CAPÍTULO 10
El espectáculo debe continuar.
Diego seguía durmiendo, pese a ser ya las once de la mañana. Sergio, sentado en su escritorio, lo miraba recapacitando con muchas de las cosas que había vivido y lo que había cambiado todo al llegar a Madrid. Se acordaba de su propia familia y pensaba en que a veces era mejor no saber de dónde venías, que saber que los de tu propia sangre te despreciaban por ser lo que eras. Ahora tenía la oportunidad de empezar de cero lejos del dolor. Ellos también se habían quitado un peso de encima mandándolo lejos. Preferían pagarle una carrera en Madrid que tener que soportar verlo todos los días en casa. Desde que sus padres se enteraron de que le gustaban los chicos, comenzó el infierno. Era lo peor que podía haberles hecho, cuando él no había pedido ser como era. La vergüenza de la familia. Por eso, cuando vio la oportunidad de irse, luchó hasta conseguirlo.
Llegar a Madrid hizo que todo eso quedará atrás. Conocer a Diego le había dado la esperanza real de que todo fuera a cambiar, hasta el punto de confundirse y creer que se había enamorado de él. Por suerte aquel beso robado no echó a perder una amistad que no había hecho más que nacer. Lo que de verdad sentía por Diego era admiración por ser la primera persona que había conocido y que lo aceptaba tal como era, sin juzgarlo. Lo veía dormir y le apetecía arroparlo, darle el calor que su verdadera familia no había podido darle todos esos años. Qué difícil podía llegar a ser la vida de las personas. Uno piensa que es feliz, que lo tiene todo y, de repente, un día se da cuenta de que no es así. Su amigo tenía que pasar por una dura prueba y ahí iba a estar él para apoyarlo en todo lo que pudiera.
Se le veía tan indefenso, tan vulnerable mientras dormía… Una persona así no merecía que le hicieran daño de aquel modo. Alguien que no ha hecho más que nacer no tiene la capacidad de defenderse ante una enfermera ladrona que por un buen puñado de billetes es capaz de arruinar la vida de cualquiera para siempre. ¿Qué habrían sentido esos padres al ver al que pensaban que era su bebé muerto? Una historia en la que todos salían perdiendo, incluso la falsa abuela que tampoco tenía que estar pasándolo nada bien y que en su día pensó que hacía lo correcto.
Cogió un libro para ponerse a leer mientras Diego dormía un poco más, cuando vio que este abrió los ojos y miraba a su alrededor como si no supiera dónde estaba, hasta que los ojos de los dos chicos se cruzaron y entonces sonrió.
—Buenos días —saludó Diego estirándose sobre la cama.
—Casi buenas tardes —puntualizó Sergio dejando el libro sobre el escritorio.
Diego se incorporó casi de un salto.
—¿Qué hora es? —preguntó—. ¿Cuánto he dormido?
—Son casi las doce menos cuarto.
—Qué barbaridad —dijo Diego frotándose la cara y poniendo los pies en el suelo—. Necesitaba dormir pero, ¿tanto?
—Seguro que después de todas estas horas de sueño te encuentras mucho mejor.
—Al menos no siento que me vaya a explotar la cabeza —explicó Diego volviendo a estirarse.
—Algo es algo —añadió Sergio sin saber muy bien qué decir.
Diego miró a ambos lados, buscando algo, y dijo:
—¿Cómo podría contactar con Iván?
Entonces Sergio frunció el ceño y se tiró al suelo, haciendo que Diego se asustara. Metió medio cuerpo debajo de su cama, haciendo que su amigo levantara las piernas para poder pasar, y volvió a levantarse con algo en la mano.
—¡Lo encontré! —gritó victorioso levantando el brazo.
—¿El qué? —preguntó Diego aún sobresaltado.
—Esto —anunció Sergio tendiéndole la mano y dándole el papel con el número de teléfono de Iván apuntado en él.
Diego lo cogió sorprendido y lo miró varias veces antes de reaccionar.
—No puede ser —dijo—. Anoche miré ahí debajo varias veces.
—Puede que los nervios no te dejaran ver con normalidad —comentó Sergio orgulloso de su hallazgo, sentándose a su lado—. Ya puedes llamarlo.
Diego giró la cara, lo miró y sonrió asintiendo. Después se levantó y fue corriendo hacia el baño para darse una ducha rápida mientras Sergio, que ya estaba duchado, se vestía. En solo diez minutos estaban los dos preparados para bajar a recepción y marcar ese número que podía arreglar las cosas. Un halo de esperanza había aparecido y Diego ya no lo veía todo tan negro.
Bajaron corriendo las escaleras hasta llegar a la planta baja. Diego apretaba el papel en su mano como si llevara un gran tesoro. No sabía muy bien lo que le iba a decir, pero al menos sí sabía que esa llamada podía arreglar las cosas.
Al estar ya abajo, la recepcionista los paró.
—¡Perdonad! —les gritó levantando una mano.
—Lo siento —dijo Diego deteniéndose delante de ella—, no queríamos correr tanto, es que…
—Tú eres Diego, ¿no? —le cortó ella.
—Sí —contestó él extrañado al ver que su llamada no era de atención por correr por las escaleras.
La chica cogió un papel que tenía sobre la mesa y se lo dio.
—Tengo un recado para ti de un tal Mateo —añadió—. Que lo llames.
Diego cogió el papel y vio el nombre del vecino del pueblo con un número de teléfono y la palabra urgente escrita debajo. El corazón le dio un salto en el pecho sabiendo que algo malo había pasado y de repente la llamada a Iván ya no tenía tanta importancia.
Le enseñó el papel a Sergio y fue hacia el teléfono de estudiantes dando pasos torpes. Allí metió una moneda y marcó. En solo dos tonos hubo respuesta al otro lado.
—¿Diga? —se oyó.
—Ho… Hola —dijo Diego temblando—. ¿Mateo? Soy Diego, el nieto de Matilde.
—Muchacho —dijo el hombre con voz apagada—. Menos mal que he encontrado el número de tu residencia. Tienes que venir cuanto antes.
La vista se le nubló y tuvo que apoyarse para no caerse al suelo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Tu abuela ha muerto.
—¿Qué? —dijo Diego dejándose arrastrar y cayendo de rodillas al suelo, dejando el cable del auricular tenso.
Sergio se agachó y lo cogió de los hombros para que se levantara, pero Diego no hacía nada por incorporarse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó su compañero en voz baja, pero Diego no le hizo caso.
—Lo siento, chico —dijo el hombre al otro lado del teléfono.
—¿Cómo ha ocurrido? —preguntó Diego entre lágrimas.
—Es mejor que vengas y aquí te lo contamos. Eres lo único que tenía Matilde y su alma necesita que estés a su lado para despedirla.
—Sí… Sí… Iré en el primer autobús que salga para allí —concluyó Diego y soltó el auricular dejando que se balanceara en el aire colgando por el cable.
Dejó que el peso de su cuerpo recayera en la pared con la cara surcada de lágrimas sin atender a la llamada de Sergio, que lo zarandeaba para que reaccionara de alguna manera. La recepcionista se acercó corriendo al verlo desde el mostrador, preocupada.
—¿Estás bien? —preguntó—. ¿Llamo a una ambulancia?
—No creo que sea necesario —contestó Sergio, que tampoco sabía muy bien lo que tenía que hacer—. Venga, Diego, tienes que levantarte.
—No me despedí de ella —gimoteó Diego hablándole al aire—. Me fui de allí dejándola sola y preocupada… ¡Ahora está muerta!
Sergio lo cogió por debajo de los hombros obligándolo a ponerse en pie.
—Vamos a nuestra habitación —le pidió sin soltarlo—. Allí pensamos qué hacer. Gracias —dijo hacia la recepcionista.
Diego, como una marioneta, se dejó guiar y fueron hacia el ascensor. Sergio no quiso decir nada y dejó que su amigo se desahogara hasta llegar a su habitación, donde se sentaron en una cama y entonces pudieron hablar.
—Tengo que irme al pueblo otra vez —dijo Diego, un poco más calmado, con el corazón roto de nuevo.
—Voy contigo —se ofreció Sergio, intentando no llorar él también.
Diego lo miró a los ojos y, como un niño pequeño suplicando un poco de cariño, dijo:
—Sí, por favor.
Se dieron un abrazo para sellar el acuerdo y recordarse el uno al otro que no estaban solos. Diego no iba a poder pasar por eso solo. Necesitaba el apoyo de alguien que estuviera a su lado, aunque solo fuera para que no se sintiera tan solo.
Saber que había dejado a su abuela de la forma que lo hizo y que después muriera le hacía sentirse tan culpable, que no sabía si alguna vez superaría eso. Había sido un egoísta con la mujer, que contándole la verdad sobre él le estaba pidiendo perdón y se lo había pagado dejándola sola, por mucho que en ese momento él no hubiera sabido reaccionar de otra forma.
Los dos prepararon una mochila cada uno con lo suficiente para pasar un par de días y se fueron hacia la estación de autobuses para coger el primero que saliera hacia Logroño. Antes Diego llamó a su trabajo para contarle a su jefe lo que había ocurrido y el hombre se mostró muy comprensivo, diciéndole que se tomara el tiempo que necesitara, cosa que ayudó a Diego e hizo que aquello fuera un poco más fácil.
Estaban tan acelerados, que no tenían tiempo de pensar ni casi de hablar. Los nervios por llegar a la estación hicieron que Diego no tuviera tiempo de pensar demasiado en lo que había ocurrido y se centrara solo en llegar al pueblo cuanto antes. Tener a Sergio a su lado hacía que su cabeza no diera demasiadas vueltas y ayudó a que no terminara de volverse loco.
No podía creerse que solo un día después estuviera yendo otra vez al pueblo. Durante el viaje su mente no hacía más que traerle recuerdos de esa mujer que en realidad sí que había sido su abuela, porque se había portado como tal siempre y lo había querido igual que si hubieran tenido la misma sangre. Si en su anterior viaje no le hubiera contado la verdad, habría vivido siempre pensando que ella fue su única familia, pero ahora sabía la verdad y era como estar entre dos mundos, uno el que tenía con ella y otro el que podía tener con su verdadera familia. Lo que tenía claro, después de haber descansado un poco, era que Matilde, pese al error que cometió al morir su hija y su verdadero nieto, había sido su abuela y que nada iba a hacer que eso cambiara.
Los últimos días de su vida los había pasado sola, pero contenta por saber que le estaba dando a su nieto un futuro que podía aprovechar para cuando ella no estuviera, aunque ninguno había imaginado que se fuese a ir tan pronto y de repente. Cuando la vio solo un día antes, pese a lo decaída que la encontró y el desmayo que tuvo fruto del disgusto por la llamada de Diego, parecía que estuviera bien de salud y nada hacía ver que fuese a morir pocas horas después. ¿Habría tenido que ver su visita en su repentina muerte? Hasta que no llegara no lo sabría y eso hizo que el viaje fuera mucho más pesado y triste de lo que podría haber sido.
Sergio se mantuvo a su lado en todo momento intentando hablar de cualquier cosa que lo hiciera mantener la mente ocupada y le vino muy bien. Le habló de su niñez, de las cosas que esperaba de la vida, de cómo se hizo fan de los New Kids On The Block y también especularon sobre cómo sería todo cuando las clases empezaran. Eso fue lo único que le hizo el viaje un poco más agradable. Se ponía a pensarlo y llegó a la conclusión de que la familia no la daba la sangre, sino el cariño. Él era consciente de que tenía una por ahí, pero no sabía si lo aceptarían y podría llamarlos alguna vez familia, por lo que de momento prefería quedarse con lo que de verdad tenía y no pensar demasiado en cosas que pudieran decepcionarlo después.
Delante de la puerta de la casa que fue su hogar durante los dieciocho años de su vida, y a la que ya no sabía si volvería a llamar así, algo le impedía entrar, como si una fuerza lo empujara hacia fuera y le dijera que se marchara, que ese ya no era su lugar. En la calle no había nadie, pero sabía lo que le esperaba allí dentro y no sabía si podría con ello.
—Si necesitas tiempo —le dijo Sergio—, podemos dar un paseo por el pueblo antes de entrar.
—No —añadió Diego cerrando los ojos y viendo la cara de su abuela—. Tengo que pasar por eso. Ella me necesita.
Dio un paso al frente y, poniendo una mano en la puerta, empujó y esta se abrió. Entraron y con solo poner un pie dentro, algo le confirmó que todo había cambiado, que no había sido fruto de su imaginación. De repente aquel lugar le resultaba extraño y sus paredes ya no le hacían sentirse a salvo. Una parte de él se había roto para siempre y el lazo que le unía a esa casa se había deshecho.
Al entrar en la cocina vieron que allí había gente, todos vestidos de negro. Dos hombres y tres mujeres mayores se sentaban alrededor de la mesa rezando el rosario. Levantaron la vista y lo vieron poniendo cara de lástima. Una de las mujeres se levantó y fue hacia él para darle un abrazo.
—Pobre mujer —dijo apretándolo—. Mucha fuerza, muchacho. Está en su habitación.
La escena le había dado tanta angustia, que podía haberse derrumbado en cualquier momento. Miró a Sergio y los dos asintieron para ir hacia allí. Salieron de la cocina hacia el pasillo que daba al interior de la casa y se detuvieron en la primera puerta a la izquierda.
—Es aquí —dijo Diego respirando con rapidez.
—¿Estás preparado para ver lo que hay ahí dentro? —preguntó Sergio sin levantar la voz.
—No, pero tengo que entrar.
Abrió la puerta y lo que vio dentro lo golpeó haciendo que diera un paso hacia atrás. Su abuela descansaba sobre la cama, vestida de negro y con las manos sobre el pecho. Cualquiera podría haber dicho que estaba dormida. Al lado de la cama Mateo y su mujer velaban el cadáver. Miraron a Diego y el hombre se acercó a él poniéndole ambas manos en los hombros viendo al chico roto de dolor.
—Si no quieres ver esto —dijo muy sereno—, nos podemos encargar nosotros de todo.
—No —respondió Diego quitándose las lágrimas con una mano—. Déjame verla.
El hombre se apartó y Diego caminó hacia la cama viendo cómo el cadáver de su abuela se acercaba a él. Esa mujer nunca había sido del todo feliz viviendo con la culpa de lo que había hecho y cargando a su espalda el dolor de ver cómo todos sus seres queridos iban muriendo. Ahora era ella la que se iba y ya daba igual si era su nieto de verdad o no. Era todo lo que tenía y ahí estaba para recordarle que no estaba sola, que alguien la quería y, sobre todo, que la perdonaba por lo que había hecho. Ella había sabido darle una vida feliz y gracias a ella se había convertido en lo que era. Tenía mucho que agradecerle y eso pesaba más que su error cometido y que tenía solución con una llamada de teléfono a Iván.
Quería abrazarla, decirle adiós, que la quería, pero sabía que allá donde estuviera, lo estaba viendo y sonreía con todas las cosas que le estaba diciendo en silencio.
—Diego —le dijo Mateo a su espalda. Se volvió hacia él con la mirada borrosa por las lágrimas—. Tenemos que hablar.
El chico asintió y salieron de la habitación dejando que Sergio esperase en el pasillo. Fueron al salón para estar solos y allí se sentaron en la mesa, uno al lado del otro.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó Diego esforzándose por parecer sereno.
—Es sobre la forma en que ha muerto tu abuela. No ha sido una muerte natural.
—¿Cómo? —preguntó el chico extrañado.
—Se ha suicidado —reveló el hombre, desviando la mirada—. Se tomó un bote entero de pastillas y se durmió para siempre.
Diego se echó hacia atrás petrificado y mirando a Mateo sin creer lo que oía. Enseguida supo el motivo por el que su abuela lo hizo y el mundo se le vino encima. Agachó la cabeza cogiéndosela con ambas manos rompiendo otra vez a llorar.
—¡Tenía que haberle dicho que no pasaba nada! —gritó mientras el hombre intentaba calmarlo cogiéndolo de los hombros y frotándole la espalda—. Debí perdonarla antes. Ahora es tarde.
—No sé a qué te refieres, pero cálmate, chico, que ya no tiene remedio.
Diego se incorporó y cogió aire deshaciéndose de las pocas lágrimas que le quedaban dentro. Sergio se asomó por la puerta y los dos se miraron. No quería decir nada de lo sucedido en su anterior visita al pueblo para no desvelarle al pueblo el secreto de su abuela, así que se calló, cogió aire y, más que nunca, se esforzó por mantener la compostura, pese a que por dentro un montón de cuchillos cortaban sus entrañas.
—Pobre mujer —dijo temblando.
—Dejó esto para ti —añadió el hombre, emocionado, enseñándole un sobre en el que se leía su nombre—. No lo hemos querido abrir.
Diego lo cogió y se lo llevó al pecho como si así estuviera abrazando a su abuela.
—Ahora no podría leerlo —desveló.
—Tómate tu tiempo —dijo Mateo—. El entierro será mañana por la mañana. No te preocupes por nada, que todo está preparado. Si lo prefieres, no entres en la habitación. Nosotros nos quedamos con ella.
—Muchas gracias, Mateo. Sin vosotros no sé qué habría hecho en esta situación. Mi abuela os quería mucho.
—Lo sé —asintió el hombre rompiendo a llorar—. Nosotros a ella también.
Le dio unas palmadas en el hombro, se levantó y salió del salón dejando a Diego con ese sobre que no quería abrir. Su abuela se había suicidado y no podía evitar pensar que en parte era por culpa suya, cosa que lo perseguiría el resto de su vida.
Sergio entró y se acercó a él.
—Sé que es estúpido preguntarlo —dijo—, pero, ¿cómo estás?
—Se ha suicidado —suspiró Diego.
—¿Qué dices? —se sorprendió Sergio sentándose donde antes había estado Mateo.
—Seguro que no ha podido con la culpa después de contarme la verdad y esta ha sido su salida. —Le mostró el sobre y después lo dejó en su regazo—. Dejó una carta para mí.
—¿La vas a leer?
—No lo sé. Al menos ahora no. Esperaré a volver a Madrid y estar en un lugar que no me traiga tantos recuerdos. —Miró alrededor contemplando el salón—. Toda mi vida está vinculada a este sitio y ahora mismo siento que ya no pertenezco a él. Después de lo que me dijo mi abuela el domingo, con su muerte ha acabado toda una etapa y ahora tengo que empezar otra… No puedo evitar pensar que todo esto es culpa mía.
—Claro que no es tu culpa —le cortó Sergio—. Tú no decidiste que hicieran lo que te hicieron cuando naciste.
—Ya, pero ahora está muerta y algo me dice que lo ha hecho por cómo reaccioné cuando me lo contó.
Sergio señaló la carta.
—Puede que la respuesta esté ahí —dijo.
Diego la miró.
—No lo sé —reconoció—, pero tampoco tengo fuerzas para comprobarlo. Solo puedo pensar, ahora que sé la verdad, en que esa mujer nunca ha sido feliz del todo.
—Según me has contado, estaba orgullosa de ti.
Diego sonrió.
—Eso me decía siempre —recordó, más animado—. La verdad es que, si echo la vista atrás, pese a no ser mi abuela de verdad, vivió para y por mí.
—¿Y crees que eso no le hizo feliz?
—Espero que al menos un poco —contestó Diego.
—Pues quédate con eso. Te queda esperar hasta que sea el entierro y dándole vueltas a la cabeza acabarás volviéndote loco.
—Pobre mujer —se lamentó Diego cerrando los ojos—. Lo desesperada que tuvo que estar para quitarse la vida. Yo quería decirle que la perdonaba, que siempre sería mi abuela, pero no me dio tiempo.
—No te tortures con eso, por favor. ¿Quieres tomar el aire para despejarte un poco?
Diego miró por la ventana. Desde allí veía la huerta y el muro que la separaba de la casa que seguían construyendo al lado.
—Sí —respondió—. Creo que me vendrá bien.
Pasear por las calles del pueblo y enseñarle a Sergio el escenario en el que había vivido siempre le vino bien para respirar un poco y ver las cosas de otra manera. Le parecía curioso pero era como si hiciera mucho tiempo que ya no viviese allí. Esa desconexión con el pueblo le decía muchas más cosas de las que podía pensar. La muerte de su abuela había cambiado por completo el rumbo de las cosas. Después de contarle la verdad y no soportar la culpa, esa etapa de su vida quedaba atrás para siempre y, con ella, el pueblo también.
Al volver a la casa tuvo que cumplir con su responsabilidad y, aunque se negó a entrar de nuevo en la habitación y ver a su abuela muerta, recibió a todos los que se acercaron a darle el pésame. Se había corrido la voz de que Diego estaba allí y delante de él fueron pasando cada uno de los vecinos del pueblo que iban diciéndole las mismas cosas y él contestaba como si las escuchase por primera vez. Le daban el pésame y le decían que su abuela había sido una gran persona.
Sergio no se movió de su lado como si fuera uno más de la familia y eso le dio fuerza para poder con aquello. Por la noche intentaron dormir un poco compartiendo la única cama que quedaba en la casa. Por suerte era lo suficiente grande para los dos y, aunque el sueño no reinó durante mucho tiempo, al menos estar tumbados les ayudó a descansar. Diego no podía dejar de pensar que tras la pared de su habitación estaba el cadáver de su abuela y los recuerdos volvieron a su mente preguntándose qué habría pasado si no la hubiera llamado ese fin de semana para contarle que había encontrado a un chico idéntico a él. La vida habría seguido y la mentira también, pero al menos su abuela seguiría viva. Eso le hacía sentir muy culpable.
La carta seguía cerrada, pero no se olvidaba de ella. Para leerla necesitaba estar tranquilo y sin nadie cerca para que pudiera asimilar todo lo que pudiera poner dentro. El miedo a que su abuela le echara la culpa de su suicidio estaba ahí y no habría podido resistir leerlo mientras tuviera que estar allí con los del pueblo. Tenía que ser fuerte.
Al día siguiente fue el entierro por la mañana. En el pueblo se enterraba a la gente como en otras épocas en las que se cavaba de verdad un agujero en la tierra, se metía el ataúd y después se volvía a echar la tierra para que creciera la hierba encima con la única señal de una cruz que clavaban allí mismo. Ver que su abuela era introducida y quedando sepultada para siempre le hizo saber de verdad que jamás volvería a verla y eso hizo que se derrumbara con tanto dolor, que estuvo a punto de desmayarse allí mismo delante de todo el mundo. No había mucha gente, pero Matilde se marchó arropada por los que la habían acompañado siempre y descansaría en su verdadero mundo, en su pueblo, el lugar del que nunca quiso irse.
No quería estar allí más tiempo. Mateo le habló de la herencia, pero Diego no quería saber nada en ese momento. Le pidió que si tenía que firmar algo, que lo avisara o que le mandara los papeles a Madrid. Estar un día más allí habría sido demasiado para él y, aunque tenía el permiso en el trabajo de tomarse todo el tiempo que necesitara, quería irse cuanto antes para alejar ese dolor que cada visión del pueblo le traía.
Por la noche, agotados, estaban de regreso en la residencia. Parecía que hubieran estado días sin dormir y necesitaban descansar, pero antes fueron a cenar algo al comedor. Se notaba que las clases estaban a punto de comenzar y ya se veía más gente allí y muchas más mesas de lo habitual ocupadas con jóvenes cenando. Entre ellos, Sara se sentaba a solas, como si los estuviera esperando.
Fueron hacia allí y se sentaron en su mesa frente a ella.
—Hombre —dijo la chica sorprendida—. Los desaparecidos. Os he estado buscando.
—Cuando te lo contemos —anunció Sergio—, no te lo vas a creer.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella preocupada—. Tenéis aspecto de cansados.
—Mi abuela ha muerto —reveló Diego con tan poca energía, que casi no le puso entonación a la frase.
Sara exhaló un grito ahogado.
—Lo siento mucho —dijo alargando la mano y cogiendo una de Diego—. ¿Cómo estás?
—Venimos del pueblo ahora —contestó él—. Imagínatelo.
—¿Habéis ido los dos?
—Sí —respondió Sergio, levantándose—. No te dijimos nada, porque tuvimos que salir corriendo en cuanto nos enteramos para poder coger el autobús. ¿Te traigo algo, Diego?
—Un bocadillo —respondió el chico—, aunque tengo más cansancio que hambre.
—Llevas todo el día sin comer —le recriminó Sergio, yéndose hacia la barra—. Tienes que cenar algo.
Al quedarse solos, Sara se levantó y, bordeando la mesa, se sentó al lado de Diego.
—De verdad que lo siento —dijo—. Tienes que estar fatal. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
—Nada —contestó Diego—. No se puede hacer nada.
—Me… Me gustaría que supieras que, aunque nos conocemos poco, para mí eres muy importante… Desde el día que nos encontramos por primera vez en el teléfono.
—Parecía que me seguías por los pasillos —dijo Diego, sonriendo—. Estabas en todas partes.
—Bueno, un poco sí.
—¿Cómo? —preguntó él extrañado.
—Verás… No encontraba el momento en que estuviéramos a solas para contártelo… Aunque ahora estás así y lo único que quiero es abrazarte y hacerte sentir mejor.
—Estando los dos a mi lado ya lo hacéis.
Sara parecía empezar a desesperarse. No paraba quieta con las manos y le costaba mirar a Diego a los ojos.
—Sí, pero… No sé.
El chico fue a decir algo, pero ella lo impidió besándolo en los labios. Diego se levantó de un salto y la miró sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir.
—¿Por qué has hecho eso? —recriminó llevándose una mano a los labios mientras ella lo miraba aterrada—. No… No era el momento.
Entonces llegó Sergio con dos bocadillos.
—¿De qué no era el momento? —preguntó.
Diego, sin decir nada, se marchó de allí y subió corriendo por las escaleras hasta llegar a su habitación, donde se tiró en la cama y puso la cabeza debajo de la almohada para desahogarse y llorar a solas. Su vida se había puesto patas arriba y no sabía qué hacer para no volverse loco.
Oyó la puerta abrirse, pero no quiso sacar la cabeza para ver a Sergio entrar. Se negaba a hablar con nadie. Estaba tan saturado, que no podía pensar con claridad. Notó que alguien se sentaba en el colchón y una mano se posaba en su espalda.
—No estés así —oyó de boca de Sergio.
—¿Cómo quieres que esté? —preguntó él desde debajo de la almohada—. ¿Pueden ocurrirme más cosas? ¡Estoy harto!
—Te han pasado demasiadas cosas a la vez y no has tenido tiempo de asimilarlas todas —añadió Sergio—. La muerte de tu abuela ha terminado de sobrepasarte, lo sé, pero piensa que en cuanto llames a Iván y le cuentes lo que has descubierto, comenzará una nueva etapa en tu vida.
Diego se incorporó de un salto y lanzó la almohada contra la pared, haciendo que Sergio se apartara para que lo le diese.
—¡No pienso llamar! —gritó.
—¿Por qué? Y baja la voz, que nos van a llamar la atención.
—Cada día es una sorpresa nueva. No quiero seguir preocupado y recibir noticias desagradables. Tengo que asumir que me he quedado solo y que no tengo familia. Necesito estar tranquilo y que me deje todo el mundo en paz.
—¿Yo también? —preguntó Sergio
—No —contestó Diego mucho más tranquilo al verle la cara—. Tú no. Te estás portando muy bien conmigo.
—Necesitas descansar —opinó Sergio poniéndose en pie y yendo al baño para lavarse los dientes.