—¿Que qué pasa? —se rio Trolli, ante la cara de sorpresa de sus amigos—. Pasa que Timba no quiere dormir. Es un suceso inédito.
Todos rieron con la broma sin darse cuenta de que había ocurrido un acontecimiento poco habitual: Trolli había hecho un chiste malo, y recordemos que, por lo general, ese es uno de los «superpoderes» de Timba. Sin duda había buen ambiente tras tantas y tan peligrosas aventuras.
Siguieron caminando por la sala, llena de viejos artefactos y también de operarios que colocaban vitrinas, levantaban paneles, etc., cuando algo llamó la atención de Mike: una puerta medio cerrada.
—¿Qué hay ahí detrás, Ela? —preguntó de improviso señalando hacia la puerta.
—Ah, sí… Es la sala del profesor Rack —respondió la organizadora—. Todavía no la hemos abierto al público.
—No me suena ese nombre —señaló Trolli.
—Fue un gran científico —continuó Ela—, pero sus inventos resultaron demasiado… atrevidos. Al menos para su época.
—¿Por ejemplo?
—Buenooo… Inventó un teléfono móvil en 1975. Pero se empeñó en que había que llevarlo en el tacón del zapato. Claro, no tuvo éxito. Al ponértelo en la oreja te manchabas de barro… y cosas peores.
—Era un visionario —rio Timba.
—La verdad es que sí —admitió Ela—. Pero sobre todo era un tío muy raro. Apenas ha dejado notas sobre sus inventos. Hay algunos que ni siquiera sabemos para qué sirven. De hecho aún no estamos seguros de si se va a abrir este espacio al público: hay cosas curiosas, incluso misteriosas, y no sabemos si pueden representar algún peligro para los visitantes. Además… Oh, vaya… Me están llamando al móvil. ¿Me disculpáis un segundo?
Ela se alejó para responder a la llamada mientras los Compas continuaban disfrutando con las anticuadas maravillas de la exposición.
—Sigamos por aquí, chicos. ¿Habéis visto esto? —dijo Trolli, señalando una especie de maletín.
—Pone que es un teléfono móvil —leyó Timba el cartel de la vitrina—. ¡Pero si es más grande que mi ordenador!
—Es verdad. ¿Qué te parece a ti, Mike? ¿Mike?
—Debe de estar buscando comida.
Pero no, no era eso. La puerta de la sala del profesor Rack estaba ahora abierta de par en par. Y hablaba por sí sola acerca del paradero de Mike.
—Este Mike… Cómo le gusta meterse en líos —rio Timba.
—Meternos en líos más bien —añadió Trolli, echando un vistazo al interior de la sala cerrada.
En efecto, allí estaba el bueno de Mike, husmeando con mucha curiosidad. Y no era para menos. Si la parte abierta de la exposición ya era llamativa, la sala del profesor Rack resultaba fascinante. Porque una cosa es ver en directo maquinaria algo anticuada como tocadiscos o casetes, y otra muy distinta… aquello.
—¡Guaauuuuu! —acertó a decir Timba, una vez en el interior—. Qué pasada.
—Sí, la verdad es que mola —confirmó Trolli.
—¿A que sí, chicos? —dijo Mike, sonriente—. Y nos lo íbamos a perder.
La sala se encontraba repleta de máquinas y artefactos que parecían salidos de una película de ciencia ficción. Muchos eran aparatos repletos de tubos de metal y botones de colores. Otros consistían en espirales de vidrio conectadas a esferas de pesado bronce. No estaba claro si aquel profesor Rack, fuera quien fuera, había sido un inventor de talento, pero desde luego había construido muchos cachivaches raros. Por desgracia todos se encontraban apagados y, por su aspecto, era imposible imaginar para qué podrían servir.
—¿Será una cafetera? —preguntó Trolli, señalando uno de los cacharros, un cilindro de dos metros de alto con llaves de grifo por todas partes.
—Un poco grande, ¿no? —respondió Timba—. Yo creo que es más bien una lavadora futurista. ¿Y esto otro?
—Para comer no sirve —confirmó Mike, dándole unos lametones a una especie de rueda dorada cubierta de cables negros, azules y amarillos.
Todo era del mismo estilo: raruno. La única excepción la constituía un gran retrato de un hombre de unos cuarenta años, con gafas y pelo negro desordenado, que presidía la sala.
—Este debe de ser el profesor Rack. Mucho gusto, caballero.
—¿Cómo lo sabes, Mike? —preguntó Trolli.
—Será por la bata blanca —intervino Timba—. Le da aspecto de científico.
—Madre mía —bufó Mike—. ¿Y se supone que vosotros dos sois los listos? ¿Pero quién va a ser si no? Es la sala del profesor Rack y hay un retrato de un tío. ¡No va a ser un rapero!
—Tiene lógica —admitió Timba—. No redonda, pero…
—Lo que no tiene lógica es esto —dijo entonces Trolli—. Fijaos qué extraño.
Trolli señaló con el dedo una vieja máquina de fotos colocada sobre un pedestal.
—Es una cámara antigua, ¿qué tiene de raro?
—Es una cámara réflex —fue la respuesta de Trolli—. Un tío mío tenía una parecida. Eran un tipo de cámara de carrete muy común y fueron muy populares hace años. ¡Y estoy seguro de que no las inventó este profesor Rack!
—Pues no es lo único raro —añadió Timba, mientras cogía la cámara con mucho cuidado y pulsaba un botón rojo—. Fijaos en esto… ¡Funciona! Antes sí que hacían buenas baterías.
—¡Venga, vamos a hacernos un selfie a la antigua! —dijo, entusiasmado, Mike.
—Buena idea —le respondió Timba, intentando averiguar el funcionamiento de la cámara—. Anda… Qué raro… Si miras por el visor se ve un paisaje como de selvas y montañas. Fíjate, Trolli.
—Esperad, que he visto algo interesante por aquí…
—Pues venga, Mike, nos hacemos primero una foto tú y yo.
—¡Guay!
—Creo que el disparador es este botón. A ver, Mike, ojos abiertos, una, dos y…
—¡Pataataaa!
¡Clic! Al apretar el disparador un potente flash iluminó la sala durante un segundo, cegando a Trolli.
—¡Melocotón, qué luz más potente! No veo nada. Me podíais haber esperado… Venga, nos hacemos otra foto y volvemos con Ela antes de que nos echen la bronca por colarnos aquí. ¿Chicos? ¿Dónde estáis? ¿Y la cámara?
Trolli se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba sufriendo una alucinación. A su alrededor todo seguía igual. Sin embargo, donde habían estado sus dos amigos solo quedaba una columna de humo blanco que se desvaneció en un instante.