PERDÓNAME un momento –se disculpó Marcus, levantándose de la mesa y dirigiéndose hacia el vestíbulo. Se detuvo en seco al comprobar que Polly y Phil no estaban allí. Desde el momento en que había llamado a Fraser House preguntando por Polly, y le habían dicho que se había ido a Londres, se había imaginado con quién estaba. Y le daba una cierta satisfacción saber lo impresionada que se había quedado.
–¿Puedo ayudarlo en algo, señor?
Marcus frunció el ceño cuando vio a la sonriente recepcionista.
–Sí. El señor Bernstein y…
–El señor Bernstein se acaba de ir a su habitación. Y ha dicho que no se le moleste.
Marcus dirigió su mirada hacia el ascensor. La tentación de subir a la habitación de Phil Bernstein y sacar a Polly de allí era tan fuerte, que tuvo que apretar los puños para no hacerlo. No era el hombre que le convenía. Había sido una suerte haber aceptado la invitación de Suzi a cenar con ella. Aunque en principio había rechazado la invitación, le alegró haber cambiado de opinión. Pero lo que nunca se habría imaginado era que Polly pudiera pasar la noche con Phil Bernstein. Muy a su pesar, no podía ir a separarlos, porque él no tenía ningún derecho sobre ella.
–Marcus…
Marcus se puso en tensión al oír la voz de Suzi.
–¿Te ocurre algo? –le preguntó.
–No –respondió él–. Es que quería hablar con Polly.
–No me extraña que quieras hablar con ella –respondió Suzi, enarcando las cejas en gesto de desprecio–. Está haciendo una tontería. No creo que de verdad piense que Phil se haya fijado en ella. Phil tiene un montón de mujeres más jóvenes donde elegir –continuó en tono despreciativo.
Cuando vio que Marcus fruncía el ceño, cambió de táctica.
–Aunque entiendo que quieras defenderla. Al fin y al cabo es familia tuya –le dijo mirándolo–. La verdad es que me da un poco de pena. Cuando Phil la deje, el golpe que se va a llevar va a ser muy duro. Pero no dejemos que eso estropee la noche –le dijo mientras lo agarraba del brazo–. No te puedo invitar a que subas a mi habitación, porque no sería correcto, pero podemos ir a la tuya, si quieres.
–No creo que sea muy buena idea –respondió Marcus, moviendo en sentido negativo la cabeza.
Lo que menos le apetecía era irse a la cama con Suzi, cuando no podía quitarse a Polly de la cabeza. Y Suzi no lo quería a él. Quería a un hombre, cualquiera le valía. ¿Qué estaría haciendo Polly en aquellos momentos? ¿Estaría bien?
Antes de que Suzi pudiera protestar, se soltó de ella y le dijo:
–Será mejor que me vaya porque mañana tengo que viajar a China.
Su empresa estaba negociando con los chinos una explotación minera y lo que menos le apetecía en aquellos momentos era crearse más complicaciones.
Salió del hotel y llamó a un taxi. Una vez dentro, le dijo al conductor que lo llevara al hotel donde había reservado habitación. Un hotel similar a Fraser House, que estaba al otro lado de la ciudad.
Quince minutos más tarde, salía del taxi y se dirigía al vestíbulo, donde la recepcionista estaba hablando con otro huésped. Marcus comprobó que llevaba su tarjeta y se dirigió hacia el ascensor. Su habitación estaba en el tercer piso.
Deslizó la tarjeta por la ranura y esperó a que se encendiera la luz verde. A continuación entró.
Lo primero que le sorprendió fue que la habitación olía al perfume de Polly, un perfume que él conocía tan bien, que pensó que se lo estaba imaginando. Pero cuando entró en el dormitorio vio un bulto en la cama.
Estaba dormida como un chiquillo, abrazada a la almohada. El corazón empezó a latirle a toda velocidad. Poco a poco, fue calmándose. ¿Qué diablos estaba haciendo Polly en su habitación y en su cama?
Frunció el ceño, caminó hacia la puerta y salió al pasillo, cerrando la puerta tras él.
Se fue a la recepción a pedir explicaciones.
–¿La señora Fraser? Sí, está alojada en la habitación 113.
La habitación 113 era su habitación. Evidentemente había habido un error. Estaba a punto de decírselo a la recepcionista cuando una pareja de mediana edad se acercó a la recepción.
–Estamos alojados en la habitación 204 –le explicó el hombre a la recepcionista–. Pero hay una luz en la calle que molesta a mi mujer. ¿Podría cambiarnos de habitación?
La recepcionista movió en sentido negativo la cabeza.
–Lo siento mucho, señor, pero el hotel está completo. No tenemos ni una habitación libre.
No había ninguna habitación libre. Con lo cual él tampoco podía alojarse en otra habitación. Y en la suya estaba Polly.
Se dio la vuelta y se dirigió al ascensor.
Cinco minutos más tarde, estaba de vuelta en la habitación mirando el cuerpo de Polly.
Al igual que él, había reservado habitación en aquel hotel. Lo cual significaba que, después de marcharse del restaurante, no se fue a dormir con Phil Bernstein: ¿Se habrían peleado? ¿Habría osado él…? Los celos lo estaban destrozando. Ya había tenido que sufrir de celos por su primo ya fallecido. Pero aquello…
Pronunció el nombre de Polly, pero estaba tan dormida que ni se despertó.
Lo más sensato y correcto sería insistir y despertarla, explicarle la situación y ofrecerse a pasar la noche en una silla.
Pero al pensar que al día siguiente tenía que hacer un largo viaje lo que menos le apetecía era dormir en un sillón.
Abrió el armario donde había guardado la bolsa de viaje, colgó la chaqueta y se metió en el cuarto de baño. Las toallas que había utilizado para ducharse estaban bien dobladas. Sonrió al imaginarse que había sido Polly las que las había doblado.
El sonido del agua despertó a Polly. Confusa y medio dormida, pensó que había empezado a llover. Pero cuando estuvo más despierta, se dio cuenta de que lo que la había despertado era el sonido del agua en el cuarto de baño. Miró la puerta, vio la luz. Estaba claro que había alguien duchándose en el cuarto de baño de su habitación.
Sin pensar siquiera en el peligro al que se exponía, salió de la cama, se puso el albornoz del hotel, se fue hacia el cuarto de baño y abrió la puerta.
Cuando la puerta se abrió, Marcus se puso la toalla y cerró el grifo.
–¡Marcus! –exclamó Polly sin creerse lo que estaba viendo–. ¿Qué estás haciendo aquí?
–¿Tú qué crees que estoy haciendo? –le preguntó Marcus lacónicamente.
–Esta es mi habitación –le informó Polly muy enfadada–. ¿Cómo has entrado? ¿Qué estás haciendo en mi ducha?
–He de informarte que es nuestra habitación –le dijo Marcus muy serio–. Parece que ha habido un error y nos han alojado en la misma habitación. Es posible que haya sido porque hemos dado el mismo apellido. La verdad es que ya me da lo mismo saber por qué se ha producido ese error. Pero antes de que sigas hablando, he de informarte que el hotel está completo y que no tienen más habitaciones.
–¿Qué? –Polly se restregó los ojos. Parecía estar metida en un sueño surrealista. Parecía una coincidencia extraña que les hubieran asignado la misma habitación. La verdad, no tenía motivo para creer que le estuviera mintiendo, porque no tendría el menor sentido.
–¿No habrás venido con nadie a dormir? –le preguntó Polly.
–No.
–Oh…
Bostezó. Aunque el ruido del agua de la ducha la hubiera despertado, todavía estaba bajo los efectos de la pastilla que se había tomado. Sentía los párpados pesados y estaba deseando volver otra vez a la cama. Se puso la mano en la boca y bostezó de nuevo. En aquel movimiento, se abrió el albornoz por la mitad, exponiendo a la vista sus pechos.
Marcus se sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago. Estuvo a punto de abrazarla y esconder su cabeza en la cremosa piel de su cuello, deslizar sus manos por sus caderas y acariciar sus pechos. Tuvo que recordarse a qué había ido Polly a Londres para no hacerlo.
–¿Y tú qué haces aquí? Lo menos que Bernstein habría podido hacer es ofrecerte una habitación en el hotel, si no quería que compartieses su cama.
Polly no podía creerse lo que acababa de oír.
Lo que acababa de decirle la ofendía. De no haber sido por el somnífero que se había tomado, se habría puesto a llorar allí mismo.
–No creas que los demás son como tú, Marcus. Phil me ofreció una habitación. De hecho… –sus labios se curvaron con una triste sonrisa–… incluso me propuso dormir con él.
Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
–Puede que pienses que soy una mujer de mediana edad, tan desesperada por el sexo que aprovecho cualquier oportunidad que se me presenta para acostarme con un hombre –le dijo sonrojándose–. Pero eso no significa que lo sea.
–Polly –protestó Marcus, estirando el brazo para agarrarla, al ver que se daba la vuelta. Pero ella se movió con tanta rapidez, que él solo pudo agarrar la tela del albornoz.
Marcus se quedó con el albornoz en las manos y Polly sin nada encima. Durante un segundo, ninguno de los dos se movió. Polly se dio cuenta del deseo con el que Marcus la estaba mirando. Un deseo que se palpaba casi en el aire. Sus pezones se endurecieron. Aquel grado de sensualidad no solo la sorprendía sino que la atormentaba.
Y entonces Marcus se movió y ella volvió a la realidad.
–¡No! –gritó mientras retrocedía, no solo de su presencia física, sino de su peligroso calor y de su olor también.
Podría haber tenido tan poca ropa como ella tenía, pero su desnudez era distinta, era la desnudez de un hombre, que en vez de privarle de control y de poder, parecía reforzárselo, lo mismo que reforzaba su masculinidad.
–Polly –repitió Marcus mientras asía su brazo.
Solo quería devolverle el albornoz. Eso era todo. Pero nada más sentir la suavidad de su piel, se olvidó de sus intenciones y quedó presa de su propio deseo. En vez de taparla con él, lo dejó caer al suelo y la cubrió con su cuerpo.
Polly intentó apartarlo, pero ya era demasiado tarde. Cuando había rechazado a Phil Bernstein, lo había hecho sabiendo lo que hacía, pero con Marcus era diferente. Ante Marcus se encontraba indefensa. Lo deseaba, lo quería, lo necesitaba tanto…
En su garganta se formó un quejido de recriminación y dolor, pero su cuerpo, sus emociones y su amor no querían escuchar.
Era Marcus el que la estaba abrazando, tocando, queriéndola…
Pero no quería que ocurriera allí. Porque para él seguramente ella solo era una sustitución de la mujer con la que deseaba estar en aquellos momentos. No sabía por qué había vuelto al hotel sin Suzi. Porque aquella mujer había dejado bastante claro cuáles eran sus sentimientos. Por eso estaba tan excitado. Por eso la estaba tocando de aquella manera, besándola con tanta pasión en su cuello.
A través de sus entornados ojos pudo ver el reflejo de sus cuerpos en el espejo del cuarto de baño. Marcus estaba abrazándola. Su pálida piel le pareció frágil comparada con la más bronceada, oscura y masculina de él. Pero de alguna manera parecían compensarse. Macho y hembra. Fragilidad y fuerza. Formaban una pareja perfecta.
Su cuerpo se estremeció de placer y su garganta emitió un quejido cuando sintió que las manos de Marcus acariciaban sus pechos. Las sacudidas que daba su cuerpo eran tan intensas, que casi no las podía soportar.
Tenía treinta y siete años y en su vida había vivido nada igual, ni siquiera con Richard. No estaba preparada para aquellas sensaciones tan fuertes.
Pero deseaba todo el placer que Marcus le pudiera dar. Todo lo que le pudiera ofrecer.
Levantó las manos y empezó a acariciarle los hombros y los brazos. Su piel. Los movimientos de sus músculos eran tan diferentes a los de ella… Cerró los ojos. Pero al cabo de unos segundos los tuvo que volver a abrir porque quería ver lo que ocurría en la realidad.
–Polly.
Notó la urgencia en su voz y respondió dándole más placer. Levantó la mano y le acarició el rostro, pasándole los dedos por la mandíbula, sintiendo la aspereza de su barba. A continuación, le acarició la boca. Sus ojos estaban iluminados por la emoción. Separó los labios. Su respiración era rápida y entrecortada.
Ninguno de los dos se movía. Ella estaba medio hipnotizada. Siguió acariciándole la boca, y él mordisqueó sus dedos, hasta que en un momento determinado emitió un gemido de placer. Era el sonido de una mujer.
Una mujer… Porque eso era lo que ella era. Había dejado de ser una chiquilla. Era una mujer y Marcus era su hombre.
Incapaz de detenerse, volvió a mirar el espejo. Marcus todavía tenía la toalla con la que había salido del baño.
–Quítatela –le dijo con voz ronca, tocándosela con la mano que tenía libre–. Quiero verte desnudo.
Marcus hizo lo que le pidió y Polly contuvo el aliento y poco a poco fue expulsando el aire. Levantó un brazo para tocarlo, acariciando con sus dedos los músculos de sus hombros y sus brazos, registrando el débil temblor de sus músculos cuando le acarició el antebrazo y un temblor un poco más intenso cuando le puso la mano en la cintura y su trasero…
–¡Polly! –lo oyó decir apretando los dientes. El sonido de su voz la dejó inmóvil–. Por lo que más quieras. Si no…
¿Si no qué? Su cuerpo empezó a temblar solo de pensar en la posibilidad de que le dijera que dejara de tocarlo. Pero cuando se fue a apartar de él, su rostro enrojecido al pensar en lo que estaba haciendo, Marcus estiró la mano y se lo impidió.
–Polly, no te vayas. Mira cómo me has puesto –se apartó un poco de ella y Polly pudo comprobar la razón por la que él no se había acercado más a ella. Sintió que el cuerpo le ardía cuando vio la proporción de su erección. Era el estado más primitivo de un hombre, el más potente. Solo de verlo la hacía sentirse…
En lo más hondo de su cuerpo, sintió un vacío que necesitaba llenar cuanto antes, de una intensidad tal que casi se le saltaban las lágrimas. Se acercó a él, arqueando su cuerpo, invitándole a que la poseyera, sus ojos cargados de deseo y de amor.
Marcus la abrazó y apretó su cuerpo contra el de él. Bajó la cabeza y acarició su rostro. Polly le besó la palma de la mano.
–Marcus, por favor… –susurró ella, sabiendo que él se imaginaría lo que quería que le hiciera.
–Polly… –le dijo con voz atormentada–. No te imaginas cuánto tiempo he pasado deseando esto –oyó que le decía mientras la levantaba en sus brazos y se la llevaba al dormitorio–. Pero ni siquiera en mis sueños, ni en mis pensamientos, me había imaginado que pudiera ser así… –le dijo con voz ronca mientras la dejaba en la cama y ponía la cabeza en su vientre. Le besó la piel y se la acarició. Cada caricia y cada beso la inflamaba aún más, llevándola a unos límites de placer que ella jamás había pensado que pudieran existir.
Sintió su boca en sus pechos, su lengua recorriendo sus pezones. Aquel tipo de placer le daba incluso miedo. No era capaz de dejarse llevar por lo que estaba sintiendo. Pero ya no podía volverse atrás.
Sin emitir una sola palabra, trató de comunicarle lo que estaba sintiendo, estirando una mano y pegándose más a él.
–Hace tanto tiempo que lo deseaba –le oyó decirle.
–Sí, hace tanto.
Polly arqueó su cuerpo, ofreciéndoselo para que entrase dentro de ella. Sin embargo le daba un poco de miedo. Porque como él había dicho, hacía ya demasiado tiempo.
No era nada comparable a lo que había hecho con Richard, ni tampoco quería que lo fuera. Aquella era la primera vez que lo hacía como mujer. Su primera vez con un hombre y no con un chiquillo. Con cada movimiento de su cuerpo le introducía más dentro de ella, más cerca de donde ella quería que estuviera. Sus movimientos empezaron a hacerse más rítmicos, más rápidos, más profundos. Ella lo acompañaba en ese ritmo.
Se sentía como si estuviera flotando, volando. No podía expresar con palabras la magnitud de lo que estaba experimentando.
Su cuerpo empezó a estremecerse, a tener convulsiones como si fuera un terremoto, hasta alcanzar la plenitud.
Poco a poco fue volviendo a la realidad. Marcus le estaba diciendo algo. Ella sonrió y se acurrucó junto a él. Estaba demasiado agotada, demasiado plena como para entender lo que le estaba diciendo. Era muy difícil mantener una conversación en aquellos momentos.
A Marcus le tembló la mano cuando apartó el cabello húmedo del rostro de Polly.
Había esperado tanto tiempo, la había amado desde hacía tanto. Pero nunca se había imaginado que podría haber sentido algo parecido. Él no era un hombre promiscuo, pero se había acostado con otras mujeres, había tenido relaciones de placer. Sin embargo, con ninguna había sentido lo mismo.
Agarró con las dos manos el rostro de Polly, queriendo decirle lo que sentía, lo mucho que la amaba, lo celoso que se había sentido esa noche cuando la había visto con otro hombre, pero cuando iba a decírselo se dio cuenta de que se había dormido.
Lo último que pensó antes de apagar la luz fue que todavía no se creía que hubieran compartido lo que acababan de compartir.
Polly estaba teniendo el sueño más feliz de su vida. En su sueño estaba en la cama con Marcus, pegada a él, envuelta en su calor y en su amor. De pura euforia, se acercó más y murmuró su nombre, saboreando el olor de su piel, lamiéndole el hombro desnudo.
–Mmm… Marcus…
Él movió su brazo para acercársela más y ella sintió cómo su boca esbozaba una sonrisa cuando la tocó.
¡Marcus!
Polly abrió los ojos. No era un sueño. Estaba de verdad en la cama con Marcus.
Cuando se intentó incorporar, él se sonrió, como si el estar allí con ella fuera lo más natural del mundo, como si hubieran estado compartiendo la misma cama durante años.
–Mmm… ahora que me has despertado, ¿qué vas a hacer conmigo? –le preguntó él en tono burlón. Por la forma en que su mano le estaba acariciando su pecho y jugueteando con él, parecía claro lo que quería. Poco a poco se fue despertando, recordando lo que había ocurrido la noche anterior.
No era extraño que Marcus se dirigiera a ella en ese tono después de lo que ella había dicho y hecho.
–¿No me dices nada? –le preguntó mientras le chupaba el pecho, le daba besos en el cuello, en la boca y con sus manos le acariciaba el cuerpo.
Polly no era una persona ingenua y sabía que se podía hacer el amor en diferentes posiciones. Pero Richard y ella… bueno, los dos habían sido demasiado jóvenes y inexpertos.
–Me encanta hacerlo así –le susurró al oído–. De esta manera te puedo acariciar el cuerpo.
Polly abrió la boca cuando sintió sus dedos acariciarle la parte más íntima de su cuerpo. Su cuerpo estaba reaccionando a sus caricias. Cerró los ojos y se dejó llevar por el deseo.
–Quédate quieta –le estaba diciendo Marcus–. Déjame que yo te haga… así…
Polly gimió de placer incapaz de silenciar sus sentimientos. Marcus la movió otra vez, retirando las sábanas para que ella pudiera ver lo que él estaba haciendo. Se colocó encima. Al sentirlo dentro su cuerpo empezó a dar una serie de pequeñas convulsiones.
–Marcus…
Se abrazó a él, incapaz de hacer otra cosa que no fuera dejarse llevar por las oleadas de placer que amenazaban con ahogarla. El mínimo movimiento de su cuerpo dentro del de ella desencadenaba pequeños temblores que más parecían una forma refinada de tortura.
Levantó sus manos y le agarró los brazos, obligándolo a que se metiera más dentro de ella. Su reacción fue tan inmediata que la sorprendió al principio, dejándola casi sin respiración cuando lo sintió completamente dentro. Empezó a moverse a su ritmo, abriendo sus piernas cada vez más.
En esa ocasión la plenitud fue mucho más profunda, más intensa, hasta el punto de que sus ojos se arrasaron de lágrimas, sorprendiéndola con las emociones que estaba sintiendo, dejándola temblorosa, deseando que Marcus le dijera que él sentía lo mismo que ella sentía por él. Pero al mismo tiempo no quería admitirlo, por miedo a que aquel sentimiento la dejara expuesta y vulnerable.
–No deberíamos estar haciendo esto –le dijo a Marcus.
–¿Y por qué no? –le preguntó él–. Los dos somos libres, ¿no?
Al ver que Polly no respondía, agarró sus brazos con fuerza.
–Polly… –empezó a decirle como si la estuviera regañando.
Aquello era demasiado. Lo había visto con Suzi. Suzi, la mujer que Briony había propuesto para que se casara con él. ¡Briony! ¿Qué iba a pensar su hija de todo eso?
Polly empezó a ver en el lío en el que se había metido, lo que la esperaba, las mentiras que tendría que contar. ¿Y por qué? Solo por saborear un trocito de cielo que le iba a dejar un sabor amargo en la boca. ¿Cómo iba a poder soportar ver a Suzi con Marcus, después de haber sentido lo que acababa de sentir en sus brazos? ¿Cómo iba a poder mirar a la cara a Marcus sin pensar… recordar…?
–¿Polly? –le preguntó Marcus.
Cerró los ojos, poniendo su cuerpo en tensión. Lo oyó jurar por lo bajo y luego la soltó. En el momento en que lo hizo, ella se dio la vuelta. No quería estar en la cama con él, pero estaba tan agotada que no podía moverse. Cerró los ojos de cansancio. En su cuello notó el aliento de Marcus.
¿Por qué demonios no le había respondido cuando le había dicho que eran dos personas libres? ¿Es que habría algo entre Bernstein y ella? ¿Estaría enamorada de ese hombre? ¿Lo habría utilizado a él solo para desahogar su deseo por aquel hombre? Estuvo tentado a despertarla y obligarla a que le dijera la verdad.
Polly emitió un suspiro mientras dormía. Marcus frunció el ceño y se acercó a ella. En la oscuridad vio sus lágrimas y se le pasó su enfado. La quería tanto, había estado enamorado de ella durante tanto tiempo… Casi desde la primera vez que la había visto. Pero era la mujer de Richard y no tuvo más remedio que ocultar sus sentimientos. Era un hombre al que no le gustaba la traición y Richard era su primo y los dos habían estado muy unidos.
Pero no había sido el sentimiento de lealtad hacia su primo lo que le había impulsado a aceptar la sugerencia de Richard de quedarse con Fraser House. Había aceptado por Polly. Si no hubiera sido la mujer de su primo y no hubiera estado embarazada de él…
Pero por lo menos había conseguido que a la muerte de Richard, Polly y Briony pudieran vivir en un sitio cómodo y digno.
Briony… Marcus parpadeó cuando recordó el nacimiento de Briony. En el hospital, habían pensado que él era el padre de la niña y lo habían dejado entrar en la sala de partos.
Polly se había agarrado con tanta fuerza a su brazo durante el parto que hasta le hizo daño.
Él había estado tan asustado por ella y tan enfadado con Richard, que le exigió al médico que hiciera algo para mitigar el dolor de Polly, pero ella había movido en sentido negativo la cabeza, insistiendo que estaba bien, tan concentrada en lo que estaba haciendo que seguramente no se había dado cuenta de que era él el que estaba allí. Y al cabo de los pocos segundos, llegó el momento milagroso del nacimiento de Briony.
A lo largo de los años, se había preguntado si no sería porque había presenciado su venida al mundo la razón por la que aquella niña significaba tanto para él. Era como si fuera su propia hija.
Quizá eso mismo explicaba el que Briony también lo quisiera tanto. El lazo que los unía era muy especial.
Después de la muerte de Richard, había mantenido ciertas esperanzas, esperanzas que se desvanecieron cuando Polly dejó muy claro que Richard era el único hombre al que amaba y al que iba a amar.
Él había intentado ocultar sus sentimientos adoptando un aire de indiferencia hacia ella, pero había veces que estar con ella era tan doloroso que tenía que marcharse de su lado. Razón por la cual había decidido marcharse de Fraser House.
A lo mejor, a su edad las emociones tendrían que ser diferentes, menos impulsivas, pero a lo largo de aquellos años su amor por ella había aumentado. Sin embargo, esos sentimientos no eran nada, comparados con lo que sentía cada vez que pensaba que ella amaba a otro hombre.
Cuando pensaba en todas las veces que había tenido que luchar para no decirle lo que sentía, y en todas las veces que ella había insistido que no había sitio en su corazón para un hombre que no fuera Richard, en todos los años que se había aferrado al amor de su marido…
Marcus se había acostumbrado a pensar que ella estaba tan aferrada a lo que sentía por Richard, que a él solo lo consideraba el primo de su marido.
Sintió tensión en los ojos por la falta de sueño. En un par de horas, tendría que irse al aeropuerto. Lo que menos le apetecía en aquellos momentos era apartarse de Polly, ausentarse de su lado y dejar el terreno libre para Phil Bernstein, sabiendo que la bombardearía con sus atenciones.
¿Qué tenía ese hombre que él no tuviera? ¿Por qué Polly se había fijado en Phil y no en él? Apartó las sábanas y se levantó. Polly estaba dormida. Si se quedaba un minuto más a su lado, sabía que no resistiría la tentación de despertarla y preguntarle qué era lo que veía en aquel tipo.
Sería mejor vestirse y marcharse al aeropuerto, se dijo. No iba a ganar nada quedándose allí, despertando a Polly y discutiendo, porque sabía que iba a defender sus sentimientos por Phil Bernstein.
Media hora más tarde, cerró la puerta del dormitorio con mucho cuidado para no despertarla. No podía dejar de pensar en el otro hombre. Ese hombre no tenía los mismos sentimientos que él tenía por ella. Aunque debería sentirse orgulloso por ser él el que había conseguido acostarse con ella y no Phil Bernstein. Pero lo que quería no era su cuerpo, sino su amor.
Dos horas más tarde, cuando sonó el teléfono a la hora que había pedido Marcus que lo despertaran, fue Polly la que respondió. Una voz femenina anunció:
–Es una llamada para despertar al señor Fraser, para que pueda llegar a tiempo al vuelo que tiene programado a China.
China… ¿Se había ido Marcus a China? Polly volvió a dejar el auricular en su soporte.
Imágenes de lo que había ocurrido la noche anterior inundaban su cerebro. ¿Cómo había podido hacer lo que había hecho? Sabía que las mujeres modernas pensaban que tenían el mismo derecho a expresarse sexualmente que los hombres. Pero ella no era una mujer moderna y menos en ese aspecto. Le dolía pensar que había traicionado sus creencias y se había dejado llevar por sus emociones.
Ahora Marcus ya sabría lo que sentía por él. Por eso se había marchado sin despedirse de ella. En tan solo unos segundos había destruido todas las defensas que había construido a lo largo de los años.
¿Se lo contaría a Suzi? ¿Se reirían de ella cuando estuvieran juntos?
Ni siquiera su hija había sabido lo que sentía por Marcus.
–He encontrado la mujer perfecta para el tío Marcus –le había dicho, sin darse cuenta de que ella solo podía pensar en una mujer que pudiera compartir la vida con Marcus.
No era necesario ponerse a pensar por qué Marcus se había marchado sin despertarla. Estaba muy claro.