Bryce apenas se había sentado a trabajar frente al escritorio cuando sonó su teléfono. Al reconocer el número en el identificador de llamadas, hizo una mueca.

—Cormac. ¿A qué le debo este placer?

—Necesito que me acompañes a un almuerzo formal.

—Aquí, en el mundo real, decimos “Te invito a comer”.

Una pausa de parte de Cormac. Luego Bryce sonrió. El príncipe de Avallen respondió con seriedad:

—Es un almuerzo formal en la casa de lord Hawthorne. Me acaban de informar que debes asistir conmigo.

Bryce se enderezó.

—¿Quién te informó?

—Mi padre.

Fue el turno de Bryce de hacer una pausa.

—¿Qué dijo mi padre sobre esto?

—Nada. No está invitado —respondió Cormac. Al menos eso era algo bueno—. Los Hawthorne y los Donnall tienen muchas generaciones de estar relacionados. Esto es sólo entre nuestras familias. Y como tú supuestamente estás a punto de formar parte de la mía… —Bryce podía notar el desdén en su voz—. Se espera que tú también asistas.

Ella dudó si debería negarse o no, pero… miró su escritorio, su oficina diminuta. Tan contrastante con las fuerzas que se agitaban a su alrededor. Con toda su vida. Aceptaría cualquier distractor que le propusieran, aunque implicara tener que convivir con las hadas.

—¿Tengo que vestirme elegante?

Media hora después, Bryce estaba junto a Cormac, lista para entrar a la villa opulenta en el corazón de CiRo. Esta villa estaba apenas a dos cuadras de la casa de su padre y era prácticamente idéntica: mármol de tonos claros, naranjos y olivos, macizos de lavanda meciéndose en la brisa, fuentes color aguamarina centelleando bajo el sol… todo exclamaba dinero a los cuatro vientos.

Era difícil creer que Flynn hubiera crecido en este lugar. Un mayordomo de aspecto estirado los condujo a través de pasillos relucientes, tan inmaculados e impersonales como si fueran de un museo. No había televisiones en las paredes ni sistemas de audio; más allá de la ocasional luzprístina, no había ninguna indicación de que la mansión existía en este siglo.

Pero Cormac tenía las cejas muy arqueadas. Estaba impresionado.

Mientras el mayordomo avanzaba frente a ellos, Bryce le murmuró al príncipe:

—No debería sorprenderme saber que esto es lo que te gusta. La vida antitecnología en su máximo esplendor —hizo un ademán hacia una puerta de madera cerrada al lado—. Los calabozos están por allá. Si te apuras, tal vez consigas buen lugar para ver los azotes de las dos de la tarde.

Cormac la vio de reojo con un gesto fulminante y respondió en voz baja también:

—Te sugiero que controles ese humor irreverente antes de que entremos al comedor. Estás aquí como representante de tu linaje… y de nuestra gente.

Bryce levantó la vista hacia las cornisas ornamentadas y le suplicó en silencio a Cthona que le concediera fuerza.

Unas voces suaves llegaron revoloteando por el pasillo y luego el mayordomo entró por las puertas abiertas hacia el comedor.

Bryce se tensó un instante al escuchar las voces. No sólo había hadas esperándola en esa habitación. Eran la nobleza de las hadas.

Bajó la vista para revisar su vestido blanco de encaje y sus sandalias doradas. Todo estaba limpio. No había arrugas ni tierra. Se había cambiado y agradeció haber dejado esa ropa en la oficina por si se ofrecía para una junta importante.

—Te ves bien —murmuró Cormac sin voltear a verla.

—Me importa un carajo —le siseó de regreso. Pero… era la gente de su padre. Que nunca se había enterado de que ella era la hija del Rey del Otoño hasta la primavera pasada, pero… había visto sus miradas en las calles desde entonces. Nunca olvidaría cómo cerraron sus villas, esta villa, cuando atacaron los demonios y dejaron fuera a toda la gente que huía en las calles. ¿Cuántos habían muerto en la acera justo detrás de estas puertas, suplicando misericordia?

Cuando el mayordomo los anunció ante la multitud reunida en el comedor, mientras recitaba los diez nombres reales y títulos de Cormac, Bryce sacó su teléfono y abrió la información de contacto de Hunt.

O la que decía Hunt hasta hoy en la mañana. Ahora el contacto estaba guardado como: Hunt, a quien me quiero tirar en este instante.

Se tragó la risa. ¿Cuándo lo había cambiado? Aunque, después de ese beso en el callejón el día anterior, no podía salvo opinar lo mismo. Rápidamente escribió un mensaje.

No vas a adivinar dónde estoy. Buen nombre de contacto, por cierto. Fiel a la realidad.

—Guarda eso —le ordenó Cormac en voz baja mientras el mayordomo terminaba su gran presentación—. Es de mala educación.

Bryce revisó su teléfono una vez más. Hunt había respondido.

En una reunión. Te llamo en una hora.

Ella le contestó con un ¡Ok! antes de silenciar su teléfono y volverlo a meter a su bolso con una mirada molesta a Cormac.

El mayordomo se hizo a un lado y les indicó que avanzaran. Bryce inhaló para prepararse y entró en la habitación larga y luminosa que daba a un jardín trasero. Cormac puso la mano en su espalda y la guió al interior y ella consideró si debería apartarlo de un manotazo.

Toda la gente en el comedor se quedó viéndola. Nadie le sonrió.

Bien. Ella tampoco se molestó con sonreírles de regreso.

Cormac la empujó ligeramente hacia adelante y se acercaron a un hombre hada alto y apuesto que era igual a Flynn. Un poco mayor, pero prácticamente idéntico, desde el cabello castaño hasta los ojos verdes. Lord Hawthorne. Ella no pudo evitar admirar su traje ajustado color carbón, aunque se odió por hacerlo. Al lado de él estaba una mujer hada delgada y rubia con un vestido blanco ceñido. Tenía el rostro angosto y los ojos fríos. Lady Hawthorne.

Flynn, que los dioses lo bendijeran, estaba junto a los ventanales de piso a techo que veían hacia los macizos de lavanda y bebía una copa de champaña. Nunca lo había visto vestido de traje, pero… Bueno, ¿debería sorprenderle después de tantas cosas insólitas que parecían estar sucediendo últimamente?

Bryce y Cormac se detuvieron frente a sus anfitriones. Lord y lady Hawthorne inclinaron la cabeza.

Bryce intentó no parpadear. Cierto. Ella era… una princesa. Al menos lo era, aunque aún no oficialmente, y estaba comprometida con un príncipe verdadero.

Que Solas la rostizara viva.

Lord Hawthorne estudió cuidadosamente a Bryce y el repudio llenó su mirada, pero no dijo nada. La multitud seguía viéndolos fijamente. No hacía falta confirmar que muchos estaban sonriendo con desdén al presenciar la frialdad de esa recepción.

—Me parece que el término que estás buscando es Su Alteza —dijo el Flynn más joven. Avanzó con actitud engreída hacia ellos y le entregó la copa de champaña a un mesero en el camino. Las palabras y los pasos de Flynn activaron la conversación y el movimiento en el grupo de unas veintitantas personas y, aunque parecían estar distraídos, Bryce sabía que todas las miradas y todos los oídos continuaban fijos en ellos.

A Flynn no pareció importarle un comino y llegó al otro lado de Bryce a besarle la mejilla.

—Hola, B.

La madre inhaló alarmada. Ya fuera por la descarada muestra de afecto o porque su precioso retoño se dignara a tocar a esa basura.

Tal vez Flynn lo había hecho por ambos motivos. Que el corazón de Bryce se suavizara un poco con el amigo de su hermano no era algo que sucediera todos los días, pero no pudo evitar sentir una oleada de gratitud.

Sin embargo, Cormac le enseñó los dientes.

—Lord Tristan.

El saludo fue una advertencia. Aléjate de una puta vez.

Flynn hizo lo opuesto. Eran aliados en esta habitación llena de víboras.

Así que Bryce les dijo a los padres de Flynn con una sonrisa apretada:

—Gusto en verlos.

La madre de Flynn simplemente recorrió a Bryce con esa mirada de desdén helado. El padre no ocultó su expresión molesta.

Cormac interrumpió el rígido silencio.

—Gracias por organizar este almuerzo. Es un honor.

—Con gusto —respondió la madre de Flynn y cambió su actitud de distanciamiento frígido a sonrisas al mirar al príncipe—. Fue idea de nuestra encantadora Sathia. Es tan considerada.

Flynn resopló al escuchar la mención de su hermana menor y se ganó una mirada de advertencia de su padre.

Tal vez se veían similares en cuerpo y rostro, pero los dos hombres no podían ser más distintos. Según los rumores, los jardines espectaculares de la casa eran resultado de la magia de tierra del mayor de los lords Hawthorne, pero cómo un hombre de corazón tan endurecido podía producir cosas tan hermosas era algo que a Bryce le resultaba incomprensible.

Cormac inclinó la cabeza y miró alrededor de la habitación hasta que encontró al hada pequeña y de cabello oscuro que era el centro de atención entre un grupo de hombres hada. Y estaba disfrutando cada segundo, a juzgar por la sonrisa afectada en su rostro hermoso en forma de corazón.

—Sathia nunca desperdicia la oportunidad de buscar pretendientes —dijo Flynn alegremente y su madre volvió a mirarlo con molestia e irritación—. Tal vez corra con suerte en esta ocasión y al fin muerda el anzuelo algún pobre incauto.

—Te recuerdo que debes comportarte —le gruñó su padre.

Bryce se había enterado de suficientes cosas a lo largo de los años como para saber que Lord Hawthorne, aunque nunca había estado en el Aux, era un guerrero altamente entrenado. Al notar su espalda ancha y la amenaza de su gruñido, no le cabía duda.

Bryce miró a Flynn con comprensión.

Pero fue Cormac quien respondió con cortesía insulsa:

—Iré a saludarla. Hace mucho tiempo que no nos vemos.

La madre de Flynn sonrió ampliamente, casi salivando, pero luego vio a Bryce, que le sonreía burlonamente y la reprobación fría brilló en sus ojos. Muy bien, pues.

Bryce tomó a Flynn del brazo y le anunció a Cormac:

—Tú ve a saludar. Yo tengo unas cuantas cosas que discutir con Flynn.

Cormac le lanzó una mirada de advertencia e intentó decirle que ella estaba ahí para corroborar el engaño de su compromiso, no para ser antisocial, pero ella ya había emprendido una veloz retirada con Flynn hacia las ventanas.

Flynn tomó dos copas de champaña de un mesero que pasaba al lado y le dio una a Bryce. Ella dio un sorbo. Uf, habían sacado de la fina para esta reunión.

Bryce se detuvo frente a los ventanales de piso a techo y examinó la habitación antes de decirle a Flynn:

—Tu mamá es un verdadero encanto, ¿eh?

Los demás invitados los observaban desde el otro extremo del lugar, pero no se acercaron. Bryce los ignoró a todos.

Flynn dio un trago de su copa.

—Está enojada porque tú conseguiste a Cormac antes de que mi hermana pudiera enterrarle las garras. Siempre pensó que Sathia sería una princesa. Sathia también.

—¿Y qué hay de Ruhn?

Flynn la miró con un gesto que casi se podría equiparar con los de su madre.

—Los buenos amigos nunca permiten que sus amigos se casen con hijas de puta.

Bryce rio.

—¿Así de mal está tu hermana?

—Me he asegurado de que Ruhn esté muy consciente de lo que quiere Sathia —dijo Flynn y se encogió de hombros—. Para ser sinceros, Sathia no es tan mala. Sobrevive como puede, supongo. Y no puedo culparla por su ambición. Al menos ella sabe qué quiere de la vida.

Bryce decidió no preguntarle a Flynn si él sabía qué quería para su vida.

—¿Por qué quiere siquiera ser princesa? Tiene suficiente poder y dinero.

Agregar un título sería ganancia, sí, pero también implicaría mucho más trabajo y responsabilidades.

—No lo sé. Nunca le he preguntado. Tal vez le gustan las coronas brillantes —Flynn dio otro trago a su champaña—. Me sorprende que le hayas permitido al Príncipe de los Patanes que te arrastrara hasta acá.

—Es parte del trato. Conservar las apariencias y esas cosas.

Flynn rio con un resoplido.

—Sí. Igual.

Flynn tal vez habría adoptado el rol de playboy, pero había ciertas responsabilidades de las cuales ni siquiera él podía alejarse. Bryce miró su rostro cuidadosamente neutral, el aburrimiento que buscaba transmitir. ¿Quién era el hombre debajo de todo eso? ¿Debajo de las fiestas y la irreverencia?

Ella arqueó la ceja:

—¿En realidad odias todo esto, verdad?

Él abrió los ojos.

—¿Por qué te sorprende?

Bryce se encogió de hombros.

—No lo sé. Siento que te debo una disculpa por no haberme dado cuenta antes.

Él le guiñó el ojo. Pero su diversión desapareció cuando dijo en voz un poco más baja:

—Por eso nos hicimos amigos Ruhn y yo, ¿sabes? Porque los dos odiamos esta mierda. Siempre la hemos odiado, desde niños.

—¿Y qué hay de Dec?

—Su familia es rica, pero no son de la nobleza. No están en estos círculos. Y Dec tuvo una infancia normal por eso —lanzó una risa suave—. ¿Por qué crees que es el mejor adaptado de los tres? Él sí les importa a sus padres.

Nunca habían tenido una conversación tan personal. Flynn continuó:

—Entonces Ruhn y yo, y Dec, hicimos nuestra propia familia —profirió otro guiño—. Y ahora tú eres parte de ella.

—Me conmueves. De verdad.

Él se acercó para susurrarle al oído con aliento a champaña:

—Si algún día quieres comparar a las hadas contra los ángeles, búscame, B. No muerdo. A menos que lo pidas bonito.

Ella se alejó bruscamente.

—Llévate tu mierda autodestructiva a otra parte.

Él rio, pero la diversión no se veía reflejada en su mirada. Ella sabía que no lo había dicho en serio. Sabía que él se sentía atrapado y molesto de tener que estar ahí y estaba buscando provocar de cualquier manera que pudiera.

Y, dicho y hecho, su madre lo llamó al sitio donde platicaba con una mujer hada pálida y de aspecto tímido. Flynn gimió en voz baja.

—El deber me llama.

Se terminó su copa de champaña y no se despidió antes de dirigirse hacia su madre. La chica se sonrojó ante lo que él le dijo con esa sonrisa traviesa y agachó la cabeza mientras le respondía.

Bryce rio. Buena suerte para ella. Y para Flynn.

—¿Día pesado, eh? —le preguntó Hunt dos horas después cuando se sentó en el taburete a su lado en el gastropub de la calle Archer.

Bryce le mostró su taza de espresso en una mano y su vaso de whisky en la otra.

—No podía decidir qué necesitaba más: algo para entumecer mi alma o algo para despertarme de ese funeral de almuerzo formal.

Hunt rio y su ala le rozó el brazo desnudo con calidez despreocupada. Bryce no pudo contener el estremecimiento que sintió en la piel ante su contacto.

—¿Así de mal estuvo? —preguntó él.

Ella se bebió el espresso de un trago y Hunt le pidió un café al cantinero.

—Pasar tiempo en una habitación llena de gente que me odia no es mi idea de una tarde divertida.

Él apoyó los brazos en la barra de mármol negro.

—Sí, conozco la sensación.

Era cierto. Si alguien la entendía, era Hunt. Bryce se recargó en su hombro y suspiró profundamente.

—¿Soy patética por permitir que ellos me afecten?

Hunt se alejó para examinar su rostro. Ella no retrocedió frente a la expresión inquisitiva del ángel.

—Estás hablando con alguien que recientemente fue encerrado en las celdas del Comitium por golpear a un fulano que me sigue afectando siglos después de repetirme a mí mismo que debo ignorarlo. Así que, si tú eres patética, yo soy un puto perdedor de pacotilla.

Ella rio y volvió a recargarse en él.

—Tú eres mi persona favorita.

—Igualmente, Quinlan.

La abrazó y Bryce saboreó su fuerza inalterable. No era una fortaleza que la dominara sino un complemento de la de ella, que la apoyaba y la ayudaba a florecer. Era difícil no agradecerle a Urd todos y cada uno de los días por haber puesto a Hunt en su camino.

Se quedaron ahí sentados hasta que el cantinero le llevó el café a Hunt y él quitó el brazo para dar un sorbo a la bebida caliente. Bryce lo observó y notó la ligera tensión en sus hombros, en sus alas. Preguntó con cautela:

—¿Qué tipo de reuniones tuviste hoy?

Sí, sus alas se movieron ante la pregunta.

—Puto perdedor de pacotilla, ¿recuerdas?

—Pollux, ¿entonces?

—Sí —un músculo de la mejilla de Hunt se movió involuntariamente—. Hubo una reunión de personal con Celestina. Pollux estaba… siendo Pollux. Intentando provocarme. Y a Isaiah y a Naomi. Pero principalmente a mí.

—No me sorprende que hayas volado hacia acá tan rápido cuando te dije que nos viéramos.

Hunt le sonrió a medias.

—Oh, para nada. Vine para ver si me tocaba un encuentrito en el baño.

Bryce rio.

—Yo me apunto para eso también, Athalar.

El calor se encendió en sus ojos oscuros.

—¿Ah, sí? —preguntó él y dejó su café sobre la barra.

Algo en la parte baja del vientre de Bryce se apretó en respuesta. Pasó el dedo sobre la barra.

—Después de ese almuerzo, necesito un poco de… desahogo.

Él miró el movimiento de su dedo sobre el mármol y su voz se hizo una octava más grave cuando dijo:

—Sólo tengo diez minutos antes de tener que regresar al Comitium.

—Estoy segura de que podemos encontrar algo para mantenernos ocupados —ronroneó ella disfrutando el deseo crudo de su mirada.

—Entonces ve al baño, Quinlan —dijo él con un gruñido que le arrastró los dedos por la piel—. Yo voy detrás de ti.

Ella se bajó del taburete de un salto y ya sentía la humedad entre sus muslos. Le murmuró a Hunt al oído:

—Ahí es exactamente donde te quiero, Athalar.

Un suave gruñido de necesidad pura le respondió, pero Bryce ya iba en dirección al baño al fondo del restaurante. Ella sabía que él tenía la mirada en ella y quizás movió un poco más la cadera. Podría jurar que unos relámpagos le recorrieron el cuerpo en respuesta… como una promesa sensual.

El baño de un solo cubículo se podía cerrar con llave, que era lo único que ella necesitaba, y Bryce cerró la puerta a sus espaldas con el corazón acelerado.

Se lavó las manos para tener algo que hacer y al verse en el espejo notó sus ojos oscuros por el deseo, sus mejillas sonrojadas. Una mujer a punto de obtener lo que necesitaba.

La puerta se abrió y se cerró y el sonido del movimiento de las alas llenó el pequeño cuarto. Bryce vio en el espejo cómo Hunt cerraba con llave y luego miraba su trasero y decía:

—Ese vestido debería ser ilegal.

Ella lo miró por encima del hombro y apoyó las manos en el lavabo.

—¿Por qué no vienes y lo confiscas?

Una sonrisa oscura cruzó los labios de Hunt y se acercó lentamente. Ella no pudo evitar notar su dureza, que presionaba contra el frente de su traje de batalla. Sólo verlo hizo que se mojara más.

Hunt se detuvo justo detrás de ella y bajó la boca hacia su cuello.

—¿Ya lista tan rápido? —murmuró contra su piel y olfateó delicadamente. Percibiendo su excitación.

Bryce presionó las nalgas contra el frente del cuerpo del ángel y le extrajo un siseo cuando dijo:

—Podría preguntarte lo mismo.

—Hmm —dijo él y la besó bajo la oreja—. Creo que necesito confirmación —bajó las manos hacia sus muslos—. ¿Puedo?

Bryce abrió las piernas.

—Adelante, confirma.

Él le rozó el lóbulo de la oreja con los dientes y tiró un poco antes de meter la mano debajo de su vestido.

Sí, con un carajo, . Sus dedos recorrieron los muslos desnudos y empezaron a subir. Ella se arqueó ligeramente contra él, conteniendo la respiración.

Él le mordisqueó la oreja y apretó más sus dientes cuando sus dedos llegaron a la parte delantera de su ropa interior. Volvió a sisear al percibir la humedad.

—Por Solas, Quinlan.

Bryce sólo pudo gemir con un jadeo. Hunt le dio gusto presionando ligeramente y recorriendo la forma de su sexo. Ella se mordió el labio y se contuvo antes de suplicarle que desgarrara su tanga de encaje.

—Voy a necesitar más de diez minutos —dijo Hunt con voz densa mientras sus dedos recorrían y hacían círculos—. Voy a necesitar varios putos días para explorarte —volvió a besarle el cuello—. Semanas —otro beso—. Meses.

Ella volvió a gemir al escucharlo y él presionó su clítoris con fuerza. Incluso así, incluso sobre la ropa interior, él estaba a unos cuantos movimientos de hacerla venirse. El maldito lo sabía, además, y le dijo contra la piel caliente del cuello:

—¿Un poquito tensa?

Ella volvió a presionarse contra él, frotando su cuerpo contra la dureza considerable. Su gemido en respuesta la acercó más al límite.

Él jugueteó con el resorte de su ropa interior, un gato jugando con su comida. Probablemente no haría nada más hasta que ella se lo dijera, le suplicara y…

La puerta sonó.

Bryce se quedó congelada, procesando el deseo que le recorría el cuerpo y lo que el movimiento de la puerta significaba. Alguien estaba intentando entrar. Alguien que podría tomar fotografías e informar que ella y Hunt habían salido juntos de un baño. Cuando se suponía que estaba comprometida con Cormac… cuando acababa de estar en un almuerzo con Cormac como su prometida.

—Mierda —murmuró Hunt y retiró sus manos.

Bryce sólo gritó:

—¡Ocupado!

Hunt gruñó divertido.

Por supuesto, no había ventanas para que uno de ellos saliera.

—¿Qué hacemos? —preguntó Bryce mientras daba unos pasos por el baño.

—Observa y aprende, Quinlan.

Él abrió un pequeño bolsillo de su traje y sacó una venda.

—Brazo —dijo y ella extendió la mano hacia él.

Él le envolvió el antebrazo y fijó el vendaje. Luego abrió un paquete de ungüento antiséptico y una poción sanadora. Echó ambos por el lavabo y sus olores dulces y estériles llenaron el aire. Luego lanzó los restos a la basura sobre las toallas de papel.

Para cuando Hunt abrió la puerta, Bryce ya estaba participando del engaño y sostenía su brazo «herido» cerca del pecho.

—Sólo no te quites el vendaje al menos durante una hora —le estaba diciendo Hunt cuando salió hacia el pasillo y vio al sátiro que esperaba entrar al baño—. La poción deberá haber curado la laceración para entonces.

Bryce miró al sátiro y le ofreció una sonrisa abatida.

—Qué torpe. No me va a perdonar esto nunca.

El sátiro sólo le sonrió ligeramente y luego entró al baño. Su inhalación le confirmó a ella que había olfateado los olores fuertes de antiséptico y poción sanadora. Que no sólo eran «pruebas» de la emergencia médica, sino que también habían eliminado los olores de su excitación.

Cuando el sátiro cerró la puerta, Bryce miró a Hunt y lo vio observándola aún con la flama oscura del deseo en sus ojos.

—Nos vemos en casa en la noche —dijo en voz baja. Luego se acercó para susurrarle al oído—: Tal vez juegue al medibrujo y atienda tu «herida».

Ella se mordió el labio inferior. Pero antes de poder contestar, Hunt ya había salido del restaurante. La gente le abría el paso y luego saltó hacia los cielos.

Bryce no se dio cuenta, hasta que iba subiendo los escalones hacia los archivos, que todavía estaba sonriendo. Que todos los pensamientos sobre el almuerzo se habían desvanecido.

Hunt había hecho eso por ella. Nunca dejaría de agradecérselo… de agradecer tenerlo a él. El corazón de Bryce se encogió y algo más brillante que la luzastral le llenó las venas.

Permaneció brillando en su interior, resplandeciente y secreto, el resto del día.