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Papi y yo en nuestro lugar preferido en todo el mundo: Nantasket Beach, Massachusetts.

 

CAPÍTULO 3

Clandestina

Cuando llegamos a Estados Unidos … nos volvimos invisibles, personas que nadaban entre las vidas de otras personas, limpiando platos, repartiendo comestibles …

Lo más importante, dijo Abba, era no sobresalir. No dejar que te vieran.

Pero creo que a él le duele esconderse tanto.

Ask Me No Questions, de MARINA BUDHOS, novelista

Cuando eres hija de inmigrantes indocumentados aprendes a mantener la boca cerrada. ¿Alguien quiere saber de dónde son tus padres? No es tu maldito asunto. Al igual que todos los demás en nuestra red secreta, seguíamos el Primer Mandamiento de la vida fuera del radar: no hacer nada que pudiera llevar a la policía a tu puerta. «Nuestra situación no está resuelta», me decía mi padre con frecuencia, razón por la que el simple sonido de nuestro timbre bastaba para hacernos entrar en pánico. «¿Invitaste a alguien hoy?» le preguntaba Mami a Papi. «No», respondía él, y en cuestión de segundos estaba bajando las persianas.

Mi papi también era increíblemente cuidadoso cuando estaba fuera. Era más tranquilo en público de lo que era en casa, y no se atrevía a decir o hacer cualquier cosa que pudiera llamar la atención. Y cuando conducía, seguía las leyes de tránsito al pie de la letra. No se pasaba el semáforo en amarillo. No cambiaba de carril sin poner las luces. No tocaba la bocina innecesariamente. Y definitivamente nunca iba a exceso de velocidad. No quería correr el riesgo de que fuéramos detenidos por la policía. Eso sería delatarnos de inmediato.

Nuestra casa era como una parada del tren subterráneo. Cuando los amigos de mis padres o los familiares de nuestros vecinos se refugiaban allí al llegar de Colombia, a menudo dormían en el piso. «Tenemos que ayudarlos a instalarse —explicaba Mami mientras rodeaba mi colchón para hacer espacio para los visitantes—. Sólo estarán aquí un par de semanas». Durante ese tiempo, la comunidad hacía por ellos lo que una vez habían hecho por mis padres: conseguirles trabajos de pacotilla. Conectarlos con un propietario dispuesto a aceptar el alquiler en efectivo. Mostrarles dónde conseguir alimentos y artículos para el hogar a precios económicos. Y, sobre todo, animarlos a conseguir lo que mi mamá, mi papá y mi hermano anhelaban recibir: la residencia legal, algo que la mayoría conseguía. No escribo con amargura al respecto, pero ¡qué carajos! ¿Por qué nosotros no? ¿Por qué éramos la familia desafortunada?

Nuestras vidas giraban en torno a la búsqueda de mis padres por la ciudadanía. Casi todas las semanas, Mami y Papi proponían estrategias para conseguir sus papeles. Lamentaban el hecho de no tenerlos. O discutían sobre si es que alguna vez lo harían. Unos años después de instalarnos en Boston, Mami logró reunir el dinero para pagar a una señora que prometió conseguirnos una visa de trabajo; un vecino la había recomendado a mi madre. Al final resultó que la mujer era una notaria pública, y no el abogado que decía ser. Para el momento en que mi madre se enteró por otras personas que había sido engañada, la estafadora había abandonado la ciudad.

En 1986, el año en que nací, el presidente Reagan extendió una línea de vida temporal a familias como la mía. Su Reforma de Inmigración y Ley de Control dio a los extranjeros que habían entrado ilegalmente al país antes de 1982 la oportunidad de solicitar la amnistía.

—Metamos nuestros papeles —rogó Mami a mi padre—. Es nuestra oportunidad.

Papi, quien siempre ha sido escéptico, trató de convencerla de lo contrario, pero no lo logró y mi mamá solicitó la amnistía, misma que le fue denegada porque había estado en Colombia durante seis meses (entre 1980 y 1982) cuando tenía que haber estado en Estados Unidos. Mi papá lo haría más tarde, pero tuvo demasiado miedo y no siguió adelante con el proceso.

Comprender la renuencia de mi padre equivale a entender lo que es una realidad para millones de extranjeros. Por mucho que mi padre respetara este país, también tenía una profunda desconfianza de su sistema. Creía sinceramente que si se presentaba a las autoridades, sería esposado y deportado inmediatamente por haber sobrepasado la estadía de su visa. Dados los rumores y la desinformación constante que circulan entre los que nos rodean, tiene mucho sentido que pensara de esa manera. De vez en cuando, recibíamos la noticia de que a alguien le habían concedido el indulto. Pero luego, un mes más tarde, nos enterábamos de que otra persona, durante el proceso de solicitud, había sido separada de su familia y conducida a la cárcel. Como tantos otros alrededor de nosotros, mi padre quería hacer lo correcto. Simplemente estaba paralizado por un miedo enorme.

Eso cambió en la primavera de 1997, cuando yo tenía once años. En medio de una presión y persuasión implacables por parte de mi madre, Papi reunió por fin el valor para salir de las sombras. Una amiga también le había dado un fuerte empujón y un recurso.

—Conozco a un abogado que te puede hacer todo el papeleo —le dijo. Le entregó una tarjeta con la información del abogado—. Tienes que ir a verlo. He oído que es bueno, es egresado de Harvard.

En nuestro barrio, la mayoría de los negocios se hacían boca a boca.

Esa noche, durante la cena, mi padre sacó la tarjeta de su billetera, se la mostró a Mami y sonrió.

—Veré a este tipo mañana —le dijo.

Mi madre cogió la tarjeta, le dio la vuelta un par de veces y la llevó hasta su cara. Luego la bajó y pasó la yema del dedo a través de las letras doradas en relieve.

—Esto se ve bien —dijo—. ¿Cómo sabes de este tipo?

—¿Conoces a Betty, la que vive al final de la cuadra? —dijo. Mami asintió—. Bueno —continuó Papi—, se enteró de que este abogado está ayudando a la gente a sacar la residencia.

Los labios de mi madre se extendieron en una sonrisa.

—Bueno —dijo, dejando la tarjeta a un lado para comenzar a limpiar los platos del desayuno—. Tal vez Diane pueda ir contigo.

Claro que iría: ninguno de mis padres hablaba inglés con fluidez. No es que no lo intentaran. De hecho, mi padre tenía tantos deseos de aprender inglés que, con los años, se inscribió en varias clases y practicaba hasta la madrugada. Pero cuando era adolescente había perdido la audición en su oído izquierdo mientras trabajaba en una planta de caña de azúcar. El agua salió disparada tras una explosión, lo tiró al suelo y sufrió daños permanentes en el tímpano, así que tuvo dificultad para aprender el idioma y era muy tímido para hablarlo. Mami era más hábil; sin embargo, no entendía docenas de palabras. Así que cuando Eric no estaba cerca para servir de intérprete, yo era la traductora oficial de mis padres. Leía todo, desde nuestras cuentas de la luz («¿Qué significa esto?», me preguntaba mi papá, señalando una palabra) o los ingredientes de nuestros paquetes de alimentos. Acompañaba a mis padres a las citas médicas para poder explicarles lo que decían los médicos. Así que para la visita de Papi al abogado, sin duda tenía que acompañarlo, no había la menor duda al respecto. Y, además, yo era la amiguita de Papi. Me llevaba casi a todas partes.

El sábado de la cita, nos detuvimos en el estacionamiento de un edificio alto de oficinas en el centro de Boston. Mi padre estaba bien afeitado y llevaba su ropa más elegante: pantalones grises, chaqueta y corbata, y los zapatos recién lustrados; yo llevaba un vestido de algodón con estampado de flores y sandalias blancas.

—Permanece cerca de mí —me susurró Papi mientras nos abríamos paso a través de las puertas correderas de cristal y llegábamos al vestíbulo—. Es en el piso doce.

Salimos del ascensor a un pasillo largo y alfombrado. Caminamos por él bajo las luces fluorescentes, examinando cada puerta en busca del número de la suite. Pasamos por una empresa de trabajo temporal. Una empresa de contabilidad. Una clínica dental. Al final del pasillo, llegamos a la oficina. El nombre del abogado estaba grabado en letras doradas y en mayúsculas en el letrero de la puerta. No recuerdo el nombre, pero sí que sonaba completamente anglosajón, algo así como Bradley o Dylan Michaels, J.D. Definitivamente no era latino.

Papi giró el picaporte y entreabrió la puerta, entró y lo seguí. Allí, en una oficina del tamaño de un pequeño estudio, un hombre que parecía tener unos cuarenta años estaba sentado detrás de un escritorio de roble cubierto de papeles. Llevaba un traje de tres piezas y una cálida sonrisa. La parte superior de su cabeza era calva y brillante. Su cuerpo era atlético. Se puso de pie y le tendió la mano.

—El señor Guerrero, ¿no? —dijo. Mi padre le estrechó la mano—. Tome asiento, señor —dijo, señalando dos sillas abullonadas cerca de su escritorio—. Bienvenido.

Este hombre hablaba algo de español. No muy bien, como descubrí pronto, pero lo suficientemente bueno para alivianar mis tareas de traducción.

Cuéntame tu historia —dijo el abogado como todo un gringo—. Necesito escuchar tu historia.

Papi se inclinó hacia delante en la silla. Miró un cuadro que había en la pared, un cartel cursi de la Justicia sosteniendo una balanza antigua; debajo estaba el diploma de Harvard, enmarcado. Mi padre volvió a mirar al hombre y se aclaró la garganta.

—Bueno —dijo en voz baja—, me vine de Colombia para poder ganar más dinero para mi familia.

—¿Cuánto tiempo has estado en Estados Unidos? —preguntó el hombre.

—Desde 1981 —dijo Papi.

—¿Alguna vez has solicitado la ciudadanía?

Mi padre negó con la cabeza.

—¿Tienes algún familiar que sea ciudadano?

—Bueno, mi hija —dijo Papi, mirando por encima de mí—. Y la madre de mi hija tiene una hermana aquí, pero es residente, no ciudadana.

El abogado inhaló profundamente.

—Bueno, entonces tenemos mucho trabajo que hacer —dijo. Cogió una carpeta café en la esquina superior de su escritorio, la abrió y sacó un paquete de espesor—. Para que pueda ayudarte, necesito que llenes este cuestionario. —Le dio a mi padre unas veinte páginas grapadas. Papi las hojeó.

—Entonces, ¿cuántos meses se tarda en conseguir la residencia? —preguntó.

El abogado se rió entre dientes.

—Señor Guerrero —dijo—, me temo que son años, y no meses. Para algunos de mis clientes, se tarda diez años o más, sobre todo si no hay ningún miembro de la familia que tenga la ciudadanía.

Mi padre lo miró y trató de no dejar que su mandíbula cayera hasta las rodillas.

—¿Diez años? —dijo.

—Así es —confirmó el hombre—. Puede ser incluso más. Pero nunca se sabe. Puedes ser uno de los afortunados.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó.

El hombre se encogió de hombros.

—Eso depende de cuánto tiempo tome tu caso —le dijo—. Mi tarifa es de trescientos dólares por hora.

Papi se quedó sin aliento.

—No tenemos esa cantidad de dinero —dijo, levantándose de su silla—. Creo que será mejor que nos vayamos.

El hombre se levantó de su silla.

—Espera un minuto —dijo—. Puedo establecer un plan de pagos mensuales. He ayudado a muchas personas en tu situación.

Mi padre no parecía muy convencido, pero se sentó de nuevo.

—Entonces, ¿cuánto tengo que pagar por adelantado? —preguntó.

—Podemos comenzar con setecientos dólares —dijo—. Pero ¿por qué no revisas estos documentos, me los traes la próxima semana y hablamos? Estoy seguro de que puedo idear un plan que se ajuste a tu presupuesto.

Mi padre le dio las gracias y nos fuimos.

De vuelta en casa, Mami corrió a reunirse con nosotros cuando llegamos a la acera.

—Entonces —dijo antes de que pudiéramos salir del coche—, ¿cómo te fue?

Papi suspiró.

—Bien, supongo —dijo—. Voy a tener que buscar un tercer trabajo.

—¿Por qué? —preguntó mami—. ¿Cuál es el precio?

—Setecientos dólares como mínimo —dijo él.

Ella frunció el ceño.

—Bueno —dijo—, yo podría conseguir más trabajos como niñera. Y tenemos algunos ahorros.

—Es cierto —dijo Papi—. Veré qué puedo negociar con él.

Todos los días de la semana, recibí la agradable tarea de —sorpresa, sorpresa— traducir esos papeles a mis padres. El domingo siguiente, cuando mi papá y yo regresamos a la oficina del abogado, este parecía impresionado de que los hubiéramos llenado con tanta rapidez.

—Muy bien, señor Guerrero —dijo, hojeando las páginas para asegurarse que todas estuvieran diligenciadas—. Ahora podemos hablar de las condiciones de pago.

—He estado pensando en eso —dijo mi padre. Hizo una pausa—. Y lo máximo que podemos pagar es quinientos por adelantado.

El hombre guardó silencio brevemente antes de tomar la palabra.

—Hemos llegado a un acuerdo, señor Guerrero —aceptó finalmente. A mi papá le resplandeció la cara—. Empezaré tu caso mañana y te llamaré pronto para hablar de los pasos a seguir.

Los dos se levantaron, juntaron las manos y las sacudieron vigorosamente. A la salida, mi padre buscó en su billetera, sacó algunos billetes que había doblado juntos y le pagó al abogado sus honorarios.

Gracias —dijo, conteniendo las lágrimas—. Aprecio mucho esto.

Durante todo el camino a casa, Papi no dejaba de mirar por encima de mí, pero no habló. No tenía que hacerlo. Los dos sabíamos lo que esa reunión podría significar para nosotros. Por fin, teníamos un plan. Ya habíamos hecho un pago. Sabíamos que podríamos sufrir reveses en nuestro camino a la ciudadanía, pero al menos habíamos dado un paso adelante. Uno grande. Alguien sabio dijo una vez que la esperanza es el mejor remedio. En nuestra familia, en nuestra comunidad, en la oficina de ese abogado, la esperanza no era el mejor remedio. Era el único que conocíamos.

*   *   *

Me encantó la escuela desde la primaria en adelante. Y, sin embargo, debido a que yo tenía la capacidad de atención de un mosquito, no fui la mejor estudiante. Sacaba A en Música y en gimnasia, y a veces podía lograr una B en Inglés. Pero, ¿Matemáticas y Ciencias? Digamos simplemente que tuve que hacer un par de sesiones de verano. Mis padres me presionaron para que me fuera mejor; después de todo, habían venido aquí, en parte, para darme una educación sólida. Y sin embargo, Mami y Papi estaban tan ocupados con controlar a Eric y con ganarse la vida que no podían prestarle mucha atención a mejorar mi rendimiento, y tampoco es que tuvieran dinero para pagarme una tutoría. Reconocieron que yo estaba tratando de hacer las cosas bien y que me tomaba en serio mis estudios. Así que debido a todo lo que pasaba en nuestra casa, mis notas promedio tenían que bastar.

Papi era estricto con las tareas escolares. «No verás dibujos animados hasta que hayas terminado con las matemáticas», me decía. Yo permanecía sentada, manoseando el borrador y jugueteando en nuestra mesa de la cocina, pensando en cualquier cosa menos en las tablas de multiplicar. Envidiaba a los chicos que podían hacer sus tareas sin problemas. «¿Por qué no puedo ser así? —pensaba—. ¿Por qué no puedo concentrarme?». Años más tarde, cuando ya era una joven adulta, hice dos descubrimientos. Primero, que soy disléxica con los números y con las palabras. Y segundo, que tengo un caso terrible de ADD. Esto es muy malo para cualquiera, pero más aún para alguien que tiene la misma carrera que yo. Mi cerebro es como una abeja ocupada, continuamente en movimiento, rara vez tranquila. Eso explica muchos de los retos que tenía. No podía, por más que lo intentara. No parecía poder concentrarme. La situación incierta de mi familia no hacía que todo fuera más fácil. Y, ciertamente, mis papás no podían pagar la ayuda o tutoría necesarias.

Mi primera escuela fue genial. Mami me entró a Ohrenberger Elementary en West Roxbury; Eva, la mamá de Sabrina, se la recomendó. Sabrina, que es un año mayor que yo, estaba matriculada allá. Las instalaciones eran limpias y el plan de estudios era sólido. Entré a kínder, y a Mami le pareció que era una buena idea que yo entrara a clases bilingües. Quería que yo aprendiera a leer y escribir en inglés y español. Hasta el día de hoy, creo que eso no fue lo más adecuado para mí. Sí, sé un poco de ambos idiomas, pero nunca dominé realmente ninguno de los dos. Gracias, Mamá. Sin embargo, descubrí mi primer amor musical: el jazz. Tal vez en tercer grado, mi maestra de coro nos introdujo a mis compañeros y a mí leyendas como Louis Armstrong, Billie Holiday, Dizzy Gillespie y Ella Fitzgerald. Quedé enganchada desde la primera nota. Había encontrado lo mío, lo cual es bueno, porque las fracciones desde luego no lo eran.

Ohrenberger era una cosa, las escuelas públicas de Roxbury eran otra. Los resultados de las pruebas estandarizadas estaban a menudo por debajo del promedio nacional. Las aulas estaban hacinadas y tenían muy poco personal. Las instalaciones eran viejas y se estaban cayendo a pedazos. Pocas veces había suficientes libros o lápices para todos. Mi profesora de inglés en sexto grado compró una vez, y con su propio dinero, un lote de cuadernos de espiral.

—Tengan —dijo, dando uno a quien no tenía cuaderno—. Escriban en ellos esta noche las palabras del vocabulario.

Yo vivía a pocas manzanas de Washington Irving, mi escuela media, al igual que Sabrina, Gabriela y Dana, quienes estudiaban allí. Después del último timbre, las cuatro nos reuníamos y caminábamos a casa. «Permanezcan juntas —nos recordaban nuestras madres con frecuencia—. Y eviten meterse en problemas». Conocíamos la rutina: se suponía que debíamos cuidarnos las espaldas en caso de que sucediera algo delicado. Y un miércoles, a finales de mi sexto grado, sucedió algo.

—¿Quieres venir a mi casa? —me preguntó Sabrina mientras caminábamos por la acera, cargando nuestras mochilas.

—Mi padre no me va a dejar —le dije—. Tengo que estudiar un montón de historia.

—Sí, yo también —agregó Gabriela—. Necesito ir a mi casa.

Y mientras doblábamos la esquina de mi calle, dos chicas puertorriqueñas pasaron en bicicleta. Una tenía botas Timberland, jeans recortados y líneas negras y gruesas alrededor de los ojos; la otra llevaba Daisy Dukes y una camisa sin mangas; tenía una cruz tatuada en el seno derecho. Las reconocí: estudiaban en la misma escuela que yo. La de los jeans recortados me miró.

—¿Qué pasa, wetback? —se burló.

Di un paso hacia atrás. Lo mismo hicieron Sabrina y Dana. Gabriela no se movió. Entre nosotras tres, siempre había sido el hueso duro de roer. La fuerte. La chica que tenía cero tolerancia con el bullying. Miré por encima a Gabriela con la esperanza de que tomara la iniciativa, y lo hizo.

—¿Por qué no la dejas en paz? —le espetó—. Ni siquiera nos conoces.

—¡Cierra la boca! —escupió a la chica—. ¡Ustedes tres necesitan llevar sus caras planas y feas de regreso a Colombia!

Me temblaban las manos mientras me aferraba a las correas acolchadas de mi mochila (aclaración: siempre he sido algo cobarde). No sabía qué querían con nosotras, pero no iba a averiguarlo. De repente, me eché a correr por la calle, la sangre corriendo por mis venas mientras lo hacía.

—¡Vámonos de aquí! —grité. Sabrina y Gabriela me pisaban los talones. No nos detuvimos a mirar atrás hasta que llegamos a la puerta de mi casa. Por suerte, las chicas habían desaparecido.

No era la primera vez que habíamos sido intimidadas. En nuestra zona, que estaba llena en su mayoría de puertorriqueños y dominicanos, cualquiera que no perteneciera a uno de esos dos grupos era considerado un sucio inmigrante. Nos escupían, nos maldecían, nos menospreciaban y les parecíamos poco atractivas debido a nuestros rasgos indígenas. Lo sé, lo sé: otros grupos latinos tienen un aspecto similar. Eso demuestra lo estúpida que es la discriminación.

—No podemos dejar que nos asusten —dijo Gabriela, sin aliento. Pero era demasiado tarde para eso: yo estaba conmocionada. Una vez adentro, no le dije a mi padre lo que pasó. Enterré mi cabeza en mi libro de Historia e hice mi mejor esfuerzo para olvidar el incidente. Deseé con todas mis fuerzas vivir en otro sitio. Quería ser una niña «normal». Quería ser como las adolescentes de Salvados por la campana. Sus mayores «problemas» eran si las invitarían al baile de graduación, y no si serían atacadas por otras muchachas o si sus padres serían deportados. Por el resto de ese año, siempre que veía a esas dos cabronas en la cafetería, me escabullía y evitaba el contacto visual. No podía arriesgarme a enfrascarme en una pelea, sobre todo durante las negociaciones de mi papá con el abogado. Regla número uno en mi barrio: la mejor manera de ganar una pelea era evitarla.

A pesar de lo dura que era mi escuela media, tenía una cosa importante a su favor: una gran cantidad de actividades extracurriculares. Digan lo que quieran: a mí me gustaba. En quinto grado, me uní al equipo de baloncesto y al coro. En sexto, me hice porrista. Estaba tan en forma que por primera y única ocasión me formé un six pack. Como si mi horario no estuviera ya completamente atestado, también me inscribí en el Programa de Liderazgo de Pares durante el séptimo grado. Yo, junto con un grupo de personas elegidas por el departamento escolar, asistí a sesiones de capacitación sobre temas como la prevención contra las drogas y el sexo seguro. Una vez por semana hablábamos con nuestros compañeros de clase acerca de cómo podían protegerse. Me encantaba hacerlo. Por primera vez me sentí útil, como si tuviera una voz, un propósito, podía contribuir con algo. Algo que me diferenciaba de todas aquellas cualquieras descerebradas y de las matonas.

En el fondo, sabía de alguna manera que era mejor que mi entorno, que era capaz de elevarme por encima de la chusma. Antes de que amaneciera, y mientras Papi se preparaba para su primer turno, permanecía despierta en mi cama, imaginando un futuro mágico que estaba un mundo aparte del mío. Podía imaginarlo: yo en el centro del escenario, un reflector dorado brillando sobre mi rostro radiante. Una multitud que se deshacía en aplausos. Las cortinas opulentas de terciopelo subiendo, luego bajando y subiendo de nuevo para otra repetición.

Mientras más crecía, más difusas se hicieron esas fantasías. ¿Podría una chica morena de una familia de inmigrantes encontrar un lugar en la Gran Vía Blanca? No parecía probable. Sólo una entre un millón de niñas alcanza un sueño como ese, pero en algún pequeño rincón de mi alma, creía secretamente que podía ser esa chica. Sin embargo, antes de que el deseo pudiera arraigarse por completo, las circunstancias de mi familia me despertaban de nuevo a la realidad. En el espacio de unos pocos segundos, el sueño pasaba de parecer imposible, luego a posible y, a continuación, volvía a parecer improbable e incluso descabellado.

Mi madre pensaba abiertamente que yo tenía lo necesario para llegar lejos. «¡Eres toda una estrella!», decía cada vez que cantaba una nueva canción. Cuando era pequeña, los elogios de Mami me hacían sonrojar y reír. Pero desde que tuve unos doce años, sus palabras comenzaron a fastidiarme.

—¡No sabes nada! —le grité una noche después de que ella comentó que yo estaba destinada a llegar a Hollywood—. ¡Deja de decir eso!

Mi madre, sorprendida por mi reacción, se limitó a mirarme.

Mami no había cambiado, era yo quien lo hacía. Anhelaba ser cantante, encontrar mi camino a la fama, tanto como lo querían mis padres. Y sin embargo, la improbabilidad absoluta de ese deseo —la realidad de «nuestra situación»—, hacía que fuera doloroso contemplar una posibilidad tan remota. Así que le puse una tapa hermética al frasco de mis sueños. Los mantuve ocultos y los reconocía únicamente en la tenue luz que seguía a la madrugada. Fingí no querer lo que quería, sobre todo porque temía que fuera a terminar decepcionada.

*   *   *

Mi hermano se desilusionaba cada vez más. Durante la mayor parte de mi infancia, yo observaba con impotencia mientras mis padres hacían todo lo que estaba a su alcance para mantener a Eric por el buen camino. Lo presionaban para centrarse en sus estudios, lo regañaban cuando incumplía su toque de queda y, en un momento, cuando las cosas se pusieron realmente candentes entre él y Papi, mi madre pidió a mi tía y a mi tío en Nueva Jersey que hablaran con mi hermano. Nada sirvió. Él continuó sintiéndose mal —se encerraba en su habitación y dormía varias horas—, y mis padres no tenían dinero para pagarle un consejero. La verdad es que, entre los trabajadores con salarios bajos que se parten el lomo para pagar la renta, los sentimientos rara vez se discuten o se reconocen. El bienestar emocional es un lujo del primer mundo.

Un año después de salir de la escuela, Eric descubrió que su novia de mucho tiempo estaba embarazada. Eso no cayó muy bien a ninguna de sus familias. Los padres de Gloria creían que no estaban preparados para un bebé; Mami y Papi estuvieron de acuerdo. Pero Eric y Gloria habían tomado una decisión: no sólo tenían la intención de permanecer juntos, también querían un niño.

A los pocos meses de embarazo, Gloria se fue a vivir con nosotros. ¿Mencioné que nuestros cuartos eran muy pequeños? Bueno, con cinco personas en dos cuartos diminutos, nuestro apartamento se volvió particularmente hacinado. Y tenso. Lo que llevó a discusiones entre Eric y mis padres. Lo que llevó a discusiones, en general por el dinero, entre Eric y Gloria. Lo que me llevó a sumergirme en fantasías más profundas sobre una casa en Wellesley y en una vida alejada de las disputas.

En junio de 1996 apareció un nuevo miembro en nuestra familia. Eric llegó a casa en su Toyota con Gloria y su dulce recién nacida. Durante todo el camino, mi hermano apenas podía mantener los ojos en la carretera mientras miraba por encima de su hombro para ver a su princesa en el asiento trasero. Cuando el auto se detuvo en el camino de entrada, Mami y yo salimos corriendo; durante la hora anterior yo había estado acosando a mi madre, preguntándole cuándo llegarían. Gloria desenganchó el portabebés de la base del asiento y lo puso con cuidado en el brazo de mi hermano. La bebé, envuelta en una manta rosada, tenía los párpados fuertemente cerrados.

—¿Cómo se llama? —le pregunté mientras miraba a la bebé.

—Erica —me dijo Eric. Se inclinó y le dio un beso en la frente, lo que la hizo retorcerse un poco y abrir los ojos—. ¿No es linda?

Asentí. Parecía una muñeca viva: cachetes sonrojados, labios delicados, cabeza sin pelo. Era la bebé más hermosa que hubiera visto.

En los meses que siguieron al nacimiento de Erica, Eric mejoró como nunca antes; su nuevo papel de padre lo llenó de motivación. Consiguió trabajo pintando casas y cortando prados. En lugar de estar hasta tarde con sus amigos, pasaba el tiempo con Gloria y la bebé. De hecho, su relación mejoró tanto que se casaron. Poco después, Gloria comenzó a diligenciar los documentos sirviendo de fiadora para que Eric solicitara la ciudadanía. Con la residencia en mano, mi hermano podría buscar un trabajo legal y ganar un salario mínimo. Ellos sabían que tardarían meses, y tal vez incluso años, en completar el proceso. Pero estarían encaminados a tener una estabilidad financiera.

O al menos ese era el plan hasta que mi hermano se desvió del camino. Tal vez se empezó a sentir triste de nuevo. Tal vez se desanimó por el poco dinero que ganaba para mantener a su familia. Sea cual fuera el detonante, volvió a sus viejos comportamientos: de juerga hasta altas horas de la madrugada, desapareciendo sin ninguna explicación, desafiando la autoridad de mis padres. Cuando estaba en casa de noche, peleaba constantemente con Gloria.

—¡Necesito que me ayudes más con la bebé! —la escuché diciéndole una vez—. ¿Y dónde estuviste anoche?

Su matrimonio se hizo tan insostenible que Gloria y la bebé fueron a vivir con sus padres en Hyde Park.

En ese momento, mi hermano pasó de estar abatido a sentirse desmoronado. Dejó de trabajar. Se atrincheró en su habitación. Cuando se arrastraba a sí mismo para ir a la nevera, él y Papi se enfrascaban en una discusión; Mami, como de costumbre, trataba de interceder. Eso bastaba para mantener la tensión a raya por unos días, hasta que estallaba la próxima pelea.

*   *   *

Soy la consentida de papá. Por completo. Mami y yo también somos muy cercanas, pero Papi y yo siempre hemos tenido una conexión especial. Para empezar, los dos somos ultrasensibles. Cuando mi tía vino de Colombia a visitarnos, trajo algunas fotos de mi papá cuando era niño.

—Eras un poco feo —le dije en broma, y realmente le estaba tomando el pelo. Él se ofendió tanto que me arrebató las fotos—. ¡Lo siento, Papi! —grité, sorprendida de su reacción tan fuerte—. ¡Te prometo que no lo vuelvo a decir!

Supe que había herido sus sentimientos, era muy fácil hacerlo. Papi también era un blandengue en otros sentidos: una vez lo sorprendí lagrimeando durante uno de esos anuncios de Visión Mundial que muestran niños muriéndose de hambre. Trató de ocultar sus emociones, alegando que tenía un resfriado, pero su «moqueo» se debía a las lágrimas. Él se conmueve casi con la misma facilidad que yo, lo que ya es decir mucho, pues lloro por todo y con todo.

Por las noches, cuando mi papá entraba por la puerta principal, hacíamos nuestro propio ritual; «Ven aquí, mi amorcito —me decía, envolviéndome en un fuerte abrazo—. ¿Cómo estuvo tu día?». Recuerdo su olor después del trabajo —a fábrica— y por alguna razón, me gustaba su aroma. En los pocos fines de semana en que mi padre no tenía que trabajar, me llevaba a comer helado en la calle. Con mi cono de vainilla inclinado hacia un lado y goteando bajo el calor del sol, caminábamos juntos al parque o a la biblioteca. Incluso cuando llegué a esa edad en que la mayoría de los niños no prestan atención a sus padres (de los once en adelante), yo me mantenía con mi Papi. Me sentía comprendida en su presencia, vista, validada, segura.

Los días que pasaba en el mar con Papi eran increíbles. Nos levantábamos temprano, empacábamos algunos snacks, cargábamos nuestra camioneta y emprendíamos el viaje de una hora hacia la playa de Nantasket, al sureste de la ciudad. Algunos fines de semana, Mami iba con nosotros o yo invitaba a mis amigas; otras veces éramos sólo Papi y yo. Una vez allí, nos dirigíamos al paseo marítimo y caminábamos hacia el carrusel Paragon. Para el quinto grado, había crecido varias pulgadas, pero ni aun así dejó de subirme a la grupa de algún caballo y permanecer de pie a mi lado mientras yo daba vueltas de tanta alegría.

Hacíamos castillos de arena en la orilla y veíamos cómo eran arrastrados por las olas. «¡Papi, ven al agua!», le rogaba yo. «Hoy no», me decía; no se podía mojar el oído, debido a su problema. «Por favor», le suplicaba yo; si le insistía, él sacaba algunas bolas de algodón del bolsillo, las ponía en sus tímpanos y se metía de puntillas en el agua. «Me quedaré un segundo», me decía, pero veinte minutos más tarde, todavía estábamos chapoteando y riéndonos a carcajadas.

Una vez que él salió del agua y me dejó jugando sola, me gritó instrucciones desde su silla de playa.

—No te metas demasiado profundo —me advirtió—. ¡El mar es traicionero! ¡Una ola podría tumbarte sin darte aviso!

Yo ponía a prueba mis límites metiéndome hasta que el agua me llegaba a los muslos, mirando todo el tiempo por encima del hombro a mi papá. Pero no me sumergía del todo. Si Papi quería salvarme, me preocupaba que le entrara agua a su oído malo.

Al regresar a casa, mi madre me sacaba casi un baldado de arena del pelo y me traía una muda de ropa limpia. Papi, agotado de nuestra aventura, se quedaba dormido en el sofá mientras Mami me cepillaba el pelo un millón de veces para desenredármelo. «Despierta, mijo — le susurraba ella a mi padre cuando el sol se había puesto—. Es hora de dormir». Antes de ir a su habitación, Papi se inclinaba y ponía su frente contra la mía. Yo levantaba la barbilla para que él pudiera hacerme cosquillas en el cuello con su barba. «Buenas noches, niña —murmuraba—. Es hora de dormir». Era el tipo de día que yo deseaba que continuara por siempre. Sin tensión entre mis padres. Sin dramas o peleas por Eric. Todo era perfecto.

Papi y Mami también hacían que cada celebración fuera especial, y Dios sabe que las teníamos por montones. Los cumpleaños eran particularmente importantes en nuestra casa, y para mi décimo hubo una fiesta hawaiana. La fiesta estaba llena de flamingos, faldas de hierba y piñas, muchas piñas. Vinieron mis mejores amigas: Sabrina, Dana y Gabriela. ¡Lo tenía todo! Mi padre trajo el ponqué de cumpleaños. Mi rostro se iluminó tanto como la hilera de las velas altas y parpadeantes que mi padre había colocado en la parte superior.

—¡Pide un deseo! —me instó, de pie junto a mí con su Kodak. Respiré y rogué que mi familia nunca se separara (y por que, por supuesto, algún día me convirtiera en una estrella), y apagué las llamas.

A medida que el verano dio paso al otoño y llegó la temporada de vacaciones, Papi adornó los corredores con luces parpadeantes blancas y un pino.

—¿Te has portado bien o mal este año, chibola? —me preguntó bromeando mientras acomodaba la estrella brillante en la rama superior del árbol.

—¡Bien! —grité yo, riendo. En los días previos a la Navidad, nos reuníamos con otras familias para celebrar la novena, una tradición católica colombiana. Mientras íbamos de una casa a otra en medio del mundo fantástico del invierno, yo permanecía pegada a Papi. «¿Estás bien, mi amor?», me susurraba él, su aliento tan frío que yo podía verlo. «Estoy bien», lo tranquilizaba. Adentro, en el calor, mi papá y yo permanecíamos tomados de la mano mientras los vecinos recitaban las sagradas escrituras y cantaban juntos los dulces villancicos «Mi burrito sabanero» y «Tutaina». Y allí, balanceándome en la sala de nuestros amigos y apretando la palma de mi padre, sabía con toda seguridad que era amada. Todavía lo sé.

Mi papi. Mi refugio. Mi ancla. El papá en cuyos brazos descansaba, en cuyos hombros me apoyaba. El padre que trabajaba incansablemente para proporcionarme no una infancia perfecta, pero sí una mucho más feliz que la suya.

En un día frío de invierno, aparentemente una vida después, el hombre al que yo quería tanto volvió a visitar al abogado. Entre las carpetas, formas jurídicas y solicitudes de ciudadanía abarrotadas en el escritorio del abogado, tal vez encontraría un camino hacia adelante. Un pasaje seguro para salir de su escondite. Un pasaporte para abandonar los bajos fondos. El próximo capítulo de nuestra historia.