“Muchas veces lo que no se halla cuando se busca, sale al encuentro cuando no se busca.”
SÉNECA
La familia Napolitano concurría a la terapia debido a la insistencia de María; de ser por Lito ya estarían de nuevo en París, no le gustaba mezclarse con esa gente imperfecta.
La pequeña Felicia no progresaba demasiado, pero al menos había dejado de llorar de manera insistente, aunque sus piernas continuaban débiles.
Ese día llegaron pasado el mediodía, hacía demasiado frío y deseaban irse temprano. Janelle los recibió con su amabilidad de siempre pese a que no le caía bien el señor Napolitano. Se compadecía de la mujer, tan sumisa.
Tomó a la niñita en sus brazos y se encaminó hacia el caballo que le tenía reservado y que Alain había preparado. El muchachito se había compenetrado en la terapia y ayudaba todos los días como si cumpliera un trabajo. Le había cambiado el humor aunque por momentos estaba triste; el dolor por la muerte de sus padres primero y su abuelo después todavía le rondaba en el cuerpo.
Sus amigos respetaban sus silencios y festejaban sus bromas, Alain era demasiado versátil y tanto podía estar riendo a carcajadas como ofuscado sin motivo. Pero ya todos se habían habituado a su carácter, muy similar al de Mathieu.
Mientras Felicia acariciaba al caballo Alain la sostenía; Janelle se ocupaba de ajustar montura y bozal.
Desde lejos María observaba. Otros niños con problemas se dedicaban a cepillar a los animales, algunos les daban de comer, varios arrojaban pelotas en aros, los menos los paseaban llevándolos por las riendas. Según la patología de cada jovencito era el tratamiento indicado. Para comprender lo que el francés le había dicho, Naiquen debió acudir en su auxilio, mientras que su esposo, negador de la realidad, escuchaba radio dentro del auto.
La madre no comprendía aún cómo podía afectar beneficiosamente a su hija el movimiento del caballo o el calor de su cuerpo, pero si ellos así lo aseguraban, debía confiar.
María se sentía sola y desafortunada. Su marido estaba todo el tiempo enojado, la enfermedad de Felicia lo había trastornado y ella ya no sabía cómo hacer para conformarlo. Ni siquiera en la cama estaban unidos, todo era frío y sin ganas. Ella lo dejaba hacer pero sentía que él usaba su cuerpo como un objeto para satisfacer su instinto animal. El hombre no se preocupaba si ella gozaba o no, ni siquiera la besaba en la boca.
Esos recuerdos la hicieron lagrimear y para que no la vieran empezó a caminar por los alrededores, llegando, sin darse cuenta, a los fondos de la casa. Había un banco de piedra y María se sentó sobre él a llorar su desconsuelo.
Una voz la sobresaltó.
—¿Se siente mal? —era la mujer argentina, madre del niño manco, que ayudaba a Felicia en ocasiones.
Se limpió las lágrimas y la enfrentó:
—Solo un poco desmoralizada —se sonó la nariz, roja a causa del frío y del llanto.
—Pero la niña va a mejorar —confió Naiquen pensando en que su hijo estaba peor, sin un brazo.
—Supongo que sí…
—Tenga fe, solo hace falta tiempo, es muy reciente el tratamiento. —Naiquen se había sentado a su lado.
—Lo sé… no es solo eso. —De pronto necesitó contarle lo que le ocurría—. Es que mi marido… —le daba vergüenza confesar sus dolores a una extraña, pero no tenía a nadie más— desde que descubrimos que Felicia no está del todo bien… está enojado.
Naiquen suspiró. No conocía al esposo de la señora, solo lo había divisado a la distancia.
—A muchos padres les cuesta admitir que sus hijos tienen alguna limitación —bajó la cabeza y se miró las manos—, a mí todavía me cuesta ver a mi pequeño sin un brazo.
—Lo siento… eso debe haber sido terrible.
—Lo fue —la morena clavó en ella sus ojos negros—, fue espantoso.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —De inmediato se arrepintió por remover esos recuerdos en ella—. ¡Oh, lo siento!
—Está bien —murmuró Naiquen—, es algo que forma parte del pasado, todos los días intento dejarlo atrás y tal vez la mejor manera sea haciéndole frente.
—No tiene que contarme…
—Los niños salían de la escuela, allá, en Buenos Aires… Hubo un ataque, un tiroteo por parte de un grupo de militares… —al oír aquello María sintió que la piel le temblaba—. No sé sabe bien qué pasó, pero mi hijo terminó con su bracito amputado.
María se llevó las manos a la boca.
—¿Los militares dice?
—Sí… allá las cosas no están muy bien con los uniformados a cargo —opinó sin saber quién era esa mujer.
—¡Ah! —no pudo decir otra cosa.
—Pero todo eso quedó atrás… ahora debemos mirar hacia el futuro, y nuestros hijos son el futuro. Confíe en que Felicia estará bien. Debe ser perseverante.
—Gracias, Naiquen, es usted muy amable conmigo.
—Téngale paciencia a su esposo, seguramente él sufre por todo lo que ocurre y no sabe cómo expresarlo.
María volvió hacia donde se desarrollaba la terapia y observó a Felicia montada en el caballo, con su ayudante soteniéndola. Caminando al lado iba el niño sin brazo, conversando con Alain. Sintió que se le encogía el pecho y agradeció que al menos su pequeña estaba entera y no se babeaba como los demás jinetes.
Después María se dirigió al auto y para sorpresa de Lito se sentó a su lado.
—Estuve hablando con la mujer argentina, ¿te acordás de que te conté sobre ella?
—Sí, algo me dijiste —respondió él sin mayor interés, que solo esperaba que se cumpliera el horario para irse.
—Es la madre del chico sin brazo —prosiguió—, dice que su hijo sufrió un atentado en Buenos Aires, a la salida de la escuela —hizo una pausa, tenía miedo de lo que iba a decir, y más aun de la respuesta—, por parte de los militares.
Algo en la mente de Lito activó una alarma. Lo que su esposa le decía le resultaba familiar. Escuela, atentado, mujer argentina, niños heridos… no podía ser tanta casualidad.
Sintió el calor subiendo por su cuerpo y que el aire se le escapaba. Abrió la puerta del vehículo y salió al frío de la tarde.
María lo imitó, preocupada por su rostro contraído y su respiración agitada.
—¿Cómo se llama esa mujer? —atinó a preguntar Napolitano.
La esposa, sin comprender el porqué de la pregunta en ese momento delicado, respondió:
—Naiquen.
El semblante de Lito se tornó lívido y sus mandíbulas de piedra. Los ojos parecían inyectados en sangre, María sintió miedo. En un segundo su marido estaba tendido en el suelo, desmayado.
—¡Auxilio! —gritó arrodillándose a su lado mientras lo sacudía y trataba de verificar si estaba con vida—. ¡Auxilio, por favor! —repitió.
Sus gritos fueron escuchados por Naiquen quien corrió en busca de Lucien. Enseguida este estaba a su lado y cargaba en sus brazos el cuerpo inerte de Napolitano.
Se armó un revuelo y la terapia se vio interrumpida. La presencia de Janelle fue requerida, era la única que tenía conocimientos médicos; esta informó que Lito se había descompensado.
Napolitano despertó y se descubrió acostado en una cama que no era la suya. A su lado María sollozaba en silencio mientras la pequeña Felicia disfrutaba de la compañía de los niños de la casa.
Mathieu ya había mandado llamar a un doctor a la ciudad, recomendó que el hombre hiciera reposo.
—¿Cómo estás? —preguntó su mujer.
Lito miró a su alrededor y recordó lo ocurrido. Frunció el ceño e hizo ademán de levantarse pero en ese instante la puerta se abrió e ingresó Mathieu en compañía del médico.
Pese a su resistencia, porque Lito jamás demostraba sus debilidades, tuvo que dejarse revisar.
—¿Ocurrió algo en especial? ¿Un disgusto? ¿Sintió algún dolor? —inquirió el profesional, a lo cual Napolitano negó.
—Ya estoy bien, doctor, tengo que volver a la ciudad —atinó a salir de la cama.
—No es conveniente, señor —dijo el médico—. No puede salir a la ruta en ese estado, su presión aún no está del todo normal.
—Pero…
—Nada de peros —cortó—, ya está anocheciendo, seguramente el señor Mathieu no tendrá inconveniente en que pasen aquí la noche.
—Por supuesto que no —terció el aludido—, aquí estará atendido y mañana podrá partir.
—Le recomiendo que se realice un chequeo general, señor Napolitano.
Cuando la comitiva abandonó la habitación, Lito quedó echando chispas. María no sabía qué decir para contenerlo ni tampoco qué lo había llevado a ese estado de nervios. Recordó las últimas palabras antes de su desmayo y juzgó que tal vez se había conmovido por el relato del niño sin brazo. No debería habérselo contado. Lito parecía insensible pero cuando de chicos se trataba… tenía un gran corazón.
—Lito… —comenzó— ¿qué te pasa?
Pero Lito estaba furibundo, no quería hablar con ella. Su mente aún no asimilaba que lo que tanto había buscado estaba al alcance de su mano, detrás de esa puerta de roble, al otro lado de la pared. Esa mujer, la que le había robado la infancia, la que se había quedado con la fortuna de su familia y lo había dejado sin padre, estaba allí. Nada era casualidad, el destino quería que él cumpliera su venganza.
Ese sitio al que había llegado sin querer y sin confiar era el lugar exacto al que debía llegar. Naiquen Battistelli estaba ahí, ella y su deforme descendencia.
Ante la sorpresa de María empezó a reír, primero suavemente, luego a carcajadas. Su esposa creyó que estaba enloqueciendo y se puso de pie, acercándose al lecho con ojos desorbitados.
—¿De qué te reís?
Pero él no respondía, no salía de su trance. En su mente ideaba el plan, tenía a su presa, debía matarla. Pero tenía que hallar el momento, buscar la ocasión, no sería fácil con tanta gente dando vueltas. Pensó en su arma oculta en el baúl del auto, debía ir por ella, hacerse de la pistola y tenerla consigo. Así como había rechazado al inicio tomar el alojamiento que le habían ofrecido, ahora iba a aprovechar esa oportunidad. Buscaría la manera de demorar su partida, fingiría malestar o invocaría a la tormenta para que anegara los caminos con lluvias y nieves.
—Lito… ¿estás bien? —María temía que su esposo cayera en la locura, que comenzara a desvariar. ¿Qué haría ella? Con un marido inútil y una niña con discapacidad… Tenía miedo.
El marido volvió en sí y la miró. Sus ojos estaban fríos, ya no navegaban en aguas descontroladas, lo cual la tranquilizó en parte.
—Estoy bien, mujer, estoy bien —de inmediato recordó su plan—, solo un poco débil, tal vez sea mejor quedarnos aquí.
—Sí, sí —presurosa le tomó las manos, estaban tibias, buena señal—. Nos quedaremos.
—Necesito que me hagas un favor.
—Lo que gustes.
—Andá al auto y traé un maletín que está en el baúl, al fondo, debajo de unas lonas. Hacelo con cuidado.
Ella sabía que allí guardaba sus armas, conocía algunos de sus trucos. ¿Para qué querría un arma allí? Temió preguntar y prefirió continuar en la ignorancia, como siempre.
—Pero es de noche, está muy oscuro afuera.
—¿Ya están todos durmiendo?
—No, no cenamos aún, pero…
—Entonces andá —ordenó sin contemplación—. Y decile al francés que nos quedaremos.
María obedeció sin chistar y salió del cuarto en silencio. Luego de conversar con Naiquen, que estaba preocupada por ella y por su esposo, inventó una excusa para ir hasta el auto. Mathieu se ofreció a acompañarla y no pudo evitarlo.
—Pueden quedarse aquí el tiempo que sea —dijo sin percatarse que ella comprendía poco y nada de lo que le decía.
Después de cenar, la familia en el comedor y el convaleciente huésped en el cuarto junto a su mujer, todos se acostaron a descansar.
Lito ocultó el arma debajo del colchón, debía tenerla a mano para cuando encontrase la ocasión. “Mañana será un gran día”, pensó. Los observaría, calcularía sus rutinas, esperaría con paciencia el momento exacto, y cuando menos lo esperaran, cuando no lo vieran venir, le caería encima a Naiquen Battistelli.