PUES yo creo que si ponemos el salón entre las dos habitaciones dobles, con una puerta que las comunique con el salón, podrías tener una doble suite con dos habitaciones dobles y un salón, o una única suite con una habitación doble y un salón, más otra habitación doble. He traído también los planos de la pequeña sala de conferencias que me encargaste.
–Polly, ¿podrías por favor ver esto?
Polly se sobresaltó y se dio cuenta de que el arquitecto y Marcus estaban esperando su respuesta. Miró los planos que había en la mesa.
–Bien, a mí me parece bien.
Llevaba casi tres noches sin pegar ojo. Desde la noche de la cena. Durante el día, se sentía nerviosa. Si no hubiera sido por la energía que tenía, dudaba mucho que hubiera podido permanecer despierta.
Parpadeó un poco y se obligó a centrarse en los planos. El arquitecto, Neil Harland, había hecho un buen trabajo. Sus sugerencias eran excelentes, pero ella había perdido el entusiasmo que normalmente mostraba hacia todas las cosas. Cada vez que cerraba los ojos seguía viendo a Suzi hablando mal del hotel, hablando mal de ella y mostrando a las claras su admiración por Marcus.
–No pareces estar muy entusiasmada –dijo Neil.
–No… Sí, lo estoy. Creo que has hecho un buen trabajo, Neil –le aseguró Polly de inmediato.
Neil empezó a explicarle a Marcus y a ella dónde había pensado construir el centro de conferencias.
–A mí me parece muy bien –le dijo Polly–. Pero creo que es un poco caro –añadió, mirando con tono de duda a Marcus–. Tendremos que pedir un préstamo para financiarlo y no creo que…
–Lo primero que hay que hacer es presentar estos planos para que los aprueben –le recordó Marcus–. Habíamos hablado de que esto iba a ser un proyecto a largo plazo.
–También tengo los planos para esta casa, Marcus –dijo Neil, poniendo fin al tenso silencio que se produjo entre ellos.
Polly estaba deseando marcharse, pero el problema era que había quedado con Marcus después de esa reunión para hablar del estado financiero del hotel y por eso tenía que quedarse.
Estaba claro que Marcus no parecía escatimar gastos. Pero, claro, él ganaba un buen sueldo, además de haber heredado algo de dinero de sus padres; su madre provenía de una familia acomodada. Los padres de Richard, por otra parte, que estaban jubilados y vivían en Cheltenham, solo disponían de la pensión que le había quedado al padre.
Ella no envidiaba a Marcus por el dinero que tenía. Con el hotel no solo ganaba un buen sueldo, sino que además tenía un sitio donde vivir. Cuando Briony terminara sus estudios, las cosas irían incluso mejor. Aunque la verdad, no había tenido que financiar los estudios de su hija, porque Marcus había contribuido en gran medida. Pero a ella nunca le había gustado. Tenía su orgullo. Lo cual le hacía recordar que tenía que averiguar lo que le había costado el vestido que le había comprado, porque quería devolverle el dinero en cuanto pudiera.
Neil y Marcus habían terminado de hablar y Neil estaba preparándose para marcharse.
–Ya te contaré los proyectos sobre esas dos nuevas habitaciones –le dijo a Polly–. ¿Cuándo crees que pueden empezar los trabajos?
–Eso depende de Marcus –le respondió Polly–. Pero si pudieran estar terminadas para Navidad…
–¿Para Navidad? –Neil enarcó las cejas–. Con mucha suerte…
–En tal caso, se puede dejar hasta el año que viene.
–Creo que será lo mejor –respondió Neil. Después les dio las gracias a los dos y se marchó.
–A pesar de que ha habido una ocupación total durante todo el año y estamos teniendo beneficios, nuestros márgenes han disminuido –le comentó Marcus después de revisar los libros de contabilidad.
–Ya lo sé –respondió Polly–. Una de las razones es que la comida cada vez está más cara. Además de la electricidad, el gas, el agua…
–Suzi me contó que en Gifford’s Cay limitan el agua que los huéspedes tienen para bañarse y les cobran cuando exceden de ese límite…
–El problema es que Inglaterra no es el Caribe –comentó Polly un poco molesta–. Y dudo mucho que, después de un verano tan lluvioso, a los huéspedes les guste mucho que les digamos que les vamos a cobrar por el agua que consumen. Además de que no sé si recuerdas que en Gifford’s Cay tienen tres piscinas –no pudo evitar añadir con cierto sarcasmo–. Se hace todo lo que se puede para reducir los costes y aumentar el margen de beneficios, Marcus –continuó diciéndole–. Pero los que vienen a esta casa esperan un cierto nivel de comodidades y si empezamos a hacer recortes…
–Ya lo sé, Polly –respondió Marcus–. Pero recuerda que este año no hemos subido los precios…
–Este año no –respondió rápidamente Polly–. Pero los subimos el año pasado. Iba a comentarte la posibilidad de aumentarlos el año que viene. Yo creo que nuestros huéspedes aceptarían mejor un aumento en el precio si no es algo que se hace cada año de forma regular.
–¿Tú crees? ¿O es una idea que te ha propuesto Phil Bernstein? –le preguntó Marcus en tono ácido.
–Yo no tengo que consultar a Phil para tomar decisiones con respecto a Fraser House, aunque a ti sí que parece que te gusta oír lo que piensa Suzi –respondió ella.
Se produjo un silencio tenso.
–No sé cómo no me he dado cuenta antes. No es la experiencia profesional de Bernstein lo que tú buscas, ¿no?
Polly suspiró hondo, intentando no dejarse llevar por la ira. No era el momento, ni el lugar para discutir con Marcus, a pesar de que pensaba que aquel comentario era una provocación deliberada.
–Lo que yo quiera o no quiera no es asunto tuyo –le respondió, cuando encontró fuerzas suficientes para hablar de nuevo.
–Por una parte no, pero por otra… –hizo una pausa para pensar las palabras que iba a utilizar–. Al fin y al cabo, somos socios y si nuestra conducta personal puede influir en el negocio… Suzi me contó que Bernstein tiene una muy buena reputación. Y creo que te habrás dado cuenta de que es…
Aquello ya era demasiado.
–¿Es qué? –le interrumpió muy enfadada–. ¿Más joven que yo? Ya me he dado cuenta, Marcus. Pero no creo que sea extraño en estos tiempos que una mujer mayor… –hizo una pausa–. Pero también sabes que Suzi es más joven que Phil y que tú eres más mayor que yo, pero claro eso no importa, ¿verdad?
–¿Y qué es lo que te atrae de él, Polly? –le preguntó Marcus–. ¿Qué es lo que tiene que…?
Prefirió no terminar la pregunta. Hizo un silencio y después le preguntó de nuevo:
–¿Te has parado a pensar en lo que puede pensar Briony si empiezas a salir con él?
–Lo que piense o deje de pensar Briony lo tendrá que hablar conmigo –le respondió Polly de forma apasionada, mordiéndose el labio, consciente de que Briony con toda probabilidad consideraba a Marcus casi su padre.
–Yo lo único que te digo es que no te dejes engañar… –le advirtió Marcus–. Por lo que dice Suzi, es un mujeriego.
–Si crees que me voy a dejar engañar solo porque un hombre me diga unos cuantos halagos…
–Veo que te gusta –comentó Marcus–. Supongo que es agradable en las mujeres que llegan a una cierta edad sentir que hombres más jóvenes se fijan en ellas.
Polly abrió la boca, asombrada por aquel ataque tan impropio en él. Marcus normalmente era una persona más sutil, más amable. Algo debía de haberle pasado para que le respondiera de esa forma, o alguien debía haberle influido. A lo mejor era por Suzi. Como Briony había mencionado, entre los dos había algo más que una relación jefe empleado. A lo mejor Marcus estaba celoso de él.
–¿Cómo te atreves a…? –empezó a decirle casi sin aliento. Intentó buscar las palabras correctas. Tomó aliento antes de responderle–. Al contrario de lo que a ti te pueda parecer, una mujer a los treinta y siete años no está desesperada, Marcus.
–¿No? –le preguntó él en tono discordante–. ¿Entonces por qué ese interés en irte a la cama con él cuando has pasado los últimos catorce años sin querer acercarte a ningún hombre?
–Tú no sabes nada de mi vida, Marcus. Y solo porque… –prefirió morderse el labio. No quería mentir, pero tampoco quería que él pensara que no se había acostado con nadie desde la muerte de Richard.
–Siempre has dicho que ningún hombre podía sustituir a Richard en tu vida –le recordó él.
–Eso es cierto –accedió Polly, sin darse cuenta muy bien del peligroso terreno que estaba pisando.
–Puede entonces que no en tu vida, pero sí en la cama. ¿Es eso lo que estás tratando de decir?
Polly se quedó mirándolo fijamente. No había querido decir tal cosa. Se había metido en un callejón sin salida del que no sabía cómo escapar.
–Me lo tendrías que haber dicho antes –continuó Marcus con voz sedosa–. Si hubiera sabido que tu frustración sexual llegaba a esos extremos, habría hecho esto antes…
Y antes de que ella se imaginara lo que iba a hacer, Marcus había cubierto la distancia que los separaba. Ella retrocedió unos pasos, pero sintió la pared en su espalda. De forma instintiva levantó las manos para que no la tocara, pero él puso las suyas en la pared y acercó su cuerpo al de ella.
–Eso está mejor –le dijo Marcus–. Los dos sabemos que esto es lo que necesitas, ¿verdad?
–¡No! –protestó Polly. No podía creerse lo que estaba ocurriendo, que él se estuviera comportando de aquella manera. Marcus, el hombre que…
Fue demasiado tarde. Ya había pegado su cuerpo al de ella y había colocado sus manos en sus hombros mientras acercaba la boca con una decisión que la hizo temblar.
–¡No! –susurró, pero sin embargo empezó a cerrar los ojos y dejó que le acariciara el cuerpo.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que ocurrir aquello? ¿Por qué en aquel momento?
–¿Cuántos hombres te han tocado o te han besado así desde que murió Richard? –le preguntó Marcus mientras le acariciaba los brazos y le mostraba con claridad el efecto físico que aquel contacto había producido en su cuerpo.
Los hombres era tan diferentes de las mujeres. Los hombres se excitaban con tanta facilidad. No necesitaban sentir ninguna emoción. Mientras que ella…
–Abre la boca. Bésame como hay que besar –le exigió Marcus.
Rezó para poder resistir, para que él no se imaginara lo mucho que lo estaba deseando.
–Marcus… –empezó a protestar, pero de nada le sirvió. En el momento en que abrió la boca, él se apoderó de ella, devorándola.
Polly se dio cuenta de que todas sus objeciones abandonaban su cuerpo.
–Marcus…
Mientras pronunciaba su nombre puso las manos en sus brazos, apretando sus dedos, acariciándole los músculos. Notó el palpitar de su corazón.
No sabía cómo detener todo aquello.
Marcus le puso las manos en los pechos, sus pulgares masajeando sus endurecidos pezones.
Cuando él le metió la lengua en la boca, ella emitió un gemido de placer e intentó apartarse, pero él no la dejó. Le puso las manos en los hombros y la aprisionó contra su cuerpo. La obligó a girarse, se apoyó él en la pared y se la colocó entre las piernas…
Sintió su miembro en erección incluso antes de que él le pusiera las manos en la espalda y la apretara con más fuerza.
Polly oyó el timbre de la puerta en la distancia. Marcus apartó la boca y juró entre dientes.
Polly estaba demasiado alterada, demasiado impresionada como para emitir una sola palabra.
–Alguien está llamando. Es posible que sea Suzi –le dijo Marcus–. Al parecer quería ver la casa.
Polly intentó decir algo, pero no pudo. Estaba tan alterada que le costaba incluso respirar. No podía ni tan siquiera mirar a Marcus. No podía…
Mientras Marcus se dirigía a la puerta, ella miró la mesa del escritorio, donde había dejado el bolso y el abrigo. Los vio como objetos mundanos, pertenecientes a un mundo que no tenían demasiada importancia. Pero los estaba observando como si nunca antes los hubiera visto. Oyó los pasos de Marcus mientras caminaba por el pasillo. Su cerebro le decía que tenía que escapar de allí, huir antes de que Suzi entrara.
Estiró una mano para recoger sus cosas. Estaba temblando tanto, que incluso tuvo que hacer tres intentos. En la habitación en la que estaba había tres ventanas. Abrió una y salió fuera. Respiró hondo y se dirigió hacia su coche medio tambaleándose.
Ya le daba igual lo que pensara Marcus. Se imaginó que lo único que haría su presencia sería avergonzarlo ante Suzi, a menos que él disfrutase con la idea de tener dos mujeres al mismo tiempo…
Polly detuvo su coche, respiró hondo y trató de calmarse.
¿Por qué estaba arriesgando lo que tanto le había costado conseguir a lo largo de todos aquellos años? Cerró los ojos e intentó no llorar.
Todavía podía recordar el sabor de los labios de Marcus, su olor, el calor de su miembro en erección.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía recordar en qué momento había empezado a darse cuenta de sus sentimientos hacia Marcus, después de la muerte de Richard. Tampoco recordaba cuándo se había dado cuenta de que el amor podía suponer dolor, si ese amor se dirigía al hombre que no se tenía que dirigir.
El corazón le había empezado a latir con fuerza. Cerró los ojos para impedir que le salieran las lágrimas. Llevaba mucho tiempo enamorada de Marcus, pero no había querido reconocerlo. Había tenido que ser la presencia de Suzi la que le había hecho abrir los ojos a la realidad.
Pero no podía dejar que Marcus se diera cuenta de sus verdaderos sentimientos. Porque lo cierto era que lo deseaba con todas sus fuerzas, con una pasión superior a la que había sentido jamás por Richard. Lo que sentía por Marcus era más…
Abrió los ojos. Estaba pálida por la tensión. Si él hubiera querido, podrían incluso haber… Tragó saliva. Si hubiera querido, podrían haber hecho el amor allí mismo donde estaban. Solo de pensarlo su cuerpo empezó a temblar.
¿Qué le estaba ocurriendo? A lo mejor Marcus tenía razón después de todo. A lo mejor estaba pasando una especie de crisis. Lo cierto era que solo de pensar en que estaba con Suzi se ponía…
Apretó los dientes y arrancó de nuevo el coche. Había tenido demasiados años para acostumbrarse a lo que sentía por Marcus, para acostumbrarse a que su amor nunca sería correspondido. ¿Por qué entonces tenía en aquel momento aquella sensación de pérdida?
Metió una marcha en el coche y se dirigió hacia el hotel.
El teléfono estaba sonando cuando entró en su despacho. Habían ocurrido demasiadas cosas aquel día. Se había levantado muy pronto para despedir a Briony. Se había marchado el último huésped y le quedaban unos días de descanso antes del fin de semana.
–Dígame –respondió cuando levantó el auricular.
–Polly, soy Phil, Phil Bernstein –oyó al otro lado de la línea–. A lo mejor te parece demasiado atrevido por mi parte, considerando que casi nos conocemos, pero quisiera pedirte un favor…
–¿Un favor? –repitió Polly en tono de duda–. Bueno, depende de lo que sea –le respondió en tono precavido.
–Es que estoy en negociaciones para comprar un hotel en Londres y quisiera que lo vieras para que me dieras tu opinión de experta.
Durante unos segundos, permaneció en silencio, sin saber qué responder.
–¡Pero yo no soy ninguna experta en esa materia, Phil! –le respondió–. Tú eres propietario de hoteles y seguro que tienes mejor criterio que yo.
–No en este caso. Es un hotel diferente. Además… –hizo una pausa–. Escucha, no quiero hablar de esto por teléfono, pero me gustaría saber tu opinión. Me quedé muy impresionado con lo que has hecho en Fraser House.
–Muchas gracias, Phil, pero…
–Escucha, lo único que te pido es que vengas a Londres y cenes conmigo. Puedes pasar la noche en el hotel, si quieres. Con gastos pagados, por supuesto…
–No podría aceptar eso –protestó Polly de inmediato–. Si fuera, preferiría quedarme a dormir donde yo quisiera.
–¿Pero vendrías a cenar conmigo? –insistió Phil–. De verdad que me gustaría oír tu opinión.
Polly dudó unos segundos. Sabía que Phil era un mujeriego y, si aceptaba salir a cenar con él, después querría más cosas.
–Phil, me encantaría cenar contigo, pero… –empezó a decirle. En ese momento, oyó el sonido de la puerta.
Se quedó helada al ver que Marcus entraba en la habitación. Sin saber por qué, se sintió culpable, como si estuviera haciendo algo malo.
–Tengo que colgar… –le dijo. Pero antes de que lo hiciera, Phil le dijo:
–Escucha, no tienes que responderme ahora. Piénsatelo y te llamaré más tarde. De verdad que me gustaría saber tu opinión, aparte de cenar contigo –añadió en un tono suave.
–¿Quién era? –le preguntó Marcus cuando Polly colgó el auricular.
–Phil Bernstein –respondió Polly automáticamente–. Aunque no creo que sea asunto tuyo.
–¿Qué quería? –insistió Marcus.
–Me llamaba para invitarme a cenar en Londres.
–¿Qué? Le habrás dicho que no, por supuesto…
–Todavía no le he dicho nada –le informó, molesta por su respuesta–. Va a llamarme más tarde. Y cuando llame…
–Cuando llame le dices que no –replicó Marcus–. Ese hombre es un mujeriego, Polly. Y tú…
Los dos se pusieron en tensión cuando el teléfono volvió a sonar. Polly respondió. Era para Marcus. Lo llamaban de la compañía petrolífera. Salió de la habitación, para dejarlo hablar a solas.
¿Por qué no tenía que aceptar la invitación de Phil? ¿Por qué no podía divertirse un poco, si quería? Si quería. Ese era el problema. Que no quería, y menos con Phil…
Esperó hasta estar segura de que Marcus había terminado de hablar. Después, entró en el despacho. Tenía aspecto de preocupación.
–Estoy muy ocupada, Marcus –le dijo–. ¿Querías verme para algo en concreto?
Por su expresión, comprobó que la manera fría y distante con la que se había dirigido a él lo había molestado. Apartó su mirada y se puso a colocar los papeles de su escritorio. Pero a Marcus aquello lo dejó indiferente. Puso las manos en la mesa.
–Deja ya de jugar, Polly. ¿Qué pretendes con todo esto? –le preguntó, sacando un sobre de su chaqueta y enseñándoselo.
El corazón le dio un vuelco al reconocer su escritura. Sabía lo que era. Era el sobre en el que le había enviado el cheque con el dinero que había costado el vestido.
–Es por el vestido –le informó con toda la calma del mundo–. Briony me dijo lo que costó.
La estaba mirando fijamente, con el ceño fruncido y la boca apretada.
–¿Qué es lo que estás tratando de hacer, Polly? –le preguntó en tono muy irritado.
–Yo solo quiero devolverte el dinero que gastaste en el vestido –le respondió Polly como sin darle importancia–. No sé por qué te pones así, Marcus.
–¿Y si te digo que no acepto este cheque? –le preguntó él, con voz sedosa.
Polly lo miró alarmada. Ya conocía aquel tono de voz. Pero no estaba dispuesta a dejarse dominar por los nervios.
–Pues, si no lo aceptas, me veré obligada a devolverte el vestido –replicó con decisión.
–Pero si era un regalo… –respondió Marcus.
–No quiero regalos tuyos –replicó Polly. Nada más mirarlo y verlo sonreír, se dio cuenta de su error.
–No ha sido un regalo mío, Polly. Fue un regalo de Briony. Si yo te quisiera comprar ropa…
–Ya lo sé –le espetó ella, perdiendo la serenidad–. Me comprarías algo más apropiado para una mujer de mi edad.
–Así es. Algo mucho más apropiado –le respondió él con voz suave–. Haz lo que quieras con el vestido, Polly. Si lo que quieres es herir los sentimientos de Briony, por mí no hay ningún problema. No te lo puedo impedir…
Se dio la vuelta y salió del despacho. Era típico de él el decir la última palabra, pensó Polly enfadada.
Pero lo peor era que tenía razón. A Briony no le gustaría enterarse de que le había devuelto el vestido y no quería ponérselo nunca más.
Todavía le hervía la sangre de resentimiento, cuando Phil llamó de nuevo.
–Dime lo que quieres por aceptar salir a cenar conmigo y te lo doy –le dijo Phil. Polly no tuvo más remedio que sonreír al oír su descaro.
–No tienes que regalarme nada –empezó a decirle–. Iré a ver el hotel si quieres…
–¿Y luego vendrás a cenar conmigo? –insistió Phil. Polly se quedó pensando.
–Bueno –accedió–. Pero ya me encargo yo de buscar un sitio donde pasar la noche, Phil –le dijo.
–Muy bien –respondió él.
¿Qué diría Marcus cuando se enterara?, se preguntó nada más colgar el teléfono. Pero inmediatamente se dijo que él no tenía ninguno derecho a meterse en lo que ella hacía, o con quién salía.