CAPÍTULO 6

¿Por qué me has hecho esto?

 

 

 

 

 

Abrió los ojos y por un momento volvía a estar en el pueblo, en su habitación, y podía levantarse para desayunar con su abuela antes de bajar a la huerta a trabajar un poco, pero bastó con que se moviera un poco para que enseguida supiera que esa no era su cama, que no estaba en el pueblo y que nada había sido un sueño. Vivía en Madrid y todo había cambiado.

Se estiró en la cama y buscó su reloj sobre la mesilla. La persiana estaba subida y entraba la luz de la calle haciéndolo sentir culpable por estar aún en la cama. Eran las doce del mediodía. No había dormido demasiado, pero para él casi era un pecado no estar en pie haciendo cosas, por mucho que fuera fin de semana y no tuviera nada que hacer.

Se incorporó en la cama y vio que Sergio dormía en la suya. Lo tranquilizó saber que estaba bien, aunque eso le hiciera sentir como si fuera un padre preocupado por su hijo. Al menos alguien había tenido una gran noche, aunque prefirió no pensar en qué cosas había estado haciendo con aquel chico con el que se fue. De momento era mejor no hacerse preguntas sobre algo que desconocía en absoluto.

Fue directo hacia la ducha y, mientras le caía el agua sobre la cabeza, volvieron a su mente imágenes de la fiesta, de Rebeca besándose con ese chico y de su decepción. No entendía cómo una chica que conocía tan poco, que había idealizado hasta la obsesión, podía hacerlo venirse abajo. En circunstancias normales aquello le habría dado igual. Era un chico muy poco social, más bien solitario, y esas cosas siempre le habían importado poco. Llegar a Madrid había hecho que eso cambiara y de repente era una persona que se relacionaba con los demás y que desde el primer día se interesaba por una chica. Aquellos no habían sido sus planes cuando dejó el pueblo. Él quería centrarse en su carrera y empezaba a arrepentirse de haber llegado con tanto tiempo de antelación, ya que todo eso no habría ocurrido y tampoco se habría interesado por una fiesta estúpida y por una chica que no lo había valorado. Era el primero en sorprenderse de que le afectara tanto aquella tradición, pero lo hacía, le afectaba hasta el punto de que no podía pensar en otra cosa.

Salió de la ducha y al mirarse en el espejo se llamó estúpido en silencio. Tenía que centrarse solo en lo que había ido a hacer a esa ciudad y, nada más llegar ya estaba yendo detrás de las chicas. No se encontraba de vacaciones. El motivo por el que estaba allí era para estudiar y, mientras no empezarán las clases, volvería a ser un ermitaño. Se había comportado con una inmadurez poco propia en él y no lo podía consentir. Siempre había sido un chico muy sensato que hacía lo correcto, pero por algún motivo el cuerpo le pedía algo más que ser el niño bueno que siempre había sido. Era joven, estaba en la gran ciudad, un lugar lleno de oportunidades, y no podía evitar tener la necesidad de vivir la vida y aprovechar lo que aquel lugar le ofrecía. Tenía la opción de ser el que había sido siempre o dejarse llevar y prefería elegir la primera opción, sobre todo porque en solo unos días ya había conocido la consecuencia de arrastrase por un mundo que lo había deslumbrado. Eso le había hecho daño y no quería que volviera a suceder.

Lo que más le apetecía era pasarse el día en la habitación leyendo con tranquilidad. Eso para él habría sido el fin de semana perfecto, pero no quería molestar el sueño de Sergio, así que se vistió, cogió un ejemplar de Misery, escrito por Stephen King, y se fue de allí. Bajó al comedor para coger algo que le hiciera no tener hambre hasta la hora de la comida, dispuesto a echarse a la calle y buscar un lugar donde poder devorar el libro.

Al entrar vio en una de las mesas sentada a Sara. Volvía a aparecer en cualquier parte, como si siguiera sus movimientos. Debido a la hora y a que muchos de los estudiantes de la residencia dormían después de una noche de fiesta con más éxito que la suya, no había mucha gente allí, por lo que no pasaba desapercibido, así que de acercó a ella para saludar. La chica leía un libro y no se había dado cuenta de su presencia hasta que lo tuvo delante.

Levantó la mirada de su lectura y, al ver a Diego, se apresuró a esconder la obra entre sus piernas, pero con el tiempo suficiente para que el chico advirtiera que se trataba de una edición de Romeo Y Julieta. Recordó en su charla nocturna había mencionado que era una de sus obras preferidas y le pareció curioso.

—¿Lo tenías ya, o no te has acostado para buscar una librería y comprar un ejemplar? —bromeó al ver que la chica se ponía roja.

—No —contestó ella sin atreverse a mirarlo a la cara—. Ni… Ni una cosa ni la otra. Lo he cogido de la biblioteca. Me… Me hablaste tan bien de él anoche, que tenía curiosidad por leerlo… Veo que tú tampoco has dormido demasiado.

—Me encuentro bastante descansado —apuntó Diego—. En realidad me siento culpable por haber estado en la cama hasta medio día, por muy tarde que me acostara.

—Espero que te haya compensado acostarte tan tarde —dijo ella, con los colores ya en su estado normal—. Yo me lo pasé muy bien.

Diego recordó que, aunque él también disfrutase de la charla, ese no había sido el motivo de ir a la fiesta ni lo que en un principio tendría que haber ocurrido. Se acordó de Rebeca y le dio tanta rabia, que se sentó frente a Sara y le dijo, como si fuera a confesarle algo tenebroso:

—Debo tener valor y decirle lo que pienso.

—¿A quién? —preguntó Sara echándose expectante hacia delante sobre la mesa.

—A Rebeca —contestó él.

La chica volvió a echarse hacia atrás apoyando la espalda en la silla, poniendo gesto de decepción.

—Claro —dijo sin ninguna entonación—. Ve y haz el mayor de los ridículos.

—Tengo que dejarle claro que se ha portado mal conmigo y que estoy dolido. Lo de anoche no se le hace a nadie y tiene que darse cuenta.

—¿No te has parado a pensar que todo eso a ella le da igual? Anoche demostró que le importabas bien poco. No sé si me explico.

Diego se puso en pie casi de un salto.

—Iré ahora mismo, antes de que me arrepienta.

—Estará dormida —dijo Sara negando con la cabeza—. La vas a cabrear.

—Gracias por los consejos —concluyó él dándose media vuelta para salir de allí.

—¡Pero si lo que te he aconsejado es que no vayas! —gritó ella, pero Diego no hizo caso de sus palabras.

Estaba dispuesto a decirle a Rebeca todo lo que pensaba y a dejarle muy claro que no podía jugar con él de esa forma. ¿Quién se había creído que era para tratarlo así?

Salió del comedor con decisión y fue directo hacia las escaleras importándole bien poco la norma de mezcla de sexos en los pasillos. Al llegar a la planta de las chicas, solitaria y silenciosa, y a medida que se iba acercando a la habitación de Rebeca, su ira iba creciendo. Podría haber echado su puerta abajo, pero se contuvo y se limitó a llamar con los nudillos con la suficiente fuerza como para despertar a quien estuviera durmiendo al otro lado. En circunstancias normales nunca habría hecho eso, faltándole el respeto a alguien que podía estar descansando después de una noche sin dormir, pero no estaba dispuesto a echarse atrás. Si no lo hacía en ese momento, sabía que jamás lo haría.

La puerta no se abrió y vivió a llamar, esta vez un poco más fuerte. No quería pensar que aún no hubiera llegado a dormir o que hubiese pasado la noche fuera. Tenía que estar allí dentro, así que, empezando a alterarse, llamó una tercera vez y en esa ocasión la puerta sí se abrió. Apareció ante él Rebeca, poniéndose una bata, con el pelo alborotado y cara de no haberse despertado aún.

—¿Qué pasa? —preguntó ella casi sin poder abrir los ojos. Mantenía la puerta abierta justo para poder asomar la cabeza.

—Si no está tu compañera de cuarto —dijo él, empezando a sentirse mal por haberla despertado. Verla así, somnolienta, le daba un aspecto tierno, dulce, y casi prefería darle un abrazo antes que echarle la bronca—, ¿puedo entrar?

La chica miró hacia adentro y volvió a asomar la cabeza.

—No… Ella no está.

—Entonces, ¿me dejas pasar?

Rebeca cerró un poco más la puerta, dejando que solo se asomara parte de su cara.

—He dicho que mi compañera no está —explicó resoplando—, no que esté sola y por favor, baja la voz.

Diego comprendió muy bien lo que le quería decir y la imagen de ese chico besándola volvió con más fuerza a su mente a la vez que se lo imaginaba es la cama que había al otro lado de la puerta, mezclando su cuerpo con el de Rebeca. Algo se le revolvió por dentro y cerró los ojos apretando un puño lleno de rabia.

—Está bien —dijo sin abrir los ojos—. No importa. Déjalo.

Fue a irse, dándose por vencido, cuando ella habló y lo detuvo:

—No, dime… eh…

—Diego —detalló él, mirándola casi con desprecio—. Me llamo Diego.

—Sí, sí, Diego. Ya lo sé. Ya has venido y me has despertado. No te vayas sin decirme lo que tuvieras que decirme.

—Está bien —dijo él volviendo a ponerse frente a ella y con energías renovadas—. ¿Quién te has creído que eres?

—¿Cómo? —preguntó ella sorprendida y sin la cara de dormida del principio.

—Eso he dicho. ¿Quién te has creído que eres para tratar a la gente así, para tratarme así?

—¿Qué es lo que te he hecho? No entiendo nada.

—¿Cómo eres capaz de hacer esa pregunta? —añadió él indignado—. Habíamos quedado en ir juntos a la fiesta, teníamos una cita, y no solo me diste plantón, sino que te fuiste con otro, pareciéndote la cosa más normal del mundo. ¿Es así como funcionan las cosas en la ciudad? Porque es solo para saberlo.

Rebeca arrugó la barbilla comprendiendo lo que le quería decir.

—Es eso —dijo cayendo en la cuenta—. Creo que ha habido una confusión. Tú y yo no teníamos una cita. No quedamos allí.

—Claro que sí. Quedamos el día que te ayudé a subir las maletas.

—No —insistió ella—. Dijimos que nos veríamos allí. Eso no es una cita.

Entonces Diego recordó que no habían quedado a ninguna hora concreta y que tampoco dijeron de ir juntos. Había hecho un ridículo espantoso y las dudas que tenía al principio, cuando se preguntaba si no habría sido más fácil ir los dos juntos o concretar algo más de su cita, empezaron a tener sentido. Su mente le había jugado una mala pasada y había entendido lo que no era.

El corazón le latía a gran velocidad y el cuerpo le pedía que salía corriendo, pero ahí estaba, plantado delante de la chica que le gustaba, muerto de vergüenza y sin saber que decir. Rebeca lo miraba casi con ternura al ver lo que él había esperado de ella.

—Debería marcharme —dijo él, cada vez más nervioso.

—Si quieres lo hablamos esta tarde.

—No, no. Ha quedado claro. He sido un estúpido.

Se fue corriendo hacia las escaleras oyendo que Rebeca lo llamaba, pero no hizo caso. Necesitaba alejarse de ella cuanto antes para dejar de sentirse la persona más inmadura del mundo. No podría volver a mirarla a la cara nunca más. Al llegar a Madrid parecía que todo le sonreía y de repente se veía como un pueblerino, lo que solían decir un garrulo. Había metido la pata y eso podía provocar que se corriera la voz y todo el mundo se riera de él.

Lo único que quería en ese momento era desaparecer, meterse en la cama, taparse hasta la cabeza y no salir de allí nunca. Subió las escaleras todo lo rápido que pudo, estando a punto de caer al tropezar, y al llegar a su habitación respiró antes de entrar. No quería despertar a Sergio y debía pasar sin hacer ruido, con lo que su nerviosismo no le iba a ayudar nada. Su compañero no tenía la culpa y merecía descansar sin que lo molestase con sus estupideces, porque eso era lo que había sucedido con Rebeca: una estupidez, por creerse que podía llegar a tener algo con una chica como ella.

Abrió la puerta y entró. Sergio respiraba en paz ajeno a lo que sucedía alrededor y era mejor que siguiera así. Ya se lo contaría todo cuando despertase, puesto que en ese momento no era importante ni necesitaba desahogarse. Solo desaparecer. No se quiso poner el pijama, así que se descalzó y se tumbó sobre su cama para seguir dándole vueltas a la cabeza y culparse por ser el chico más ridículo que había en el planeta. ¿Cómo pudo interpretar lo que habló con Rebeca como una cita? Tenía tan idealizada a la chica, que cualquier cosa que le dijera lo iba a interpretar como lo que su cabeza quería que ocurriese. Seguro que ahora estaría en su habitación riéndose de él en silencio para no despertar a su amante, ese ser tan despreciable que no tenía la culpa de nada, pero que había disfrutado de ella cuando tenía que haber sido él mismo el que lo hubiera hecho.

¿Te ocurre algo? —escuchó.

Se incorporó y vio que Sergio se había despertado. Debió de hacer más ruido del que había pensado al entrar a la habitación y su amigo se había extrañado al ver que se tumbaba en la cama de nuevo sin desvestirse. Por una parte era agradable que hubiera alguien a su lado dispuesto a escucharlo, pero por otra lo que quería era estar solo y pensar en lo ocurrido, aunque claro, su vida ya no era la del pueblo y no iba a estar solo en intimidad al menos hasta que volviera allí, donde la vida era más fácil y no tenía esas complicaciones en las que se había metido nada más llegar a la ciudad.

Quería desahogarse y contárselo todo para sacarlo de dentro y sentirse un poco mejor. El problema era que para eso tenía que revelar el ridículo que había hecho y exponerse a que Sergio también pensara que era un niño estúpido y se riera de él.

Su compañero bostezó mientras esperaba a que dijera algo. No pudo evitar pensar en qué habría estado haciendo toda la noche por ahí con el chico con el que se marchó. Al menos esperaba que él se lo hubiera pasado mejor.

—No sé ni por dónde empezar —dijo rascándose la cabeza—. Perdona por despertarte. No era mi intención.

Sergio se sentó sobre la cama para desperezarse.

—Da igual —añadió poniéndose bien el pijama—. Es un poco tarde para seguir en la cama. Me debería de levantar ya.

—¿A qué hora has vuelto? —preguntó Diego.

—No lo sé. No miré el reloj, pero ya era de día.

—¿Dónde estuviste?

Sergio desvió la miraba y notó que le daba vergüenza hablar del tema.

—Por ahí —respondió en un hilo de voz.

—Si no quieres hablar de ello, lo comprendo.

—No es que no quiera —admitió Sergio—, sino que no estoy acostumbrado a hablar de estas cosas con nadie. Siempre lo he vivido en silencio y a escondidas. Nunca nadie se había tomado… lo mío como algo normal.

—Ya me lo contarás cuando te sientas más cómodo.

—Gracias —dijo Sergio volviendo a mirarlo y sonriendo con un halo vulnerable que le transmitió tanta ternura, que quiso abrazarlo, aunque se contuvo—. ¿Qué hay de ti?

Diego resopló y negó con la cabeza.

—Me he puesto en evidencia —admitió viendo delante de él la cara de Rebeca al enterarse de lo que pensaba de la fiesta.

—¿Qué quieres decir?

—Que soy la persona más absurda del universo, eso quiero decir. ¿Recuerdas mi cita de anoche?

—¿Con esa chica?

—Sí —contestó Diego poniéndose en pie y caminando por la habitación. Levantó la persiana y la luz deslumbró a Sergio, que se tapó la cara con ambas manos—. No había tal cita. Resulta que me lo inventé.

—¿Te lo inventaste? —quiso saber Sergio quitando poco a poco las manos de la cara y frotándose los ojos.

—Bueno, no quiero decir que mentí, sino que yo creía que sí había tal cita. Parece ser que todo estaba en mi cabeza, pero que eso no era la realidad de lo que iba a suceder anoche.

Sergio se estiró y sacudió la cabeza para terminar de despejarse.

—Como no concretes un poco más, sumado a que me acabo de despertar, no me voy a enterar de nada.

Diego se apoyó en una pared cruzándose de brazos.

—Verás —dijo—. Anoche cuando te fuiste a bailar a la pista y me quedé esperando a Rebeca, parecía que no iba a llegar nunca y me la encontré liándose con otro en uno de los sofás del Starlight.

—¿Queda contigo y se enrolla con otro? —preguntó Sergio con los ojos abiertos como platos.

—El caso es que no había quedado conmigo.

—Pero tú dijiste…

—Sí —interrumpió Diego intentando no perder la paciencia—, fue lo que dije y lo que yo pensaba. Malinterpreté sus palabras. Ella dijo que nos veríamos en la fiesta cuando le ayudé a subir las maletas a su habitación. Fue tan agradable y simpática, que yo me lo tomé como un «quedamos allí». Su forma de hablar me hizo pensar que estábamos teniendo una cita. He ido a hablar con ella ahora y ha pasado la noche con ese tío en su habitación.

—¿A que ya no ha sido tan simpática?

—Hombre, la he despertado. Yo tampoco lo sería.

—Quiero decir —añadió Sergio frotándose la barbilla—, que cuando la ayudaste fue muy, muy agradable.

—Sí.

—Le llevaste unas maletas a su habitación, que seguro pesaban mucho.

—Claro —explicó Diego—, por eso la ayudé. Vi en recepción que no podía con ellas y me ofrecí. Iba a subírselas solo hasta su planta, sin entrar, pero ella insistió en que fuera hasta la puerta de su habitación y allí me dijo esas cosas. Yo pensaba que me estaba invitando a la fiesta, no que me estaba informando de ella.

—Esa tía es una guarra —soltó Sergio levantando ambos brazos.

—Sergio, ¿qué quieres decir?

—Está claro. Te engatusó solo para que la ayudaras. Te utilizó. Tú mismo acabas de decir que no tenías intención de pasar del ascensor y ella insistió en que fueras hasta la habitación. Sabía muy bien lo que hacía y las palabras que usaba para que babeases hasta que sus maletas estuvieron dentro de su cuarto.

Diego se quedó boquiabierto escuchando la teoría de Sergio. Si se ponía a pensarlo, tenía mucho sentido.

—No sé qué decir —suspiró—. Ahora me siento más idiota todavía.

—Ella no quería quedar contigo, por eso no te dijo hora ni lugar exacto. Cuando uno tiene una cita, concreta esas cosas. Te hizo creer que estaría allí para ti, pero no era así. Mira ahora la decepción que te has llevado. Seguro que está muy satisfecha con sus artimañas.

—¿Qué se entiende que tengo que hacer ahora? —quiso saber Diego, a punto de venirse abajo. Lo que le estaba diciendo Sergio tenía mucho sentido y eso demostraba la facilidad con la que la gente se podía aprovechar de él y lo vulnerable que era ante todo ese mundo nuevo en el que se había metido.

—Pasar de ella. Eso es lo que tienes que hacer.

—El problema es que me sigue gustando —reconoció Diego.

—¡Tú eres tonto!

—Lo sé.

—Eso que pasó anoche demuestra que jamás tendrás nada con esa chica, así que deberías quitártela de la cabeza. ¿Qué me dices de esa otra con la que estabas después, la que nos encontramos al principio de la noche?

—Sara —recordó Diego—. Es maja, pero nada más. Podría decir que tu beso fue lo mejor de la noche.

Había intentado quitarle hierro al asunto haciendo una broma, pero vio que Sergio agachaba la cabeza avergonzado.

—Lo siento —dijo en un tono casi inaudible.

—Venga —intentó animarle Diego sentándose a su lado y pasándole un brazo por los hombros—. No lo decía para que te pusieras así, sino para reírnos un poco. Comprende que fue una noche un poco extraña para mí, si no intento reírme, me volveré loco.

—Y eso que no mencionas a ese chico con el que te confunden por todas partes —recordó Sergio recomponiéndose.

—Es verdad —añadió Diego frunciendo el ceño—. Lo había olvidado, pese a que eso es lo más extraño de todo. ¿Quién será ese tal Iván?

—Lo que está claro es que la casualidad ha hecho que te empieces a mover en un círculo en el que hay alguien muy parecido a ti. Incluso parece que va al Starlight.

—Allí y a la librería en la que he empezado a trabajar —puntualizó Diego.

¡Claro! —dijo Sergio poniéndose en pie como si de repente se hubiera dado cuenta de algo que era muy lógico—. Deberíamos volver allí.

—¿A la librería?

—No, al Starlight. Es sábado y esta noche todo el mundo vuelve a salir. Si él suele ir allí, seguro que lo encontraremos.

—Ahora mismo lo último que me apetece es volver a esa discoteca —reconoció Diego resoplando.

—Haz un esfuerzo. Puede ser divertido.

—¿Divertido? Te aseguro que no lo es. Además, si lo encontramos, ¿qué le digo?

—Nada —contestó Sergio disfrutando con todo aquello—, pero será gracioso ver si de verdad se parece tanto a ti. Venga, así te sacas un poco a esa chica de la cabeza.

Diego, mirando al vacío, recapacitó y pensó en ello unos segundos.

—Está bien —cedió por fin—. Iremos, pero solo porque esto parece que te interesa más que a mí.

—Diego, es sábado, somos jóvenes… ¡Hay que disfrutar!

Consiguió que sonriera un poco. En el fondo tenía razón. Además, si encontraba a ese Iván, podrían ver todos sus amigos que de verdad eran dos personas y así a lo mejor lo dejaban en paz. Él era el primer interesado en conocer a ese chico con el que lo estaban confundiendo todo el tiempo y otra cosa en la que Sergio estaba en lo cierto era en que si estaba sucediendo tanto, es porque se movía en el mismo círculo que él y, si no vivía en la misma zona, al menos iba mucho por ahí. La prueba más clara la tenía en la librería. Su propio jefe lo había confundido con él, diciendo que lo conocía de ir a comprar allí a menudo. Podía ser cuestión de tiempo que volviera en el turno de tarde y se encontraran de casualidad.

Lo que tenía claro era que, tarde o temprano, iba a cruzarse con él y que no hacía falta que intentara que ocurriese yendo al Starlight, porque si tantos amigos suyos lo habían confundido, pronto lo vería él mismo.

—Si te digo la verdad —añadió recapacitando—, no creo que lo vayamos a encontrar hoy, pero iremos. Mejor despejarme un poco a estar aquí pensando en Rebeca.

—Creía que ya la habías olvidado.

—Pero si solo ha pasado un minuto desde que me lo has pedido —se rio Diego. Si algo tenía bueno Sergio era que, pasara lo que pasase, siempre le hacía sonreír.

—Me voy a la ducha —dijo Sergio caminando hacia el baño—. Recuerda que en unos días comienzan las clases y tenemos que aprovechar el poco tiempo que nos queda para pasarlo bien.

—La verdad es que estoy deseando que empiecen —reconoció Diego.

—No seas aburrido, anda.

Sergio se metió en el baño y enseguida escuchó el agua de la ducha. Volvió a tumbarse sobre la cama y recapacitó una vez más dándole vueltas a lo que había sucedido la noche anterior. Hablar con Sergio le había venido bien, puesto que se sentía mejor, aunque no estaba aliviado del todo. La espinita continuaba clavada y seguía pensando en Rebeca como la chica misteriosa que quería conocer y a la que le gustaría impresionar. Sabía que se estaba engañando a sí mismo, pero no lo podía evitar.

Entonces se acordó de que, con los nervios del principio, había dejado a Sara con la palabra en la boca en el comedor. Se dio cuenta de que no había sido muy educada la forma en la que se había ido de allí y tenía que pedirle disculpas. No había pasado mucho tiempo, así que si se daba prisa, podía ser que aún estuviera allí y pudiese hablar con ella. Se levantó, fue hacia la puerta del baño y tocó con los nudillos con fuerza para que se oyera por encima del chorro del agua.

—¡Sergio! —gritó.

—¡Dime! —oyó al otro lado.

—¡Salgo un momento! ¡En un rato vuelvo!

—¡Vale!

Mientras bajaba corriendo las escaleras vio que se había quitado un peso de encima y que ya no le preocupaba tanto lo que había pasado con Rebeca. Sacarlo de dentro había hecho que tuviera menos importancia, como cuando iba a la orilla del río y le contaba sus problemas al agua que pasaba por delante de él y que hasta entonces había sido su mejor amiga. Ahora contaba con personas de carne y hueso, como Sergio y Sara. No quería perder la amistad que empezaba a crecer entre ellos por culpa de su mala educación o su cabezonería de riojano al dejarla de esa forma en el comedor.

Cuando entró y la vio en la misma mesa leyendo Romeo y Julieta, respiró aliviado. Puede que en realidad no fuera algo tan importante, pero su abuela le había enseñado siempre muy buenos modales y sentía que con ese comportamiento la había ofendido a ella más que a Sara, por no haber seguido sus consejos y su buena educación.

Fue hacia la mesa y se sentó frente a la chica, la cual hasta que no oyó que se movía la silla no se dio cuenta de que tenía visita. Dio un respingo en su asiento y bajó el libro. Estaba seria y lo miraba con resentimiento.

—¿Ya has hecho el tonto con esa chica? —preguntó cruzándose de brazos.

—Sí —contestó él sin importarle reconocerlo—. He hecho justo lo que has dicho.

—Bueno, ¿qué te ha dicho ella?

—En realidad me ha dado una bofetada de realidad sin ni siquiera tocarme.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Sara, menos enfadada y mostrando un poco de preocupación por él.

—En resumen, me ha dejado claro que no iba a haber nada entre nosotros y que no lo va a haber.

—Menos mal —suspiró ella relajándose.

—¿Cómo?

—Nada, nada —respondió ella poniéndose recta y acicalándose el pelo para estar haciendo algo con las manos. Se le cayó el libro al suelo y lo cogió con torpeza, goleándose la cabeza con la mesa al incorporarse.

¿Estás bien? —preguntó Diego echándose hacia delante.

—Sí, sí —fingió ella, arrugando la nariz y rascándose la cabeza, donde se había dado el golpe—. No es nada. Es que soy un poco torpe.

—La verdad es que he bajado para pedirte perdón —dijo él cambiando de tema.

—¿Ah, sí? ¿Perdón por qué?

—Antes me he ido con malas formas y te he podido ofender. Te pido disculpas.

El rostro de la chica se iluminó y una sonrisa se le dibujó al oírlo.

—No tengo nada que perdonarte. Estabas agobiado y lo comprendo.

—De todas formas, pido disculpas. No quiero que pienses que soy un maleducado.

—No lo pienso —admitió ella—, y menos después de la charla de anoche. Fuiste encantador.

—Gracias —dijo él. Fue a ponerse en pie para irse, pero se detuvo—. Escucha. Esta noche vamos a ir Sergio y yo otra vez al Starlight.

—¿No acabaste un poco harto anoche? —bromeó ella.

—Un poco, pero hay que darle otra oportunidad. —Los dos rieron—. ¿Te apetece venir?

—¿Yo? —preguntó ella sorprendida—. ¿Con vosotros?

—Claro. Ninguno de los tres conocemos a nadie aquí. Ya nos tenemos a nosotros mismos. ¿Por qué no ir juntos a la discoteca? Anoche yo iba con una fijación que no me dejó disfrutar de la fiesta y, además, quiero llegar al fondo del asunto con un tema que me tiene loco. No paran de confundirme con un tal Iván y tanto Sergio como yo creemos que allí podemos encontrar la respuesta.

—De acuerdo —dijo ella decidida—. Contad conmigo. Seguro que lo pasamos bien.

—¿Quedamos aquí a las diez para cenar algo y nos vamos allí? —preguntó Diego poniéndose por fin en pie.

—Me parece perfecto.

—Entonces, aquí nos vemos. Adiós.

—Adiós, Diego, y gracias.

—No hay de qué.

Se marchó del comedor y volvió a subir a su habitación. Allí Sergio ya se había duchado y se había vestido con unos vaqueros y un jersey de punto.

—Qué rápido has vuelto —dijo desde el baño, donde se estaba peinando.

—He invitado a Sara para que venga esta noche con nosotros. ¿Te importa?

—Claro que no —contestó Sergio asomándose a la habitación—. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Sí —dijo Diego sentándose en su escritorio—. Dime.

—¿Es una cita?

—Por supuesto que no. ¿Por qué dices eso?

Sergio volvió a entrar al baño, donde siguió peinándose y desde donde contestó:

—Es lo que te pasó a ti con esa tal Rebeca. ¿No habrá pensado Sara que es una cita?

Diego, sin decir nada, salió corriendo de allí y no paró hasta llegar al comedor otra vez. Sara se levantaba para irse y se apresuró hasta ponerse a su lado, donde tuvo que respirar para recobrar el aliento por haber ido tan de prisa.

—¿Qué te ocurre? —preguntó ella cogiéndole de un brazo.

—Verás —dijo él, apocado—. No quiero que te pase como a mí.

—No te entiendo.

Diego se llenó bien los pulmones de aire antes de continuar:

—Al invitarte que vinieras esta noche con nosotros, no te estaba proponiendo una cita.

Sara se echó a reír.

—Tranquilo —dijo—. Me ha quedado claro. No ha habido confusión.

—Vale —añadió él, más aliviado—. No eres tan estúpida como yo.

Ella volvió a reír.

—No digas tonterías —le pidió—. Iremos los tres como amigos, tranquilo.

—Gracias —dijo Diego cogiéndola de ambos hombros—. Y ahora me voy, que he dejado a Sergio con la palabra en la boca y…

—Y no quieres ser maleducado —interrumpió ella.

—Veo que me empiezas a conocer —sospechó él, dándose cuenta de lo cómico de la escena.

—Un poco.

—Venga, luego nos vemos.

—Adiós, Diego. Estás loco.

—Lo sé —admitió él—. Adiós.

Se marchó del comedor más tranquilo. Por nada del mundo quería hacerle a nadie lo que le habían hecho la noche anterior. No es que pensara que pudiera haber algo entre Sara y él, pero sabía lo que se sentía con esa confusión y no era justo hacer que Sara se sintiera igual. Por suerte todo estaba en orden y podía volver a su habitación a descansar un poco. Le quedaba por delante otra noche sin dormir mucho, aunque esta vez estaba convencido de que se lo pasaría mejor que la anterior, ya que no iba con las expectativas que tuvo con Rebeca.

 

El Starlight era el mismo. Nada parecía haber cambiado en él desde que lo visitó por primera vez. Aun así, Diego lo veía de otra forma, puesto que ya no esperaba nada de él ni de lo que pudiera encontrar dentro. Eran tres amigos que habían salido un sábado por la noche, algo que hacían los jóvenes a menudo, aunque él en el pueblo no tuviera esa opción. Como bien le había dicho Sergio, tenían que aprovechar ahora que podían y además necesitaba que esa etapa de su vida se llenara de recuerdos para añorar cuando volviese al pueblo. Ese había sido su propósito en un principio y así era como debía seguir siendo.

La entrada ya no estaba llena de jóvenes que habían ido a una fiesta. Era un sábado normal, en el que muchos acudían allí, pero no de una forma tan masiva como la noche anterior. Eso le pareció todo un alivio, ya que aún no estaba acostumbrado a la aglomeración y no quería volver a agobiarse.

—Menos mal que no hay tanta gente como anoche —advirtió mientras cruzaban la calle para entrar.

Habían cenado algo en la residencia como acordaron y dando un paseo se acercaron a la discoteca como si se conocieran de toda la vida. Durante la cena, Diego se dio cuenta de que Sara y Sergio se habían caído muy bien y eso le gustó, así podía empezar a tener un pequeño grupo de amigos allí. Volvía a vestir ropa de su compañero, aunque ya no sentía el agobio del dinero para entrar en el Starlight. Podía coger algo de su fondo para la manutención, porque tenía la tranquilidad de que un sueldo lo repondría e incluso haría que creciese. Sara se había arreglado menos que la noche anterior y se veía mucho más natural, sin la presión de ir a una fiesta en la que tenía que estar perfecta. Por su parte Sergio volvió a pasarse una hora arreglándose, eligiendo la ropa, peinándose y demás cosas que vio absurdas, pero que en el fondo le hicieron gracia, porque siempre había pensado que esas cosas eran de chicas y ahora se daba cuenta de que estaba equivocado y que un chico podía pasarse media hora mirándose al espejo.

Entraron en la discoteca dispuestos a no esperar nada de esa noche, solo pasárselo bien. La excusa inicial de encontrarse con el chico con el que tanto confundían a Diego quedaba ya muy lejana. Era sábado por la noche y ese concepto nacía como una novedad que quería aprovechar mientras durase. Cuando volviera al pueblo se acabaría eso de salir un fin de semana, ya que allí todos los días podían llegar a ser iguales. Hasta ese momento aquella monotonía le había gustado, pero al llegar a Madrid se dio cuenta de que romper con la rutina le daba un aliciente a la vida que también le gustaba. Que todos los días fueran iguales hacía que la vida pasara ante sus ojos sin ser aprovechada y él quería vivir, acumular recuerdos y experiencias, como los libros que tanto le gustaba leer. Ahora era el protagonista de uno de ellos y quería experimentarlo al máximo.

Igual que vieron en la calle, a esa hora no había mucha gente dentro, cosa que Diego agradeció en parte. Era como si la música dance entrase mejor dentro de él y sintiera que quería bailar, saltar y gritar que era joven, libre, y que nada ni nadie lo iba a parar.

—¿Qué hacemos? —preguntó Sara por encima de la música. En el Starlight sonaba Así me gusta a mí, de Chimo Bayo, una canción que había escuchado por la radio y cuya letra le intrigaba un poco—. ¿Por qué no vamos a bailar?

—No —contestó Diego reprimiendo sus verdaderas ganas. La vergüenza podía con su sed de libertad.

—¿Por qué no? —añadió Sergio cogiéndolo de una mano—. Venga, no seas aguafiestas y vamos a la pista.

Sara se unió a él y le cogió la otra mano. Entre los dos arrastraron a Diego hasta el centro de la sala, pese a que él intentaba resistirse.

—¡No sé bailar! —gritaba intentando convencerlos de que dejaran que él se quedara fuera.

—Es muy fácil —dijo Sara al llegar hasta el centro de la pista y soltarle la mano—. Déjate llevar.

Diego miró a su alrededor viendo a la gente bailar. Aunque sabía que no lo hacía, que cada uno iba a lo suyo, no podía evitar tener la sensación de estar siendo observado por cada uno de los jóvenes que allí había, a la espera de reírse de él en cuanto hiciera uno de sus torpes movimientos.

¡No seas cortado! —le increpó Sergio riéndose—. Tú mira cómo nos movemos nosotros y haz lo mismo.

Sergio comenzó a bailar junto a Sara. No parecía tan difícil. Podía intentarlo. Al fondo, desde la barra, vio que un chico parecía saludarlo con la mano, así que antes de que alguien se le acercara para llamarlo Iván, comenzó a moverse como lo hacían sus amigos. Bueno, como lo hacían no. Más bien intentaba imitarlos tratando de no golpear ni pisar a nadie y esperando que se rieran de él, pero eso no ocurrió. No lo juzgaban por sus movimientos y, como tampoco se veía a sí mismo, no podía saber si lo estaba haciendo bien o mal, así que se dejó llevar y los tres bailaron dejando que el mundo siguiera girando como si los problemas no les afectaran a ninguno mientras pudieran bailar. A su alrededor todo dejaba de existir. Estaban solos los tres moviéndose al ritmo de una música que unos días atrás Diego habría calificado de ensordecedora, pero que ahora se metía en sus venas haciendo que la vergüenza dejara de existir y dejando que saliera de dentro de él un Diego que no sabía que existía, como si hubiera estado dormido hasta ese mismo instante.

Después de darlo todo en la pista de baile, decidieron tomarse un descanso bebiéndose unos refrescos sentados en los sofás de la zona superior de la discoteca, aprovechando para ver a la gente pasar algo que, por sorpresa, gustó a Diego. Comentaban cómo iban vestidos los demás, cómo bailaban, con quién hablaban… Se lo estaba pasando tan bien, que ya no le importaba en absoluto lo que había pasado con Rebeca la noche anterior. Es más, pese a estar en el mismo lugar donde ocurrió aquello, no pensó en el incidente ni una sola vez.

—Parece ser que esta noche no ha venido ningún amigo de tu doble —dedujo Sara, dando un sorbo a su bebida.

—Mejor —opinó Diego—. Que me dejen en paz.

—¿De verdad no tienes curiosidad por saber cómo es ese chico? —preguntó Sergio—. Si eso me estuviera sucediendo a mí, no pararía hasta encontrarlo.

—Seguro que en realidad no nos parecemos tanto —sospechó Diego, con la vista fija en la pista de baile—, y son imaginaciones de la gente.

—¿De tanta gente? —puntualizó Sara—. No creo. Ahí hay algo raro. Nadie se parece tanto a otra persona, a no ser que tengan un parentesco.

—Mi única familia es mi abuela —detalló Diego—. No tengo más familia que ella. Ni siquiera tenía hermanos y mi madre fue su única hija, así que no puede ser.

Entonces vieron que un chico se puso delante de ellos mirando a Diego. Le sonaba de ser uno de los que lo habían confundido la noche anterior.

—Iván —dijo girándose y volviendo a ponerse frente a él—. Pero si te acabo de dejar allí mientras venía al baño… ¿Esa ropa y ese pelo?

Diego se puso en pie.

—Vámonos de aquí —dijo.

—¿Cómo? —preguntó Sergio sorprendido—. Es nuestra oportunidad de saber quién es ese Iván. ¡Está aquí!

—Un momento —advirtió el chico—. Entonces es verdad. Iván tiene un doble.

Antes de oír una palabra más, Diego se puso a caminar hacia la salida de la discoteca y tanto Sergio como Sara lo siguieron. Llegado el momento de tener la oportunidad de conocer a la persona con la que lo confundían todo el tiempo, le dio miedo, se agobió y prefirió huir en vez de enfrentarse a ello.

—¿Por qué has salido casi corriendo? —preguntó Sergio cuando estuvieron en la calle.

Se habían detenido delante de la puerta, después de que les sellaran en la mano para poder volver a entrar, y a esas horas casi se había hecho el silencio en la calle, solo roto por algún coche que pasaba de vez en cuando.

—Estoy un poco harto de eso —reconoció Diego resoplando.

—Habíamos venido para esto —continuó Sergio—. Ese Iván está ahí dentro.

—Lo sé —dijo Diego—, pero una parte de mí piensa que es una tontería, algo casi infantil.

—Si de verdad pensaras que es una tontería —puntualizó Sara—, no te habrías ido de allí como lo has hecho.

Diego volvió a resoplar.

—Desde que he llegado a Madrid —recapacitó—, no han dejado de confundirme con Iván. ¿No dicen que está ciudad es enorme y que nadie se cruza dos veces con la misma persona? Vengo desde la otra punta de España y he ido a dar justo al lugar en el que se mueve alguien que parece ser idéntico a mí. Está bien, no creo que sea una tontería. Lo que de verdad pienso es que esto no puede ser fruto de la casualidad… y me da un poco de miedo.

—¿Cómo te va a dar miedo? —preguntó Sergio—. ¿Qué daño te va a hacer ver a alguien que se parece a ti? Al contrario. Puede ser divertido, como esos reportajes de las revistas en los que hablan de parecidos razonables.

—Chicos —advirtió Sara señalando hacia la puerta del Starlight—. Mirad.

Diego y Sergio se giraron hacia allí y se quedaron con la boca abierta al ver salir por la puerta a un joven que era igual que Diego y que los miraba tan sorprendido como ellos a él. Llevaba el pelo un poco más largo, con ese peinado rapado en la nuca y el resto hasta la altura de las orejas, lo que se llamaba corte cazuela, y vestía con vaqueros y camisa negra que llevaba por fuera.

—Esto es impresionante —opinó Sergio boquiabierto.

Diego dio unos pasos al frente y el chico hizo lo mismo hasta que se pusieron el uno delante del otro, mirándose o más bien observándose, como si estuvieran frente a un espejo.

—¿Por qué te pareces tanto a mí? —preguntó Diego con el corazón acelerado, viendo que incluso tenían la misma altura.

—¿Y tú? —dijo el otro chico—. ¿Por qué te pareces tanto a mí?

Se quedaron en silencio mirándose unos segundos haciéndose un montón de preguntas sobre el increíble parecido físico. Eso le hacía pensar a Diego con más firmeza que no podía ser fruto de la casualidad. Debía de haber una explicación a eso, porque no era un simple parecido. Eran idénticos.

—Supongo que tú eres Iván —dijo Diego, por decir algo y romper el silencio.

—¿Tú cómo te llamas?

—Diego. Llevo solo unos días viviendo en Madrid. He venido a estudiar.

—Eso significa que tienes…

—Dieciocho años —informó Diego. Era curioso que hasta el timbre de voz de los dos se pareciese.

—Igual que yo —añadió Iván, sin dar crédito—. ¿De dónde eres?

—De un pueblo de La Rioja.

—¿La Rioja? —preguntó Iván abriendo los ojos como platos.

—Bueno, nací en Logroño, pero mi madre fue allí solo a parir. He vivido siempre en la sierra.

—No puede ser —dijo Iván echándose un paso hacia atrás y mirándolo mejor de arriba abajo—. Yo también he nacido en Logroño.

¿Cómo? —preguntó Diego anonadado.

—Me vine con mis padres cuando era pequeño, pero todos somos de allí.

—No me lo puedo creer —admitió Diego, cada vez más confundido—. Esto es de ciencia ficción.

—Chicos —intervino Sara—. Está claro que deberíais tener una conversación.

Diego la miró.

—Os dije que esto no era una casualidad —recordó—. Son demasiadas coincidencias.

—¿Tu cumpleaños es el ocho de noviembre? —preguntó Iván.

Diego, a cámara lenta, como en una película en la que se va a descubrir el sentido de toda la trama, volvió a girarse hacia él.

—¿Cómo lo sabes? —tartamudeó.

—Porque también es mi cumpleaños.

—No puede ser —dijo Diego, pero sí que podía ser. Recordó a la chica que la noche anterior advirtió con su carné la fecha de nacimiento. Tenía a ese chico frente a él y no podían ser más parecidos. Era imposible que también hubiera acertado el día de su cumpleaños.

Físico idéntico, edad, los dos de Logroño… Había algo raro que no llegaba a entender y sabía que solo había una persona que podía contestarle a las preguntas que se le formulaban en su mente amontonándose de tal manera, que empezaba a dolerle la cabeza. En ese momento necesitaba coger el teléfono y llamar a su abuela, pero sabía que a esas horas no podía buscar una cabina y despertarla. La noche había acabado para él y solo podía pensar en que saliera el sol para poder hablar con ella.

—¿Tus padres? —preguntó Iván torciendo el rostro.

—¿Qué quieres decir con eso? —quiso saber Diego sin entender muy bien a qué se refería.

—Tendrás dos padres. ¿Vivías con ellos antes de venir a Madrid?

—No —contestó Diego—. Mi madre murió al darme a luz y nunca conocí a mi padre.

Iván irguió la espalda y entornó los ojos negando con la cabeza. Después se dio media vuelta y fue corriendo hacia la puerta del Starlight, donde lo vieron hablar con el portero, el cual le dio un papel y boli, en el que Iván escribió algo. Después le devolvió al hombre el boli y volvió frente a Diego, tendiéndole el papel.

—Este es el teléfono de mi casa —dijo—. Hablaré con mis padres. Llámame mañana.

Con ese gesto Diego vio que Iván pensaba las mismas cosas acerca de sus coincidencias y que estaba tan preocupado como él. Miró el teléfono como si esos números le fueran a descifrar algo, a punto de echarse a llorar, no sabía por qué, pero era así. Las lágrimas le pedían salir, como si echara de menos algo que nunca hubiera vivido.

—Mañana te llamo —le aseguró, apretando los labios para alejar la emoción.

—Si solo nos pareciéramos podríamos tomárnoslo como algo divertido —añadió Iván—, pero si los dos hemos nacido el mismo día y en la misma ciudad, tiene que haber algo ahí que no nos han contado.

—Yo hablaré con mi abuela también.

Al decir esto, Diego miró a Iván como si le dijera algo que el chico entendió enseguida.

—Mis cuatro abuelos viven —dijo el chico, respondiendo a la silenciosa pregunta de Diego—. Están en Logroño.

—Vale —asintió Diego viendo que ahí no iba a haber ninguna respuesta concreta y que su abuela no tenía nada que ver con la familia de Iván.

—Esto es lo más extraño que me ha pasado en la vida —comentó Iván, como si pensara en voz alta.

—No te creas que a mí me han ocurrido cosas más interesantes —ironizó Diego—. Es como si esto no estuviera ocurriendo.

—¿Como si lo estuviéramos viendo por la tele?

—Exacto —contestó Diego, volviendo a mirar el número de teléfono. Después miró a sus amigos, que esperaban con paciencia, como si fueran los espectadores de un espectáculo bizarro.

—No sé quién eres ni por qué has aparecido de repente —dijo Iván, arrugando la nariz—, pero de verdad que espero que esto sea o una broma o una gran casualidad y mañana nos riamos de todo.

—O me despierte y vea que todo ha sido un sueño —añadió Diego girándose de nuevo hacia él y completando la frase.

—Más bien una pesadilla —sentenció Iván—. Ahora, si no te importa, prefiero volver dentro y hacer como que esto no ha ocurrido hasta que pueda hablar con mis padres.

—De acuerdo —asintió Diego—. Yo… Yo voy… a volver a la residencia.

—Venga, Diego —intervino Sergio acercándose y poniéndole una mano en la espalda—. No dejes que esto arruine la noche. Aún nos lo podemos pasar bien.

Iván se despidió con la mano y volvió a la discoteca haciendo que ese extraño encuentro se desvaneciera como una mala pasada de su subconsciente.

—Quedaos vosotros si queréis —dijo Diego metiéndose el papel en el bolsillo—. Yo prefiero volver. Aún son las doce y media. Si me doy prisa, llegaré antes de que cierren las puertas.

—No estés así, anda —dijo Sara, acercándose también.

—¿El motivo de venir esta noche no era buscar al chico con el que me confundían? —recordó Diego—. Pues ya lo he encontrado y puedo volver a descansar.

—Entonces nosotros también nos vamos —decidió Sara dirigiéndose hacia Sergio, que asintió decidido.

—No hagáis eso por mí —pidió Diego enternecido—. Aún es pronto. Disfrutad de vuestro sábado.

—Somos tus amigos —dijo Sergio—. No vamos a dejar que te vayas solo. Hemos venido juntos y nos marchamos juntos.

Diego sonrió. Pese al lío que tenía en la cabeza, era reconfortante saber que podía contar con esas dos personas que, pese a no conocerlas demasiado, era lo más parecido que tenía a unos amigos en los que confiar.

—Está bien —accedió—. Gracias, chicos.

Durante el camino de vuelta a la residencia, Sergio y Sara intentaron animar a Diego dándole conversación y haciendo que no pensara demasiado en lo ocurrido, pero sabían que él solo tenía en su mente la duda de quién sería ese chico y por qué había tantas coincidencias entre los dos. Por mucho que intentara encontrar un motivo, nada le hacía pensar en algo que le hiciera tener que ver con él y, como había dicho varias veces a lo largo de la noche, no creía en las casualidades.

Se le iba a hacer muy larga la espera hasta que, al día siguiente, pudiera encontrar alguna respuesta a ese enigma que de repente hizo que todo se enredara, que su viaje a Madrid se viera envuelto en circunstancias que dejaban el inminente comienzo de las clases en un segundo plano.

Llegaron a la residencia a la una menos diez, a tiempo para entrar y no tener que esperar toda la noche fuera. Esa era una de las peores partes de vivir en ese lugar y una norma que a Diego le parecía estúpida y que negaba a los estudiantes como él a llevar una vida como los demás chicos de su edad. ¿No estaban pagando todos los meses como si eso fuera un hotel? ¿Por qué los trataban como presidiarios encerrándolos por las noches? Seguro que en otro momento no habría pensado de forma tan negativa, pero esa noche todo le parecía injusto, al igual que la norma de no mezclar sexos en las plantas. Sara podría haber subido con ellos a su habitación y estar los tres charlando en una noche en la que sabían que no iban a poder dormir, Diego pensando en ese chico llamado Iván, y Sergio y Sara preocupados por su amigo.

Diego sabía que en realidad no tenía por qué ser tan malo ni preocupante haber visto a Iván, pero algo le decía que eso no era algo que se quedaría en una simple anécdota. Tenía un sexto sentido que le decía que eso podía marcar un antes y un después.

Sara se fue a su habitación y los dos chicos subieron a la suya. Quedaron en verse los tres al día siguiente cuando Diego pudiera hablar tanto con su abuela, como con Iván. El tema se había convertido también en interés de Sergio y Sara, cosa que en parte Diego agradecía, porque eso le proporcionaba un apoyo que, de no tenerlo, lo habría hecho más difícil. No se sentía solo y eso era muy importante para él.

—Si necesitas un poco de charla —dijo Sergio al entrar en su habitación—, podemos hablar antes de dormir, o el tiempo que necesites.

—Gracias, pero no. Prefiero que descanses y no sentirme culpable por hacerte pasar la noche en vela.

—De verdad que no me importa.

Diego se quitó la cazadora vaquera y se la devolvió a Sergio.

—No es necesario —añadió yendo hacia el baño—. No podríamos evitar hablar todo el tiempo del mismo tema y eso me saturaría un poco. Necesito el silencio y que duermas. Ahora te doy el resto de tu ropa… Gracias por prestármela una vez más y perdona por estropearte el sábado por la noche.

—Te dejaré mi ropa las veces que haga falta —dijo Sergio abriendo su armario y guardando la cazadora— y no me has estropeado nada. Al contrario. A los tres nos ha parecido muy extraño lo ocurrido y me preocupa cómo estás, pero si lo piensas un poco, ha sido divertido.

—Sí, divertidísimo —ironizó Diego—. Si me permites, prefiero esperar a mañana y que me digan que todo ha sido una tontería antes de reírme.

—No te vengas abajo. En realidad no ha pasado nada. Has conocido a un chico que se parece mucho a ti y ya está.

Diego se detuvo en el marco de la puerta del baño y se giró hacia Sergio.

—A parte de que nació el mismo día que yo y en la misma ciudad —le recordó.

—Te ha podido mentir para marearte —opinó Sergio cruzándose de brazos.

—Claro, y ha adivinado el día de mi cumpleaños.

—Seguro que para eso también hay una explicación —insistió Sergio—. Llevas días viendo cómo te confunden con él. Supongo que la gente que te saludaba por la calle y anoche en la fiesta le habrán dicho algo a él y esto no le ha pillado por sorpresa. Puede que se haya informado e investigado hasta saber cosas de ti. A lo mejor conoce a alguien aquí en la residencia que le ha podido pasar esa información y lo único que ha hecho es reírse de ti para no verse amenazado por alguien que es igual que él.

Diego se quedó paralizado escuchando sus palabras.

—Me acabas de dejar con la boca abierta —dijo, alucinando con lo que acababa de oír—. Has visto muchas películas.

—A veces la explicación más enrevesada es más lógica que la propia lógica.

Diego sacudió el aire con una mano. Empezaba a estar un poco harto.

—Me voy a poner el pijama —dijo—. No puedo más.

Se cerró en el baño y allí se miró en el espejo antes de desnudarse, viendo su peinado y su ropa como los de ese chico y volviéndose a preguntar por qué. Podría haber pensado que la rocambolesca explicación de Sergio tenía sentido, pero había algo que no le había dicho a su amigo, y era que al tener a Iván delante de él, había sentido una conexión, una sensación que le hizo dar un vuelco al corazón, como si hubiera encontrado a alguien que hubiera estado buscando toda la vida. Además, la mirada de Iván le había dicho que a él le había pasado lo mismo, y no podía ver esas cosas en los ojos de alguien extraño. Era como si conociera a ese chico de toda la vida y pudiera hablar con él sin pronunciar palabra. ¿Estaría en ese momento pensando lo mismo? ¿Habría vuelto a la discoteca como una forma de no darle vueltas a lo que en realidad había sentido al ver a Diego?

Por más que pensara en ello, no conseguiría nada más que marearse antes de poder coger el teléfono por la mañana, así que se puso el pijama, se lavó la cara y los dientes y salió del baño. Sergio ya llevaba su pijama puesto y esperaba su turno para asearse antes de acostarse. Los dos cruzaron su mirada en silencio con un halo de tristeza que le hizo sentir fatal a Diego.

—Escucha —dijo antes de que su amigo entrara en el baño.

¿Sí?

—Muchas gracias.

—¿Por qué? —preguntó Sergio extrañado.

—Por todo. Estoy convencido de que vamos a ser grandes amigos.

Sergio se acercó a él y se dieron un fuerte abrazo. Tenía mucha, muchísima suerte de haberlo encontrado como compañero de piso.

—Anda —dijo Sergio separándose de él—. Dejémoslo ya, que si no me darán ganas de volver a besarte.

Los dos se rieron.

—Estás loco —bromeó Diego.

—No me digas que no has notado lo finos que son estos pijamas —advirtió Sergio mirando a Diego por debajo de la cintura—. El contacto de un abrazo deja muy poco a la imaginación.

Diego se puso colorado y se dio media vuelta, como si en realidad estuviera desnudo.

—Qué cosas dices —suspiró avergonzado.

Sergio soltó una carcajada.

—Relájate, que era broma.

Sergio se volvió a girar dándose cuenta de que Sergio se estaba quedando con él.

—Anda —pidió—. Acostémonos.

Sergio entró en el baño pero, antes de cerrar la puerta del todo, la volvió a abrir para decir:

—En realidad no era broma.

Como respuesta, Diego cogió una almohada y se la lanzó. Después se sentó en su cama y se rio. Al menos aquello le hacía olvidarse por un momento de lo que había sucedido. Sabía que Sergio lo hacía por eso y lo agradecía, aunque esa broma unos días antes, cuando aún no había llegado a Madrid, no la hubiera entendido. Esa ciudad le había abierto la mente y le iba a enseñar muchas más cosas que una carrera universitaria. En el poco tiempo que llevaba allí se veía como alguien más maduro y agradecido por todo lo que estaba experimentando.

Abrió la cama y se tumbó. Al taparse, la mirada de Iván volvió a su mente y dejó de tener ganas de sonreír. Quedaban al menos siete horas por delante antes de poder coger el teléfono y cada minuto iba a pasar por delante de él como una tortura que no se merecía.

Sergio salió del baño y se metió también a la cama. Al apagar la luz comenzó la agonía de la espera intentando pensar en cosas que lo distrajeran, en el pueblo, en su abuela, en el trabajo o en la carrera universitaria, pero todo pensamiento se veía interrumpido con la cara de Iván. Estaba impaciente por saber qué estaba ocurriendo y quién era ese chico que había aparecido de la nada para poner su mundo patas arriba. Sobre todo deseaba con todas sus fuerzas reírse de lo preocupado que había estado y saber que no había nada que los uniera, pero no, no era así. Claro que no. Eso era lo que le decía su corazón.