CAPÍTULO 11
¿Y ahora qué?
En silencio, como si se estuvieran comunicando a través de sus pensamientos, Diego y Raúl, en la habitación de este último, miraban el papel con el teléfono de Iván sobre el escritorio. Los dos estaban sentados uno al lado del otro a la espera de ver quién hablaba primero. Diego le había contado todo lo sucedido en los últimos días buscando el consejo de alguien más experimentado en la vida y que estuviera acostumbrado a guiar a jóvenes estudiantes perdidos como él.
—Siento mucho lo de tu abuela —dijo Raúl—. No me había enterado. Si me lo hubieras dicho antes, me habría preocupado por ti y porque estuvieras bien.
—La verdad es que no pensé en contárselo a nadie —se explicó Diego—. Mi impulso fue salir corriendo e irme al pueblo.
—¿Cómo estás ahora?
—No lo sé —reconoció Diego sintiendo un intenso cansancio—. Como si estuviera perdido en un mundo que no es el mío. Aún no me puedo creer muchas de las cosas que han ocurrido y no puedo evitar pensar que en parte es culpa mía.
—No pienses eso jamás. Hay cosas que tú no puedes controlar.
Diego, a punto de ponerse a llorar, apretó los ojos y negó con la cabeza.
—Si hubiera hecho las cosas de otra forma —recapacitó—, si no la hubiera dejado sola aquella noche, ahora mi abuela estaría viva.
—No te tortures pensando eso, porque no sabes qué habría pasado. Tu deber fue contarle lo que habías descubierto y ella decidió que había llegado el momento de que supieras la verdad. No es culpa tuya.
—¿Qué hago ahora?
—¿Por qué no llamas a ese número de teléfono? —preguntó Raúl—. ¿Qué te hace no querer hablar con ese chico?
—Ahora mismo no sé si podría soportar más emociones y me da miedo la reacción de Iván cuando le cuente lo que me dijo mi abuela.
—¿No has pensado que él también merece saberlo?
Diego miró a Raúl como si le hubiera descubierto algo muy importante.
—Tienes razón —dijo—. Él tiene que conocer la historia. También ha vivido una mentira. Eso contando con que él sea el gemelo del que me separaron al nacer.
—Por lo que me has contado —intervino Raúl—. Todo hace pensar que sí es él.
—Está bien —concluyó Diego poniéndose en pie—. Voy a llamarlo. Muchas gracias. Me has ayudado mucho.
—Sabes que estoy para eso y que puedes acudir a mí siempre que lo necesites.
—Así lo haré.
Fue hacia la puerta para irse.
—Mantenme informado —le pidió Raúl.
—Lo haré.
Aún tenía algo de tiempo antes de irse a trabajar y podía aprovechar para llamar a Iván, aunque algo dentro de él se lo impedía. Raúl le había dado buenos consejos y desahogándose con él notaba que se había quitado un peso de encima, pero el miedo al rechazo seguía pegado dentro de él. De todas formas ya se había propuesto hacer la llamada y era mejor no alargar la angustia. Cuanto antes cogiera el teléfono, mejor.
Bajó a recepción aferrando el papel con el número en una mano, que apretaba como si de lo contrario fuera a perderlo de nuevo. No entendía muy bien el miedo que tenía a hablar con Iván. Ya no había dudas. Sabía la verdad sobre su vida y por qué se parecían tanto. Todo cuadraba e Iván era su hermano gemelo. Puede que todo tuviera que ver con enfrentarse a la verdad, que a veces duele más que una mentira cruel. ¿Por qué iba a rechazarlo Iván? Por lo que había intuido al hablar con él, también estaba un poco angustiado e intranquilo con tanta casualidad y parecía abierto a una explicación más allá de lo que le habían contado. Además, él también tenía derecho a saber la verdad sobre su vida y, si esa familia era de verdad la suya, el propio Diego debía poder compartir su vida con ellos y recuperar el tiempo que le habían arrebatado. Prefería no hacerse preguntas sobre qué habría o qué no habría pasado si no lo hubieran robado al nacer. Lo que quería era mirar adelante y hacer lo que el corazón le pedía. Su abuela había muerto y tenía la oportunidad de no quedarse solo y también de saber quién era en realidad.
Sus verdaderos padres también se habían visto afectados por todo aquello, con el dolor de haber perdido a un hijo y tener que aprender a vivir con ello. Había demasiada gente implicada que debía saber la verdad y estaba en su mano que eso ocurriese, así que cogió el auricular con decisión, metió unas monedas y marcó el número que se había aprendido de memoria de tanto mirarlo.
—¿Diga? —contestó una voz femenina. ¿Su madre?
—Hola —saludó Diego sin parar de temblar—. ¿Puedo hablar con Iván?
—Claro. ¿De parte de quién?
—Dígale que soy Diego. Gracias.
—Un segundo —dijo la mujer antes de que oyera un pequeño golpe al dejar el teléfono para buscar al chico.
Los segundos que vinieron fueron interminables. Miraba alrededor intentando distraerse con algo, pero a esa hora todos comían o estaban en la universidad, por lo que en la recepción de la residencia no había nada, ni un ruido, como si estuviera abandonada, si no llega a ser por la chica que leía un libro detrás del mostrador.
—Hola, Diego —oyó al otro lado.
—¡Iván! —soltó como si le hubiera cogido de improvisto.
—¿Cómo va todo?
—Bien —contestó Diego por inercia—. Bueno, no, o sí, no lo sé.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Iván. Su voz sonaba expectante, como si no se hubiera quedado tranquilo la última vez que hablaron y una parte de él no se creyera la historia que le habían contado sus padres.
—Tenemos que hablar, pero no por teléfono. Prefiero que sea en persona.
—Algo no va bien, ¿verdad?
—Hasta que no hable contigo no lo voy a saber —explicó Diego—. Mi abuela ha muerto.
—Lo siento mucho —dijo Iván sorprendido.
—Gracias… El caso es que antes de morir me contó la verdad.
—¿Verdad? ¿Sobre qué?
Diego se tomó su tiempo para responder. No era fácil habla de ello, y menos con una persona quien, por mucho que fuera su hermano, no era de su confianza y le costaba mucho abrirse.
—Sobre quién soy yo —reveló cerrando los ojos.
—¿Cuándo nos vemos? —se apresuró a decir Iván.
—Salgo de trabajar a las nueve de la noche. ¿Te pasas por la librería? Está en una de las calles que dan a la plaza Santa Bárbara, en Alonso Martínez. Por lo que tengo entendido, la conoces.
—Por supuesto. Allí estaré.
—Muchas gracias —dijo Diego aliviado.
—Las coincidencias no eran casualidad, ¿verdad?
—No.
—Lo sabía —admitió Iván—. Algo dentro de mí se resistía a creer que todo esto fuera fruto de un montón de coincidencias sin explicación.
—Todo esto es —comenzó a decir Diego emocionándose—… Demasiado. Es demasiado.
—Intenta estar tranquilo hasta las nueve —pidió Iván con una complicidad en sus palabras que le confirmaban a Diego que eso solo lo podía decir un hermano de verdad.
—No va a ser fácil, pero lo haré. Luego nos vemos.
—Adiós, Diego, y gracias por llamar.
—Gracias a ti por no pasar de mí.
—No pienso hacerlo.
Los dos colgaron y Diego, aunque más nervioso que antes de hacer la llamada, sintió que se había quitado un peso de encima, sobre todo al ver lo receptivo que había estado Iván. Se ponía en su situación y para él también tenía que haber sido traumático haber conocido a alguien idéntico y con tantas coincidencias, por lo que esa llamada seguro que les había servido a ambos.
Al llegar las nueve de la noche y ser el momento de salir de la librería, no podía creerse que ya hubiera llegado el momento de reunirse con Iván y contárselo todo. La tarde se había convertido en una de las más lentas de su vida y cada minuto le había parecido horas enteras. Eso hizo que su mente estuviera todavía más cansada que su cuerpo, el cual llevaba varios días sin saber lo que era un descanso normal. De todas formas, al ver a Iván esperándolo en la calle, todo se le pasó y las energías volvieron a su cuerpo, como si la adrenalina le estuviera haciendo despertar.
No sabía si estaba nervioso o tenía miedo de la conversación con ese chico desconocido que de la noche a la mañana se había convertido en alguien tan importante en su vida. Lo que sí que tenía claro era que necesitaba hablar con él, decirle también la verdad sobre su vida y después ver cómo reaccionaba tanto él como su familia, que también era la de Diego. Debía de estar preparado para cualquier cosa, desde que lo recibieran con los brazos abiertos, hasta que lo rechazaran y no quisieran volver a verlo.
Tenía la oportunidad de pertenecer a una familia de verdad, algo que era desconocido para él y que merecía tener, porque siempre había sido su familia y lo habían obligado a renunciar a ella, porque cuando nació nadie le preguntó si quería apartarse de ellos, por mucho que su vida hubiera sido feliz al lado de su abuela, pero era como su hubiera estado jugando a ser el nieto de alguien. Esa no era la vida que tenía que haber vivido y, aunque no había marcha atrás, si podía recuperar el tiempo perdido, o al menos recuperar a su verdadera familia.
Al verlo, Iván se acercó a él. Sus ojos reflejaban la preocupación de alguien que sabe que va a recibir una noticia, pero no sabe cuál. Diego se preguntó si para él la tarde había sido igual de angustiosa, si como gemelo, estaban conectados y a veces sentían las mismas cosas. Gemelos… Se le hacía tan extraño pensar en esa palabra…
—Hola, Iván —saludó Diego alejándose de la librería para que no los vieran juntos y empezaran a hacer preguntas sobre su parecido que no le apetecía responder.
—Hola, Diego —contestó el otro siguiéndolo.
—¿Dónde podemos ir a hablar con tranquilidad?
—La verdad es que me da igual, mientras me cuentes eso que has descubierto… Oye, otra vez siento lo de tu abuela, ¿vale?
—Gracias —intentó sonreír Diego.
—No quiero que pienses que me da igual y que solo me importa lo que me tienes que decir. Me parece terrible que haya muerto. ¿Cómo ha sido? ¿Era muy mayor?
—Se suicidó —reveló Diego.
Iván se detuvo.
—¿Cómo? —preguntó boquiabierto.
Diego también dejó de andar, vio que había un banco en la acera al lado de ellos y se sentó. Con el mes de septiembre muy avanzado, la noche ya era una realidad a esas horas y las farolas iluminaban la calle. El ruido del tráfico rompía el silencio que se acababa de crear entre ellos y fue todo un alivio, porque en ese momento Diego necesitaba ruido para no pensar demasiado.
—Fui a verla este fin de semana —comenzó a decir mientras Iván se sentaba a su lado—. Como ya le había comentado por teléfono que había conocido a un chico idéntico a mí y que había nacido en Logroño como yo y en el mismo día, se sintió muy culpable y me contó la verdad.
—Sentirse culpable, ¿por qué? —interrumpió Iván impaciente—. ¿Es que ella sabía quién soy yo?
—Lo sabía muy bien. Cuando me contó la historia, fue un shock para mí, pero todo tiene sentido. Tu hermano gemelo que está enterrado en realidad soy yo.
—¿Qué?
—Quiero decir que enterrasteis a quien debería de haber vivido la vida que he vivido yo si no hubiera muerto al nacer. Tu hermano gemelo no murió. —Diego tomó aire mientras una lágrima caía al suelo—. Soy yo.
—Pero… Mis padres me han asegurado que mi hermano murió. Mi madre dice que tuvo su cadáver en sus brazos justo después de dar a luz. Es algo que todavía le duele recordar. Cuando les dije que te había conocido, no paró de llorar contándomelo.
—A tus padres les enseñaron el cadáver del hijo de quien yo pensaba que era mi madre —explicó Diego, pasándose una mano por los ojos—. Mi… mi abuela me compró.
—¿Cómo que te compró? —preguntó Iván echándose hacia atrás.
—Su hija y su nieto murieron en el parto. Entonces una enfermera desalmada le dijo que podía irse de allí con un nieto a cambio de casi todos sus ahorros. Hizo el cambio y lo preparó todo para que pareciera que quien había muerto era tu hermano… Bueno, yo.
—¿Sabes lo que estás diciendo? Eso es una canallada. ¡Es un delito!
—Claro que lo sé —asintió Diego—. Por favor, créeme. Esto es lo que me contó mi abuela. Por eso nacimos el mismo día, en el mismo hospital y nos parecemos tanto. No sé si hay forma de demostrarlo, pero todo cuadra y no hay más que vernos. Somos dos gotas de agua.
—Lo que cuentas es algo casi irreal, como el argumento de una película… pero hay algo aquí dentro de mí que me dice que es cierto, no me preguntes por qué.
Diego no pudo más y rompió a llorar dejando que todos los nervios que tenía dentro salieran transformados en lágrimas.
—Yo no sé qué hacer —gimoteó—. Me aconsejaron que te llamara, pero tampoco sé muy bien qué soluciona eso. Lo único que sé es que me he quedado solo y que toda mi vida ha sido una completa mentira.
—Me tienes a mí —dijo Iván dándole un abrazo.
—¿De qué me sirve eso? Tú tienes a tu familia y has vivido donde te correspondía. Yo no sé ni quién soy.
—Vamos a hablar con mis padres —propuso Iván separándose. Entonces Diego vio que él también estaba llorando.
—No sé si me voy a atrever a hacer eso. ¿Son mis padres también? ¿Cómo me voy a enfrentar a eso?
—Yo te voy a ayudar. Eres mi hermano, Diego.
Entonces fue Diego el que lo abrazó con tanta fuerza, que no lo dejó respirar. Escucharle decir que era su hermano fue lo más emocionante que había vivido jamás.
Estando abrazado a él se sintió como en casa, como si tuviera un hogar al que pertenecía y deseó que todo se arreglara para poder disfrutar de aquello para siempre, porque después de conocer la historia que le había contado su abuela, tener a Iván entre sus brazos le decía que todo era cierto y que no volvería a estar solo.
Para ir a casa de Iván tenían que coger el metro y durante el trayecto permanecieron en silencio. Ambos estaban expectantes por la reacción de los padres al ver a Diego, pero por motivos diferentes. Mientras uno temía no ser aceptado, el otro sospechaba que recibiría represalias por hacer algo que podía no sentarles bien.
Salieron en la parada de Lista, a una zona desconocida para Diego, pero a la que no prestó mucha atención, ya que no podía pensar en otra cosa más que en que iba a conocer a sus verdaderos padres. Pese a la distancia recorrida, la ciudad no cambiaba mucho. Edificios clásicos, casi señoriales, aunque un ambiente algo más tranquilo. Aún no sabía lo que era el barrio de Salamanca y no se paró a pensar en que si Iván vivía en esa parte de Madrid, significaba que su familia estaba bien acomodada, comparado con la vida humilde que él había tenido siempre en su pueblo.
Tuvieron que caminar poco hasta llegar al edificio en el que vivía Iván, una construcción algo más moderna que la mayoría de las que había por allí, de seis plantas. Entraron al portal y mientras subían en el ascensor las piernas de Diego comenzaron a temblar. Había llegado el momento y no había marcha atrás. Antes de salir al rellano, los dos se miraron y asintieron dándose ánimos el uno al otro.
—Quizá debería quedarme aquí —sugirió Diego al estar los dos delante de la puerta del piso de Iván.
—Es posible —accedió Iván mientras metía la llave en la cerradura—. Espérame.
Abrió la puerta y entró dejando que Diego viera el interior de la vivienda, bien decorada y muy limpia, aunque desde la puerta solo se mostraba el pasillo con una puerta en frente cerrada, por la que entró Iván. Prefirió pensar en eso para no ponerse más nervioso, pero no funcionaba. Empezaba a resultarle difícil hasta respirar.
No tardó en asomarse Iván por esa misma puerta, que parecía que daba a un salón, porque de ahí salía el sonido de un televisor. Tras él salió un matrimonio de mediana edad que dieron un respingo al verlo. Los dos se quedaron paralizados con la boca abierta.
—Buenas noches —saludó Diego, a punto de ponerse otra vez a llorar.
Al ver que hasta su voz se parecía a la de Iván, la mujer se desmayó y el hombre se apresuró a cogerla para que no se golpeara al caer.
—¡Márchate de aquí! —gritó el padre de Iván—. ¡Márchate ya!
—Es mejor que te vayas —dijo Iván, que no sabía muy bien qué hacer.
Diego, muerto de miedo, salió corriendo y bajó por las escaleras. Al salir a la calle se dejó caer de rodillas y lloró encogido como si le doliera el estómago. ¿Eran esos sus verdaderos padres? ¿De verdad acababa de ver la realidad sobre su vida?
Después de lo nervioso que estaba por ese encuentro, ver a la mujer desmayarse delante de él y al hombre echarlo de aquella forma, fue demasiado para él. Ojalá nunca hubiera hablado con Iván. Habría sido mejor seguir con su vida solitaria, que era lo que le había tocado vivir, que pasar por eso. Al final se veía solo de todas formas, pero roto por dentro.
Se levantó. No podía detener sus lágrimas, pero tampoco quedarse allí más tiempo. Necesitaba marcharse para intentar pensar que aquello no había ocurrido, aunque le iba a costar mucho conseguirlo. Fue hacia el metro maldiciendo que Madrid fuese una ciudad que nunca descansara. Daba igual la hora. Siempre había gente por la calle. Algunos se lo quedaban mirando preguntándose por qué lloraba ese joven y otros seguían con sus vidas, pero Diego solo pensaba en lo bien que vivía en el pueblo sintiendo que tenía toda la intimidad que necesitaba y que solo compartía con la orilla del río, que tanto echaba de menos.
En el camino de vuelta sentado en uno de los vagones del metro su mente solo pensaba en llegar cuanto antes, en desaparecer y en intentar dejar de ver en la cara de sus padres, que con toda probabilidad no volvería a tener delante. Con lo feliz que había sido antes de llegar a Madrid buscando un estúpido sueño para ser alguien. En el pueblo ya era alguien y allí llevaba la vida que quería tener. Estaba convencido de que había sido un error irse a la ciudad. Todo estaba fuera de control. Su abuela había muerto y ya no era quien siempre había sido. Todo eso no habría ocurrido si se hubiera quedado allí. Habría seguido viviendo una mentira, pero nunca lo habría sabido. Ojalá hubiera podido seguir viviendo en la ignorancia.
Para terminar de estropear la noche, al llegar a la residencia se dio cuenta de que al quedar con Iván tan tarde no había tenido en cuenta la hora de cierre y se vio con que no podía entrar. Miró el reloj. Eran las once de la noche. ¿Podían ir las cosas peor? Lo que le faltaba era tener que pasar la noche en la calle. Le quedaban unas cuantas horas de espera por delante. Estaba tan decaído, que casi le dio igual. Se sentó apoyado en la puerta del edificio con la mirada perdida y la mente solo en una cosa, la cara de sus padres. Quería volver a llorar, pero estaba tan cansado, que no le salía las lágrimas.