2. La Nueva Filosofía

 

 

 

 

Su madre había descubierto el libro de Doña Oliva tras haberlo heredado del abuelo y cuando ya el cáncer había empezado a invadirla, y lo que encontró en sus páginas tuvo para ella una significación excepcional, mítica. Berta explicaba que, en su edad adolescente, aquel libro había venido entre cierta partida adquirida por el abuelo, que no era un hombre rico pero a quien los libros le parecían el mejor patrimonio del mundo, hasta el punto de que le había dejado como herencia esa biblioteca de bastantes volúmenes que ocupa las estanterías de la sala.

Berta lleva cuatro años enredada en la escritura del texto que la obra de Doña Oliva le ha sugerido —«mi primer libro», decía al principio, «mi único libro», dice cuando ya la enfermedad la tiene tan acorralada—, y tanto el libro de Doña Oliva como el que ella escribe son sus principales estímulos. Suele trabajar a lo largo del día, entre los descansos obligados por su situación, y de la casa se ocupa Clara, la asistenta que lleva con ellos muchos años y que también se ha convertido, por contagio, en una admiradora de ese libro benéfico, que aunque no ha leído conoce gracias a la propaganda incansable de Berta.

El libro tiene un formato «en octavo mayor», como Berta no se cansa de repetir —veintiún centímetros de alto por quince de ancho—, está encuadernado en pergamino, lo que le da un tacto muy suave, y en lo más alto de su lomo, sobre un adorno de reminiscencias vegetales, dice:

 

FILOSOF

DE

Dª Oliva

 

Claro que Rai recordaba haber visto el libro en la biblioteca del abuelo, entre otros libros antiguos, algunos de obras completas de autores que nunca le interesaron, como Victor Hugo o Voltaire.

Allí había también algunos de aventuras que él leyó en su día, como los muy curiosos, desconocidos por todos sus amigos, de un llamado «capitán Gilson»: La golondrina, cuyo tema era un aeroplano que recorría el mundo alimentado por un combustible denominado metilita, Los dioses del fuego y El dios leopardo, que presentaban ciertas aventuras africanas de los miembros de un club de exploradores. También por entonces había conocido a héroes atractivos de los que, excepto Tino, tampoco ninguno de sus amigos sabe nada: Jim Hawkins, Huckleberry Finn, Tom Sawyer…, así como una estupenda enciclopedia infantil en seis volúmenes editada en México, El libro de oro de los niños, que sin duda fue un precedente del gusto suyo por los libros ilustrados que luego derivaría en esa afición a los cómics que sus padres siempre han considerado obsesiva.

 

 

 

Al parecer la primera edición del libro de Doña Oliva se había editado en 1587, pero esta, que su madre tanto aprecia, señala ser la «cuarta impresión reconocida, año de 1728», «expurgada según el expurgatorio publicado por el Santo Oficio de la Santa y General Inquisición el año de 1707».

En realidad el título, en la cubierta, comienza diciendo:

 

Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida, ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida, y salud humana… Escrita, y sacada a luz por Doña Oliva Sabuco de Nantes Barrera, natural de la Ciudad de Alcaraz…

 

La obsesión de Berta con el libro llegó a tal punto, que le hizo fotografiar a Rai la página con el título completo y la tiene enmarcada en la pared, sobre su mesa de trabajo:

 

 

 

 

Berta asegura haber hojeado mucho aquel libro cuando aún no era capaz de entenderlo, porque desde el primer momento le había parecido raro que la autora fuese una mujer y que, sin embargo, tratase de asuntos que desde antiguo parecían reservados a los hombres, como la filosofía o la medicina.

—Además, creo que si soy profesora de latín es por los últimos capítulos, escritos en latín, que me desazonaba mucho no comprender. Y pensaba que si una mujer había sido capaz de escribir en latín, ¿por qué no iba a serlo yo?

Rai no podía saber si aquello era cierto o una especie de fantasmagoría en que la pobre condenada pretendía hallar una premonición favorable. Pero la verdad era que, a raíz de la muerte del abuelo, seis años antes, el libro se había convertido para ella en un compañero casi inseparable, del que le hablaba a Rai con gozo mientras se lo mostraba, sosteniéndolo entre sus manos con cuidado:

—Fíjate, tiene una dedicatoria al rey Felipe II que no te la puedes perder, Rai. En ella dice cosas sorprendentes, después de declarar que es una humilde sierva y vasalla, así mismo lo dice, una humilde sierva y vasalla, que se atreve a hablar en ausencia, ya que no puede en presencia, postrada de rodillas ante Su Majestad. Recuerda las leyes de la caballería, según las cuales los grandes señores favorecieron siempre a las mujeres en sus aventuras. Pide la protección del rey para su empresa, manifestando que, aunque él tenga dedicados muchos libros de hombres, sin duda son pocos y raros los dedicados por mujeres, y ninguno de la materia de que el suyo trata. Se atreve a afirmar de su libro que es nuevo y distinto, y que mejora el mundo en muchas cosas. Asegura que, así como en este mundo sobran muchos libros, faltaba precisamente el suyo, nada menos. Y aunque confiesa que nunca estudió Medicina, dice tajantemente que la medicina antigua que se estudia yerra en sus fundamentos. Pide que se pruebe durante un año la medicina que ella propone, ya que la antigua se ha usado a lo largo de dos mil, con malos resultados en muchas enfermedades graves, y acaba solicitando del rey que impida que lo que ella ha descubierto pueda ser copiado, despidiéndose como humilde sierva de Su Majestad, tras reiterar que su libro es nuevo, mejor y más fructífero que otros muchos.

—Pues parece que la modestia no era precisamente una cualidad de esa Doña Oliva, ¿no?

—Estaba convencida de tener razón y defendía sus ideas…

 

 

 

Durante aquellos años, Raimundo recordaba muchos momentos en los que el fervor de su madre hacia el libro de Doña Oliva Sabuco se había manifestado de un modo u otro, y estaba seguro de que aquel libro, con su COLOQUIO DE AUXILIOS, O REMEDIOS DE LA VERA MEDICINA, CON LOS CUALES EL HOMBRE PODRÁ ENTENDER, REGIR Y CONSERVAR SU SALUD, y otros COLOQUIOS sobre EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO, sobre LA COMPOSTURA DEL MUNDO y sobre LAS COSAS QUE LO MEJORAN, había sido un medicamento muy importante en su resistencia frente a la enfermedad, aunque estuviese lleno de especulaciones que, desde la mirada contemporánea, no podían ser vistas sino como estrambóticas.

—Vamos, mamá —le decía Rai tras haber leído bastantes páginas del libro, algunas muy abstrusas, para comprender mejor los comentarios de su madre, y además para animarla con aquellas conversaciones que el libro proponía como muy salutíferas—, esto es interesante en ciertas cosas, pero en otras es demasiado arcaico, esas «especies» de las que habla, esos espíritus, esas «empentas», yo me hago un lío con muchos párrafos, no se puede saber a qué se refieren…

Se obligaba a una naturalidad que estaba muy lejos de sentir, pues el aspecto cada vez más consumido y flaco de Berta, la cabeza calva cubierta con un pañuelo estampado de flores que le daba un insólito aire teatral, lo conmovía hasta tal punto que, en su diario, nunca intentó hacer una viñeta en la que ella apareciese.

—Hay que saber leerlo, Rai. Desde que se publicó, hace ya más de cuatro siglos, mucha gente se ha dedicado a estudiarlo y ha visto en él antecedentes de cosas que luego se han descubierto o que le plagiaron. Por ejemplo, cuando dice que el hombre es un árbol al revés, pues sus raíces están en el cerebro, y que el cerebro es la pieza fundamental de nuestro cuerpo, no el corazón ni el hígado, y donde se llevan a cabo todas las actuaciones y maniobras del espíritu. Fue una gran precursora, sobre todo cuando habla del «jugo del cerebro»: adivinó lo que era el sistema nervioso cuando a nadie se le había ocurrido…

 

 

 

Si es cierto que hay años que arrastran un tenebroso cargamento, aquel fue uno de ellos, sin duda. Había empezado con la desaparición de un avión con más de cien pasajeros a bordo, porque los accidentes aéreos lo impresionan mucho y Rai recuerda una viñeta que dibujó en su diario con el supuesto aparato arrebatado por el mordisco de la negrura.

 

 

Pero entre terremotos, ciclones, tornados, inundaciones e incendios forestales en todos los continentes, aunque él consiguió terminar la carrera en febrero, en la primavera sus padres se separaron —resultado al parecer del romance que se había convertido en cohabitación, y que en su día había comenzado don Raimundo Ríos con una de las ayudantes de su departamento—, el abuelo Antonio murió en el verano inesperadamente y poco antes de las navidades ciertos análisis revelaron el cáncer de Berta.

La muerte del abuelo le hizo sentir por vez primera a Rai dentro de sí un desgarrón importante e irremediable, y con ello descubrió que cambiaba súbitamente aquella forma de ver las cosas que antes la familia consideraba apatía y desinterés. Fue como si saliese de un embeleso, de los efectos de un embrujamiento, para hallar en esa muerte la solidez tenebrosa y efímera de la vida. Y el diagnóstico del cáncer materno impregnó aquella extraña lucidez de una melancolía peculiar, de un horror al propio transcurrir del tiempo, que sin duda estaba dispuesto a acabar también con su madre.

Aquel año fatídico, tras terminar la carrera y a lo largo de la primavera, Rai había comenzado a preparar —sin entusiasmo alguno, porque aún tenía la cabeza turbada por la separación de sus padres, consecuencia del extraño amorío paterno— unas oposiciones a secretario de ayuntamiento. Sin embargo, gracias a un conocido de la familia, cuando empezaba el otoño dejó la preparación de las oposiciones para colaborar en una compañía de seguros, ayudando a integrar en el ordenador asuntos de diversos departamentos, lo que le daba una singular condición de «chico para todo».

Su empleo había sido efímero, porque al año siguiente empezaba la crisis y fue despedido. Rai permaneció viviendo en casa de su madre, compañero inseparable de ella, mientras enviaba sin respuesta su modesto currículo a infinidad de sitios, cada vez con menos esperanza de poder conseguir un empleo, por humilde que fuese.

Lo mismo les sucedía a sus compañeros, pues excepto Tino, que había encontrado acomodo en el bufete paterno, y Julio, que también estaba trabajando precariamente en un sanatorio donde ejercía un tío suyo médico, ninguno tenía empleo. Y cuando andaban por las calles, encontrando a cada paso gente pedigüeña y en muchos vanos de las puertas de tiendas cerradas armazones de cartón y montones de trapos que servían de cobijo nocturno a los mendigos, alguien comentaba, con siniestro sarcasmo, que debían ir haciéndose a la idea de que a ellos les esperaban los mismos servicios hoteleros…

Rai había interpretado la crisis, en una viñeta de su diario, como un enorme dragón asomando su hocico por la ventana de una vivienda y abrasando con su aliento a sus moradores, padre, madre, hijo, perro, muebles, libros…

 

 

—Y sin embargo —decía Marcos— no nos rebelamos, tragamos y tragamos…

—¿Y quién crees que se iba a rebelar? —preguntaba Lauro, que era muy escéptico—. Cuatro gatos. Han diseñado un mundo así, cada vez más frágil, precisamente para tener millones de siervos acojonados y sumisos. Entramos en el neofeudalismo, amigo. Sálvese quien pueda…

 

 

 

En ocasiones, sobre todo cuando su madre había debido sufrir alguna sesión intensa y estaba reponiéndose de ello, Raimundo padre la visitaba, porque Berta no se había opuesto a ello e incluso en su presencia parecía haber olvidado la traición de que había sido víctima, pero a Rai le parecía advertir que, tras aquellas visitas, su madre quedaba más mohína y desanimada.

Berta nunca había informado a su exmarido del libro que estaba escribiendo, como tampoco había hablado nunca de ello a su hija Yolanda, y Raimundo padre se sorprendía al encontrar en casa de quien había sido su mujer tanta documentación sobre la época de Oliva Sabuco, personaje que solía ser el motivo de la conversación, y las opiniones del exmarido no acostumbraban a ser demasiado benévolas con ella.

Quizá su padre, catedrático de Filosofía en la universidad, consideraba que su madre no tenía la suficiente base intelectual como para valorar el libro de Doña Oliva, y ante la insistencia de Berta en hablar de él, acaso por no tener otro tema de conversación que no pudiese suscitar derivaciones embarazosas, lo criticaba siempre con burlona superioridad, motejándolo de extravagante:

—No sé si sabes que un médico tan docto como Gregorio Marañón dijo que ese libro es disparatado. Aunque me parece comprensible, si consideramos que no se escribió en una época muy científica, precisamente.

En su madre no hacían mella las críticas:

—En cuestión de sabiduría, para la mayoría de los catedráticos de universidad todo lo que no pase por vosotros mismos es indigno de aprecio. Acaso haya un problema de ego. Pero te pongas como te pongas, este libro de Doña Oliva Sabuco de Nantes es interesantísimo, sobre todo en la primera parte, cuando habla del conocimiento de uno mismo. No te imaginas lo fina que es analizando eso que ella llama los «afectos», es decir, las pasiones. Y al parecer fue una precursora intuitiva en el diseño del sistema nervioso. Marañón lo despreciaría, pero el padre Feijoo, en su Teatro crítico universal, lo puso por las nubes…

En aquel momento Berta dirigió su mirada a la mesa del comedor, en una de cuyas sillas insistía en decir a Rai que estaba sentada Doña Oliva, a la que solo ella veía, como esperando su aquiescencia.

Raimundo padre no sabía nada de aquellas visiones y a Rai, aunque no se sentía cómodo ante la alucinación materna, aquel gesto cuya causa su padre desconocía le pareció en ese momento un precioso signo de intimidad entre su madre y él.

«Tú has abandonado el hogar y ya no puedes participar de los secretos de cada día, eres cada vez más un extraño, un intruso», pensó, contemplando a su padre con la habitual antipatía.

—Bueno —apuntó Raimundo—, hay cierta diferencia de conocimiento entre la época del padre Feijoo y la de Marañón…

Berta no hizo caso de lo que decía su exmarido:

—Dicen los especialistas que se adelantó años, qué digo años, siglos, al señalar los resultados que para la salud pueden tener los problemas psicológicos, al indicar esos que llama «afectos» como causa de muchas enfermedades: por ejemplo, dice, de la irritación y la amargura, tanto causadas por motivos reales como por sospechas, que son los principales enemigos de la naturaleza humana, citando mucho a Plinio y a Platón, y a otros como Hipócrates, o Galeno, o incluso a Avicena.

Berta guardaba entre sus imágenes preferidas un grabado con la cabeza de Hipócrates que parecía una ilustración de cómic:

 

 

—O sea, que era una sabia, no me digas más… ¿Pero no te parece que la sabiduría de entonces en materia de medicina ha quedado un poquito obsoleta?

Berta seguía hablando sin hacer caso de las objeciones de su exmarido:

—Cuenta casos concretos muy interesantes de gente que, por diversas circunstancias, por no poder ayudar a otro, o por perder el favor real, o papal, murió de repente, o cayó en lo que hoy llamaríamos una depresión que acabaría con su vida, y de otros que se vieron psicológicamente muy afectados por otras pérdidas, la del ganado, la de mercancías, o por una mala noticia.

—Pero esos casos ya estaban contados. No me parece signo de genialidad, precisamente, recordarlos.

—Ella les da un matiz diferente. También los sueños tenían mucha importancia social hasta que Freud los enfocó de una forma distinta. Todo está ahí hasta que llega una mirada nueva, y sin duda Doña Oliva la tuvo para muchas cosas relacionadas con la salud.

Raimundo padre observaba a Berta con un aire entre paciente y escéptico. Ella siguió hablando con el mismo fervor:

—Habla de los movimientos del ánimo, el amor, el rencor, la furia, la aflicción, el deleite, la dicha, la desesperación, el egoísmo…, y de sus mudanzas y contradicciones, y de lo dañinos que pueden resultar. Hace un repertorio meticuloso, exhaustivo, de todos ellos, presentando muchos ejemplos interesantes… Y también señala los afectos que son beneficiosos, y para hablar de la felicidad, el personaje Antonio cita a Garcilaso, casi un contemporáneo de Doña Oliva.

—Hay que ver, ¿pasa de Plinio, Platón e Hipócrates a Garcilaso así, sin más ni más?

—De verdad que pareces sacado del libro, Raimundo. Para que veas lo lista que es Doña Oliva, Veronio le pregunta a Antonio: «¿Podéis alegar a Aristóteles, Séneca, Platón y Cicerón, y alegáis a Garcilaso?». Y ella contesta: «Poco va en la antigüedad de los autores cuando la cosa está bien dicha», y luego transcribe aquella parte de las Églogas que dice, escucha, que te lo leo:

 

¡Cuán bienaventurado

aquél puede llamarse

que con la dulce soledad s’abraza,

y vive descuidado

y lejos d’empacharse

en lo que al alma impide y embaraza!

No ve la llena plaza

ni la soberbia puerta

de los grandes señores,

ni los aduladores

a quien la hambre del favor despierta;

no le será forzoso

rogar, fingir, temer y estar quejoso.

 

A la sombra holgando

d’un alto pino o robre

o d’alguna robusta y verde encina,

el ganado contando

de su manada pobre

que en la verde selva s’avecina,

plata cendrada y fina

y oro luciente y puro

bajo y vil le parece,

y tanto lo aborrece

que aun no piensa que dello está seguro,

y como está en su seso,

rehuye la cerviz del grave peso.

 

Berta separó la mirada del libro:

—Y también habla de muchos aspectos perjudiciales ajenos al interior humano: las epidemias, los tóxicos, las temperaturas extremas, la carencia de alimentos…

—Bueno, debes reconocer que son un poco verdades de Perogrullo —arguyó Raimundo padre.

—¿En su tiempo? Una visión precursora, eso es lo que tenía. Mira lo que dice de la imaginación:

 

La imaginación es un afecto muy fuerte y de grande eficacia. Es general para todo, es como un molde vacío, que lo que le echan eso imprime. Y así, también mata como si fuera verdad. Y por eso mueren algunos de sueños, soñando cosas que les quitan la vida… Es como un espejo, que todas las figuras que vienen, esas recibe y muestra: así, si la imaginación es de miedo, daña como verdadero.

 

 

 

En una de sus visitas, Raimundo padre informó acerca de algo sorprendente:

—Tu interés por ese libro ha despertado el mío, Berta. Estamos preparando entre varios colegas una historia de la filosofía española hasta el siglo diecinueve, y he decidido incluir esa obra. Voy a empezar a leer una versión que se publicó antes de la Guerra Civil.

Berta lo miró sin decir nada, aunque con cierto gesto de extrañeza.

—Pero debes saber que la autora no fue Oliva Sabuco —añadió Raimundo, mirando a Berta con evidente expresión irónica—. Existe un testamento en el que su padre, el bachiller Miguel Sabuco, la amenaza con su maldición tras declarar que el autor fue él, que había permitido que figurase su hija en el libro solo por darle honra.

Rai se quedó muy sorprendido de oír aquello. Su madre reaccionó con vigor:

—Conozco todo lo que puedas haber leído tú sobre eso o más. Pues menuda honra, que acabaría convirtiendo a Doña Oliva en una impostora cuando el testamento se hiciese público. Pero Doña Oliva fue la autora de ese libro, os pongáis como os pongáis los que estáis en su contra, argumentando con ese testamento de su padre.

—Yo solo digo que existe. Alguien lo descubrió a principios del siglo veinte y el bluf se acabó —arguyó Raimundo padre.

Pero a Berta aquello le dio más fuerza en sus argumentaciones:

—¿Y por qué los hermanos de Doña Oliva, que fueron en total ocho, aunque solo llegaron a adultos cuatro, no actuaron para que se le quitasen a ella la licencia y el privilegio real para la impresión del libro, a la muerte del padre? ¡Pues lo cierto es que el libro se vendió mucho, y en esta edición mía, la cuarta, ciento cuarenta y un años después de la primera, continúa figurando ella como autora! Lo que pasa es que la mayoría de los hombres no puede aceptar que una mujer haya escrito un libro así.

—No es una cuestión de sexo, Berta, sino de sentido común… ¿Cómo podemos creer que una chica de menos de veinticinco años, en una villa apartada como Alcaraz, hubiese escrito eso, por muy absurdo que pueda ser?

—¿Y cómo es posible que Marcelino Menéndez Pelayo fuese doctor a los dieciocho años y catedrático de la Universidad Central a los veintidós? ¿Y cómo es posible que a los veintiséis años Albert Einstein formulase la primera parte de la teoría de la relatividad?

—Menéndez Pelayo y Einstein tuvieron estudios…

—Pues no muchos debía de tener Borges cuando a los siete añitos escribió en inglés una recopilación de mitos griegos y tradujo El príncipe feliz de Oscar Wilde…

Raimundo padre no contestó y a Rai le sorprendió lo documentada que estaba su madre para oponerse a los argumentos paternos. Sin duda Berta conocía bien el caso y estaba preparada para debatir sobre ello, aunque a él nunca le hubiera contado nada.

Mientras Rai observaba a su madre con algo de extrañeza, esta continuó hablando:

—Doña Oliva debió de ser una niña y una chica listísima, como lo fueron la Latina, o Sor Juana Inés de la Cruz, o Teresa de Jesús, o Teresa de Cartagena… Doña Oliva tuvo un maestro tan importante como Pedro Simón Abril, que me imagino que sabes quién fue, y otros mentores como su padrino Alonso de Heredia, médico, y a todo el cogollito renacentista de su ciudad natal. Eran otros tiempos, Raimundo. Gracias a los libros, entonces podía haber tanta cultura en la Villa y Corte como en Alcaraz.

—Será como dices, pero en las bibliotecas del mundo, empezando por la Nacional de Madrid, ese libro está a nombre de Miguel Sabuco, y no de Oliva.

—Desgraciadamente, los prejuicios contra las mujeres siempre han encontrado buena acogida… Lo que me sorprende es que descalifiques a Doña Oliva sin haber leído todavía su libro… Eso no parece propio de una actitud científica, precisamente.

—No necesito haberlo leído para conocer lo que dice ese testamento paterno…

 

 

 

Durante aquellos encuentros, tan cargados de polémicas cada vez más agrias entre sus padres, Rai apenas intervenía, pues tras sus experiencias de sucesivos fracasos —primero, el chasco de Bellas Artes; luego, lo demasiado largo de sus estudios de la carrera de Derecho; más tarde, la oposición frustrada; después, la pérdida de su trabajo en la aseguradora, cuando comenzaba la crisis; por fin, el resultado nulo de sus esfuerzos por colocarse— percibía en la mirada paterna, pese a lo poco que se veían, el desagrado que su presencia le suscitaba.

Aquella vez, tras despedirse de su madre, su padre le pidió que lo acompañase a la puerta y mientras recorrían el pasillo le hizo algunos reproches:

—Si me hubieras hecho caso, a lo mejor ahora estabas colocado en mi facultad.

—Estoy mandando el currículo a montones de empresas, pendiente de que salga algo, lo que sea. Menos Tino y Julio, que trabajan en negocios familiares, todos mis amigos están igual que yo.

Rai no había querido estudiar la carrera de Filosofía y Letras y percibía con claridad que su padre no se lo perdonaría nunca.

—El caso es que eres un parado don nadie —replicó su padre, con evidente malevolencia—. Muchas veces te he hablado de lo que engendra el sueño de la razón…

—Ya te digo que estoy dispuesto a trabajar en lo que sea. Las oposiciones están prácticamente congeladas y no hay forma de encontrar curro en ninguna parte —dijo Rai, acusando con pesar el golpe de aquellas palabras.

—Y por lo que veo te pasas el día aquí metido, leyendo tebeos como un niño de diez años.

 

 

No era la primera vez que su padre le echaba en cara su gusto por las novelas gráficas, con una insensibilidad hacia el género señal de un desconocimiento que podía ser comprensible. A Rai aquel desdén paterno no le importaba lo más mínimo; sin embargo, no le agradaban los debates de su padre con su madre.

—Me paso el día haciendo compañía a mamá, que está muy enferma. Y tus visitas no contribuyen a mejorarla, precisamente.

En los ojos de su padre Rai percibió una inusitada estupefacción, pero ya que había comenzado decidió concluir.

—Aunque no te lo creas, el libro de Doña Oliva ha sido una auténtica bendición para mamá en todos los sentidos. No tienes derecho a venir aquí a demolerlo. Es mejor que te quedes en tu casa, con esa chica con la que vives. Y no atribuyas solo a los demás el sueño de la razón.

Antes de cerrar la puerta a sus espaldas, su padre todavía mostraba el aire de sorpresa que le habían causado las palabras de Rai y que lo habían dejado mudo.

«Vete a la mierda», pensó Rai.

 

 

 

Al regresar junto a su madre, descubrió con satisfacción que aquella forma hostil con que había despedido a su padre estaba justificada, pues Berta, que lo miraba desde que entró en la sala, mostró al hablarle una reacción insólita en su forma habitual de comportarse:

—¿Tú crees que hay derecho? ¡Pone a parir el libro de Doña Oliva, dice que ella no es la autora, pero resulta que eso que llama mi obsesión le ha dado una idea y la va a aprovechar para un trabajo académico! ¿No te parece el colmo?

—No le des importancia. Como tú dices, no puede resistir los impulsos de su condición de catedrático —dijo Rai.

Luego añadió, comprendiendo al punto que la pregunta era muy impertinente:

—¿Por qué has permitido que te siga visitando? ¿Le has perdonado que te dejase?

Berta lo miró con dulzura, recuperada la serenidad.

—Dice Doña Oliva que la magnanimidad es gran ornamento del alma, y que quien es magnánimo tiene disposición a perdonar, no es vengativo, fácilmente olvida. Al fin y al cabo hemos estado muchos años juntos, desde que yo era muy joven. Y es tu padre. Y el de Yolanda.

Rai estuvo callado un rato, pero al cabo no fue capaz de mantener oculta la curiosidad que había surgido en él durante el debate y que hasta le había hecho sentirse incómodo con el silencio de su madre sobre el asunto:

—¿Qué quiso decir con eso de que Doña Oliva no fue la autora del libro?

Por primera y acaso única vez en su vida, Rai apreció en su madre una actitud defensiva frente a él. «Parece que le ha molestado», pensó con fastidio, y su malestar anterior se hizo más sólido.

—Hay unos cuantos que, desde que apareció ese absurdo y brevísimo testamento paterno, han decidido quitarle la autoría a Doña Oliva. Pero lo cierto es que ese testamento no tuvo ningún efecto, como antes dije… ¿No te parece raro que nadie en la familia lo hiciese valer tras la muerte del padre? Porque volvió a editarse el libro años después… Un mundo muy atractivo para investigarlo, precisamente.

 

 

 

Hasta aquel momento, Berta tampoco había querido enseñarle a Rai el libro que estaba escribiendo.

—Cuando lo tenga más claro, te dejaré leer algo.

—¿Pero de qué va el asunto? ¿Cuándo voy a poder echar un vistazo a algún capítulo?

—Bueno, en el libro imagino la formación de Doña Oliva, su decisión de escribir la Nueva Filosofía, su relación con Miguel Sabuco, a quien le preocupa mucho esa actividad de su hija…

—¿Y tienes ya un título?

—En una obra titulada Representación moral del viaje del alma, Lope de Vega llamó a Doña Oliva «Musa Décima». Ese será el título. Ese, o La décima musa. Tengo que darle vueltas…