3. Del conocimiento de sí

 

 

 

 

El vuelo es apacible y Raimundo evoca de nuevo a don Anselmo, a quien ha vuelto a ver al entrar en el avión y que lo ha saludado con aparente frialdad, y recuerda otra vez cómo motejó de «apuntes» su laborioso trabajo. Quizá en este mismo momento esté enviando un mensaje para que vayan preparando su despido de la empresa.

Dentro de su congoja, y por lo que toca a su deriva profesional, Raimundo se pregunta si no lo ha hecho todo mal desde hace unos cuantos años, desde el momento en que se empeñó, infructuosamente, en formarse para ser dibujante de cómics, porque ahora está todo mezclado dentro de la misma viñeta: primero, su empecinamiento en ejercer un arte para el que no estaba dotado; ahora, esta confusión sobre el futuro de su empleo, resultado de las fallidas conversaciones con los asesores de la otra «parte contratante».

Acaso todo su comportamiento, a pesar del buen concepto que Rai tiene de sí mismo, se deba a la soberbia que se agazapa en su interior. Citando a Doña Oliva, su madre dice: Ojo con la soberbia, que es perdición de imprudentes.

Después de tantos años de intentar reflejar en viñetas algunas escenas de lo que vive o lo que recuerda, en esa especie de diario esporádico que lleva desde la adolescencia, ha conseguido el nivel suficiente de autocrítica como para comprender el sentido verdadero de unos dibujos que, aunque lo gratifique mucho hacerlos, tanto le cuesta llevar a cabo y resultan de tan modesta calidad.

«¿Por qué la ocurrencia de ser dibujante de cómics, cuando es evidente mi poca pericia manual y mi escasa imaginación para inventar tramas?»

 

 

 

Había descubierto los cómics de niño, pues la hermana mayor de Tino tenía unas estupendas colecciones, encuadernadas por los abuelos de ambos, dedicadas a la pequeña Lulú y a La zorra y el cuervo. Más adelante encontraría a Mafalda, a Carlitos y Snoopy, y luego a Lucky Luke, a Tintín, a Astérix y Obélix, al Príncipe Valiente, a Rip Kirby, y por fin se haría ávido lector de las historietas de superhéroes. Al final del bachillerato lo sorprendería Watchmen, que era una historia de superhéroes en franco declive, prohibidos y hasta perseguidos en su mundo imaginario, muy lejos de las aventuras pueriles de los clásicos, y aquel libro fue una revelación, pues desde entonces no dejó de ser fiel a toda la novela gráfica posterior.

En la adolescencia, cuando su madre lo encontraba en su cuarto leyendo los volúmenes cuyo cuerpo narrativo lo formaban infinidad de viñetas, le decía que era como «el ingenioso hidalgo y caballero», y que se le iba a trastornar la mente de tanto leer aquellas aventuras disparatadas, como le había pasado a don Quijote con los libros de caballerías. Rai no había leído el Quijote, y la insistencia de sus padres y de sus profesores en que lo hiciese le parecía confirmar su intuición juvenil de que se trataba de algo arcaico, oscuro e innecesario.

Leyó por fin el Quijote, mucho después de haber terminado el bachillerato, y no solo no le costó esfuerzo sino que, curiosamente, se divirtió con aquellas extrañas aventuras en lo cotidiano de los dos protagonistas, e intuyó que muchos de los héroes del cómic, empezando por los contradictorios personajes de Watchmen —Búho Nocturno, Capitán Metrópolis, Ozymandias, Rorschach, Espectro de Seda, e incluso el siniestro y cínico Comediante…—, en su afán por recomponer la justicia del mundo, y en su situación de perdedores, tenían mucho que ver con el hidalgo manchego.

Tal vez su empeño en ser dibujante de cómics, pese a lo arduos que resultaban sus esfuerzos, se relacionase también con los empeños quijotescos, por la desproporción entre sus verdaderas capacidades y las dimensiones y requisitos de la realidad.

 

 

 

A lo largo de la adolescencia, su padre le interpelaba muchas veces sobre lo que iba a hacer cuando terminase el bachillerato. Él respondía que no lo sabía aún, que lo estaba pensando. «Si haces Filosofía y Letras, a lo mejor me heredas también en eso», le decía su padre con aire jocoso. Pero Rai sentía hacia la filosofía una aversión instintiva.

—Voy a ser dibujante —contestó por fin.

Sus padres lo habían mirado con una sorpresa en la que no había complacencia alguna.

—¿Qué quieres decir? —preguntó su padre.

—Que quiero ser dibujante, como Hugo Pratt, o Dave Gibbons, o Joe Sacco, o Art Spiegelman, o Neil Gaiman…

—¿Y quiénes son esos?

—Son los que dibujan los cómics que le tienen sorbido el seso —explicó su madre, con serenidad entre resignada y divertida.

—¿Dibujante de tebeos? ¿Estás chiflado?

En el rostro de su padre se desveló una expresión atónita y su asombro retrasó unos instantes su argumentación, en la que procuró moderar la expresión de su sorpresa.

—Pero Raimundo, hijo, ¿no te parece que esa es una profesión demasiado rara?

—Será todo lo rara que queráis, pero hay muchísima gente que los lee.

 

 

 

Aquella primera manifestación de sus intereses vocacionales había causado consternación en sus padres. Poco después su madre, conciliadora, afectuosa, habló con él a solas y le dijo que el dibujo no era precisamente lo que mejor se le daba.

—Los dibujos de cómic no tienen por qué ser académicos. En este campo hay muchísima libertad —alegó Rai.

Por fin su padre utilizó sus influencias universitarias para conseguir que ingresase en Bellas Artes, pero antes de que terminase el primer semestre Rai ya había comprendido que en aquel campo no tenía nada que hacer. Claro que poseía cierta disposición caricaturesca, pero allí la gente dibujaba de verdad, y además estaba interesada en la pintura, con sus técnicas, pigmentos, soportes… Querían ser pintores, conocer los procedimientos del grabado, incluso las posibilidades de la expresión pictórica cibernética. Allí, el mundo del cómic era un aspecto marginal, pintoresco.

 

 

 

Un día se lo confesó a su amigo Tino, que había empezado a estudiar Derecho. Habían quedado en un bar frente al Retiro. Comenzaban a templarse las jornadas y la cercanía de la primavera había puesto en su ánimo una disposición agridulce, menos de renovación que de acabamiento. Ambos estaban delante de la barra, frente a un gran espejo que, flanqueado por columnas de botellas, reflejaba la sala y sus ventanales, y detrás la arboleda en cuyas ramas despuntaban ya los primeros brotes.

Rai encontró su imagen en el espejo y miró como a un extraño a aquel tipo del azogue que tenía sus rasgos: acaso fue entonces la primera vez que vislumbró lo que había de petulante y vanidoso en su personalidad.

Traicionando su habitual reserva en lo que afectaba a sus problemas personales, le contó a Tino su desánimo, porque no había nada en aquella carrera que le interesase y, además, él no tenía verdadera habilidad para dibujar y pintar.

 

 

 

 

—Estoy jodido. Tendrías que ver cómo dibuja la gente. Me he equivocado del todo.

—Es que para dibujar cómics no necesitas estudiar Bellas Artes, tío, ¿por qué te apuntaste a eso?

Rai dijo la verdad, que sus padres querían que hiciese una carrera. Que su padre lo quería meter en Filosofía y Letras, nada menos, y su madre en Filología Clásica, si pudiese. Pero si no estudiaba una carrera, ¿qué hacía? En su casa no lo iban a aguantar.

Ahora piensa que Doña Oliva nunca estudió, pese a ser tan sabia, y le parece grotesco que su madre alardee de ello como un mérito de su heroína, y que sin embargo no hubiese podido aceptar que él tuviera la misma carencia.

—Pues estudia Derecho, como yo —le aconsejó Tino—. La carrera es fácil y tiene muchas salidas, como han dicho siempre. Además, estudiando Derecho puedes dibujar cómics, hacer teatro, escribir poesía y hasta tocar en una banda. Anímate y el curso que viene te matriculas. Venga, Rai, así nos veremos más a menudo.

 

 

 

A los ojos familiares, Rai continuó sus estudios de Bellas Artes. Como era de natural retraído, a sus padres no les extrañó que hablase tan poco de sus trabajos académicos, o que contestase de forma tan escueta o evasiva cuando le preguntaban algo.

Su hermana Yolanda, que había empezado a estudiar Veterinaria tres años antes y con la que siempre se había llevado mal, a veces le decía, insidiosa: «¿Seguro que estás yendo a la escuela? Pues qué limpito eres, nunca se te nota ni un resto de pintura», pero no lo comentaba en presencia de los padres. Y lo cierto es que Rai apenas iba a otras clases que las de dibujo, pues a pesar de todo le seguían interesando, y se sentía tan a disgusto consigo mismo que durante aquella temporada ni siquiera dibujó las viñetas privadas que, como una especie de diario, tanto lo confortan.

El curso terminó para él de forma catastrófica y la noticia de su fracaso apesadumbró a sus padres.

—Lo voy a dejar —dijo, aprovechando la desolación familiar para que la noticia encontrase una acogida paradójicamente inerme.

—¿Que lo vas a dejar? ¿Y qué vas a hacer?

Las miradas de oscura perplejidad lo empujaron a unas explicaciones mucho más prolijas de lo acostumbrado en su expresividad oral.

—Tino Herrero está estudiando Derecho, me ha explicado en qué consiste y parece interesante: la Constitución, la Historia del Derecho, el Derecho Romano… Porque además no me impedirá seguir con lo del cómic. Bellas Artes es para pintores y gente por el estilo, pero yo no quiero ser pintor, ni diseñador, ni nada que tenga que ver con el patrimonio cultural. Y con la licenciatura de Derecho puedes hacer cantidad de cosas, oposiciones y así…

Sus padres lo asumieron como algo inevitable y a Berta no le quedó ningún resquemor, pero Raimundo padre disminuyó aún más su relación verbal con aquel hijo y, aparte de mirarlo con ojos huraños, le dijo a Berta, como Rai pudo oír, que no pensaba darle ni un céntimo y que aquel chico era «un completo irresponsable».

—Cada uno tiene que encontrar su camino —repuso Berta—, y hay a quien le cuesta mucho.

Fue un verano raro, lleno de contrastes. Por un lado era evidente que a su padre no le agradaba su compañía, y aunque su madre nunca dejó de tratarlo con cariño, él procuró alejarse de la familia e hizo con los amigos algunos viajes, discreta y modestamente financiados por su madre, aunque sentía aquel apartamiento físico de los suyos como una especie de exilio. Sin embargo los cambios de espacio, el estío luminoso y cálido, el multitudinario júbilo nocturno propiciaron los encuentros carnales con varias chicas y descubrió que, en ese campo, tenía unas facultades que superaban con mucho sus habilidades como dibujante.

Cuando regresó a casa, supo que su decisión de estudiar Derecho había sido aceptada por su padre con resignación y por su madre con esperanza. Se matriculó, comenzó los estudios.

Y le fue mejor.