LA PAREJA

La pareja prometida. El titular, en letras rojas, es el que acordamos con la revista. También la foto. Mi marido y yo, él a la derecha. Los dos sonreímos, yo con los labios separados. Me hice un blanqueamiento el día antes, en previsión de la sesión fotográfica. Alfonso no tuvo tiempo, de manera que su sonrisa es una curva casi imperceptible. En todo caso mejor así, porque de los dos él es quien debe dar una imagen más seria. Contenida. O, en términos políticos, moderada. La pareja de un candidato se puede permitir alguna que otra expresión. Y la pareja del presidente, que es lo que soy ahora, tan solo se puede permitir una, un solo gesto que resuma todo lo que mi posición supone para mí, en relación, naturalmente, con mi marido.

De la gama de gestos que componen el amplio pantone del lenguaje no verbal yo elegí sonreír. Mi sonrisa —esa mancha blanca perfilada de rojo que no es casual, ni improvisada, pero tampoco artificial—, esa sonrisa, digo, es la manera que tengo de prometeros lo acertado de que hayáis votado a Alfonso. Él lo consiguió con sus discursos, el proyecto que defiende y las ideas que representa; yo con mi silencio. Hay quien dice que una imagen vale más que mil palabras, y no sé si esta fotografía por sí sola nos hubiera dado la victoria electoral que consiguieron los discursos de mi marido. Sin embargo, aun suponiendo que hubiésemos perdido, la imagen de los dos juntos mirando al frente jamás habría delatado nuestra decepción.

Salimos perfectos.

La imagen que proyecto en la portada de la revista es la de una persona satisfecha consigo misma, cuyo gran mérito es haberse presentado de una pieza en el estudio fotográfico, impecable en la ropa que eligió con ayuda de sus asesores de imagen, ni un pelo fuera de su sitio, de la mano de su marido. Bueno, lo de la mano es una forma de hablar, porque lo cierto es que Alfonso llegó, como siempre llega a todas partes, un paso por delante. En la portada su hombro izquierdo me tapa un poco, lo justo para que no parezca que me da la espalda. Aunque somos un equipo, el líder es él.

Analizo cada detalle de la fotografía en un estado a medio camino entre la anticipación y el arrepentimiento, como si pudiera subsanar sus fallos en caso de encontrárselos. Hago lo mismo con los emails, que no me detengo a corregir hasta que le doy a enviar; o cuando llamo por teléfono y aprovecho los segundos antes de que respondan para pensar lo que tengo que decir. Alfonso dice que mi impaciencia es un indicador de confianza. La verdad es que hago esas cosas no tanto para reafirmarme en mis aciertos como para confirmar errores. Como la camisa cerúlea que me puse para la portada. Llamo demasiado la atención, incluso en segundo plano. Habría sido mejor un color más apagado. El azul marino de mi pijama, por ejemplo, que parte en dos mitades desiguales el espejo de la cómoda. A mi espalda el papel pintado color acero con rayas verticales grises me reafirma en mi nuevo parecer.

Es al ver mi reflejo —solo el mío, sin el de Alfonso tapándome— cuando recuerdo que soy un hombre. A veces no me doy cuenta. Parece mentira, pero se me olvida. No soy el único. En gran medida nuestra estrategia de campaña giró en torno a cómo lograr que mi género pasara inadvertido. Mi primer y único pecado de ingenuidad cuando Alfonso empezó su carrera política fue no darme cuenta antes de que eso de referirse a mí como «pareja», en lugar de «marido», incluso mucho después de casados, era algo premeditado. Según él la palabra pareja asociada a un hombre creaba la ilusión auditiva de una mujer, teoría que su equipo refrendó desde el primer momento, y depositó en ella tanta fe —la fe de los desesperados suponía yo entonces, cuando la posibilidad de ganar unas elecciones generales me parecía un sueño infantil de Alfonso— que obligó a cada miembro del equipo a referirse a mí como «la pareja». Me consta que se dedicó mucho tiempo y dinero para persuadir a la prensa de que siguiese la misma directriz. Siempre que era posible una alternativa, ningún periodista bajo la influencia del partido se atrevió a decir mi nombre de pila manifiestamente masculino; bajo ningún concepto se referían a mí como el marido, palabra que genera la asociación de ideas de que el candidato es una mujer. Y, según los analistas que trabajaban para Alfonso, si había algo equiparable en dificultad a lograr que un candidato no heterosexual ganase unas elecciones generales, era que fuese candidata.

Una sola vez me atreví a expresar mi indignación ante aquel truco de magia tan vulgar, basado en la suposición de que la gente es imbécil. Pero Alfonso me explicó que el engaño —si es que podía llamarse así— estaba orientado a quienes nos veían con malos ojos, aquellos que no confiaban en el partido que representamos por el mero hecho de ser gais. Los votantes sin prejuicios serían tan inmunes a nuestra ambigüedad semántica como lo eran al discurso de odio que les llegaba desde la derecha. Nuestra victoria era para ellos, no para los otros. La gran victoria de quienes siempre hemos perdido a lo largo de la historia.

—Ahora nos toca a nosotros —me prometió Alfonso, puntuando cada palabra con un beso y subrayándolas con caricias. Nunca es tan tierno como cuando necesita algo—. Imagina lo que supone que alguien como yo sea el líder de un país.

La promesa de una revolución.

Por supuesto, nada de todo aquello tendría sentido si yo, la pareja, me hubiese dejado la barba pelirroja que tantos años me había costado conseguir y a la que tantos cuidados prodigaba. También me tuve que cortar el pelo, pero después de lo de la barba aquello no me costó tanto.

Me tengo que afeitar cada día. Sin excepción. La pareja del presidente no debe mostrar vello facial. Mientras fueron siempre mujeres algo así se daba por hecho. Como mucho había que aplicar con cierta regularidad un poco de cera derretida sobre el labio superior y asunto resuelto. Ahora se ha convertido en objeto de debate. Hablo en serio, uno de los primeros temas a tratar por nuestros asesores de imagen fue el de mi barba. A decir verdad, no les llevó demasiado llegar a la conclusión de que debía deshacerme de ella. Como cuando empiezas a vivir en pareja y te desprendes por amor de una costumbre molesta que, hasta ese momento, tú considerabas parte intrínseca de tu identidad.

Lo que está claro es que la pareja del presidente jamás debe presentarse en público —y para la pareja del presidente el espacio público empieza en la puerta de su dormitorio— con más vello facial del que se le exigiría a una mujer en su misma posición.

Me acerco a la cómoda para dejar encima la revista y esta se abre en mitad del artículo. «Popular gracias a su trato cordial, la pareja del presidente…», dice un párrafo del medio que leo de pasada. «La pareja del presidente». Esa soy yo. La pareja, término que sirve para referirse a un individuo solo en relación con otro —la pareja del presidente—, pero también a dos personas unidas en un todo —la pareja presidencial—. La suma de las partes.

Estoy a punto de dejar la revista para dirigirme al cuarto de baño cuando el sonido de un disparo hace que la suelte del susto. Detrás de mí hay un enorme ventanal, intacto, supongo, porque no se ha escuchado ruido de cristales rotos. La impresión me mantiene rígido, con la mirada clavada en el retrato de una pareja presidencial anterior a nosotros. Al principio no me fijo mucho en ellos porque toda mi atención está puesta en el sentido del oído. Quiero escuchar todo lo que pasa, e intento dar alcance al origen del disparo: a la altura de la verja de entrada me llega algún tipo de alboroto, que parece agravarse por momentos. Voces histéricas, golpes contra los barrotes de la verja, los responsables de seguridad intentando contener la amenaza. «Intentando contener la amenaza». Ni un mes en esta casa y ya pienso como un personaje de thriller político.

No soy capaz de mover las piernas, pero sí de llamar a gritos al único miembro del servicio doméstico cuyo nombre conozco, un armario de hombre que nos recibió el día que nos mudamos como lo haría un mayordomo inglés, lo que me sorprendió puesto que di por hecho que se trataba de un guardaespaldas. Iba vestido exactamente igual que los demás gorilas de seguridad, con la diferencia de que no llevaba pinganillo a la vista. Pues bien, no era inglés —hablaba con un marcado acento colombiano— pero sí mayordomo. Lo supe cuando se acercó a una criada para indicarle que las lobelias del recibidor se estaban marchitando, con la misma discreción y gravedad, eso sí, que pone el escolta personal de mi marido para indicar a un subalterno que compruebe alguna posible amenaza al entrar en una habitación.

Aquí, en la residencia presidencial, el mantenimiento de las lobelias se toma casi tan en serio como la seguridad de los que vivimos en ella. Para eso está Ricky, que así se llamaba el mayordomo que no es inglés. La primera reforma que llevé a cabo cuando nos mudamos fue su nombre. Ricardo queda mejor. Cosas como la redistribución de los muebles o elegir cortinas nuevas, dadas las circunstancias, me pareció que podían esperar.

Resulta que la supuesta amenaza tenía su origen en el arma de uno de los nuestros, quien disparó al cielo para amedrentar a los manifestantes. Lo único que conseguirá el muy bruto es encolerizarlos, así que no me extrañaría que tuviesen que doblar esfuerzos para evitar que echen abajo la verja.

—Pierda cuidado, señor —me tranquiliza Ricardo, con una voz tan suave que resulta incongruente en ese cuerpo de centurión romano—. Los de seguridad se encargan.

Y por qué no te encargas tú, pienso yo, en lugar de echarte a perder en un trabajo doméstico más propio de una abuelita adorable. Después de preguntarme si necesito algo más, y de mi respuesta negativa, Ricardo vuelve a cerrar la puerta del dormitorio. Ahora que sé lo que realmente ha pasado me quedo más tranquilo, pero no del todo. El cuadro de la pareja, el de una de nuestras predecesoras, está ligeramente torcido. Juraría que antes no lo estaba, al fin y al cabo es el típico detalle que Ricardo caza al vuelo. Y corrige de inmediato. Decido encargarme yo mismo de esta pequeña contrariedad. Enderezo el marco y, para mi sorpresa, me da la sensación de que la pareja retratada se veía más recta cuando el cuadro estaba inclinado.

Fuera el alboroto continúa. Si algo hay que concederle a los manifestantes es su tenacidad. Me doy la vuelta para enfrentarme al ventanal. La fugaz imagen de un diminuto agujero en el cristal y varias grietas destacadas por la luz del sol me vienen a la cabeza antes de desaparecer detrás de las cortinas corridas. Antes de marcharse, Alfonso dijo que caería una buena, pero no se escucha sonido de lluvia, así que por el momento los manifestantes solo tendrán que aguantar la niebla de primera hora de la mañana y unas temperaturas especialmente frías para la primavera. Aquí dentro tampoco se está mucho mejor. Para ser la habitación del presidente del Gobierno no es nada cálida. Espero a que la luz de la lámpara de araña que cuelga del techo me caliente un poco la cabeza. Bombillas de bajo consumo. Nada. Un escalofrío. Y los manifestantes ahí fuera, aferrados a sus consignas para dejar claro que ni mi marido ni yo somos bienvenidos. Según ellos esta no es nuestra casa. Técnicamente tienen razón. No lo es. La verdad es que nuestra situación está incluso más cerca de los concursantes de un reality que de unos inquilinos normales. Podemos quedarnos hasta que nos expulse la audiencia.

Mi primer paso al frente en dirección al ventanal aplasta la portada de la revista. Como voy descalzo, el papel cuché se me pega a la planta del pie, cuya huella sudorosa queda grabada encima de Alfonso. La verdad es que pudimos elegir algún color más alegre para su corbata. El prusia hace una combinación demasiado lúgubre con la camisa azul maya y el traje monastral. Lúgubre o directamente funeraria, lo que hace destacar más la camisa que llevo yo. Quisimos compensar lo colorido de nuestra diversidad con algo de tradicional monotonía, pero es evidente que nos pasamos. Si no fuera por la insistencia del fotógrafo para que acariciase a Alfonso a la altura del tríceps, más que una pareja pareceríamos hermanos. Gracias a ese pequeño toque personal, al menos llegamos a la categoría de primos que follan en secreto.

Tengo los pies hechos un témpano. Tan fríos como la foto de portada. Quiero ponerme unos calcetines, pero aún no conozco el sitio de cada cosa. Es la primera vez en toda mi vida adulta que no sé dónde está guardada mi ropa interior. La mía, porque la de Alfonso sí que sé dónde está. El tercer cajón a la izquierda del vestidor. Él nunca ha tenido que saber ese tipo de cosas. Siempre ha tenido a alguien que se lo diga. Ha ido encadenando parejas desde los quince años. Parejas y madres. Lo que me recuerda la visita de mi suegra.

Para el temperamento controlador de la madre de Alfonso, un mes ha sido demasiado tiempo sin saber en qué condiciones vive su único hijo. Poco importa que aquí nos lo hagan todo. El hecho de que los asuntos domésticos estén en manos de completos desconocidos no le preocupa tanto como cuando era yo el responsable de estos, pero no se quedará tranquila hasta que dedique al menos un par de horas a supervisar el palacio presidencial. No quiero dar la impresión de que molesta. De hecho, si se compara con la relación que tengo con mi propia madre —no nos hablamos desde hace años—, la que tengo con ella es de amigas de la muerte. Nunca he tenido que pararle los pies, su forma de entrometerse no es más que la que se espera de una madre afectuosa: te pregunta por tus cosas y, si no le gusta lo que oye, te lo dice en el tono de una reprimenda sin consecuencias. Y ahí se queda todo. Alguien le ofrece postre, ella lo acepta a regañadientes y punto. Mi madre no da pie a postre que valga, porque su reprimenda es lo bastante vehemente para que Alfonso se crea con derecho a defenderse. Cada nueva palabra que se dice más alta que la anterior hace que la discusión familiar mute en debate político en cuestión de minutos. El resultado: tener que elegir entre mi marido y mi madre.

No me extrañaría nada que ella estuviera entre los manifestantes. Incluso podría ser la líder de alguna de las protestas más radicales, tal es la fortaleza de sus convicciones. La verja de entrada al recinto es todo lo lejos que llegará en su visita a la nueva casa de su hijo.

Los números azul neón de la radio en mi mesilla de noche señalan las ocho en punto. Zarandeo el pie hasta que se despega de la revista y entro en el cuarto de baño. Los azulejos ultramar alternados con un tono verdoso de suelo, techo y paredes deslumbran ligeramente cuando la luz se refleja en ellos. La ambigüedad del ambiente aclimatado, que es frío al mismo tiempo que cálido, al menos más cálido que el dormitorio, me recuerda a la del gym donde conocí a Alfonso. Ese y todos los que he frecuentado a lo largo de los años. Hay algo contradictorio en el aire que se respira en esos sitios, fresco y sofocante al mismo tiempo, supongo que producto de la actividad física al mezclarse con el aire acondicionado. No sé. Hace tiempo que me limito a hacer ejercicio en casa a primera hora. Hoy toca descanso. Aunque no debería, a juzgar por cómo las líneas de mis abdominales empiezan a difuminarse.

Un secreto de estado: Alfonso lleva faja. En el último año no ha tenido tiempo ni para una mísera flexión. Yo lo habría dejado hace mucho, pero a él le gustan los cuerpos tonificados y a mí no me vale la excusa de la agenda apretada. Mientras yo hago lo justo para no desinflarme, él ha optado por comer lo justo para no desmayarse.

Me tomo mi tiempo en la ducha. Por un momento el recuerdo de nuestros primeros polvos es suficiente para ponerme cachondo, pero el calor de los recuerdos enseguida se confunde con el del agua corriente. Estoy cansado. En honor a mi matrimonio y a nuestra historia de amor hago una arremetida; como si fuera una lámpara mágica, me froto la polla en busca de recuerdos. Los primeros besos, las primeras mamadas, la primera vez que me folló. Todo lo primero. Nada. Pruebo a imaginarme a Alfonso dejándose sodomizar, pero semejante prueba de fe supone una fuerza de voluntad que me falta a una hora tan temprana. Cierro el grifo.

Una vez afeitado salgo del cuarto de baño para entrar en el vestidor. De un lado hay varios cajones abiertos que tengo el impulso de cerrar. La fuerza de la costumbre. Sorteo un cinturón y dos pares de zapatos tirados en el suelo. Hace apenas unos meses me habría tocado a mí recogerlo todo. Al no encontrar lo que busco a la primera me impaciento un poco, pero se me pasa enseguida porque mi ansiedad se concentra en otro objetivo: noto que me raspa un poco el mentón. Busco un espejo de mano como quien se lanza a una tabla flotante en mitad de un naufragio. No veo descuido alguno. Me vuelvo a frotar. No veo nada. Recojo la revista y la coloco encima del espejo de la cómoda, justo al lado de mi reflejo para compararlo con la foto de portada, hasta que otro estruendo de la verja me espabila.

Lo suyo sería descorrer las cortinas de una vez, empezar el día dejando que entre en el dormitorio, pero no me apetece enfrentarme a lo que sea que esté pasando ahí fuera. Este lado del palacio está orientado al oeste, es decir, a la entrada principal. La verja. Los manifestantes. ¿Mi madre? Las cortinas son la última barrera frente a todo eso. El cárdigan que llevo puesto es del mismo color. Zafiro. Entre el azul y el rosa. Un gris travieso. Que las descorra Ricardo cuando entre a recoger. De momento, a mí me llega con la luz artificial.

—¿Me vas a llevar tú? —La irrupción de Eva me da un vuelco al corazón. No sé si su pregunta espera respuesta o es más bien una acusación. «¿Me vas a llevar ?».

—Sí, espera un momento.

El «sí, espera» es para Eva, pero «un momento» es todo para mí. Hablo conmigo mismo porque no sé si debería cambiarme. Unos vaqueros tal vez sean demasiado informales para mi primer día de trabajo después de la excedencia. No puedo presentarme como si tal cosa pasados casi dos años. Puede que los estudiantes no esperen de mí nada diferente, pero mis compañeros me echarían en cara cualquier cosa por debajo de un pantalón de pinzas. Sé que más de uno especulaba con mi posible renuncia a la cátedra. Nada más lejos. Nunca he necesitado tanto trabajar.

La mandíbula de Eva está tan contraída que la tensión de los músculos de su cara se aprecia desde mi posición. Es cuestión de tiempo que envíe contra mí toda su artillería a través de esos dos tanques que tiene por ojos. Me imagino saliendo despedido en el aire con tal fuerza que ni las gruesas cortinas de terciopelo pudiesen impedir que llegase hasta la manifestación, donde alguien con buenos reflejos conseguiría dar la función de raqueta a su pancarta con el mensaje «La izquierda comprometida».

Match point!

Un último vistazo en el espejo y mi yo reflejado toma la decisión por mí.

—Mejor pídele a Ricardo que te busque a alguien para llevarte.

Y uno más para impedir la estampida de Eva.

—¿Papá te ha visto así?

Así es con el pelo cortado a la taza y, en vez de falda, pantalón. El del uniforme del colegio, sí, pero pantalón. Entre que ha heredado la constitución ancha de Alfonso y de quien quiera que fuese su madre biológica no ha heredado pechos grandes, parece un chaval. El único rasgo intrínsecamente femenino que tenía era una larga melena rubia de princesa de cuento, y va y se la corta. Al menos ella lo ha hecho porque quería, no como yo con mi barba.

—Con mi pelo hago lo que quiero —responde cortante, inconsciente de la ironía que supone defender un corte de pelo con el eslogan de un champú. Y concluye con su habitual cierre—: ¿Ok?

«Ok» pronunciado fonéticamente. No okey. Ok. Con énfasis en la K.

—¿Y el uniforme? —cambio de tercio, aunque sé que estoy librando una batalla perdida de antemano—. ¿Os está permitido cambiarlo?

Me pregunto qué habrá hecho con la melena cortada. Era una buena mata de pelo. Tal vez la haya vendido para pagarse el pantalón del uniforme. Alfonso no se lo ha comprado, eso seguro.

—Es el uniforme del colegio —puntualiza a la defensiva.

—Tú ya me entiendes. —Me siento tentado a enzarzarme, pero en el último momento me compadezco de ella y, cambiando de tono, le digo—: Con lo guapa que tú eres, Eva.

Me la imagino con el vestido que Alfonso le ordenó que se pusiera para la sesión fotográfica. Y digo que me la imagino porque se pasó la orden de su padre por dentro del peto vaquero a lo Huckleberry Finn con el que se presentó a última hora, de manera que no hubiera tiempo para cambiarse. Todo lo que se pudo hacer por suavizar su imagen de tomboy fue recogerle el pelo en una trenza a lo Rapunzel. «¿Para eso quieres que tenga el pelo largo? ¿Para atármelo?». Se pasó el día de morros, conteniendo el llanto para no darle a nadie la satisfacción de verla comportarse tal y como se esperaba de una niña caprichosa, lo que dio como resultado una expresión descompuesta nada que ver con la imagen de dulzura infantil que se buscaba. Resultó imposible sacar una foto de los tres que pudiera presentarse como la efigie de la nueva familia. El reportaje enfocado en nosotros como pareja —la nueva pareja— era el plan de contingencia, que tanto Alfonso como su equipo tenían preparado desde las primeras reuniones con la publicación.

Lo de cortarse el pelo es la venganza de Eva. O tal vez una reivindicación. Es como si se nos hubiera colado una de las manifestantes que hay afuera. Ella tampoco quiere que vivamos aquí. Para no darme la oportunidad de alargar esta conversación se da la vuelta y de un portazo se queda con la última palabra. La lámpara de araña tiembla, y con ella la luz que da encima de mi cabeza.

Me siento al borde de la cama, tan alta que apenas araño con los dedos de los pies el telar azul aciano de la alfombra. Al tumbarme boca arriba quedan finalmente suspendidos en el aire. Si me quedo así mucho rato más, podría arrugarse la chaqueta, pero me da igual porque estoy decidido a cambiarme. Pienso en un jersey navy con rayas horizontales blancas, regalo de la madre de Alfonso por mi último cumpleaños, que me quedaría mucho mejor con la camisa blanca que llevo puesta. El jersey queda bien con la camisa y yo quedo bien con la suegra. Win win. Por último, el calzado. Dos opciones: los Oxford en piel de becerro clásicos o unos Derby azules muy bonitos, también regalo suyo, esta vez por Navidad. Hoy es noche (de familia) política, así que los Derby. Me incorporo para ir en busca de los zapatos cuando una sacudida me recorre de pies a cabeza. Al principio lo confundo con un simple mareo por tener el estómago vacío, pero el ruido sucesivo me advierte de que no soy yo. Viene de fuera.

Es muy difícil no optar por dar la espalda a la ventana, dejar que las gruesas cortinas cubran lo que sea que está pasando y concentrarme en la infravalorada tarea de elegir los zapatos adecuados. Al fin y al cabo, son ellos los que pisan el suelo para que los pies no tengan que hacerlo. Incluso más difícil es caminar descalzo después de sentir el suave tacto de la alfombra, enfrentarme sin ayuda al frío suelo de madera en el último tramo hasta alcanzar el punto donde las cortinas dividen la ventana en dos mitades. Tiro de ellas hacia los lados y la mañana se me echa encima como una ola de mar. Cuando los ojos se acostumbran a la claridad lo primero que encuentran es el cielo despejado, de un azul casi blanco que hace que me sienta estafado. Alfonso dijo que llovería.

Bajo la vista al césped. Si el azul del cielo es apagado, el verde de la yerba está encendido, como si el hecho de cortarlo todos los días no le restase vitalidad. Me froto el mentón para notar una vez más el incipiente vello que se empeña en crecer a pesar de mis esfuerzos por impedírselo. Una figura aparece en medio del jardín. Aunque pisa el césped descalza, no parece que le moleste. Y debería, porque recién cortado pincha bastante. Se detiene cuando está lo bastante cerca para alcanzarme con los ojos. Nos encontramos a medio camino entre la ventana de mi dormitorio y el jardín que la rodea. Su estilizada figura hace que parezca alta y su postura es relajada, como una flor a punto de abrirse en primavera —¿acaso no estamos en mayo?—. Tiene el pelo largo como lo tenía Eva y negro como el de mi madre. Lleva puesta la misma camiseta de color lila con el símbolo de Venus que mi madre le quiso regalar a Eva. Un regalo no debería ser el catalizador de ninguna pelea.

La mujer me recuerda a Ricardo. A saber por qué, no se parecen en nada. Él es una apisonadora, a ella le envuelve un aire etéreo. Lo único que se me ocurre que pueden tener en común es la edad. También comparten la misma forma de mirar. Una mirada honesta. Cruel, porque la honestidad no es necesariamente amable. No hay manera de saber si ella es la líder, pero yo diría que sí. Bajo esa apariencia vulnerable hay una militante incansable. A mis oídos llega el alboroto que ha dejado atrás al ser capaz de sortear las filas de seguridad. Sus compañeras forcejean para salvar el obstáculo humano que suponen los guardias. Pudieron con unos barrotes de hierro, también podrán con esos gorilas vestidos de negro.

Es a Alfonso a quien buscáis y ya se ha ido. Llegáis tarde. No está, ¿ok? (pronunciado fonéticamente). Estoy solo. ¿Y quién soy yo? La pareja. Yo no tengo nada que ver, y mucho menos puedo hacer.

«Y nosotras, ¿qué?», grita alguien de repente. Y se convierte en lo único que escucho. Con la confusión ningún guardia se da cuenta de que una manifestante los ha burlado. No importa porque no veo que esta tenga intención de avanzar. Ha llegado hasta donde quería. Aquí estoy, eso buscabas, ¿no? Pues aquí me tienes. Y ahora ¿qué? Ahora nada, solo me mira. Si fuera mi madre lo haría con pena y decepción; pero ella me observa como una niña a un hermano que la ha traicionado poniéndose de parte de sus padres o negándose a defenderla frente a sus compañeros de clase. Pudo hacer algo por ella, su hermana, y no lo hizo. Sus ojos brillan mientras me observa, en ellos la luz del sol resplandece. Tanta claridad me hace imposible entender su pregunta. ¿Qué quieres? ¿Qué queréis todas vosotras? Pensaba que era esto lo que todos buscábamos.

Esta habitación azul.

Otra intrusa alcanza a la mujer. Intruso. Es un chico. Un chico muy joven, aunque bastante mayor que Eva. Lleva ropa de colores chillones y va maquillado. En cada uña un arcoíris. Estridente. Al contrario que la mujer, él va con las manos ocupadas. La derecha ondea una pancarta enorme donde puedo leer una de las consignas que más se han repetido desde que Alfonso presentó su programa electoral: «Mi cuerpo no está en venta». Letras rojas sobre fondo amarillo. La izquierda empuña la revista con nuestra foto en la portada como si fuera una espada; me señala con ella mientras me grita algo que no puedo escuchar y, sin bajar la voz en ningún momento, toma impulso para lanzarla al aire. Aunque no me aparto del cristal, me da la sensación de que lo atraviesa. El cristal frente a mi nariz empieza a empañarse.

Los guardias por fin se dan cuenta de que se les han colado dos manifestantes y las retienen antes de que se acerquen más a la residencia. La verja de entrada vuelve a estar cerrada, el colorido tumulto y sus protestas al otro lado del muro. Tan solo dos se quedan dentro y lo hacen esposadas. El resto sigue lanzando consignas al aire para que lleguen al dormitorio del presidente, esperando tal vez que le quiten el sueño. No entienden que todo lo que consiguen es dar pesadillas a la pareja.