CAPÍTULO 4

Responsabilidades de adulto.

 

 

 

 

 

La librería no estaba lejos de la residencia y pensó que era toda una suerte no tener que ir en metro hasta allí. Si le cogían para el trabajo, podría ser agobiante estar medio día bajo tierra, entre viajes a la universidad y a la librería. Claro que ya sería afortunado pudiendo tener un trabajo, así que de todas formas no se habría quejado. Pidió indicaciones a la chica de recepción y se dibujó un pequeño plano en el papel donde Raúl le había puesto la dirección. Solo tenía que llegar hasta la calle Almagro y caminar hacia el sur. Al llegar a la plaza de Alonso Martínez debía de cruzar otra plaza en frente, Santa Bárbara, y en una de las calles que daban allí, estaba la librería.

Hasta entonces para él el trabajo significaba ayudar a su abuela en la huerta. Le vendría bien abrir su abanico de experiencia, ya que como le dijo Raúl, lo que había aprendido en el pueblo le iba a servir de muy poco en la ciudad.

Antes de entrar, se quedó mirando la librería desde la acera de en frente. No era una calle muy ancha y los edificios no pasaban de las cuatro o cinco plantas. Parecía una zona muy tranquila, con poco tráfico y silenciosa. Perfecta para un comercio literario. Aún le faltaban quince minutos para la entrevista y, aunque no quería llegar con la hora justa, quiso tomarse su tiempo para controlar ese lugar e imaginarse trabajando dentro. Él era un apasionado de la lectura y estaba convencido de que iba a aprender muchas cosas allí dentro… Contando con que consiguiera el trabajo. Sabía que estaba aventurándose demasiado con su imaginación, pero él disfrutaba dejándose arrastrar dentro de su mente. Claro que si no conseguía el puesto, después vendría una gran decepción por culpa de haberse ilusionado demasiado.

Antes de dejarse llevar por su imaginación hasta un punto sin retorno, cruzó la acera y con decisión entró en la librería. Era un lugar amplio, con un escaparate a cada lado de la puerta, y lleno de estanterías en su interior, con el mostrador al fondo. Allí vio a un hombre de mediana edad y fue hacia él. La decoración era muy clásica y advirtió que, si aquel lugar no tenía muchos años, al menos nuevo no era.

—Buenos días —dijo al librero—. Tengo una entrevista de trabajo.

El hombre, que ojeaba unas facturas, lo miró por encima de sus gafas, o más bien lo observó.

—Tú debes de ser Diego —advirtió sin mucha emoción, cosa que lo impuso bastante.

—Sí, soy yo —confirmó con la boca pequeña.

El hombre apretó el morro y afirmó con la cabeza entornando los ojos.

—¿Por qué quieres trabajar aquí? —preguntó.

—Necesito el dinero para pagarme los estudios —contestó Diego encogiéndose de hombros.

El librero se quitó las gafas echándose a reír.

—Al menos eres sincero —dijo—. Los otros que han venido mentían diciendo que lo hacían porque les apasionaban los libros, pero lo cierto es que todos lo hacéis por el dinero, cosa que me parece bien. ¿Tanto cuesta decir la verdad?

—No, no —se apresuró a decir Diego—. A mí me encantan los libros. Los leo a montones.

—Lo sé. Te he visto comprando por aquí varias veces.

Diego frunció el ceño.

—¿A mí? —se extrañó—. Pero si es la primera vez que entro. Solo llevo unos días viviendo en Madrid.

—A ver —ambió de tema el librero—. ¿Qué libro te estás leyendo ahora?

—Estoy releyendo El diario de Ana Frank. Ahora que voy a vivir aquí solo, me siento un poco identificado con la historia de estar encerrado en un mundo lleno de gente pero sintiendo esa soledad que explica ella.

El hombre se cruzó de brazos y volvió a observarlo en silencio. Allí había algún cliente que estaba siendo atendido por dos libreros más, unos chicos algo mayores que él. Diego, incómodo, miró alrededor para no sostener esos ojos que lo estaban taladrando. Quería irse de allí. El trabajo ya le daba igual. Solo pensaba en marcharse. Ya saldría otra oferta.

—Mañana aquí a las cinco con tu documentación —dijo el hombre—. Tus horarios serán de lunes a viernes, de cinco a nueve. Valoro mucho la puntualidad, la seriedad y el buen trato con la gente. Si fallas en una de esas cosas, estarás despedido.

Diego, sorprendido, volvió a mirarlo.

—¿Eso significa que me da el trabajo? —preguntó quedándose con la boca abierta.

—Vaya, pensaba que eras un poco más inteligente para hacer una pregunta tan tonta. ¿Quieres que me arrepienta antes de contratarte?

—Mañana estaré aquí a las cinco —aseguró Diego irguiendo la espalda—. Gracias, muchas gracias.

El librero alargó la mano en forma de saludo. Diego, amedrentado, la aceptó.

—Bienvenido —dijo el hombre, sonriendo y haciéndole ver que no era tan malo como parecía—. Aprovecha tu última tarde libre para acabar El diario de Ana Frank.

—Lo haré —añadió Diego soltando la mano, mucho más tranquilo—. Hasta mañana.

—Hasta mañana —se despidió el librero inclinando la cabeza.

Salió del establecimiento con una sensación extraña. Quería estar emocionado por conseguir el trabajo, pero tenía un nudo tan fuerte dentro que se le había formado con la presencia de ese hombre, que no podía celebrarlo. Le había recordado al librero que salía en La historia interminable y que le enseñaba el libro del mundo de Fantasía a Bastian. Eso le hizo sonreír y relajarse un poco. Estaba seguro de que iba a poder llevar una buena relación laboral con ese hombre y estar rodeado de libros lo haría sentirse bien.

Mientras caminaba de vuelta a la residencia, siguiendo su plano, se cuestionaba la vida. Era curioso cómo todo podía ir cambiando a cada día. Hacía solo una semana era un chico de pueblo que imaginaba cómo sería todo aquello y ahora lo estaba viviendo, viendo cómo iba cambiando todo a cada paso que daba. Le gustaba, sí, y mucho. La aventura no había hecho más que comenzar y estaba convencido de que lo esperaban muchas sorpresas, y eso que las clases aún no habían comenzado.

Se fue directo hacia la residencia. Necesitaba darle la noticia a alguien y compartir su alegría. Sabía que lo que tenía que hacer era llamar a su abuela, quien era la que primero debía de saber algo así, pero sentía el impulso de que fuera algo menos frío que con un teléfono de por medio. Necesitaba abrazar y que lo abrazaran. Lo que no quería era contárselo a su abuela la primera y que al esperar ese abrazo, no pudiera tenerlo y eso lo entristeciera. A ella se lo podía decir después. Ni siquiera sabía que había tenido una entrevista.

Subió hacia la habitación de Raúl. Él le había conseguido el trabajo y merecía ser el primero en saberlo y celebrarlo. Llamó con los nudillos, pero nadie contestó. No estaba allí. Era una pena, porque a Raúl le habría gustado mucho saberlo, pero ya se lo diría después. Bajó a su habitación para contárselo a Sergio y allí tampoco había nadie. Empezaba a ponerse nervioso. Tenía que compartirlo y hacerlo ya. Decidió ir al teléfono de la residencia, que se encontraba en la recepción, para llamar a su abuela. Después de todo, ella era la que se merecía saberlo primero y había sido un poco egoísta pensando en su propia satisfacción en vez de en lo que era justo. Estaba convencido de que la mujer se alegraría muchísimo al saberlo y tenía que prepararse para volver a soltar alguna lágrima, esta vez con mezcla de alegría, tristeza y algo de melancolía, pero las cosas eran así y ellos lo supieron cuando tomaron la decisión de separarse para que Diego tuviera alguna oportunidad en esta vida fuera de la tierra de la huerta.

Al marcar el número y esperar mientras daba señal descubrió que su abuela no estaba en casa. Se vino un poco abajo mientras los tonos seguían sonando con la mirada perdida. Puede que aquello fuera una señal que le estaba advirtiendo de que debía acostumbrarse a su nueva soledad y que a partir de ese momento todo lo tenía que vivir él solo y aprender a compartir las cosas consigo mismo.

—¿No contestan? —oyó a su espalda.

Se giró sorprendido, volviendo de su letargo, y vio que allí había una chica que parecía esperar a que se quedara libre el teléfono para llamar ella. Se trataba de alguien, como casi todos allí, de más o menos su edad, morena de pelo largo que llevaba en una coleta, aspecto de intelectual y belleza enigmática, aunque fue algo en lo que él no reparó en un principio. Llevaba una mochila a la espalda y varias carpetas en la mano.

—No —respondió Diego, sin ocultar su desánimo después de haber estado tan contento.

La chica frunció el ceño torciendo la cabeza.

¿Te encuentras bien?

Diego cerró los ojos, suspiró y negó como si así despejara un poco su mente.

—Sí, sí —dijo sonriendo—. En realidad me encuentro muy bien. Es solo que llamaba a casa para compartir una noticia y no contestan, eso es todo.

—Qué lejos nos sentimos ahora que aún llevamos poco tiempo lejos de nuestra familia, ¿eh?

—No te lo voy a contar, porque parece que lo sabes igual que yo.

Los dos rieron.

—Me llamo Sara —dijo ella abrazando sus carpetas.

—Yo Diego —añadió él, agradecido porque alguien lo hiciera sonreír—. Encantado.

—Lo mismo digo. Perdona que sea grosera. No estaba aquí espiándote, sino esperando para llamar. ¿Has acabado?

Diego miró el auricular que aún tenía en la mano, recordando lo que había ido a hacer allí.

—Sí, claro —afirmó colgando—. Lo siento. No quería ser un acaparador.

Se apartó para que ella pudiera acceder al teléfono.

—Tranquilo —dijo la chica sin soltar sus carpetas del pecho—. No pasa nada.

—Bueno, pues… Adiós… Sara.

—Adiós, Diego.

Se alejó de allí y mientras iba hacia el ascensor, se volvió sorprendiéndose de que ella seguía mirándolo sin coger el teléfono. Al sentirse descubierta, disimuló mirándose la suela de un zapato y se apresuró a descolgar.

Mientras subía en el ascensor tuvo una idea. Ya sabía a quién contarle la noticia, aunque para eso tenía que volver a arriesgarse. Al salir en su planta, bajó las escaleras hasta la de chicas y fue hacia la puerta de la habitación de Rebeca. Seguro que ella se iba a alegrar y lo vería como un chico más interesante al enterarse de que había conseguido un trabajo.

Se arregló un poco la ropa para estar más presentable, se pasó una mano por el pelo y llamó. Al ver que se abría la puerta respiró aliviado porque por fin alguien iba a escuchar lo que tenía que decir, aunque se estuviera exponiendo a represalias por estar allí.

—¡Hola! —saludó ella al verlo—. ¿Qué tal?

—Hola, Rebeca. Muy bien. Verás —comenzó a decir, pero el corazón se le aceleró al tenerla delante y de pronto no le salían las palabras. El miedo a ser descubierto tampoco ayudaba a que se calmase.

—¿Sí?

Diego se frotó las manos intentando juntar el valor para seguir hablando. Miró a ambos lados. Una chica salió de su habitación y fue hacia el ascensor. Al verlo no le dio importancia, pero él estuvo a punto de marearse de la impresión.

—Es que me ha ocurrido algo bueno y quería contárselo a alguien —comentó con los ojos cerrados.

—¿Ah, sí? —dijo ella, alegrándose—. ¿Qué ha sido?

—Todo ha ocurrido muy rápido —empezó a contar Diego, obligándose a estar más calmado y abriendo los ojos, aunque intentando no mirarla a la cara—. Ayer, después de ayudarte con las maletas, subí a mi habitación y vino mi consejero diciéndome que tenía para mí una entrevista de trabajo hoy en una libraría. —Tragó saliva y respiró para no emocionarse—. ¡Me han cogido, Rebeca! Empiezo mañana.

—Me alegro muchísimo —dijo ella, cogiéndolo de una mano—. Sí que es una gran noticia… Eh… ¿Cómo te llamabas?

De pronto la noticia ya no tenía tanta importancia. Se dejó de caer de hombros sintiéndose el chico más ridículo del mundo. ¿Cómo era posible que la chica con la que había quedado para ir a una fiesta no recordase su nombre? Miró a ambos lados para volver a asegurarse de que nadie lo estaba viendo, pero esta vez no por poder ser descubierto incumpliendo una norma, sino porque no habría soportado ser tan pronto el hazmerreír de la residencia. Todos comentarían por los pasillos que había un chico que iba a por una chica que ni siquiera sabía cómo se llamaba y que él se arrastraba a la mínima oportunidad hasta su habitación suplicando algo de atención.

—Di… Diego —contestó casi en un susurro, mirando al suelo—. Me llamo Diego.

—¡Es verdad! —dijo ella poniéndole ambas manos en los hombros como muestra de ánimo—. Perdona. Cuando me lo dijiste no debí de estar muy atenta. De verdad que me alegro mucho por ti. No has hecho más que llegar y ya tienes un trabajo. Eso es fantástico.

—¿Tú crees? —preguntó él, como reviviendo, levantando la mirada y sonriendo como si el incidente no hubiera ocurrido.

—¡Claro! No creo que muchos puedan decir lo mismo.

Diego arrugó la barbilla y afirmó con la cabeza orgulloso de lo que estaba oyendo.

—Gracias —dijo, mucho más animado—. Muchas gracias. ¿Sigue en pie lo de ir a la fiesta?

—Por supuesto. Que yo sepa, no se ha suspendido, ¿no?

—No creo.

—Menos mal —suspiró ella agarrándose el pecho—. Pensaba que lo decías porque habías oído algo. Es que tengo muchísimas ganas de ir.

Oír aquello volvió a subirle el ánimo y en solo un segundo se imaginó yendo con ella a esa fiesta, bailar en la pista de baile y ser la envidia de todos los demás por haberse llevado a la chica más guapa de la residencia.

—Yo también tengo muchas ganas —reconoció.

—Genial. Entonces, ¿nos vemos allí?

—Si no nos vemos antes —advirtió él, casi como un deseo.

Ella se rio.

—Claro —dijo—. Será difícil no vernos por aquí hasta el viernes. Venga, que tengas un buen día… Diego.

—Lo mismo digo, Rebeca.

Al cerrar la chica la puerta de su habitación, Diego estaba insultante de felicidad. Ya no tenía ninguna importancia que le dijeran algo por estar en la planta de chicas. Todo le sonreía. Se alegraba de haber tenido la idea de ir a contárselo a Rebeca. Ahora estaba más convencido de que podía haber algo entre ellos. Puede que fuera el destino. Todo se había confabulado para que acabaran juntos: la ayuda con las maletas, una fiesta, que Raúl le dejase dinero para ir y encontrar un trabajo para poder devolvérselo. Incluso que fuera allí a estudiar una carrera. Era posible que todo estuviera pensado para que ellos dos acabaran juntos y que no hubiera nada más importante en el mundo.

Quedaban dos días para el viernes y e2341so era muy poco, aunque se le iba a hacer eterna la espera. Al menos al día siguiente empezaría a trabajar y eso lo mantendría ocupado, porque se veía pensando en su cita cada minuto que quedase para que ocurriera.

Ahora tenía que pensar en qué podía entretenerse. En ese momento habría sido incapaz de concentrarse leyendo un libro y tampoco conocía a gente para poder charlar y pasar un poco el rato. Volvió a su habitación y, por suerte, Sergio había vuelto en el tiempo que tardó en bajar a hablar con Rebeca. Lo encontró sentado en su escritorio, ordenando algunos papeles para el nuevo curso. Se alegró tanto de verlo, que tuvo el impulso de abrazarlo, pero se contuvo porque en el fondo aún no se conocían lo suficiente como para tener ese tipo de confianza.

Al oír la puerta, Sergio se giró en su silla y se levantó casi de un salto.

¿Cómo ha ido la entrevista? —preguntó expectante.

—¡Me han cogido!

—¡Toma ya! —soltó Sergio, dando un salto de alegría.

Para sorpresa de Diego, fue Sergio el que se acercó y le dio un abrazo, levantándolo por los aires. No pudo reprimir soltar una carcajada ante esa reacción y se sintió aún más afortunado por tener un compañero de habitación así.

—Mi jefe es un poco extraño —dijo al estar de nuevo en el suelo—, pero seguro que eso hace al trabajo más interesante.

—Tenemos que celebrarlo —añadió Sergio señalándolo con un dedo—. ¿Tienes algo que hacer ahora?

«Esperar a que llegue el momento de la fiesta», pensó Diego, pero dijo:

—No, en realidad no.

—Pues venga —ordenó su compañero, yendo hacia su armario y cogiendo una cazadora vaquera—, vámonos por ahí.

—¿Adónde?

—No sé. Ya se nos ocurrirá algo.

Salir a la calle con un amigo, aunque acabará de conocerlo, era para Diego casi tan importante como haber encontrado trabajo. Sentía que con Sergio podía congeniar y estaba convencido de que se iban a convertir en grandes compañeros de habitación y en dos confidentes que podrían apoyarse el uno al otro en muchas ocasiones, cosa que ambos iban a necesitar muy a menudo.

Seguía echando de menos al pueblo, a su abuela, pero también era verdad que estaba ocupando todo su tiempo haciendo cosas por primera vez y eso le estaba ayudando a alejar la melancolía.

Las calles de la ciudad, a punto de recibir al otoño, se le antojaban tan atractivas y estaba tan exultante, que no podía parar de sonreír mientras caminaba charlando con Sergio contándole los detalles de esa extraña entrevista de trabajo. Como era algo que ya había ocurrido y lo veía un poco con distancia y en frío, vio que había sido casi cómico y Sergio no paró de reír mientras le contaba lo nervioso que lo había puesto aquel librero tan peculiar.

Caminando y callejeando aprovecharon para seguir explorando una ciudad que tenía un sin fin de posibilidades para dos chicos jóvenes. Estaban llenos de vida, de ganas por comerse el mundo, de hacer cosas, aprender, y nada los habría frenado. Diego conocía poco a Sergio, pero era suficiente para saber que ese chico tenía por dentro tantas inquietudes como él mismo. Además, también era un gran amante de la música y la literatura como él. Tenían tantas cosas en común como para que su amistad fuera creciendo día a día.

Sus pasos los llevaron hasta una chocolatería de diseño clásico que se encontraba casi en el Paseo de la Castellana, de esas que llevaban abiertas décadas y seguían manteniendo su apariencia original, y Sergio se detuvo mirándola.

—¿Qué ocurre? —preguntó Diego deteniéndose también.

—Se me acaba de apetecer un chocolate caliente. Venga, que te invito a uno.

Sergio lo cogió de un brazo y tiró de él para que entraran.

—¿Ahora? —preguntó riéndose de la ocurrencia de su compañero.

—Claro —contestó Sergio yendo hacia la puerta y arrastrándolo con él—. Siempre es un buen momento para tomarse un buen tazón de chocolate.

Abrió la puerta y entraron.

—Estás loco —bromeó Diego sin dejar de reírse.

Dentro había mesas para poder sentarse, todo muy vintage, como si al pasar por la puerta hubieran retrocedido en el tiempo. Se sentaron y les sirvieron dos tazas de chocolate y una ración de churros que les pareció un manjar.

—Hemos hecho bien entrando —comentó Sergio relamiéndose—. Esto está riquísimo.

—Es verdad. Muchas gracias por invitarme.

—No tiene importancia, hombre. Ahora que vas a empezar a trabajar, ya me invitarás a mí alguna vez.

—Eso por descontado —aseguró Diego, orgulloso de ir a tener capacidad económica. Ganar dinero por sí mismo no solo lo iba a hacer madurar, sino a hacer más independiente, cosa que estando solo en la cuidad le iba a venir muy bien y además dormiría tranquilo sabiendo que su abuela no iba a tener que matarse a trabajar ni a hacer grandes esfuerzos para mantenerlo mientras estudiaba.

—Bueno —dijo Sergio—. Cuéntame. ¿Por qué veterinaria? A parte de porque te gusten los animales, claro, que eso lo doy por hecho.

Diego dejó la cucharilla dentro de su taza y tragó el trozo de churro que tenía en la boca. Poder hablar de sus cosas con alguien era agradable, para variar.

—Me gustaría montar mi propia clínica veterinaria para los pueblos ganaderos de donde provengo.

—La vida en un pueblo tiene que ser muy diferente. No me imagino estar todo el tiempo sin ruido, con poca gente… Esa tranquilidad puede llegar a ser agobiante, ¿no?

—Qué va —añadió Diego negando con la cabeza—. Eso lo dices porque siempre has vivido en una ciudad, aunque sea más pequeña que esta. Vivir en un pueblo para mí es lo mejor. No hay nada que te distraiga de lo que en realidad importa.

—¿Y qué es lo que en realidad importa? —quiso saber Sergio, frunciendo el ceño.

—Tener tu propia vida, ayudar a tu familia, ver el mundo como de verdad es… No sabría explicarlo con palabras, pero son muchas cosas.

—Hablas como un poeta —advirtió Sergio sonriendo.

—No sé. Será porque viviendo en un pueblo tienes mucho tiempo para leer.

—Eso es verdad.

Los dos rieron con ganas. Estaban pasando un rato diferente y agradable. Además, esa celebración privada los estaba ayudando a acercarse el uno al otro. Los dos se sentían muy solos en la ciudad y necesitaban algo de compañía. Se caían bien y se alegraban de ser compañeros de habitación.

—Ahora cuéntame tú —pidió Diego—. ¿Por qué has elegido la facultad de bellas artes?

Sergio puso ambas manos en su regazo echándose hacia atrás en su asiento. Desvió la mirada y su rostro perdió algo de luminosidad.

—Bueno —dijo sin levantar la vista—, era la excusa perfecta para irme lejos y me gustaría convertirme en un gran pintor para darle en los morros a más de uno.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, sí —aseguró Sergio volviéndose a echar hacia adelante y cogiendo su taza—. Es solo que me acuerdo de cosas… No sé… supongo que es inevitable.

—¿No eras feliz en tu ciudad?

—No —contestó Sergio, y fue muy rotundo en su respuesta.

—Tampoco quiero ser entrometido preguntando cosas que no me incumben.

—Tranquilo —dijo Sergio haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia—. No pasa nada. Lo importante es que estoy aquí y que lo demás ya no importa.

Diego sonrió.

—Me gusta que pienses así —admitió.

—Claro —soltó Sergio con energía y viniéndose arriba—. Una nueva vida ha comenzado y tenemos que aprovechar esta oportunidad.

—Eso es verdad, aunque a mí me gustaría volver al pueblo.

Sergio cogió el último churro que quedaba y lo untó en su taza.

—Ya veremos a ver qué piensas de aquí a unos meses —dijo.

Esa especie de amenaza dejó a Diego un poco preocupado. ¿Y si Sergio tenía razón y pasado un tiempo se le olvidarían sus promesas? La gran ciudad lo estaba emocionando y no había hecho más que llegar. No quería que todo ese deslumbramiento ensombreciera su misión, pero tampoco podía evitar dejarse llevar por todo lo que estaba experimentando por primera vez.

Puede que hubiese vivido demasiado tiempo en un pueblo demasiado pequeño. Lo que necesitaba era conocer el mundo real, que también era el que había vivido siempre, al igual que estaba viviendo ahora. Lo justo era que supiera cómo resultaban las distintas formas de vida para después saber cuál era su verdadero camino.

A ambos les vino bien esa charla. Los dos habían dicho y oído cosas que necesitaban decir y oír. Después de ese chocolate con churros estaban más preparados para hacerle frente a todo lo que les esperaba a partir de ese día. Las clases estaban a punto de empezar y sabían que tendrían que trabajar mucho para conseguir alcanzar su sueño. Con el apoyo mutuo todo les sería más fácil.

 

Al llegar a la residencia volvió a intentar llamar a su abuela. Ya estaba más relajado y de esa forma podría contener mejor la emoción. Había sido buena idea estar con Sergio antes de hacer la llamada y se alegró de que la primera vez no le hubiera contestado.

—¿Dígame? —se oyó al otro lado del auricular.

—¡Abuela! —dijo él alegrándose de que la hubiera pillado en casa—. ¿Cómo estás?

—Hola, Diego. Muy bien. ¿Cómo estás tú, cariño?

—Contento, la verdad. Antes te he llamado y no has contestado.

—¿Ah, sí? —añadió ella—. No sé. Habrá sido cuando he salido a por el pan.

—Es posible. El caso es que quería darte una noticia.

—¿Una noticia? —preguntó ella expectante—. ¿Buena?

—Claro. Muy buena.

Se imaginaba a su abuela sentada en su sillón con el teléfono en la mano, como tantas veces la había visto. Imágenes con las que había convivido a diario resultaban demasiado lejanas y dolorosas. Respiró para no venirse abajo y no arrastrar de esa forma a la mujer.

—Cuenta, hijo, cuenta, que me tienes en ascuas.

—He tenido una entrevista de trabajo —dijo él, deseando ver la cara que estaría poniendo ella.

—¿Tan pronto?

—Sí, me la consiguió mi consejero de la residencia de estudiantes.

—Ay, Diego, cuéntame cómo ha ido, que me va a dar un ataque.

Él se rio. La conocía muy bien y sabía lo nerviosa que se ponía por todo. En ese sentido no había salido a ella. Era mucho más calmado con las cosas.

—El caso es que empiezo a trabajar mañana —anunció, apartando un poco el auricular de su oído, porque sabía que le esperaba oír un buen grito.

—¡Qué alegría! ¿Y dónde? Ay, ¡qué orgullosa estoy de ti!

—En una librería —informó él conteniendo las lágrimas. Pensaba que estaba más calmado, pero una vez que se puso a hablar con la mujer, los nervios volvieron.

—Con lo que te gustan los libros —dijo ella con la voz llorosa—. Qué felicidad, Diego. Ya verás como te va a ir muy bien.

La abuela se detuvo asaltada por las lágrimas.

—No llores, venga —pidió él, mirando hacia el techo—, que me voy a poner a llorar yo también.

—Perdona, hijo —dijo ella expirando—. No lo puedo evitar.

—Lo sé pero… No estoy allí para darte un abrazo y eso lo hace difícil.

Diego también rompió a llorar. Aquello era demasiado doloroso y aún no estaba preparado para estar tan lejos de su abuela. Se la imaginaba tan frágil y tan decaída, que eso le rompía el corazón.

—No te pongas triste, anda —dijo ella—, que mis lágrimas son de felicidad.

—Lo sé, pero…

—¿Te sientes solo? —preguntó la mujer, recobrando la calma.

—Un poco —admitió él—. Estoy haciendo amigos, pero claro, me acuerdo mucho del pueblo y de ti.

—Tienes que ser fuerte. Eso es normal al principio y te seguirá pasando. Ahora que te vas a poner a trabajar y cuando empiecen las clases, verás que estarás tan ocupado, que no vas a tener tiempo de pensar en muchas cosas.

—Es que me siento culpable por haberme ido —añadió él.

¿Culpable? Lo que estás haciendo es cumplir con tu deber. Si no te hubieras ido a estudiar, al final los dos nos habríamos sentido culpables por no haber buscado un futuro para ti que sabes que aquí no tienes. Yo no voy a vivir muchos años más y cuando me vaya aún serás demasiado joven. Me gustaría que te quedaras en este mundo con tu vida ya solucionada.

—No digas esas cosas, abuela, que me haces sentir peor.

—Es la verdad y sabes que tengo razón. Anda, Diego. Seca esas lágrimas y sal ahí a cumplir con tu deber. Sé que eres capaz.

—Lo soy —dijo él sacando pecho.

—Entonces, hazlo. No te preocupes por mí. Yo estoy bien. Me mantengo ocupada en la huerta y hablando con algún vecino. Tú piensa en qué has ido a hacer allí y lucha por conseguirlo.

—Lo haré, abuela, y lo voy a hacer más por ti que por mí.

—Hazlo por ti —sugirió ella—. No hagas nunca nada por los demás. Lo que hagas en tu vida, que sea solo por ti.

—El caso es que lo haga, ¿no?

—Bueno, si eso al principio te hace estar mejor, piensa así, pero ya verás como cambias de opinión.

—Gracias por todo, abuela. Te voy a hacer sentir muy, muy orgullosa.

—Ya lo estoy —admitió ella—. De eso estate seguro.

—Te llamaré pronto.

—Todas las veces que necesites, pero intenta vivir tu vida. Piensa en lo que tienes allí.

—Adiós, abuela.

—Adió, Diego. Te quiero mucho.

—Y yo a ti.

Colgó y, al hacerlo, notó un vacío por dentro tan doloroso, que no le salieron las lágrimas. Por muy entretenido que se mantuviese y por mucho que empezara a hacer amistades, era demasiado pronto. Sabía que su abuela tenía razón y que eso sucedería solo al principio, pero estaba dentro de ese principio y hasta que pasara, dolería y mucho.

Se dio media vuelta para ir hacia el ascensor cuando vio salir de él a Rebeca, que lo vio y lo saludó con la mano sonriendo mientras iba hacia la calle. Diego se quedó helado mirándola y su única reacción fue saludarla también con la mano. Mejor no ir a hablar con ella en un momento en el que estaba tan sensible.

Verla lo devolvió a su nueva realidad y le vino a la mente la idea de una fiesta para la que solo quedaban dos días y que podía suponer el principio de algo que de pronto le estaba quitando el sueño y tenía nombre femenino y el rostro de la chica a la que acababa de saludar.

Iba a centrarse en lo que tenía allí para que la distancia no doliese tanto. Podía parecer egoísta, pero el vacío era demasiado grande como para quedarse todo el día llorando en su habitación. Después de todo, aquella era su vida y esa etapa era la que le estaba tocando vivir en aquel momento. Iba a aprovecharla al máximo. Cuando pasasen los años, quería recordar aquello sin arrepentirse por haber perdido el tiempo o no haber hecho cosas que se le ofrecían hacer.

Eso le dio energía suficiente como para recuperarse y subir en busca de Raúl. Tenía que darle las gracias por todo.

Se acordaba de cuando era pequeño y empezaba a ir a la orilla del río solo para ver el agua pasar y pensar en sus cosas. Por aquel entonces se preguntaba qué haría cuando fuese mayor, si a los dieciocho años estaría ya casado… Ahora que tenía esa edad lo veía como algo gracioso. Aún se consideraba un niño y veía demasiado lejos la edad adulta como para estar casado. Seguía sin saber muy bien qué iba a ser de su vida, pero al menos sabía lo que quería, que era un gran paso.

 

—Hola, Raúl —saludó al ver abrirse la puerta de la habitación de su consejero. Al principio no encontraba a nadie y ahora los estaba encontrando a todos. A lo mejor había sido una señal que le pedía que se lo contara primero a su abuela.

—¡Hombre, Diego! Esperaba que vinieras a verme. ¿Qué tal la entrevista?

—Tengo que darte las gracias, porque me han cogido.

—¿Ah, sí? —preguntó Raúl con muestras de alegría.

—Sí —contestó Diego satisfecho—, y te lo quiero agradecer.

—No me tienes que agradecer nada. El trabajo lo has conseguido tú y es parte del mío hacer ese tipo de cosas. ¿Cuándo empiezas?

—Mañana.

—Perfecto. Pues ya me contarás qué tal te va allí y si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Raúl le tendió la mano y Diego se la cogió.

—Lo haré —dijo.

—Ahora, a por todas.

Quién le iba a decir cuando aún estaba en el pueblo que en el poco tiempo que llevaba fuera iba a conseguir tantas cosas que lo iban a hacer estar tan animado. Todos los prejuicios que tenía sobre las grandes ciudades habían desaparecido en el momento que había pisado una. Pasó de pensar que era el peor sitio para vivir, a estar fascinado por todo lo que lo rodeaba dentro de una de esas ciudades que tanto detestó.

Todo lo que había visto por televisión no tenía nada que ver con vivirlo en persona. Oír su ruido de verdad, sentir su olor, ver los edificios a tamaño natural… Eran cosas que la televisión no podía transmitir. En solo dos días asistiría a su primera fiesta, pisaría una discoteca por primera vez, tendría su primera cita… Tantas primeras cosas en tan poco tiempo era algo que le aceleraba el corazón y hacía que quisiera más. Era joven y quería vivir la vida como una aventura, aprovechando cada momento, llenando su mente de recuerdos para cuando volviese al pueblo… Volver… Sí, tenía que volver. Ese era su propósito y debía recordarlo.

Después de la mañana que había tenido, necesitaba un poco de tranquilidad. Echaba de menos el silencio y estar consigo mismo, así que se encerró en su habitación y pasó toda la tarde tumbado en la cama leyendo y soñando despierto. Se imaginaba bailando con Rebeca y se preguntaba cómo sería una discoteca por dentro y si de verdad ponían la música tan alta que casi no se podía hablar.

 

A muchos kilómetros de distancia, pero tan cerca de él a la vez, su abuela entraba en la habitación que había ocupado Diego durante sus dieciocho años de su vida. Desde que su nieto se fue no quiso entrar ahí, pero de pronto necesitó hacerlo, para sentir que algo del chico seguía a su lado.

Se alegraba mucho de que el joven se hubiera ido en busca de una oportunidad, pero no podía evitar echarlo de menos tanto, que la tristeza había invadido su cuerpo, aunque en las llamadas telefónicas no lo dejara ver. Necesitaba que Diego cumpliera con su deber sin que nada se lo pusiera más difícil de lo que ya era. No habría sido justo decirle lo que sentía, que le dolía en el alma saber que estaba tan lejos, que soñaba por las noches con él y que por el día lo tenía en sus pensamientos a cada momento. Con él se había ido una parte de ella y su corazón se rompió en mil pedazos al verlo marchar.

Se sentó en su cama, cogió la almohada y la acercó a su rostro. Olía a él. Todo allí olía a él. Cerró los ojos dejando caer una lágrima y suspiró deseando que volviera pronto. Hacía solo cuatro días que aquel bebé había llegado a la casa y ya se había hecho todo un hombre. Tenía que emprender el vuelo, eso era inevitable, pero nadie dijo que no fuera a doler. Dolía y mucho. Tanto que no podía respirar.

Soltó la almohada y se levantó. Tenía que salir de allí. Ver ese cuarto vacío era demasiado insoportable. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, sin fuerzas.

—Vuelve —suspiró como si él pudiera oírla.

 

⭒⭑🌄⭑⭒

 

Diego estaba tan nervioso, que le resultó imposible probar bocado y la noche anterior apenas durmió. En una hora empezaba a trabajar y era un día muy importante para él. Tenía que demostrar a su jefe y a sí mismo que valía para eso. Hasta entonces no tuvo la oportunidad de demostrar que servía para algo fuera de la huerta y esto era como dar un paso más hacia la madurez adulta. Por suerte Sergio no estuvo en toda la mañana en la residencia. No habría aguantado tener a alguien cerca. Necesitaba su silencio y su tranquilidad para no llegar nervioso a la cita con el trabajo, aunque pese a esa soledad, no había conseguido ahuyentar los nervios.

Eligió muy bien la ropa que se iba a poner. No es que tuviera mucha, pero sí que podía escoger lo más serio para aparentar un poco de responsabilidad que no sabía si tenía. Se miró al espejo del baño cien veces antes de salir de la habitación. Sabía que era una tontería, puesto que su jefe ya lo había visto y no tenía que aparentar nada más, pero quería salir perfecto y, sobre todo, no llegar tarde. Por eso se fue con una hora de antelación, pese a que caminando apenas tenía unos minutos de trayecto.

Lejos de tranquilizarse, al salir de su habitación estaba más nervioso aún. No quería meterse en el ascensor para no agobiarse, así que bajó por las escaleras. Iba tan alterado que en el último escalón, antes de pisar la recepción, tropezó y cayó al suelo. Con toda la rapidez que pudo quiso levantarse deseando que nadie lo hubiera visto, cuando vio que una mano se tendía para ayudarlo. Alzó la vista y vio a la chica que el día anterior se encontró en el teléfono de la residencia. Lo miraba preocupada.

—¿Te has hecho daño? —preguntó cogiéndolo de un brazo para que se levantara.

—No, qué va —contestó él, muerto de vergüenza mientras se levantaba, estiraba su ropa y miraba alrededor. Varias chicas se habían parado a mirarlo, incluida la de recepción, aunque al ver que estaba bien, continuaron con lo suyo y no le dieron mayor importancia.

—¿Seguro? —insistió ella—. Te has dado un buen tortazo.

—Es que voy con mucha prisa y no he calculado bien las escaleras —añadió él volviéndose para ver con qué había tropezado.

—Bueno, si tienes prisa, no te entretengo.

Diego sonrió.

—Perdona —dijo—, pero tengo que salir corriendo.

—Sí, claro —añadió apartándose para dejarle paso—. Nos vemos, ¿vale?

—Claro —concluyó él despidiéndose la mano—. Adiós.

—Adiós.

Diego caminó hacia la salida, esta vez sin correr para no volver a hacer el ridículo cayendo delante de más gente, aunque al estar en la calle, aceleró el paso hasta alcanzar su destino.

Como había pensado, a su primer jefe le gustó que llegara con tiempo a trabajar. Llevó toda la documentación que le había pedido y enseguida tuvo tarea que hacer en la librería, empezando por aprender a usar la caja registradora, cómo estaba colocado un pequeño almacén que tenían en la trastienda y la distribución de géneros por la tienda. El hombre era muy meticuloso a la hora de exponer los libros, por orden alfabético de autor, todos alineados y con el lomo en la misma dirección… A Diego todo eso le gustó, porque le dio a entender enseguida que allí había mucha disciplina, cosa que haría que su trabajo y el de sus compañeros saliera mejor.

Su turno sería siempre de tarde y tendría de compañera a una chica algo mayor que él, también estudiante. El ambiente, pese a lo estricto, era agradable. Su jefe se mostraba en todo momento muy serio, como en la entrevista, pero estaba convencido de que bajo esa apariencia cascarrabias se escondía un buen hombre que iba a saber valorar su trabajo.

Antes de que pudiera darse cuenta, había llegado la hora de cerrar la librería. Se le había pasado la tarde volando y, lo mejor de todo, le gustó su primer trabajo de verdad. Iba a aprender mucho allí y disfrutaría de la experiencia laboral. Ya que tenía que trabajar para pagarse el sustento en la ciudad, hacerlo en un sitio que le gustaba iba a ser toda una suerte. Había podido ya atender a sus primeros clientes y descubrió que no se le daba nada mal. Eso lo iba a ayudar muchísimo en sus relaciones con los demás después de estar acostumbrado a vivir siempre en un pueblo donde hablaba con pocas personas de su edad.

Al llegar a su habitación, después de cenar algo, estaba deseando contarle su experiencia a Sergio, pero allí no estaba. Solo había silencio, lo mismo que tenía siempre en su día a día cuando vivía en el pueblo. Le pareció extraño no necesitar ese silencio. Lo que quería era charlar un rato antes de acostarse y eso era algo que no le había pasado nunca. Hasta entonces siempre había buscado la soledad, el encuentro consigo mismo, y ver que de la noche a la mañana algo estaba cambiando en él, al igual que el escenario en el que se movía, le hizo pararse un poco y pensar en lo que estaba haciendo. Él no era así. Era un chico de pueblo, solitario y que solo había ido allí en busca de una educación para su futuro. Quizá todo eso era una coraza que su subconsciente estaba construyendo para no echar de menos a nada ni a nadie, pero fue pensar en el rostro de su abuela y la melancolía volvió. Ojalá la tuviera cerca para hablar un poco con ella, como hacía todos los días, pero ya era tarde para llamarla por teléfono.

De repente el silencio dolía. Puede que fuera porque si no lo compartía con la naturaleza del pueblo, con sus paisajes y sus modestas construcciones, ese silencio carecía de sentido. En la ciudad veía que sus necesidades eran otras. Quería vivir haciendo cosas, escuchando a los demás, viendo el movimiento frenético que se le ofrecía, conocer a un montón de gente… ¿Significaba eso que en el pueblo estaba viviendo una mentira, o la mentira era la que tenía en la ciudad? ¿Cómo era él en realidad? Se dio cuenta de que el trabajo más difícil que tendría que hacer viviendo allí era que debía comenzar a conocerse a sí mismo, como si fuera el mayor desconocido que pudiera encontrar. Ya no sabía quién era ni lo que quería. ¿Eso significaba que iba a empezar a madurar y que dejaba atrás la adolescencia? Nadie le había advertido de que eso fuese a ser así y no estaba preparado. Por supuesto que no.