Instantes después, ya tenía mi bisturí con su funda en el bolsillo, y esperaba impacientemente a que los celadores volvieran a salir.
Pero los minutos iban pasando y nadie salía por la puerta.
El frío y el cansancio empezaron a apoderarse de mí y tuve que luchar sin descanso por no quedarme dormido.
No sé cuánto tiempo pasé allí agachado, pero, de repente, me di cuenta de que estaba empezando a amanecer y que, pronto, en mi casa, la señorita Mary descubriría con horror que yo no estaba en mi cama.
Sin embargo, nada de eso me importó lo más mínimo en aquel instante. ¿Qué podía significar un castigo más o una tunda, en comparación con salvar la vida de Weirdo? Únicamente sentí una punzada de arrepentimiento al recordar la cara de cansancio y tristeza de mi padre.
“Tal vez algún día pueda explicárselo y me entienda”, me dije, y seguí esperando a que alguien abriera la puerta, rezando para que fuese antes de que se hiciera de día.
En esos pensamientos me hallaba cuando, por fin, oí el sonido de la puerta al abrirse y vi salir de nuevo a los dos individuos con su botella.
—Hay que aprovechar estas ocasiones —comentaba uno de ellos riendo por lo bajo.
—Sí. Si el cambio de turno se retrasa, no es culpa nuestra; vamos a echar ese trago antes de que vengan — contestó el que llevaba las llaves, y se dirigieron los dos juntos a la misma esquina de antes. Una vez allí, se volvieron a quitar las batas y las dejaron sobre los cajones tras los que yo me encontraba.
Oí el sonido de las llaves colgando de uno de sus bolsillos. Esperé a que estuviesen distraídos, charlando ruidosamente y pasándose la botella; entonces, y con todo el cuidado y el sigilo de que fui capaz, me apoderé del llavero entero. A continuación, todavía protegido por las últimas sombras de la noche, me introduje otra vez en el hospital.
Tenía poco tiempo. Fui abriendo una tras otra las puertas del pasillo por el que había entrado, dando al fin con un laboratorio en el que encontré un puñado de gasas, un pequeño frasco vacío, que rellené con cloroformo, y... ¡Estupendo! ¡Un mechero de éter y unas cerillas! Me lo metí todo en los bolsillos y salí de allí.
Me dirigí sin perder tiempo hacia la escalera ancha, pero ¡ay!, al pasar por delante del vestíbulo de la entrada, desde el que partía dicha escalera, vi un grupo de enfermeras que subían charlando en voz baja hacia las salas de hospitalización, y tuve que permanecer escondido en el hueco de debajo del primer tramo de escalones. Era el turno de la mañana, que llegaba para reemplazar al de la noche.
Aquello me venía bastante bien porque, durante unos minutos, las señoritas y las monjas estarían distraídas pasándose el parte. Así pues, esperé a que todas ellas hubiesen entrado en sus respectivas salas, y después subí otra vez hasta la de mujeres, con la esperanza de que la puerta que conducía al sótano continuase abierta.
En efecto, al mirar por una rendija, antes de introducirme en la sala, vi que las enfermeras estaban todas juntas en su mesa delante de la chimenea, de espaldas a donde yo me encontraba, hablando en voz baja, y que las enfermas, por fortuna, dormían como troncos.
“Claro”, pensé, “con la nochecita que les hemos dado, ahora deben de estar rendidas. Tanto mejor para mí”.
Entré con mucho cuidado, pero esta vez no me molesté en pasar por debajo de las camas, ya que habría hecho más ruido con todo lo que llevaba en los bolsillos, y me arriesgué a ir agachado, de manera que, en pocos instantes, estuve en la escalera estrecha. Una vez allí, encendí el mechero de éter para no tener que estar todo el rato con las cerillas, y empecé a bajar.
No se oía nada. Había esperado escuchar la voz de mi amigo, gritando, como el otro niño, pero no fue así. Todo era silencio sepulcral y oscuridad mientras yo descendía poco a poco, contando los escalones. Recuerdo que sentí un nudo en el estómago al pensar en la posibilidad de que hubiesen acabado con Weirdo directamente, en vez de utilizarlo para sus experimentos, tal como yo había pensado que harían.
“Sigue, John, no te dejes llevar por el pánico”, me dije y, notando las palpitaciones del corazón en el pecho, tomé aire, me concentré en mi objetivo, y continué adelante.
Instantes después, llegué al lugar por donde había aparecido el médico cuando nosotros intentábamos huir. Tragué saliva al pasar por delante y ver que salía algo de luz por debajo de la puerta. Estaba allí. Era importante tenerlo en cuenta, porque podría representar un verdadero problema otra vez. Sin embargo, tuve la esperanza de poder salir sin armar escándalo en aquella ocasión, al menos hasta llegar a la planta de mujeres.
Por fin, llegué a la puerta del sótano. Todo seguía en el más absoluto silencio. La intenté abrir, pero estaba cerrada.
—A probar llaves —susurré.
Una llave, no era; otra, tampoco; otra más, no.
—¡Maldita puerta!
Otra, y otra, y otra más... Noté una gota de sudor correr por mi espalda, a pesar de que la temperatura era baja. ¿Y si la de aquella puerta no estaba en el llavero? Al fin y al cabo, el sótano estaba en desuso.
“Sigue, John; hasta que no las hayas probado todas, no te puedes rendir”, me obligué a pensar. Pero al final, después de haberlo intentado con todas las llaves, me encontré con que ninguna encajaba.
—Y, ahora, ¿qué? —murmuré.
Se me ocurrió mirar por el ojo de la cerradura para intentar atisbar algo, y me sorprendió no ver nada en absoluto cuando, sin embargo, por debajo de la puerta se veía una tenue claridad. No podía ser; ¿por qué no se veía nada por la cerradura?
“Ya está, ya sé lo que pasa: han dejado la llave puesta por dentro. Esto es pan comido”, pensé con una sonrisa en los labios al ver resuelto el problema.
La solución, por extraño que pareciera, me llegó gracias a los recuerdos de la escuela a la que iba cuando vivía en el campo, donde había aprendido con mis amigos a salir del cuarto en el que nos castigaba el maestro.
Por fortuna, la rendija que quedaba debajo de la puerta ante la que me hallaba era bastante grande, y pude meter por allí unas cuantas gasas hasta el otro lado, aunque dejando una esquina de ellas a mi alcance. Luego cogí una de las cerillas, que eran bastante largas, y la introduje en el ojo de la cerradura, empujando suavemente la llave que estaba al otro lado, a la vez que rezaba para que cayese sobre las gasas, de manera que no hiciera demasiado ruido, y para que no estuviese en un llavero, en cuyo caso todo estaría perdido.
Hubo suerte y, enseguida, respiré aliviado al notar que la llave solitaria salía del bombín, e iba a parar sobre las gasas sin apenas producir sonido alguno. A continuación, tiré de las gasas y tuve ante mí el precioso trozo de metal que me permitiría rescatar a Weirdo.
Entrar en el lúgubre sótano resultó fácil y, una vez dentro, cerré la puerta sin echar la llave, que me guardé en un bolsillo junto a las otras.
Ahora, podía oír algo de movimiento al otro lado de los armarios y los biombos, y también la voz apagada del celador que murmuraba algo para sí, lo que me dio esperanzas de que mi amigo estuviese todavía vivo.
Sin poder esperar más a saber si era así, me acerqué a la improvisada habitación y miré discretamente por la abertura que servía de acceso; en efecto, allí estaba Weirdo, tumbado en la cama, dormido y atado.
En un brazo tenía clavada la aguja, unida al tubo de caucho, por la que le administraban el suero y, quizás, la droga que le mantenía dormido. Smith estaba a su lado preparando algo con unos frascos y unas jeringas.
“Aguanta, compañero, que ya estoy aquí”, pensé, y me dispuse a poner en marcha la siguiente parte de mi plan.
Me agaché allí mismo, al lado de la abertura, y saqué de mi bolsillo las gasas y el frasquito de cloroformo, con mucho cuidado de no hacer el más mínimo ruido. Cuando empapé las gasas con el contenido del recipiente, me temblaban las manos.
Aquello era realmente peligroso. Nunca había estado en una situación parecida. Nunca me había enfrentado a unos asesinos. Claro estaba, también, que nunca había conocido a alguien como Weirdo... Y no me arrepentía lo más mínimo.
Sonriendo para mis adentros y siguiendo mi plan, cogí el tapón del frasco y lo tiré con fuerza al suelo, a unos metros de donde yo estaba, hacia el otro lado de la abertura. Inmediatamente a continuación del sonido que produjo el vidrio al romperse, el celador detuvo sus murmullos y noté que se quedaba inmóvil.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con un tono de extrañeza en la voz—. ¿Doctor? ¿Es usted?
Pasaron un par de segundos o tres, que a mí se me hicieron eternos; después, al no oír nada más, siguió con lo que estaba haciendo, aunque, en esta ocasión, sin parlotear.
—Que sea lo que Dios quiera —musité con un hilo de voz inaudible e, inspirando profundamente para intentar disipar los nervios producidos por lo que iba a hacer, lancé el frasco vacío en la misma dirección que el tapón, y agarré las gasas empapadas en cloroformo, mientras escuchaba a Smith maldecir y avanzar hacia la abertura.
Me puse en pie, bien pegado al armario para que no me viera, en el mismo instante en que él salía y miraba hacia el lado contrario, donde se habían estrellado el frasco y su tapón.
Era el momento.
“Ahora”, me dije, y me lancé a su espalda, rodeándole el pecho con las piernas y agarrándole la cara con ambas manos, para sujetar con todas mis fuerzas las gasas contra su boca y su nariz.
El hombre intentó quitárseme de encima y, sin duda, me habría abatido en breves segundos de no haber sido por el cloroformo que, afortunadamente, produjo su efecto enseguida, haciendo que se tambaleara y cayera de nuevo.
Por supuesto, esta vez no iba a permitir que después saliera corriendo detrás de nosotros y, para mantenerle fuera de combate, dejé las gasas sobre su cara. Acto seguido, corrí a soltar las correas de mi amigo, y las utilicé para atar las manos y los pies de Smith a las patas del enorme armario.
—Esto te mantendrá un buen rato distraído —dije, dirigiéndome al celador y apartándole las gasas de la cara.
A continuación, volví junto a Weirdo y le retiré la aguja del brazo. Después le hice un sencillo vendaje para que no le sangrara, y me lo coloqué a cuestas sobre el hombro.
A pesar de que era delgado y más joven que yo, pesaba más que el niño pequeño, y me resultaba difícil correr, pero tendría que hacerlo.
Acto seguido, cogí de nuevo el mechero y salí del sótano, cerrando la puerta con la llave, que me metí otra vez en el bolsillo.
Respiré aliviado, pensando que ya había superado la parte más peligrosa del rescate de mi amigo. ¡Cuán equivocado estaba!