Capítulo 3

 

 

 

 

 

AJA… ¡Ya me lo imaginaba! No estoy dispuesta a que te pongas eso –exclamó Briony entrando en la habitación de Polly mientras se estaba subiendo la cremallera del vestido negro que había decidido ponerse para la cena.

La cena la había dejado a cargo de su joven aprendiz, Andrew, y antes de subir a su habitación, había ido a supervisar la mesa en la que se iba a servir.

Una mesa redonda, mucho más pequeña que la que había en el comedor, con cubertería de plata y candelabros que había comprado para la ocasión.

Las cortinas de muselina que había colocado en las ventanas le daban un aire especial a la estancia.

–¿A qué diablos te refieres? –le respondió–. Siempre me pongo este vestido para las fiestas.

–Por eso –replicó Briony–. Es un vestido triste, anónimo, el típico vestido con el que se sienten seguras las mujeres de cincuenta y tantos.

–Bueno, puede que tengas razón… –accedió Polly–. En cierta medida por eso me lo compré.

–Pero, mamá, tú no tienes cincuenta y tantos. Si Marcus te ve con ese vestido, seguro que se enfada. La última vez que te lo vio puesto me dijo que debería quemarlo.

–¿Te dijo eso? –le preguntó Polly con expresión ceñuda–. Bueno, en tal caso…

–No tendría que haber dicho eso, ¿verdad? –exclamó Briony–. ¿Qué es lo que os pasa últimamente al tío Marcus y a ti? Cuando yo era pequeña me gustaba imaginarme que el tío Marcus era mi padre. Cerraba los ojos y deseaba con fuerza que los dos os casarais.

–Eso nunca –le respondió Polly al instante–. Yo…

–Eso mismo me contestó el tío Marcus –murmuró Briony–. Bueno, qué más da. Mira lo que te he traído.

Se sacó una bolsa que había estado escondiendo detrás y sacó con un movimiento de la mano su contenido.

–¿No esperarás que me ponga eso? –protestó Polly, cuando vio el minúsculo vestido en forma de tubo que su hija le estaba enseñando.

–Claro –le respondió Briony con una sonrisa.

–Pero si no me vale –replicó Polly.

–Si te vale, porque estira –le informó Briony.

–Briony, yo no me voy a poner eso –insistió Polly al ver que además la tela del vestido se transparentaba.

–Tranquila, mamá –se rió Briony–. Tiene un forro. Anda, quítate eso tan horrible que llevas y póntelo.

Polly intentó protestar, pero Briony estaba tan decidida a salirse con la suya que no tuvo más remedio que acceder.

–¿Es que no quieres dar una buena impresión? –le decía para convencerla–. Sobre todo a Suzi y a su jefe.

–Yo pensaba que era Marcus el que tenía que impresionar a esa Suzi –le recordó Polly con los dientes apretados, mientras se fijaba en la hora y pensaba que, si no bajaba pronto a la cocina, el cocinero iba a perder los nervios y los invitados iban a tener más de un motivo para protestar.

Se puso el vestido y tuvo que admitir que Briony tenía razón, porque no se le transparentaba nada.

–Ya te dije que era de tu talla –comentó Briony mientras la miraba.

–Ya veo –Polly se miró en el espejo. ¿Estaría tan delgada? Tenía una figura frágil, casi etérea. Al ponérselo se habían soltado algunos cabellos del moño que se había hecho. Intentó recogérselo.

–No déjatelo así –le dijo Briony–. Pareces…

–Despeinada –le respondió Polly.

–No, no –replicó Briony con una sonrisa–. Anda mamá, vamos, los invitados están a punto de llegar.

Su hija tenía razón y ella lo sabía. Se miró una vez más en el espejo y la siguió.

El vestido uno era especialmente corto, pero resaltaba su figura, el escote revelaba la cremosa piel de su cuello y sus hombros y sus largas mangas resaltaban la delgadez de sus brazos.

Cuando vio la cara de alivio que puso Andrew al verla entrar en la cocina, Polly se olvido de su peinado y su vestido. Estaba tranquilizando a Andrew y asegurándole que todo iba a salir bien cuando Briony entró en la cocina y anunció que los invitados habían llegado.

–Pobres invitados –murmuró Polly mientras seguía a su hija.

A quien primero vio fue a Marcus, o mejor dicho su mirada. Estaba de pie, junto a la mesa donde habían colocado las bebidas, sonriendo a una mujer rubia, que debía de ser Suzi. Cuando la vio a ella, su expresión cambió. ¿Sería por su vestido?

–Polly –oyó decirle acercándose a ella.

–¿Te gusta mi vestido? –le preguntó nerviosa–. Lo eligió Briony. Es…

–«Gustarme» no es precisamente la palabra que yo habría elegido –empezó a decirle Marcus, pero no continuó, al sentir que Suzi se acercaba y le ponía la mano en su brazo.

Era una mujer muy elegante y parecía que Marcus le gustaba. Polly observó cómo se retiraba de la cara unos mechones de su cabello rubio y se acercaba un poco más a Marcus mientras él le preguntaba qué quería tomar.

A Chris ya lo conocía y sus padrinos eran una pareja de unos cincuenta y tantos años, más o menos la clase de gente que Polly estaba acostumbrada a tratar como huéspedes en la casa.

Detrás de ellos y observándola estaba un hombre que debía de ser el jefe de Suzi.

Un hombre alto, muy guapo, con el pelo corto. Cuando vio a Polly, se dio la vuelta para observarla, primero la cara y después todo su cuerpo.

Polly se dio cuenta de que su mirada se dirigía a Marcus. ¿Para qué? Marcus estaba demasiado interesado en Suzi como para darse cuenta del interés que mostraba el otro hombre por ella. ¿Sería porque buscaba su aprobación?

–Os presento a Polly, mi madre –anunció Briony, colocando a Polly en el centro de la habitación.

Mientras Briony la presentaba, Polly no pudo evitar fijarse en que Marcus le daba la espalda, mientras el jefe de Suzi, Phil Bernstein, se acercaba a ella y estrechaba su mano. Y no se la soltó mientras le decía:

–Briony me advirtió de que tenía una madre muy joven, pero…

–Por favor, no le digas que podría ser mi hermana –gruñó Briony.

Phil se echó a reír.

–No iba a decir eso. Briony no se parece a ti –continuó diciendo–. Tú eres… –la miró fijamente mientras pensaba en alguna palabra que la pudiera definir.

–Phil, estás avergonzando a la señora Fraser –le interrumpió Suzi.

Parecía querer poner las cosas en su sitio, al referirse a ella como «señora».

–Creo que voy a aceptar tu invitación de enseñarme el hotel –dijo, alejándose de Polly y continuando su conversación con Marcus–. No parece que sea tan grande como Gifford’s Cay –añadió en un tono un tanto altanero–. Pero creo que parece interesante. Aunque el estilo inglés de casa rural se está quedando un poco pasado de moda, por lo menos en el segmento superior del mercado…

Polly escuchó el tono ácido de la voz de Suzi. No había la menor duda de que aquella mujer estaba intentando mostrarse superior, pero lo que más la molestaba era que Marcus se hubiera ofrecido a enseñarle la casa sin consultarle a ella primero.

Porque al fin y al cabo, ella era la responsable de todo aquello, aunque compartiera al cincuenta por ciento la responsabilidad financiera con Marcus.

–No obstante, seguro que estáis consiguiendo buenos beneficios –siguió comentando Suzi mientras Polly asentía con la cabeza para que los camareros retiraran los canapés y los vasos vacíos–. El otro día, cuando fui de compras a Londres, vi ese vestido en Knightbridge. No es una diseñadora que me guste. Yo soy más del estilo de Gucci. Es un poco formal para mí. Son las mangas lo que le dan el aspecto de ser para una mujer más mayor, ¿verdad? Supongo que cuando ya me acerque a los cuarenta…

¡Acercándose a los cuarenta! Polly suspiró indignada. Para su sorpresa, fue Phil Bernstein el que salió en su defensa.

–Pues la verdad es que yo creo que Polly está más en los treinta y cinco que en los cuarenta, Suzi.

Pero lo que más le preocupaba a Polly, sin embargo, era cómo Briony había podido pagar un vestido tan caro.

Cinco minutos más tarde, cuando se anunció que se iba a servir la cena, le manifestó sus preocupaciones a su hija.

–No te preocupes por eso. No he gastado el dinero de mi beca –le respondió Briony–. Lo pagó el tío Marcus.

–¿Marcus? –repitió Polly asombrada–. ¿Le pediste al tío Marcus que me comprara el vestido?

–Bueno, yo lo elegí –le aseguró Briony–. Le dije que, como no te compráramos algo, acabarías por ponerte ese vestido tan horroroso que siempre te pones y él accedió a comprarlo.

Polly no pudo responderle. Después de supervisar la mesa, les dijo a los camareros que podían empezar a servir la cena.

 

 

–Esta sopa está deliciosa –Phil Bernstein comentó entusiasmado.

–Gracias –sonrió Polly–. Es una receta mía y…

–En Gifford’s Cay tenemos tres de los mejores cocineros y los menús son fabulosos –interrumpió Suzi de forma grosera–. Todos los artistas de cine van allí, ¿verdad, Phil?

–Sí, es verdad. El verano pasado estuvo Meg Ryan –le dijo a Polly sonriendo–. He de decirte que tú te pareces a ella…

–No me digas eso… –comentó Polly, sintiéndose halagada.

–Has hecho una conquista, mamá –le comentó Briony mucho más tarde esa misma noche–. ¿Sabes que es millonario? Y el hotel es solo uno de sus intereses comerciales. Suzi no querrá reconocerlo, pero ha venido aquí a intentar comprar hoteles para extender su imperio.

–Siempre y cuando no intente comprar Fraser House –le respondió Polly.

–¿Sabes una cosa, mamá? Hay veces que no sé a quién quieres más, si al hotel o a mí –se quejó Briony.

–No sé por qué lo dudas –respondió Polly muy seria–. Al hotel, por supuesto.

Madre e hija estaban todavía riéndose cuando Phil les preguntó:

–¿De qué os reís?

–De nada, en realidad. Un chiste entre madre e hija –le informó Polly.

–Todavía no puedo creerme que seas la madre de Briony –le dijo él–. Si pareces incluso más joven que ella, en especial con ese peinado.

–¿Qué? –Polly levantó una mano, dándose cuenta demasiado tarde de que no se había recogido el pelo.

–No, déjatelo así. Me gusta –suplicó Phil–. Te da un aspecto como si te acabaras de levantar de la cama, de la cama de tu amante…

–¡Oh! –exclamó Polly, sonrojándose.

–Polly, creo que ya podemos decir que nos sirvan el siguiente plato.

La voz de Marcus la devolvió a la realidad.

–Pero si no hay más platos –le informó frunciendo el ceño–. Tan solo queda el café, que había pensado que nos sirvieran en el salón.

–Me sorprendes –respondió Marcus–. Porque Bernstein te estaba comiendo con la mirada.

–Tan solo estaba siendo galante.

–¿Galante? Pero si te ha dicho que parecía que acababas de salir de la cama de tu amante. Si crees que eso es galante…

–No es eso lo que quiso decir –empezó a rebatirle Polly, pero de pronto se detuvo. Ya conocía a Marcus cuando se ponía a criticarla, cuando nada de lo que decía o hacía estaba bien. Y aunque lo que le estaba diciendo se lo decía al oído, para que los demás no lo pudieran oír, por el rabillo del ojo vio que tanto Phil como Suzi estaban pendientes de ellos.

 

 

–¿Quiere alguien más café? –les invitó Polly mirándolos. Todos respondieron moviendo en sentido negativo la cabeza.

–Ha sido una cena excelente –comentó Phil. Mientras los familiares de Suzi le agradecían la excelente cena que les había servido, Polly observó cómo Suzi le dirigía una mirada asesina.

–Me temo que yo no soy la que mejor puedo juzgar. Nuestro cocinero ha dejado atrás este tipo de comida y ha evolucionado tanto que… –se detuvo y se encogió de hombros, como si no pudiera encontrar las palabras para describir el abismo que había entre los platos que acababa de degustar y las maravillas que ella normalmente comía.

Aunque sabía que su rostro se estaba enrojeciendo por la ira, Polly prefirió no entrar en el juego de la provocación. Pero no fue necesario, porque tanto Phil como el padre de Suzi exclamaron:

–¡Suzi!

–Ha sido una cena excelente –comentó el padre de Suzi–. Mucho mejor que esas verduras crudas y ensaladas calientes que a veces me obligas a comer.

–Papá, estas desfasado –le interrumpió Suzi. Polly no pudo hacer otra cosa que sonreír.

–Bueno, me prometiste que me ibas a enseñar el hotel –le recordó Suzi a Marcus cuando Polly les dijo a sus invitados si iban al cuarto de estar.

–Podemos acompañarlos –Phil Bernstein sugirió.

Polly aceptó a regañadientes. Por la forma en que los miraban Suzi y Marcus, estaba claro que no querían que los acompañaran.

Phil abrió la puerta del salón para que saliera. Aquel gesto la hizo sentirse mucho más confiada.

Ella, al fin y al cabo, tenía tanto derecho como Marcus a enseñarles el hotel y tanto derecho como él a disfrutar de la compañía de un miembro atractivo del sexo opuesto. No solo Marcus tenía el derecho exclusivo de disfrutar de las atenciones de otra persona. Y Phil estaba siendo muy atento con ella, tenía que admitir.

¿Se lo estaría imaginando, o Phil estaba disminuyendo el paso para separarse poco a poco de la pareja que iba por delante? Polly se daba cuenta de que caminaba más pegado a ella de lo que era la norma mientras admiraban la maravillosa arquitectura de los ventanales que había a mitad de la escalera.

–Phil, ¿qué estás haciendo? –preguntó Suzi dándose la vuelta de repente, utilizando un tono de voz que Polly pensó como poco apropiado para ser su empleada. Pero parecía que Phil tenía una personalidad dulce y amable, no como Marcus, que los estaba mirando con gesto airado al final de la escalera.

–Estaba admirando las vistas –le respondió Phil.

–Pero si es de noche –le informó Suzi frunciendo el ceño.

–Sí –respondió Phil. Pero se dio la vuelta y miró a Polly.

Polly no pudo evitarlo. No pudo evitar sonrojarse como si fuera una colegiala mientras Suzi apretaba los dientes y se daba la vuelta de nuevo.

Polly aligeró un poco el paso, para intentar alcanzarlos, pero Phil le puso una mano en el brazo.

–Déjalos que se marchen –le dijo en tono tranquilo–. Tengo que disculparme por los comentarios de Suzi en la cena…

–Supongo que está un poco cansada del viaje –le respondió Polly muy diplomática.

Fue un gesto de amabilidad el que Phil se disculpara por la actitud de Suzi, pero Polly sospechaba que la otra mujer no se lo iba a agradecer en absoluto.

–Los padres de Chris mencionaron que te quedaste viuda muy joven.

–Sí –respondió Polly.

–Y que no te has vuelto a casar. Seguro que no por falta de pretendientes –sonrió de forma galante Phil.

–La verdad es que no he tenido demasiado tiempo para pensar más que en Briony y en este sitio –respondió Polly, –Y me imagino que también tendrás dificultades para que tu perro guardián te deje salir con otros hombres –comentó Phil, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a la pareja que tenían delante.

–¿Mi perro guardián? –repitió Polly asombrada–. ¿Te refieres a Marcus? Él no es…

–Como socio de este negocio y copropietario le interesa que sigas soltera para que atiendas el negocio –continuó Phil sonriendo–. Yo en su lugar estaría tentado a hacer lo mismo.

Polly no respondió. No podía. Marcus nunca le impediría tener una relación con otro hombre si fuera lo que ella deseara. ¡Que se le ocurriera hacerlo! Ella no tenía que responder a nadie de sus actos en cuanto a su vida personal se refería. Y en cuanto al negocio, eran socios al cincuenta por ciento. Lo molestaba que no solo Suzi, sino también Phil, pensaran que Marcus fuera el que mandara allí.

–¿No respondes? –presionó Phil.

Polly se detuvo y lo miró. Él la estaba mirando también, con una expresión inquisitiva, pero también de franco interés.

–Yo soy libre –le dijo–. Y por lo que se refiere a mi perro guardián… –hizo una pausa y continuó–. Dentro de poco se irá a una nueva perrera.

¿Qué bicho la habría picado para adoptar una conducta tan descarada? Nada más darle aquella respuesta, empezó a arrepentirse.

–Mejor será que los alcancemos –le dijo a Phil con la voz ronca.

Marcus había terminado de enseñarle a Suzi la primera de las habitaciones, cuando ellos llegaron.

Aunque las habitaciones las habían vuelto a decorar desde que había fallecido Richard, Polly había mantenido muchas conversaciones mentales con su marido al reformarlas. No solo había querido conservar su recuerdo, sino también su arte. Y cuando vio la mirada de admiración en los ojos de Phil, Polly se sintió orgullosa.

–No, esa puerta no –dijo, cuando llegaron al final del pasillo y Phil estaba a punto de entrar en la última de las habitaciones–. Esas son las habitaciones de Marcus –le explicó.

–Oh, es una pena que no podamos entrar, porque la habitación de un hombre dice mucho de cómo es ese hombre en realidad… –comentó Suzi en tono artero.

Lo que había querido decir en realidad era cómo se comportaba en la cama. Aunque seguro que, si Marcus hubiera decidido enseñarle sus aposentos, se habría sentido decepcionada.

Tenía una habitación fría e impersonal, porque estaba todo el tiempo viajando y casi nunca estaba en ella. Además, nunca había llevado a una mujer allí.

Polly sabía que había habido mujeres en su vida. Había visto fotografías de mujeres guapísimas, agarradas a su brazo.

–Una amiga –le había respondido a Briony cuando la niña de forma inocente le preguntaba quién era la que estaba a su lado. A veces, ella misma respondía las llamadas de mujeres que daban solo sus nombres con la absoluta seguridad de que él las reconocería.

–El hotel es realmente pequeño –comentó Suzi–. Es más una casita rural.

Polly se sintió llena de ira al escuchar aquellas palabras. Tanto sus empleados, como ella misma, habían trabajado mucho para que aquel lugar fuera reconocido como uno de los mejores pequeños hoteles del país.

Pero, antes de que ella le pudiera responder, Marcus comentó:

–Puede que Fraser House no sea un hotel en el estricto sentido de la palabra. Como ya habrás observado, no disponemos de muchas habitaciones. De hecho no podemos atender toda la demanda que recibimos. Por eso es por lo que he decidido ceder mis habitaciones.

–Yo personalmente prefiero quedarme en uno de estos hoteles que no en uno de esos más grandes e impersonales –comentó Phil.

–Tenemos un par de habitaciones más en el siguiente piso –le informó Polly a Suzi–. Además, no creo que encuentres casas rurales con los servicios que nosotros ofrecemos. No solo disponemos de un gimnasio totalmente equipado, sino de una piscina olímpica.

–Pues tendrías que ver las piscinas que tenemos en Gifford’s Gay –comentó Suzi–. El mejor arquitecto de instalaciones deportivas la diseñó para nosotros, ¿a que sí, Phil?

–Me gustaría ver el resto de las habitaciones –le dijo Phil a Polly, sin prestar atención al comentario de Suzi.

Las habitaciones que había en el piso de arriba eran amplias y habían sido decoradas para sacar el máximo provecho de los techos abuhardillados.

Cuando estaban en la última de las habitaciones, Phil se acercó a la ventana y miró por ella.

–¿De quién son las tierras? –preguntó.

–Mías –le informó Marcus. Los dos hombres intercambiaron miradas. Polly se dio cuenta de la rivalidad que había entre ellos.

 

 

–Ha sido una velada maravillosa –le dijo Briony a Polly mientras la ayudaba a recoger las cosas de la cena–. Seguro que vas a echar de menos al tío Marcus cuando se vaya.

–Seguro que no –le respondió Polly de inmediato.

Briony bajó la cabeza y sonrió. Le había prometido a Chris que no se iba a meter en los asuntos de su madre, pero no podía evitarlo. Al fin y al cabo, lo hacía por su propio bien.

–Estoy cansada, Briony. Creo que será mejor que me vaya a la cama.

Después de abrazar y darle un beso de buenas noches a su madre, Briony deambuló por la habitación. Al cabo de unos segundos, lanzó un puñetazo al aire y exclamó:

–¡Sí!