Y FUE lo que hizo. Se dedicó a Briony y a su trabajo, de forma exclusiva. Cuando Briony cumplió los siete años, uno de los colegas de Marcus y su esposa le sugirieron convertir la mansión en una casa rural de lo impresionados que se habían quedado con las comodidades de la casa y con la calidad de la comida. Polly se lo dijo a Marcus y, para su sorpresa, él accedió.
Así empezó su inesperada ocupación de copropietaria y directora de Fraser House, una casa rural de estilo georgiano, donde los que sabían apreciar los placeres de la vida podían disfrutar de su comida. Eso fue lo que apareció en el artículo que había escrito un crítico de restaurantes, después de una visita.
Con el paso de los años, no solo habían construido una piscina y un gimnasio de lujo, sino que además las habilidades culinarias de Polly se ampliaron.
En la actualidad, Fraser House aparecía como uno de los mejores hoteles rurales del país, y su restaurante era conocido por su excelencia.
Al poco tiempo de abrir el hotel, uno de sus clientes le había pedido si podían celebrar allí la boda de su hija. Polly pensó que había llegado a la cima de su éxito empresarial.
Como propietario de la casa, Marcus siempre se había mantenido al margen de la rutina diaria, aunque para ser justos con él, Polly no tenía más remedio que admitir que siempre la había ayudado en todo lo que ella le había pedido. Estaba en el consejo de administración de su empresa, era uno de los directores más jóvenes y había estado viviendo dos años y medio en Rusia, para ayudar al establecimiento de la empresa en esa parte del mundo.
Después, había ido a China. Briony le había convencido para que la llevara a visitar la Gran Muralla China si aprobaba el curso.
La muerte de Richard había dejado a Polly sin el amor y compañía de un marido, pero a Briony nunca le había faltado una figura paterna en su vida. Y esa figura había sido Marcus. Briony lo adoraba de la misma manera que lo había adorado Richard.
De hecho, había veces que Polly sentía que los dos formaban un círculo especial en el cual ella, aunque era la madre de Briony, era excluida. ¿Sería porque a Marcus nunca le había gustado? ¿Sería porque de alguna manera Marcus la culpabilizaba de la muerte de Richard?
Cuando Briony empezó a salir con el primer chico de su vida, Chris Johnson, la chica empezó a preocuparse de que su amado tío Marcus no tuviera compañera y desde entonces se había estado devanando la cabeza para encontrar la chica perfecta para él.
Al parecer, Polly acababa de encontrar a alguien y por la forma en que estaba describiéndola, Suzie Howell parecía ser la chica perfecta para Marcus. Alta, rubia, de piernas largas… la esposa perfecta para la casa que Marcus había anunciado, de forma inesperada hacía solo seis semanas, tenía intención de comprar.
–¿Pero por qué? Siempre has vivido aquí –había protestado Polly, pálida como la pared, cuando le había dado la noticia–. Esta siempre ha sido nuestra casa. La tuya, la de Briony y la mía.
–Así es –le respondió–. Pero Briony está ahora en la universidad, y como me dijiste hace solo unas semanas, te ves obligada a rechazar clientes. Si yo me voy, dispondrás de dos habitaciones más para alquilar…
Polly no podía creerse lo que estaba oyendo. Nunca hubiera pensado que podría querer irse de Fraser House.
–Necesito una casa propia, Polly –le dijo él–. Necesito una vida propia. Y ahora que Briony se puede valer por sí misma, mi deber para con ella…
–¿Tu deber para con ella? –le interrumpió–. ¿Por eso era por lo que te quedaste a vivir aquí? ¿Por Briony?
Se produjo una pausa que le hizo perder el color de su rostro, color que volvió cuando él le dijo de la forma más afable:
–Bueno, claro, ¿no pensarías que me estaba quedando por ti?
–No claro –no tuvo más remedio que reconocer. Parecía que de verdad había llegado el momento de que Marcus se fuera de Fraser House y formara una familia.
–¿Sabe Marcus que le estás buscando novia para casarse? –le preguntó a su hija en esos momentos mientras se levantaba y se limpiaba el polvo.
A sus treinta y siete años, todavía conservaba la misma figura que había tenido a los dieciocho, aunque para mantenerse iba tres veces a la semana al gimnasio. Incluso su color de pelo había mejorado. Una semana antes su peluquera le había convencido para que se lo cortara a la altura de los hombros, con un peinado más moderno, que había insistido era perfecto para ella.
–¿Demasiado juvenil? –le había preguntado la peluquera, cuando Polly le había manifestado sus dudas–. Polly, tienes treinta y siete años, no cincuenta y siete –le había respondido con cariño–. Una mujer a los treinta y siete es joven…
–Eso díselo a Briony –había comentado Polly–. Tiene dieciocho años y seguro que no le gusta una madre que pueda parecer su hermana mayor.
–Escúchame –le había dicho su peluquera con firmeza–. Te digo que este corte de pelo es perfecto para ti.
¿Tan perfecto como la mujer que había encontrado Briony para Marcus? Tomó el trapo para limpiar el armario que había acabado de vaciar.
–Da igual, lo que quería decirte… –Briony tomó una manzana del frutero que había en la mesa, una manzana del árbol que había en el jardín de detrás de la cocina, una variedad inglesa que era imposible de encontrar en ningún otro sitio y que a Polly le encantaba por su sabor–. Podríamos celebrar una fiesta e invitar a Suzi y así conocería al tío Marcus y…
–¡Una fiesta! –interrumpió Polly a su hija–. Briony, este es un hotel, y…
–Y estamos a mitad de temporada, que es cuando menos clientes hay –le recordó Briony–. Además, Suzi puede recomendarte a la gente que conoce y así tendrás más clientes –intentó convencerla–. Porque cuando el tío Marcus se vaya, tendrás dos habitaciones más…
Polly dio un suspiro. Organizar una fiesta con tan poco tiempo era lo que menos le apetecía en aquellos momentos, pero conociendo a su hija, sería mejor ceder que oponerse, porque al final la iba a convencer.
Briony era muy testaruda y decidida. Polly no sabía a quién había salido, porque Richard había sido una persona dulce, al que nunca le habían gustado los enfrentamientos.
–No sé si a Marcus le va a gustar la idea –le advirtió a Briony–. Ya sabes que no le gusta que lo manipulen.
–Ya lo sé –le respondió Briony–. Pero si le digo que es una cena especial para mí y que Chris va a venir… –hizo un gesto malicioso–. Ya sabes los reparos que tiene con los chicos con los que salgo. Además, todavía no lo conoce.
Polly no tuvo más remedio que reconocer que su hija tenía razón. A Marcus no se le podía acusar de ser un padre muy severo con Briony, pero tendía a protegerla en exceso.
–¿Y a quién se supone que tengo que invitar para esa fiesta? –le preguntó Polly.
Briony sonrió de oreja a oreja y le empezó a enumerar los nombres.
–Pues al tío Marcus, a Suzi y a sus padres. Ellos son los padrinos de Chris –le recordó–. Chris se queda en su casa cuando sus padres están fuera. Eso hacen cuatro. Y tú y yo, por supuesto… –hizo una pausa y se mordió el labio–. También podríamos invitar al jefe de Suzi, porque si no se va a quedar solo y…
–¿Al jefe de Suzi? –le interrumpió Suzi con asombro–. ¿No me has dicho que trabajaba en el Caribe?
–Bueno sí, pero parece ser que su jefe tiene intereses comerciales aquí –aseguró Briony a su madre–. Ya verás como te va a gustar –le aseguró su hija–. Es más joven que tú. Suzi me ha dicho que tiene treinta años y está soltero. Suzi y él salieron hace tiempo, pero ya no.
Polly reprendió a su hija con la mirada.
–Seremos ocho. A menos que quieras invitar a alguien más…
–No, creo que no…
–¿No? Quizá a la tía abuela y al tío abuelo de Chris, o a su primo –sugirió Polly.
Briony la miró perpleja.
–Chris no tiene tío abuelo, ni tía abuela… –empezó a responderle muy seria, pero de pronto se detuvo y sonrió–. Bueno, tienes razón. Es posible que esté siendo un poco mandona –reconoció–. Pero es por una buena causa, mamá. El tío Marcus necesita una esposa. Y tú lo sabes…
–¿De verdad? –le preguntó Polly poniendo gesto de duda–. Supongo que no te has parado a pensar que a lo mejor él es perfectamente capaz de poner remedio a esa situación. No creo que le hayan faltado candidatas a lo largo de su vida –añadió.
Briony la miró.
–¿Sabes mamá? Parece que estás celosa.
–¿Celosa de las amigas de Marcus? En absoluto –declaró Polly de inmediato.
–Bueno, no celosa de ellas –corrigió Briony–. Me refiero a que pareces celosa de que el tío Marcus pueda tener a alguien en su vida…
–No a alguien, sino a muchas –le recordó Polly.
–Mamá. No estás siendo justa –objetó Briony–. Ha habido varias, pero ninguna le ha durado mucho. ¿Es que tú nunca has querido conocer a nadie? Ya sé que tú estabas muy enamorada de papá –añadió rápidamente–. Todos lo sabemos. Pero debe haber habido veces en que… –hizo una pausa para morderse el labio antes de continuar–. Eras muy joven cuando papá murió y hoy día las mujeres pueden….
–Si lo que me estás preguntando es si he echado de menos una relación sexual.. –la interrumpió Polly–, he de confesarte que en ocasiones sí. Pero nunca con tanta fuerza como para… Yo amaba mucho a tu padre –le dijo a Briony, sin querer ponerse a analizar en profundidad su decisión de mantener su celibato.
–Bueno, ya sé que nunca fuiste una mujer a la que le gustase mucho el sexo. ¿Recuerdas aquella vez que celebrábamos una fiesta en el hotel en la que el tío Marcus te regaló un brazalete? Cuando te lo puso y fue a darte un beso, tú te retiraste como si acabaras de ver al diablo en persona –le contó su hija riéndose–. Pobre tío Marcus. Debía de ser la primera vez que había visto una reacción así en una mujer…
¿Recordarlo? Polly se las arregló para esbozar una sonrisa al tiempo que bajaba la cabeza y empezaba a limpiar el armario. Claro que lo recordaba. Pero nunca hubiera imaginado que Briony se había dado cuenta. Al fin y al cabo, era demasiado pequeña como para haberlo notado…
–¿Y cuándo has pensado que podíamos celebrar esa cena? –le preguntó a su hija.
–Hoy es miércoles, ¿qué tal el viernes? –sugirió Briony–. Chris y yo tendremos que volver a clase el lunes y…
–Muy bien, el viernes entonces –accedió Polly.
–¡Bien! Voy a llamar a Chris para que lo organice todo. ¿A qué hora les digo que vengan? ¿A las siete?
–Sí –respondió Polly.
Mientras veía a su hija correr hacia la puerta de la cocina, pensó que no era la cena del viernes la que la inquietaba, sino los recuerdos que aquel comentario inocente de Briony había evocado.
Todavía conservaba el brazalete de oro que Marcus le había regalado. Lo había comprado en uno de sus viajes al Oriente Medio. Un brazalete de oro con incrustaciones de diamantes de la mejor calidad. Un regalo con el que cualquier mujer se habría sentido halagada, un sentimiento que ella no se podía permitir. Si cerraba los ojos, todavía podía recordar a la perfección aquella tarde de primavera. Incluso podía oler el olor de la hierba recién cortada a través de los ventanales del cuarto de estar que Marcus había insistido en que se quedaran madre e hija para su uso personal.
–Pero si no necesitamos un cuarto de estar –había protestado al oír los planes de Marcus sobre la casa.
–A lo mejor tú no, pero Briony sí –insistió Marcus–. Fraser House es su casa, Polly. Y tiene que crecer sabiendo que es su casa. Es lo que Richard hubiera deseado –le dijo con convicción. Y ella había accedido. Años más tarde, se alegró de haberlo hecho al comprobar que para Briony era muy importante sentir que había una parte de la casa que pertenecía exclusivamente a su madre y a ella.
–Oh, Marcus –había protestado Polly mientras desenvolvía el regalo que le había dado–. ¿Qué…?
–Es para celebrar nuestro primer año de negocio juntos –le había dicho con frialdad.
Había llegado muy temprano esa mañana. Ella no lo había visto llegar porque estaba en la cama. Pero había oído el taxi que lo había llevado. No lo vio hasta por la tarde. Durante todo el día estuvo nerviosa, preguntándose cuándo iba a verlo. Y de pronto lo tuvo delante, con una camiseta blanca y vaqueros, muy moreno…
Tuvo que retirar enseguida la mirada, al comprobar la forma en que su cuerpo respondía al verlo.
Por suerte, Marcus no se había dado cuenta, porque en aquel momento se fue a dar un abrazo a Briony. Pero Polly se tuvo que cruzar de brazos para que él no viera cómo sus pezones se endurecían y levantaban ligeramente la fina tela de su camiseta. Le dio el regalo después de darle otro a Briony, un brazalete idéntico al que le dio a ella, pero en miniatura.
¿Quién habría elegido los regalos por él? Seguro que otra mujer. Le dio las gracias de forma un tanto atropellada. Él se levantó, le puso sus manos en los hombros y la miró.
–Has adelgazado.
–No, no he adelgazado –negó ella, antes de admitirlo, al ver la reacción en sus ojos–. Bueno, un poco. Es que he tenido mucho trabajo.
–Mamá come muy deprisa –le informó Briony.
–Eso no es verdad –empezó a decir, girando la cabeza y dándose cuenta de que él estaba más cerca de lo que ella había imaginado. Tan cerca, de hecho, que tenía la boca casi pegada a…
Se puso tensa y tragó saliva. Al ver que le era imposible introducir aire en sus pulmones, abrió la boca y Marcus pareció no interpretar de forma correcta el significado de aquel suspiro. Porque inclinó la cabeza y le puso la boca en la suya.
Richard, como marido y amante, había sido cariñoso y gentil, y el sexo para Polly había sido una experiencia agradable, una experiencia durante la cual nunca se había sentido insegura. Pero por instinto sabía, y siempre había sabido, que Marcus no era como su marido, que era un hombre mucho más apasionado y viril.
El sexo con Marcus no habría sido una experiencia superficial, sino algo profundo. Ella había cerrado su mente a la sexualidad de Marcus, no queriendo admitir que era algo que se palpaba. Pero cuando sintió su boca, fue plenamente consciente de ello.
Le entró pánico y retiró al instante la cabeza, levantando al tiempo las manos para echarle para atrás.
Durante unos segundos, antes de soltarla, Marcus la había mirado a los ojos. Él los tenía casi negros, con una ira que no se preocupaba por ocultar. Y su boca, la misma boca que acababa de besarla, torcida en un rictus de desagrado.
–Ya eres una mujer, Polly, no una niña –oyó que le decía enfadado–. Richard está muerto y…
–Eso no importa –le interrumpió, el corazón golpeándole el pecho con fuerza–. Para mí es todavía mi marido y siempre lo será.
–Nobles sentimientos –se burló Marcus–. E ingenuos también. Richard era tu marido, Polly, pero dudo mucho que te hiciese sentirte mujer de verdad. Porque de haberlo hecho…
–¿Cómo te atreves a hablarme así? –casi le gritó, retrocediendo como un animal herido–. Richard era mi amante. ¿Cómo te crees si no que Briony…?
Se detuvo, atragantándose casi con sus lágrimas, dándose cuenta de que Briony estaba viendo y escuchando lo que se estaban diciendo.
–Era tu marido, sí, y concebiste a tu hija, sí, pero de eso hace mucho. En aquel entonces, Richard era un chiquillo –le respondió Marcus antes de continuar con una voz hipnotizante–. Pero fíjate en ti ahora. Estás temblando como una chiquilla que fuera a tener su primera experiencia sexual, y solo porque te he besado. ¿Es así como crees que reaccionan las mujeres que ya tienen experiencia?
Empezó a mover en sentido negativo la cabeza, pero Polly no quería seguir escuchando. Levantó en brazos a Briony y le respondió:
–No tienes derecho a hablarme de esa manera. Yo amaba y todavía amo a Richard. Más de lo que tú puedas pensar o imaginar.
La mirada que le dirigió cuando pasó a su lado y salió de la habitación perduró en su mente durante mucho tiempo.
Por lo menos Briony había tenido razón en una cosa, pensó Polly un par de horas más tarde, una vez terminó de limpiar los armarios de cocina. El hotel estaba relativamente tranquilo en aquellos momentos. Y le venía bien. Porque la Navidad se acercaba. Tenían huéspedes que reservaban habitaciones para Navidad y Año Nuevo. Si las habitaciones de Marcus estaban terminadas para esa época, las podría alquilar también. La Navidad en Fraser House era algo especial.
Se alegraba de que Marcus hubiera decidido ceder sus habitaciones, pensó mientras miraba la cocina, y no solo porque así podría alojar a más clientes. El arquitecto que habían contratado les había sugerido que hicieran obras de ampliación, pero Polly no había querido, porque la casa perdería encanto. Para su sorpresa, Marcus había estado de acuerdo con ella.
Todavía no había ido a visitar la casa que había alquilado, pero Briony sí lo había hecho. Al volver le había dicho a su madre que era una casa preciosa.
Una casa que había pertenecido a los Fraser y que era de estilo victoriano.
Era una casa que la familia había vendido al finalizar la primera guerra mundial. Marcus tenía la oportunidad de comprarla, junto con el terreno que había alrededor.
De alguna manera, Polly lo envidiaba, por tener la ocasión de recuperar y reformar aquella casa. La casa llevaba años abandonada.
Por sus cinco habitaciones y espacioso salón, era la casa ideal para una familia. ¿Estaría Marcus pensando en sentar la cabeza? A sus cuarenta y dos años, estaba en lo mejor de la vida. Tenía el futuro asegurado. Era un hombre atractivo, inteligente. Ninguna mujer dudaría un instante en casarse con él y convertirlo en el padre de sus hijos. Era un dato científico que las mujeres elegían de forma instintiva a los hombres más fuertes y guapos para conseguir los mejores genes para su descendencia. Seguro que Marcus elegiría también a una mujer joven, inteligente y, por supuesto, guapa. Según Briony, la candidata reunía todos esos requisitos.
Perdida en sus pensamientos, Polly se dirigió a su sitio favorito en aquella casa, un pequeño rincón en el jardín, rodeado de árboles, en el que había un pequeño lago natural. No se veía desde la casa, y se llegaba por un camino estrecho y privado. A Richard le había encantado aquel sitio. Uno de los regalos que le había dado fue un cuadro de aquel lugar en primavera. Ahora era otoño y las hojas de los árboles estaban cayendo, dando al lugar un aspecto melancólico, que estaba a tono con los sentimientos de Polly.
Durante años, había ido allí a desahogar sus penas. Pero ninguna de ellas se podía comparar con la magnitud de la desesperación agonizante que estaba sufriendo en aquel momento.
Su vida estaba cambiando. Briony se había marchado de casa y se estaba convirtiendo en una persona adulta. Ya había dejado de necesitarla. Los empleados que tenía eran tan eficaces, que había veces que parecían no necesitarla. Y luego estaba Marcus…
Marcus…
Cerró los ojos y se apoyó en el tronco de uno de los árboles.
Siempre había sabido que algún día Marcus se casaría.
Que algún día conocería a una mujer de la que se enamoraría…
–Polly.
Abrió los ojos en tono de sorpresa, revelando las lágrimas que los humedecían mientras miraba enmudecida al hombre que había sido el centro de sus pensamientos.
–¿Qué estás haciendo aquí sin abrigo? –oyó que le preguntaba en tono de desaprobación. Él, por supuesto, llevaba abrigo, o más bien chaqueta, una de cuero que Briony y ella le habían comprado como regalo en uno de sus cumpleaños.
–Marcus –exclamó ella, cuando pudo encontrar las palabras. Después sintió un escalofrío para justificar la crítica que le había hecho.
–Tienes frío –oyó que decía–. Toma, ponte esto…
Antes de que ella se lo pudiera impedir, él se estaba quitando la chaqueta y se la estaba colocando sobre sus hombros. Polly cerró los ojos y se dejó llevar por su inconfundible olor.
–No, no la quiero –le respondió, quitándosela y devolviéndosela lo más rápidamente que pudo.
Oyó su exclamación de desesperación cuando la recogió. Y no le sorprendió que le respondiera:
–No seas infantil, Polly. Ya sé que no quieres aceptar nada mío. Pero no tienes por qué castigarte.
–Eso no es verdad –se defendió Polly–. Yo sé lo mucho que te debemos Briony y yo, y te estoy muy agradecida por todo lo que has hecho por nosotras.
Al ver que él no respondía, ella añadió:
–Este era uno de los sitios preferidos de Richard…
–Ya lo sé –le respondió Marcus de forma cortante, tan cortante que Polly se dio la vuelta y lo miró. Tenía una expresión austera y alejada que le daba ese aire tan distante, típico en él.
–Le encantaba pintar aquí –continuó Polly diciendo–. Y…
–Y tú sigues guardando el cuadro que te pintó de este sitio en ese dormitorio tuyo que parece más bien la celda de un convento.
–No es una celda –protestó Polly.
–No, tienes razón, no lo es –respondió Marcus con gesto tenso–. Es más bien un santuario dedicado a un hombre, más bien un chiquillo, al que le había asombrado que quisieras convertirlo en una especie de santo…
Polly empezó a temblar. ¿Por qué siempre reaccionaba de esa manera ante él? ¿Por qué siempre tenían que discutir? ¿Por qué había hecho Marcus tanto por ella, si en el fondo la odiaba tanto? Pero ella sabía la respuesta. Lo había hecho por Richard, y cuando murió, lo había hecho por Briony.
–Richard era mi marido –le recordó ella con un leve temblor de voz.
–Era, Polly, era –enfatizó Marcus–. Han pasado muchos años desde que murió.
–Briony quiere que organice una cena privada –le dijo, cambiando de tema–. Quiere…
–Ya lo sé –le interrumpió Marcus.
Polly lo miró, buscando alguna expresión. ¿Qué le habría contado Briony? ¿Le habría dicho que había encontrado la chica perfecta para que fuera su esposa? No le sorprendería. Marcus aceptaba propuestas de Briony que no aceptaba de nadie más. Se llevaban muy bien, hasta el punto de que había veces que sentía envidia. ¿Envidia de su propia hija? No quería ni pensarlo.
–Tengo que volver –le dijo a Marcus intentando separarse de él cuando antes. Una de las ramas de un árbol se enganchó en su pelo.
–Estáte quieta –le dijo Marcus cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido y estirando una mano para desengancharla.
Estaba muy cerca de ella. Demasiado cerca. Empezó a sentirse mareada… la cabeza le daba vueltas.
–Quieta –repitió Marcus en tono irritado mientras intentaba desengancharle el pelo. Su proximidad la ponía nerviosa.
Sentirlo tan cerca de ella era como si la estuviera abrazando. Polly empezó a sentir cómo la piel se le ponía en tensión. Casi ni podía respirar. Si no le desenganchaba el pelo pronto y se alejaba de ella podría cometer cualquier estupidez.
–Ya está. Ya estás libre…
Libre… Polly estuvo a punto de decirle lo imposible que era para ella sentirse libre de la carga que soportaba sobre sus hombros, pero prefirió no hacerlo.
–Muchas gracias –le respondió. La garganta le dolió al pronunciar aquellas dos palabras.
Empezó a dolerle la cabeza, un dolor que no era nada comparado al del corazón.
Marcus la provocaba, la irritaba, la ponía furiosa. Algunas veces sentía que la hostilidad que había entre ellos era más de lo que podía soportar.
–No tienes por qué acompañarme –le dijo ella en tensión–. Conozco el camino.
–Polly, ¿nunca se te ha ocurrido pensar que..? –se detuvo.
–¿Qué se me ha ocurrido pensar? –le preguntó ella. Pero él se limitó a mover en sentido negativo la cabeza.
–Nada.
Ya de vuelta a la casa, Polly se fue derecha a la cocina. Le gustaba mucho cocinar.
–Mamá, deberías tener una docena de hijos –le decía Briony muchas veces.
A lo mejor era verdad. Quizá el amor con que trataba Fraser House y a los invitados era una forma de terapia, una forma de sacar de dentro el amor y cariño que ya no podía dar a su amado Richard.
A lo mejor Marcus era igual que ella. Aunque le gustaba la comida sana y de la mejor calidad, no era un sibarita. Por eso tal vez a sus cuarenta y dos años conservaba un cuerpo ágil y musculoso. La última vez que se había quedado en la casa, ella había ido muy temprano a la piscina, a darse un baño antes de empezar a preparar el desayuno de los huéspedes. Cuando llegó, vio que Marcus estaba allí.
Se quedó mirándolo perpleja cómo completaba un largo con un estilo magnífico. Cuando llegó al otro extremo de la piscina, se dio la vuelta y la miró. Ella empezó a darse la vuelta y a caminar hacia la salida. Pero, para su desgracia, Marcus ya había salido y se estaba acercando a donde ella estaba.
–Llevas un bañador precioso –había comentado mientras la miraba de arriba a abajo–. ¿Es uno de los que ya no quiere Briony?
Furiosa con él por su grosería, y consigo misma por dejarse provocar, había apretado los labios para no responderle verbalmente, aunque había sabido que él se había dado cuenta, por la expresión de su rostro, de sus sentimientos.
A lo mejor el traje de baño que llevaba estaba pasado de moda, pero el biquini que Briony había insistido en que se comprara era demasiado descarado para ponérselo delante de él.
Polly se quedó mirando las gotas de agua resbalando por el cuerpo musculoso de Marcus. Y hasta que él no se empezó a secar con la toalla, ella no se dio cuenta de la intensidad con la que lo estaba observando. Al darse cuenta, se sonrojó.
–¿Qué te ocurre, Polly? ¿Es que se te había olvidado el aspecto de un hombre? Te has puesto roja… –le tocó el rostro con la mano–. ¿Crees que, si las cosas hubieran ocurrido al revés, Richard habría guardado el celibato como lo estás guardando tú?
–El celibato es fácil cuando solo hay un hombre al que amas –le respondió. Lo cual, en cierta forma, era verdad.