LA CONFESIÓN COMPLETA DE HENRY JEKYLL

 

 

Nací el año 18…, heredero de una gran fortuna y dotado además de una salud excelente, con una inclinación natural por el trabajo, y respetado por los mejores y más sabios de mis conciudadanos, y, por tanto, como puede suponerse, con un porvenir honroso y distinguido garantizado. De hecho, el peor de mis defectos era cierta disposición alegre e impaciente, como la que ha hecho felices a muchos, pero difícil de conciliar con mi imperioso deseo de llevar la cabeza bien alta y exhibir un semblante más serio que los demás. De ahí que empezara a ocultar mis satisfacciones y que, cuando llegué a la edad de la reflexión, y empecé a hacer recuento de mi progreso y situación en el mundo, estuviera condenado ya a una profunda duplicidad. Muchos hombres se habrían jactado de las irregularidades de las que yo era culpable, pero, desde la altura de los ideales que me había fijado, yo las veía y ocultaba con una sensación de vergüenza casi morbosa. Fue por tanto la naturaleza exigente de mis aspiraciones y no una particular degradación de mis defectos lo que me convirtió en lo que era y lo que separó en mí, con una zanja más profunda que en la mayoría de las personas, esas dos regiones del bien y el mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre. En este caso, me empujó a reflexionar seria e inveteradamente sobre esa inflexible ley de vida, que yace en la raíz de todas las religiones y es una de las mayores fuentes de pesar. Que tuviera dos caras no quiere decir que fuese un hipócrita, mis dos facetas eran igual de sinceras: no era menos yo cuando me saltaba todas las barreras y me sumía en la vergüenza que cuando trabajaba a pleno día en pro del conocimiento o el alivio del mal y el sufrimiento. Y dio la casualidad que la dirección de mis estudios científicos, que llevaba directamente a lo místico y lo trascendental, reaccionó y vertió luz sobre esa eterna lucha entre mis componentes. Cada día que pasaba, ambas partes de mi inteligencia, la moral y la intelectual, se iban acercando más a esa verdad cuyo parcial descubrimiento me ha llevado a esta desastrosa destrucción: que el hombre en realidad no es uno, sino dos. Y digo dos, porque mis conocimientos no van más allá de ese punto. Otros vendrán que irán más lejos, y me atrevo a aventurar que acabará teniéndose al hombre por una mera comunidad de ciudadanos múltiples, independientes y heterogéneos. Por mi parte, la naturaleza de mi vida me empujaba de modo infalible en una única dirección. Y fue en mi propia persona, y en el ámbito de lo moral, donde reparé en la completa y primitiva dualidad del hombre y comprendí que, de las dos naturalezas que pugnaban en mi conciencia, si podía decirse con razón que una de ellas era la mía, era precisamente porque, en el fondo, lo eran las dos; y, desde muy pronto, antes incluso de que el curso de mis descubrimientos científicos hubiera empezado a sugerir la posibilidad de semejante milagro, me acostumbré a acariciar la idea de separar dichos elementos. Si cada uno de ellos, pensaba yo, pudiera alojarse en una identidad diferente, eliminaríamos todo lo que es insoportable en esta vida: el injusto seguiría su camino liberado de las aspiraciones y remordimientos de su alma gemela, y el justo podría recorrer con paso firme su camino de perfección, dedicado a las buenas obras que tanto le deleitan, sin estar expuesto a la deshonra y la penitencia que le impone un mal ajeno a él. Que dos seres tan antagónicos estuvieran unidos, y que los dos gemelos irreconciliables estuviesen condenados a librar una lucha sin cuartel en el seno de una agónica conciencia era una maldición para la humanidad. Pero ¿cómo disociarlos?

Había llegado a ese punto en mis reflexiones, cuando, como llevo dicho, una luz indirecta empezó a iluminar el problema sobre la mesa de laboratorio. Empecé a reparar más claramente de lo que se ha insinuado jamás en la trémula inmaterialidad y la temporalidad casi borrosa de este cuerpo aparentemente sólido por el que estamos revestidos. Descubrí ciertos agentes capaces de sacudir y arrancar esa vestidura carnal, igual que el viento aparta las cortinas de un pabellón. Por dos buenas razones no detallaré los aspectos científicos de mi confesión. En primer lugar, porque he comprendido que la maldición y la carga de nuestra vida está atada para siempre a nuestros hombros, y cuando se intenta soltarla, lo único que se consigue es que vuelva a nosotros con un peso aún más terrible. Y en segundo, porque, tal como, ¡ay!, demostrará sobradamente mi relato, mis descubrimientos fueron solo incompletos. Baste pues con decir que no solo comprendí que mi cuerpo es una mera aura y fulgor de los poderes que componen mi espíritu, sino que me las arreglé para preparar una droga mediante la cual se podía destronar a esos poderes y sustituir esa forma y esa apariencia por otra no menos natural para mí, puesto que era la expresión y llevaba el sello de los elementos más bajos de mi alma.

Dudé mucho tiempo antes de poner a prueba mi teoría. Sabía bien que corría un riesgo mortal, pues una droga capaz de controlar y sacudir los cimientos de la mismísima fortaleza de la identidad podía, en caso de sobredosis o del más mínimo error en la administración, borrar para siempre ese tabernáculo inmaterial que yo pretendía cambiar. Pero la tentación de llevar a cabo un descubrimiento tan insólito y profundo terminó por imponerse a mis temores. Hacía mucho que había preparado mi tintura; compré en un almacén de farmacia una gran cantidad de cierta sal que, por mis experimentos, sabía que era el último ingrediente requerido, y una noche maldita, mezclé ambos compuestos, los observé hervir y humear en la probeta, y cuando concluyó la ebullición, me bebí la pócima en un arranque de valor.

Enseguida sentí unos dolores terribles: los huesos me crujían, sentía una náusea mortal y un terror del alma que no podrían superarse ni en la hora del nacimiento ni en la de la muerte. Luego mis sufrimientos empezaron a calmarse de pronto, y volví en mí, como quien se recupera de una grave enfermedad. Noté algo extraño en mis sensaciones, algo nuevo e indescriptible que, debido precisamente a la novedad, resultaba increíblemente placentero. Me sentía más joven, más ligero y más cómodo en mi cuerpo, y en mi interior notaba una electrizante osadía, una corriente de imágenes sensuales y desordenadas que pasaba por mi imaginación como el agua por un molino, una disolución de los lazos del deber y una desconocida aunque culpable liberación del alma. Nada más degustar esta nueva vida, supe que era más malvado, diez veces más malvado, y un esclavo de mi mal originario, y, en ese momento, la idea me animó y embriagó como el vino. Estiré los brazos, extasiado por la frescura de aquellas sensaciones, y al hacerlo comprendí que había perdido estatura.

En esos días no había espejo en mi habitación; el que tengo ahora a mi lado mientras escribo lo mandé traer más tarde precisamente para asistir a estas transformaciones. No obstante, a pesar de que la noche estaba muy metida ya en la madrugada —y la madrugada, por negra que fuese, estaba casi a punto de engendrar el día—, los criados estaban sumidos en las horas de sueño más profundo, y, entusiasmado como estaba por la esperanza y el triunfo, decidí aventurarme en mi nueva forma hasta mi dormitorio. Atravesé el patio, donde las constelaciones me contemplaron desde lo alto, diríase que con asombro, pues era la primera criatura de semejante especie que les había revelado su insomne vigilancia. Me deslicé por los pasillos, convertido en un extraño en mi propia casa, y, al entrar en mi habitación, vi por primera vez el aspecto de Edward Hyde.

Debo hablar solo en teoría, y decir no lo que sé, sino lo que supongo más probable. El lado perverso de mi naturaleza, al que había dotado de corporeidad, era menos robusto y desarrollado que el lado bueno, al que acababa de destronar. Claro que, en el transcurso de mi vida, que, después de todo, había sido en sus nueve décimas partes una vida de esfuerzo, virtud y dominio de mí mismo, lo había ejercitado mucho menos y estaba menos fatigado. De ahí, supongo, que Edward Hyde fuese mucho más pequeño, ágil y joven que Henry Jekyll. Y que, igual que la bondad resplandecía en el semblante del uno, el mal estuviera claramente pintado en el rostro del otro. Por si fuera poco, el mal (que sigo considerando el lado más mortífero del hombre) había dejado una impronta de deformidad y decadencia en su cuerpo. Y, no obstante, al contemplar aquella horrible imagen en el espejo, no sentí la menor repugnancia, sino que le di la bienvenida. Aquel también era yo. Parecía humano y natural. A mis ojos era una imagen más viva del espíritu, parecía más directo y sencillo que aquel rostro imperfecto y dividido que hasta entonces había acostumbrado a llamar mío. Y en eso, sin duda, estaba en lo cierto. He observado que, cuando adoptaba la apariencia de Edward Hyde, nadie podía acercárseme por primera vez sin experimentar un evidente recelo físico. Eso, en mi opinión, se debía a que todos los seres humanos que conocemos son una mezcla del bien y el mal, mientras que Edward Hyde era el único en las filas de la humanidad que era puro mal.

Me quedé un momento delante del espejo, todavía tenía que llevar a cabo un segundo y mucho más decisivo experimento: faltaba por ver si había perdido para siempre mi identidad y debería huir antes del amanecer de una casa que había dejado de ser mía. Volví corriendo a mi gabinete, preparé y bebí la pócima y una vez más sufrí los dolores de la disolución y volví en mí con el aspecto, la estatura y el rostro de Henry Jekyll.

Esa noche había llegado a una encrucijada fatal. Si hubiese aprovechado mi descubrimiento con un espíritu más noble, si me hubiese arriesgado a hacer aquel experimento bajo el dominio de unas aspiraciones más pías y generosas, todo habría sido diferente, y de aquellas agonías de muerte y nacimiento habría surgido un ángel en lugar de un demonio. La droga carecía de discernimiento: no era ni divina ni diabólica, tan solo derribaba a voluntad las puertas de la prisión, y, como los cautivos de Filipos, quien estaba dentro salía huyendo. En ese momento mi virtud estaba adormecida, y mi maldad, a quien había despertado mi ambición, aprovechó la ocasión y acabó alumbrando a Edward Hyde. Así que, aunque ahora tenía dos personalidades y dos apariencias, una era totalmente malvada, y la otra seguía siendo el pobre Henry Jekyll, ese compuesto incongruente de cuya reforma y mejora había aprendido ya a desesperar. De modo que la tendencia fue claramente a peor.

En esa época, todavía no había superado la aversión que me producía la aridez de una vida consagrada al estudio. Todavía tenía a menudo ganas de divertirme, y, como mis placeres eran (por decirlo suavemente) indignos, y no solo era una persona conocida y bien considerada, sino que me acercaba a la edad madura, esa incoherencia de mi vida se me hacía más desagradable cada día. Por ahí fue por donde me tentó mi nuevo poder hasta convertirme en un esclavo. No tenía más que beber una copa para desembarazarme del cuerpo del famoso profesor y adoptar como un disfraz impenetrable el de Edward Hyde. La idea me hacía sonreír: me parecía graciosa e hice mis preparativos con el mayor cuidado. Alquilé y amueblé la casa en el Soho donde la policía fue a buscar a Hyde, y contraté como ama de llaves a una mujer de quien sabía que era discreta y carecía de escrúpulos. Por otro lado, anuncié a mis sirvientes que un tal señor Hyde (a quien describí) dispondría de libertad absoluta para entrar en mi casa de la plaza, y para evitar cualquier problema, incluso fui a visitarlos e hice que me conocieran con mi segundo aspecto. Luego redacté aquel testamento al que tantas objeciones pusiste, por si me ocurría algo en la persona de Henry Jekyll poder adoptar la de Edward Hyde sin sufrir ninguna pérdida pecuniaria. Y protegido, o eso suponía, por todas partes, empecé a aprovecharme de las extrañas inmunidades de mi situación.

Siempre ha habido gente que ha recurrido a los servicios de rufianes para cometer sus crímenes, mientras su propia persona y reputación estaban a cubierto. Yo he sido el primero en hacerlo por placer. He sido el primero en poder pasear a la vista de todos con cordial respetabilidad, y, en un momento, como un colegial, desprenderme de todos esos postizos y zambullirme en el mar de la libertad. Envuelto en mi manto impenetrable, la seguridad era completa. Piénsalo… ¡ni siquiera existía! No tenía más que atravesar la puerta del laboratorio, perder uno o dos segundos en mezclar e ingerir el bebedizo que siempre tenía preparado, y cualquier cosa que hubiera hecho Edward Hyde se desvanecía como el vaho del aliento en un espejo y en su lugar, ajustando tranquilamente la lámpara de su estudio, estaba un hombre que podía permitirse burlarse de cualquier sospecha: Henry Jekyll.

Los placeres que me apresuré a perseguir con mi nuevo disfraz eran, como he dicho antes, indignos, apenas podría calificarlos con mayor dureza. Pero en manos de Edward Hyde pronto empezaron a tornarse monstruosos. A mi regreso de aquellas excursiones a menudo me dominaba la sorpresa por aquella especie de depravación vicaria. Aquel demonio, que había convocado de mi propia alma y liberado para que obrase a voluntad, era un ser inherentemente maligno y malvado y cada uno de sus actos se centraba en sí mismo: bebía con bestial avidez el placer de todo tipo de tortura con tanta impasibilidad como si fuera de piedra. Henry Jekyll a menudo se espantaba de los actos de Edward Hyde, pero la situación se apartaba de las leyes ordinarias y aflojaba insidiosamente los lazos de la conciencia. Al fin y al cabo, el único culpable de todo era Hyde. Jekyll no se había vuelto peor: al despertar seguía teniendo aparentemente incólumes todas sus virtudes, incluso se apresuraba, cuando era posible, a deshacer el mal hecho por Hyde. Y así acallaba su conciencia.

No tengo intención de entrar en los detalles de las infamias a las que contribuí de aquel modo (pues incluso ahora me cuesta admitir que las cometí), tan solo quiero señalar las advertencias y los pasos sucesivos con que se anunció mi castigo. Ocurrió un incidente que, como no trajo mayores consecuencias, me limitaré a mencionar tan solo: un acto de crueldad con una niña atrajo sobre mí la cólera de un transeúnte, a quien reconocí el otro día en la persona de tu pariente; el médico y la familia de la niña no tardaron en unírsele, y hubo momentos en los que incluso temí por mi vida, así que para aplacar su justo enfado, Edward Hyde no tuvo más remedio que llevarlos a su puerta y pagarles con un cheque a nombre de Henry Jekyll. No obstante conjuré fácilmente aquel peligro para el futuro, abriendo una cuenta en otro banco a nombre del propio Edward Hyde, y una vez que doté a mi doble de una firma después de aprender a inclinar la letra hacia atrás, me creí fuera del alcance de las garras del destino.

Unos dos meses antes del asesinato de sir Danvers, volví muy tarde de una de mis correrías, y, al día siguiente, me desperté presa de una sensación muy extraña. En vano miré a mi alrededor, en vano contemplé los elegantes muebles y las grandes proporciones de mi habitación, en vano reconocí el dibujo de las cortinas y mi cama de caoba: algo seguía diciéndome que no estaba donde creía estar, que no había despertado donde imaginaba, sino en la pequeña habitación del Soho donde acostumbraba a dormir bajo la forma de Edward Hyde. Esbocé una sonrisa y, haciendo gala de mi extraña psicología, empecé a preguntarme perezosamente por los elementos de aquella ilusión, mientras me sumía a ratos en un agradable sueño matutino. Todavía estaba dándole vueltas al asunto cuando, en un momento de lucidez, me fijé en mi mano. La mano de Henry Jekyll (como tú mismo me has dicho a menudo) era una mano profesional tanto en su forma como en su tamaño: grande, firme, blanca y elegante. En cambio la mano que vi con total claridad a la luz amarillenta de una mañana en el centro de Londres, medio tapada por la ropa de cama, era delgada, nervuda y nudosa, de una velada palidez y cubierta de un vello negro y espeso. Era la mano de Edward Hyde.

Debí de quedarme mirándola casi medio minuto, alelado como estaba por el asombro, antes de que despertara en mi pecho un terror tan súbito y alarmante como un golpe de platillos; salté de la cama y corrí al espejo. Al ver lo que contemplaron mis ojos, la sangre se me trocó en algo exquisitamente fino y gélido. Sí, me había acostado como Henry Jekyll y me había despertado como Edward Hyde. ¿Qué explicación tendría aquello?, me pregunté, y luego, con otro estremecimiento de terror: ¿cómo iba a ponerle remedio? La mañana estaba muy avanzada: los sirvientes estaban levantados, todas mis drogas estaban en el gabinete: un largo paseo a través de dos tramos de escaleras, el pasillo trasero, el patio y el anfiteatro anatómico, pensé horrorizado. Claro que podría taparme la cara, pero ¿de qué me serviría si no podía ocultar mi cambio de estatura? Y luego recordé, con una grata sensación de alivio, que los sirvientes estaban acostumbrados a las idas y venidas de mi segundo yo. Me vestí lo mejor que pude con ropa de mi talla, atravesé la casa, donde Bradshaw me miró atónito y retrocedió al encontrarse con el señor Hyde a esas horas y vestido de esa guisa; y, diez minutos más tarde, el doctor Jekyll había recuperado su apariencia y estaba sentado a la mesa, con el ceño fruncido, fingiendo que desayunaba.

Ciertamente no tenía mucho apetito. Aquel accidente inexplicable, aquella contradicción de toda mi experiencia previa, parecía estar trazando, igual que el dedo babilónico en el muro, las letras de mi sentencia, y empecé a pensar más seriamente que nunca en los inconvenientes y las posibilidades de mi doble existencia. Últimamente, había ejercitado y nutrido mucho aquella parte de mi ser que tenía el poder de proyectar al exterior: en los últimos tiempos me había dado la impresión de que el cuerpo de Edward Hyde había crecido en estatura, como si (cuando adoptaba esa forma) la sangre fluyera con más ímpetu, y empecé a vislumbrar el peligro de que, de seguir así mucho tiempo, el equilibrio de mi naturaleza pudiera romperse definitivamente, perdiese el poder de cambiar a voluntad y la personalidad de Edward Hyde se convirtiera irrevocablemente en la mía. El poder de la droga no siempre había sido el mismo. Una vez, al comienzo de mis experimentos, había fracasado totalmente: desde entonces, me había visto obligado más de una vez a doblarla, y, en una ocasión, corriendo un peligro mortal, a triplicarla, y esas irregularidades habían sido lo único que mitigaba mi satisfacción. Ahora, no obstante, y a la luz de lo ocurrido esa mañana, no pude sino reparar en que, si al principio lo difícil había sido librarme del cuerpo de Jekyll, gradualmente la dificultad se había transferido al otro lado. Todo parecía apuntar a que estaba perdiendo el contacto con mi yo mejor y original, y me estaba incorporando lentamente al segundo y peor.

Comprendí que tenía que escoger entre los dos. Mis dos naturalezas tenían recuerdos en común, pero todas las demás facultades estaba muy mal repartidas. Jekyll (que era una mezcla) compartía, a veces con aprensión y a veces con deleite, los placeres y aventuras de Hyde, pero Hyde solo sentía indiferencia por Jekyll, o lo recordaba como el bandolero se acuerda de la cueva de la montaña donde se oculta de sus perseguidores. Jekyll tenía algo más que un mero interés paterno y Hyde demostraba algo más que la simple indiferencia de un hijo. Unir mi suerte a la de Jekyll suponía renunciar a todos esos apetitos que tanto tiempo había deseado en secreto y en los que había empezado a deleitarme últimamente. Unirla a la de Hyde implicaba renunciar a un millar de intereses y aspiraciones y convertirme de golpe en un ser despreciable y sin amigos. La elección podría parecer desproporcionada, pero aún había que sopesar otra consideración, pues así como Jekyll seguiría consumiéndose en las brasas de la abstinencia, Hyde ni siquiera sería consciente de lo que habría perdido. Por extrañas que fuesen las circunstancias, los términos del problema eran tan viejos y vulgares como el hombre: los mismos alicientes y temores deciden el destino de muchos pecadores tentados y temblorosos, y a mí me ocurrió como a la mayoría de mi prójimo: que elegí el mejor camino y me faltaron fuerzas y voluntad para seguirlo.

Sí, preferí al médico maduro e insatisfecho, rodeado de amigos y lleno de nobles esperanzas, y me despedí para siempre de la libertad, la relativa juventud, el paso ágil, el pulso vivo y los placeres secretos de los que había disfrutado bajo el disfraz de Hyde. Puede que tuviera reparos inconscientes al tomar mi decisión, pues ni cerré la casa del Soho, ni destruí la ropa de Edward Hyde, que siguió preparada en mi gabinete. No obstante, durante dos meses fui fiel a mi determinación y llevé una vida más moderada que nunca y disfruté a cambio del placer de tener la conciencia tranquila. Sin embargo, el tiempo empezó a borrar la viveza de mis temores, se fueron acallando mis remordimientos y empezaron a torturarme las ansias y los pesares de un Hyde que se debatía por liberarse; y por fin, en un momento de debilidad, volví a preparar la fórmula y me bebí la pócima transformadora.

No creo que, cuando un alcohólico reflexiona sobre su vicio, repare, ni tan siquiera una de cada mil veces, en los peligros a los que se expone por culpa de su brutal insensibilidad física; tampoco yo, por mucho que hubiera meditado sobre mi situación, concedí la suficiente importancia a la completa insensibilidad moral y la insensata inclinación por el mal que eran los rasgos primordiales de Edward Hyde. Y, sin embargo, de ahí vino mi castigo. Mi demonio llevaba demasiado tiempo encerrado y salió rugiendo. Ya al ingerir la pócima, fui consciente de una propensión más desatada y furiosa al mal. Supongo que eso debe de haber sido lo que agitó en mi alma esa tempestad de impaciencia con la que escuché las cortesías de mi desdichada víctima. Pongo a Dios por testigo de que nadie que esté moralmente cuerdo podría cometer ese crimen por un motivo más nimio, y que le golpeé sin más motivo razonable que el que pueda tener un niño enfermo para romper un juguete. Pero me había despojado voluntariamente de todos esos instintos moderadores mediante los que, incluso el peor de nosotros, puede caminar con cierta firmeza entre las tentaciones. En mi caso, cualquier tentación, por pequeña que fuese, equivalía a la caída.

Al instante, despertó en mi seno un espíritu infernal y loco de furia. Golpeé aquel cuerpo inerte con un arrebato de júbilo, y saboreé cada golpe con placer, y, hasta que no empezó a imponerse la fatiga, no sentí, en pleno delirio, cómo me sobrecogía un escalofrío de terror. Fue como si se disipara una bruma: comprendí que mi vida estaba sentenciada y huí de la escena de aquellos horrores, a la vez exultante y asustado, satisfechas y estimuladas mis ansias de hacer el mal, y más intenso que nunca mi amor a la vida. Corrí a la casa del Soho y (para asegurarme doblemente) destruí mis papeles, luego estuve deambulando por las calles iluminadas por las farolas, presa de aquel mismo éxtasis dividido: regodeándome en mi crimen, planeando frívolamente otros para el futuro, y, al mismo tiempo, apresurándome y prestando atención por si oía los pasos del vengador. Hyde canturreaba una canción mientras componía la fórmula y, antes de beberla, brindó por el muerto. Los dolores de la transformación no habían dejado de torturarle todavía, y Henry Jekyll, con lágrimas de pesar y gratitud, ya se había hincado de rodillas y elevado los brazos a Dios. El velo de mi indulgencia se había rasgado de arriba abajo y vi pasar toda mi vida ante mis ojos: desde los días de la infancia, cuando paseaba de la mano de mi padre, a los sacrificios de mi vida profesional, para llegar, una y otra vez, con la misma apariencia de irrealidad a los terribles horrores de aquella noche. Poco faltó para que me pusiera a gritar, traté de aplacar con lágrimas la multitud de imágenes y sonidos espantosos con que me acosaba mi memoria, y, aun así, el horrendo rostro de mi iniquidad seguía escudriñando el centro de mi alma. A medida que se fueron apagando mis remordimientos, me embargó una sensación de alegría. El problema de mi conducta estaba resuelto. En adelante, Hyde se había vuelto imposible; quisiéralo o no, ahora estaba confinado a la mejor parte de mi existencia; y ¡oh, cuánto me alegraba pensarlo! ¡Con qué humildad abracé de nuevo las restricciones de la vida normal! ¡Con qué sincera renuncia cerré la puerta por la que tantas veces había entrado y salido y aplasté la llave a pisotones!

Al día siguiente llegó la noticia de que un testigo había presenciado el asesinato, de que la culpabilidad de Hyde era evidente para todos y de que la víctima era un hombre que gozaba de una elevada estimación pública. No solo había sido un crimen, sino una trágica locura. Creo que me alegré de saberlo y que celebré que mis mejores impulsos estuvieran resguardados por el miedo al patíbulo. Jekyll era ahora mi refugio: si Hyde asomaba un solo instante, las manos de todos se alzarían para atraparlo y conducirlo al cadalso.

Resolví que mi conducta futura redimiera la pasada, y puedo decir honradamente que mi resolución dio algunos buenos frutos. Tú mismo sabes con qué seriedad me esforcé por aliviar el sufrimiento ajeno y ayudar a los demás los últimos meses del año pasado, y que pasé esos días tranquilos y casi diría que feliz. Tampoco puedo decir que me fatigara esa vida benéfica e inocente. Al contrario: creo que la disfruté plenamente, aunque aún pendía sobre mí la maldición de la dualidad de mis intenciones, y, cuando se limaron los bordes de mi penitencia, mi lado inferior, tanto tiempo complacido y tan recientemente encadenado, empezó a gruñir pidiendo que lo liberaran. No es que se me pasara siquiera por la cabeza resucitar a Hyde, la sola idea bastaba para sacarme de mis casillas; no, era mi propia persona la que se sentía tentada a engañar a mi conciencia, y por fin sucumbí a los embates de la tentación como un pecador corriente y disimulado.

Todo tiene un fin, hasta la medida más amplia acaba por llenarse, y esa breve concesión a mi maldad acabó destruyendo el equilibrio de mi alma. Y, sin embargo, no me asusté: la caída me pareció natural, como una vuelta a los días de antes de que diera con mi descubrimiento. Era un día de enero claro y despejado, el suelo estaba húmedo allí donde se había fundido la escarcha, pero en el cielo no había ni una nube; y Regent’s Park estaba lleno de gorjeos invernales y perfumado con los aromas de la primavera. Me senté a tomar el sol en un banco, mientras el animal que llevaba en mi interior relamía los recuerdos de mi memoria, y mi lado espiritual, un poco adormilado, hacía promesas de subsiguiente penitencia, pero sin decidirse a actuar todavía. Después de todo, pensé, yo era igual que mi prójimo, e incluso sonreí al compararme con los demás hombres y poner junto a mi bondad la perezosa crueldad del descuido ajeno. Y en ese preciso instante de vanidad, sentí un desfallecimiento, una horrible náusea y un terrible estremecimiento. Cuando cesaron los síntomas me quedé casi sin fuerzas, pero cuando empecé a recuperarme noté un cambio en el tono de mis pensamientos, una mayor audacia, un desprecio por el peligro y una disolución de los lazos del deber. Bajé la vista: la ropa me colgaba informe sobre los miembros acortados, la mano que tenía apoyada en la rodilla era nudosa y peluda. Volvía a ser Edward Hyde. Un momento antes había gozado del respeto de todos, era rico y apreciado y en casa me esperaba una mesa con mantel; y ahora era una alimaña perseguida por todos, un hombre acosado y sin hogar, un reputado asesino, carne de horca.

Mi razón vaciló, pero no me falló por completo. Más de una vez he observado que, bajo mi segunda personalidad, mis facultades parecían más agudas y mi espíritu más flexible, así que, cuando Jekyll parecía haber sucumbido, Hyde estuvo a la altura de las circunstancias. Mis drogas estaban en una de las vitrinas de mi gabinete, ¿cómo podría llegar a ellas? Ese era el problema que (mientras me oprimía las sienes entre las manos) tenía que resolver. Había condenado la puerta del laboratorio, y, si trataba de entrar por la casa, mis propios sirvientes me conducirían al patíbulo. Comprendí que debía valerme de una mano ajena, y pensé en Lanyon. ¿Cómo ponerme en contacto con él? ¿Cómo persuadirle? Suponiendo que no me detuvieran en la calle, ¿cómo podría verle? ¿Y cómo iba yo, un visitante desconocido y desagradable, a convencer a un médico famoso de que entrara en el estudio de su colega el doctor Jekyll? Luego recordé que conservaba un rasgo de mi personalidad original: sabía escribir con mi propia letra, y, una vez se encendió esa chispa en mi imaginación, comprendí de principio a fin lo que debía hacer.

Arreglé mi ropa lo mejor que pude, tomé un cabriolé que pasaba por allí y le pedí al cochero que me llevara a un hotel de Portland Street cuyo nombre recordé por casualidad. El hombre apenas pudo disimular una sonrisa al contemplar mi atuendo (que era, de hecho, bastante cómico, por muy trágico que fuese el destino de quien lo llevaba). Hice rechinar los dientes con un gesto de furia diabólica y aquella mueca se borró de su semblante —por suerte para él, pero aún más para mí, pues de lo contrario lo habría arrancado del pescante—. Al entrar en el hotel tenía un aspecto tan torvo que los empleados se pusieron a temblar y ni siquiera osaron intercambiar una mirada en mi presencia, sino que acataron mis órdenes sin rechistar, me condujeron a una habitación y me llevaron lo necesario para escribir. Hyde, ahora que su vida corría peligro, era una criatura desconocida para mí: embargada por una rabia desmesurada, al borde del asesinato y deseoso de infligir dolor. Pero también era una criatura astuta; dominó su furia, con gran esfuerzo de la voluntad, escribió aquellas dos cartas tan cruciales, una para Lanyon y otra para Poole, y, para asegurarse de que las echaban al correo, dio instrucciones de que las enviasen por correo certificado.

Después, pasó todo el día sentado junto al fuego en la habitación, mordiéndose las uñas; allí cenó a solas con sus temores, mientras el camarero se acobardaba visiblemente cada vez que lo miraba; y de allí partió, entrada ya la noche, en un coche cerrado e hizo que lo llevaran de aquí para allá por las calles de la ciudad. Digo él…, porque no puedo decir yo. Aquel engendro del infierno no tenía nada de humano, no tenía nada en su interior salvo terror y odio. Y cuando por fin, pensando que el cochero empezaba a sospechar, se bajó del coche y se aventuró a seguir a pie, vestido con ropa mal ajustada, objeto de todas las miradas de los transeúntes nocturnos, esas dos bajas pasiones ardieron en su interior como una tempestad. Anduvo deprisa, perseguido por sus temores, murmurando para sí, escabulléndose por las calles menos frecuentadas, contando los minutos que lo separaban todavía de la medianoche. Una vez una mujer le dirigió la palabra, ofreciéndole, creo recordar, una caja de cerillas. La golpeó en la cara y ella huyó.

Cuando volví en mí en casa de Lanyon, creo que el horror de mi amigo me afectó en cierto modo: no sabría precisarlo, porque no fue más que una gota en el océano de aborrecimientos que había vivido aquellas horas. Se había producido un cambio en mi interior. Lo que me atormentaba no era ya el miedo al patíbulo, sino el horror de ser Hyde. Escuché los reproches de Lanyon como en un sueño, y como en un sueño llegué a mi propia casa y me metí en la cama. Después del agotamiento de aquel día dormí con un sueño tan profundo, que ni siquiera las pesadillas que me atormentaban lograron perturbarlo. Me desperté por la mañana intranquilo y débil, pero descansado. La bestia que dormía en mi interior seguía inspirándome miedo y odio, y, por supuesto, no había olvidado el terrible peligro que había corrido el día anterior, pero ahora volvía a estar en casa, cerca de mis drogas, y la gratitud que sentía por haberme librado resplandecía tanto en mi alma que casi rivalizaba con la luz de la esperanza.

Estaba atravesando tranquilamente el patio, después del desayuno, respirando con placer el aire fresco de la mañana, cuando me embargaron de nuevo aquellas indescriptibles sensaciones que preludiaban el cambio; apenas tuve tiempo de llegar al refugio de mi gabinete antes de estar otra vez dominado y poseído por las pasiones de Hyde. Esa vez tomé una dosis doble para volver en mí; y, ¡ay!, seis horas después, mientras estaba mirando tristemente el fuego, volvieron los dolores y tuve que volver a tomar la droga. En suma, desde ese día en adelante, solo mediante un esfuerzo casi gimnástico, y bajo el estímulo inmediato de la droga, pude exhibir el semblante de Jekyll. A cualquier hora del día o de la noche, me sobrecogía aquel premonitorio escalofrío; y, sobre todo, si me quedaba dormido, o incluso adormilado en el sillón, me despertaba siempre como Hyde. La tensión de aquella inminente amenaza y el insomnio al que yo mismo me condenaba —mucho más allá de lo que pensaba que podía resistir cualquier hombre— me convirtieron en un ser consumido y agotado por la fiebre, lánguidamente debilitado tanto de cuerpo como de espíritu, y ocupado solo en una cosa: el horror que me inspiraba mi otro yo. Pero, cuando me dormía, o cuando se pasaban los efectos de la medicina, pasaba casi sin transición (pues los dolores de la transformación se fueron haciendo cada vez menos marcados) a poseer una imaginación desbordada de imágenes terroríficas, un alma que bullía de odio injustificado, y un cuerpo que parecía incapaz de contener ninguna energía vital. El poder de Hyde daba la impresión de haber crecido a costa de la debilidad de Jekyll. Y ciertamente el odio que los dividía era ahora igual por ambas partes. En Jekyll era un puro instinto de supervivencia. Había visto la deformidad de la criatura que compartía con él algunos de los fenómenos de la conciencia y era su coheredero hasta la muerte, y, más allá de esos vínculos comunes que constituían en sí mismos la razón de su desgracia, veía a Hyde, pese a toda su vigorosa vitalidad, no solo como algo infernal, sino inorgánico. Eso era lo más asombroso: que el limo del abismo pareciera proferir gritos y voces, que el polvo amorfo gesticulase y pecara, que lo muerto y lo informe usurpara los atributos de la vida. Y, por encima de todo, que aquel horror insurgente estuviera más ligado a él que una esposa, más próximo que sus mismos ojos, que yaciera encadenado a su propia carne, donde lo oía murmurar y luchar por liberarse; y que, en cualquier momento de debilidad, o aprovechando la tranquilidad del sueño, lo venciera y desposeyera de la vida. El odio que Hyde sentía por Jekyll era de distinta naturaleza. Su miedo al patíbulo lo empujaba a cometer constantemente un suicidio temporal y a volver a su estado subordinado, como parte de otra persona; pero aborrecía aquella necesidad, odiaba el desánimo en que se había sumido Jekyll y le indignaba la aversión con que este lo consideraba. De ahí que disfrutara gastándome malas pasadas, como escribir blasfemias en mis libros con mi propia letra o quemar las cartas y el retrato de mi padre; y estoy seguro de que de no haber sido por su miedo a la muerte, hace mucho que habría buscado su propia ruina con tal de arrastrarme a mí con él. Pero su apego a la vida es extraordinario, tanto que yo, que siento náuseas y escalofríos solo de pensar en él, cuando considero la abyección y la pasión de dicho apego, y lo mucho que teme mi poder de poner fin a su vida suicidándome, en el fondo le compadezco.

El tiempo se agota, y es inútil seguir prolongando este relato: baste con decir que nadie ha sufrido tormentos semejantes, y eso que la costumbre trajo consigo…, no un alivio, pero sí una especie de endurecimiento del alma, una cierta resignación desesperada, y mi castigo podría haber durado aún muchos años, de no haber sido por una última calamidad que se ha abatido sobre mí y me ha apartado para siempre de mi propio rostro y mi naturaleza. Mis reservas de sales, que no había renovado desde el día de mi primer experimento, empezaron a disminuir. Envié a buscar un nuevo pedido, preparé la fórmula y se produjeron la ebullición y el primer cambio de color, pero no el segundo: la bebí y comprobé que carecía de eficacia. Poole te explicará cómo las he buscado en vano por todo Londres: ahora estoy convencido de que el primer envío era impuro, y que esa impureza desconocida era la que prestaba su eficacia a la pócima.

Ha pasado casi una semana y estoy concluyendo esta confesión bajo la influencia de los últimos polvos que me quedaban. Esta, pues, es la última vez que, por una especie de milagro, Henry Jekyll podrá pensar sus propios pensamientos o ver su propio rostro (¡tan tristemente cambiado!) en el espejo. Otro motivo para no demorarme en poner fin a este escrito es que, si mi relato ha escapado hasta ahora a la destrucción, ha sido solo por una combinación de extremada prudencia y buena suerte. Si los dolores del cambio me sorprendieran mientras lo escribo, Hyde lo haría pedazos, pero si pasa un rato después de terminarlo, su increíble egoísmo y su manía de circunscribirse al momento probablemente vuelvan a salvarlo de los actos de su simiesco rencor. De hecho, la perdición que se cierne sobre ambos lo ha cambiado y sometido también a él. Dentro de media hora, cuando vuelva a adoptar, esta vez para siempre, su odiada personalidad, sé que me quedaré estremecido y sollozante en mi sillón, o que seguiré escuchando con el más intenso y temeroso enajenamiento mientras paseo arriba y abajo por esta habitación (mi último refugio terrenal) por si oigo algún ruido amenazador. ¿Morirá Hyde en el patíbulo, o encontrará el valor para liberarse en el último momento? Solo Dios lo sabe, a mí me es indiferente: esta y no otra es la verdadera hora de mi muerte, y lo que haya de ocurrir después concierne ya a un hombre distinto. Y así, al dejar la pluma y sellar el sobre que contiene mi confesión, pondré fin a la vida del desdichado Henry Jekyll.