5. Sofía

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Sofía se detiene delante de la puerta de la Scuola.

Es de madera maciza, alta, de casi tres metros, con incisiones que corren por los bordes junto a los postes hay un bajorrelieve al centro que muestra el escudo de Pedro Álvarez, padre de Eleónora. Parece un tablero de ajedrez oval y convexo o, más simplemente, la concha de una tortuga.

Sofía aprieta la mano en la manija de latón, lista para afrontar a su madre. Entra finalmente a la biblioteca, cerrando lentamente la puerta a su espalda.

Es una sala con el techo abovedado, al centro, hay un suntuoso candelabro de diez brazos con una miríada de pendientes de cristales colgando. Cada centímetro cuadrado de las paredes está cubierto de estantes llenos de libros, un marco de hierro permite a una escalera correr a lo largo de todo el perímetro de la estancia. De subirse para examinar aquellos volúmenes no se habla. Basta pedirlo a Ana, que hace años se subía sobre aquel cacharro oxidado en su eterna lucha contra el polvo. Luego, cuando cayó y se rompió un brazo, renunció a la guerrilla y levantó la bandera blanca.

Sofía camina lentamente hacia el centro de la sala, el parqué de madera oscura cruje bajo sus pasos. La Scuola está envuelta en la penumbra: el candelabro está apagado y un poco de luz se filtra de la ventana de la derecha. Las cortinas de terciopelo oscuro se abren a los lados, dejando entrever un cuadrado del pórtico. El recuerdo de las horas pasadas, sentada frente a aquellas pizarras la asalta apretándole el estómago en un puño. Ha transcurrido aquí la infancia, entre libros, cuadernos, ejercicios y profesores que le enseñaron cada materia escolar.

Sofía se desliza al lado de los divanes, hasta llegar a la mesita posicionada en la parte opuesta de la entrada. Isabella Álvarez está sentada en la poltrona de la abuela, con las piernas abiertas y el codo apoyado en el brazo de la derecha. Una lámpara de vidrio rojo envía un poco de luz a un libro, que Isabella está leyendo con atención. Lleva un tailleur rojo, un pañuelo blanco que va a tono con los zapatos.  En la tarde fue al peinador, luce, de hecho, un nuevo corte. El cabello corto, oscuro y liso enmarca un rostro cuadrado donde resaltan los ojos de almendra, de un color verde claro. Como los ojos de Sofía. En la pared a su espalda no hay estantes, pero hay un cuadro que retrata a Pedro Álvarez.

Otro paso. Un ligero golpe de tos. Isabella levanta la cabeza y mira el reloj de pulso. Se sobresalta.

—Sofía.

—Mamá.

—No te escuché entrar.

—Sí.

Isabela muestra una sonrisa deslumbrante.

—¿Has pasado una buena tarde, tesoro?

Sofía intenta por el camino de la condescendencia.

—Como siempre, más o menos. Estudio, lecturas, internet. ¿Qué lees?

—El Eclesiastés. ¿Lo has hojeado? —La otra sacude la cabeza—. Es un texto contenido en la Biblia, el autor es desconocido, pero se narra que escribía por complacer al Rey Salomón. Contiene una interesante secuencia de meditaciones sobre la vida...

—Ok, lo leeré —la detiene inmediatamente Sofía. Prefiere ir directo al punto, no quiere continuar el teatro de la pacífica charla madre-hija—. ¿No cenas con nosotros esta noche?

Isabella deja el libro en la mesa y se pone de pie. Con movimientos lentos, cansados.

—Lo siento, estaba por decírtelo, pero estoy ocupada.

—Ocupada —repitió en voz baja Sofía lanzando una ojeada al Eclesiastés.

—En el sentido de que tuve un compromiso inesperado.

Sofía, con el pasar de los años se ha vuelto una experta en su mímica facial. Aquel ligero temblor de los labios de su madre es sinónimo de vergüenza. O de mentira.

—¿De qué? —le espeta.

—Me llamó Giovana.  ¿Comprendes quién? Giovanna Luzi.

—Comprendo muy bien.

—Me ha telefoneado hace menos de una hora, sabes cómo es. Todo al último minuto. No me lo esperaba. Lo sabes, el buraco de los viernes. Había decidido no ir más, éstas reuniones entre amigas son mortales, lo sabes.

—Lo sé, lo sé.

Otra mentira. Isabella salió a las cuatro en punto para ir al centro al estilista. Sabía ya de la reunión.

—Pero Giovana me rogó tanto... y faltaba una persona... entonces, le habría arruinado la noche.

Sofía se concedió una sonrisa, la observa mientras se mira en el espejo buscando inútiles explicaciones.

—No hay que arruinar la noche del buraco. —Su voz es cortante como una navaja.

—Arriba no comiences. Me molestaba. Tengo que cuidar la amistad de Giovanna. Es de buena familia y es bueno mantener las relaciones.

—Es bueno. Oh, mamá, ¿por qué te justificas? Es solo un juego de cartas, no es el fin del mundo.

—No, para nada. Te habría dicho si hubiese tenido tiempo, lamento que no vengas.

—Para qué, nadie me invitó.

—Y lamento que debas cenar sola.

—Ceno con Ana.

Un ligero temblor en la orilla de los labios. Sofía sabe bien qué puntos oprimir.

—Pero, ¿cómo es que saliste pronto de tu habitación? —le pregunta entonces Isabella lidiando con el móvil.

Sofía evita la pregunta.

—Giovanna te advirtió hace más de una hora, y luego fuiste a que te peinaran.

La otra se acomoda la blusa, deglute.

—Sofía, cuántas preguntas. ¿Debo decirte también cuando voy al estilista?

Sofía sostiene su mirada.

—Era solo para constatar.

—Está bien. ¿Peleaste con Ana? ¿Qué hizo ahora?

—Ana es gentil, como siempre. Piensa que mañana me enseñará a cocinar.

Isabella endereza los hombros.

—¿Cocinar? Cielos. Cocinar es...

—Divertido —concluye Sofía con una sonrisa.

La madre comprende el juego. Los ojos se adelgazan en una línea.

—Sofía, hay algo que está mal.

—Todo. O nada. Depende de los puntos de vista —le dice Sofía—. El hecho es que hoy, después de todos estos años, te complicas mucho la vida, mamá. Intento en verdad creerlo. Para qué te empeñas tanto, ya es evidente. Siempre serás una pésima mentirosa.

—¿Mentirosa? —exclama Isabella alterada, llegando a ella—. Pero ¿qué estás diciendo?

Sofía se acerca a la ventana, dando la espalda a la madre. Aparta la cortina, un hilo de luz le ilumina el rostro.

—Deja de jugar conmigo. Sabías muy bien de la partida del buraco, de otra manera, no habrías ido con la estilista. Ya habías programado ir sola, quién sabe desde cuándo.

—No lo sé, tal vez se me olvidó, es posible. ¿Entonces?

—Posible —Isabella ha cedido, Sofía no deja ir la oportunidad —¿Entonces es así de impropio hacerte acompañar por mí?

—¿Impropio?

Sofía se voltea lentamente. A la luz, ostenta el horror de la Sofía de la Izquierda.

—Sí, tendrías que estar obligada a llevar... a tus dos hijas.

La madre se queda en silencio por un segundo.

—Tesoro, lo sabes. Te estoy protegiendo.

Sofía aprieta con el puño la cortina.

—No hay necesidad de protección dentro de esta villa. Es una cúpula de cristal.

—¿Qué dices? ¿Por qué motivo? Giovanna te ha visto muchas veces. Sabes lo que sucede. Conoce nuestra desgracia hasta en los menores detalles.

—Ella. Pero no las otras —puntualiza. Las asistentes al buraco. Sofía conoce el nombre y apellido de todas las amigas de la madre. Mujeres ricas, molestas, bien vestidas. Su pasado, cada fortuna y desgracia.

—Aquí estás segura. —afirma Isabella.

Sofía se muerde los labios, hasta que la lengua no se desliza por la deformidad de la piel. Un estremecimiento le corre a lo largo de la espalda, la ira que vuelve a hervir dentro de ella. Se da vuelta de pronto, la incinera con una mirada.

—Tú estás segura, no yo. Ninguna de las dos mitades de tu hija.

—Sofía, estamos exagerando

Sofía sacude la cabeza. Es inútil continuar aquel juego. Se pone de perfil, ostenta todavía más su horror tirando de un mechón de cabellos detrás de la oreja. Con el rabillo del ojo nota que Isabella ha apartado la mirada. Llegó el momento de hacerse a un lado y dejarla palabra a la Sofía de la Izquierda.

—¿Estamos?

—Ya basta. Ahora quiero que termines esto. —le dice seca Isabella.

—Oh, y en cambio, no terminaré nada. ¿Sabes lo que me hiere, mamá? Tus mentiras. Que inventas siempre miles de excusas cuando existe una sola verdad.

—¿Cuál?

—Que no quieres llevarme.

Isabela tiembla.

—¿llevarte? ¿Y desde cuándo eres amante del buraco? ¿No era un juego estúpido para viejas aburridas y nobles en decadencia? ¿No lo definiste así?

—No recuerdo, pero es posible. Y lo pienso todavía. Un círculo de viejas decrépitas que se hablan con un nombrecito que no vale nada. El círculo de las ricas de papel maché.

—Piensa lo que quieras. Pero podrías siempre pasar un tiempo con la hija de Giovanna... ¿cómo se llama? Su hija se llama...

—Pero no es el caso, ¿verdad? —le interrumpe Sofía.

—No, no lo sería.

La sonrisa de la Sofía Siniestra lleva las cicatrices a la mejilla.

—¿Por qué se molestaría en hablar con una chica desfigurada? Tal vez sentiría asco. Siempre se teme algo diferente.

—Deja de decir tonterías.

La otra se da vuelta de pronto, con el rostro en llamas. Un fuego que arde fundiendo las dos mitades del rostro.

—¡Deja tú de mentir!, al menos por una vez. ¡Ten el valor de ser tú misma y decir en voz alta y que te avergüenzas de tu hija!

La madre retrocede un paso, bajando la cabeza.

—Eres cruel, Sofía.

—Pero cada día mi rostro te recuerda lo que sucedió.

—Sabes cuánto he sufrido. Sabes cuánto he hecho por ti.

—Y te agradezco.

Sus ojos están lúcidos.

—Ya casi lo lográbamos. Faltaba poco...

—No sirve de nada recordar el pasado. Nadie te daba seguridad de que la operación se lograse.

—Hoy hacen milagros, Sofía, no es como hace años. Si León...

—Papá pensó bien al huir de esta villa y dejar aquí a su hija, pudriéndose en la sombra. Yo, el monstruo de los Álvarez.

—¡Basta, Sofía! —grita exasperada Isabella—. ¡León está haciendo de todo por obtener ese maldito dinero!

—Dinero, yo preferiría que estuviese aquí con nosotros. En carne y hueso. Cada día.

—Es culpa de los Ricci, ¡esos malditos! ¿Qué nos queda? ¡Nada, no tenemos ni dinero para pagar la hipoteca de esta casa!

Sofía levanta la mano. Es una copia que se repite siempre. Los Ricci son la coartada para transformar en ira el dolor. Ese dolor sepultado por doce años, la vergüenza por una hija con el rostro desfigurado, la desesperación por la deuda financiera, el odio por la familia Ricci, causa del declive de los Álvarez.

Tanto como para dejarlos en la calle, hipotecar la villa, acabar por siempre con la posibilidad de llevar a Sofía al extranjero para operarse.

Sofía cruza los brazos en el pecho. Deja que los rizos vuelvan a eclipsar al monstruo en su rostro. No hay nada qué agregar, también este día ha llegado al final.

Sofía dejando a Isabella, que intenta aferrarla de la muñeca.

—Buenas noches. Salúdame a Giovanna y a su espléndida hija, cualquiera que sea su nombre —le dice, antes de dirigirse fuera de la biblioteca.