CAPÍTULO 7
¿Quién es ese chico?
Después de pasarse horas dando vueltas en la cama, pensando y haciéndose preguntas, al final el cansancio terminó ganando y se quedó dormido de una forma tan profunda, que cuando despertó y miró el reloj, eran las doce del mediodía.
Se incorporó en la cama casi de un salto y vio a Sergio leyendo en su cama, con el pijama aún puesto. Había levantado la persiana para que entrara luz y ni eso lo había despertado.
—¡Qué tarde es! —exclamó frotándose la cara.
—No te he querido despertar antes —admitió Sergio, dejando el libro sobre su regazo—, porque quería que descansaras. Además, sé que lo primero que ibas a querer hacer era correr a coger un teléfono y seguro que ese chico aún no habría hablado con sus padres. Durmiendo al menos no has estado agobiándote mientras pasaba el tiempo.
—Bueno, seguro que a estas horas ya puedo hablar con alguien. Recuerda que también debería llamar a mi abuela.
Se levantó, se dio una ducha rápida y en unos minutos estaba vestido con unas monedas preparadas para bajar al teléfono de la residencia.
—No te preocupes por nada —le dijo Sergio al verlo pasar por delante de su cama hacia la puerta de la habitación.
—En cuanto acabe, te cuento.
Diego salió al pasillo y fue como si todo se desenfocase a su alrededor en una carrera hacia el teléfono que le daría la respuesta que necesitaba. Ahora que tenía la mente más despejada y podía pensar con un poco de claridad, estaba más convencido aún de que entre Iván y él había un vínculo que iba mucho más allá de la casualidad y estaba a punto de descubrirlo.
No quiso esperar al ascensor y bajó corriendo las escaleras. Era domingo y no había casi nadie en la residencia, por lo que los teléfonos estaban libres y el silencio reinaba en las zonas comunes del edificio, cosa que agradeció.
Al llegar al teléfono, descolgar y meter la moneda de cincuenta pesetas, fue a marcar el número de su abuela, pero se lo pensó y sacó el papel que guardaba desde la noche anterior. Pensó que si hablaba primero con Iván y este le contaba algo, podría informar mejor a su abuela de lo que había descubierto.
—¿Diga? —contestó una voz femenina.
—Hola. ¿Está Iván en casa?
—Sí, ahora se pone. ¿De parte de quién?
—De Diego.
Hubo unos segundos de silencio que se le hicieron interminables, en los que las piernas le empezaron a temblar y podía notar con fuerza su corazón latir mientras enredaba los dedos en el cable del auricular. Por fin escuchó al otro lado:
—¿Sí?
—Hola, Iván. Soy Diego, no sé si te acuerdas de mí.
—Ah, hola. Claro que me acuerdo.
—¿Has hablado ya con tus padres? —preguntó Diego con un inexplicable miedo a la respuesta.
—Sí —contestó Iván con una voz muy calmada—. Nada más levantarme es lo primero que he hecho.
—¿Qué te han dicho?
—Verás, voy a contarte algo que no te dije anoche —reveló Iván haciendo que Diego se pusiera aún más nervioso—. Ya me habían hablado de que había por ahí alguien que se parecía a mí, aunque pensé que no iba a ser para tanto, pero cuando te vi y vi que las coincidencias van más allá del físico, no pude evitar recordar algo que mis padres me han contado siempre, y es que yo nací junto a un hermano muerto. Teníamos que haber sido gemelos, pero solo sobreviví yo al parto, debido a unas complicaciones. Les he preguntado a mis padres si están seguros de que eso sucedió, porque te había conocido, y están convencidísimos. Les dieron el cadáver de mi hermano e incluso hubo un entierro. Yo sé dónde está esa tumba, en el cementerio de Logroño, pero anoche sospeché que a lo mejor estaba vacía, yo que sé, es que nos parecemos mucho y hemos nacido el mismo día y en el mismo lugar.
Diego escuchó la historia como si estuviera cayendo por un precipicio. Al acabar de contárselo Iván, su respiración estaba acelerada y tuvo que apoyarse contra la pared.
—No… No sé qué decir —suspiró.
—Nada, que las casualidades existen. Eso es lo único que hay que decir.
—¿Casualidades tan grandes? —preguntó Diego, que no se quedaba conforme.
—Parece ser que sí, así que aquí acaba la historia. Supongo que coincidiremos alguna vez y que mis amigos te seguirán confundiendo conmigo, así que nos prepararemos para reírnos cuando ocurra.
—Claro… Claro… Oye, gracias por intentar informarte y siento mucho haberte molestado.
—Tranquilo —dijo Iván—. Esto no alterará mi vida demasiado.
Diego intentó reírse para que Iván lo oyera, pero no podía, no le salía. Seguía sintiendo lo mismo que la noche anterior y algo le decía que a Iván le pasaba lo mismo, solo que intentaba disimular por todos los medios y lo conseguía.
—Bueno —dijo mirando al vacío—. Ya nos veremos.
—Claro. Hasta otra y encantado, Diego.
—Lo mismo digo.
Colgaron y dentro de él notó que el vacío era más grande aún. Que después de las coincidencias que descubrió la noche pasada se le sumara que Iván nació con un hermano muerto, hacía que estuviera aún más intranquilo. Ahora más que nunca necesitaba hablar con su abuela. Seguro que ella lo comprendería y lo ayudaría a sentirse mejor diciéndole que todo estaba en su cabeza y que dejara de ver cosas donde no las había.
Metió otra moneda en la cabina y marcó el número de su casa del pueblo.
—¿Diga?
Oír la voz de su abuela lo tranquilizó tanto, que se le pasó todo el nerviosismo que había acumulado y su pecho ya no parecía una olla exprés. Fue como estar de nuevo en su hogar.
—Soy Diego —dijo emocionado.
—¡Hijo mío! —exclamó ella como si lo tuviera en frente—. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú? ¿Cómo van las cosas por allí?
—Bien —contestó la mujer con un tono de buen humor—. Las cosas por aquí no cambian, ya sabes. ¿Aún no te ha comido Madrid?
Diego se rio. Hablar con su abuela, aunque fuera de cosas banales, lo reconfortaba tanto, que podría haberse pasado así horas y horas sin la necesidad de hablarle de Iván.
—No, pero casi —bromeó—. Te quería contar una cosa muy curiosa que me ha sucedido al llegar aquí.
—Estás bien, ¿Verdad? ¿Es algo malo?
—Yo estoy bien —se apresuró a contestar, sabiendo que su abuela se preocupaba con muchísima facilidad—. Es solo una anécdota curiosa.
—Qué susto me habías dado —añadió la mujer entre suspiros.
—Verás. Cuando llegué noté que por la calle un par de veces me confundían con alguien. Me saludaban y se señalaban el pelo, como si me hubiera cambiado el peinado.
—¿Y te lo has cambiado?
—Claro que no —contestó Diego—. Y aunque me lo hubiera cambiado, da igual. Esa gente no me conoce. Acabo de llegar a la ciudad.
—Entonces —interrumpió su abuela—, ¿por qué te saludaban?
—En ese momento no lo sabía y no le di importancia, porque esta es una ciudad muy grande y supongo que será fácil creer que conoces a alguien con quien te cruzas por la calle, o que te suena de algo. Después, cuando empecé a trabajar en la librería…
—¿Qué tal allí? —volvió a interrumpir la mujer.
—Bien, bien, pero no es eso lo que te quiero contar. Deja que continúe.
—Perdona. Sigue.
—El caso es que mi jefe me dijo que me conocía, porque me había visto comprar allí alguna vez.
—¿Habías comprado allí antes?
Diego resopló armándose de paciencia.
—No abuela —contestó intentando no gritar—. Acabo de venir a vivir aquí. ¿Cómo voy a haber ido a comprar a esa librería, si jamás había estado en Madrid?
—¿Y por qué te conocía ese hombre?
—Si no dejas que termine, no te lo voy a poder explicar. Ahí fue cuando empecé a pensar en que a lo mejor había alguien que se parecía a mí, hasta que el viernes fui a una discoteca en la que se celebraba algo así como el comienzo del curso y la cosa fue a más. Me hablaron chicos que me llamaban Iván, amigos de esa persona con la que me confundían y que lo conocen bien. Además, a una le tuve que enseñar el carné para demostrar que yo no era ese Iván, cosa que me hizo pensar más en serio que había una especie de doble mío o algo así. Todo se resolvió anoche. Volví a ese lugar con dos amigos que he hecho en la residencia y conocí a Iván.
—¿Se parece tanto a ti como decían?
—Como dos gotas de agua y no solo eso, sino que hemos nacido el mismo día y en Logroño.
—¿Cómo? —preguntó la abuela con un tono ahogado de sorpresa.
—Sí. Él se vino a vivir a Madrid siendo aún un niño. ¿No crees que es mucha casualidad?
—Sí… Sí…
—¿Te encuentras bien, abuela?
Hubo un silencio antes de que la mujer contestara:
—Sí.. Es solo que me ha dado una especie de mareo. No sé si estoy cogiendo la gripe o algo, pero nada grave.
—Abuela —dijo Diego preocupado—, te conozco muy bien y sé que me mientes. ¿Qué te ocurre?
—Nada, de verdad. Sigue… que te escucho.
—¿Tiene algo que ver con lo que te estoy contando?
—¡Claro que no! —contestó la mujer con energía, pero poco convincente.
El chico no se quedó muy tranquilo, pero sabía que con su abuela era imposible insistir y que le diría lo que le pasa cuando se hubiera calmado un poco.
—Tenías que haber visto a ese chico —continuó Diego, viendo que su historia estaba alterando a su abuela. Eso le hacía pensar que a lo mejor sabía algo que no le quería contar, así que terminó su relato—: Como si fuera mi propio reflejo. Además, me ha contado que nació con un gemelo que murió al nacer.
—¿Un gemelo? —preguntó Matilde en un susurro, apagándose.
Se oyó un golpe similar al que suena cuando dejas caer algo sobre la mesa.
—¿Abuela? —preguntó Diego, pero no hubo respuesta—. ¿Estás ahí? —Siguió sin haber respuesta y sabía que la línea no se había cortado—. ¡Contesta, abuela!
Un mal presentimiento le sobrevino. Algo le había pasado a la mujer y no estaba allí para ayudarla. Se puso tan nervioso, que se le cayó el auricular, dejando que colgara como un péndulo de su cable.
¿Qué podía hacer? Se veía impotente ante una circunstancia grave de la que solo él tenía noticias. Su abuela era una mujer mayor y si le había dado un ataque al corazón o algo parecido, actuar con rapidez podía ser algo de vida o muerte, así que debía pensar en algo.
Cogió el auricular y, después de colgar la llamada, metió otra moneda y marcó el único número de alguien del pueblo que se sabía de memoria, deseando que alguien contestara.
—¿Diga? —oyó de una voz masculina, un vecino del pueblo al que vendían verdura a menudo.
—¡Mateo! Soy Diego, el nieto de Matilde.
—¡Hombre, Diego! ¿Sucede algo?
—Sí —contestó el joven a punto de sufrir él también un ataque—. Estaba hablando con mi abuela y le ha pasado algo, pero no sé qué. ¿Puede ir usted a verla?
—Claro, claro, muchacho. No te preocupes que voy ahora mismo.
—Muchas gracias. Llamaré a mi casa en unos minutos para ver qué ha pasado.
—De acuerdo. Voy corriendo.
Diego colgó y cruzó los dedos para que no hubiera sido nada. Si le había ocurrido a su abuela algo grave por culpa de lo que le había contado, no se lo perdonaría jamás.
Quería ponerse a gritar, golpear algo, pero solo conseguiría que lo echaran de allí, así que intentó armarse de paciencia. Le esperaban otra vez unos minutos interminables en los que debía contenerse para no llamar cada diez segundos.
Se giró y vio que la recepcionista lo miraba extrañada. Negó con una mano para hacerle ver que no ocurría nada y que estaba bien, pero sabía que se le notaba demasiado que no era así.
No podía quedarse allí esperando y volviéndose loco, así que subió corriendo a su habitación para contárselo a Sergio y desahogarse con él. Al entrar como un torbellino, su compañero dio un salto en la cama y lanzó su libro al aire.
—¡¿Qué pasa?! —gritó agarrándose el pecho, con cara de verdadero terror—. ¿No puedes entrar como las personas normales?
—¡A mi abuela le ha pasado algo! —dijo Diego, dando un portazo, sin escuchar el ataque de Sergio. Se sentó en su cama y puso sus manos a ambos lados de la cabeza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sergio, olvidándose del enfado por el susto.
—No estoy muy seguro —contestó Diego, viendo que haber ido a ver a Sergio no hacía que estuviera menos nervioso—. La he llamado para contarle lo del chico de anoche y de repente ya no podía hablar con ella. Le hablaba y no contestaba.
—Se habrá cortado la llamada.
—¡No! —gritó Diego poniéndose en pie y alzando los brazos—. Ojalá hubiera sido así, pero no se ha colgado. He oído un golpe y ya está. La llamada continuaba, pero ella no seguía al otro lado. He llamado a un vecino para que vaya a verla.
—¿Ha ido? Tranquilo, que te va a dar un ataque.
—¡Ya lo creo que me va a dar! Tengo que esperar a que le dé tiempo de llegar a mi casa antes de volver a llamar. He subido, porque si me quedaba abajo, habría sido capaz de arrancar el teléfono y lanzárselo al primero que pasara por allí.
Sergio se puso en pie y le pasó una mano por la espalda, frotando para relajarlo un poco.
—Si quieres me visto y bajamos juntos —dijo con calma, para no alterarlo más—. Ya verás como no ha sido nada.
—Espero que tengas razón.
—Dame un minuto —añadió Sergio yendo a su armario y sacando lo primero que vio.
Mientras se cambiaba, Diego no paraba de dar vueltas sobre sí mismo pensando en cómo estaría su abuela y qué le había ocurrido. Se odió por estar tan lejos y no ser capaz de hacer algo él mismo, como había hecho siempre.
Cuando Sergio se hubo vestido, bajaron juntos y fueron hacia el teléfono.
—No sé si llamar ya —dijo Diego cogiendo el auricular.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó Sergio.
—No tengo ni idea.
—Pues llama. Lo peor que puede pasar es que el vecino no haya llegado y no te coja nadie.
Diego lo miró asintiendo.
—Tienes razón —dijo sacando una moneda de su bolsillo. Por suerte había ido preparado con unas cuantas. Introdujo la saya y marcó.
Cada tono de llamada era como un taladro que se clavaba en su mente removiendo todo lo que llevaba dentro. Por suerte, el vecino contestó:
—¿Diga?
—¡Mateo!
—Diego, ¿eres tú?
—Sí —contestó el chico aliviado y expectante—. ¿Cómo está mi abuela?
—Se había desmayado, pero está bien. La tengo a mi lado sentada en una silla. Hemos llamado al médico para que venga a verla.
Diego cerró los ojos y se relajó como si hasta ese momento hubiera estado arrastrando una tonelada a su espalda.
—Muchas gracias por ir a verla —dijo emocionado—. ¿Puedo hablar con ella?
—Claro. Te la paso.
—¿Diego?
Oír la voz de su abuela le hizo tanta ilusión, que se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Cómo estás? —preguntó con un ligero temblor en la mandíbula.
—Bien. Debe de ser la tensión, no te preocupes.
—Claro que me preocupo —añadió Diego—. Ahora mismo voy a coger el primer autobús que salga hacia Logroño para ir a verte.
—No hagas eso, que no ha sido nada.
—Me da igual —insistió Diego—. Necesito comprobar yo mismo que estás bien. No me quedaría tranquilo. Si salgo ahora, puedo volver mañana por la mañana y llegaré a tiempo de trabajar.
—Entonces solo estarías aquí unas horas.
—No me importa. Eres mi abuela y tengo que hacerlo.
Oyó que la mujer se rompía en llanto.
—Quiero que sepas algo, Diego —dijo entre lágrimas.
—Dime —accedió él a punto de ponerse también a llorar.
—Prométeme que nunca olvidarás que te quiero más que a mi vida y lo importante que eres para mí.
—¿Por qué me pides eso? —Quiso saber él, notando una lágrima corriendo por su mejilla.
—Prométemelo, por favor.
—Claro que te lo prometo —accedió Diego, notando que el llanto de su abuela aumentaba—. Voy ahora para allí —dijo sin poder frenar más las lágrimas—. Necesito darte un abrazo, abuela.
—Ven —gimoteó ella—. Ven, por favor.
—En unas horas nos vemos.
Colgaron y Diego se lanzó en los brazos de Sergio para desahogar un llanto que no sabía muy bien de dónde venía, pero que salía de él con tanta fuerza, que se le podía oír desde la calle.
—Tranquilo —dijo Sergio devolviéndole el abrazo y dándole el calor que necesitaba en ese momento—. Si quieres, voy contigo.
—Tengo que ir solo —negó Diego temblando en sus brazos—. Necesito hacer ese viaje a solas.
—Como quieras, pero sabes que puedes contar conmigo. ¿Te dejo el dinero para el viaje?
Diego se separó de él y se secó la cara con ambas manos.
—No hace falta —respondió haciendo fuerza para no temblar y serenarse un poco—. Muchas gracias, de verdad.
—¿Vas a estar bien hasta que vuelvas?
—Solo lo estaré cuando llegue allí y vea que mi abuela está bien.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Sergio preocupado.
—Tengo que pasar por ello —contestó Diego yendo hacia el ascensor, ante la asombrada mirada de la recepcionista y seguido de Sergio—. No me queda más remedio y he de ir enseguida, para no perder el tiempo y coger el autobús cuanto antes. —Llamó al ascensor—. Creo que sale uno a la una y media. Si me doy prisa, llegaré para cogerlo.
—Me voy a quedar muy preocupado —reconoció Sergio mordiéndose un labio.
—Yo estoy bien. Solo voy a hacer lo que tengo que hacer.
—Llévate el número de la residencia para que llames en cualquier momento. No saldré a la calle hasta que no vuelvas, para estar seguro de que llegas bien allí.
El ascensor llegó, pero Diego no abrió la puerta. Se quedó mirando a Sergio, agradecido por haberlo encontrado. Volvió a dale un abrazo y lo apretó con fuerza.
—Muchas gracias —dijo—. Haces que me sienta muy afortunado.
—No digas tonterías y vamos, que vas a perder el autobús.
Se metieron en el ascensor y subieron a la habitación. Allí Sergio le prestó una mochila en la que Diego metió lo indispensable para el viaje relámpago y los dos corrieron hacia el metro para llegar cuanto antes a la estación de Avenida América.
Diego quería ir solo, pero Sergio insistió en que al menos lo dejara ir con él hasta que hubiera entrado en el autobús. Una vez allí agradeció que su amigo se empeñara en acompañarlo, porque estuvo arropado y le ayudó a tener la mente ocupada hablando de cualquier cosa menos del suceso de su abuela.
—Hasta la noche no creo que llegue allí —le informó Diego cuando estuvieron en el andén con el billete en la mano y una información aproximada de intercambio de autobuses.
Estar en la estación le recordó al día que llegó a Madrid y lo vio como algo muy lejano, aunque aún no había pasado una semana. Se puso a pensar en sí mismo llegando a ese lugar en el que estaba y le parecía que aquel chico era otra persona, alguien más inocente que vivía encerrado dentro de un cascarón que rompió ese día para conocer cómo era el mundo exterior.
—¿Estás un poco más tranquilo? —preguntó Sergio.
—Creo que sí —respondió Diego mirando los autobuses para ver si estaba el suyo.
—Tu abuela está bien —le recordó su amigo—. Has hablado con ella y el médico ya estará allí para decirle que ha sido una bajada de tensión.
—Lo sé, pero me siento mucho mejor haciendo esto.
—Vas a volver destrozado.
Llegaron hasta la dársena en la que iba a ponerse su autobús en breve.
—Prefiero no pensar en eso ahora —reconoció Diego—, porque me voy a agobiar más. Ya descansaré cuando vuelva. Tengo que comprobar por mí mismo que no ocurre nada. Una parte de mí me dice que no ha sido una bajada de tensión, porque se ha desmayado justo en el momento en el que le he dicho que Iván nació con un gemelo muerto.
—¿Tú crees que…?
—Lo que sé es que tengo un nudo en el estómago desde anoche que no se va a deshacer hasta que tenga claro de verdad que no tengo nada que ver con ese chico.
El autobús hacia Logroño paró frente a ellos.
—Sus padres sabrían algo de ser así —sospechó Sergio.
—Lo sé —asintió Diego yendo hacia la puerta de pasajeros—, aunque no me quedo conforme mientras mi abuela no me diga a los ojos que ella tampoco sabe nada. Bueno —dijo antes de subirse—, espero que no se me haga muy largo.
—Intenta estar bien. ¿Llevas el walkman con pilas?
—Sí.
—¿Un libro?
—Sí.
—¿Algo de dinero para que comas en el viaje?
Diego no pudo evitar reírse.
—Claro que sí, papá —bromeó.
Sergio arrugó la barbilla.
—¿Un jersey por si hace frío? —añadió para que se rieran aún más.
Como despedida, Diego le dio un abrazo.
—Muchas gracias por todo —dijo—. Esto sin ti habría sido más difícil de lo que es.
—Hago lo que haría cualquiera.
El conductor se puso a su lado para empezar a coger los billetes de la gente que se amontonaba alrededor de la puerta del autobús
—Tengo que irme —dijo Diego separándose de su amigo y apretando el billete en la mano.
—Buen viaje.
—Te llamo en cuanto pueda.
Subió al autobús y, mientras buscaba su asiento, vio a Sergio fuera esperando a que empezara el viaje y una especie de tristeza le sobrevino. En muy poco tiempo se había creado un lazo entre ellos muy fuerte y para él era como dejar a un familiar solo.
Su sitio estaba junto a la ventanilla y desde ahí seguía viéndolo. Abrió su mochila y le enseñó el walkman, un libro y la manga de un jersey mientras los dos se reían, uno a cada lado del cristal.
El autobús se llenó y no tardó en moverse. Diego y Sergio se despidieron con la mano hasta solo unas horas después. Iba a ser un viaje de ida y vuelta agotador, aunque pesaba más la necesidad de hacerlo. Ya tenía el billete de vuelta e iba a llegar a Madrid con el tiempo justo de soltar la mochila, comerse un bocadillo en el comedor de la residencia y marcharse a trabajar. Al menos esperaba poder dormir un poco para no estar demasiado cansado.
Contemplando el paisaje una vez el autobús hubo dejado Madrid atrás, se acordaba del miedo que tuvo cuando hizo ese mismo trayecto, pero en la otra dirección. Ya sabía cómo era la gran ciudad y no tenía que imaginársela. Había respirado su aire, caminado por sus calles y eso le hacía sentir un poco más maduro que cuando llegó. Ahora pensaba en ello y se dio cuenta de que necesitaba salir del pueblo y conocer otros lugares, aunque solo fuera de forma temporal. De no hacerlo, nunca habría terminado de crecer por dentro.
El nudo en el estómago seguía fuerte y firme. Se puso la cinta con el álbum de Roxette, Joyride, para distraerse un poco. Se sabía las canciones de memoria y siempre le hacían sentir bien. Su preferida era Spending My Time, una balada muy triste con la que no se sentía demasiado identificado, pero que le gustaba mucho. También le gustaba mucho The Big L, porque lo ponía de buen humor y le hacía querer bailar. Dio dos veces la vuelta a la cinta viendo pasar media España por delante de sus ojos haciendo tiempo hasta que llegaron a Soria, donde el autobús hizo una parada de descanso. Aprovechó para llamar a su abuela. El médico la había atendido y no tenían nada que temer. No había desayunado ese día y, como sospechaban, le había bajado la tensión.
Hablar con ella lo tranquilizó mucho y ya no estaba preocupado por su salud, pero el nudo seguía allí y las ganas de abrazarla y hablar con ella continuaban con fuerza en su interior. Sabía que el viaje era una locura igual que sabía que necesitaba hacerlo.
Se compró un bocadillo de tortilla al acordarse de que no había comido nada desde el día anterior y el autobús salió con destino a Logroño, donde tuvo que esperar casi una hora a que otro lo llevara hasta el pueblo.
Al ver por el cristal los montes riojanos, su color verde, sus árboles, el río al lado de la carretera, no pudo evitar sentirse de verdad en casa y emocionarse hasta soltar alguna lágrima. Estar lejos de allí era lo más duro de empezar a estudiar en Madrid y pensar que iban a ser cuatro años se le hacía cuesta arriba. Recordó las ganas que tenía de volver, cosa que la ciudad con su estrés no le dejaba, y los planes que tenía para su regreso. Iba a tener paciencia y a cumplir con éxito su misión, lo sabía, aunque el viaje iba a ser muy largo.
Al bajar en el pueblo casi no quedaba nadie en el autobús. Estaba anocheciendo, pero eso no impidió que viera su verdadero lugar, su hogar, y todos los problemas desaparecieron. Había llegado y no tenía nada que temer, puesto que allí estaba a salvo, como siempre lo había estado. Caminó por las calles estrechas de casas de piedra con media sonrisa en la cara. Algunas tenían la luz encendida y podía imaginarse a sus dueños preparando la cena, hablando de otros vecinos del pueblo, del ganado… Una semana fuera había bastado para asegurarse de que él pertenecía a todo aquello y que ese lugar también le pertenecía a él.
Llegó hasta su casa. La luz de la cocina estaba encendida y a través de la ventana vio a su abuela sentada en la mesa tejiendo con agujas y lana. Entró corriendo y, al verla se lanzó a sus brazos sin dar tiempo de que la mujer se pusiera en pie.
—Diego —dijo ella con sorpresa devolviéndole el abrazo después de dejar con cuidado las agujas para no pincharlo—. Qué alegría verte.
—Yo también me alegro mucho de verte, abuela.
Se separaron envueltos en lágrimas y Diego se quedó arrodillado delante de ella, viendo que, aunque era verdad que la mujer se alegraba mucho de verlo, había algo en sus ojos que no la dejaba disfrutar de su encuentro como habría sido lo lógico en ella. No quiso preguntar. Prefería primero ver que de verdad estaba bien antes de hablar de otros temas.
—Hijo mío —dijo la mujer acariciándole la cara a Diego y cerrando los ojos—. Parece que hace un año que te fuiste y…
Matilde se puso en pie y fue hacia la cocina, donde sacó una sartén para preparar la cena.
—¿Estás bien, abuela? —preguntó él. La conocía muy bien, la veía rara y sabía que no tenía que ver con el desmayo.
Ella caminó hacia la nevera, de donde sacó unos huevos.
—Vamos primero a cenar —dijo cabizbaja— y después hablamos.
—¿Te ha dicho el médico algo que no me has contado, o es por lo que hemos hablado esta mañana?
—Primero cenar —insistió la mujer—. Acabas de volver y quiero disfrutar un poco de tu compañía, como hacíamos antes.
—Me dejas muy preocupado, abuela —reconoció Diego poniéndose en pie, dejando su mochila en una silla y tomando asiento.
La mujer suspiró agarrándose el pecho.
—Hay una conversación que pensaba que nunca tendría contigo —dijo sin mirarlo—, o más bien esperaba no tenerla, pero ha llegado el momento de que hablemos.
Puso la sartén en el fuego mientras batía los huevos en un plato para hacer tortilla francesa.
—Es por lo que te he contado de ese chico que se parece a mí —sospechó Diego—, ¿verdad?
Matilde se giró hacia él.
—Sí —reconoció tapándose la cara y volviendo a llorar.
Diego se levantó, fue hacia ella y le quitó las manos del rostro.
—¿Sabes algo que no me has contado? —preguntó a punto de echar el corazón por la boca.
—Antes de nada —gimoteó ella—, prométeme que cuando te lo cuente, me perdonarás.
—¿Qué es lo que tengo que perdonar?
La mujer se volvió hacia la sartén y echó el huevo batido.
—Todo —contestó—. Tienes que perdonármelo todo.
—Abuela, estate tranquila, o te volverás a desmayar.
—¿Quién me iba a decir que mandándote a Madrid a estudiar sucedería esto? —se preguntó a sí misma mientras le daba la vuelta a la tortilla. Después la sirvió en un plato y la puso en la mesa con un cubierto, un trozo de pan y un vaso de agua, como hacía casi todas las noches con su nieto, la persona que más quería en el mundo y lo único que le importaba de verdad—. Cena, por favor. Tienes que estar hambriento.
—No tengo hambre —reconoció Diego, más preocupado aún.
—Si no te comes la tortilla —amenazó la mujer—, no te lo contaré.
Diego fue hacia la mesa y se sentó delante de su plato. Al ver que cogía el tenedor, la mujer se sentó frente a él en silencio, para ver cómo cenaba, mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo y cogía aire.
—¿No vas a cenar tú? —preguntó el chico.
—Llevo todo el día sin probar bocado y sería incapaz de comer nada.
—¿Es que quieres desmayarte otra vez?
La mujer se levantó, caminó hacia la nevera, sacó un trozo de queso, lo puso sobre la mesa, se puso un cuchillo y un trozo de pan y se volvió a sentar, cortándose un trozo y llevándoselo a la boca.
—Come, que se enfría —dijo. Le temblaba la barbilla y no era capaz de mirar a los ojos a su nieto, cosa que a Diego no lo tranquilizaba en absoluto.
El chico se comió la tortilla todo lo rápido que pudo para que su abuela pudiera hablar de una vez. Estaba tan impaciente, que incluso mordió el tenedor sin darse cuenta. Al acabar, se bebió el vaso de agua de un trago y lo dejó sobre la mesa.
—Ya está —dijo—. ¿Vas a contarme ahora eso?
La mujer iba a hablar, pero sonó el teléfono, que estaba en el mueble del televisor, enfrente de ellos. Los dos lo miraron extrañados por la hora en la que alguien llamaba.
—Voy yo —se ofreció Matilde levantándose y descolgando—. ¿Diga? Sí, está aquí, un momento. —Le tendió el auricular a Diego, que se puso en pie y lo cogió—. Es un chico llamado Sergio.
—Es verdad —dijo Diego dándose un manotazo en la frente—. Le prometí llamar a la residencia al llegar. Menos mal que le di el número de aquí por si acaso. —Cogió el teléfono y habló—: Perdona por no haberte llamado.
—No te preocupes —dijo Sergio al otro lado—. Comprendo que hayas tenido que hablar antes con tu abuela. Solo quería saber que habías llegado bien.
—Sano y salvo —informó Diego. En circunstancias normales, habría sonreído al decir eso, pero no le salía.
—¿Va todo bien? —preguntó Sergio.
—La verdad es que no lo sé —reconoció Diego.
—Pero tu abuela está bien, ¿no?
—Sí, sí. Había sido lo que pensábamos, una bajada de tensión.
—Vale, ya me dejas más tranquilo. No te preocupes por mí, que ya me contarás todo cuando vuelvas, ¿vale?
—Gracias, Sergio.
—Hasta mañana.
—Descansa.
Colgó y volvió a la mesa, donde su abuela lo esperaba con las manos agarradas sobre las piernas. Se le veía tan indefensa, tan preocupada, que no sabía si sentarse frente a ella o abrazarla de nuevo.
—¿Un amigo de Madrid? —preguntó.
—Mi compañero de habitación.
—Qué bien que se preocupe por ti.
—Sí —admitió Diego mientras se sentaba—. Es muy buen chico. ¿Me vas a contar ya eso?
La mujer cogió aire y lo soltó poco a poco. El temido momento había llegado y no podía alargarlo más. Puso los brazos sobre la mesa buscando las palabras con las que empezar ante la expectante mirada de Diego, quien sabía que por fin sus preguntas iban a tener respuesta.
—Ha llegado el momento de decirte todo lo que quise decirte y no pude —confesó Matilde cerrando los ojos—. Te pido perdón si en algún momento me pongo nerviosa o me emociono. Llevo muchos años guardándome esto dentro y ya no puedo seguir mintiendo. Te mereces saber la verdad, por mucho que en su día me jurase a mí misma que nunca te lo contaría.
—No te preocupes. Te escucho.