CAPÍTULO 12
Se acabó.
Cuando se abrió la puerta dio un salto y se puso de pie sintiendo un profundo dolor en todo el cuerpo al haber pasado toda la noche sentado en una postura un tanto incómoda. La espera se había hecho eterna, pero por fin podía entrar y subir a su habitación.
La recepcionista lo miró raro, pero no le pidió explicaciones. Tampoco se las habría dado. Estaba demasiado cansado y alterado como para pararse y ser educado con cualquiera. Sobre todo lo que estaba era harto de todo y había tomado una decisión.
Al entrar en su habitación todo estaba oscuro y Sergio dormía. Aún faltaba al menos una hora para que se levantara, pero ya no quería esperar más, así que empezó intentando no hacer demasiado ruido para no despertarlo. Estaba demasiado cansado, no sabía si era algo más físico o mental, pero se encontraba agotado. Quería acabar cuanto antes y olvidarse de que alguna vez quiso salir del pueblo para nada.
Abrió su armario y cogió la maleta con la que había llegado a Madrid, esa en la que había metido su pequeño mundo y un montón de sueños. La dejó sobre la cama y comenzó a coger su ropa y a meterla dentro.
—¿Qué haces? —preguntó Sergio despertándose e incorporándose en la cama. Después encendió la luz y Diego se volvió hacia él.
No quería llorar. Otra vez no.
—Me voy —respondió y volvió a girarse para seguir recogiendo sus cosas y así evitar tener que mirar a su amigo a los ojos.
—¿Adónde? ¿Ha pasado algo?
Diego se detuvo aún dándole la espalda a Sergio. Eso era mucho más duro de lo que se había imaginado. Si al menos no se hubiera despertado…
—Al pueblo —respondió—. Ha sido un error venir aquí.
Sergio se levantó y fue hacia él.
—¿Cómo al pueblo? —preguntó confundido cogiéndolo de un brazo para que se volviera hacia él—. ¿Para siempre?
—Sí —contestó Diego mirando hacia el suelo.
—Pero, ¿por qué? ¿Qué ha ocurrido?
Diego se dejó caer sobre la cama. Le dolía la cabeza y estaba harto de todo.
—He estado en casa de Iván y he conocido a sus padres —dijo—. Bueno, a mis padres, supongo.
—Entonces, ¿por qué te quieres ir? ¿Has pasado allí la noche?
Diego se incorporó y estiró la espalda, que aún le dolía de haber estado tantas horas tirado en el suelo.
—He pasado la noche esperando a que abrieran la puerta de la residencia —contestó—. Llegué tarde y ya habían cerrado.
Sergio se sentó a su lado.
—Lo siento mucho —admitió—. Intuyo que la cosa no ha ido bien.
Diego negó con la cabeza.
—Hablé con Iván al salir de la librería y él me creyó. También tenía un presentimiento con todo esto y esperaba que le contara algo así. Fuimos a su casa para contárselo a sus padres, pero no me dejaron ni hablar. Al verme la madre se desmayó y el padre me echó de allí.
—Que no lo aceptaran era una posibilidad —dijo Sergio abrazándolo—, pero no tires la toalla por eso.
—Es que ya no puedo más. Todo esto que ha ocurrido es demasiado para mí. Yo en el pueblo era feliz. Ahora mi abuela está muerta y me he quedado solo.
—Me tienes a mí.
—Ya sabes a qué tipo de soledad me refiero —puntualizó Diego, poniéndose en pie—. Necesito irme de aquí.
—¿Y dejarlo todo?
—Sí.
—No hagas eso —rogó Sergio—, por favor.
—Dame un motivo para no hacerlo.
—Porque no te mereces renunciar a tener tu carrera universitaria, porque tu abuela habría querido que continuaras y… porque gracias a ti estoy conociendo lo que significa ser aceptado y no sé si podría pasar por esto sin ti…
Al acabar de dar sus motivos, Sergio se tapó la cara para que Diego no lo viera llorar y este se sentó a su lado.
—Venga —dijo enternecido—. No te pongas así. Puedes pasar por esto y por más, porque eres una persona muy fuerte, que además también me ha ayudado mucho a no estar triste, recuérdalo.
—Tú también puedes con esto, Diego.
—El caso no es que pueda, sino que ya no quiero. No tiene sentido… ya no.
Diego continuó recogiendo sus cosas.
—Espera —dijo Sergio poniéndose también en pie—. No te precipites. Piénsalo al menos un poco.
—Ya lo he pensado y está decidido.
—Dame al menos cinco minutos.
—¿Para qué? —preguntó Diego sin mirarlo.
Sergio salió de la habitación sin pararse a pensar en que iba en pijama y Diego, sin darle mayor importancia, siguió metiendo cosas en la maleta. No quería pararse a pensar, porque sabía que eso haría que se echase atrás y solo teniendo la sangre fría conseguiría irse de allí. Era lo mejor para no tener que estar viviendo sorpresas cada día que lo estaban haciendo infeliz. Si aquella era su verdadera familia y no lo quería, era mejor estar lejos de ellos.
No tardó en volver Sergio, acompañado de Sara, también en pijama y con cara de dormida. Recordó aquel beso robado y lo bien que ella le había hecho sentir desde que la conoció saltándolo por los pasillos. Eso lo enterneció, pero continuó recogiendo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella al estar dentro. Después vio lo que estaba haciendo Diego—. ¿Ocurre algo?
—Se va —respondió Sergio—. Dice que no puede más y que se marcha para siempre.
—Pero —dijo ella, confundida—, ¿por qué?
—Da igual —contestó Diego—. Por favor, dejadme en paz y respetad mi decisión. No me lo estáis poniendo fácil.
—Es que no queremos ponértelo fácil —explicó Sergio—. Queremos que te quedes, ¿verdad, Sara?
—Claro que sí —contestó ella, aún sin entender nada—. ¿Me vais a contar qué ha ocurrido?
—Qué te lo cuente él —añadió Diego cerrando la maleta.
Tenía tan pocas cosas, que acabó enseguida.
—Desde que he llegado a Madrid —explicó Diego, dejando la maleta en el suelo—, solo han ocurrido cosas malas. Ya no puedo más. Me vuelvo al pueblo, que es donde debo estar.
—¿Conocernos a nosotros también ha sido algo malo? —preguntó Sergio.
Diego los miró dándose cuenta de lo que había dicho y contestó:
—No, eso no.
—Entonces —añadió Sara, que no salía de su asombro—, no todo ha sido malo, ¿no?
—Intentad comprenderme —insistió Diego—. Me confunden con alguien que no sé quién es; cuando lo conozco, resulta que es idéntico a mí, que nació el mismo día que yo y en el mismo hospital; se lo cuento a mi abuela, que se desmaya al oírlo, voy a verla y me cuenta la verdadera historia de mi vida: me compró al nacer y parece ser que había encontrado a mi hermano gemelo; después mi abuela, presionada por la culpa, se suicida; se lo cuento todo a Iván y decide que conozca a sus padres, que también son los míos; cuando los conozco, me rechazan y me echan de su casa… Me voy. Me voy de aquí para siempre.
—Así que ha sido eso lo que ha sucedido, ¿no? —advirtió Sara, que por fin comprendía lo que estaba pasando.
—Sí, eso ha pasado. Ya no quiero estar aquí.
—Tienes que darte más tiempo —insistió Sergio—. Aún es muy reciente todo. Lo vas a superar.
—¿Qué te hace estar tan seguro? —preguntó Diego.
—Porque nosotros te vamos a ayudar —respondió Sergio.
—Exacto —asintió Sara dando un paso al frente—. Para eso están los amigos, ¿no?
Diego la miró a los ojos y ella comprendió enseguida lo que quería decirle con la mirada. Los amigos no se besan. Ella desvió el rostro por la vergüenza.
—Vamos a hacer una cosa —intervino Sergio cortando la tensión—. Te prometo que si después de hablar con Raúl sigues pensando que te quieres volver, te dejaremos en paz.
—No quiero hablar con Raúl —se quejó Diego, que no tenía ganas de soportar otra charla.
—Entonces no te vamos a dejar en paz —amenazó Sergio cruzándose de brazos.
—Está bien —suspiró Diego, que no sabía si sería peor escuchar los consejos de Raúl, o las súplicas de Sergio y Sara.
Sergio alargó una mano.
—La maleta —dijo.
—Después de hablar con Raúl me iré —dijo Diego dándole a su amigo lo que pedía y viendo que este la cogió con fuerza.
—Lo que tú digas —concluyó Sergio yendo hacia su armario y guardando allí la maleta. Las puertas tenían llave, aunque no la solían usar, pero esta vez la usó y así se aseguraba de que su amigo cumplía con la promesa que acababa de hacer—. Ahora descansa un poco antes de ir a buscar a Raúl, que tampoco es cuestión de despertarlo también a él a estas horas.
—¿Quieres que me quede? —preguntó Sara.
—No —contestó Diego sin mirarla, acostándose sobre la cama sin ni siquiera descalzarse.
La chica, entristecida, dirigió la vista hacia Sergio en busca de ayuda y este asintió con media sonrisa para que se fuera tranquila. Ella fue hacia la puerta y volvió a su habitación.
—Ya verás como después lo ves todo de otra forma —dijo Sergio sentándose en su cama.
—No quiero hablar.
—De acuerdo. Comprendo que estés enfadado, pero comprende tú que hagamos todo lo posible para que no te vayas.
—Apaga la luz y duérmete —pidió Diego y se giró poniéndose de medio lado y dándole la espalda.
Su amigo, resignado, hizo lo que le pedía, aunque tenía la esperanza de que cambiase de opinión y eso hizo que no se entristeciera demasiado.
Al abrir los ojos y ver cómo la luz entraba por la ventana, se incorporó de un salto y vio que Sergio, que ya se había vestido con sus vaqueros y un jersey, estaba sentado en su escritorio y lo miraba muy serio.
—¿Cuánto he dormido? —preguntó frotándose los ojos.
—Un buen rato. Son las once de la mañana.
Diego se puso en pie sin poderse creer que fuera esa hora.
—¿Por qué no me has despertado antes? —preguntó.
—Para que descansaras un poco.
—No te equivoques, Sergio. Te he prometido esperar y hablar con Raúl, pero la decisión está tomada.
Le dolía la cabeza y le pesaba todo el cuerpo. Casi habría preferido no haber dormido nada. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se comportaba así? Él nunca había sido cruel y desconsiderado. Ahí tenía al que se había convertido en su mejor amigo preocupado por él y se lo pagaba siendo egoísta y despiadado. Había decidido marcharse y seguía pensándolo, pero podía hacerlo igual sin portarse mal con los que habían sido buenos con él. Lo mejor que podía hacer era disculparse y no dejar un mal recuerdo. Fue a decir algo cuando alguien llamó a la puerta. Los dos se sobresaltaron y agradecieron que alguien rompiera ese momento de tensión.
—Seguro que es Sara —dijo Sergio yendo a abrir y pasando por delante de Diego.
No era su amiga, sino la chica de recepción.
—Buenos días —saludó ella—. ¿Tú eres Diego?
—No —contestó Sergio—. Es él.
—Te buscan abajo.
—¿Quién? —preguntó Diego extrañado.
—No me ha dicho quién era. Es una mujer.
La chica se fue y Sergio se volvió hacia Diego.
—¿Quién será? —preguntó.
—No tengo ni idea —contestó Diego yendo hacia la puerta.
—¿Quieres que te acompañe?
—Sí, por favor.
Diego le dio un abrazo a su amigo con el que le pedía perdón y sentir el tacto de alguien que era lo más cercano a una familia que tenía le hizo sentir mucho mejor.
—Anda —dijo Sergio para quitarle importancia—, vamos a ver quién te busca.
Bajaron por las escaleras y al llegar a recepción Diego se quedó paralizado al ver quién era la mujer que había ido a verlo. Al lado del mostrador vio a la madre de Iván, que lo miraba con el rostro desencajado y frotándose las manos.
De repente las paredes comenzaron a moverse y parecía que iba a perder el equilibrio. No sabía si acercarse a ella o salir corriendo. Las dos cosas le daban un miedo espantoso.
—Es la madre de Iván —le dijo en voz baja a Sergio, que se había detenido a su lado sin entender nada.
—¿Tu… madre?
Diego miró a Sergio.
—Sí —respondió.
La mujer se acercó a ellos y Diego se echó un paso hacia atrás.
—Te llamas Diego, ¿verdad? —preguntó casi tartamudeando.
—Así… Así es.
—¿Te importaría que hablásemos, si no tienes nada que hacer?
Diego miró a Sergio en busca de ayuda.
—Yo mejor os dejo solos —dijo el chico, que vio una solución mejor a la charla con Raúl—. Luego hablamos.
Se fue y dejó solos a Diego y a la mujer.
—Si quiere —comentó el chico sin atreverse a mirarla—, vamos a la cafetería de la residencia. Está aquí detrás.
Entraron en el comedor y se pidieron un café cada uno, con el que se sentaron en una mesa. Diego no entendía nada. Estaba tan nervioso, que al dejar su taza sobre la mesa, derramó un poco de café que se apresuró a limpiar con una servilleta de papel.
—Iván me dijo que vives aquí —comenzó la mujer, que volvía a frotarse las manos y miraba alrededor sin parar.
—Llevo muy poco tiempo en Madrid… Verá, lo primero que me gustaría decirle es que siento mucho lo de anoche. ¿Está usted bien?
—Tutéame, por favor. Eres mi hijo, ¿no?
El mundo se detuvo y todo alrededor se volvió blanco. Diego se quedó mirándola, paralizado, repitiendo en su mente las palabras que acababa de escuchar.
—¿Por… Por qué dices eso?
La mujer dio un sorbo a su café y lo dejó sobre la mesa.
—Perdona que esté un poco nerviosa —dijo—, pero no he dormido en toda la noche, como podrás comprender.
—A mí me ha ocurrido lo mismo.
—La reacción de mi marido anoche fue la de alguien que no quiere aceptar lo que ocurrió, porque desde que di a luz a mis gemelos, no hemos conseguido superarlo, ya que hay cosas que recuerdo que no encajan. Nadie me creyó en su día, pero yo supe que algo raro había pasado. Cuando Iván me contó que te había conocido hace unos días supe que tenía sentido, que no me había inventado lo que vi y lo que sentí.
—¿Qué es lo que vio? Perdón. Lo que viste.
La mujer suspiró y apoyó la espalda en su asiento mirando hacia el techo. Parecía que iba a echarse a llorar y que intentaba con todas sus fuerzas que no fuera así.
—Ocurrió hace casi diecinueve años —contó—, pero lo recuerdo como si hubiera sido hoy mismo. Revivo ese día sin parar y seguía convencida de que no me lo había imaginado. Después de que Iván me contara que te había conocido… Verte anoche fue un shock muy grande. No me lo podía creer. Cuando te fuiste y recobré la conciencia, me contó lo que le habías dicho. Lo hizo a escondidas porque mi marido no quiere saber nada del tema, al menos de momento. Es su mecanismo de defensa.
—Lo comprendo —añadió Diego, que estaba expectante por escuchar su historia y ver si cuadraba con lo que le había contado su abuela—. Cada uno tiene su forma de reaccionar.
Ella agarró con fuerza la taza y la miró como si hablase con su café.
—Yo creo que lo que le has contado a Iván es cierto —dijo cerrando los ojos y dejando caer una lágrima—. Aún no me lo puedo creer.
A Diego le empezó a temblar el labio inferior y apretó la barbilla para contenerse.
—¿Lo… Lo dices en serio? —preguntó casi sin poder hablar.
La mujer asintió con la cabeza girando la cara.
—Lo que viví aquella noche no se me olvidará en la vida —comenzó a contar—. Lo tengo grabado en mi mente. Había roto aguas y mi marido me llevó al hospital para dar a luz. Por aquel entonces no existían los adelantos médicos de ahora. Eran los años setenta. No tenía ni idea de que traía gemelos. Primero salió Iván y mientras lo limpiaban me dijeron que había más. Me entró el pánico. Aún era muy joven y verme de repente con dos hijos a la vez supuso toda una sorpresa para mí. Recuerdo a mi marido darme la mano y decirme que era mejor así. Teniendo dos de golpe, me ahorraba un embarazo. Tuve tiempo de tener en brazos un minuto a Iván. Era el bebé más bonito que una madre podía imaginarse. Verlo me dio fuerzas y ánimos para traer al segundo, así que en cuanto empujó… empujaste… no nos costó nada sacarlo. Mi marido había tenido que salir, porque se mareó al ver el primer parto, por la sangre y esas cosas. Hay algo que he mantenido desde ese día y nadie me ha creído. Cuando sacaron al segundo bebé, lloró igual que el primero y me lo pusieron en el regazo unos segundos antes de que la enfermera se lo llevara para limpiarlo. Mientras tanto ya pude tener a Iván conmigo, me dieron puntos y respiré tranquila, pero esa mujer no tardó en volver diciendo que traía malas noticias: el segundo bebé había nacido muerto. Le dije que no podía ser, porque lo había visto llorar. Ella dijo que era imposible y cuando le aseguré a mi marido que estaba segura de lo que decía, él se puso de parte de la enfermera diciendo que si ella lo decía, sería cierto, que me lo habría imaginado. Quise ver al bebé y cuando me trajeron el cadáver… Yo lo había visto al salir y, pese a estar cubierto de grasa, estaba segura de que el bebé que había tenido no era el mismo. Este que me trajeron tenía menos pelo y parecía más grande. —La mujer rompió a llorar—. Nadie me apoyó. Todos lo achacaron al shock de perder a uno de los bebés y a que me negaba a que fuera cierto y eso hizo que me hubiera parecido ver y oír cosas que no habían ocurrido. Me negaba a aceptarlo, pero me obligaron a hacerlo. Enterramos al bebé muerto y tuve que vivir criando a un hijo, pero con la espinita de estar convencida de que me habían engañado y que, por un error o algo así, me cambiaron a mi bebé y que mi verdadero hijo estaba siendo criado por otra familia. Es algo que nunca he llegado a superar. Me afectó tanto, que tuvimos que irnos de Logroño y desde entonces vivimos en Madrid, aunque eso no ha hecho que me olvidara de aquello. —Se detuvo para respirar un poco y secar sus lágrimas mientras Diego atendía a cada palabra emocionado y en silencio. Después continuó con su relato—: Es un milagro que hayas aparecido de casualidad aquí y hayas conocido a Iván. Es como si el destino quisiera poner las cosas en su sitio. Por eso al verte, mi marido reaccionó así. Él también ha tenido que superarlo y ha pasado por mucho aguantando mis depresiones. Ver que después de todo yo podía tener razón, lo ha vuelto loco y se siente muy culpable.
Diego intentó decir algo, pero no le salían las palabras. Abría la boca y el aire se quedaba en sus pulmones. Su respiración se entrecortó y quiso salir corriendo, pero las piernas tampoco obedecían. La mujer se levantó, bordeó la mesa y se puso a su lado. Lo miró apretando los labios y le dio un fuerte abrazo que Diego recibió roto en lágrimas. Toda la vida pensando que su madre estaba muerta y de repente no tenía solo una madre, sino un padre y un hermano gemelo. Ese abrazo desconocido lo sintió con el calor que jamás había experimentado y escuchó el agua de la orilla del río correr, olió su hierba y notó la brisa en su rostro. Jamás había tenido esa sensación de estar en su hogar, en el abrazo de la persona que lo había llevado dentro y que le estaba enseñando a no estar solo. La apretó con fuerza y deseó que ese abrazo no acabara nunca, aunque ya no importaba. No volvería a estar solo jamás.
—Mamá —suspiró él como si fuera la primera palabra que decía en toda su vida.
—Hijo mío —dijo ella—. Estaba convencida de que algún día te encontraría, por eso no he dormido bien ni una sola noche desde que nacisteis tu hermano y tú. Perdóname por no haber podido hacer más que esperar a que aparecieras.
—Tú no has tenido la culpa. Fue la enfermera que me vendió la culpable de todo. Se aprovechó de la debilidad de mi abuela y la pobre mujer, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, no pudo echarse atrás.
Ella se separó de él y se arrodilló a su lado para que estuvieran a la misma altura, cogiendo las manos de Diego.
—Deja que hable con mi marido, con tu padre. Hay que darle tiempo para que lo asuma, pero en cuanto lo haga, podrás venirte a vivir con nosotros. Somos tu familia y con quienes tienes que estar. Nos encargaremos de pagar tus estudios y todo lo que te haga falta.
—No… No sé qué decir.
—¿No quieres vivir con nosotros? —preguntó ella un poco descolocada.
Diego se echó al suelo y volvió a abrazarla.
—Claro que quiero —sollozó—. Claro que quiero.
—Deja que lo arregle todo y, en cuanto pueda, volveré a por ti. Ya tienes el número de teléfono de casa y sabemos dónde encontrarte. Todo está solucionado y por fin seremos felices.
—Me gustaría que supieras —dijo Diego apartándose un poco para poder mirarla a la cara—, que nunca he sido infeliz. Yo no sabía nada y he tenido una vida todo lo normal que se puede tener viviendo en un pueblo con tu abuela. Ella me dio una buena educación y nunca me ha faltado de nada.
—No sabes lo que me alegra oírte decir eso. Al menos has estado bien atendido.
—Mi abuela cometió un error muy grave —añadió él—, pero ha vivido siempre con la culpa y lo ha intentado compensar dándomelo todo y poniéndome siempre por delante de ella. De eso me he dado cuenta ahora, pero no puedo decirle que yo la perdono, porque está muerta. Ojalá pudiera darle las gracias.
—Seguro que ya lo sabe.
—Eso espero.
Los dos se pusieron en pie sin darse cuenta de que varias personas los estaban mirando. Fueron hacia la recepción y allí se despidieron con otro abrazo y con la promesa de la madre de llevar noticias muy pronto.
Diego subió a su habitación, donde le esperaba Sergio impaciente. El chico se sentó en su cama con el gesto perdido, aún en estado de shock. Llevaba días sabiendo o sospechando que era el hermano de Iván, pero no se había preparado para la conversación que acababa de tener con su verdadera madre. No tenía ni idea de cómo reaccionar ni qué pensar y la espera se le iba a hacer eterna. ¿Serían días o semanas? La incertidumbre iba a poder con él.
—¿Qué tal ha ido la cosa? —preguntó Sergio desde la silla de su escritorio.
Al oírlo, Diego volvió a la realidad.
—Bien… Supongo —contestó.
—¿Supones?
—Es que aún no me puedo creer todo esto que está pasando —respondió Diego negando con la cabeza—. Ha venido a decirme que lo va a preparar todo para que me vaya a vivir con ellos.
Sergio se pudo en pie de un salto.
—¡Eso es genial! —gritó haciendo un gesto de victoria—. ¿Estás contento?
—No lo sé. Estoy un poco confundido.
—Escucha —añadió Sergio, más calmado—. ¿Sigue en pie hablar con Raúl?
—No.
—Entonces —continuó Sergio con precaución—, ¿no te vas al pueblo?
Diego lo miró a los ojos, y le salió media sonrisa antes de responder:
—Claro que no.
—¡Sabía que entrarías en razón!
Sergio se tiró sobre él para abrazarlo y los dos quedaron tumbados sobre la cama, uno encima del otro, riendo como si no hubiera pasado nada.
—Quítate —dijo Diego, que en realidad no estaba molesto—, anda, ¿o es que me vas a volver a besar?
Sergio le dio un manotazo en un hombro y se levantó.
—Ya te gustaría —bromeó.
—¿Me devuelves mi maleta? —preguntó Diego incorporándose—. Tengo que volver a deshacerla.
Su amigo fue hacia el armario, lo abrió y sacó la maleta.
—Aquí tienes —dijo—. ¿Te ayudo a sacar las cosas?
—No sé —contestó Diego encogiéndose de hombros—. Es posible que mañana tenga que volver a hacerla.
—Cuánto me alegro de que todo haya salido bien.
—Bueno —añadió Diego con prudencia—. Aún falta el consentimiento del padre, que no parece muy dispuesto a aceptarme.
—Seguro que lo hace. Ya verás.
—Se lo debería de decir a Sara —recordó Diego—, ¿no?
—Pues sí. La pobre se ha quedado preocupada.
—Voy a buscarla —dijo Diego levantándose.
—Vale. Yo voy sacando tu ropa.
—Gracias, mamá.
—No —dijo Sergio tajante—. Recuerda que ahora ya tienes una.
Una sonrisa se dibujó en la cara de Diego, y se fue de la habitación.
Ya le daba igual que lo sorprendieran en la planta de las chicas. El desconcierto había dado paso a una felicidad que le decía que nada podía salir mal. Si se paraba a pensarlo, lo único malo que había ocurrido era la muerte de su abuela, aunque claro, era una noticia demasiado triste como para que no importara al lado de lo demás. Eso no estaba en su mano cambiarlo, pero se había dado cuenta de que hablando con Iván había hecho lo correcto y las cosas iban a ir por el buen camino. Necesitaba compartirlo con más personas y la siguiente iba a ser Sara.
Se puso frente a su puerta y llamó con los nudillos. Al abrir, la chica lo recibió con precaución, pese a la sonrisa del chico. Se notaba que estaba muy preocupada y sus ojos reflejaban la tristeza que guardaba dentro.
—Hola, Diego —saludó casi expectante—. ¿Has hablado ya con Raúl?
—No. Ha ocurrido algo mejor.
—¿Ah, sí? —dijo ella, algo más relajada al ver el tono de voz de Diego.
—Vamos a dar una vuelta y te lo cuento.
Sara terminó por sonreír y entró a por una cazadora. Al irse juntos era como si lo ocurrido en los últimos días hubiera sido un mal sueño y volvieran a ser los amigos del principio.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó ella mientras caminaban por la acera—. ¿Sigues agobiado?
—No sé. Estoy raro. Todo esto que está pasando es como de ciencia de ficción. Hace un rato ha venido la madre de Iván a hablar conmigo.
—¿Qué te ha dicho?
—Ella también tiene una versión de la historia —contestó Diego mirando el tráfico pasar. La calle en la que estaban no era muy ancha, pero sí pasaban bastantes coches que iban hacia el centro. Las tiendas trabajaban como un día cualquiera haciéndole ver que el mundo seguía girando pese a sus problemas—. Cuando nacimos Iván y yo ocurrieron cosas extrañas de las que se dio cuenta, pero jamás la creyeron. Ella ha pasado todos estos años convencida de que el bebé que enterraron no era su hijo.
—Eso significa que te cree, ¿no?
—Lo que viene a decir es que todo es verdad, que Iván es mi hermano gemelo y ella es mi madre. El que lo tiene más difícil es el padre, que no acepta lo que ha pasado.
—¿Qué va a ocurrir ahora? —quiso saber la chica, que atendía con mucho interés.
—Mi verdadera madre quiere que me vaya a vivir con ellos, aunque antes tiene que convencer a… Mi padre… Esto es tan extraño…
—Vas a tener que acostumbrarte.
—Supongo que sí —contestó Diego cruzando los brazos.
—¿Has pensado qué vas a hacer?
Diego arrugó la barbilla.
—Ahora resulta que siempre he tenido una familia —dijo—. Dos padres y un hermano gemelo. Pase lo que pase, solo con eso mi vida ya no volverá a ser la misma. ¿No crees que debería de intentar recuperar todos estos años que me han robado y estar al lado de mi familia?
—Entonces vas a aceptar irte a vivir con ellos.
—Creo que sí.
—Y ya no te vuelves al pueblo —continuó la chica emocionada.
—Eso es.
Sara se echó sobre él para abrazarlo y los dos cayeron contra la pared, que evitó que fueran al suelo. Igual que con Sergio, el abrazo de Sara lo llenó de felicidad, pero de una forma diferente. La miraba y no es que le saliera una sonrisa, sino que quería sonreír.
—Me gustaría pedirte perdón una vez más por lo del otro día —dijo ella, un poco avergonzada.
—¿Por qué? —preguntó él sin soltarla.
—Cuando te besé.
Diego acercó su cara a la de la chica y puso sus labios en los de ella besándola despacio mientras acariciaba su espalda.
—Ya estamos en paz —dijo oyendo los latidos de su propio corazón.
Sara lo miró con la boca abierta. Se había quedado muda. Intentaba sonreír, pero estaba tan sorprendida, que solo le salían gestos nerviosos.
Para dejarle claro por qué lo había hecho, Diego volvió a besarla, esta vez los dos más relajados y dejándose llevar. Seguía confundido, pero necesitaba que las cosas fluyeran con naturalidad. Esa chica lo hacía sentir bien y esa era su forma de reaccionar. Si aquello iba a más, lo vería pronto, pero de momento lo que quería era besarla y abrazarla.
Parecía que después de unos días oscuros y de incertidumbre, todo se iba a arreglar poco a poco. Ya no tenía la necesidad de huir al pueblo y olvidarse de lo que se había propuesto yendo a Madrid. Lo que sí había cambiado era la finalidad de esa propuesta. Sin su abuela en el pueblo y con una familia en Madrid, poco sentido le veía ya a abrir una clínica en la sierra riojana. Podía ser veterinario en Madrid y estar al lado de los suyos, de los que siempre habían sido su familia.
La muerte de quien para él fue su abuela lo seguía entristeciendo y tenía remordimientos por no haber hablado más con ella y apoyarla los últimos días que fueron tan difíciles para la mujer. Pagó con creces su culpa y no le guardaba ningún rencor. Si era lo que era, lo había conseguido gracias a la educación que había recibido de ella, y le gustaba ser como era y haber sido criado en un pueblo, valorando tantas cosas que pasan desapercibidas en la ciudad. No podía preguntarse qué habría pasado si se hubiera quedado con su verdadera familia y se hubiese criado o no en Madrid, porque de no haber sido vendido, sus padres no se habrían mudado de Logroño. La vida habría sido muy distinta para todos, pero tenían la oportunidad de recuperar el tiempo perdido.
Además, esa extraña ilusión que había crecido en él con Sara, se estaba convirtiendo en un sentimiento de amor que iba a más cada día que pasaba. Cuando ella intentó declararse con un beso y él la rechazó, no habría sido capaz de aceptarla, porque su cabeza estaba destrozada por dentro, lo que no le había hecho ver que entre ellos estaba naciendo algo. La chica de los pasillos había pasado a ser su particular chica misteriosa y ya era una realidad. Aprovechaban el tiempo para estar juntos y darse cuenta de todas las cosas que tenían en común. Lo único malo de tener que dejar la residencia iba a ser no poder estar tanto tiempo con ella, pero encontrarían el modo de verse muy a menudo. Dormir sin tener a Sergio al lado también sería raro. Ese chico loco era su hermano y también haría todo lo posible por verlo siempre que pudiera. Seguirían quedando para ir a bailar al Starlight. Bueno, más bien a que Sergio le enseñase a bailar. Seguiría pidiéndole ropa prestada y ya había pensado comprarse un cd de New Kids On The Block, porque no usaría más el walkman. Se compraría un discman y una cazadora vaquera. Era joven y tenía muchas opciones para disfrutar y mirar al mañana con una sonrisa.
Solo había una cosa que lo ensombrecía todo: su padre. Ese hombre al que aún no conocía y que se empeñaba en no aceptarlo. Pasaban los días y no recibía noticias de su madre. El que sí iba a verlo era su hermano Iván, al que desde el principio le unió un fuerte lazo y lo quería como si hubiera compartido toda su vida con él. Eran gemelos y ese vínculo entre ellos jamás había desaparecido, a pesar de que el uno nunca supo que el otro existía. Solían ir a tomar algo juntos, a pasear y a hablar, hablar muchísimo. Se tenían que contar toda una vida y los dos conectaron como si esa vida nunca hubiera sido partida por la mitad.
Diego sabía tener paciencia, pero cada día que pasaba se preguntaba: ¿será hoy? Eso hacía que en algún momento se desesperase, pero tenía el tiempo bien invertido para no pensar demasiado. Entre el comienzo de las clases, su trabajo en la librería, la que ya podía llamar novia, Sergio y su hermano casi no tenía tiempo para otra cosa, pero una espinita permanecía clavada en su pecho. Por momentos pensaba en la posibilidad de que nunca fuera aceptado y tuviera que vivir siempre en la residencia hasta que acabara los estudios y pudiera empezar a trabajar a jornada completa para independizarse del todo. Tampoco era tan grave. Era lo que iba a hacer en un principio hasta que volviera al pueblo y sabía que podría con ello, pero ahora que sabía que tenía una familia y que podía vivir con ellos, necesitaba hacerlo. No sabía lo que era vivir de esa forma y quería saber lo que se sentía.
En cuanto al pueblo, no sabía muy bien qué hacer. Por ley todo lo que era de su abuela pasaría a ser suyo, aunque en realidad no fueran familiares, pero en los papeles estaba registrado que sí. Además, aunque eso cambiase, alguna vez su abuela le había contado que en el testamento solo salía él como beneficiario y, aunque se hiciera algún trámite para denunciar que Diego era en realidad de otra familia, lo que decía el testamento era lo que se debería hacer, así que tenía la casa del pueblo, la huerta y un poco de dinero. No era mucho, pero tenía que pensar qué hacía con eso. De momento esperaría a ver qué pasaba y después decidiría si se quedaba con la casa o la vendía. Lo que tenía claro era que, después de todo lo que había pasado, volver allí iba a ser muy doloroso y no quería hacerlo. Se acordaría demasiado de su abuela y de todo lo que allí había vivido. No, no quería.
Habían pasado dos semanas desde la visita de su madre y seguía sin tener noticias. Iván le contaba que su padre seguía sin dar su brazo a torcer, pero que siguiera esperando, porque él sabía que era un buen hombre, pero tenía que asimilarlo. Claro que podía esperar, pero después de tantos días, la posibilidad de que no ocurriera cada vez era más real para Diego, así que dejó de esperar y de preguntar en recepción si había algún recado para él. También dejó de preguntarle a Iván. Si tenía que ser así, mejor no agobiarse pensando en ellos. Tenía a su hermano con él y ero se había convertido en lo más importante. Ya había tenido una gran recompensa.
También tenía unos amigos que estaban muy pendientes de que no le afectara nada de aquello. Sergio siempre tenía algo preparado para hacer, o un sitio al que ir. En el fondo sabía que tenía mucha suerte y sabía que su abuela, allí donde se encontrara, estaría muy, muy orgullosa de él.
—¡Levántate!
Diego, sobresaltado, se despertó intentando defenderse de los golpes que Sergio le estaba dando con su almohada subido sobre él.
—¿Qué haces? —preguntó intentando que dejara de golpearlo—. ¡Bájate!
Sergio no paraba de reírse y de darle con la almohada. Sabía que cuando se ponía así, era imposible hacer que parase, así que intentó incorporarse para darle el gusto y levantarse de la cama. Entonces su amigo se apartó y dejó que Diego se sentara.
—Es sábado —anunció Sergio—, no tenemos que ir a clase y hoy no trabajas, así que nos vamos al parque de atracciones.
—¿Así, de repente? —preguntó Diego bostezando.
—Claro. Venga, a la ducha y mientras voy a buscar a Sara.
—¿La vas a despertar igual que a mí?
Sergio, que ya estaba vestido, se puso en pie, cogió la almohada y la abrazó.
—Es posible —contestó.
Diego no pudo evitar reírse, pese a que no solía despertarse de buen humor, y menos en las circunstancias en la que lo había despertado.
—Está bien —accedió—, pero al menos desayunaremos tranquilos, ¿no? No nos lleves corriendo como haces siempre.
Sergio torció el morro y se quedó pensativo.
—De acuerdo —dijo yendo hacia la puerta—. Acepto. Anda, dúchate mientras bajo a la habitación de Sara.
—¡Espera!
—¿Qué pasa? —preguntó Sergio deteniéndose.
—Deja aquí la almohada.
Sergio, refunfuñando, tiró la almohada sobre la cama y se fue. Diego se quedó riéndose con las locuras de su amigo. No sabía cómo se las ingeniaba Sergio, pero siempre conseguía que estuviera de buen humor y que se riera.
No era un mal plan ir al parque de atracciones. Le habían hablado mucho de él y los tres habían comentado alguna vez que querían ir así que, ¿por qué no? Fue hacia la ducha y cuando salió, ya vestido, Sergio estaba en la habitación esperando.
—Sara dice que bajemos a desayunar y que ella en cuanto esté preparada, baja —anunció.
—Eso significa que podemos desayunar tres veces antes de que baje.
—Sí —confirmó Sergio—. Algo así.
—Bueno, pues vamos bajando, que me muero de hambre.
Los dos salieron y fueron hacia el ascensor. Cuando salieron, Diego se quedó de piedra mirando hacia la salida. Sergio, que no entendía nada, se volvió hacia él.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Diego, con la mirada fija y paralizado, dijo:
—Ahí afuera. ¿Lo ves?
Sergio miró hacia la calle. Frente a la entrada, apoyado en un coche, había un hombre de mediana edad.
—¿Es él? —preguntó.
—Sí. Es mi padre.
—Te espero en la cafetería —dijo Sergio frotándole la espalda—. Deberías acercarte y hablar con él. Si ha venido, no creo que sea por nada malo.
—No sé.
—Sé muy fuerte, Diego.
Sergio entró en la puerta del comedor y Diego siguió ahí plantado sin valor para echar un paso al frente. El hombre lo había visto y lo miraba sin mucha expresión. Podría estar contento o enfadado, pero no se le notaba. Saludó con la mano y entonces Diego tomó aire y comenzó a caminar.
Al salir a la calle fue como traspasar una barrera y la imagen de ese hombre echándolo de su casa volvió a su memoria como un recuerdo muy doloroso. Se dijo a sí mismo que no iba a venirse abajo y que aceptaría el motivo por el que su padre había ido a verlo. El hombre también caminó hasta que los dos estuvieron frente a frente en mitad de la acera.
—Hola —saludó Diego casi sin voz y cogiéndose ambas manos a la altura de su cintura para que no se notara que estaba temblando.
El hombre, como saludo, lo abrazó apretándolo con fuerza y dejando que notara que él también temblaba.
—Hijo mío —dijo entre lágrimas—. Perdóname, hijo mío.
Al separarse vio que Diego también lloraba.
—Tú no has tenido la culpa.
—¿Quieres venir a casa con nosotros?
Diego, como respuesta, le dio otro abrazo sabiendo que todo estaba solucionado y que por fin ese hogar que le habían prometido iba a ser suyo para siempre. No quería que aquel momento acabara nunca. Era su padre y le debía muchos abrazos, muchos momentos juntos, consejos, broncas, celebraciones de cumpleaños… Todo eso que no sabía lo que significaba pero que, a partir de ese día, tendría una y otra vez.
—Llévame a casa, papá —dijo, y la última palabra fue la más emocionante que jamás había salido por su boca.
FIN
Javier Herce
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