SEIS meses? Pero…
Polly notó la irritación en el tono de voz de Phil al otro lado de la línea.
–En qué demonios estabas pensando cuando firmaste ese contrato? Tus abogados deberían haberte asesorado…
–Marcus y yo tenemos los mismos abogados –le respondió Polly de inmediato–. Son los abogados de la familia de Richard y…
–No me digas más. Ya me imagino la situación. Pues si Marcus no está dispuesto a que te vayas…
Polly suspiró hondo medio esperando que Phil fuera a decir que había cambiado de opinión y que tendría que buscar a otra persona para dirigir el hotel, pero se limitó a responder:
–Pues entonces no tendré más remedio que ser paciente. ¿Te quedan todavía vacaciones? Solo de esa forma se podría acortar ese período de seis meses.
–No lo sé. Normalmente no tomo vacaciones… –le respondió en tono dubitativo–. No recuerdo si lo puse en el contrato, porque hace ya tanto tiempo…
–Me gustaría que mis abogados echaran un vistazo a ese contrato. Puede que descubran tantos agujeros legales en él que…
–No, Phil –protestó Polly. Meterse en líos legales era lo que menos deseaba en aquellos momentos, aparte de que tenía la sensación de que Marcus encontraría la forma de salirse con la suya.
–Bueno, por lo menos podrás pasar unos días en Londres y preparar todo para cuando llegue el momento de empezar a trabajar –le informó Phil.
–Sí, iré en cuanto pueda –respondió Polly de forma obediente.
Pero dos semanas más tarde, no tuvo más remedio que pensar que la posibilidad de poderse tomar unos días de descanso era cada vez más remota.
El hotel estaba al completo. Marcus le había sorprendido diciéndole que quería que un profesional hiciera una valoración del negocio. Y no solo eso, sino que además había contratado una consultoría para que hicieran un estudio sobre la eficacia de su gestión también. Por lo que Polly no solo se tenía que encargar de la gestión diaria del hotel, sino además de llamar a los diferentes profesionales, que querían estudiar hasta el mínimo detalle, que parecía que solo ella podía responder.
La gota que colmó el vaso fue un jueves por la mañana, que era la mañana que trabajaba con el jefe de cocina para decidir los platos de la semana siguiente. Pero no podía hacerlo, porque el equipo de consultores no solo querían saber cuánto pagaba a los jardineros, sino además por qué había elegido plantar flores cuyo coste de mantenimiento era muy alto, en vez de arbustos, que eran mucho más baratos.
–Esas plantas las plantó la bisabuela de mi marido –le respondió a la chica que le estaba haciendo las preguntas, apretando los dientes–. A nuestros huéspedes les gusta saber que se están hospedando en un sitio que antiguamente fue una casa. Les gusta saber la historia de la casa y de los jardines. Y no creo que les gustara tanto si plantáramos arbustos más modernos y menos caros de mantener. Como ya le he dicho, el encanto de este hotel es que antes era un hogar. Nuestros huéspedes quieren sentirse como si estuvieran viviendo en una casa privada.
Al ver que la chica enarcaba las cejas en una actitud un poco petulante, Polly empezó a perder los nervios.
–Nosotros no somos una cadena de hoteles que vende habitaciones como una hamburguesería vende sus productos –continuó diciéndole–. Porque si hiciéramos eso… –Polly respiró hondo.
–Yo solo intento hacer mi trabajo –le respondió la chica a la defensiva.
–Ya lo sé. Pero supongo que también se da cuenta de que tengo mucho trabajo y que ahora mismo tendría que estar decidiendo con el jefe de cocina los menús de la semana que viene. Así que si me perdona…
–Pero todavía no hemos hablado del coste de limpieza de las ventanas –protestó la chica.
Aquello ya era demasiado.
–Pues no, tiene razón –respondió–. ¿Por qué no se lo pregunta al señor Fraser? Estoy segura de que le encantará responderle, además de ver los esfuerzos que está usted realizando.
Y después se marchó con gesto decidido hacia la puerta, la abrió y la chica no tuvo más remedio que marcharse.
Dos horas más tarde, cuando Polly había terminado con el jefe de cocina, vio a Marcus entrar en el vestíbulo.
–Quiero hablar contigo –le dijo él.
–Y yo también –respondió ella.
–¿Por qué demonios me has enviado a esa chica para que me pregunte lo de los jardines?
–Yo podría hacerte la misma pregunta –comentó Polly–. Hoy es jueves, Marcus. Y los jueves por la mañana los paso con el jefe de cocina preparando los menús de la semana que viene. Eso ya lo sabes. Puede que se te haya olvidado, pero estamos al completo y dos de los empleados se han puesto enfermos. En estos momentos, no puedo empezar a responder preguntas sobre la eficacia de los jardines.
Marcus se encogió de hombros.
–Puede, pero el que quiera comprar esto, tendrá que saber los costes de mantenimiento del sitio.
–¿El que lo vaya a comprar?
–Todavía no hay nadie, pero lo habrá y será mejor estar preparados.
–¿Por eso has mandado a los consultores, porque vas a vender Fraser House? –le preguntó Polly en tono acusatorio.
–Es una posibilidad, sí –respondió Marcus.
–Pero no puedes vender… y menos sin mi acuerdo. Yo poseo el cincuenta por ciento del negocio.
–Yo no necesito tu consentimiento para vender mi parte del hotel –le corrigió Marcus.
–¿Y estarías dispuesto a venderla? –Polly necesitaba sentarse cuanto antes. Era ilógico sentirse tan impresionada. Era como si la hubieran traicionado, o abandonado.
–¿Por qué no? –Marcus se encogió otra vez de hombros–. La razón principal por la que quise convertir la casa en un hotel ya no existe.
–¿La principal razón…? ¿Quieres decir que ahora que Briony ya está en la universidad, ya nada te ata aquí? –le preguntó Polly.
–Yo no tengo que darte ninguna explicación, Polly –le recordó–. Tú ya has hecho planes de cómo quieres vivir en el futuro.
–Tengo derecho a tener una vida propia –protestó Polly–. Pienses lo que pienses, a mis treinta y siete años soy demasiado joven para sentarme a esperar la vejez.
–Demasiado joven para eso, sí –accedió Marcus, haciendo un gesto amargo con la boca–. Pero…
–¿Pero qué? –presionó Polly–. ¿Demasiado vieja para tener una relación con Phil? ¿Demasiado vieja para tener otro hijo?
–Señor Fraser, si me permite un minuto…
Los dos se dieron la vuelta, cuando apareció la chica que le había estado haciendo preguntas a Polly.
–He descubierto que en una de las partes del jardín se plantan tulipanes todos los años y me estaba preguntando…
–Parece que estás ocupado –le dijo Polly sonriendo–. Ya terminaremos esta discusión más tarde.
–¡Polly! –le advirtió Marcus, pero Polly se marchó sin escucharlo. Que fuera él el que explicara la razón por la que se plantaban los tulipanes cada otoño, para que florecieran la primavera siguiente, porque se le ocurrió a él, para celebrar el cumpleaños de Richard. Una forma alegórica de decir que la belleza, la felicidad y el amor nunca morirían mientras naciesen esas flores, ni tampoco el recuerdo de Richard.
Richard. ¿Qué pensaría él de todo aquello si lo viera? Richard. Hacía ya tanto tiempo… Cuando se acordaba de él, lo recordaba casi como un niño. Su amor hacia él era casi maternal, porque ella había crecido y madurado sin él. No había podido verlo jamás como un hombre, porque para ella solo había uno. Marcus. No sabía si lo amaba o lo odiaba. Lo único que sabía era que la estaba haciendo mucho daño.
–Hola mamá. ¿Has oído las noticias?
–¿Qué noticias? –le preguntó Polly a Briony con gesto de cautela. ¿Le habría contado Marcus que estaba buscando a alguien que comprase el hotel? Porque eso era tarea de ella, no de él.
–Pues que Suzi se ha quedado embarazada y se va a casar. Los padres de ella están aterrorizados. Son un poco chapados a la antigua, ¿sabes? Supongo que les hubiera gustado que todo hubiera sido un poco más tradicional. Pero en estos tiempos las parejas tienen hijos sin necesidad de casarse.
–Briony –interrumpió Polly a su hija–. ¿Estás segura?
–Claro que lo estoy. Chris me llamó anoche y me lo contó. Se estaba quejando porque Suzi quiere celebrar la boda por todo lo alto, con madrinas y todo eso. Y tú tendrás que prepararte. Ya sé que tú nunca has querido que se celebren bodas en el hotel, pero según Chris, Suzi ha convencido a Marcus y creo que ha accedido a que se celebre en el hotel.
–¿Estás ahí, mamá? –le preguntó Polly, al ver que ella no comentaba nada.
–Sí, estoy aquí –logró responderle.
Marcus se iba a casar. Marcus iba a ser padre.
Marcus…
Marcus…
El dolor que recorrió su cuerpo fue el peor dolor que había sentido desde que había dado a luz a Briony. Pero sin embargo aquellos dolores fueron el preludio de una nueva vida, la felicidad de ser madre. Este nuevo dolor era más bien de desesperación, por saber que Marcus la abandonaba para siempre. Aquel dolor lo iba a sentir hasta el final de sus días.
–Briony, tengo que irme –le dijo a su hija.
–¿Mamá? –oyó que su hija protestaba. Pero Polly ya había colgado el teléfono.
–Señora Fraser.
Polly miró como atontada a la chica que la había llamado. La reconoció en la distancia, pero las preguntas que le estaba haciendo la chica parecían provenir desde un túnel muy largo. Le decía no sé qué de las toallas. ¿Qué le importaban a ella las toallas?
Sin responder, Polly se dio la vuelta y se fue hacia la puerta que daba al jardín privado. Más allá estaba el bosque, por donde había paseado cuando Briony era pequeña. Los días anteriores a las navidades, habían salido a recoger leña para la chimenea.
Y cuando había estado en casa, Marcus había ido con ellos, agarrado de la mano de Briony. En sus recuerdos, Polly se veía a sí misma como siempre, un poco apartada de ellos, sola, sin el cariño de Marcus. Lo mismo que le ocurría en aquellos momentos.
Marcus se había comportado como un padre con Briony. Pero pronto iba a tener su propio hijo. Un hijo con Suzi.
El dolor golpeó su cuerpo como su fuera un rayo. Tuvo que apoyarse en un árbol para no caerse. Sus rodillas se doblaron y se cayó. Las lágrimas empezaron a brotarle de los ojos. Levantó una mano y se las limpió. A continuación se miró la mano. Solo era agua. Por alguna razón había pensado que tendría la mano ensangrentada, porque así era como se sentía, como si se estuviera desangrando.
–¿Polly? ¿Polly?
Polly se puso tensa al oír la voz de Marcus. ¿Para qué la estaría buscando?
–Polly.
Notó la irritación en su voz cuando él la vio. Le dio la mano para levantarla. En ese momento, se dio cuenta de que se había doblado el tobillo cuando se había caído. No se lo había roto, pero le dolía bastante.
–¿Qué pasa? ¿Qué es lo que te ha ocurrido? –le oyó que le preguntaba mientras la levantaba.
–¿A ti qué te parece? –le respondió muy enfadada–. Pues que me he torcido un tobillo.
–Apóyate en mí –le dijo Marcus, sin hacer caso de sus empujones para que la dejara.
–¿Te has enterado de lo de Suzi y el niño? –le preguntó mientras la sujetaba para que pudiera caminar.
–Sí… –respondió ella muy tensa–. Briony me llamó por teléfono. Yo… –tomó aliento, intentando reunir fuerzas para felicitarle, pero no pudo.
–Ya lo sé –comentó Marcus–. Me llamó a mí también. Estaba muy preocupada por ti. Alguien me dijo que te habían visto salir y me imaginé que estabas aquí, porque sé que es uno de los sitios que más te gusta.
Polly se puso a la defensiva.
–¿Qué quieres decir? Yo solía venir aquí con Briony, pero…
–Y también cuando querías estar sola. Por ejemplo en el aniversario de la muerte de Richard –le informó Marcus–. Te vi el primer año…
–Eso fue porque… –prefirió no terminar la frase–. No podía decirle, y menos en esos momentos, que había ido allí a pedirle perdón a Richard por estar enamorada de su primo–. Briony me ha dicho que quieres que la boda se celebre en Fraser House.
–Eso es lo que Suzi quiere y…
–Y lo que Suzi quiere, tú se lo das, ¿no? –le preguntó Polly, intentando adoptar un tono desenfadado.
–Escucha, Polly, sé cómo te debes sentir –le dijo Marcus, confirmándole sus temores–. De verdad que lo siento. Intenté advertirte.
–¿Intentaste advertirme? ¿Cuándo, cuando te acostaste conmigo? ¿Cuando estabas haciendo el amor conmigo? ¿Le has contado…?
Logró detenerse a tiempo.
–Lo siento. Tendría que estar felicitándote. Ahora entiendo la razón por la que quieres vender el hotel –le dijo con mucho tacto–. En vista de las circunstancias, no creo que Suzi se quiera hacer cargo de su gestión. Cuando yo tuve a Briony también fue difícil para mí, aunque claro, las circunstancias eran distintas. Yo tenía que trabajar –le dijo en tono muy tranquilo.
–Suzi no lo va a tener tan fácil –comentó Marcus–. Su embarazo no estaba planificado.
–No, pero no te ha pillado por sorpresa –comentó Polly.
–No –respondió Marcus–. Dadas las circunstancias, era algo inevitable, aunque siento mucho que hayas tenido que… Lo creas o no, Polly, no quiero que sufras y si hubiera alguna forma de que pudiera…
–Yo en tu lugar me preocuparía más de si yo me puedo haber quedado embarazada también, que del dolor que me hayas podido causar –le respondió Polly. Cuando vio la expresión que puso, prefirió no haber respondido de forma tan impetuosa. Era evidente que no se le había ocurrido que hubiera podido dejarla embarazada. Quizá había presupuesto que ella estaba tomando la píldora, pero no era así, porque no se acostaba con nadie.
–¿Me estás diciendo que hay alguna posibilidad de que te hayas quedado embarazada, Polly?
–No –se lo negó–. No…
–Polly…
Polly hizo un gesto de dolor con la cara, cuando él la zarandeó, olvidándose de su tobillo torcido. Era evidente que estaba ansioso por saber la verdad.
–¿Polly?
La urgencia en su voz podría haberla hecho sonreír, aunque bien era verdad que en otras circunstancias. Porque en aquel momento lo que le provocó fueron ganas de llorar. Qué ironía que se preocupase por ella. Pero no estaba preocupado por ella, estaba preocupado por Suzi, preocupado de que estuviera en juego su felicidad…
–No lo sé –admitió ella–. Es pronto para saberlo. No es fácil quedarse embarazada cuando se tiene cierta edad –comentó ella con mucha tranquilidad–. No creo que…
–¿Qué harías si…?
–Pues ya lo vería, cuando llegara el momento –le respondió Polly–. Será mejor que vuelva al hotel. Se estarán preguntando dónde estoy. Siento mucho que Briony te haya molestado, Marcus. Supongo que estarás muy ocupado, como para encima tenerte que ocupar de mí. Seguro que Suzi y su madre querrán venir al hotel a hablar de los preparativos. ¿Vas a venir tú con ellos, o…?
–No lo sé –le respondió Marcus con voz ronca–. Dadas las circunstancias… Esto no es fácil para mí, Polly.
–¿Y tú crees que lo es para mí? –le preguntó ella en tono amargo mientras intentaba separarse de él y poniendo gesto de dolor al notar el pinchazo en su tobillo.
–Quédate quieta –le dijo Marcus–. ¿Quieres que se te termine rompiendo? Apóyate en mí, anda.
Era inútil decirle que no. Polly sabía que sin su ayuda iba a ser imposible llegar hasta el hotel. Tenía el tobillo hinchado y cada vez le dolía más.
Tardaron quince minutos en llegar al hotel. Cuando llegaron, en vez de entrar en la casa, Marcus la llevó al coche.
–¿Qué haces, Marcus? –le preguntó.
–Te voy a llevar al hospital –le informó Marcus–. Te tienen que ver ese tobillo.
–Puede, pero no es necesario que me lleves tú. Yo puedo…
–¿Tú puedes qué? ¿Conducir hasta el hospital? No creo.
Era imposible discutir con él. Además, el tobillo cada vez le dolía más. Así que dejó que Marcus la ayudara a entrar en el coche.
–Supongo que no te marearás… –le preguntó, al ver que ella cerraba los ojos, para aguantar el dolor.
–No, tranquilo –le respondió.
–Buena chica –oyó que le decía–. No te preocupes, que en un minuto estamos en el hospital.
Y en cuestión de minutos llegaron al hospital. Marcus era un buen conductor. Cuando llegaron, él se bajó y le dijo:
–Quédate aquí, que voy a buscar a alguien para que te ayude a bajar.