luchar contra ello han conseguido detenerlo. ¿Te parece eso poco importante? ¿Es que esperabas una curación milagrosa?».

En los últimos tiempos, sus desavenencias con Marina se han hecho más frecuentes, porque ella ya no acepta sin protestar que él mantenga invariables sus costumbres de cuando no eran pareja: sus salidas a correr una tarde a la semana, al regresar del trabajo —«esa asesoría me tiene muy estresado y necesito hacer un poco de ejercicio», aduce él—, las ausencias en las últimas horas de la tarde de un par de miércoles al mes, en las que va a jugar al squash con su amigo Tino, o el encuentro con los antiguos compañeros de estudios los viernes por la noche para ir a bailar, una cita a la que Marina no quiere asistir porque se aburre irremediablemente. «Todavía si fuésemos a bailar tú y yo solos lo entendería, pero ¿por qué con toda esa patulea?» «Son mis amigos del alma», responde él, con un tono burlón que disimula la firmeza de una fidelidad añeja.

«Mis amigos del alma», piensa ahora, y le parecen más cercanos que la propia Marina, mientras siente a la vez cierto remordimiento por la ocurrencia.

Por otro lado, Rai suele buscar pretextos para no acompañarla cuando ella se reúne con los suyos, o asiste a ciertos espectáculos, y no digamos a la presentación de algún libro, lo que ha creado entre ambos una relación de intermitente distancia que solamente desaparece cuando sus cuerpos se encuentran en la cama, con mucha satisfacción mutua.

«¿Es que hay otro momento mejor? Una relación amorosa es sobre todo eso, estar uno en brazos del otro llevando los respectivos cuerpos a todos los posibles extremos del placer sin pensar en otra cosa: entonces sentimos de verdad el pulso del universo, nos olvidamos de nosotros mismos para entrar en una dimensión sin conciencia de tiempo…»

Como una muestra de misteriosa indiferencia, a su lado Lorenzo, un compañero de trabajo a quien la noticia de la avería no ha logrado inmutar, sin duda porque no se ha enterado, duerme con la cabeza sobre la pequeña almohada apoyada en el marco de la ventanilla, la boca entreabierta como una grieta que culmina su corpulencia.

—El cinturón. Abróchese el cinturón —le indica a Rai la azafata.

Ha asumido ya las circunstancias y su tono, plenamente profesional, acaso repite una orden cuya primera formulación Rai no fue capaz de advertir. Obedece intentando poner mucha atención en ello, como si la ejecución del sencillo ejercicio manual pudiese desvanecer, entre el sobresalto de la circunstancia aérea, sus poco gratas reflexiones sobre el futuro de su empleo, de la enfermedad materna, de las disensiones con Marina.

La azafata se aleja mientras las sombras del avión siguen sugiriéndole un escenario terrorífico, una siniestra viñeta, una cripta tenebrosa salpicada por la iluminación de las lámparas de unos desconcertados exploradores a quienes amenazan con firmeza presencias del trasmundo.

 

 

 

Al seguir recordando a su madre, sumergida en una situación que no se puede calificar sino como de larga agonía, sus congojas se amalgaman en un espeso grumo desolado. «Esto es la tristeza», piensa.

«¿De qué manera se define la tristeza en el viejo libro de la autora del Siglo de Oro que mi madre venera, en aquellos coloquios en los que hablan los tres pastores filósofos con nombres de eco redundante?»

El cáncer ha ido invadiendo nuevos territorios del organismo de su madre y Rai le hace compañía leyendo alguna de las novelas negras o gráficas que tanto lo apasionan y escuchando música —según ella, lo único que lo saca de lo que critica como «esa especie de hastío»— en el salón que sirve de biblioteca, comedor y cuarto de estar y de estudio.

Con frecuencia, su madre interrumpe el absorto entretenimiento de Rai para leerle fragmentos de algunos de aquellos diálogos que a ella tanto le fascinan.

—¿Puedes dejar el cómic un momento? —pregunta acaso Berta.

—Ahora se llaman novelas gráficas, mamá —responde él, guasón, entrecerrando el cuaderno—. Pero espera a que acabe este movimiento.

—Novelas gráficas, novelas gráficas… Ya no sabéis qué inventar en estos tiempos posmodernos —murmura ella con su humor manso, apacible, que nunca ha logrado doblegar la agresión del terrible cáncer que la consume.

 

 

—Ya —indica Rai cuando acaba la pieza musical.

Entonces ella le lee otra vez, con evidente entusiasmo, alguno de los diálogos escritos en un lenguaje arcaico y cargado de referencias clásicas, y a continuación alaba nuevamente a aquella precursora que había visto en las turbulencias del espíritu y en los excesos materiales una relación directa con el mundo de la enfermedad y de la muerte.

 

 

 

Pobre mamá. Ahora él ha recordado la vieja sentencia sobre el temor, pero es incapaz de recuperar ni una sola palabra más de los discursos del viejo libro, llenos de comas y otros signos que parecen sembrados al azar, y cuyas eses son efes. Mas el libro de aquella escritora, la tal Doña Oliva Sabuco, ha ayudado a su madre, primero a luchar contra su enfermedad y a resistir con entereza el tratamiento brutal al que ha tenido que someterse, y por fin a buscar alivio en otros remedios naturales, ejercicios, dietas, aromas, música, lecturas que le interesan…

Aquellas páginas parecen las hechicerías escritas, los ensalmos, los sortilegios que los magos y las brujas tanto utilizaron en el pasado:

—Descubrir este libro ha sido un regalo para mí, Rai, porque en él está desde «el pequeño mundo del hombre», como llama la autora a cada uno de nosotros en los asuntos cotidianos, hasta todo lo que nos rodea.

—Del microcosmos al macrocosmos —apunta él con burla cariñosa.

—Estamos nosotros también: tú, yo, tu hermana, Marina, tus abuelos… Hasta tu padre está, con esa chica por la que me dejó. Estamos aquí dentro, como Doña Oliva está ahí delante, sentada junto a la mesa del comedor, aunque tú no seas capaz de verla.

Lo mira con ojos enigmáticos y Rai no sabe qué quiere decir. Luego piensa que es una alegoría: el libro trata de conductas, «afectos», «pasiones del ánimo», actitudes, sentimientos…, y a eso debe de referirse su madre; ella observa la realidad a través de lo que contó aquella Doña Oliva sobre los comportamientos humanos, y enfoca el tratamiento de su enfermedad actualizando las afirmaciones naturalistas de la autora, y la supuesta presencia de Doña Oliva es también una alusión metafórica, del mismo modo que él, con frecuencia, se imagina estar viviendo dentro de las viñetas de algún cómic.

Sin embargo, hay sabidurías de su madre que nunca conseguirá desvelar. Cuando en los primeros tiempos de la enfermedad, ya enfrascada en la lectura del libro, le pidió a Rai que la llevase a Alcaraz, el lugar en el que Doña Oliva lo había escrito a finales del siglo XVI, mientras recorrían la ciudad le pidió que hiciese fotografías de muchos monumentos y rincones: las grandes torres de la Plaza Mayor, las innumerables portaladas antiguas, las calles empinadas con los montes al fondo, y en algunas ocasiones objetos peculiares, como ciertas aldabas. Una representa una cabeza de león sobre la que golpea una serpiente que se muerde la cola.

 

 

«¿Qué hace aquí el ouroboros?», había preguntado su madre. «¿El ouroqué?», replicó Rai. «El ouroboros, el uróboros, Rai, la serpiente que se devora a sí misma.» «¿Y eso qué es?» «Un símbolo antiguo, que se refiere al ciclo interminable de todas las cosas…»

Más adelante, en la misma calle, descubrieron otra aldaba que Berta quiso que Rai fotografiase. Se trata de un dragón alargado, que lleva en las patas delanteras una esfera que percute en una pieza circular.

«Aquí tienes otra aldaba curiosa, Rai. El dragón con la perla, un símbolo chino que también tiene relación con el tiempo y, además, con el agua. No me digas que no son cosas bien raras. No sabes cuánto me alegra haber venido a conocer la ciudad de Doña Oliva.»

 

 

«La bola del dragón», piensa ahora Rai, recordando las series de dibujos animados que había visto en la tele en su infancia y recuperando fragmentos nítidos de aquellas películas ingenuas.

En ambos casos se trataba, se trata, pues esas fotografías siguen en el escritorio de Berta, de símbolos relacionados con el tiempo, y ahora Rai intuye su significado, pues siente, supuestamente impalpables, solidificándose sobre él como una carga casi insostenible y encerrados en el inquietante tiempo de este vuelo, el tiempo de las negociaciones, inútil y accesorio, pero que ya no se puede eliminar; el tiempo de la larga enfermedad materna, enmarañado en la casa familiar como una selva viva e invisible; el tiempo de sus desencuentros con Marina, que va levantando ciertos obstáculos sombríos en su relación amorosa…

Sin embargo, su madre repite demasiado lo de que todo está dentro de ese libro, incluidos ellos mismos, y a partir de cierto momento, hace unos meses, ha comenzado a hablar en voz alta, mirando la mesa del comedor y dirigiéndose a Doña Oliva como si estuviese presente.

La insistencia ha acabado pareciéndole a Rai una muestra de delirio, lo que confirmó Marina cuando lo advirtió, pues Rai sospecha, acongojado, que algunas de esas raras ideas maternas deben de tener como origen el proceso patológico y los tratamientos que está sufriendo. Pero sin duda la obsesión de Berta por el libro, y la supuesta presencia de Doña Oliva, y la escritura de su propio libro sobre la antigua autora, le están dando ánimos y fuerzas en el proceso de su dolencia.

 

 

 

Y viene a la cabeza de Rai, entre tanto desasosiego, que en este viaje tuvo un recuerdo de Doña Oliva al conocer a Euterpe, una de las funcionarias que han formado parte del grupo de los interlocutores panameños. Cuando se la presentaron, la tal Euterpe le dijo:

—Mi nombre es el de una de las nueve musas, la de la música, precisamente —y se echó a reír.

Rai sonrió con simpatía, haciendo un gesto afirmativo.

—¿La conoce? Mi papá es un enamorado del mundo clásico y quiso que me llamase así. Y de mis hermanas, una se llama Calíope y otra, Talía.

«Cómo no la voy a conocer. ¿Cuántas hermanas serán?», pensó, pero solo respondió:

—Yo también soy muy aficionado a la música.

Lo que no dijo fue que la evocación de las musas se había hecho bastante frecuente en su casa desde la obsesión de su madre con Doña Oliva, a la que llamaba «la décima musa», recordando un elogio que, al parecer, había hecho de ella un clásico del Siglo de Oro.

Euterpe, que con los años se ha hecho aficionada a tocar el violín —«cualquier día le doy un concierto», le dijo bromeando—, es uno de los recuerdos gratos de su viaje. Una joven guapa, jovial, representante de la administración panameña, que fue su más cercana compañera desde la mañana en que recorrieron en helicóptero todo el espacio del canal —un viaje peculiar, que ha quedado marcado en su memoria— hasta la penúltima jornada, cuando le facilitó tantos datos para la redacción de ese resumen que don Anselmo ha asumido sin demasiada benevolencia.

 

 

 

La travesía sigue transcurriendo con aparente normalidad pese a la anunciada avería, cuando la voz del comandante vuelve a mostrar su sosiego perturbador para anunciar, como algo banal, que el avión va a aterrizar en una isla de las Azores, y muchos pasajeros lanzan una exclamación extrañada. La voz del capitán, sin perder un ápice de su tono impasible, informa de que se ha descartado llegar hasta Lisboa, y que en el punto de aterrizaje el aparato esperará la oportuna reparación.

«Doña Oliva Sabuco», vuelve a pensar Rai, y en su cabeza el apellido de la autora se relaciona con la imagen del saúco, aquel arbusto conocido en alguno de los campamentos veraniegos de la infancia cuyas ramas estaban rellenas de una sustancia blanca que, si se eliminaba, permitía formar pequeñas flautas o cerbatanas. No es capaz de recordar lo que la filósofa admirada por su madre dice a propósito de la tristeza, pero sí su opinión de la alegría, que para ella, citando al parecer a un filósofo griego, es «la concordia del alma y del cuerpo». Su madre lo repite muchísimas veces, incluso en los peores episodios de su tratamiento:

—A pesar de los pesares, yo intento «alcanzar» la concordia del alma y del cuerpo. Tú también tienes que intentarlo, Rai, hijo, que estar alegre en ese sentido es mucho más que reírse delante de los humoristas de la tele. Concordia del alma y del cuerpo; alegría, contento y placer; esperanza de bien; cosas confortativas del estómago; buena conversación, música, olores agradables; masajes, infusiones, hierbas salutíferas…

Inesperadamente, don Anselmo se acerca por el pasillo: «Venga, venga, Raimundo, recoja sus apuntes, hay que salir de aquí, nos vamos a estrellar». Él no es capaz de moverse ni de hablar y siente gran angustia mientras don Anselmo, su rostro muy cercano, prorrumpe en grandes carcajadas. «No te burles de mi hijo», le dice a don Anselmo Lorenzo, el que está sentado junto a Rai, y en esa voz reencuentra de repente la de su madre. Don Anselmo se desvanece sin dejar de reír, y Rai descubre la soledad del pasillo y a Lorenzo pacíficamente acurrucado a su derecha, con la cabeza contra la almohada y el cuerpo cubierto por la manta.

Otra vez despierto, Rai aprecia los bamboleos que sacuden el aparato durante unos momentos, pero a medida que transcurre la aproximación al punto de destino para orientar el aterrizaje los movimientos van siendo cada vez menos bruscos. Al fin el avión comienza a descender: a la luz escasa del alba se puede divisar una isla pequeña, muy verde, en la que poco después toma tierra.

 

 

 

El aeropuerto evoca ciertos aeródromos provinciales: la envergadura del avión supera notablemente la de los hangares y edificios cercanos y la sala de recepción es un pequeño vestíbulo casi en penumbra donde no hay otros pasajeros que los que viajan en el avión recién aterrizado, pues sin duda la emergencia ha obligado a la apertura de la pista y de aquellos espacios.

Don Anselmo y los demás miembros de la comisión se reúnen, por esa querencia instintiva que agrupa a los mamíferos de la misma camada, pero no hablan, y todos los viajeros permanecen un rato esperando, silenciosos, como si estuviesen inmersos en un inexplicable sueño colectivo. Llegan por fin unos autobuses y los van llevando a los hoteles donde se alojarán durante un tiempo que nadie puede calcular.

En el hotel que le ha correspondido a Rai se percibe la pacífica desolación de los lugares sin uso, ese eco de un súbito despertar del ensimismamiento y la ausencia. No es temporada de turismo y también el hotel ha debido de ser abierto de improviso. Les asignan las habitaciones y la de Rai conserva el mismo reverbero de soledad que todo lo demás. Está comenzando el día y pueden tomar un desayuno en forma de bufé desaborido, poco variado en sus elementos.

Ha de transcurrir aún una larga jornada sin que se arregle el motor. Por lo que cuentan los de la compañía, será posiblemente uno de los aviones que hacen la misma ruta el que, en las próximas horas, traiga a los expertos que deben valorar los daños y acaso efectuar la reparación, pero el momento de la salida de la isla no se puede asegurar. Por eso la larga jornada servirá para que los pasajeros deambulen por ella sin destino. Rai decide enviar mensajes a su madre y a Marina informándoles del fastidioso incidente. «Cuando llegue, llegué», añade.

 

 

 

La isla tiene muy poca extensión y es levemente montuosa. Cerca del hotel, que está situado en un lugar vacío de otros edificios, se alza una pequeña villa costera donde abundan las tiendas cerradas: tras los escaparates, entre sombras, se alinean albornoces absortos, toallas postradas, desmayadas sillas de lona. Junto al pequeño puerto hay un bar abarrotado de repente por la invasión de los viajeros náufragos.

A Rai, que ha hecho el recorrido de los alrededores del hotel y del camino que conduce al pueblo en compañía de dos colegas del equipo contractual, esta insólita y poco grata aventura no le ha hecho olvidar del todo las zozobras que se agitan en él. Dentro de su aventura aérea, intuye que no han cambiado realmente esos «afectos», esas «pasiones del ánimo» de que habla el libro de Doña Oliva: ¿cuál es la sustancia del trato que le da don Anselmo, un menosprecio de propósito humillante, una desconfianza que no se quiere disimular? ¿Y bajo la aparente pasión que le une con Marina no hay un radical desencuentro, una distancia impalpable pero cada día mayor? Sin embargo, en el bar ha descubierto un vino autóctono, afrutado, al parecer ligero de grados, y bebe lo suficiente como para que en su cabeza se deposite una brumosa euforia que amortigua sus preocupaciones. Regresan al hotel, de nuevo los espera un bufé escasamente atractivo, y después de comer Rai se tumba un rato en la cama de su habitación y se queda dormido.

De pronto se encuentra en el avión, con su atmósfera de gruta levemente iluminada por dispersas lucecitas, y otra vez la persona que tiene a su lado es su madre, que le tira de la manga y alza con el otro brazo el libro de Doña Oliva como en una imitación de Moisés mostrando las Tablas de la Ley. El libro está abierto y en él resplandece una de las pocas ilustraciones que lo adornan, una especie de ángel que sostiene los propios arabescos que componen su figura. Rai ha confeccionado unas postales con esas ilustraciones, que su madre utiliza para felicitar las navidades.

 

 

Los sueños son así de absurdos, y con el súbito despertar la imagen se esfuma de la imaginación, como la de don Anselmo en el sueño del avión, aunque su señal persista brevemente en la memoria.

 

 

 

Muy a menudo, sobre todo en estos momentos de la enfermedad materna, Rai encuentra en aquella entrega a la memoria de Oliva Sabuco y en el libro que su madre está escribiendo acerca de ella una suerte de sueño persistente, continuo, que la hace vivir a la vez en el tiempo presente y en el tiempo pasado, ser su madre en los afanes domésticos de cada día, ser una profesora responsable en su trabajo en el instituto —aunque las bajas han ido haciéndose cada vez más frecuentes hasta convertirse en baja permanente—, sufrir con implacable periodicidad los tratamientos con que la martirizan y, de modo simultáneo, vivir en aquella ciudad del siglo XVI con Oliva Sabuco, enfrascada en la preparación y escritura de su propio libro.

Como su madre se entusiasma tanto al hablarle del personaje, Rai a veces se burla cariñosamente de ella:

—Eres como Little Nemo, mamá, te has caído de la cama y andas con esa Doña Oliva casi todo el día, aunque a veces sueñes que estás conmigo en casa.

Su madre se echa a reír. Había sido ella quien le regaló Little Nemo in Slumberland y, por lo tanto, conoce al personaje, al menos por haber echado un vistazo a sus páginas llenas de viñetas:

—Bueno, al fin y al cabo el arquetipo moderno de la vida como sueño se fijó aquí, en España. Vida como sueño es también el Quijote. ¿Y qué me dices de El gran teatro del mundo?… En eso y en la picaresca, nosotros seguimos siendo los amos, aunque lo hayamos olvidado —contesta, entre erudita y sarcástica.

 

 

 

Lo sobresalta una llamada en el teléfono de la mesita. Son alrededor de las seis y media de la madrugada y una voz le comunica que debe bajar a desayunar, porque el autobús recogerá a los pasajeros dentro de tres cuartos de hora.

—¿Tres cuartos de hora?

Ante su desconcierto, la voz le aclara que la avería del motor ha quedado resuelta, que el avión se encuentra en perfectas condiciones para volar y que está previsto que despegue a las ocho.

Rai no será capaz de imaginar cómo consiguieron arreglar ese motor cuya altura está por encima de las modestas construcciones del aeródromo. Algunos pasajeros mejor enterados han dicho que los técnicos vinieron en un avión de pasaje, similar al que a ellos los transporta, que desvió su ruta y aterrizó para dejarlos. Por lo visto la avería no era tan importante, y todos ocupan sus asientos con rapidez, deseosos de llegar por fin a su destino madrileño después de tantas horas de retraso.