«A veces los imprevistos repiten su argumento.»
La lluvia ha vuelto a derramar su cascada impenetrable y otra vez se oyen los truenos dispersos en un amplio alrededor. Hay que esperar, y en el gran vestíbulo están sentados los excursionistas, bastante silenciosos. Rai recuerda un vuelo de regreso a España en el que su avión sufrió la avería de un motor y considera cuántas mudanzas ha habido para él hasta este momento.
Se le ocurre que siempre en su vida el vehículo que lo transportaba se ha averiado y ha tenido que aterrizar en un lugar extraño: le sucedió con su fallida oposición, con sus estudios de Bellas Artes, con su trabajo en la asesoría, con su relación con Marina.
«Soy náufrago de naturaleza», piensa.
Hoy no se ha estropeado ningún motor, pero un incidente ha interrumpido también el viaje.
Ha tenido que hacerse cargo de este grupo de excursionistas, porque Mari Trini ya ha salido de cuentas y el parto se va a producir de un momento a otro, y también han fallado Eustasio y su suplente, por culpa de un accidente de la moto en que viajaban los dos. Menos mal que no se mataron. Ayer se lo dijo Euterpe: ella se llevaría a un grupo a Bocas del Toro, y él tendría que hacerse cargo de la lancha colectiva que subiría navegando por el canal hasta Gamboa, para almorzar allí, visitar luego otros espacios y regresar a la ciudad en un bus. Todavía le daría tiempo a ver papeles, aunque por causa de tantos imprevistos la oficina estaba cerrada: en principio había contado con Frank para que sustituyese a Mari Trini, pero una súbita enfermedad lo había hecho también imposible.
«Los imprevistos: siempre al acecho.»
El día se había presentado despejado y los turistas habían recorrido encantados una parte del canal, las esclusas iniciales, primero la de Miraflores y luego la de Pedro Miguel, aprovechando el paso de un gran barco que navegaba hacia el Atlántico. Allí se hicieron la foto reglamentaria.
Fueron a almorzar a Gamboa y estaba previsto que lo hiciesen en la terraza del restaurante, pero las mesas se habían instalado dentro y cuando Rai quiso saber por qué, el encargado le informó de que era muy probable que lloviese.
En efecto, en medio de la comida comenzó a llover con fuerza inusitada, y la vista de la selva y del río quedó cubierta por un telón en forma de catarata. Y enseguida comenzaron los rayos, que ponían en aquella cortina acuática súbitos resplandores coloreados mientras atronaban con su descarga. El fenómeno duró largo rato, y cuando pareció remitir avisaron a Rai de que la visita que pretendían hacer luego al funicular que recorría la selva entre las copas de los árboles debía anularse por las condiciones en que había quedado el terreno. También le comunicaron algo peor: uno de los rayos había derribado un gran árbol sobre la carretera, que por ello había quedado cortada, y tenía que venir el equipo apropiado desde la ciudad a retirar el árbol, que impedía el regreso del autobús.
Desde el gran vestíbulo, los frustrados excursionistas pudieron asistir a la llegada de otra tormenta, que descargaba su fuerza en ese momento.
Descartado el viaje en el funicular, tampoco podría visitarse el jardín de orquídeas, pensaba Rai con fastidio, pues todas estas omisiones obligarían a ciertos reajustes económicos con los excursionistas.
«Hoy no veré monos, ni ardillas, ni perezosos, y a saber cuándo nos sacan de aquí.»
Había transcurrido casi un año desde su llegada a Panamá, y aunque los resultados no eran malos, sino cada vez más prometedores, tenían que estar pendientes de todo, solucionando de continuo situaciones inesperadas.
El día que Rai había llegado a Panamá, Euterpe lo estaba esperando en el aeropuerto. Se abrazaron con fuerza y una calidez que parecía ir más allá de su condición de socios, porque Rai ponía en el abrazo la certeza de la corroboración física de su compromiso.
Euterpe lo condujo hasta la ciudad erizada de rascacielos, pero al final no detuvo el coche ante un hotel sino frente al portón que daba acceso al garaje de su casa.
—¿No me llevas al hotel? —preguntó Rai.
—¿Para qué vas a hacer ese gasto? He anulado tu reserva. Mi casa parece pequeña por fuera, pero verás que es muy grande. Aquí tienes habitación, y bien cómoda.
Sin decir nada, Rai, ayudado por Euterpe, comenzó a descargar su equipaje, que era voluminoso, y lo trasladó a una habitación amplia, al final de un pequeño pasillo con otras dos puertas.
Tras dejar el equipaje, Euterpe abrió aquellas puertas: una daba a un cuarto de baño bien equipado, y la otra a una especie de despacho.
—Aquí he instalado la agencia provisionalmente. Mientras vemos cómo van las cosas.
Aunque tenía sueño, Rai prefirió esperar a la noche para dormir. Se dio una ducha, comió fruta, porque otra cosa no le apetecía, luego salió al jardincito con Euterpe. Rai reconoció en el lugar la imagen de amparo que había descubierto aquella noche en la que Euterpe tocaba el violín, y supo por ella que el árbol que ocupaba el centro era un camoruco, típico del país.
En su equipaje había incluido una botella de un ribera muy bueno para hacer el primer brindis de su encuentro, y mirando intensamente a Euterpe dijo que su hospitalidad era el broche de oro de la invitación a que él participase en aquella aventura, y brindó por ello.
—¡Y por que nuestra sociedad tenga el éxito que tú mereces! —añadió.
En el rostro de Euterpe había una hermosa sonrisa, y en los rascacielos que los rodeaban las luces eran como estrellas cercanas, domésticas, propicias.
Cuando la nueva tormenta se ha disipado, Rai se entera de que el camión con la gente que va a retirar el árbol derribado ha salido ya de la capital y le alivia saber que en un plazo no muy largo van a poder emprender el regreso. A través de las cristaleras, el río y la selva refulgen otra vez, y Rai considera que ya se ha incorporado a estos parajes como si hubiese nacido en ellos.
«Este naufragio va a ser definitivo.»
Las primeras visitas con Euterpe a las distintas zonas que iban a ser objeto de sus trayectos turísticos le hicieron descubrir a Rai los diferentes espacios naturales del país, sus valles, riberas, costas, archipiélagos, y sus comunidades indias: los wounaan y los emberá, maestros en el arte de tallar figuras en pequeñas semillas, los kunas o gunas, que realizan esos pequeños tapices con capas textiles superpuestas de diferentes colores, cuya muestra había sido el primer regalo panameño que había hecho a Berta, a Yolanda, a Marina y a Clara; los guaymíes, los téribes y bocotas, agricultores y criadores de animales…
El pequeño país ofrecía perspectivas muy diversas en sus gentes y en sus escenarios, y Rai fue asimilándolo e identificándose rápidamente con él. Sin duda, a tal identificación contribuyó su relación con Euterpe. Tras el período inicial de puesta en marcha de la empresa y sus programas, y cuando ya tenían experiencia en la práctica de los diversos itinerarios, habían comenzado a organizar lo que de verdad les interesaba, que era convertir su agencia en un organismo coordinador, para evitar la ejecución directa de muchos viajes, que tanto tiempo y esfuerzo les absorbía, y estaban entonces en esa fase, aunque sometidos, como había sucedido aquel día, a fastidiosos imprevistos.
A lo largo de aquel tiempo habían ido intimando cada vez más, y de su intimidad resultó para Rai el desvelamiento de algunas incógnitas. Rai le había explicado a Euterpe las circunstancias de su despido y cómo no había conseguido entrevistarse con don Anselmo, y Euterpe, con su discreción habitual, no había hecho ningún comentario, pero unos días más tarde le informó de algo que a Rai lo dejó muy sorprendido: que lo habían echado de la empresa por culpa de ella.
—¿Por culpa tuya? ¿Se puede saber por qué?
Entonces Euterpe le recordó las instrucciones que le habían dado sus jefes a Rai de sonsacarla a propósito de las negociaciones. Después de lo que Rai le había contado sobre su despido inesperado y solitario, había hecho algunas averiguaciones en su antiguo departamento, y un amigo le había contado cosas sorprendentes. Al parecer, la amistad de míster Loman con don Anselmo era verdaderamente entrañable, hasta el punto de que míster Loman le había regalado a aquel una preciosa casa junto a una de las mejores playas de la bahía, en la cercanía de una muy hermosa propiedad de míster Loman, de la que emergía el pantalán en el que tenía amarrado uno de sus barcos, y que en ciertas épocas del año era visitada por don Anselmo con algunas amistades femeninas.
Al parecer, en los altos niveles se tenía a don Anselmo por «uno de los suyos». Sin duda don Anselmo había pensado que la amistad de Rai con Euterpe podía ser ocasión para que este acabase teniendo noticias de aquella otra amistad, y resolvió quitárselo de encima.
«Otra traición escrita en el libro», pensó Rai.
A petición suya, Euterpe llevó a cabo ciertas gestiones que le permitieron conseguir dos fotos: una de la famosa casa-regalo de míster Loman a don Anselmo, y otra de ambos en la bañera del motovelero en el que tanto le gustaba a don Anselmo navegar.
Rai escribió a Lorenzo, con el que de vez en cuando se comunicaba, para pedirle el correo personal de aquel Rafael Selma cuya carrera en la empresa había truncado la llegada de don Anselmo. Cuando lo tuvo, le expuso a Rafael Selma con mucho cuidado lo que había podido saber a propósito de las amistades del gerifalte en Panamá y de la casa que al parecer le habían regalado, y le envió las dos fotos, a partir de las cuales había hecho unas viñetas para su diario.
«Como usted sabe, estuve vinculado a la empresa durante más de dos años, hasta que un día fui despedido, por motivos empresariales que no estuvieron claros, porque resulté el único del que se prescindió. Creo que en mi despido fueron decisivas las sospechas de que yo podía tener noticia de esto que le cuento, y que gracias a mi traslado a Panamá para encontrar trabajo he podido conocer al detalle. Se lo comunico a usted para que lo sepa, y si le interesa le aseguro que no dejaré de seguir investigando, para que usted lo utilice como mejor le convenga.»
Consciente Rai de que era la segunda vez que se desquitaba, buscó en la Nueva Filosofía lo que Doña Oliva decía a propósito del «afecto de venganza»:
Este apetito de venganza es sensual, trae grandes daños y desasosiegos, porque es una presencia y memoria del daño que recibió, y deseo de dar el talión de aquel daño, o mayor. Acarrea al hombre grandes pérdidas, y enfermedades y muertes; daña al cuerpo, y más al alma; no es de hombres magnánimos, porque estos fácilmente perdonan y no se acuerdan del mal que recibieron…
Rai se echó a reír, y la relación de ejemplos de animales vengativos citados por Oliva —ciertos áspides, el elefante, un ave llamada egipto, otra llamada efalon— aumentó su regocijo.
Se encontraban en el jardincito. Euterpe estaba leyendo también y le preguntó de qué se reía. Rai no quiso decirle que le hacía gracia encontrar en el viejo libro materno, tan peligrosamente considerado, un «afecto» cuyo cumplimiento a él le había sentado tan bien siempre que lo había llevado a cabo, y le leyó a Euterpe el ejemplo con que la autora terminaba aquel apartado:
… Dos embajadores romanos, capitales enemigos, siendo mandados por el Senado ir juntos a aquella embajada, en saliendo de Roma y llegando a las primeras matas, dijo el uno: pues es así, que hemos de ir juntos, dejemos la enemistad en estas matas, y a la vuelta la tomaremos; y dijo el otro: sea así; e hicieron su viaje con tan buena amistad y conversación como si fueran muy grandes amigos, y volviendo de su viaje, cuando llegaron a las matas, dijo el uno: en estas matas dejamos la enemistad, ¿hémosla de tornar a tomar? Respondió el otro: no, quédese ahí, y de allí adelante fueron grandes amigos.
—¿Y eso te hace reír?
—¿A ti no?
A Euterpe le parecía una bonita historia, pero no le causaba risa, precisamente, y Rai se echó a reír otra vez ante el natural despiste de Euterpe, motivado por la ocultación de las verdaderas razones de su regocijo.
Entre Rai y Euterpe hubo desde el primer momento muy buen entendimiento. En los tiempos más complicados de su empresa, la noche de una jornada en la que habían podido descansar los dos se reunieron con algunos amigos en el jardincito y Euterpe volvió a tocar el violín. La imagen le devolvió a Rai aquella experiencia de rotundo sosiego que había tenido allí mismo en su segundo viaje, y que tanto había recordado tras su regreso a España.
De repente comprendió que estaba identificado con Euterpe, y que su empresa le recordaba, en cierto modo, las antiguas expediciones españolas por el Darién y otros puntos del istmo, de las que se había informado antes de su viaje.
«Ahora estás viviendo las aventuras del descubrimiento, como Núñez de Balboa, pero sin espadas ni perros de presa.»
Ahora se preguntaba qué era eso de la identidad, que tantos enfrentamientos suscitaba en el mundo y tanta sangre hacía derramar. El cambio de aires y de aguas a él no solo no le había sentado mal, sino que le había resultado salutífero… Además la lengua, que Euterpe hablaba con la hermosa musicalidad caribe, lo hacía mantenerse en un ámbito incontablemente familiar.
Aquella misma noche, cuando los amigos se fueron, mientras ayudaba a Euterpe a recoger los vasos y los platos, se acercó a ella y la abrazó. Euterpe se mostraba muy seria, pero no decía nada, y cuando se besaron Rai supo que, por encima del nuevo territorio al que se estaba acomodando y de las peripecias de la empresa, aquella mujer era el corazón de su nueva identidad, su destino verdadero.
—Pensaba que no te gustaba —dijo Euterpe.
—Me gustaste desde el primer momento en que te vi.
—Te has tomado tu tiempo para decírmelo.
—Los dos hemos tenido experiencias ingratas, ¿no? Además, he comprendido que yo soy como Núñez de Balboa, que voy descubriendo las cosas poco a poco.
—¿No vendrás solo por el oro? —preguntó Euterpe, risueña.
«Tú sí que eres oro puro», pensó Rai.
—He venido para quedarme.
Rai sentía que Euterpe era el complemento que había estado buscando en ese deambular que había atribuido solo a su ansiedad de parado. En efecto, los últimos años de su vida eran un laberinto, pero en el laberinto había que encontrar la salida, y ello solo era posible si conseguía un talismán: y resultaba que el talismán lo tenía Euterpe, con su serenidad, con su cuidado de lo que hacía, con la delicadeza que mostraba al sacar el violín de su funda y ponerse a tocarlo, absorta.
—He venido para quedarme, porque tú tienes el talismán que me faltaba.
—¿El talismán?
Euterpe lo miró con sorpresa, pero no preguntó nada más.
Ya habían proyectado casarse en el momento en que tuviesen consolidada la empresa y disfrutasen de un poco de tranquilidad, pero cuando Tino y Nuria vinieron en viaje de novios, y más adelante Yolanda y Susi, Rai les informó de que Euterpe era su compañera y que iban a ser matrimonio muy pronto.
Para evitar lo que le había sucedido con Marina, Rai procuraba estar pendiente de Euterpe, hacer cosas que la complaciesen. Hoy ya le había enviado un par de mensajes informándole de los incidentes, y antes de subir al autobús le envió un tercero, diciéndole que por fin regresaba a casa…
Desde el autobús era posible ver que, en aquella zona, los rayos habían derribado más de un árbol, pero la tarde había recuperado su placidez. Al llegar debería intentar resolver la coordinación de los viajes previstos para el día siguiente y, sobre todo, llegar de una vez a un acuerdo con la agencia que se debía hacer cargo de asegurar esa logística.
«A ver si firmamos el dichoso contrato.»
Parecía mentira que hubiese tenido que producirse una coincidencia tan desafortunada para que fuese consciente de la urgencia del asunto.
«Cómo podemos dejar desatendida una cosa así», pensó.
Pero por fin conseguirían tenerlo todo organizado y ellos se dedicarían solamente a ofrecer itinerarios atractivos y a pactar las condiciones con los transportistas y los anfitriones, y por fin tendrían tiempo para «sus cosas», como decía Rai: Euterpe para su violín, y él para su novela gráfica.
La tenía ya muy pensada. Le regocijaba la idea de utilizar a uno de los personajes inventados por la pérfida Marina, el de un hijo de Oliva, Ginés.
Doña Oliva se queda viuda y decide ayudar a Ginés a cumplir su sueño americano. Consiguen la correspondiente licencia y se trasladan a Panamá, capital de Castilla del Oro, tras una travesía especialmente afectada por tormentas. Oliva, que no es una anciana, acompaña a Ginés en sus correrías aventureras por la selva, los ríos y los archipiélagos.
Ginés está dominado por el ansia de oro y Doña Oliva intenta hacerle comprender lo insensato de su
afán. Tienen problemas con otros aventureros españoles. Por fin caen en manos de una tribu india, pero Oliva se hace amiga del chamán, mostrando mucho interés por el conocimiento de las hierbas y la aplicación que hace de ellas en sus curaciones. Doña Oliva termina convirtiéndose en mujer del chamán y en una célebre curandera, y Ginés regresa a España con el oro suficiente para aquietar su ambición…
La historia está contada por la propia Oliva, que evoca los tiempos en que escribió su libro y la peripecia de su vida.
Siempre que le sobra algo de tiempo, Rai hace el boceto de alguna viñeta, aunque lo que tiene del todo claro es la portada: Doña Oliva con su libro, junto al chamán, ambos a la entrada de una cabaña, y el título: La décima musa. Doña Oliva en Indias. Y dos firmas: Berta Delgado y Rai Ríos.