Marina continuaba sintiendo el vacío subsiguiente al remate de su novela, y para buscar una manera de irlo olvidando intentó hacer más frecuentes los encuentros con Andrés, pero él los evitaba con pretextos de viajes o reuniones, hasta que ella comprendió que Cora había debido de interponerse entre ellos de manera firme. No tenía nada que reprochar a Andrés, pues al fin y al cabo había dejado de existir el compromiso sentimental que los había vuelto a unir durante un tiempo, pero no pudo evitar cierto resquemor celoso. Descubrió entonces que se aburría mucho, demasiado, y se lo confesó a su amiga Rocío:
—No sabes cómo me aburro. Lo peor de meterte con una novela es que, si al fin la terminas, no hay quien aguante el posparto.
Rocío, que estaba colaborando gratuitamente con un departamento de su facultad en espera de que surgiese una oportunidad para la contratación, se lo reprochó amistosamente:
—Yo, como no consigo trabajo, no puedo pensar en aburrirme… ¿Por qué no te vas de viaje y cambias de aires?
Entonces Marina recordó que se había propuesto muchas veces visitar Alcaraz, para conocerla y darse una vuelta por la sierra que rodeaba la ciudad, recorriendo los parajes familiares a Doña Oliva, pues con lo meticulosa que había sido en su novela sobre Agustín de Betancourt, visitando San Petersburgo, en el caso de la novela de Oliva Sabuco había pospuesto indefinidamente el viaje.
Buscó en Internet datos sobre Alcaraz y el modo de llegar allí, reservó una habitación para el siguiente fin de semana y se dispuso al viaje, que por su gusto de moverse en tren tenía cierta complicación: recorrería en tren el trecho más largo, y luego haría otro más breve en autobús.
Cuando llegó la fecha, pensó que su decisión no había sido muy reflexiva: al fin y al cabo estaban en pleno invierno, con los días muy breves y un ambiente bastante frío.
En su vagón, que no iba demasiado lleno, le llamó la atención una mujer vestida de forma algo estrafalaria, con largos ropajes que parecían monjiles y una pañoleta blanca que cubría su cabeza, y pensó que se trataba de alguna árabe. Y resultó que, al llegar a la ciudad del primer destino, aquella mujer bajó del tren, empujando una enorme maleta de ruedas, y se la volvió a encontrar en el autobús a Alcaraz, esta vez sentada a su lado.
La mujer, que la saludó con una sonrisa, llevaba un gran bolso del que sacó un libro electrónico, lo encendió y se puso a leer. Marina buscó a su vez los papeles que había conseguido sobre Alcaraz en Internet y empezó a echarles un vistazo. De repente pensó en el viejo escritor, tan reticente con las nuevas tecnologías. Qué imbécil, pensaba, en Internet está todo, todo. Solamente hay que saber buscarlo… Hasta sus libros, pirateados, eso sí, estaban allí… Y junto a ella viajaba la lectora de un libro electrónico…
Un involuntario vistazo le hizo descubrir que el texto que su vecina iba leyendo, muy ampliado, no estaba en español, y una mirada más atenta le permitió descubrir que la lengua era la latina. Su interés no pasó inadvertido para la mujer, que se dirigió a ella sobresaltándola:
—Es latín.
—Perdone —se excusó Marina, muy confusa—. No he querido fisgonear. Ha sido sin querer, me llamó la atención.
—Latín. Las Academicae quaestiones de Marco Tulio Cicerón.
Dejó la pantallita sobre sus rodillas y se quedó con los ojos fijos en Marina. Unos ojos verdes que destacaban en un rostro flaco, descolorido, arrugado. Por el pañuelo que ocultaba su cráneo, Marina recordó a Berta y se preguntó si aquella mujer no estaría también enferma.
—Después de tantos años vuelvo a los orígenes… —dijo la mujer—. Empecé a leer en latín cuando era casi una niña, gracias a mi papá. Lo aprendí, y eso me facilitó un trabajo durante bastante tiempo.
Marina no sabía qué decir, desconcertada ante las palabras de la mujer y su acento de ecos hispanoamericanos.
—He vivido casi cincuenta años allá —añadió la mujer—. Pero allá ya no me queda nadie, de modo que cerré la librería y al fin vuelvo al lugar de mi infancia, donde viví hasta los seis años. Luego mi papá se trasladó a Madrid, donde fui profesora de latín. A los veintipocos me enamoré de un mexicano y crucé el charco. Tuvimos una librería magnífica.
Era evidente que tenía ganas de hablar.
—¿Sabe? En los últimos tiempos había días en los que no entraba ni un solo cliente. Ni uno solo. Luisa, me dije, pues yo me llamo Luisa, Luisa Luján, has dado el viejazo, aquí no te queda familia, y en la librería ya no vendes nada…
Marina seguía mirándola sin hablar, porque comprendía que estaba asistiendo al desarrollo de un monólogo.
—¿Qué podía hacer? Lo que hice, venderlo todo lo mejor posible, preparar la maleta y regresar al lugar en que nací. Fíjese, me sigue emocionando leer a Cicerón. Esto mismo me hacía leer mi papá, que era catedrático de instituto en la ciudad. He ido leyendo las Cuestiones académicas a lo largo de los años y nunca he dejado de releerlas, primero como profesora, luego como librera: Difficile est tenere quae acceperis nisi exerceas. ¿Entiende usted el latín?
—No —respondió Marina, sintiéndose un poco humillada ante aquella vieja escuálida.
—«Es difícil mantener lo aprendido, a no ser que lo practiques», tradujo su interlocutora.
La mujer guardó al fin silencio, suspiró, volvió la mirada a su tableta y, antes de reiniciar la lectura, dijo:
—Ahora estoy leyendo lo que dice de los mundos paralelos, que es interesantísimo. Escuche, se lo traduzco: «Según Demócrito, hay una infinidad de mundos, y algunos de ellos no solo semejantes entre sí, sino de tal modo perfecta y absolutamente iguales en todas sus partes, que en nada se diferencian; que los de esta clase son innumerables, y que lo mismo sucede con los hombres. Pedirás luego que, puesto que un mundo es tan igual a otro que en nada difiere de él, se te conceda que también en este mundo nuestro hay cosas tan semejantes entre sí que no puedan diferenciarse ni distinguirse. “¿Por qué causa”, dirás, “esos corpúsculos engendradores, según Demócrito, de todo cuanto existe, han podido formar, y han formado, en efecto, en los restantes e innumerables mundos, un número infinito de Lutacios Catulos, y no ha de ser posible que en este mundo tan grande en el que vivimos exista un segundo Lutacio Catulo?”».
Miró otra vez a Marina, con gesto de rotunda convicción:
—Qué cosa, ¿verdad? ¿Por qué no va a ser posible que en este mundo tan grande en el que vivimos exista una segunda Luisa Luján, por lo menos? Si supiera cuántas veces me lo he preguntado…
La mujer volvió a su lectura, interrumpiendo bruscamente sus confidencias, y Marina posó la vista en los parajes que el autobús iba atravesando. En el mediodía brillaban las tierras onduladas y solitarias, solo en algunos momentos interrumpidas por pequeñas poblaciones. Estos mismos parajes eran los de Oliva, y lo seguirían siendo cuando ya del libro de Oliva no quedase memoria, y mucho menos de ella y de sus novelas.
Volvió a interesarse por la somera guía de Alcaraz que había conseguido en Internet, mas la voz de su vecina la sacó de su lectura.
—¿Me dijo que no entendía el latín?
—Sí, ya se lo he dicho —respondió Marina, algo molesta.
—La regla que yo sigo, y de la cual no considero lícito separarme ni un dedo, como vulgarmente se dice, para no confundir unas cosas con otras, consiste en no considerar como verdaderas más que aquellas apariencias que no pueden, por naturaleza, ser falsas… A mi padre le admiraba la sabiduría de los antiguos.
La mujer había leído aquello con tal seguridad que Marina sospechó que no estaba en sus cabales. Estuvo a punto de preguntarle cómo se contrastaba tal afirmación, cómo podemos conocer la naturaleza verdadera o falsa de las apariencias, pero no lo hizo, para evitar que su compañera de viaje saliese de su peculiar embeleso y le siguiese dando la lata. La mujer que había dicho llamarse Luisa Luján apartó entonces los ojos de la pantalla y lanzó un vistazo a los papeles de Marina.
—A mí también me han llamado la atención esos papeles suyos. ¿Va usted a Alcaraz?
—Pues sí, voy a hacer una visita turística, podemos decir.
—¿Conoce la ciudad?
Marina negó con la cabeza.
—¿Le dije que me llamo Luisa Luján?
—Y yo, Marina Velarde.
—¡Marina! ¡Como la telenovela! ¡Qué lindo!
Marina no supo de qué estaba hablando su interlocutora, a quien la evocación le había coloreado un poco las mejillas, pero supuso que se trataba de alguna serie televisiva.
—Ese lugar era muy hermoso en mi infancia, cuando yo me fui, pero por las fotografías que he visto en la computadora ha debido de cambiar bastante, aunque lo principal sigue lo mismo: grandes iglesias, torreones, viejos edificios…
Marina le preguntó si tenía casa allí y la mujer respondió que ya no le quedaba nadie más que una prima segunda, viuda como ella, a quien había llamado para anunciarle su regreso, y que esta le había respondido que la acogería en su casa hasta que se instalase definitivamente.
—Tengo la dirección, pero con los líos del viaje he perdido el celular. Tendré que hacerme con otro, acá. Aunque en el celular estaba su número de teléfono…
Se despidieron al llegar y Marina, a la vista del esquemático plano que había sacado también de Internet, decidió ir andando hasta el pequeño hostal donde había reservado habitación esa noche, para dejar la bolsa de viaje. En el hostal no daban de comer y, siguiendo las instrucciones de la patrona, fue a hacerlo a un restaurante de la Plaza Mayor antes de dedicarse a recorrer la ciudad, instalada en un escenario montuoso.
A esa hora las calles estaban solitarias. La Plaza Mayor, con sus grandes torres, sus lonjas y los antiguos edificios que la componían, era una referencia inequívoca del tiempo de su novela, el mundo de Oliva Sabuco, aquel espacio del gótico tardío y del Renacimiento incrustado en construcciones más antiguas que no ocultaban su personalidad, con una asimetría que le recordaba ciertos espacios italianos.
El paseo a lo largo de las calles empinadas, entre viejos muros dorados que se alternaban con las paredes blancas, balconadas, portadas majestuosas, arcadas súbitas que a veces permitían descubrir el entorno montuoso, le confirmó la seguridad de estar visitando el mundo en el que Oliva se había criado y educado y donde había escrito su libro. Sobre ella gravitarían muchas historias del tiempo anterior, desde los primeros pobladores hasta los visigodos, luego los árabes, por fin los cristianos de la Reconquista. Allí había residido muchas temporadas el rey Alfonso X el Sabio, y una de sus cantigas habla de un niño alcaraceño al que su padre regaló una mulita que murió, pero que volvió a la vida cuando empezaban a desollarla, por milagro de la Virgen, por cierto no la local, la Virgen de Cortes, sino una Virgen oscense, la de Salas. Luego, el rey Juan II de Castilla había convertido la población en ciudad, y sus habitantes habían luchado mucho por mantener esa condición. No era raro, a la vista de la nobleza de tantas edificaciones, que allí hubiera prosperado un núcleo humanista, que tendría sus encuentros para charlar de literatura y de pensamiento, ni que se hubieran formado a su amparo la personalidad y la sabiduría de alguien como Oliva Sabuco. Claro que allí debió de haber vida intelectual.
Cuando empezaba a oscurecer, vio surgir de una de las estrechas calles que provenían de lo alto, donde se encontraban el cementerio y los restos del castillo, la figura de su compañera de viaje arrastrando la enorme maleta, y esta vez no pensó en Berta sino en Doña Oliva, porque aquella cabeza cubierta de blanco y cierto aire antiguo en la larga vestidura podían rememorar la imagen que queda de ella. La soledad de las calles daba más fuerza a la sugestión fantástica, que Marina se apresuró a desechar.
Cuando la mujer llegó a su lado, Marina descubrió que estaba muy alterada, los ojos desorbitados y un evidente nerviosismo en toda su actitud. Marina la hizo detenerse.
—¿Le ocurre algo?
La mujer miró hacia ella sin dar muestras de reconocimiento y habló con un murmullo:
—No encuentro a mi prima. Su calle no existe. Calle de Maritornes.
—¿Cómo que no existe?
—No existe. He recorrido calles y calles y nadie conoce la calle de Maritornes. Mi prima, Dolores Hidalgo, vive en el nueve. Pero no existe ninguna calle de Maritornes en esta ciudad, y en mis vueltas y revueltas, subiendo y bajando, me parece que yo nunca he estado antes aquí. Y nadie sabe quién es Dolores Hidalgo.
—¿Ha preguntado en la comisaría?
Pero la mujer no la escuchaba. Como una letanía, seguía diciendo que no existía la calle tal, que nadie sabía quién era su prima. Marina intentó convencerla de que la acompañase a buscar la comisaría, pero la mujer no le hizo caso.
—¡Tengo que encontrarla! ¡Tengo que encontrarla!
Marina vio alejarse a aquella mujer desorientada que empujaba su enorme maleta y siguió recorriendo las viejas callejuelas solitarias con una fuerte conciencia de irrealidad. Pero el recuerdo de la mujer extraviada no abandonaba su imaginación y resolvió buscar la comisaría y denunciar el caso.
Fue su interlocutor un guardia campechano, en cuya mirada había un aire incrédulo. Le confirmó que, en efecto, en la ciudad no había ninguna calle de Maritornes, y que tampoco estaba censado nadie con el nombre de Dolores Hidalgo. Cuando le preguntó en qué calle estaba aquella mujer desorientada, Marina no supo qué responder.
—No se preocupe —dijo el guardia—. Tarde o temprano llegará aquí. Déjeme un teléfono, para avisarla.
—No es nada mío, la conocí en el autobús esta mañana. Pero tome nota de mi teléfono.
Al día siguiente, Marina alquilaría un taxi para conocer los alrededores de la ciudad, y sobre todo aquellos parajes cercanos al río de los que hablaban los tres pastores en el libro de Oliva Sabuco. Antes de salir se acercó a la comisaría. El guardia del día anterior no se encontraba en la oficina y en su lugar le atendió uno muy joven, que estaba al tanto del asunto.
—No hemos tenido ninguna noticia de la persona que indica —le informó—. Anoche salió el subinspector con otro policía a darse una vuelta, por ver si la veían, pero estuvieron andando un buen rato y no encontraron a nadie que respondiese a las señas de la persona del caso que usted denunció.
Y la sensación de extrañeza persistía mientras Marina recorría los parajes cercanos a la antigua ciudad, pero junto a la extrañeza iban surgiendo en ella nuevas ideas para su novela.