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Desde el otro lado del río, se podía ver el castillo Leod desde la distancia. Con la mirada clavada en el castillo, Ian dudó de su decisión de dejar a Keira. El único consuelo eran las paredes altas y las torres fortificadas que brindaban suficiente protección como para satisfacer los estándares altos de Ian.
Tenía fe en que los habitantes le ofrecieran el mismo cuidado y preocupación que él. Su duda yacía en que Chisholm la encontrara. Solo sería cuestión de tiempo que él y su padre comenzaran a buscarla, pero Daniel MacKenzie, laird del castillo Leod, era un buen hombre y la mantendría a salvo. Ian lo había visto en varias ocasiones en la corte y sabía que era de confianza. En esos días, no había muchos hombres en los que Ian pudiera confiar.
Elevando la mirada, Keira le preguntó:
–¿Ese es el castillo Leod?
Ian sintió sus nervios. Queriendo ofrecerle consuelo y tranquilizar sus preocupaciones, sonrió.
–Sí, muchacha. El laird te cuidará bien mientras yo esté ausente.
–¿Y le enviará una misiva a mi padre?
–Sí. Lo hará. Estoy seguro.
Keira le dedicó una sonrisa suave; le rompía el corazón tener que mentirle. Aunque a su debido tiempo su padre conocería su paradero, hasta que Ian no llegara a Linlithgow y develara lo que había descubierto, laird Sinclair no sería convocado.
La urgencia de hablar con Jacobo provenía de saber que había un ataque inminente. Chisholm bien podría haber planeado alejar a Ian y a sus hombres del castillo al enviarlos en una misión imposible mientras Sinclair, un hombre que nadie había considerado peligroso siquiera, daba su golpe. Aunque Linlithgow estaba bien protegido por los guardias del rey, no tendrían forma de saber si Sinclair estaba involucrado. Las reuniones de nobles y lairds eran muy comunes en Linlithgow y sería muy fácil que cualquiera de ellos fuera un traidor, atravesara las puertas y matara al rey. En sí, esa era la razón por la que Ian se sentía mejor regresando al castillo, pero dejar a Keira atrás le creaba un vacío que no podía explicar.
Había jurado protegerla y sentía que estaba rompiendo esa promesa. Sabía que, en parte, su culpa se debía a lo que había pasado con Sarah. El solo pensar en ella y en su falta de juicio lo perforaba como una daga que le estuviera penetrando la carne. Intentó convencerse de que era su sentido de honor y deber preocuparse por el bienestar de la muchacha pero había algo más, quizás un sentimiento, que no podía explicar.
Ian bajó la mirada a la tímida muchacha. Su sonrisa tierna lo llenó de contento. Era la primera vez que la veía sonreír desde la encontró en la carretera; pero él era parcialmente culpable de eso. Le relucieron los ojos como a una niña que ve un dulce; brillantes y llenos de alegría. Ian quería devolverle la sonrisa pero la culpa lo detuvo. Si juzgaban a su padre y lo condenaban por traición, se preguntaba si volvería a ver esa sonrisa suave y hermosa.
–¿Cuándo te vas? ¿Estarás mucho tiempo fuera?
–¿Tanto te urge librarte de mí? –le preguntó burlándose.
–¡No! Solo te quiero desear un viaje seguro.
–No debería estar fuera más de dos o tres días.
–¿Partirás de inmediato?
Ian no se había perdido el tono tenso de su voz. De no haber sabido mejor, hubiera pensado que la muchacha actuaba como si no quisiera que él se fuera. Había transcurrido mucho tiempo desde que se había sentido querido por alguien. Sonrió, pero su sonrisa se desvaneció tan rápido como había aparecido. Ninguna mujer lo volvería a querer, y de buena consciencia él no la podía tener. Estaba dañado, era un hombre roto. Ahora, su corazón solo le pertenecía a Escocia.
–Tomaré a mis hombres y partiré por la mañana.
~*~
Al tiempo que ingresaban en la aldea, Keira observó a los hombres y las mujeres ocupados con sus deberes. Algunos jóvenes limpiaban los corrales de los animales, algunas mujeres acumulaban pilas de lino para lavar, y algunos de los hombres más grandes martilleaban y reparaban el cerco dañado. La visión de esa gente honrada le recordó a su propio clan e hizo que los extrañara mucho.
Keira soltó un suspiro. Solo sería cuestión de tiempo volver a verlos, pero la paciencia no era una de sus cualidades más fuertes.
A medida que se aproximaban a la fortaleza, un muchacho joven de unos quince veranos corrió hacia ellos. Cogió la rienda y guió al caballo a un poste cercano al abrevadero.
–Buen día, señor. Me llamo Jacob. Me encantaría cuidar de su caballo durante su visita.
El muchacho era alegre. Esa era una señal esperanzadora.
–Muy bien, muchacho, también necesito que busques al herrero. El caballo tiene un problema en su andar y necesitará un cambio de herradura. Parto por la mañana. Tenlo listo para entonces.
–Sí, señor. Me aseguraré de que lo hagan enseguida.
–Buen muchacho.
Ian deslizó la pierna sobre el lado y se deslizó al suelo. Estiró las manos, cogió a Keira por la cintura y la ayudó a descender. En cuanto sus pies hubieron tocado el suelo, la soltó. Desató las bolsas de la silla, se las arrojó por encima del hombro y se dirigió hacia sus hombres.
Ian les habló suavemente, con la expresión seria, y Keira se preguntó qué asunto era tan importante para ser discutido en privado.
Pensó con pesar que era una pena que no fuera tan dotada como Alys cuando se trataba de leer los labios. Alys practicaba por horas. Keira sentía que era el resultado de tener demasiado tiempo libre, pero ahora entendía que el talento podía ser útil. Aunque era dos años más joven que Keira, Alys había demostrado mucha sabiduría para una muchacha de diecisiete años. Tenía mucho más coraje y valentía que Keira. Solo en ese momento, Keira se dio cuenta de las locuras y las manías tontas de su hermana la habían ayudado a convertirse en una mujer fuerte. Si Keira le habría prestado más atención a su hermana y habría actuado menos como su figura materna, podría haber aprendido algunas habilidades útiles.
–Milady –dijo Ian mientras asentía con la cabeza, en señal de que quería que lo siguiera.
Keira se detuvo erguida, reuniendo su confianza, y siguió a los tres hombres MacKay al interior del gran castillo. Al tiempo que pasaba la entrada, se sorprendió de encontrar que el castillo era mucho más pequeño por dentro de lo que había parecido por fuera. Recorrió el corredor angosto que conducía al gran salón.
Al llegar al final del corredor, vieron hombres y mujeres disfrutando la cena. Las mesas estaban llenas de los miembros del clan y rebosantes de platos que contenían comida, pero en la cabeza de la mesa había varios asientos vacíos. Era raro que el laird no asistiera a la cena.
Justo al lado del asiento del medio en la cabeza de la mesa se sentaba una joven y encantadora mujer rubia. Llevaba el cabello sujeto con unos rizos sueltos que le enmarcaban el rostro delgado con olas suaves. Tenía joyas y un vestido azul con ribetes en encaje dorado. Por su posición en la tarima, era evidente que era la señora de la fortaleza.
Ian dio un paso hacia adelante, y todos los ojos lo siguieron. Las voces se apagaron, y Keira observó que los hombres sujetaban los puños de sus espadas como si se estuvieran preparando para la batalla. La atmósfera se volvió incómoda y ella se acercó a Leland, rezando para que esos hombres no les hicieran daño.
La habitación estaba en penumbras, con tan solo unas velas encendidas. Sin embargo, Keira aún podía ver los oscuros ojos que seguían a Ian mientras él avanzaba y se acercaba a la cabeza de la mesa. ¡Quizás eran un buen clan, como había sugerido Ian, pero seguramente no eran muy confiados!
–Lady MacKenzie, siempre es un placer verla –dijo Ian con una inclinación.
–El placer es mío, Ian MacKay. Espero que te quedes más tiempo que en la última visita –respondió.
El tono aterciopelado de la voz de lady MacKenzie era tan suave como el chocolate derretido. Mientras hablaba, la mandíbula de Keira se abrió lo suficiente como para dejarla inhalar. ¡No había esperado que la señora de un clan tan estimado de las Tierras Altas fuera francesa! Keira nunca había conocido a una francesa y la sorprendió la fluidez de su acento. Sonaba hermoso, como la canción de un ave hacia su pareja.
–No, milady, solo estoy de paso. Necesito hablar con su laird.
–Mi marido no se encuentra aquí. Se ha ido al mercado de Aberdeen. Hemos tenido un buen año. No esperamos su regreso hasta mañana por la noche. Pero, como siempre, tú y tus hombres son bienvenidos a quedarse en la casa de huéspedes.
–Gracias, milady. Como su marido no se encuentra aquí, ¿puedo hablar con usted en privado?
–Por supuesto –dijo y, luego de incorporarse de la silla, condujo a Ian detrás de una puerta cerrada, con dos de sus guardias siguiéndola de cerca.
Keira elevó la mirada hacia Leland.
–No te preocupes, muchacha. Lady MacKenzie es una buena mujer.
~*~
Ian atravesó el umbral de la cámara privada del laird y siguió a lady MacKenzie. Los guardias los siguieron. Ian notó la pila de cartas sobre el escritorio con los sellos rotos. Solo le llevó unos segundos reconocer el sello del rey. Había una, sin embargo, con el sello aun intacto. Contenía el sello de la realeza británica y estaba apartada de las otras, lo que despertó su curiosidad.
–¿De qué deseas hablarme?
–Milady, traigo a una joven que viaja conmigo. La encontré en el camino, en territorio enemigo. Temo que esté en peligro y le pido que la hospede hasta mi regreso.
–¿Y cuánto tiempo piensas dejarla aquí con nosotros?
–Solo me iré por unos días. Tengo que atender un asunto cerca de Edimburgo. Ella se encuentra lejos de casa y le ofrecí devolverla a salvo. Pero tengo que ocuparme de otros asuntos primero.
–Ya veo. Bueno, mientras no cause ningún problema, será un placer permitirle vivir aquí de momento. Ahora, ¿dónde está esa chica? Me gustaría conocerla.
Al tiempo que los guardias y lady MacKenzie volteaban, Ian cogió la carta con el sello real intacto y se la deslizó en el bolsillo interior de la camiseta. Con una sonrisa, tomó el brazo de lady MacKenzie y la escoltó afuera de la cámara. Luego fue en busca de Keira y de sus hombres. Fuera de la muralla exterior, encontró a Keira de pie entre Leland y Rylan, quienes conversaban con uno de los guardias de Leod.
–Milady, esta es lady Keira Sinclair –dijo Ian al introducir a las mujeres.
–Milady, es un placer conocerla –dijo Keira, hablando en un tono suave al tiempo que hacía una reverencia formal.
Lady MacKenzie sonrió amablemente.
–Es un placer, Mademoiselle. Por todos los santos, ¿qué llevas puesto? ¡Tienes el vestido desgarrado y estás empapada hasta los huesos!
Por el rabillo del ojo, Ian vio a Keira ponerse del color de las fresas en la primavera. Bajó la cabeza y escondió su aspecto ruborizado, y eso le hizo sentir un vuelco en el corazón. Era una muchacha muy bonita y no tenía motivo para esconder su belleza; sin importar si lucía desalineada a causa del viaje. Si se hubiera puesto una bolsa de patatas, aún llamaría la atención de los que la vieran. Ian luchó contra la necesidad de elevarle el rostro y se recordó que hacer eso probablemente la hiciera sentir más avergonzada.
–Viajamos bajo la lluvia –explicó con la esperanza de salvar a Keira de la vergüenza.
–Ven, querida. Te buscaremos algo apropiado y cálido que vestir –sugirió lady MacKenzie estirando la mano hacia la muchacha.
Keira observó a Ian con los ojos llenos de desconfianza. Ian exhaló.
–Iré a verte pronto –le aseguró.
Keira le regaló una sonrisa y asintió. Era la segunda vez en un día que le sonreía. Cómo le gustaba esa sonrisa. Más allá de la preocupación, de la política y del temor, Keira era una joven hermosa. Cualquier hombre sería afortunado de tener el corazón de esa mujer. Era luchadora, apasionada y podía hacer que un hombre se volviera loco de deseo por ella. Ian se sentía tentado de tomarla en sus brazos por la fuerza y besarla. Pero cuando ella sonreía se sentía completamente deshecho. A diferencia de las mujeres que habían pasado por su vida, ella tenía algo que lo había embrujado.
~*~
Keira siguió a lady MacKenzie a través de los tres pisos de escaleras que conducían a un gran solar. Adentro había un enorme vestidor, lleno de vestidos hechos con telas finas en diferentes colores; vestidos demasiado elegantes para la vida cotidiana. Eran vestidos para llevar en la corte. Lady MacKenzie le dijo que escogiera el que le gustara. Si era necesario, lo podían modificar. Mientras Keira revisaba las prendas, se le hizo difícil encontrar un vestido simple. Por no querer hacerle perder mucho tiempo a lady MacKenzie, escogió uno dorado.
La túnica del vestido era de satén y el abrigo debajo era de lino suave y blanco. El cuello era cuadrado y tenía flores cocidas. Las mangas la sujetaban hasta la altura de los codos y luego colgaban abiertas ya que eran anchas a la altura de las muñecas.
Con el crujido de la puerta al abrirse, entró una criada mayor.
–Milady, preparamos el baño para la señorita Sinclair.
–Muy bien, Marguerite. Gracias.
–Marguerite te ayudará con el baño –anunció lady MacKenzie.
–Gracias por su bondad, milady –dijo Keira.
Keira siguió a Marguerite a la habitación conjunta. El vapor de la bañera se veía tan tentador como una cama cálida. El agua la llamaba. Los huesos y las piernas le dolían de montar sobre el caballo durante dos días, y tenía la certeza de que en cuanto se relajara dentro de la tina se quedaría profundamente dormida.
Keira se desvistió y se metió en la tina. La tensión, el estrés y los nervios se derritieron. Marguerite se frotó el jabón en las manos y comenzó a lavarle el cabello. Entre la fragancia a lavanda y los dedos que le masajeaban la cabeza, se encontraba en el cielo. Si se hubiera visto forzada a soportar un día más en el bosque, durmiendo sobre el suelo duro, estaba segura de que se habría vuelto loca.
Limpia y relajada, se sentó cerca del fuego para que se le secara el cabello. Envuelta en una toalla, clavó la mirada en las llamas del fuego, que ardían intensamente dentro del hogar. Se preguntó qué estarían haciendo Ian y sus hombres en ese momento. A lo mejor, con suerte, también se podrían bañar y cambiar la ropa. No sabía cuánto tiempo más podría tolerar su hedor, a pesar de no haber dicho nada de sus olores corporales poco placenteros.
Sus pensamientos se detuvieron en Ian, quien invadía su mente últimamente. No sabía por qué le importaba que se fuera excepto que no le gustaba que la dejara; por no mencionar que no le había explicado lo que estaba sucediendo. Sabía que había más en la historia de Ian de lo que le contaba. Como había demostrado ser el hombre más terco de las Tierras Altas, ella sabía que no obtendría mucha información de él, pero a lo mejor podría persuadir a Leland de que le contara algo. Keira sabía que cuando un hombre bebía, no había forma de saber lo que diría. Pondría su plan en marcha esa misma noche. Si sabía por qué Ian estaba tan desesperado por llegar a Linlithgow, a lo mejor se revelaban más verdades.