Capítulo 8

 

 

 

 

 

MARCUS hizo un gesto de dolor con la cara, sus tensos músculos protestando cuando se inclinó para levantar la maleta que había puesto en el suelo, antes de entrar en su habitación.

Las negociaciones en China habían durado más de lo que él había esperado y, después del viaje tan largo, estaba tenso y agotado.

Metió la maleta en la habitación y cerró la puerta. ¿A quién estaba engañando? La única razón por la que se sentía tan tenso no tenía nada que ver con las negociaciones en China. El verdadero motivo estaba más cerca de su hogar.

Eran más de las doce de la noche y el hotel estaba a oscuras, pero él estaba completamente despierto y lo que menos le apetecía era irse a la cama. No había pasado un día en que no hubiera pensado en Polly. Lo cual no era de extrañar. Todos los días, a casi todas las horas, volvía a revivir los momentos más íntimos de la noche que habían pasado juntos.

Él sabía lo mucho que la amaba, pero lo que le había sorprendido era descubrir la intensidad de su respuesta. Había dado casi la impresión de estar enamorada de él, de necesitarlo tanto como él la necesitaba a ella, con la misma fuerza e intensidad.

Pero sería mejor no engañarse. Porque Polly no había estado pensando en él, sino en Phil Bernstein, que era al hombre al que quería.

Cuando entró en su habitación, vio las cartas que habían dejado para él en la mesa.

Las levantó y empezó a verlas. Se quedó paralizado cuando abrió y leyó la que le dirigía Tim Webb. La leyó una segunda vez, luego una tercera.

La habitación de Polly estaba al final del pasillo. Marcus se dirigió a ella, aporreó la puerta y le preguntó:

–¿Podrías explicarme de qué demonios va esto?

 

 

Polly acostumbraba a darse un baño por las tardes para relajarse. Después se iba a su escritorio y trabajaba durante un rato sin interrupción. Se enteró de la vuelta de Marcus, cuando él aporreó y abrió la puerta de pronto. Se acercó muy enfadado a ella y le tiró en la mesa la carta de Tim Webb, pidiéndole explicaciones.

No era justo que estuviera tan enfadado con ella. Y menos justo que la única respuesta de ella fuera sentirse excitada, desear que la estrechara en sus brazos y que le dijera…

¿Qué le tenía que decir; que estaba enamorado de ella?

–Explícamelo –le exigió Marcus, poniendo la carta en la mesa.

Trató de guardar la calma y le respondió:

–No parece que haya nada que explicar. Es una carta comunicándote de forma formal que quiero dejar la gestión del hotel. Me han ofrecido otro trabajo y…

–¿Otro trabajo? –explotó Marcus de forma salvaje–. ¿No será más bien que te han ofrecido otro puesto, Polly?

–¿Qué quieres decir? –le preguntó un tanto confusa.

–Pues un puesto que requiere que estés en la cama de Bernstein…

Polly se levantó de inmediato, echando con ello la silla hacia atrás. Se dio la vuelta para enfrentarse a Marcus y rechazar lo que ella consideraba un comentario injusto y humillante.

–No te atrevas a hablarme así –le gritó–. El trabajo que Phil me ha ofrecido es para dirigir el hotel que ha comprado en Londres, no tiene nada que ver con…

–¿Con qué? –la desafió Marcus–. ¿Con sexo? Estás mintiendo, Polly. Tiene que ver con sexo. Debo admitir que me sorprende que esté dispuesto a tantos esfuerzos por conseguir que te vayas a la cama con él. Yo pensaba…

–¿Qué pensabas? –le interrumpió ella, con el rostro enrojecido–. El que me haya acostado contigo, Marcus, no significa que…

Prefirió no continuar. Lo que menos le apetecía en aquellos momentos era un enfrentamiento con Marcus. Desde el principio, se había imaginado que no le iba a gustar su decisión, porque al fin y al cabo ello suponía que tendría que buscar a otra persona para que se encargase del hotel. Pero con las perspectivas que tenía de futuro con Suzi, aquello no era ningún problema.

–¿Le has contado a Briony todo esto? –le preguntó Marcus, al cabo de unos segundos.

–Sí.

–¿Y?

–No le gustó mucho la idea –admitió Polly, levantando el mentón, antes de continuar–. Pero sí entiende que como ella está en la universidad y hace su vida, ha llegado el momento para mí de que haga algo para mi currículum…

–¿Haciendo qué? ¿Convirtiéndote en la querida de Bernstein? –la desafió Marcus.

–Por última vez te digo que todo esto no tiene nada que ver con el sexo –protestó Polly–. El trabajo que Phil me ha ofrecido…

–Es un cebo para que piques y te acuestes con él –concluyó Marcus por ella–. Y debes saberlo tan bien como yo lo sé. Si lo que te estás imaginando es que te va a proponer después que te cases con él, será mejor que te enteres de que ese Bernstein tiene en su cabeza otros planes que tú no conoces. Al parecer es el único hombre de su generación en la familia y, según lo que me ha contado Suzi, está obsesionado por tener un descendiente que pueda heredar su fortuna. Cuando se case, si es que se casa, será con alguien más joven que le dé los hijos que él necesita.

Todo aquello ya era demasiado. No estaba dispuesta a que la trataran de aquella manera. Le daba igual lo que él pensara o dejara de pensar. Pero no estaba dispuesta a que continuaran hablándole de aquella manera.

–Puede que tenga una hija ya en edad adulta, pero te puedo asegurar que todavía soy lo suficientemente joven como para darle un hijo a Phil. Y más de uno, si es lo que quiere.

–¿Serías capaz de hacer algo así, serías capaz de…? –Marcus se detuvo. Al parecer no era capaz de decir las palabras. Tenía la voz tensa. Su comentario debió afectarlo bastante, porque había reaccionado como si le hubiera amenazado con matar a alguien.

Pues si lo que acaba de decir le había sorprendido, no sabía cómo se iba a sentir si le contaba que en el fondo lo que deseaba era tener un hijo de él. El sueño que la había atormentado con frecuencia en los primeros años de su viudedad era que tenía un hijo suyo en la misma habitación del hospital donde había dado a luz a Briony, con Marcus a su lado. Y allí estaban los tres. Marcus, Briony, el nuevo niño y ella.

–¿Pero y si en vez de hijo es hija? ¿No te has puesto a pensar en eso? –le preguntó Marcus–. ¿Qué harías entonces, Polly? Bernstein no quiere hijas y si no, pregúntaselo a Suzi. Dios mío, no sé lo que te está pasando últimamente. Suzi ya me había advertido de que una mujer de mediana edad puede empezar a tener una crisis y comportarse…

¿Suzi lo había advertido? Aquello ya era demasiado. Ella era una persona muy tranquila por naturaleza, una persona equilibrada, que evitaba los enfrentamientos y las discusiones. Pero todos aquellos comentarios la estaban superando.

–Parece que Suzi se ha pasado últimamente todo el tiempo advirtiendo a la gente –le respondió enfurecida–. Incluso lo hizo conmigo un día. Pero he de decirte que, con respecto a eso de la crisis de la mediana edad, tú estás más cerca de sufrirla que yo, Marcus. Al fin y al cabo, eres el primer candidato para…

–¿Para qué? –la interrumpió Marcus.

«Para mantener una relación con una mujer más joven», estuvo Polly a punto de responderle. Pero la idea de que cualquier mujer, de cualquier edad, que no encontrara a Marcus irresistiblemente atractivo era tan absurda que ni siquiera pudo verbalizarla. Porque había visto cómo lo miraban las mujeres que se habían hospedado en el hotel. No, Marcus no era la clase de hombre que necesitara encontrar a una mujer mucho más joven que él solo por satisfacer su ego.

Sin embargo, no quiso dejar las cosas como estaban, por eso le preguntó con actitud petulante:

–¿Y qué pasa si quiero tener un hijo?

–¿Es que quieres tener un hijo?

Marcus puso cara de no creerse lo que estaba oyendo.

–¿Por qué no? ¿Por qué no voy a desear tener a mi lado a alguien que me quiera… un hijo que esa persona y yo hayamos creado juntos?

Las lágrimas le cerraron la garganta, porque se imaginó tanto al hombre como al hijo que ella realmente quería. Había sido una semana agotadora, llena de emociones. ¿Cuánto más tenía que soportar?

–Es que me extraña que hables así –le respondió Marcus–. ¿Qué ha pasado con aquella Polly que decía que solo podía amar a un hombre y que ningún otro iba a poder sustituirlo, ni en su vida, ni en la cama?

–¿Has pensado lo que supone vivir con Bernstein, Polly? Aparte del hecho de que es más joven que tú, por lo que me ha contado Suzi, utiliza a las mujeres como pañuelos desechables, incluso ella… Ya sabes que los dos han estado…

–Sé que han sido amantes, sí –le respondió Polly–. Pero si a ti no te importa, ¿por qué me ha de importar a mí? Al fin y al cabo…

–No puedes aceptar ese trabajo, Polly –la interrumpió Marcus–. Tú perteneces a Fraser House.

–¿Qué? ¡De eso nada! –le respondió Polly enfurecida–. Yo no pertenezco a nada ni a nadie, Marcus. Yo soy libre y, si quiero trabajar para Phil, o me quiero ir a la cama con él, puedo hacerlo. Y si quiero tener un hijo suyo, pues también, Marcus –insistió.

De repente, se acercó a ella, levantó la carta que le había tirado al escritorio y la rompió en pedazos. Apretó los dientes y le respondió:

–¿Tú crees? Siento desilusionarte, pero no vas a aceptar el trabajo que te ha ofrecido Bernstein.

–Marcus –protestó Polly–. No me hables así. Yo…

–¿Tú qué? ¿Hazme una oferta que no pueda rechazar? –la boca de Marcus adquirió un tono cínico–. Todo hombre tiene su precio, Polly, pero tú no tienes lo que hay que tener para pagar el mío.

Con el rostro pálido por su insulto, Polly le respondió:

–No sé por qué estás haciendo todo esto, Marcus. Pensé que te iba a alegrar que me fuera de tu lado.

–Puede que me alegre que te vayas de mi lado –le concedió Marcus–. Pero alguien tiene que dirigir el hotel.

Polly se quedó boquiabierta. Nunca habría pensado una respuesta de ese tipo.

–Se puede encargar Suzi –le respondió.

–¿A quién se le ha ocurrido esa idea? ¿A Bernstein o a ti? No me extraña que os sentiríais felices de libraros de ella, aunque por diferentes razones. ¿No crees que el trabajo que te están ofreciendo es más indicado para una mujer como Suzi?

–No estoy dispuesta a seguir escuchando –le respondió Polly–. No puedes impedir que me vaya. Y te he comunicado formalmente mi decisión de dejar de trabajar aquí.

–Lo has hecho –le respondió Marcus–. Pero estoy seguro de que sabes, si has leído el contrato, que tienes que comunicármelo con seis meses de antelación. Seis meses es mucho tiempo en la vida de un hombre como Bernstein, Polly. ¿Estás segura de que querrá esperar tanto tiempo?

–¿Seis meses? –Polly se quedó boquiabierta–. No puede ser tanto –pero debía de ser cierto, reconoció ella. Porque de lo contrario no se lo habría dicho. Seis meses.

En seis meses, Marcus y Suzi podrían estar casados y Suzi embarazada, mientras que ella se tendría que quedar allí a verlos a los dos juntos. ¡Seis meses! Cerró los ojos. Dudaba mucho de que pudiera soportar aquel tormento emocional.

Sintió que las lágrimas le arrasaban los ojos. Intentó controlarlas. El pecho y la garganta le dolían de la tensión.

Mientras la miraba, Marcus pensó con amargura que, cuando habían redactado aquella cláusula en el contrato, había sido para proteger a Polly. Le había preocupado que, si el hotel no marchaba bien, por orgullo empezara a buscar otro trabajo en vez de quedarse, bajo la sospecha de que él fuera a pagarle el salario de su propio bolsillo, que era lo que en principio había pensado hacer. Pero el hotel había sido un éxito y no hubo necesidad de ello. Y la cláusula que habían puesto para protegerla financieramente la iba a proteger emocionalmente.

Era evidente que Bernstein la había convencido de que la amaba y que quería casarse con ella. Marcus conocía a Polly y sabía que era imposible que quisiera marcharse de Fraser House y menos tener un hijo con Bernstein. Marcus sabía, por lo que le había contado Suzi, que Phil Bernstein tenía otra faceta que la que había visto Polly. Y que ese hombre podría ser tan despiadado en su vida sentimental como lo era en los negocios. Pero de nada servía decírselo a Polly, y menos cuando parecía estar totalmente encaprichada de él.

Marcus sabía mejor que nadie lo que era amar a una persona por encima de la lógica y la razón.

–¿Por qué me estás haciendo esto, Marcus? –le preguntó Polly–. ¿Qué motivos tienes para ello?

–Pareces olvidar que tengo intereses económicos en esto. Y olvidándome de lo que pueda pensar de tus otras habilidades, he de reconocer que eres una persona que sería muy difícil de sustituir en Fraser House. Eres la propietaria de la mitad del negocio y…

–Quiero vender mi parte –le respondió Polly de inmediato–. Si quieres… Marcus… Marcus… suéltame –protestó cuando él la agarró de los brazos.

Casi la estaba zarandeando cuando le preguntó:

–¿Que quieres qué?

–Que quiero vender mi parte –repitió Polly temblando, cuando sintió la tensión de su cuerpo.

–Ya sé que te la tengo que ofrecer a ti primero y…

–Veo que estás muy enterada –la interrumpió Marcus–. ¿Es por eso por lo que te acostaste conmigo, Polly, para convencerme?

–¡Oh…! –Polly se quedó casi sin habla. La angustia la estaba ahogando–. Yo no… Tú fuiste… –trató de explicarle medio temblando, pero Marcus movió en sentido negativo la cabeza para silenciarla.

Sabía perfectamente lo que le iba a decir. No había querido hacerlo. No había querido hacerlo con él. Porque quería a Bernstein. Pero como él estaba allí y la había pillado en un momento de desesperación, pues no había tenido más remedio. Pero él había sido el que la había abrazado, acariciado y amado. Él había sido el que le había hecho gritar de placer. Estaba ya harto de ser el chico bueno de la película.

Había conseguido excitarla una vez. Le iba a demostrar lo que era placer. Le iba a demostrar que era mejor quedarse con él, que irse con Bernstein. Le iba a demostrar lo que la quería. Incluso estaba dispuesto a darle el hijo que tanto quería.

¿No podía ella entender lo mucho que lo había herido oírle decir eso? Él había tenido que estar presente cuando había nacido la hija de Richard, deseando que hubiera sido suya. No estaba dispuesto a que se quedara embarazada de otro hombre. No podría soportarlo.

Empezó a soltarla y en ese momento le miró el cuerpo. Se fijó en el ceñido vestido de algodón que llevaba puesto. Se fijó en sus pechos y en el contorno de sus endurecidos pezones en la tela.

–Polly…

Marcus levantó una mano y se la puso en el pecho, acariciándole el pezón.

–No –le dijo Polly.

Pero más bien parecía una súplica de que siguiera tocándola que un rechazo.

–No –protestó Polly por segunda vez. Pero no sirvió de nada.

–¿Qué es lo que tiene Bernstein para que quieras marcharte de aquí? Una vez me dijiste que después de Briony, Fraser House era lo más importante en tu vida porque era una parte de Richard.

¿Había dicho eso? Era posible, pero no lo recordaba. Seguro que había sido un comentario para defenderse del amor que sentía por él.

–Si lo que quieres es una satisfacción física –le susurró con voz ronca en el oído–, yo puedo hacerlo también.

Polly no podía creerse lo que estaba oyendo y menos que se lo estuviera diciendo Marcus.

–Yo no quiero… –empezó a responderle con voz ronca, pero Marcus no le dejó terminar.

–Sí, sí quieres –la corrigió–. Y yo también, Polly. Yo también lo quiero. Y mucho.

Y mientras le decía todo aquello, le quitó el vestido y empezó a lamerle el pecho, haciéndola estremecerse de placer.

En aquella ocasión estaba siendo diferente a lo que había sido por primera vez. Su cuerpo lo reconocía, lo deseaba, respondía a sus caricias.

Intentó resistirse, reunir fuerzas para luchar contra el deseo que la estaba consumiendo.

Pero todos y cada uno de sus suspiros indicaban a Marcus su debilidad y su deseo. Apartó la boca de su pecho y empezó a besarla, transportándola a un mundo en el que perdió todas sus defensas, creando un aura de intimidad en torno a los dos que hacía que incluso parecieran estar respirando el mismo aire, como si la sangre que recorría sus venas la estuviera bombeando el corazón de él. Dejó de tener voluntad propia. Se sentía como si le hubiera arrebatado el poder.

Marcus empezó a desnudarse, dejando caer la ropa al suelo.

–Parece como si acabaras de venir de vacaciones –comentó ella, incapaz de resistirse a tocarle la piel.

–Es de todos los años en los que estuve trabajado en Oriente Medio –le respondió él.

–Mi piel es tan pálida –se quejó Polly con un pequeño suspiro–. Cuando era joven la odiaba. Parecía tan…

–Eres preciosa –le dijo Marcus–. Suave y frágil. Tan femenina…

En la mano que le había puesto contra su pecho, Polly empezó a sentir los latidos de su corazón. Estaba latiendo como si se le fuera a salir de su sitio.

Era extraño. Porque Marcus no sentía nada por ella. Marcus estaba enamorado de Suzi… Marcus…

–Oh, Polly, Polly –lo oyó decirle mientras la estrechaba entre sus brazos, con tanta fuerza que casi la deja sin respiración.

Quería que le lamiera otra vez los pechos, sentir su boca caliente en sus pezones. Su cuerpo se estremecía de placer.

Polly empezó a acariciarle el cuerpo. Le acarició los músculos de sus brazos mientras él la besaba de forma apasionada. Y de pronto abrió los ojos de forma desmesurada cuando sintió la dureza de su miembro en erección contra su cuerpo.

–Es que me has acariciado tan suavemente el brazo y me has besado de forma tan íntima… –le explicó Marcus.

–No –replicó Polly de inmediato.

–¿Es que no te lo crees?

–No, no es eso…

–¿No te crees que puedas haberme excitado con solo tocarme?

–No –protestó Polly–. Yo lo que quiero…

–Ya sé lo que tú quieres. Quieres a Bernstein. Pero estás conmigo y tu cuerpo responde ante mí.

–No –repitió Polly.

–¿Quieres que pare? ¿No quieres que te haga esto? –la desafió Marcus, inclinando la cabeza y chupándole de nuevo los pezones.

Polly intentó decirle que no siguiera, pero no podía. Porque sus caricias y sus cálidos besos la excitaban demasiado. ¿Acariciaría a Suzi de la misma forma? ¿La haría sentirse de la misma forma…?

No podía soportarlo. No podía soportar pensar en todo aquello, pero tampoco podía decirle que no continuara. Lo quería demasiado, estaba enamorada de él. Pero él parecía quererla castigar para demostrarle lo débil y vulnerable que era.

–No –volvió a repetir. Pero fue demasiado tarde, porque su cuerpo ya se estaba acomodando en la cama, para que él la penetrara y estiró sus manos para abrazarlo y obligarlo a que entrara más.

Polly se dejó llevar por el deseo que no podía controlar. Le suplicó a Marcus que la abrazara, se pegó a él para que sofocara el fuego que sentía por dentro. Hasta que llegó el momento en que lo consiguió.

Se quedó tumbada, con él encima, completamente agotada. Marcus se apartó de ella y le dijo:

–De lo que estoy convencido es de que Bernstein no te satisface en la cama.

–¿Y tú cómo lo sabes?

–¿Quieres que te lo demuestre otra vez?

Sintió un nudo en la garganta del dolor que le produjo. Pero había algo que tenía que pedirle.

–Marcus… tienes que dejar que me marche antes.

–¿Por qué, porque te has acostado conmigo? –se rio de forma salvaje mientras movía la cabeza y se sentaba en el borde de la cama.

–No, Polly, no. El momento de hacer ese tipo de peticiones es antes… pero antes solo parecías estar en condiciones para pedirme una cosa –le dijo con tanta crueldad que casi la dejó sin respiración–. Tendrás que quedarte seis meses. Así que tendrás que hacerte a la idea. Durante los próximos seis meses, eres mía y tendrás que decírselo así a Bernstein. Si no se lo dices tú, lo haré yo.