Dos viejos amigos volvieron a encontrarse.
Uno, apesadumbrado, explicó al otro que estaba al filo de la desesperación.
«¿Por qué?», le interrogó el amigo.
«Mis pérdidas han sido de diez onzas de oro y los banqueros no están dispuestos a seguir avalándome...»
«A mí, en cambio —le expuso el amigo—, los bancos me conceden crédito tras crédito.»
El hombre que se consideraba en la ruina miró con envidia al afortunado y repuso:
«La suerte, sin duda, está de tu lado. Tus ganancias tienen que ser cuantiosas...».
Pero el amigo le salió al paso:
«No, al contrario. Mis pérdidas han sido de mil onzas de oro».