CAPÍTULO 3
Esto es una realidad.
Con solo un día en la ciudad, ya conocía lo que era el estrés de vivir en ella y del que tanto le habían hablado. En el pueblo iba andando a todas partes, no había acumulación de gente, no había prisa por llegar a cualquier lugar y, sobre todo, existía el silencio.
En solo una mañana había cogido el metro cuatro veces, y eso que ni siquiera sabía cómo funcionaba. Tuvo que preguntar en varias ocasiones a la gente por la forma de moverse dentro, hacia dónde ir y la diferencia entre una vía y la de en frente. Le pareció muy complicado, aunque intentó no agobiarse. Era el primer día y poco a poco se acostumbraría a aquello.
A parte de eso, había hecho un montón de papeleos en la universidad y ya de paso había conocido el campus. Fue algo que lo dejó con la boca abierta. Se trataba de una especie de ciudad en la que grandes extensiones de césped albergaban pequeñas construcciones, cada una de ellas una facultad diferente. Por si Madrid no lo había fascinado lo suficiente, aquello lo fascinó más aún. No le quedó más remedio que pedir indicaciones para llegar hasta la facultad de Veterinaria y allí ya tuvo más claro cómo iba a ser su día a día una vez empezaran las clases. No hacía falta que se lo imaginara más. Aquellos rincones se llenarían de estudiantes y él sería uno más tan solo dentro de un par de semanas. Pese al agobio del día, estaba entusiasmado. Quería empezar con todo aquello cuanto antes y las dos semanas se le harían interminables. Estaba convencido de ello.
Después de comer decidió darse otro paseo para sentirse un poco más ciudadano de allí. Sus pasos lo llevaron hasta la Gran Vía madrileña. Se dio cuenta de que la residencia estaba muy cerca del centro. Cuando le dijeron que viviría en el barrio de Chamberí, se imaginó que estaría a las afueras o algo así, pero nada más lejos de la realidad. En la Gran Vía vio edificios majestuosos, gente comprando en tiendas espectaculares y descubrió que le gustaba mezclarse entre todo aquello, preguntarse cómo eran sus vidas y sentirse un grano de arena en una montaña. Incluso mientras caminaba, alguien lo saludó como si lo conociera. Se trataba de un chico de su edad que lo sonrío, y se señaló el pelo extrañado, como si le preguntara qué se había hecho. Diego se tocó la cabellera extrañado y ya fue un ciudadano más.
Al llegar a la residencia solo pensaba en descansar un poco tumbado en la cama. Era hora de merendar, pero el cansancio podía con el hambre, aunque no pudo subir a su habitación, o al menos no quiso. En la recepción encontró a la chica misteriosa, que hizo que se olvidara de todo.
La joven trataba de arrastrar tres maletas ella sola, dos debajo de los brazos y otra, la más grande, tirando de ella. Se le veía cansada por el esfuerzo y un poco harta, así que encontró la excusa perfecta para acercarse a ella. No sabía si tendría el valor de articular palabra, pero tomó aire y fue hacia la chica.
—Deja que te ayude —dijo, notando que se le agarrotaban todos los músculos de su cuerpo.
Ella soltó la maleta que más pesaba y dejó la otras dos encima.
—Te lo agradecería —comentó ella suspirando y mirando hacia arriba como dando las gracias—. No te puedes hacer una pequeña idea de lo que pesan estos monstruos. Solo a mí se me ocurre traerme tanto equipaje. Llevo aquí dos días sin mis cosas, porque me las habían perdido, y ahora empiezo a pensar en que ojalá no las hubieran encontrado en la estación.
Diego quería decirle tantas cosas, que se quedó allí plantado mirándola con cara de estúpido. Al ver que ella lo miraba extrañada, reaccionó:
—Yo cojo la grande, ¿te parece?
Ella volvió a coger las dos maletas pequeñas para dejarle libre el acceso a la que más pesaba.
—Me salvas la vida —dijo sonriéndole y haciendo que temblara por dentro.
—Lo hago encantado —añadió él agarrando el asa y tirando hacia el ascensor. Se sorprendió al comprobar que de verdad pesaba una barbaridad—. Me llamo Diego —se presentó intentando que hubiera un acercamiento más allá de la ayuda que le prestaba.
—Yo Rebeca —continuó ella, llamando al ascensor—. Encantada.
—Lo mismo digo —soltó él intentando que no se notara que la maleta pesaba tanto, aunque en realidad casi no podía con ella.
Estaba tan pendiente del peso que llevaba en sus brazos, que no tenía tiempo ni espacio en su mente para pensar en su timidez y en atreverse a hablar o no con ella. Pasaron los dos al ascensor y allí dejó el equipaje en el suelo, aliviado por descansar un poco. Entonces pudo mirarla con más tranquilidad. Rebeca le sonreía y tuvo la sensación de ser muy, muy afortunado. Esa chica hasta aquel momento había sido solo un sueño, alguien que aparecía y desaparecía dejándolo tocado y deseando querer hablarle. Ya no, ahora podía hablar con ella y, no solo eso, sino que además estaba haciéndole un favor, lo que podía ayudar mucho a que pudieran mantener un contacto que deseaba que fuera lo más cercano posible.
No quería que pensara que era estúpido o algo así por mirarla de aquella forma, admirando su belleza y sus grandes ojos, así que apartó la vista poniéndose colorado.
—¿Tú también eres nuevo aquí? —preguntó ella, haciendo que se estremeciera al ver que quería tener una conversación con él y se interesaba por algo más que por ser ayudada con tanto peso.
—Sí —contestó Diego, carraspeando por los nervios. Ahora tenía que esforzarse por parecer un chico normal y no meter la pata para que ella no quisiera desaparecer—. Acabo de llegar del pueblo.
—¿De un pueblo? Madre mía. La diferencia ha tenido que ser abismal.
—Ya lo creo —continuó él rascándose la nuca—. Esto parece otro mundo comparado con aquello. ¿Tú de dónde eres?
—De Zaragoza.
—¿Aragonesa? —se sorprendió él—. Yo soy riojano.
—¡Qué cerca! Menuda casualidad.
El ascensor llegó a su destino, la planta de las chicas, y ella empujó la puerta para salir primero y dejarle el paso libre con la maleta. La cogió deseando que la puerta de la habitación estuviera lo más cerca del ascensor posible, pero se frenó.
—Mi consejero me ha advertido de que está prohibido entrar en la planta de las chicas —recordó, sabiendo que se estaba comportando como un cobarde.
Ella, desde fuera, miró a ambos lados del pasillo.
—Aquí no hay nadie —le informó—. Además, solo va a ser un segundo. Si nos pillan diré que ha sido culpa mía.
Diego se asomó y comprobó con sus propios ojos que de verdad no había nadie.
—De acuerdo —cedió saliendo y arrastrando la maleta.
—Según me han comentado —dijo ella yendo por delante—, todo el mundo se salta esa norma estúpida y nadie dice nada, ni siquiera los consejeros.
—Entonces, ¿para qué ponen la norma?
—Ni idea —contestó ella.
Aun así, Diego no se quedaba tranquilo sabiendo que el segundo día allí estaba infringiendo una de las obligaciones que Raúl le transmitió diciendo que era muy importante.
—¿Está muy lejos tu habitación? —preguntó, empezando a ponerse nervioso.
—Allí —contestó ella señalando hacia el frente—, al fondo del pasillo.
Diego no pudo evitar soltar un leve quejido, pero se apresuró a sonreír para que ella no notara que aquello era un fastidio y que estaba muerto de miedo por si lo descubrían en la planta de las chicas. Fueron hacia allí y al llegar, soltó el peso cogiendo aire.
—Bueno —dijo aliviado—, ya estamos.
—Muchísimas gracias por haberme ayudado. Eres un encanto.
—¿Quieres que te ayude a meterla en la habitación?
—No hace falta —contestó ella, negando con la mano—. Yo la arrastro. Además, seguro que está mi compañera de cuarto y es… un poco rara… no sé si se enfadaría al ver que entra un chico ahí dentro.
—Vale —añadió él, más nervioso con la posibilidad de que allí hubiera alguien que lo descubriera y temiendo que hubiera un eterno silencio entre los dos por no querer despedirse tan pronto de ella.
—Oye —advirtió la chica, ayudándolo a romper el hielo—, ¿vas a ir a la fiesta?
—¿Qué fiesta? —preguntó Diego extrañado.
—¿No te has enterado? Todo el mundo habla de ello.
—Bueno —comentó él, torciendo un poco el labio superior y cada vez más nervioso por si aparecía alguien—, no conozco a nadie aquí, así que supongo que por eso no me habré enterado.
—Ya me conoces a mí.
Diego se apoyó en la pared para no caerse al suelo al oírla. Ahora que por fin la conocía en persona, le gustaba mucho más y además lo estaba invitando a una fiesta. ¿Iba a ser aquello una cita? ¿Cómo tenía que reaccionar? De repente se le olvidó que estaba infringiendo una norma.
—¿Cuándo va a ser esa fiesta? —tartamudeó.
—Este viernes. Han contratado una discoteca que solo abrirá las puertas a los estudiantes de la residencia. Cuesta quinientas pesetas incluyendo consumición. ¿Vienes, entonces? Será una buena forma de conocer a otros estudiantes.
—Claro que iré —aseguró él, aunque por dentro pensaba en cómo iba a conseguir quinientas pesetas, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera por ir con ella a una fiesta— ¿Te… te paso a buscar?
Rebeca abrió la puerta de su habitación.
—No hace falta —respondió echando un vistazo a su interior y bajando la voz—. Mi compañera está ahí dentro… Nos vemos allí. Pregunta a cualquiera por la dirección, que no tengo ahora nada para apuntar.
—Perfecto —dijo él entusiasmado. Había empezado el día agobiado y lo iba a acabar con una propuesta de cita con la chica que lo estaba obsesionando. Desde luego que tenía mucha suerte.
—Hasta luego —concluyó ella soltando dentro las maletas pequeñas—, y gracias de nuevo.
—No tiene importancia. Hasta el viernes, si no nos vemos antes.
Ella se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
—Encantada.
Cogió como pudo la maleta y la arrastró hacia el interior de su habitación, cerrando después la puerta.
Diego se quedó mirando un buen rato como si ella siguiera en frente, anonadado por ese beso que, aunque no tenía nada de romántico, había sido un beso y eso era lo que importaba. ¿Estaría soñando, o eso de verdad acababa de ocurrir? Sin darse cuenta, lo más importante había pasado a ser la fiesta del viernes. La espera se le iba a hacer eterna, no sabía qué ponerse, como pagarlo, pero le daba igual. Iba a tener una cita con la chica misteriosa y eso era lo más extraordinario que podría haberle ocurrido nada más llegar. Estaba convencido de que lo esperaba una buena estancia en la ciudad.
Una puerta cerrándose al otro lado del pasillo lo devolvió a la realidad y el miedo a ser descubierto reapareció. Comprobó que no había nadie que pudiera ver cómo se había quedado mirando una puerta como un tonto en una planta que no era la suya, fue hacia las escaleras y subió corriendo como si lo persiguieran.
Al entrar en su habitación Sergio no estaba, cosa que agradeció, porque quería estar solo y asimilar lo que había ocurrido. Era posible que todo allí fuera a ser muy diferente de lo que había esperado. Solo llevaba en Madrid un día y ya se veía haciendo planes en la ciudad, lo que lo hacía sentir culpable, porque para él pensar esas cosas era una especie de traición a su abuela, a sus raíces, a todo lo que siempre había esperado de su vida. Tenía que centrarse solo en su carrera y en volver al pueblo para seguir su camino, aunque en ese momento solo tenía una cosa en su cabeza: esa fiesta. Era su oportunidad perfecta de conquistar a Rebeca, la chica misteriosa que ya tenía nombre, y también para meter la pata. De pronto lo invadió el pánico. ¿Sería interesante para ella? Cuando tuvieran que hablar sin la excusa de una maleta, ¿sabría qué contar? Aún estaba a tiempo de decirle que no iba. Sabía cuál era su habitación y podía bajar y así evitar quedar en ridículo. Total, una chica como ella jamás se interesaría en un chico como él, aunque hubiera sido ella la que propuso la cita.
Se levantó decidido para ir hacia allí cuando alguien llamó a la puerta con los nudillos y lo sobresaltó. Se quedó mirando al frente temiendo que fuera Rebeca. Puede que se lo hubiese pensado mejor y acudiera para anular la cita. Se acercó y abrió, respirando aliviado al ver que se trataba de Raúl.
—Hola, Diego —saludó su consejero—. ¿Estás ocupado?
—No —contestó él, agradeciendo en parte que su interrupción evitara que bajara a la planta de las chicas para volver a incumplir una norma.
—¿Puedo pasar?
—Sí, claro.
Se apartó de la puerta y Raúl se sentó en la silla del escritorio mientras Diego lo hacía en la cama.
—¿Estás bien? —preguntó el consejero—. Pareces preocupado.
—No —mintió Diego—. Es solo que… Nada, déjalo. ¿Qué querías?
—Dime, no te calles. Yo también estoy para escuchar tus problemas.
—Es que es una tontería —añadió Diego encogiéndose de hombros.
—No lo será tanto cuando eso te preocupa.
Diego soltó aire y desvió la mirada. Le daba vergüenza hablar de ello. Raúl no dejaba de ser un desconocido y le costaba mucho abrirse con él. No estaba acostumbrado a contarle sus cosas a nadie.
—Verás —comenzó sin atreverse a levantar los ojos—. Me han invitado a una fiesta.
—Creo que sé a cuál te refieres.
—¿Vas a ir?
—Es posible —contestó Raúl—. Aún no lo sé.
Diego cogió impulso y soltó lo que llevaba dentro antes de arrepentirse:
—El caso es que la entrada cuesta quinientas pesetas. En circunstancias normales habría dicho que no, pero…
Se interrumpió de pronto avergonzado, aunque había dicho más de lo que estaba acostumbrado.
—Pero es importante para ti ir —lo ayudó Raúl—, ¿no?
Diego se dejó caer de hombros.
—Sí —admitió—. Eso es.
—¿Una chica?
—¿Cómo lo sabes? —se asombró Diego, abriendo los ojos como platos.
—Cuando ocurre eso, siempre es una chica —añadió Raúl sonriendo—. Veo que no has perdido el tiempo y ya has conocido a alguien que te gusta. Si esa chica va a ir, ¿por qué te cuestionas hacerlo?
—No sé de dónde voy a sacar quinientas pesetas —confesó Diego, arrugando la barbilla—. Todo el dinero que tengo es solo para mi manutención o una emergencia, y los dos sabemos que esto no es ninguna de las dos cosas.
—Vamos a hacer algo —propuso Raúl levantándose y metiendo una mano en su bolsillo, de donde sacó un billete de quinientas pesetas que tendió hacia Diego—. Toma. Yo te presto el dinero.
Diego miró el billete enternecido por la solidaridad de su consejero y asombrado de que se tomara esas molestias con él, cuando casi no lo conocía de nada.
—No puedo aceptarlo —dijo negando con la cabeza—. Te lo agradezco muchísimo, pero no puedo.
—No te lo estoy dando, sino prestando.
—Ya, pero no sé cuándo te lo voy a poder devolver.
—¿Qué tal con tu primer sueldo? —añadió Raúl, dejando el billete sobre la cama y volviéndose a sentar—. Era por eso por lo que venía a verte. Te he conseguido una entrevista de trabajo.
Diego se puso en pie de un salto, emocionado al oírlo.
—¿En serio?
—No tienes experiencia, pero eres joven y eso es una ventaja para los trabajos de media jornada —informó Raúl, metiendo otra vez la mano en el bolsillo y dándole un papel—. Mañana a las nueve de la mañana tienes que estar en esa dirección. Está muy cerca de aquí. En Alonso Martínez. Es una librería en la que necesitan a alguien por las tardes.
Diego cogió el papel y lo leyó una y otra vez, sin poder creérselo.
—No sé cómo voy a poder agradecértelo —dijo, al borde de las lágrimas.
Raúl se puso en pie.
—Yendo allí y consiguiendo el trabajo —comentó, caminando hacia la puerta—. Si no, no podrás devolverme las quinientas pesetas.
Abrió la puerta para irse.
—Gracias —fue todo lo que pudo decir Diego.
—No me las des —dijo Raúl volviéndose hacia él—. Es mi trabajo. Desde la residencia ayudamos en la búsqueda de empleo a los estudiantes y tenemos un programa con el que conseguimos puestos a muchos de vosotros. Cómetelos en la entrevista, anda. Mañana me cuentas.
Salió por la puerta despidiéndose con la mano.
—Hasta mañana —suspiró Diego, aún sin dar crédito.
Miró otra vez el papel, después el billete, otra vez el papel, el billete y quiso saltar, gritar de alegría, ponerse a bailar, decirle a todo el mundo lo afortunado que era, lo entusiasmado que estaba y lo bien que iban saliendo las cosas.
Se abrió la puerta de la habitación y vio entrar a Sergio. Antes de que este pudiera ni siquiera saludar, se lanzó hacia él y lo abrazó levantándolo del suelo.
—¿Qué haces? —preguntó su compañero riéndose, sin entender nada.
Diego lo soltó, pero después volvió a abrazarlo.
—¡Tengo una entrevista de trabajo! —anunció dándole otra vuelta al aire.
—Si no me sueltas, no voy a poder respirar para alegrarme.
Diego lo dejó de nuevo en el suelo y cerró los ojos para controlar su euforia.
—Perdona —dijo, apretando el billete y el papel.
—Cuéntame eso de la entrevista.
—Ha venido Raúl —comenzó a contar Diego después de coger aire—, y me ha dicho que mañana tengo una entrevista para trabajar en una librería.
—Eso es fantástico.
Diego echó los brazos al aire.
—Ya lo creo —celebró—. Era lo que necesitaba para poder darle un respiro a mi abuela y pagarme todos mis gastos por mi cuenta. Además, en una librería.
—Bueno, pero antes de darlo por hecho, deberías de ir y ver qué te dicen.
—No importa. Pase lo que pase, esto es una señal de que las cosas van a ir bien. —Volvió a abrazarlo y de un impulso, le dio un beso en la mejilla—. Me voy corriendo a llamar a mi abuela para contárselo. —Fue hacia la puerta y la abrió—. ¡Adiós! —se despidió cerrando tras de sí.
Sergio se quedó mirando la puerta y acariciando su rostro, donde había recibido el beso, sonriendo con ternura.