Tercera aproximación (2019)

 

 

 

 

 

Edificio del Grupo Prisa, Gran Vía, 32, Madrid, 8 de abril de 2019, 12.00. Había subido muchas veces a la planta octava, donde está la Ser, pero nunca me había bajado en la sexta, llamada la noble, la ejecutiva. Al abrirse las puertas del ascensor, descubrí que me había vestido mal y que no llevaba ni una tableta ni un ordenador. Los vaqueros, las deportivas y la camisa de cuadros por fuera del pantalón estaban bien cuando iba a hablar por la radio, uno más entre el proletariado periodístico, pero aquella cita exigía otra indumentaria. Los pasillos con moqueta, los despachos acristalados y la cortesía distante de las secretarias me lo dejaban claro. Tampoco iba bien con mi cuaderno, donde llevaba apuntados unos bocetos con mi caligrafía de colegio público: hubiera convenido llevarlos en una pantalla, como la gente que ha estudiado. Bueno, me dije, para mentirme un poco: te han invitado por tus ideas, no por tu armario ni por tu letra monstruosa.

Iba a hablar un rato en el consejo editorial de Prisa, que se reunía ese lunes al mediodía. Según me explicó su presidente, el exdirector de El País Jesús Ceberio, siempre invitaban a dos ponentes para que dieran unas pinceladas sobre los asuntos en los que debían pronunciarse los consejeros para aquilatar la línea editorial. El consejo es una mesa de notables que formula los puntos de vista que deben imperar en los medios del grupo. No es un órgano ejecutivo, sino de consulta. En vísperas de las elecciones, yo iba a hablar de cómo la España vacía se había convertido en un argumento central de la campaña y cómo podía influir tanto en el voto como en las expectativas del gobierno que saliese. Hablaba en segundo lugar, después de un economista que analizaba los programas económicos de los partidos.

Me olvidé de mi torpe aliño indumentario en cuanto entré en la sala de juntas y vi algunas caras amigas. Me senté junto a Eduardo Torres-Dulce, el fiscal cinéfilo, que llevaba un traje de ganar juicios a la mafia. La vida mejora con Torres-Dulce, un caballero amabilísimo que transmite un cariño intenso sin que se le arrugue ni un poco la camisa. Ya no quedan señores como él, que combinan una etiqueta estricta con una afabilidad abierta y sin condiciones. La gente de hoy, o mantiene la compostura, o es cariñosa, nadie sabe combinar ambas virtudes. Me sirvieron café, saludé a dos o tres conocidos y a Sol, la directora del periódico, y me presentaron a algunos consejeros cuyo nombre y cara —perdón— no retuve. Estaba ya tan relajado que ni me molesté en repasar las notas. Me sentía capaz de hablar durante horas sin mirarlas. Un minuto antes del comienzo de la reunión, las risas y los cotilleos se cortaron de golpe y todas las miradas se volvieron hacia la puerta. Había entrado Felipe González, con paso rápido, saludando tímido, estrechando un par de manos con una media sonrisa y buscando su silla. Se sentó frente a mí, un par de sitios hacia la izquierda. Como apenas tengo visión lateral por la derecha, dado que estoy casi ciego de ese ojo, él era todo mi horizonte cada vez que levantaba la cabeza. Me enfadé conmigo: por más que me esforzaba en evitarlo, me intimidaba aquel personaje. Hubiera preferido tenerlo al otro lado.

La noche anterior bromeaba con Cris, mi mujer.

—Vas a hablar ante Felipe, ¿no te pone un poco nervioso?

Me reía. ¿Nervioso, yo, por hablar en público, con las horas de vuelo que llevo?

—No —le decía—, tengo curiosidad, pero no nervios. Voy a meter sus muletillas y sus expresiones en mi discurso. Diré mucho por consiguiente, y a lo mejor se me escapa un deje sevillano al final de alguna frase.

—No tontees, Sergio.

—¿Qué me das si lo hago?

—Céntrate, que tú eres capaz de arruinarte la vida por un chiste.

Hay quien acepta las invitaciones a estos consejos como deudas cobradas con la vida y reconocimientos merecidos. Yo siempre acudo con ánimo fisgón. Me encanta colarme en esas habitaciones, como un turista del poder. Tal vez no sea esta una actitud inocente, sino una forma de protegerme, y tal vez por eso no me vista bien, para subrayar que estoy de paso y no aspiro a quedarme. Entonces ¿por qué me incomodaba tanto ser juzgado por Felipe? ¿Qué me importaba a mí lo que opinase sobre mi discurso? ¿Y qué si le parecía estúpido y se burlaba? No era mi jefe, no tenía la menor obligación de gustarle o de causarle buena impresión, aquello no era una entrevista de trabajo ni me jugaba un cargo que no tenía. ¿Por qué diablos, de pronto, quería caerle bien?

No me pasaba sólo a mí. El economista que exponía antes que yo hablaba para Felipe. Le importaban muy poco el resto de los consejeros, que estaban más pendientes de las reacciones del expresidente que de los matices de las propuestas fiscales. Esto tiene que ser magia, me dije, no es normal que tantos adultos hechos y derechos, la mayoría de los cuales lleva cuarenta años vistiendo traje y sentado a mesas de juntas como esta, sufran la ilusión de agradar a un político retirado al que muchos no votaron y del que, en frío y en otros foros, no tendrán una opinión buena.

Si dijera que parecíamos hijos ansiosos por agradar a un padre, Felipe González se reiría, y yo mismo me siento ridículo al escribirlo, como ridículo me sentía aquel mediodía, pero no hay un símil más elocuente. Felipe no ha sido una figura paterna ni para sus propios hijos, y su carisma siempre se ha expresado con otros parentescos. Ha podido ser amante, amigo, hermano, yerno e incluso el hijo que toda madre quisiera, pero casi nunca un padre. Me preguntaba si lo fue para sus ministros. ¿Se parecían los consejos de la Moncloa a esa reunión de Prisa? ¿Escuchaban las largas, matizadas y ordenadas opiniones de Felipe con esa misma devoción? ¿Se peleaban por sus atenciones, envidiaban las espaldas que palmeaba y a quienes felicitaba por su buen trabajo o su elocuencia?

Sospecho que la respuesta a todo es sí. Creo que hasta sus enemigos más hostiles se ablandarían con una caricia suya. Al lado de Felipe, quieres gustarle, es un efecto común que causan los grandes seductores. Sobre todo cuando no hay pantalla ni escenario que ponga distancia con los seducidos.

La largura del debate sobre economía, al que no prestaba atención, me permitió pensar en todo esto y fijarme bien en las maneras felipistas. Hablaba sin protocolo ni miramientos, muy lejos de esa compostura cariñosa de Torres-Dulce, sin conceder un respiro a la galantería. Abordaba los temas con frases categóricas y abusando del modo imperativo, sin esforzarse por agradar. Aquella mañana ni siquiera recurrió a ese estilo retórico que, según algunos, le enseñó Gabriel García Márquez, que consiste en contar una anécdota a partir de la cual construye una teoría general. Esa mañana, el animal político era puro argumento, sin recursos narrativos. Tal vez porque sabía que hablaba ante seducidos. Si era un padre, lo era muy antiguo, desdeñoso, monologuista, de los que no escuchan a nadie en la cena.

Tanto se alargó la parte económica, muy del interés felipista, que mi turno llegó tarde, pasada la hora del vermú. Ceberio me presentó y empecé a perorar sobre cómo había cambiado el discurso sobre la despoblación y cómo se había politizado un debate que, hasta hacía poco, era más cultural y antropológico. No llevaba ni cinco minutos de exposición cuando Felipe miró el reloj y arqueó las cejas en gesto inequívoco de qué tarde es, madre mía. Recogió sus papeles, los guardó en la cartera y se levantó como el espectador de teatro que se escabulle en el último acto para no hacer fila en el guardarropa. Perdí el hilo un momento y temí no encontrarlo. Con la boca, seguí hablando de vacíos demográficos y estrategias políticas; con la mente, maldije al Felipe que no tenía tiempo de escucharme hasta el final. Algunos consejeros lo despidieron con la mano, en silencio y, cuando llegó a la puerta, yo le dije:

—Hasta luego, Felipe.

Me devolvió el saludo con una sonrisa e hizo mutis, y yo seguí hablando sin saber por qué había dicho eso, que cayó en la mesa como un reproche poco sutil. No lo era, tan sólo me salió del cuerpo, pero sonó a despecho de ministrillo al que nadie hace caso. Me preguntaba con rabia qué había hecho mal, como si lo hubiese echado yo de la sala con mis palabras inconvenientes. En lugar de ofenderme por su desplante, me enfadaba conmigo por no haber sido capaz de retener su atención. ¿Era la camisa, las notas monstruosas del cuaderno o el estilo informal de la ponencia? O tal vez yo mismo, mi cara, mi voz, mi propia existencia. Me había delatado como intruso y me lo hacía notar. En el lado racional del cerebro, me decía que tendría prisa, que se habría hecho tarde y que él ya había perorado sobre la cuestión de la que le interesaba perorar. También me decía que la grosería era de quien se marcha, no de quien se queda, pero la otra parte del cerebro no se dejaba convencer. Aún hoy, mientras lo escribo, creo que tuve la culpa.

En la calle me esperaba un amigo con el que había quedado para almorzar. Me preguntó qué tal había ido. Mi primer impulso fue contarle que Felipe me había dejado con la palabra en la boca. En el ascensor ya había ensayado varios chistes y la forma más divertida de contarlo. Pensaba incluso imitar los andares felipistas, sigilosos, hacia la puerta. Iba armado de risas para amenizar la comida, pero, en cuanto me preguntó, me fallaron las fuerzas. La verdad —la maldita verdad que me fastidiaba tanto reconocerme— era que me avergonzaba y no tenía aún ganas de bromear sobre ello. Le respondí que bien, un poco aburrido, ya sabes cómo son esas cosas. Mi amigo no sabía cómo eran estas cosas, pero no insistió y dejó que cambiase de tema, como hacen los amigos de verdad.