2. Un parado don nadie

 

 

 

 

La vida de parado hizo profundizar a Rai en el tedio hipnótico que había empezado a descubrir en sus callejeos desde que residía en el hostal. Decidió recorrer con detenimiento la parte de la ciudad en la que vivía, conocerla y observarla como un investigador: portal tras portal, escaparate tras escaparate, rincón por rincón, distinguiendo, como curiosas «instalaciones» artísticas, esos puntos donde se aglomeran los comercios, incrustados en otros en los que se suceden las simples viviendas.

Para empezar, descubrió que proliferaban cada vez más los letreros en inglés: ciertas peluquerías femeninas se llamaban Oh My Cut, con un juego de palabras peculiar; otros rótulos con similar destino decían: International System, o Metropolitan Woman —Urban Air Style—, así como Very Nails, y The Nails and Body Beauty Room; una pequeña tienda de cigarrillos electrónicos se llamaba Smoke is Easy, y en un concesionario de coches, bajo un cartel que anunciaba una ONG, decía We Help, con grandes letras; una tienda de calzado deportivo se proclamaba The Evolution of Air; bajo el nombre de la Universidad de Deusto, una placa señalaba Business School, y bajo el del Banco de Santander, otra placa decía: Private Banking. Sobre el dintel de un gran portal se anunciaba Racket and Fitness; una modesta repostería recibía al cliente con un gran rótulo: Take Away; los Lowcost, Sale, Fresh… estaban repartidos por todo el barrio, y Outlet no solo se aplicaba a ciertos comercios de ropa, sino que también lo encontró en una «enoteca». Un pequeño restaurante cercano tenía un letrero circular de neón en cuyo centro se jugaba también con el inglés, diciendo: Do Eat. Una «parafarmacia» lucía orgullosa el cartel Health and Beauty; un grupo inmobiliario llamaba la atención del paseante como House Hunting, y en varios carteles pegados en las paradas del autobús, que se habían quedado viejos, fotos de mujeres y bebés estaban presididas por la tierna declaración Love You Mom.

La cosecha anglicista era tan rica que decidió ir apuntando sus descubrimientos en una agenda, y recordó a su abuelo, que hablaba con sarcasmo del gusto de los españoles por ser colonizados.

 

 

«Bueno, esto es como si empezase a impregnarnos un nuevo latín. El imperio manda, a pesar de todo.»

Sin embargo, aquella pacífica penetración de vocablos que iban sustituyendo a los anteriores Lance, Rebajas, Autoservicio, Liquidación, Peluquería… le infundía una firme sensación de extrañeza, como si su ciudad habitual estuviese sufriendo una progresiva metamorfosis antes inadvertida por él. En uno de sus paseos tropezó con algunas pintadas «¿o tengo que llamarlas grafitis?»— que decían, en letras mayúsculas, ARE YOU DEAD? y REMEMBER OUR NAMES, y su perplejidad se hizo más segura, como ciertas formas en las rocas deben de confirmar las sospechas de los geólogos sobre los grandes rasgos compositivos de un terreno, o un desvencijado y carcomido maxilar inferior las de los paleontólogos en cuanto a la naturaleza de los antiquísimos habitantes cuyos restos han quedado encerrados en una sima, aunque en ese caso los restos no procediesen del pasado, sino de un insoslayable futuro.

 

 

 

Otra cosa que llamó especialmente su atención fueron los mendigos. Antes los contemplaba como a una especie, como pertenecientes a un indefinible hormiguero, sin singularizarlos, pero ahora comenzaba a mirarlos como a individuos.

En una calle perpendicular a la suya había uno que tenía montado un tinglado de cajas de cartón bajo las que dormía por la noche, sobre un atadijo de mantas raídas. Aquel mendigo permanecía absorto durante gran parte del día, sentado entre las cajas, fumando, y sobre una de ellas presentaba un plato con algunas monedas de reclamo y una imagen de plástico muy ajada de la Virgen de Fátima, a la que poco a poco fueron acompañando otros objetos: una tortuga de madera, un leopardo de latón, otros bibelots, piedras de formas raras, todo muy raído, muy sobado, y Rai comprendió que se trataba de mercancías, porque fue viendo que iban renovándose. A este mendigo, un hombre con gorra y un gran bigote, Rai solía darle una limosna de no menos de treinta céntimos.

Al final de aquella calle, entre una frutería y una tintorería, se sentaba en la acera, con la espalda apoyada en la pared, una mendiga andrajosa, la cabeza cubierta por un pañuelo, que sostenía en la mano un vaso de plástico y murmuraba una ininteligible salmodia cuando se aproximaban los transeúntes. Rai descubrió que cuanto más miserable era el aspecto del mendigo más restrictivo era él en sus limosnas, y en este caso solía depositar en el vaso que la mujer sostenía en su sucia mano no más de diez o quince céntimos.

En la plaza, cercano al supermercado y aprovechando el resguardo de la marquesina, se instalaba otro mendigo, tal vez el más joven de todos, un chico barbudo que tocaba el acordeón y con quien Rai era más generoso, pues nunca le daba menos de cincuenta céntimos. Este mendigo era locuaz y suscitaba acercanza en los vecinos del barrio, que solían charlar con él. De este modo, Rai supo que en su país había trabajado como contable. El mendigo, que se llamaba Costin, le preguntó un día a Rai si tenía ordenador y podía entrar en Internet, y al contestarle Rai afirmativamente le pidió que se enterase del precio de los acordeones de segunda mano, porque el que él estaba utilizando era de un primo que tocaba en la plaza siguiente, y tenía que devolvérselo si no se lo compraba. «Para saber qué se paga por los acordeones de esta marca, Memphis, modelo 80B…», explicó.

 

 

Otro mendigo peculiar se sentaba en la calle a la que daba su balcón, en las escalinatas de una sucursal bancaria cerrada, y se caracterizaba por la larga barba blanca y la compañía de un perro apacible, de tamaño mediano, que suscitaba la lástima de gentes que le regalaban paquetes de pienso canino. Llevaba sus pertenencias en un carrito de supermercado. Era también un hombre silencioso, que nunca miraba al donante, la cabeza alzada y los ojos perdidos en el cielo o en el alero de la casa frontera. A este Rai apenas le daba limosna, y cuando lo hacía nunca pasaba de los veinte céntimos.

También había una mujer al final de la misma calle, en una esquina. Era mayor, llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo y pedía de rodillas, poniendo a menudo los brazos en cruz. Rai la clasificaba entre los mendigos muy baratos: no más de diez o quince céntimos.

 

 

A la puerta del mercado había un hombre negro con un sobado periódico envuelto en plástico, como si lo ofreciese en venta, que agradecía calurosamente la limosna de Rai: treinta céntimos.

Los mendigos eran de distintas procedencias: la andrajosa y el acordeonista eran rumanos; el del tenderete parecía español, por el habla; el negro procedía de Burundi, nada menos, pero el barbudo podía provenir de cualquier lugar lejano y de cualquier tiempo perdido, como la arrodillada.

El presupuesto diario de Rai para el capítulo «mendicidad» era de un euro, más o menos, y a veces pensaba que debía incrementarlo, pero lo impreciso de su futuro no lo animaba a ello, e incluso le hacía pensar en suprimir el gasto. Sin embargo, su despido lo había desmoralizado tanto que mantener la obligación de aquella cuota era un modo de afirmar que la situación de aquellos pedigüeños era mucho más lamentable que la suya.

 

 

 

Dentro de la innumerable gama de comercios también descubrió los chinos, y en especial un «bazar» —el rótulo ofrecía la palabra castiza— que lo fascinó por la cantidad de objetos de todo tipo que se encontraban en él, desde material de fontanería y electricidad hasta disfraces, pasando por calzado, tiestos, sacos de abono vegetal, cacharros de cocina, vajillas, cristalería, juguetes, ropa interior masculina y femenina, objetos de decoración, artículos de droguería…

Era un lugar enorme, de techo oscuro, con incontables pasillos paralelos atiborrados de mercancías que parecían conducir a destinos misteriosos, con aspecto de pertenecer a una ultratumba modesta.

Aquel espacio también hizo incrementar la extrañeza de Rai, pues era una réplica sombría de los grandes almacenes habituales, una réplica duramente sometida a la reducción de pretensiones en todos los órdenes, y que sin embargo no había renunciado a nada de la abundancia abigarrada que caracteriza esos lugares.

«Así deben de ser los supermercados del cielo de mi abuelo», pensó Rai, antes de comprender que sin duda aquel bazar se ajustaba perfectamente a su propia y precaria situación.

 

 

 

La nueva vida de Rai lo fue distanciando de sus amigos del alma. Primero fue abandonando la práctica de los deportes a los que antes era fervoroso aficionado. Luego dejó de ir a las copas de los viernes en lo que llamaban «el tugurio». Tino protestó el primero, llamándolo por teléfono:

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Estás enfermo? ¿Tienes algún problema?

Rai le pidió perdón por no habérselo advertido, pero le dijo que había cambiado sus costumbres.

—Mira, Tino, ahora paseo tanto que ya no necesito esos ejercicios puntuales, ni el squash, y el baile ya no me motiva. Estoy intentando acostumbrarme a mi modesto pasar.

Tras nuevas ausencias, otra llamada de Tino estuvo cargada de reproches exigentes.

—¿Vas a despedirte así, después de tantos años? ¿Nuestra amistad se acabó?

Rai comprendió que Tino tenía razón.

—El próximo viernes estaré en el tugurio, te lo aseguro.

No faltó, y tuvo que sufrir los reproches de los colegas por sus ausencias. Supo que Marcos, uno de los habituales, que hablaba un poco el alemán, se había ido a Alemania en busca de trabajo, pensando que a un licenciado en Física no le iría mal.

—Está trabajando en una panadería —le informaron—. Menos mal que tiene una novia alemana, muy guapa, que es médico…

Mientras los demás bailaban, Tino salió a fumar un cigarro y Rai fue en su compañía, al menos para charlar un poco con él. Tino lo miraba con preocupación.

—Tienes que animarte, Rai. Ya verás como encuentras algo. Yo me estoy moviendo todo lo que puedo, intentando echarte una mano…

—Si no estoy desanimado, de verdad. Y no dejo de mandar mi currículo. Lo que sucede es que paseo todo el día, como te dije, y ya no me animo a hacer deporte.

—Pero correr un poco o un partidito de squash de vez en cuando no te vendrían mal… Además, sería la manera de que nos siguiésemos viendo, ¿no?

Rai aceptó, cada vez más arrepentido de su brusco alejamiento.

—Tienes que perdonarme, Tino, es que lo del paro me ha descolocado un poco…

Tino se echó a reír.

—¿Solo te ha descolocado un poco? ¡Yo había creído que te había descolocado del todo!

Rai lo acompañó en sus risas y le prometió que reanudarían sus partidos la semana siguiente.

 

 

 

Sin embargo, su conciencia de extrañeza no desaparecía, sino que se iba fortaleciendo. Aquella ciudad que iba siendo invadida por nombres extranjeros, donde pululaban los mendigos y las enigmáticas réplicas de los almacenes habituales, se estaba convirtiendo en una ciudad diferente de la que él había conocido a lo largo de casi toda su vida. Y también percibía en sus amigos del alma sutiles modificaciones, como si todos ellos, salvo Tino, estuviesen empezando a cansarse de aquella especie de papel de inveterada camaradería que representaban.

Y ante aquel sentimiento asombrado que se iba apoderando de él recordó el estudio de los «afectos» de Doña Oliva, que su madre tanto admiraba.

«Lo siento, mamá, pero tu Doña Oliva no conoció esta extrañeza. Sin duda hay sentimientos, “afectos”, que hemos ido perfeccionando, domesticando, con el tiempo. ¿Esto que siento lo incluía Doña Oliva dentro del temor? ¿Sería para ella una especie de congoja? Pero yo no tengo temor ni congoja, yo lo veo simplemente como una metamorfosis rara de la realidad que me sorprende de un modo peculiar, como si hubiese en ello algo siniestro… Aunque posiblemente tenga que ver con el temor, pero un temor con matices especiales. La realidad que percibía yo no es la misma que percibo ahora, se está haciendo cada vez más extraña, como si estuviese viviendo un sueño sin necesidad de dormir», escribió en el cuadernito en el que había empezado a alternar reflexiones con los habituales dibujos.

También pensó en aquello que decía su madre de que todos estamos dentro del libro. Todos. «¿Pero están esos mendigos? Cuando Doña Oliva habla de los pobres se refiere a los pastores, a los labradores. Claro que nadie puede librarse del mundo de los “afectos”…»

Un día, entre lo que ofrecía el mendigo del tenderete Rai descubrió una pieza oscura que destacaba en medio de las baratijas: se trataba de un hacha pulimentada de unos diez centímetros de largo, de forma perfecta. Rai habló por primera vez con aquel mendigo absorto:

 

 

—¿Cuánto pides por eso?

—¿Cuánto das? —repuso el hombre.

—Hombre, yo no doy ni dejo de dar, tienes que ser tú quien proponga el precio.

El mendigo cogió la piedra y la sopesó, mientras calculaba.

—Diez euros —dijo.

Entre los temas que habían atraído a Rai en su primera adolescencia estaba el de la prehistoria, y aquella hacha le hacía recordar su fascinación por la antigua humanidad y su difícil enfrentamiento con el mundo que la había rodeado. Aquella piedra perfectamente pulida, con su filo admirable, que las manos de un ser humano habían tallado acaso treinta mil años antes, lo conmovió.

Buscó en la cartera un billete de diez euros y se lo dio al mendigo.

—¿Se puede saber de dónde sacaste esto?

El mendigo se encogió de hombros, en un gesto que subrayaba su expresión ambigua. Rai comprendió que no obtendría respuesta y se alejó, apretando el hacha en su mano, sintiendo su palpitar milenario.

 

 

 

En su cuarto, sentado en el sillón, Rai acarició y observó el hacha. ¿Cuánto podía valer de verdad aquello? Para quien no supiese lo que era, nada, pero para quien lo conocía… Incluso aunque fuese una falsificación, lo que veía muy improbable, pues conseguir aquel objeto llevaba demasiado esfuerzo, y era patente que el pulimento no había sido realizado con ningún instrumento mecánico.

Entonces sintió vergüenza de haberle dado al mendigo solamente diez euros.

«Eres impresentable», pensó. «Qué menos que darle a ese desgraciado cien euros. Si esto no tiene precio.»

«Bueno», se contestó, «yo le di lo que él me pedía».

«Pero está claro que él no tenía ni idea de lo que es esto.»

«Tal vez se trate de material robado.»

«Robado o no, qué menos que cien euros. Eres un estafador. Un estafador miserable.»

Salió otra vez a la calle y buscó el lugar del mendigo, que permanecía entre sus cartones, con la misma botella de plástico grande, mediada de vino, entre las manos.

—Oye —le dijo—. Esa piedra que me vendiste vale más de lo que te di por ella.

El mendigo lo miró con aire huraño.

—Te pedí diez euros y me diste diez euros. No hay más que hablar —contestó con lo que a Rai le pareció un tono despectivo.

—No sé si me entiendes. Te digo que vale más.

En la actitud del mendigo hubo un evidente rechazo.

—A ver si me entiendes tú. Acordamos un precio, me lo pagaste, y en paz.

Rai sacó la cartera, rebuscó entre los billetes, escogió por fin otro de diez euros y lo colocó en el platillo de las limosnas.

—Una ayuda —dijo.

El mendigo no respondió y Rai se alejó, sintiéndose tan humillado como mezquino.