En la tranquila penumbra de la cabina, Rai ve acercarse una figura que le recuerda a alguien familiar. Cuando apenas le quedan un par de metros para estar junto a él, identifica en el bulto a su abuelo, tal como era en los últimos años: el escaso pelo blanco, las barbas también blancas y ralas, tan agrestes, el cuerpo encorvado. El abuelo lo mira con fijeza y, apoyándose con la mano derecha en el bastón y con la izquierda en el respaldo del asiento anterior, le habla con gestos enfáticos, sin duda con la vehemencia que fue característica suya hasta los últimos momentos de su vida, pero Rai no es capaz de oír otra cosa que el suave zumbido del motor.
«Son los sueños», piensa enseguida, mientras el cuerpo del abuelo es atravesado y disuelto por el de una azafata que recorre el pasillo con una bandeja.
Se trata de esos sueños que nadie puede prever ni controlar. Acaso la imagen soñada del abuelo ha llegado hasta él en este momento porque, antes de quedarse dormido, estaba recordando aquellos tiempos azarosos del arranque de sus estudios, el fracaso en Bellas Artes, «el curso desperdiciado» que su padre recordaba a veces inclemente. Recuerdos que tienen todos el saborcillo ácido de las cosas que no se vivieron a gusto, regurgitaciones rancias de tiempo perdido.
Por entonces todavía vivían sus abuelos maternos. También los paternos, aunque la lejanía de su residencia impedía que tuviese con ellos una familiaridad que era especial con el abuelo Antonio, cuya réplica le ha hecho atisbar su sueño.
El abuelo Antonio había sido el personaje más curioso de toda la familia y, en materia de estudios, jamás le había hecho ningún reproche, sino todo lo contrario: cuando Rai le informó de que iba a estudiar Bellas Artes, aunque en casa dijesen que dibujaba muy mal, no lo desanimó:
—La destreza no es sinónimo de talento. Hay estupendos dibujantes que solamente han hecho cursiladas, y magníficos pintores que, faltos de imaginación creativa, se conforman con representar la realidad como en fotografías…
Al producirse su fracaso, que tanto había entristecido a sus padres, tampoco lo desalentó:
—No está mal tener experiencias torcidas, chico, sobre todo si te enseñan algo sobre tus posibilidades y tus limitaciones. Lo importante es eso, que aprendas algo a partir de ello.
Le había contado entonces que quería estudiar Derecho y el abuelo repuso que hiciese lo que le diese la gana:
—Es tu vida y has tenido la suerte de nacer en una familia que podrá cuidar de ti, por lo menos hasta que hayas orientado tu futuro. Haz lo que quieras. Pero, ojo, procura hallar un camino en el que te encuentres cómodo. El tiempo pasa muy deprisa.
El abuelo, hijo de labradores y sin duda muy listo, gracias a un tío cura había estudiado un peritaje, ya no recuerda Rai si industrial o agrícola, y había trabajado en alguna institución pública, aunque su principal interés había estado en la invención de ciertas máquinas. A veces recordaba su mejor invento, un pequeño motor de explosión para extracción de agua cuyo funcionamiento explicaba con regodeo, porque se sentía muy orgulloso de él.
—¿Y por qué no lo patentaste? —le preguntó Rai cuando ya tuvo conocimientos suficientes como para comprender el alcance de la invención.
El abuelo se encogió de hombros y tardaría mucho tiempo en dar respuesta a aquella pregunta.
Según él mismo contaba, había seguido teniendo ideas, pero ninguna que pudiese ser tan lucrativa como aquella, aunque durante los últimos años de su vida se había dedicado a imaginar ciertas mejoras en la tracción de las bicicletas que nunca consiguió acabar de plasmar en un diseño concreto.
El padre de Rai no congeniaba con el abuelo Antonio, entre otras cosas por las ideas religiosas de este. Raimundo padre era creyente, aunque no cumpliese demasiado con los rituales; sin embargo, el abuelo Antonio era un acerbo crítico de todas las religiones, lo que no impedía que las considerase inevitables:
—Desde el momento en que nacimos como especie, es decir, desde que tuvimos eso que se llama «pensamiento simbólico», era lógico que acabásemos inventando un trasmundo, ese Más Allá donde se encuentran la eterna felicidad o el eterno castigo. Qué cómodo: así la miseria, la guerra, la crueldad con los demás, la explotación son solamente malos tragos de este pasajero valle de lágrimas…
A veces era implacable crítico de lo religioso:
—La invención de ese Dios único y eterno es lo más negativo que nos pudo pasar, aunque como digo era inevitable. Por otra parte, las religiones no han conseguido quitarnos de verdad lo peor que tenemos, el egoísmo, la avaricia, la insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Somos un bicho raro, una especie pasajera, pues hasta nos estamos cargando el mundo en el que vivimos. Es una pena que no haya esa eternidad que los curas predican, y que en ella la gente dañina tuviese realmente el castigo que merece.
En cierta ocasión, reunidos a comer muchos miembros de la familia para celebrar el cumpleaños de la abuela, en los postres se hicieron comentarios sobre ciertos atentados islamistas, y el primo Leoncio aseguró que el islamismo era el fanatismo más peligroso, pero el abuelo replicó, tajante, que todas las religiones, y sobre todo las monoteístas, llevaban en sí mismas lo que llamó «el virus del fanatismo»:
—Los judíos hicieron matar a Jesucristo por hereje, como los cristianos incendiaron la biblioteca de Alejandría para hacer desaparecer la información que pudiese contradecirlos, o los islamistas volaron las Torres Gemelas para castigar a los infieles. En verdad os digo que no hay religión buena, y menos si es monoteísta. De tener que creer en algún dios, yo solo creería en Palas Atenea.
Raimundo padre se indignó con aquellas afirmaciones del abuelo Antonio: el monoteísmo había supuesto, sin duda, un avance frente a la multiplicidad pintoresca y extravagante de dioses, y el cristianismo, un paso decisivo hacia la igualdad democrática de los seres humanos, argumentaba.
—¿Con eso de la igualdad democrática te refieres a la maravillosa influencia del papado y de la Santa Madre Iglesia en la vida de la gente común?
El caso fue que el almuerzo acabó con los concurrentes muy tensos por culpa de la discusión, y el desacuerdo de Raimundo padre con el abuelo Antonio fue tal que, a partir de entonces, pasaban largas temporadas sin verse y, cuando se encontraban, en alguna reunión familiar motivada por los festejos navideños u otra celebración, nunca hablaban entre ellos.
Sin embargo, desde que fue capaz de moverse solo por la ciudad, Rai nunca dejó de visitar al abuelo por lo menos una vez a la semana, y ante aquel hombre que manifestaba ideas tan alejadas de lo que opinaba la gente habitual se sentía libre para hablar sin reparos ni temor, y le contaba todo lo que se le ocurría, desde los primeros contactos con chicas que iban más allá de la mera niñería hasta las cosas que llamaban su atención en los sucesos de la realidad o, más tarde, en las asignaturas de la carrera.
El mundo del derecho público le había interesado, sobre todo por las inesperadas implicaciones que podía tener en la vida de la gente, pero más adelante encontró un sorprendente atractivo en todo lo relacionado con el espacio de los contratos, un curioso juego donde las reglas eran lo suficientemente escurridizas como para permitir curiosas manipulaciones.
Cuando Tino, Romano y él empezaron a realizar aquella página con viñetas de cómic acerca de un héroe volador —Superjur, nombre formado con un prefijo clásico en el género y las primeras letras de «jurista»—, que luego repartían por lo que quisiesen darles en el bar de la facultad, el primer juez era el abuelo Antonio, y por lo general le parecían divertidas.
—Ojalá los Superjures que vuelan sobre nosotros fueran de verdad justicieros —decía.
Las historietas las imaginaba Tino, aunque los tres ponían cada uno algo de su parte, y los dibujos los hacían entre Romano y Rai.
La verdad es que Romano tenía mucha más habilidad que él, y cuando se trasladó a la Universidad Carlos III —por decisión de su padre— dejaron de sacar la doble hoja que antes distribuían cada quince días y que era acogida con curiosidad regocijada por bastantes compañeros.
Para Tino y él, Superjur había tenido su último vuelo…
Sin embargo, con el tiempo sabrían que Romano había reemprendido por su cuenta la tarea de hacer cómics en su nueva universidad y que Superjur seguía vivo y volador, y además en la red cibernética, lo que les pareció muy mal, sobre todo a Rai.
—¿No te parece un robo?
El abuelo esperó unos momentos antes de echarse a reír.
—Vamos, Rai, no te disgustes. El robo es la más segura y constante empresa humana. A todos nos están robando siempre algo, en el cálculo de los impuestos, en los precios de las cosas que no tenemos más remedio que consumir, la luz, el agua, el gas, la comida… ¿Tú te crees que si el robo no fuese algo institucional habría en el mundo tantos millones de pobres por cada millonario?
—Es que no hay derecho. Lo imaginamos los tres juntos…
El abuelo se lo quedó mirando sin perder el aire de guasa.
—Una suplantación. Este mundo está lleno de ladrones y suplantadores…
Entonces le contó la historia de aquel motorcito extractor de agua que nunca le había contado. Aunque la idea había sido suya, lo había diseñado junto a un compañero de trabajo «que dibujaba mucho mejor que yo», dijo, guiñándole un ojo como muestra de solidaridad en sus esfuerzos con el lapicero. Pero todo aquel trabajo fue infructuoso, porque el compañero, cuando todo estuvo listo, registró el invento a su exclusivo nombre.
—No te puedes fiar de nadie, Rai. Patentó el motor, acabó encontrando quien le financiase la fabricación y se hizo de oro, porque tras el motorcito, la empresa que creó fue diseñando motocultores, cortacéspedes, ni te imaginas… Todavía siguen en el mercado… Y yo entonces no pude hacer nada más que echarle en cara su robo. No iba a matarlo. Tuve que aguantarme, como ahora vosotros.
El abuelo se iba haciendo mayor, pero no lo parecía. El contraste era grande, pues la abuela fue enmudeciendo, se volvió más triste de lo que era, perdió por fin la cabeza, cogió una enfermedad que la mantuvo en cama durante casi un año hasta que murió, mas esa muerte apenas significó para Rai otra cosa que el poder contemplar de cerca un cadáver y asistir con curiosidad a los ritos que anteceden a su entierro, en este caso tras la cremación de los restos. Sin embargo, la muerte del abuelo, un infarto que se lo llevó de forma inesperada, le había traído una convulsión interna y una amargura que nunca antes había podido imaginar.
Por fin el avión se acerca a Barajas. Ya todas las ventanillas están descubiertas y la luz de la mañana le da a la gruta su verdadero aspecto de cabina. Luego, la espera de las maletas le depara a Rai una sorpresa. Ve que don Anselmo, junto a la cinta transportadora, le hace una seña pidiéndole que se acerque. Y cuando está junto a él lo sorprende con un apretón de manos:
—Aunque la cosa no saliese como esperábamos, el informe ha estado muy bien, Ríos. De todas formas, la pelea no ha hecho más que empezar. Hasta pronto.
A veces la realidad es tan pasmosa como los sueños, aunque menos evanescente. Cuando recoge su maleta Rai se siente algo mejor, porque el halago profesional ayuda a paliar los sinsabores de los otros malos recuerdos. Luego, el regreso a la ciudad habitual lo hace separarse de las obsesiones que han marcado el largo viaje, y al llegar a casa encuentra a su madre sentada ante el escritorio, entretenida en su labor. Se besan y ella pregunta por las circunstancias del gran retraso, que Rai le había anunciado.
—Ahora te cuento. Voy a ponerme cómodo.
Lisi, la gata, se ha acercado a él y se frota contra sus piernas. Rai la coge en brazos, complacido de ese ronroneo que es una señal del hogar.
—¿Y Marina?
—Hoy no va a venir a comer a casa, come con sus editores.
—Os he traído unas molas de los indios gunas, a ver si os gustan —dice Rai.
Berta las mira y selecciona tres.
—Estas son para mí, para Yolanda y para Marina…
Con la gata en brazos, Rai se encamina a la cocina, donde se encuentra Clara, para saludarla y entregarle la suya.
—Un regalito panameño —dice.
Clara se muestra encantada.
—Se llaman molas. Las hacen unos indios con telas superpuestas —explica Rai.
—Es precioso —dice Clara y lo besa con cariño.
Parece que el regalo le concede a Clara un momento de alegría en la oscura y continua congoja que siente: por el paro, al parecer irremediable, del marido, y por los interminables esfuerzos de su hija Almudena, bióloga, para encontrar trabajo.
El ámbito extraño, grutesco, del avión, ha sido sustituido por el espacio de la costumbre, de la vida de cada día. Ahora los motores son otros, otras las turbulencias, pero con los pies sobre la tierra, como es natural en casi todos los mamíferos. Y Rai siente desvanecerse dentro de sí el desasosiego principal que tanto lo inquietó durante las últimas horas.