Rai no compraba periódicos, pero todas las mañanas les echaba un vistazo en el ordenador. Fue así como se enteró de que Marina había ganado un premio importante con una novela titulada Musa Décima, lo que suscitó en él gran curiosidad, acrecentada porque en ninguna noticia encontró alusión alguna a su madre.
En la zona en que vivía Rai ya no quedaban librerías, de manera que se encaminó a El Corte Inglés para comprar la novela, y allí supo que la recibirían enseguida. Volvió una tarde, días después, y cuando se la dio el dependiente le dijo, como si le contase un secreto, que aquel libro iba muy bien de ventas.
La portada le recordó brumosamente el Cristo con la Cruz a cuestas de El Bosco, pues en ella, con un estilo que evocaba ciertas imágenes prerrenacentistas, figuraba una mujer con toca, de aspecto sereno, con un libro abierto en las manos, rodeada de hombres de apariencia caricaturesca que parecían increparla, todo con colores muy chillones excepto la mujer, que irradiaba una apacible claridad. La ilustración tenía también un aire de cómic que no le desagradó, aunque el único nombre que figuraba para señalar la autoría era el de Marina.
Se fue a casa para buscar con calma la referencia a Berta, que le parecía inexcusable: pero ni en las solapas ni en la contraportada había ninguna alusión, aunque fuese mínima. Hojeó la novela en el intento de hallar la memoria de su madre en alguna parte, siquiera en una escueta dedicatoria, pero no la encontró, porque no estaba: Marina había ocultado por completo a Berta, y con ello le había escamoteado todos aquellos años de esfuerzo e ilusión con la famosa biografía de Doña Oliva.
Rai recordó a Berta en los días premonitorios de su fallecimiento, cuando había declarado a Marina heredera de su novela. «Nuestros nombres quedarán unidos», había dicho la pobre, sin poder imaginarse esta traición. Miró la urna, los ojos se le llenaron de lágrimas, e incapaz de seguir con el libro lo dejó sobre la mesa y se fue a la calle, a andar, intentando que su emoción se aplacase.
Paseó durante mucho tiempo mientras atardecía, sin dejar de darle vueltas al asunto. Ahora se le ocurría que esa famosa «Musa Décima» era la de la deslealtad, la de la traición, la del robo, y a partir de la extraña y confusa historia de la autoría de la Nueva Filosofía fue recordando la del motor que el abuelo Antonio había inventado y que le robó su amigo y colaborador; y cómo Romano les había escamoteado Superjur a Tino y a él; y de qué forma Raimundo padre, que tanto menospreciaba la fascinación de Berta por el libro de Doña Oliva, se había aprovechado de ello para escribir un trabajo académico que, por cierto, le habían birlado también; y cómo Olga no había tenido reparo en robarle a Berta su marido… Según decía el abuelo, la sociedad humana estaba establecida sobre el latrocinio, y lo de Marina ponía un doloroso broche a su propia experiencia en el asunto.
De nuevo el deseo de venganza bullía dentro de él y regresó al hostal. La novela de Marina hacía brillar su portada multicolor sobre la mesa. Sacó el móvil y la llamó. Cuando la voz de ella contestó, se desahogó, insultándola. Y luego permaneció inmóvil durante largo rato.
«Hay que cambiar de registro», pensó por fin. Y salió a tomar algo de cena.
A partir de entonces vivió unos días desorientado, confuso, porque comprendía que todo el trabajo de Berta no había servido para materializar el único recuerdo propio que ella hubiera querido dejar. ¿Había sucedido algo parecido con la Nueva Filosofía? ¿La había escrito Doña Oliva y el extraño testamento paterno había hecho caer sobre su trabajo una desautorización irrevocable? ¿La había escrito Miguel Sabuco y ciertas enigmáticas decisiones habían determinado que la firmase Oliva, y luego el testamento había contaminado el libro con una sospecha que jamás se podría aclarar?
Sus diarios paseos empezaron a carecer de la rigurosa sistemática anterior: apenas se fijaba en los rótulos, ni en los mendigos, ni en los almacenes chinos o en las tiendas insólitas, y se movía sin rumbo en caminatas que lo llevaban a lugares inesperados, de los que era consciente de forma súbita, como en un despertar.
También se incorporó a las antiguas rutinas de los encuentros con Tino y los amigos del alma, para intentar normalizar la turbación que la flagrante deslealtad de Marina había llevado a su ánimo.
Se acercaba la Feria del Libro y Rai, dispuesto a un enfrentamiento, tenía el propósito de llevarle su novela a Marina para pedirle que se la dedicase a la memoria de Berta, con justiciera ironía, cuando le llegaron noticias de Euterpe.
Cada día, nada más despertar, Rai comprobaba si alguno de los muchos mensajes que había enviado en busca de trabajo tenía respuesta, y aquella mañana se encontró con un mensaje de la panameña en el correo electrónico.
Tras el intercambio de felicitaciones navideñas, poco antes del despido de Rai, Euterpe le había informado de que por fin había dejado la administración pública y dedicaba todo su tiempo a preparar su empresa. Que estaba encantada, imaginando itinerarios muy diferentes y planificando toda clase de medios de transporte, buscando contactos para guías y alojamientos. A aquellas alturas ya se tuteaban, y terminaba su correo diciéndole: «Si te animas, aquí me tienes, Raimundo. Sería muy bueno para la empresita alguien que no solamente supiese de gestión, sino que también pudiese dibujar lindas imágenes para la publicidad. ¿No me dijiste que eres aficionado al dibujo?».
Con ocasión de aquel mensaje, Rai había contestado a Euterpe deseándole mucha suerte en su nueva ruta vital. Acaso pronto pudiesen verse de nuevo en Panamá, por los asuntos de la empresa, le decía.
La propuesta de Euterpe lo había halagado. Marcharse a Panamá y, como ella, comenzar una nueva aventura en la vida. Pero pensaba entonces que tenía que olvidarse de aquellos embelecos pues su sitio, a pesar de todo, estaba en España, con los enredos contractuales de la empresa, los amigos del alma, los puntuales ejercicios deportivos, los gin-tonics los viernes en el tugurio, algún ligue repentino y esas viñetas que iban iluminando sus recuerdos como las imágenes de los antiguos libros de horas.
Pero aquella invitación de Euterpe hizo encenderse dentro de Rai una súbita idea. Aún no había leído la novela de Marina, porque solo mirar el libro suscitaba en él una irremediable repugnancia, pero entonces se decidió a hacerlo y la leyó de una sentada. Claro que el libro no era el de su madre, pero todo el espíritu de Doña Oliva y de la Nueva Filosofía, tal como Berta lo transmitía, estaba en él. Y la idea que había brotado en su imaginación se hizo más poderosa: ahora que tenía tiempo, él iba a realizar una novela gráfica sobre Doña Oliva, utilizando uno de los personajes de la novela de Marina: Ginés, hijo de Doña Oliva.
Haría que Doña Oliva, ya viuda, consiguiese licencia para ir a Indias con su hijo, y allí ambos vivirían aventuras… Y al principio de su novela gráfica, que iría firmada por su madre y por él, habría un prólogo en el que contaría la verdadera historia de la novela de Marina, su miserable plagio…
En un nuevo correo, Euterpe se mostraba muy animosa, le decía que el proyecto seguía desarrollándose muy bien, mostraba nuevas ideas: «Qué bueno sería también poder contar con un helicóptero para recorridos como los que nosotros hicimos, ¿lo recuerdas?», e insistía en su invitación: «¿Lo has pensado bien? ¿No te decides a venirte para acá? ¿Por qué no me dices algo?».
Otra vez recordó aquella ocasión en la que Euterpe había tocado el violín. El aire de la noche, con su calidez suave, y la casita con el pequeño jardín, como un curioso refugio entre los gigantescos rascacielos, y la música que ella hacía sonar con arrobo habían suscitado en Rai la intuición de un destino.
No contestó al correo y se acostó, pero tardó mucho en dormirse.
Los días siguientes recuperó sus paseos frenéticos y azarosos, aunque ya hacía bastante calor, y el día en que Marina empezaba a firmar renunció a llevarle el libro, como había pensado hacer, y escribió un correo electrónico a Euterpe:
«Mi querida amiga Euterpe: en mi vida ha habido novedades, y no precisamente buenas. Para empezar, me han despedido de la empresa, con lo que llevo ya muchos días vagando como un fantasma a la espera de un nuevo trabajo. No te lo había contado por esa desidia que nos entra cuando las cosas no marchan bien, pero no te puedes imaginar, en mi situación, lo que me ha animado que sigas creyendo que yo podría ser de utilidad en tu proyecto. De modo que le he dado muchas vueltas y al fin he decidido quemar mis naves, como dicen que hizo Hernán Cortés, y lanzarme a mi aventura panameña, que en tu compañía será sin duda muy grata. Como tengo dinero procedente de la venta del piso de mi pobre madre, creo que podré aportar cierto capitalito a nuestra sociedad. Deberé aprenderme la legislación panameña en materia de sociedades y de turismo, pero me hace ilusión, es como si fuese otra vez estudiante… Además, ¿qué mejor compañía que la de la musa de la música? Por otra parte, se me ha ocurrido dibujar un cómic, una novela gráfica, de manera que me llevaré también en la maleta un proyecto personal. Abrazos fuertes, R.»
La respuesta de Euterpe no se hizo esperar. Se mostraba entusiasmada con la decisión de Rai y le preguntaba cuándo se iba a ir a Panamá. «En cuanto resuelva algunas cosas. Antes del verano, sin duda. Ya te informaré de la fecha exacta», respondió él.
Lo primero que hizo Rai fue decírselo a Tino y a los amigos del alma el viernes correspondiente, propiciando una noche más alcohólica de lo habitual.
Tino se mostraba compungido, pero como él iba a casarse en septiembre con Nuria, Rai le propuso que fuesen de viaje de novios a Panamá y la idea le pareció atractiva.
—Tienes tiempo de sobra para sacar unos pasajes baratos…
Rai había quedado citado con Yolanda el domingo, en Guadalajara, para darle personalmente la noticia, y así lo hizo, y en un homenaje secreto a la magnanimidad que Berta tanto celebraba le hizo donación de todos los muebles y objetos que le habían correspondido en el reparto y le pidió que se encargase de la venta de su coche, si él no conseguía hacerlo antes de marcharse.
Yolanda se mostraba muy pesarosa.
—Pero irte así, para siempre… Si supieras la pena que me da…
—Espero que el cambio de aires me vaya bien… Y que cuides bien de Lisi —añadió.
—Lisi seguirá con la familia —repuso Yolanda, sin perder el gesto apenado—. Eres tú quien me preocupa.
—Mira, Yolanda. Yo aquí ya no tengo nada que hacer. Verás como este cambio me viene estupendamente… Si es así, os invitaré a Susi y a ti a visitar Panamá. Comprobaréis que es un país precioso.
Rai recordaba las advertencias de Doña Oliva en boca de su madre sobre la «mudanza de suelo y cielo», porque se las había hecho la primera vez que había viajado a Panamá y se las había repetido a Marina. Al regresar al apartamento buscó con paciencia el texto en la Nueva Filosofía y al fin lo encontró:
El mudarse de una tierra a otra de contraria calidad en la que estaba, por la diferencia que hacen los aires, aguas y tierras, hace el mismo daño. Este daño viene principalmente al hombre por mudar el aire que respira y el agua que bebe, o peor o de otra calidad que la que solía, porque el aire toma en sí las impresiones de las cosas por donde pasa, fácilmente, como se ve en el olor y hedor, y así se muda pasando por unas hierbas y plantas, aguas y montes: de una tierra toma una calidad y, pasando por otras de otra tierra, toma otra calidad; y así, ni más ni menos, el agua por los mineros de las fuentes toma diversas calidades, según por dónde pasa…
Seguían luego divertidos y fabulosos ejemplos, recogidos desde Plinio, sobre los mismos animales que en unos lugares eran venenosos y en otros no, o que en unos tenían dos hígados y en otros solamente uno, o que morían si se les sacaba de su espacio natural de vida.
«¿Cuál será mi espacio natural de vida?»
Preparó las cosas para poder utilizar en Panamá el dinero que tenía en el banco y decidió que viajaría a principios de julio. Cuando tuvo ya la fecha concreta del vuelo, le pidió a Euterpe que le buscase un hostal céntrico y barato en la ciudad.
Antes de marcharse, Rai quería dejar resuelto un asunto al que había dado muchas vueltas: el de las cenizas de Berta. Primero había pensado llevárselas a América, para que siguiesen acompañándolo; luego tuvo la idea de dejárselas a Yolanda, como una parte del patrimonio familiar; por fin, resolvió que las cenizas debían quedar en el lugar más íntimamente relacionado con Doña Oliva, que no podía ser otro que Alcaraz.
Rai fue a Alcaraz un día luminoso de junio, con la idea de regresar a Madrid en la misma jornada. Recordaba el viaje que había hecho con Berta para conocer la ciudad y sus alrededores, y cómo su madre se había emocionado en un punto junto al río de Alcaraz que, según ella pensaba, podía haber sido el lugar de las reuniones de los tres pastores, pues en él se oía el alegre ruido del agua, y el dulce murmurar de los árboles al aire…
Antes se acercó a la Plaza Mayor para echar el último vistazo al antiguo conjunto, coronado por las torres enfrentadas, como si dentro de sus ojos estuviese la mirada de Berta. Volvió a observar con detenimiento las figuras de la torre del Tardón, aquella que al parecer era obra de Andrés de Vandelvira.
Durante un rato, la mujer con un pecho al aire y la cabeza reclinada en la mano derecha le recordó que su madre le había dicho que aquella figura debía de representar a Ariadna, y que tenía algo que ver con el símbolo del laberinto.
«¿El laberinto?», pensó. «¿Es ese mi destino? ¿Estoy perdido en él?»
Subió luego las empinadas calles que conducen a las ruinas del castillo, y desde allí contempló la placidez de la ciudad en la mañana.
Descendió otra vez a la plaza y, siguiendo la calle dedicada al Bachiller Sabuco —según su navegador, Oliva no había merecido ningún recuerdo en el callejero de la ciudad—, buscó el sitio donde había aparcado su coche. Tras ponerlo en marcha, se dirigió al lugar junto al río que tanto había conmovido a su madre cuando lo conoció. En la pequeña carretera no había tráfico alguno y pensó que tanta soledad, primero en la ciudad y ahora en el trayecto hacia el río, parecía destinada únicamente a él y al momento que iba a vivir.
Dejó por fin el coche en el arcén y caminó hasta el río con la urna funeraria. La sombra de los árboles creaba un espacio plácido en la mañana refulgente. También en su visita con Berta había hecho fotos del lugar.
El río era más bien un arroyo estrecho, resonante, de escarpadas orillas llenas de vegetación, y recordó lo claras que le habían parecido las aguas cuando las vio por primera vez con Berta.
Abrió la urna y, ensimismado en el recuerdo de Berta, la evocó tan ecuánime, tan cariñosa, tan ejemplar en su larga batalla contra la enfermedad, y volvió a considerar cuánto la había ayudado el libro de Doña Oliva, y sintió aquellos recuerdos como oraciones misteriosas, al Uróboros, al Dragón, a Ariadna, mientras iba esparciendo las cenizas por el suelo. Por fin se acercó a la orilla y, tras echar a la corriente lo que restaba, enjuagó concienzudamente la urna, como hacen los curas con el cáliz tras beber el vino consagrado.
Estaba sentado a la sombra, sobre un tronco caído, recordando vagamente otros momentos vividos en compañía de su madre, cuando lo sorprendió la repentina cercanía de un perro lanudo, blanco, que movía mucho la cola en ademán amistoso. Acarició la cabeza del perro, alzó la suya, suponiendo que el animal estaría acompañado, y descubrió al fondo del prado la figura de una mujer alta, con la cabeza envuelta en un pañuelo y una larga vestidura, que lo sobresaltó un poco porque le sugirió fugazmente la figura de la famosa Doña Oliva, tal como su madre la describía, aunque aquel pañuelo que envolvía su cabeza también era evocador del aspecto de la pobre Berta.
Conforme se acercaba, la mujer llamó al perro.
—¡Cala! ¡No molestes a ese señor!
Tenía un acento de aire americano.
—No me está molestando —dijo Rai.
Era una mujer flaca y sin duda de bastante edad, con unos ojos verdes que destacaban con viveza en su rostro arrugado.
—Eso es una urna funeraria —afirmó la mujer.
Rai sujetó la urna y se levantó sin responder, dispuesto a marcharse.
—En una muy parecida guardé las cenizas de mi querido Santiago —dijo la mujer, y fue evidente su acento.
—¿Es usted mexicana?
—No. Soy española, aunque viví allá mucho tiempo y allá me casé. Me regresé después de la muerte de Santiago… Dejé sus cenizas en el parque, donde tanto le gustaba descansar.
Rai permanecía sin moverse, sujeto por el discurso de la mujer.
—¿Pero quiere creerme que ya he olvidado si fue en Oaxaca o en Xalapa? Creo que vivimos en ambas, pero ya no puedo recordar dónde las dejé. Mi memoria se deshace. ¿Es usted de aquí?
—No. Estoy de visita.
—Yo vine acá creyendo que volvía a la ciudad donde nací y viví mi infancia, y acá me he quedado. Pero ya no sé si fue esta ciudad o si fue Almaraz, o Alcázar de San Juan… ¿Puede usted entenderlo?
—Yo me voy ya —respondió Rai.
Como no había visto ningún otro vehículo en las cercanías, se ofreció a llevarla.
—Vuelvo a la ciudad, ¿quiere que la suba?
—Se lo agradezco, pero no es necesario. Me gusta pasear. Lo hago todos los días…
Cuando arrancó el coche, Rai descubrió que la mujer se había sentado en el tronco caído. Inmóvil entre la sombra de los árboles, ofrecía una imagen melancólica.
«Adiós, mamá, adiós, Doña Oliva», pensó Rai, e hizo las maniobras para iniciar el regreso.