25 DE DICIEMBRE
NAVIDAD – PRIMER DÍA DE NAVIDAD
-¡Feliz Navidad! —exclama Tom al ver a Lily bajar las escaleras. Él lleva una falda escocesa a cuadros rojos y grises en honor al clan de su madre. Tiene las piernas sorprendentemente bronceadas, teniendo en cuenta que se pasa la mayor parte del día en su consulta, asintiendo mientras sus clientes le explican sus problemas—. ¿Cómo te encuentras? —le pregunta, señalando hacia el pequeño chichón de su cabeza.
Lily se lo toca.
—Un poco blandengue, pero, por lo demás, bien —contesta.
—Fenomenal —responde Tom—. Permíteme que te diga que llevas otro vestido maravilloso.
Lily mira el conjunto que ha creado para hoy. Es de terciopelo rojo intenso, y le ha llevado muchas horas de trabajo añadir trufas de cacao bordadas a mano por toda la falda hasta la rodilla. Un vestido de alta costura con forma de caja de chocolatinas.
—Estás un poco pálida —le dice Gray a Lily. Está apoyado contra la pared, junto a la puerta del comedor—. ¿No has dormido bien?
—¿Por qué? ¿Has oído algo? —pregunta Lily, súbitamente preocupada porque la oyera llamar a su madre en plena noche. Se ha despertado varias veces, y las paredes de la casa Arcana son delgadas.
—¿Qué tendría que haber oído Gray? —interviene Sara, que llega del salón.
Vuelve a ir vestida de marca. ¿Cómo podrá pagarse toda esa ropa? A Lily a veces le regalan muestras algunos amigos, y les añade piezas para ajustárselas a su talla. Pero las de Sara están hechas a su medida, y no es algo que una pueda permitirse normalmente con un salario de maestra.
—He estado inquieta toda la noche —explica Lily—. Salí a dar un paseo. No pretendía molestar a nadie.
Sonríe, esperando que con eso baste. Pero Sara no parece darse por satisfecha. La puerta del comedor, oculta en el revestimiento de madera, comunica con el vestíbulo.
—¿Pensáis entrar o no? —pregunta la señora Castle, saliendo por ella.
Lleva una ramita de acebo prendida en el cabello, pero ni siquiera eso le imprime un toque de alegría. Costaría encontrar a alguien con un talante menos festivo.
Lily entra, complacida por cualquier distracción que pueda alejarla de Sara. Lo sucedido esa noche sigue pesándole mucho y la ha dejado destemplada, como nieve caída.
El salón tiene un aspecto distinto de día. Las oscuras cortinas se han recogido y el huerto tapiado de la cocina se vislumbra a través de los ventanales de colores. El sol matinal se refleja en la densa capa de nieve y hace que parezca que el exterior resplandece. La mesa también está distinta. Hay pequeños calcetines rojos de Navidad en cada cubierto, con los nombres cosidos en los ribetes de terciopelo blanco. Bandejas de cruasanes, bollitos con chocolate y otras pastas se han dispuesto formando una hilera a todo lo largo de la mesa. A Lily le ruge la barriga. Ahora que está embarazada, siempre está llena y siempre tiene hambre.
—¿Cuándo nos darán la primera pista, señora Castle? —pregunta Philippa una vez están todos sentados a la mesa del desayuno.
—No hay pistas sobre las pistas —responde la señora Castle—. Esas son las reglas que me dieron.
—Pero tiene que poder ayudarnos un poco, ¿no? —Philippa pone una cara de súplica a lo Lady Di mirando a través de su espeso flequillo. Pero, en lugar de parecer tímida, lo que parece es bizca.
La señora Castle le dedica una mirada asesina teñida de algo parecido a la enemistad. Sin apartar los ojos de ella, inclina la tetera. Le llena la taza a Philippa hasta el borde. El té tiembla. Philippa no podrá levantar la taza sin derramarlo. Nunca se ha servido un té de manera más agresiva.
—Cada cosa a su tiempo, cariño —dice Ronnie.
Philippa hace un sonido a medio camino entre un bufido y un relincho.
—Lo mismo me dijiste cuando montaste el restaurante.
—A algunas cosas, y a algunas personas, nunca les llega su tiempo —replica Ronnie en voz baja.
A Lily le gustaría estar sentada junto a Ronnie en lugar de frente a él. Le habría dado un apretón en el brazo o, inclinándose hacia él, un golpecito en el hombro. Debería decir algo, lo sabe. Pero se limita a mirarlo con una sonrisa que espera que le diga: «Estoy de tu parte».
Luego señala su calcetín y dice:
—Es tradición abrir los calcetines antes de desayunar, ¿no?
Lo que sea por evitar otra discusión. Y hasta sus patéticas capacidades deductivas le bastan para adivinar qué encontrarán dentro.
—Y yo que pensaba que tú no tenías nada de tradicional… —dice Sara con una sonrisa petulante—. Más bien lo contrario…
—¿Qué quieres decir? —se apresura a preguntar Holly.
—Pues que no puede decirse que Lily lleve un estilo de vida convencional.
—Ya basta, Sara —la regaña Tom con voz glacial.
Tom siempre la ha defendido. Aunque a Lily le gustaría que no tuviera que hacerlo.
—Lily tiene razón —dice Rachel—. Es hora de abrir los calcetines. ¡Que empiece el juego!
Nadie habla mientras cada uno de ellos saca un trozo de carbón.
—Vaya, parece que todos hemos sido malos —comenta Gray en voz baja.
Pero Sara sigue rebuscando en el suyo. Y acompaña con una mirada de triunfo su engreído «¡Ajá!» cuando saca una hoja de papel doblada.
La abre con las manos manchadas de polvo de carbón. Frunce el ceño y mueve los labios mientras lee mentalmente.
Lily busca su copia y también la lee. Oye cómo los demás hacen lo mismo. Impera una sensación de ocasión única, una cierta solemnidad. Como si todo el mundo notara el impacto de las palabras de Liliana.
—¿Puedo leerla en voz alta? —pregunta Gray. Sostiene su pista con reverencia, como si entregara el cáliz de la comunión en misa.
Todo el mundo lo mira boquiabierto. Que Gray quiera hablar en público es tan sorprendente como que alguien sople un matasuegras en un funeral y, a juzgar por la expresión de Sara, igual de bienvenido.
—Creo que a tu madre le habría gustado que lo hicieras —lo invita Tom en tono amable.
Gray toma aire. Le tiembla la mano, pero lee con voz serena, despacio, como si se bebiera las palabras.
A un elefante recuerdo hasta el final, in memoriam:
música de cámara, el sol poniente,
los lamentos de un aria, la luna naciente,
mi recuerdo es también mi gran gloria.
Si alguien hiere a un ser amado,
la punzada permanece bajo mi piel.
Estas Navidades, en este antiguo hotel,
todo cuanto sé os será revelado.
Un canto de muerte en asfixia resulta,
por la vida robada… Pero, ya basta, es suficiente.
En el bosque hallaréis la primera llave oculta,
entre zarzamoras y enroscados árboles velada,
entre huesos envueltos en tela y animales durmientes,
elefantinos arcones de la verdad truncada.
Se produce un silencio momentáneo. Lily consigue no romper en sollozos.
—¿Esto es una pista? —pregunta Holly, con los ojos como platos, mirando a Rachel en busca de apoyo.
Pero su esposa ya ha sacado un bolígrafo de su bolso y traza círculos alrededor de palabras.
—¿Qué se supone que debemos hacer con esto? —le pregunta Philippa a Ronnie, que sonríe.
—Es uno de los poemas de la tía Lil —responde—. Solía escribir sus pistas en verso. La tía Marianna, la madre de Lily, daba pistas musicales y la abuela era capaz de codificar casi cualquier cosa.
—Trabajó en Bletchley Park descifrando códigos de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial —explica Gray—. Era un genio. Y sus hijas, también.
Ronnie suelta una carcajada.
—¿Estás diciendo que mi padre fue el único hijo de Violet que no fue un auténtico cerebrito? Aunque, ahora que lo pienso, seguramente tengas razón.
Holly señala una parte del poema.
—De camino aquí pasamos por un bosque que…
Rachel le pone un dedo sobre la boca para acallar sus palabras.
—¿Es que no vamos a colaborar todos? —pregunta Holly.
Rachel la mira con tanto amor que a Lily le duele el corazón.
—Dudo que eso sea lo que prefiere todo el mundo —le responde.
Sara no dice nada. Retira su silla arrastrándola y sale de la habitación con aire resuelto. Lily la oye ponerse el abrigo y las botas de agua. La puerta principal se abre y luego se cierra de un portazo.
Ronnie sonríe.
—Pues parece que Sara ya lo ha resuelto. Quizás haya heredado su genialidad.
Rachel le da unas palmaditas en el hombro a Holly.
—Yo también lo he resuelto ya —le susurra, tirándole del brazo.
Rachel le musita algo al oído a Holly mientras se dirigen deprisa hacia la puerta.
—¿De verdad? —pregunta Holly con un estremecimiento—. ¡Ay!
Rachel la hace guardar silencio y se marchan.
Philippa se pone en pie, con aire preocupado.
—¿No tendríamos que irnos también nosotros?
—¿Tú también has resuelto ya la pista? —le pregunta Ronnie con las cejas arqueadas, incrédulo.
—No lo necesito, si ellas ya lo han hecho. Basta con seguirlas.
—Pero ¿eso no es hacer trampa? —pregunta Ronnie.
—No recuerdo que las reglas dijeran nada de que no podamos subirnos al carro de quienes resuelven las pistas —responde Philippa—. Y Sara tiene ventaja: fue su madre quien las escribió. Me parece justo que nos ayude. —Se dirige apresurada hacia la puerta principal, desde donde le pregunta—: ¿Vienes o no?
Ronnie mira a Lily, encoge los hombros y abandona la estancia detrás de Philippa.
—¿Tú no vas, Gray? —pregunta Tom con voz dulce.
Él niega con la cabeza y acaricia el papel de su pista.
Lily también observa las palabras. Las relee, despacio. Nota una oleada de emoción y expectativa. Había olvidado cuánto le gustaban aquellas pistas, y resolverlas. La diferencia es que esta vez sabe que hay un código bajo el código. Relee las palabras moviendo en silencio los labios, nota la poesía en su boca. Los versos tienen un regusto agridulce, y una cierta dureza, como pasas ennegrecidas en una tarta requemada.
Liliana prescinde de toda sutileza en esta primera pista. Habla de muerte y de recuerdo. Sugiere que la verdad aflorará al final de esta época festiva, como una astilla clavada que se abre camino para salir de la piel. Le sorprende que nadie haya mencionado esa parte del poema. O están demasiado ocupados intentando averiguar dónde está la llave o prefieren no mencionar las acusaciones clavadas en los versos. Lily se lleva la mano a la garganta. ¿Se referirá a su madre con eso de «muerte en asfixia»? ¿De verdad murió así? Quizás encuentre la prueba de ello junto a la llave.
Repasa una vez más el poema y, de súbito, le viene una imagen a la mente.
—¡Lily! —exclama Tom, dando una palmada delante de su rostro.
Ella lo mira fijamente.
—Te habías vuelto a ir a otra parte —dice él, con el ceño fruncido por la preocupación.
—Lo siento —responde Lily—. Me he perdido en el poema.
—Te preguntaba si no deberíamos seguirlos nosotros también… Me da miedo perderme algo. ¿Y si encuentran la llave y no estamos allí?
—No te preocupes —contesta Lily—. No te vas a perder nada. Sé adónde van. Y se equivocan.