CAPÍTULO 9

La realidad después de la mentira.

 

 

 

 

 

Al acabar con su relato, Matilde volvió a derrumbarse tapando su cara con un trapo, rota en un llanto amargo y ahogado. Diego atendió cada palabra sin llegar a asimilar lo que había oído. Se quedó helado, sin poder creerse que fuera cierto. Él sabía que su encuentro con Iván no había sido casual y que había una conexión entre ellos especial, pero nunca habría imaginado aquello, o al menos no lo había querido imaginar. Estaba tan asombrado, que no le salían las lágrimas y su nudo interior, lejos de soltarse, se apretó más. Miró alrededor, como si hubiera estado viviendo una mentira o una película en la que esa casa había sido un falso decorado. No podía reaccionar, no podía hablar, no podía creérselo, pero todo cuadraba y la historia de su abuela, bueno, de Matilde, la mujer que lo había criado, dolía y mucho.

Se puso en pie. Empezaba a faltarle el aire y la cocina se le hacía cada vez más pequeña, así que fue hacia la puerta y salió a la calle, donde al darle el aire fresco miró al cielo y fue consciente de que lo había estado mirando desde un lugar equivocado, que no le pertenecía, y que había estado ligado a un lugar donde creía haber tenido raíces, pero que habría sido muy diferente si al nacer no lo hubieran vendido como carne en un mercado. Todo lo que había creído y vivido era falso y no sabía cómo reaccionar con Matilde, la persona que cometió el error de arrebatarle su verdadera existencia, pero que a la vez lo había querido y criado como si hubiera tenido su propia sangre.

Ese pueblo que sentía como parte de él, que veneraba y al que soñaba con volver, no era suyo en realidad. Era como si de repente no perteneciera a ninguna parte, como si no fuese nadie. Todo de repente era una mentira y se veía dentro de una pesadilla demasiado real. Jamás habría imaginado nada parecido. Hasta entonces había sido feliz con lo que le había tocado vivir, pero ya no sabía si esa felicidad era de verdad, puesto que en realidad debería haber vivido de una forma muy diferente, con otra familia, con su familia.

No sabía qué pensar ni qué decirle a Matilde. La seguía viendo como su abuela y la quería como tal, pero esa historia cambiaba todo lo que había entre ellos dos y ya no sabía qué iba a ser de él a partir de ese momento. Después de saber una verdad que no podía asimilar, ¿seguiría viviendo como el nieto de Matilde, o debería de reencontrarse con su verdadera familia? Había pasado de un momento a otro a tener dos padres y un hermano gemelo. Aprendió a vivir sin nada de eso y resulta que lo tenía y podía haber vivido junto a ellos, sabiendo lo que es sentirse querido por una madre, teniendo el abrazo de un padre, el apoyo de un hermano…

Miró hacia el interior de la casa y fue consciente de que dentro había una persona que, pese a lo que había hecho, estaba sufriendo y a quien quería con todas sus fuerzas. No sabía qué hacer, solo que quería llorar, gritarle al cielo, salir corriendo o despertarse y ver que todo había sido un mal sueño y que las cosas seguían siendo como siempre.

No quería volver a Madrid. Lo que de verdad quería era quedarse allí para siempre y estar protegido por un lugar que lo había hecho ser quien era, aunque de repente tuviera que enfrentarse a la posibilidad de no saber quién era.

Volvió a entrar en la casa y al pasar a la cocina encontró a Matilde como la había dejado, envuelta en lágrimas con la cara tapada. Estaba pagando por un error y lo primero que pensó era que ella no tenía a nadie que la apoyara si no lo hacía él. Por su cabeza no podía aún plantearse la idea del perdón, ya que aún no era consciente de lo que había pasado, pero al ver a esa mujer, tan vulnerable e indefensa, solo pudo hacer una cosa.

Se acercó a ella y, agachándose a su lado, la abrazó deshaciéndose en lágrimas igual que ella, como si el destino le hubiera jugado una mala pasada a los dos, no solo a él. Quería odiarla por lo que le había hecho, o por habérselo contado, pero no podía. Para él era su abuela y no estaba preparado para que dejara de serlo.

Al tenerla en sus brazos, toda su vida pasó por delante de sus ojos, experiencias, aciertos, errores… No entendía nada y de repente dejó de estar en condiciones de diferenciar la realidad de la mentira. Se volvió a poner en pie y se llevó ambas manos a la cabeza.

—Ahora mismo necesito estar solo —dijo mirando hacia el techo.

—He vivido toda la vida con esta culpa —se defendió ella desesperada—. No sé cuál va a ser el precio que voy a pagar, pero después de pensarlo mucho, me he dado cuenta de que merecías saberlo.

Diego negó con la cabeza y se fue a su habitación. Al entrar en ella volvieron a saltar preguntas en su cabeza. ¿Era esa su habitación, o la de un bebé muerto que no llegó a vivir allí? ¿Cuál era de verdad su habitación y cómo habría sido compartirla con su hermano gemelo? Quiso cogerlo todo y tirarlo contra la pared, romper las cosas que deberían haber pertenecido a otro y, sobre todo, quiso desaparecer. Había sido feliz entre esas cuatro paredes, mirando por aquella ventana, pero esos recuerdos ahora le dolían. Esa no era su casa, ese no era su pueblo y aquella mujer no era su abuela. ¿Qué hacía allí? ¿Qué tenía que hacer?

Una angustia en el estómago le hizo salir corriendo otra vez, ir al baño y vomitar en la taza. No solo echó la cena, sino que toda su vida salió por su boca haciéndole daño con cada convulsión. Al terminar se dejó caer en el suelo y lloró. Las lágrimas ya estaban preparadas para salir y dejó que se escaparan de él hasta que no le quedaron más. Necesitaba que todo fuera mentira y salir de ese baño para que su vida volviera a ser lo que era, pero si había una cosa que sabía, era que después de aquella noche, nada volvería a ser igual.

Se incorporó intentando recobrar el aliento. Existía un lugar que podía hacerlo sentir mejor y que en Madrid había echado de menos, pero ahora estaba muy cerca de su rincón. Levantándose, cerró los ojos para calmarse un poco y, como si otra persona llevara su cuerpo, salió de la casa y se introdujo entre los callejones del pueblo, entre la oscuridad de la noche, hasta salir de allí y encontrarse en el único sitio que lo comprendía y siempre lo había escuchado. La luz de la luna era su iluminación y la única que necesitaba. El ruido del agua corriendo le trajo tantos recuerdos de sentimientos que había dejado allí, que se estremeció hasta el punto de caer de rodillas a la orilla del río y mirar el reflejo de la luna como si lo estuviera hablando y le contase que todo iba a ir bien, que no se preocupara. En silencio preguntó quién era en realidad y el agua le respondió que él era Diego, el único dueño de su vida y de su destino y el único que podía decidir qué hacer después de aquella noche que marcaría un antes y un después en toda su existencia.

Estaba rabioso y enfadado con su abuela. En ese momento se propuso no volver a verla nunca más, volver a Madrid y vivir su vida como si siempre hubiese estado solo. Se tenía a sí mismo y no necesitaba a nadie más para seguir adelante. Puede que tuviese que renunciar a su carrera para ponerse a trabajar a jornada completa y empezar de cero, puesto que ya no iba a aceptar el dinero de su abuela, o quien quiera que fuera esa mujer. De todas formas, ¿para qué quería esa carrera si ya no tenía sentido volver a un pueblo que había dejado de ser el suyo?

Le dolía tanto la cabeza, que no podía pensar con claridad. Todo se mezclaba en su mente y le hacía opinar cosas diferentes a cada segundo, así que se apoyó en un árbol, cerró los ojos y dejó que el sonido del agua intentara relajarlo o al menos acompañarlo en una locura que estaba a punto de apoderarse de él. Una lágrima volvió a caer por su rostro y tuvo clara una cosa: ese era el único sito en el que podía sentirse en paz.

Dejó que los minutos pasaran, las horas… Su vida también pasó una vez más preguntándose con cada recuerdo qué habría sido de él si el día que nació no lo hubieran cambiado por un cadáver y se hubiera quedado con su verdadera familia. La vida de esa gente tampoco habría sido la misma. Es posible que aún no hubieran superado la muerte de uno de sus gemelos y, de haberse quedado con ellos, el destino habría sido otro muy diferente. Puede que no se hubieran ido a vivir a Madrid, o que lo hubieran hecho a otra parte. Iván, el hermano solitario, habría crecido, al igual que él, con un gemelo que habría hecho de su vida algo muy diferente, con alguien en quien confiar y en quien apoyarse.

Si se lo proponía, era probable que estuviera a tiempo de recuperar todo aquello. Como bien había intuido, las casualidades no existían y desde el principio supo que aquel chico significaba algo que iba mucho más allá de un divertido parecido físico. No, no era casualidad. Era el destino ya que, de no haber sido así, ¿por qué había ido a parar al lugar exacto en el que se movía Iván, a tantos kilómetros de donde habían nacido y donde los había separado una despiadada enfermera cuyos escrúpulos no miraban más allá que el dinero? El mundo era muy grande, pero sus caminos se habían vuelto a cruzar, como si fuese lo que tenía que ocurrir para que volvieran a estar juntos después de uno no saber que el otro existiese.

Llegó a la conclusión de que lo que tenía que hacer era llamar a Iván en cuanto llegase a Madrid y contárselo todo. Esperaba que lo creyera, puesto que parecía que aceptaba la historia que sus padres le habían contado, aunque él sabía que en el fondo Iván no se había quedado tranquilo y estaba convencido de que en su interior sabía que Diego no podía ser una coincidencia tan grande. Iván lo tenía más fácil. Él siempre había vivido con sus padres y su existencia no era una mentira.

Sin darse cuenta, el cielo empezó a clarear y el primer día del resto de su vida estaba preparado para comenzar. Después del viaje y una noche sin dormir, seguía sin poder pensar con claridad y resistiéndose a asumir lo que Matilde le había contado. Ella decía que lo mejor era que lo supiera, pero si no llega a llamarla contándole lo que había descubierto con Iván, ese secreto habría acompañado a la mujer hasta su muerte y Diego jamás habría sabido la verdad. Él podía llegar a comprender que en el momento de su robo y su venta ella cometiera el error de dejarse llevar por la desesperación y la tristeza. También podía comprender que cuando se dio cuenta de lo que había hecho fuera demasiado tarde para echarse atrás, pero lo que no llegaba a entender era que hubiera esperado tanto para contarle la verdad y lo hubiera hecho al verse contra la espada y la pared, rota por los remordimientos que recorrían su cabeza. Eso era algo que, de momento, no podía perdonar. El shock no se lo permitía y necesitaba tiempo para pensar en ello y verlo todo con más realismo y frialdad.

El momento de regresar a Madrid había llegado y esa era la única realidad de la que estaba seguro. De momento lo único que podía hacer era seguir con sus planes, trabajar, preparar el comienzo del curso y ver cómo iban transcurriendo las cosas.

Se puso en pie notando agarrotados cada músculo de su cuerpo y, después de estirarse, comenzó a caminar con unos pasos pesados que le recordaban que llevaba sin descansar muchas horas y, sobre todo, que le esperaba por delante otro viaje que lo dejaría todavía más cansado. No quería ni imaginarse cómo iba a ser su tarde en el trabajo. Podía decir que no se encontraba bien y no ir, pero eso solo haría que tuviese más tiempo para pensar encerrado es su habitación. Necesitaba mantenerse ocupado hasta que su cerebro hubiera asimilado todo lo que acababa de descubrir.

De camino a la carretera para esperar al autobús pasó pode delante de la casa de su abuela, el falso hogar que lo había acogido durante los dieciocho años de su vida. Se detuvo mirando hacia la puerta y por un momento dudó entre entrar o no, pero decidió no hacerlo. No podía volver a entrar allí y no sabía cómo iba a reaccionar al ver a Matilde. Todas sus cosas estaban allí dentro, pero si iba a empezar una nueva vida desde cero, aquello debía quedar atrás. Su pequeño mundo había dejado de existir y otro comenzaba. Debía seguir adelante y tener paso firme, por mucho que le temblaran las piernas.

Mientras esperaba al autobús, la confusión de su mente fue dejando paso a la tristeza porque, aunque nada le hacía pensar que no fuese a volver, irse de allí ese día fue como dejar atrás para siempre algo que le había hecho feliz, con el sentido de un camino que de repente tenía varias desviaciones. Se iba con el corazón roto y con unas heridas en su alma que tardarían en cicatrizar, si es que alguna vez llegaban a hacerlo.

Ver llegar al autobús fue más doloroso aún. Era la confirmación de que se iba y que dejaba allí a una mujer que también se quedaba destrozada y le había hecho tener sentimientos encontrados. Por una parte quería ir y estar con ella, apoyarla y volver a abrazarla para seguir llevando la vida de siempre, rechazando la realidad y quedándose a su lado, y por otra parte quería odiarla con todas sus fuerzas, porque por mucho que en su momento se hubiera dejado llevar por la muerte de su hija y su nieto, nadie tenía derecho a hacerle lo que le habían hecho y Matilde debió de asumir que su descendencia había muerto y que se quedaba sola. Siempre había pensado que cada uno tenía que aceptar lo que le había tocado y él se veía en esa situación porque su abuela en su día no quiso aceptar su destino. ¿Cuál era ahora el de Diego? ¿Cómo iba a vivir a partir de ese día?

Se iba a Madrid sin saber qué iba a pasar y eso le daba un miedo atroz. No era tan fuerte como para enfrentarse a todo lo que le esperaba. Podía ocurrir cualquier cosa y nadie lo había preparado para ello. Jamás podría haberse imaginado que las cosas se fueran a complicar tanto. Todo había sido demasiado sencillo y desde el momento en que puso un pie en el autobús, se abrió una puerta a la incertidumbre que no le quedaba más remedio que traspasar.

 

El viaje más largo de su vida fue duro, pesado y lleno de momentos confusos en su mente. Estaba tan cansado y tan saturado, que por momentos no fue consciente de nada de lo que estaba ocurriendo. No se durmió, porque su cabeza no le dejaba, pero su mente se evadió de su cuerpo al no poder resistir esa guerra que se estaba llevando a cabo dentro de él.

Llegar a Madrid fue como hacerlo por primera vez. Los miedos que tuvo en el primer viaje volvieron más grandes aún y, lo peor de todo, lo que quedaba de día iba a ser más duro aún. Se bajó en Avenida América y su cuerpo pesaba tres veces más de lo normal. No estaba seguro de tener fuerzas para hacer nada, pero tenía que trabajar. Eran las tres de la tarde y en solo dos horas debía estar en la librería.

Lo único que le hizo sentir mejor y tener un poco de esperanza fue la sorpresa de ver allí a Sergio, que había ido a esperarlo, sabiendo a la hora que llegaba. Al verlo sintió que se reunía con su verdadera familia, la única que tenía en ese momento, y fue cuando se derrumbó. Su amigo no sabía nada de lo que había ocurrido en el viaje de Diego, aunque sabía que había sido importante, porque él también pensaba que había algo más entre su amigo e Iván a parte de un parecido físico.

Al verlo, Diego corrió hacia él y lo abrazó envuelto en lágrimas. Sergio no preguntó. Se limitó a devolverle el abrazo y darle el apoyo que le estaba pidiendo en silencio. La gente allí los miraba, pero les dio igual. El llanto desconsolado de Diego fue lo único que tuvo en ese momento y dejó que saliera de él hasta que el propio cansancio fue ahuyentando a la angustia y tuvo que pararse a respirar.

—No voy a decirte nada hasta que tú no quieras hablar —dijo Sergio separándose de Diego y sacando fuerza para no llorar también. Debía permanecer firme para poder apoyar a su amigo, el cual asintió con la cabeza con los últimos coletazos del llanto—. Te he traído un bocadillo, porque supuse que te haría falta.

Diego miró cómo sacaba algo envuelto de una bolsa. Ese acto tan simple le transmitió tanta ternura y bondad, que volvió a romperse y abrazó otra vez a Sergio.

—Gracias —gimoteó—. No puedes ni imaginar lo que ha ocurrido. Ahora mismo solo quiero desaparecer.

—No digas eso —le pidió Sergio frotándole la espalda—. Sea lo que sea, tienes que seguir adelante y hacerlo por ti mismo.

Diego soltó a Sergio y lo miró calmándose de repente.

—Tienes razón —asintió secándose las lágrimas con una mano—. Solo tengo que asimilar todo y seguir adelante.

Cogió el bocadillo, le apartó un poco el papel y le dio un mordisco. Era de tortilla de patata y eso le volvió a recordar a su abuela. Tenía que pensar en que al menos había sido feliz y que debía afrontar lo que viniera a partir de ese momento.

—Sabes que puedes contar conmigo —dijo Sergio, consiguiendo arrancarle una sonrisa—, ¿verdad?

—Es lo único que tengo claro ahora mismo —admitió Diego, saboreando el bocadillo como si fuera el manjar más suculento que hubiera probado en su vida—. Vamos a la residencia. Tengo que irme al trabajo. Te prometo que esta noche te lo cuento todo.

—Tranquilo. Cuando creas conveniente.

Se metieron en el metro y llegaron a la residencia con el tiempo justo para que Diego se diera una ducha y se fuera a trabajar a la librería. Pese a tener que ir corriendo, quiso dedicar unos minutos a dejar que el agua cayera por su cabeza como si estuviera dándole un masaje para despejarlo un poco. Intentaba mantener la mente en blanco, aunque sus heridas le recordaban en todo momento que algo dentro de él se había roto para siempre. Era el momento de demostrar que era fuerte y que podía salir adelante solo. Buscaría un lugar al que poder llamar hogar y al cual pertenecer. Ese sería su cometido. Mientras tanto, seguiría caminado encontrándose a sí mismo y asimilando la historia que le había contado Matilde.

Su jornada de trabajo en la librería fue muy dura. Estaba tan cansado, que casi no se tenía en pie y además tenía la cabeza en cualquier parte menos en lo que estaba haciendo y le resultaba imposible concentrarse en nada. Su jefe le preguntó varias veces qué le pasaba y él disimulaba diciendo que no era nada, aunque se notaba mucho que no era el de siempre, pero no podía permitir meter la pata en el trabajo. Acababa de empezar y debía demostrar que era un buen trabajador para pasar su periodo de prueba. Fueron unas cuatro horas eternas en las que no veía el momento de volver a la residencia y meterse a la cama para dormir todo lo que el cuerpo le permitiese dormir, aunque antes debía de hacer una cosa.

Nada más llegar a su habitación, donde Sergio lo esperaba para que le contara qué había pasado en el viaje para que volviera como lo hizo, buscó el papel donde tenía apuntado el número de teléfono de Iván. Tenía que llamarlo y contarle lo que había descubierto, pese a que sabía que cabía la posibilidad de que no lo creyera, pero tenía que confiar en la conexión que hubo entre ellos y en que Iván no se hubiera quedado tranquilo con tantas coincidencias. Lo que tenía en contra era la historia de sus padres. Ellos no le habían mentido a Iván al decirle que habían enterrado a su gemelo muerto, porque era lo que había sucedido, o lo que creían que había sucedido, porque el que estaba enterrado en el cementerio era el verdadero Diego.

Si ya estaba nervioso, empezó a ponerse aún más al ver que no encontraba el papel por ninguna parte, pese a que Sergio lo ayudó a buscarlo.

—Lo guardé en el bolsillo del pantalón que llevé al pueblo —dijo Diego con la prenda en la mano. Le había dado la vuelta a los bolsillos y lo sacudía esperando que el papel saltara de alguna parte—. No puedo haberlo perdido.

—¿Seguro que lo guardaste ahí?

—¡Claro! Llamé a Iván por la mañana, me lo metí en el bolsillo y después de hablar con mi abuela, me fui al pueblo. No me cambié de ropa.

—¿No lo meterías en la mochila? —preguntó Sergio cogiéndola del escritorio.

—Juraría que no —contestó Diego, cogiendo la mochila y mirando dentro una vez más. Vació su contenido sobre la mesa y allí no estaba—. Nada —dijo dejándose caer sobre la cama—. ¿Qué hago ahora? No tengo ni idea de cómo se apellida para buscarlo en la guía… Bueno… Cómo me apellido.

—¿Qué quieres decir? —quiso saber Sergio extrañado al oír el último comentario.

Diego se llevó las manos a la cabeza sintiendo el dolor que pinchaba su cerebro y no le dejaba pensar con claridad. Suspiró y se puso en pie otra vez.

—Cuando te lo cuente, no te lo vas a creer.

—¿Quieres que te invite a cenar y hablamos, o estás demasiado cansado?

—Estoy muerto —admitió Diego—, pero creo que hablar de ello me ayudará a sentirme mejor, aunque es muy importante que hable con Iván.

—Eso ahora mismo no tiene remedio.

—Lo sé —asintió Diego dejándose caer de hombros—. ¿Bajamos al comedor?

Sergio le pasó un brazo por lo hombros.

—Claro —dijo—. Piensa que, sea lo que sea, todo tiene solución y nada es tan grave.

—Cuando te lo cuente, no dirás eso, te lo aseguro.

—¿Quieres que avisemos a Sara? —propuso Sergio—. Como ella fue testigo de tu encuentro con Iván, a lo mejor quieres que también ella sepa lo que ha ocurrido y así estarás más arropado.

—Sí —accedió Diego recogiendo las cosas que había tirado y volviendo a meterlas en la mochila—. Así no tengo que contarlo dos veces.

En el fondo Sergio tenía razón. Estando Sara con ellos, no se sentiría tan solo y tener cerca gente amiga lo ayudaría. Además, entre los tres pensarían mejor en la forma de poder contactar con Iván, visto que su número de teléfono no aparecía y, como solo lo había marcado una vez, era imposible que lo recordara.

Con cuidado de no ser descubiertos, fueron a la habitación de Sara, donde por suerte estaba la chica quien, aunque ya había cenado, quiso bajar con ellos para saber qué había sucedido. Le bastó ver la cara de Diego para saber que podía ser grave y fue con ellos.

Con el cansancio y el desgaste que llevaba en el cuerpo, podría haber comido cualquier cosa que le hubieran puesto delante, pero prefirió pedirse una ensalada para no irse con el estómago demasiado lleno a la cama y dormir toda la noche de un tirón. Sus amigos se estaban mostrando muy pacientes y comprensivos con él, cosa que lo ayudó a estar más cómodo y tranquilo. Si se paraba a pensarlo, tenía suerte. No quería imaginarse cómo habría estado en ese momento si no los hubiera tenido a ellos a su lado. Ese calor le daba algo de fuerza para poder con todo el torbellino que había dentro de su cabeza.

Sergio se pidió un filete con patatas fritas y Sara un batido de fresa. Los tres sentados en la mesa eran una pequeña familia en la que se tenían los unos a los otros y lo sabían muy bien. La chica acababa de entrar para formar el triángulo, pero la aceptaban de la misma forma. Eran tres almas que se sentían solas y se necesitaban para llenar un vacío que esa ciudad tan grande había creado dentro de ellos.

Mientras removía su ensalada, pensaba en cómo empezar a contarles lo que había pasado en su viaje al pueblo. Sus amigos lo miraban esperando sin presionarlo, pero con impaciencia. El cansancio hacía que hablar fuera mucho más pesado de lo que esperaba, pero necesitaba sacarlo de dentro, así que pinchó unas hojas de lechuga, se las llevó a la boca y, mientras masticaba, dio con la forma en la que comenzar su relato:

—Ayer, cuando me fui al pueblo, iba con un presentimiento extraño y lo sabéis. El viaje se me hizo muy pesado pensando en cómo estaría mi abuela y en lo que me diría sobre mi encuentro con Iván. Al llegar me la encontré descompuesta, muy preocupada y con ganas de contarme algo.

Se detuvo para tomar aire e intentar no volver a llorar. Ya había derramado demasiadas lágrimas y era hora de dejar de llorar y enfrentarse a la realidad.

—Tranquilo, Diego —intervino Sara—. Si no puedes hablar, nos lo puedes contar mañana.

—No —dijo el chico recomponiéndose—. Quiero hacerlo ahora. —Volvió a tomar aire y continuó hablando—: Después de cenar me lo contó… Aún no me lo puedo creer. No soy el nieto de mi abuela.

—¿Cómo? —interrumpió Sergio echándose hacia atrás en su asiento—. ¿Qué quieres decir?

—Esto es muy fuerte —añadió Diego—. No sé cómo lo voy a asimilar. Mi abuela me compró el día que murió mi madre y dio a luz… a un niño muerto.

—Querrás decir que te adoptó —corrigió Sara.

—No —insistió Diego—. Me compró. Una enfermera cambió el cadáver de su verdadero nieto por uno de los gemelos que nacieron allí esa misma noche y les hizo creer a sus padres, mis padres, que uno de sus hijos había nacido muerto.

Los dos se quedaron de piedra oyéndolo, con la boca abierta y sin pestañear.

—Dos gemelos —dejó salir Sergio de su boca—. ¿Iván y tú?

—Eso me temo —contestó Diego encogiéndose de hombros—, pero si no encuentro el teléfono para llamarlo, nunca llegaré a saberlo y puede que él tampoco.

—Entonces —intentó deducir Sara—, tu abuela…

—Toda mi vida ha sido irreal —le interrumpió Diego sintiendo el dolor en cada palabra—. No puedo decir al cien por cien que Iván sea mi hermano, pero lo que sí puedo asegurar es que Matilde no es mi abuela y que tengo una familia. Todos estos años he vivido pensando que solo la tenía a ella y ahora, de repente, tengo todo un árbol genealógico.

—¿Cómo estás? —preguntó Sergio dejando su cubierto sobre la mesa.

Diego se fijó en otra mesa, donde dos chicas cenaban conversando y riéndose.

—No lo sé —reconoció—. Confundido, triste, enfadado, expectante… Tantas cosas a la vez… Lo que sí tengo claro es que no puedo quedarme así y dejarlo estar. Tengo que encontrar a mi verdadera familia y decirles que estoy vivo. Si ellos no me aceptan, seguiré con mi vida, pero al menos sabré quién soy de verdad.

¿Qué vas a hacer con tu abuela? —intervino Sara—. Bueno, la que creías que era tu abuela.

—Hay algo que no puedo negar —explicó Diego recordando tantas cosas vividas al lado de esa mujer—, y es que ella me ha criado como si de verdad fuera su nieto, que me ha querido y se ha preocupado por mí más que por ella misma. Para mí es mi abuela.

—¿Pese a lo que ha hecho? —se indignó Sergio.

—Es muy fácil juzgar —dijo Diego—. Hay veces en la vida en que hacemos cosas de las que después nos arrepentimos y ella se arrepintió, pero no había marcha atrás. Para compensarlo, me lo dio todo y fue una abuela ejemplar.

—Qué situación más difícil —opinó Sara terminándose su batido.

Diego se encogió de hombros apretando los labios.

—Por eso no sé qué hacer —reconoció.

—Yo puedo decirte que por mi parte —añadió la chica alargando una mano para que Diego la cogiera—, puedes contar conmigo para lo que necesites.

—Conmigo también —asintió Sergio con decisión, alargando otra mano.

Diego las cogió y cerró los ojos conteniendo la emoción.

—Gracias —digo con voz apagada—. Nos conocemos desde hace solo una semana, pero ahora mismo creo que no sé qué haría sin vosotros.

—Lo bueno de estar aquí —comentó Sergio—, lejos del pueblo, es que puedes pensar y tienes tiempo para decidir qué hacer. En unos días empieza el curso y eso te mantendrá ocupado.

—¿Y si nunca encuentro a Iván? —preguntó Diego, empezando otra vez a desesperarse.

—Ha aparecido una vez —le recordó Sara—. Volverá a hacerlo.

—Si no queda más remedio que ir todas las noches a bailar al Starlight hasta que lo veamos —bromeó Sergio—, yo estoy dispuesto a hacer el esfuerzo.

Los tres se rieron. Les hacía falta para desdramatizar un poco.

—No sé por qué —siguió con la broma Diego—, no me cuesta nada creerte.

Necesitaba olvidarse un poco de todo y ser un joven como los demás, que va a estudiar una carrera y pasa un buen rato con sus amigos. Era increíble cómo se había enredado todo en tan poco tiempo. Si se paraba a pensarlo, parecía que el destino había querido que quisiera estudiar esa carrera y que lo hiciera en Madrid para poder encontrar la verdad sobre lo que siempre le habían contado. Alguien debía de haber en alguna parte organizándolo todo para que aquello pareciera fruto de la casualidad y poner las cosas en su sitio.

—Ese chico aparecerá —aseguró Sara—. Estoy convencida.

—Lo que me gustaría hacer ahora es meterme a la cama —añadió Diego—, dormir muchas horas y despertarme como si esto no hubiera ocurrido. Al menos las clases empezarán pronto y estaré ocupado.

—En parte tienes razón —dijo Sergio—. Estas agotado y ahora lo que tienes que hacer es dormir un poco. Ya verás como mañana lo ves de otra forma.

—No sé de qué forma puede ver uno que toda su vida haya sido una completa farsa y que su familia no sea la que siempre ha creído —se lamentó Diego.

—Al menos no estarás tan negativo con la mente descansada —puntualizó Sergio.

—Eso es verdad —asintió Diego masajeándose el cuello. Le dolía todo el cuerpo por el cansancio y dormir por fin toda una noche era lo que necesitaba, eso contando con que pudiera, porque su mente podía jugarle una mala pasada y hacerle pasar otra noche en vela—. Debería acostarme.

Ya habían terminado de cenar y se levantaron para llevar sus platos al carro de la vajilla sucia del comedor. Diego notaba que su energía estaba llegando al final de sus existencias y que necesitaba con urgencia acostarse. Le parecía mentira que solo hubiera pasado un día y medio desde que cogió el autobús para irse al pueblo. Tenía la sensación de llevar una semana sin dormir.

Se despidieron de Sara y los dos subieron a su habitación, donde Diego fue el primero en asearse para acostarse cuanto antes.

—Yo voy a intentar ayudarte en todo lo que pueda —dijo Sergio antes de entrar al baño, mientras Diego descubría su cama para meterse dentro.

—Muchas gracias —añadió el otro—. Espero que sepas lo que valoro eso.

—Lo sé, tranquilo.

Sergio entró en el baño y al salir vio que Diego ya se había dormido. Le enterneció verlo respirando en paz y sintió compasión por todo lo que estaba pasando. Se dio cuenta de que el sufrimiento no era algo que solo le afectara a él y eso lo ayudó a pensar que lo que había vivido en su ciudad natal no era tan importante. Todo el mundo lo pasa mal a veces y esas situaciones eran las que debían de ayudarnos a ser fuertes. Diego le estaba enseñando mucho más de lo que se imaginaba y estaba en deuda con él.