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El lunes por la tarde Marc fue a la cafetería Brasilia, donde trabajaba Raúl, el camarero con quien había salido Martina Reig. El local estaba a dos calles del colegio. A la salida de clase quedaba tomado por adolescentes.

Quería observar primero el ambiente del local y abordar después a Raúl para hablar de Martina. Lo reconoció al entrar. Rubio, atlético, con unos tejanos rotos de marca y una camiseta gris ajustada, les tomaba nota a un grupito de tres chicas; su cercanía hacía las risas más estridentes, más deseosas de atención. Si estaba entristecido por la muerte de Martina, no lo mostraba. Marc se sentó a una mesa próxima a la larga barra sin taburetes. Nadie le prestó atención, no era uno de esos bares donde todos se conocen. «¿Qué te trae por aquí, forastero?»

Detrás de la barra, una voluminosa mujer en la cincuentena. Blusa con enormes flores amarillas, pelo color cereza, párpados turquesa y grandes aros en las orejas, una matrona almodovariana.

Tieta Rosario. —Una de las chicas se acercó.

—¿Qué te pongo, reina?

—Dos magdalenas de chocolate.

—Toma, corazong.

La ge que quedó colgada de la última sílaba hizo reír a la chica, que le respondió:

—Gracias, corazonggg.

El camarero dejó la nota sobre la barra mientras recitaba el contenido.

—Te llaman de la doce y después tienes a ese chico. —La mujer lo señaló a él.

Con una palmada, el camarero instó a la nota a quedarse quieta.

Antes de que Raúl acudiera a su mesa, entró en el bar una chica con una larga melena castaña. Llevaba un anorak corto, cerrado a la altura de la cintura para dejar a la vista los pantalones de cuero ajustados en los que iba enfundada. Cruzó el local y fue directamente hacia los servicios. Las dos puertas estaban al fondo, separadas por una mampara con grandes flores pintadas. El camarero la siguió con la mirada, observó a la dueña que estaba de espaldas preparando cafés y aprovechó la ocasión para desaparecer un momento. Desde donde estaba, Marc pudo ver que se metía en el lavabo de señoras, donde no se demoró demasiado tiempo. Pero su repentina desaparición, unida a las miradas de rencor que apreció en el grupito de la mesa bastaron para que entendiera que lo que le había contado la amiga de Martina era cierto, Raúl estaba saliendo con otra.

Marc no se consideraba una persona intuitiva y solía ceñirse a los planes de trabajo fijados, pero cuando Raúl se acercó por fin a tomarle el pedido, algo lo frenó, se limitó a pedirle un café con leche; después cogió el periódico que siempre llevaba consigo para esos momentos.

La chica salió poco después del lavabo. Se acercó a la barra.

—¿Qué te pongo, Berta?

—Una caña.

Entonces Berta se sentó con otra chica que ya ocupaba una mesa, varias veces intercambió miradas con el camarero, pero no se hablaron ni se rozaron siquiera.

Tal vez Martina había descubierto que Raúl también tenía una relación con esa chica, Berta. Era doloroso, sí, el primer gran desengaño amoroso. Pero ¿motivo para suicidarse?

Marc observó con discreción el local, la gente que entraba y salía, los movimientos de los clientes. Una hora más tarde miró el reloj, pagó y se marchó. Aparte de ese flirteo secreto, no detectó nada extraordinario. Pero allí había algo que lo desasosegaba. Echó un último vistazo al local. Nada a simple vista que justificara esa impresión.

Regresó al día siguiente a dos horas diferentes. Tuvo suerte y pudo sentarse las dos veces en la misma mesa cerca de la barra y observar en las mismas condiciones, mientras fingía estar leyendo un periódico.

Solo por la tarde salió con la sensación inquietante del día anterior, lo que podía significar que tenía que ver con la presencia de los alumnos del colegio, si bien no se explicaba la razón.

Mientras entraba en el coche se dijo que, si no se trataba de algo visible, tal vez el problema era de canal, que quizás su oído estaba captando algo sin ser consciente de ello. Tenía que volver y prestar atención de nuevo. Por si acaso, lo grabaría también.