LE SIENTA muy bien.
–¿No cree que puede ser un poco juvenil para mí? –preguntó Polly en tono de duda a la dependienta.
La chica enarcó las cejas.
–En absoluto –le aseguró a Polly–. De hecho, la ropa de esta diseñadora está dirigida a las mujeres de treinta y tantos. Yo diría incluso que le da un aspecto incluso de mayor. Es una de mis diseñadoras preferidas. Yo había pensado comprarme un vestido así cuando cumpla los treinta.
Era evidente que la dependienta pensaba que tenía más o menos la misma edad que ella, lo cual la hizo sentirme mucho más confiada. Por eso se compró el vestido y además un par de zapatos que iban a juego.
El vestido era de lana y tenía un amplio escote. Se sentía como si fuera una actriz de cine. Mereció la pena pagar el precio que le costó.
Seguro que Marcus habría puesto objeciones si se lo hubiera visto puesto, porque pensaría que era demasiado atrevido. Pero por suerte, Marcus no se lo iba a ver puesto. Cerró los ojos y se quedó pensando. Se había comprado aquel vestido solo para desafiarlo. Además de para sustituir el que le había regalado él, que había jurado no ponerse nunca más. Y además, de vez en cuando estaba bien concederse algún lujo.
Afortunadamente no había visto a Marcus desde que había aceptado la invitación de Phil.
Sintió un escalofrío. Todavía le palpitaba el corazón cada vez que recordaba la forma en que Marcus la había besado.
No era solo porque no había tenido la suficiente fuerza de voluntad para oponerse, sino por el sentimiento de placer que había sentido, la necesidad que había despertado en ella; todavía la hacía sentirse excitada y vulnerable.
No lo había visto desde entonces, a pesar de que había ido un par de veces al hotel, cuando ella no estaba allí. Pero había soñado con él. Y en sus sueños lo que había ocurrido entre ellos no era como había ocurrido en la realidad. En sus sueños, el deseo físico que había sentido había alcanzado su conclusión natural y Marcus…
Con el rostro sonrojado, Polly se recordó el sitio donde estaba. A lo mejor era porque se había olvidado casi de lo que era estar con un hombre. A lo mejor tenía que pensar en…
¿En qué?
¿En acostarse con alguien para liberar su tensión sexual? A pesar de lo mucho que amaba a Marcus, no le gustaba pensar que su comportamiento estuviera condicionado por la necesidad sexual. A lo mejor era un pensamiento demasiado anticuado, pero era así como se sentía. Cuando preparó la bolsa de viaje para pasar la noche en Londres, se alegró de que Briony no estuviera por allí.
No era que sintiera que estaba haciendo algo malo. De hecho, ni siquiera había pensado quedarse en el mismo hotel que Phil y aunque así lo hubiera hecho… Lo que estaba haciendo era perfectamente aceptable. Sin embargo, no podía dejar de tener un sentimiento de culpabilidad.
La culpa de todo la tenía Marcus, decidió. Había sido Marcus el que había insinuado que Phil y ella…
La dependienta envolvió el vestido y los zapatos y los metió en una bolsa que entregó a Polly con una sonrisa.
–Que lo disfrute.
–Gracias –le respondió Polly.
Cuando salió de la tienda, Polly se miró el reloj. Eran casi las cuatro. Había quedado con Phil a las siete. No había querido que la recogiese en el hotel donde se iba a alojar y había quedado en el vestíbulo del hotel donde iban a cenar, que era donde ella suponía que se iba a quedar él.
Tenía tiempo para llegar a su hotel y dejar sus cosas, tomarse un té, que siempre la tranquilizaba y prepararse para la cita.
La cita… sonrió y paró un taxi.
Se recordó que aquello era simplemente una cena de negocios. Lo único que quería de ella era su opinión. Aunque a lo mejor no solo quería eso, tuvo que admitir cuando entró en el taxi y vio la mirada de aprobación que le dirigía el taxista mientras ella le decía dónde iba.
El hotel en el que había reservado habitación era pequeño, pero tenía todas las comodidades necesarias para que el viajero se sintiera a gusto. El trato era excelente, según Polly pudo comprobar por sí misma.
Había un grupo de personas en recepción que estaban preguntando la mejor forma de llegar al British Museum. Esperó pacientemente en el mostrador y al cabo de un rato la atendió la recepcionista.
Polly sonrió y le dijo su nombre y dirección.
–Siento haberla hecho esperar –se disculpó la chica cuando le dio a Polly la llave de la habitación.
Polly le dio las gracias y se fue al ascensor. Su habitación estaba en el tercer piso. Después de varios intentos infructuosos para entrar en la habitación con la tarjeta que le dieron, estaba a punto de darse la vuelta cuando el botones apareció con el equipaje.
Polly le explicó el problema que tenía y, después de comprobar que era la habitación que le habían asignado, el botones le abrió la puerta.
El hotel estaba situado en una de las zonas con más encanto de Londres. La habitación era muy espaciosa. Había una cama de matrimonio y un par de sillones a cada lado de la chimenea, con una mesa entre los dos, así como un escritorio.
El cuarto de baño tenía todo lo necesario. Las paredes y el suelo eran de mármol, con lo cual era muy sencillo de mantener limpio. La bañera era inmensa. Una bañera de época con patas.
Los accesorios eran de una marca que ella misma había elegido también para Fraser House. Le gustó comprobar que en el hotel, a diferencia del suyo, no ponían a disposición del cliente aceites de baño, ni velas. Ni tampoco disponía de las almohadillas flotantes de baño que a sus huéspedes les gustaban tanto.
Deshizo la maleta, lo cual no le llevó mucho tiempo, porque solo se había llevado un vestido y ropa más cómoda para el viaje de vuelta por la mañana. Cerró el armario con la llave que le habían entregado y la guardó en el bolso.
Después de tomar el té por la tarde, Polly subió a su habitación para cambiarse de ropa e irse a cenar.
Se puso el vestido que se había comprado y se miró al espejo. Abrió la puerta de la habitación justo en el momento en que una sirvienta con ropa de cama estaba a punto de llamar. Polly sonrió y dejó que hiciera su trabajo.
El hotel que Phil estaba pensando comprar estaba al otro lado de la ciudad, pero por fortuna, cuando se subió al taxi que había pedido, el tráfico había disminuido bastante y no tardó mucho en llegar.
Cuando entró en el vestíbulo, vio que Phil ya la estaba esperando. Se acercó a ella y le tomó la mano que le estaba ofreciendo. Phil tiró de ella y le dio un beso en la mejilla.
Polly lo miró un poco asombrada por aquel atrevimiento.
–Es culpa tuya el que no pueda apartar ni mi mirada, ni mis manos de ti –comentó él. Pero después su mirada risueña se desvaneció y se dirigió a ella más en serio–. Ahora en serio, Polly, tienes algo que…
Polly movió en sentido negativo la cabeza.
–Eso es muy halagador –le respondió–. Pero…
¿Pero qué?
Estuvo a punto de decirle que estaba enamorada de Marcus, que llevaba catorce años enamorada de él, a pesar de que sabía a ciencia cierta que su amor no sería correspondido.
–¿Pero qué? –le preguntó Phil.
–Que soy mayor que tú, Phil. Que tengo una hija bastante crecidita y…
El sonido que hizo él le hizo detenerse.
–¿Mayor que yo? ¿Cuánto, cuatro o cinco años?
–Por lo que dice Marcus… –empezó a decirle Polly.
–¿Marcus? –Phil frunció el ceño–. ¿Qué tiene él que ver en todo esto?
–Nada. Es solo que… –Polly se detuvo–. Eres una persona encantadora, Phil, pero yo solo quiero una relación de amistad.
–Eso puede cambiar –le insinuó Phil–. Y eso es lo que yo intento. ¿Quieres tomar algo primero, o prefieres ir directamente a cenar? –le preguntó.
–Tomaré algo primero –le respondió Polly–. Al fin y al cabo, dijiste que querías saber mi opinión sobre el hotel.
–Es cierto –respondió Phil.
Una hora más tarde, cuando el camarero les llevó el primero plato, Polly le dijo que el hotel le estaba causando una muy grata impresión.
La decoración era minimalista para su gusto, pero a juzgar por la cantidad de hombres y mujeres de negocios que había en el bar, era evidente que era un sitio muy popular.
El espacio del restaurante estaba muy bien pensado. Los comensales que querían ser vistos se sentaban en los lugares donde todos los podían ver. Pero los que no, podían disfrutar de espacios privados. Era un sitio muy de moda. De hecho, reconoció a algunos famosos.
–Lo que tengo en mente es ofrecer a los huéspedes la posibilidad de traer a su acompañante, ya que todas las habitaciones son dobles. Y el único coste adicional entre elegir una habitación doble y una individual es el coste del desayuno del acompañante. Se podrían ofrecer extras como entradas para espectáculos, visitas a museos de arte, viajes para comprar antigüedades, con el asesoramiento de un experto y conductores si son necesarios.
–Va a ser impresionante –respondió Polly.
–Lo será –replicó Phil.
–Muy impresionante y muy caro también –volvió a comentar ella.
–En esta ciudad hay mucho dinero –comentó Phil. De pronto frunció el ceño y comentó–. ¿Qué diablos están haciendo esos ahí?
Polly giró la cabeza y su cuerpo se puso en tensión. A tres mesas de distancia de la que estaban ellos vio a Marcus y a Suzi; los estaba acomodando el camarero jefe.
Al parecer, ellos todavía no se habían dado cuenta de su presencia. Cuando el camarero les entregó las cartas con el menú, Polly sintió que se le revolvía el estómago al ver que Suzi estiraba la mano y la ponía encima de la de Marcus.
–Supongo que no sabías que iban a venir a cenar aquí –comentó Polly, intentando tranquilizarse. Parecía que Suzi se había hecho muy amiga de Marcus. Seguro que Briony se alegraría al saberlo.
Polly de pronto perdió el apetito.
–Yo no sabía… –empezó a decir Phil, pero se detuvo–. Tengo una suite aquí –comentó encogiéndose de hombros–. Dado que es mi secretaria, Suzi puede utilizar la habitación vacía. Pero si cree que… –no terminó la frase al ver la forma en que Polly estaba dando vueltas a la comida de su plato.
–¿Te ocurre algo? –le preguntó preocupado–. Si quieres otra cosa… –miró a su alrededor para localizar al camarero. Pero Polly movió en sentido negativo la cabeza.
–No, no te preocupes. Es que no tengo hambre –le respondió sonriendo mientras se mordía el labio. Seguro que él ya se había imaginado la verdadera razón de su pérdida de apetito.
–Si quieres, podemos decir que nos lleven la cena a mi habitación, o podemos irnos a otro sitio.
–No, no te preocupes –le aseguró ella.
–Maldita sea –exclamó él–. Nos han visto –empujó hacia atrás la silla y se levantó. Cuando Polly giró la cabeza, vio a Suzi avanzar hacia ellos.
–Phil… señora Fraser –sonrió con actitud falsa a Polly
Al dirigiste a ella como «señora Fraser» quería dejar claro que a las dos les separaba una generación.
–Cuando me dijiste que tenías una cena de negocios esta noche, no me imaginaba que fuera con la señora Fraser –le dijo a Phil. Se había puesto entre los dos, dándole la espalda a Polly. Llevaba un vestido largo, con tan poca tela en la espalda que era imposible no darse cuenta de que no llevaba sujetador.
–Ni yo tampoco sabía que cuando dijiste que ibas a salir a cenar con un amigo, fueras a salir con el señor Fraser –respondió Phil, con tal enfado, que Polly se extrañó de que entre ellos solo hubiera una relación de trabajo.
–Mis amigos son asunto mío –le respondió ella–. Sin embargo, yo sí debería saber qué cenas de negocios tienes, dado que soy tu secretaria.
Se dio la vuelta y miró a Polly de arriba abajo.
–No la conozco mucho, señora Fraser, pero me dan pena las mujeres mayores que se enamoran de hombres más jóvenes. ¿No cree que hacen un poco el ridículo?
–Los seres humanos pueden hacer el ridículo de muchas formas y por una gran variedad de razones –replicó Polly–. Puede que yo esté un poco desfasada en mis pensamientos, pero a mí me gusta juzgar a los demás con la misma compasión con la que quiero que me juzguen a mí –a continuación, miró a Phil y le dijo–. Por lo que he visto de este hotel, creo que es una buena inversión. Ahora, si me perdonan, me voy a retirar, porque estoy un poco cansada.
Antes de que ellos pudieran responder, se puso en pie y empezó a caminar hacia la salida.
Por dentro estaba temblando de ira y de dolor. ¿Cómo se había atrevido aquella mujer a insultarla de esa forma? ¿Cómo se atrevía a restregarle por la cara su relación con Marcus, cuestionando al mismo tiempo la suya con Phil? Pero lo que más la asombraba era el dolor y los celos que todo aquello le causaba.
Esa misma noche, Marcus estrecharía entre sus brazos a Suzi, la besaría, la tocaría, mientras que ella…
–Polly.
Se quedó helada cuando sintió la mano que sujetaba su brazo, pero al comprobar que era Phil, se quedó un poco más tranquila. Había estado tan absorta en sus sentimientos que durante unos segundos pensó que Marcus había ido tras ella.
–No te puedes marchar así. No sé por qué Suzi se ha atrevido a hablarte de esa manera.
–Pues porque parece que comparte la opinión de Marcus de que soy una mujer mayor que está tan desesperada por estar con un hombre que…
Los ojos se le arrasaron de lágrimas, muy a su pesar.
–Tú no eres mayor, Polly –le aseguró Phil–. Por favor, no llores… Si lloras… No te puedes imaginar lo mucho que deseo acostarme contigo.
–¿Para qué? –le preguntó en tono desesperado–. ¿Para contar mis arrugas?
–Polly –protestó–. Escucha. Vamos a mi habitación. Pediré que nos lleven allí la cena, y…
Polly cerró los ojos, avergonzada por la tentación de aceptar su invitación. Sabía cuáles eran las intenciones de Phil. No quería cenar, sino una noche de pasión. Y lo más grave era que ella también quería lo mismo. No porque se hubiera enamorado de él, ni siquiera porque quisiera hacer el amor. La razón por la que estuvo a punto de aceptar era una persona sentada en aquellos momentos en el restaurante.
Marcus. Esa era la razón. Quería demostrarle que, aunque él pensara que no era una mujer atractiva, deseable, otros hombres pensaban lo contrario. Pero el sentido común acudió a su rescate.
A lo largo de todos aquellos años, se le habían presentado ocasiones de aceptar una oferta como la que le estaba haciendo Phil, pero nunca se había permitido caer en la tentación.
Y por muy dolida y enfadada que estuviera con Marcus, no iba a pasar por alto sus valores morales, entre los que se incluía no acostarse con alguien del que no estuviera enamorada.
Puso la mano en el brazo de Phil y lo miró a los ojos.
–No, Phil. Muchas gracias, pero…
Contra su voluntad, la mirada se le fue hacia el restaurante. Desde donde estaba podía ver a Marcus. Estaba sentado de espaldas a ella, conversando con Suzi. Suspiró y miró para otro lado.
–No me extraña tu entusiasmo por este hotel –le comentó a Phil.
–Cuando acaben las negociaciones me quedaré unos meses aquí en Londres. Si cambias de opinión…
–¿En lo que se refiere a cenar juntos? –le preguntó Polly sonriendo.
–En lo que se refiere a cualquier cosa –respondió Phil con tono firme.
–No voy a cambiar de opinión –le dijo–. El camarero jefe seguro que va a preocuparse si no terminas de cenar.
–Al igual que tú, he perdido el apetito –le respondió–. Pediré que me suban algo más tarde a la habitación. Me voy a ir a trabajar un poco. Pero antes llamaré a un taxi.
Cuando llegó a su hotel, volvió a tener el mismo problema para poder entrar en su habitación. La chica de la recepción, una distinta a la que la había atendido antes, llamó al botones para que se la abriera.
–Ocurre con frecuencia con estas tarjetas –le dijo–. Lo siento.
No eran ni las diez, pero estaba tan cansada, que lo único que quería era irse a la cama.
Se quitó la ropa, colgó el vestido en el armario y lo cerró con llave. En ese momento se dio cuenta de que faltaba la llave de la otra puerta. No era que importara, porque no la iba a necesitar, pero estaba segura de haberla dejado puesta. A lo mejor se le había caído por accidente a la chica que había ido a cambiar las sábanas.
Cuando al cabo de un rato entró en el cuarto de baño, se dio cuenta de que alguien había utilizado un par de toallas y las había puesto en la barra para secarse.
Aquello era muy extraño. No eran las toallas que ella había utilizado y no estaban puestas de la forma que ella las ponía en la barra. A lo mejor la sirvienta no las había cambiado.
Decidió darse un baño caliente y meterse en la cama. Se había llevado un libro, así que leería hasta quedarse dormida.
Abrió los grifos del baño y prefirió no pensar en lo que Marcus estaría haciendo en aquellos momentos.
Seguro que ya habrían terminado de cenar. A lo mejor se iban al bar después, o directamente a la habitación de Marcus.
Había ciertos dolores que ni siquiera el agua caliente podía mitigar, pensó Polly desesperada.
Salió de la bañera y se envolvió en una toalla. Se fue a la bolsa de viaje a buscar un camisón y se dio cuenta de que no lo había metido.
¡Qué más daba!
Una pastilla de hierbas relajantes seguro que le servían para cerrar los ojos cuanto antes. Se metió en la cama desnuda y apagó la luz.
Al cabo de media hora, estaba dormida.