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Capítulo 29

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Parado sobre la cima del acantilado, Ian bajó la mirada hacia la gran extensión de la quebrada que tenían debajo. Le había llevado casi una hora subir el lateral pronunciado para llegar a la cima pero sabía que le permitiría ver el paisaje durante millas. En el momento en que vio el humo que sobresalía de los árboles supo con certeza que estaba en el sitio en que tenían a su esposa.

De no haber subido la montaña, Ian se lo habría perdido, ya que estaban entre las colinas en un valle profundo sin visibilidad más allá de la montaña que lo rodeaba. Sus enemigos probablemente nunca pensaron que subiría, ya que no era una tarea fácil, pero Ian estaba lleno de locura ese día. Y recorrería cualquier distancia para encontrar a Keira, le dolía el corazón por ella.

El grado de la cima vertical era casi derecho. Sin soga ni arneses, llevado por la adrenalina, había hecho el viaje solo. Cuando llegara a la cima y estudiara la tierra, bajaría y regresaría al sitio donde lo esperaban sus hombres.

No sería fácil llegar a la ubicación del humo sobre el caballo, pero tampoco era imposible. Ian había cabalgado en condiciones peores. No la había nombrado Luchadora de Tormentas en vano. Era un animal duro y con espíritu que se había ganado su nombre.

Ian bajó por la cuesta y se reunió con sus hombres.

–¿Qué viste? –le preguntó Leland.

–Vi el campamento donde la tienen, pero no es fácil llegar allí. Queda al otro lado de la montaña, está adentrado en la quebrada. Tendremos que seguir el río para llegar allí –sugirió Ian.

Con sus hombres leales a su lado, Ian cabalgó adelante siguiendo el río profundo y serpenteante. El olor de madera quemada fue en aumento. Se encontraban cerca.

Ian extrajo la espada que llevaba amarrada en la espalda mientras se acercaban a los árboles. Al trepar la colina, se encontraron con casi una docena de hombres sobre la cima de la pendiente, cada uno armado con un rifle en su mano.

A Ian le latió el corazón violentamente. La última vez que vio armas como esa fue durante un breve viaje a Francia. Había visto con sus propios ojos su capacidad y su potencial de matanza. No eran la elección de armas de los escoceses, ya que los guerreros de las Tierras Altas vivían de la espada, pero el arma de fuego, conocida como arcabuz, se podía disparar a grandes distancias y le daba ventaja al que la portaba. Y ahora, Ian estaba de pie, con la mirada fija en una docena de cañones apuntado directamente hacia él. Siendo uno contra doce, no tenía los números de su lado.

Ian mantuvo la mirada fija en los doce guerreros que estaban a punto de atacar. Aunque tenían las de ganar, vio el temor en sus ojos mientras los hombres de Ian se acercaban. Pudo ver que les temblaban las manos mientras los dedos titubeaban sobre los gatillos. Esos hombres no parecían ser guerreros entrenados y claramente les temían a sus propias armas. Una ventaja que Ian estaba feliz de explotar. Sin embargo, eran escoceses, por lo que supo que serían implacables.

Ian estaba tan concentrado en sus armas, que no notó los colores rojos y verdes de sus tartanes hasta entonces. Rojo y verde. Ian repitió los colores en la cabeza. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta entonces? Esos no eran los colores azules y verdes de los Sutherland. ¡Eran Chisholm! Estudió el área y a los hombres que pronto morirían y vio a Thomas Chisholm al final del campamento. La ira le hacía arder la sangre como agua hirviendo. Sabía que el hombre que decía ser Chisholm en el juicio era un impostor. Sabía que atraparlo nunca habría sido tan fácil. Chisholm había planeado con éxito su propia muerte pero todo fue en vano, pensó Ian, ya que se imaginaba que disfrutaría tomar la vida del hombre.

Aferró el mango de la espada y arremetió al tiempo que los disparos le perforaban los oídos alrededor. Sintió el viento en el rostro mientras conducía el caballo hacia adelante y rompía la línea de hombres que se tuvieron que dispersar. Como estaban recargando las armas, el alivio temporal le brindó a Ian la oportunidad que necesitaba para atacar.

Elevó la espada y volteó el caballo para una segunda ola de ataque. Sus hombres luchaban a su lado, y derrotaban a varios enemigos. Ian podía oír el ruido de la hoja al deslizarse en el aire antes de incrustarla en las profundidades de un hombre.

Mientras el metal chocaba y el viento aullaba, una voz femenina penetró todos los ruidos.

–¡Ian!

Ian espoleó el caballo y sus ojos buscaron vehementemente a Keira hasta que la hallaron de pie al final del campamento. Un guardia le impedía correr hacia él. Ian estaba a punto de salir al galope cuando un disparo de un arcabuz a corta distancia que lo inmovilizó de repente. Al principio, no sintió dolor, pero comenzó a invadirlo en olas y se intensificaba con cada latido de su pulso. La espada de Ian cayó al suelo y él se cubrió el estómago con el brazo y apretó la mano con firmeza contra el lateral. Sangraba sin parar aunque no pudo detectar cuánta profundidad había alcanzado la bala. Sus ojos quedaron fijos en los de Keira al caer del caballo. Durante un momento, el tiempo se detuvo.

~*~

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Al oír unos ruidos estruendosos como nunca antes, Keira salió disparada de la carpa pero la detuvo rápidamente un guardia que vigilaba la entrada. Al otro lado del campo, pudo ver a Ian y a sus hombres atacar a los guardias armados con las espadas levantadas en el aire.

Tras otro disparo, Keira contuvo el aliento en la garganta cuando vio a Ian caer del caballo al ser alcanzado por un disparo de los atacantes. El sonido de rifle era ensordecedor como si un trueno hubiera aterrizado en la tierra a su alrededor. El ruido la dejó anonadada ya que una luz intensa acompañó el sonido. Se le encogió el pecho como si ella misma hubiera recibido el disparo.

El pulso y la mente se le aceleraron más que los caballos. Podía ver la sangre que manaba por el costado. Tenían que extraer el plomo y vendarlo rápido. Le preocupaba que si perdía mucha sangre, se desmayara y nunca más se despertaría.

Luchó para liberarse del guardia que la sostenía por el brazo y observó a los hombres de Ian formar un círculo a su alrededor y luchar contra los guardias de Chisholm. Estaban manteniendo a los guerreros alejados pero ella no creía que Ian pudiera durar mucho más.

Keira elevó la mirada al gigante alto que la mantenía cautiva y pensó en Brodie y en la historia de David y Goliat.

Cuanto más altos son, más duele la caída, se dijo.

Keira se puso en ángulo para enfrentarlo. Elevó la pierna, dobló la rodilla y lo pateó con toda la fuerza que pudo en la entrepierna. El hombre gritó de dolor y soltó el brazo de Keira para llevar la mano a la entrepierna.

–¡Perra! –gritó antes de soltar un montón de maldiciones.

Manoteó en el aire e intentó atraparla, pero Keira se inclinó. De momento, volvió la mirada hacia Ian. Tenía la intención de correr hacia él pero hacerlo era absurdo. Los hombres los rodeaban como un círculo de fuego. Nunca lograría llegar a él.

El tiempo pareció ralentizarse como si el último grano de arena hubiera caído suavemente en el reloj de arena. El ruido estruendoso de la batalla se detuvo y el único sonido que oyó fue el de su propia respiración.

Keira tenía que pensar rápido. Debía tener fe en que los hombres de Ian lo salvarían. Tenía que tener fe en Ian. Él no permitiría que la muerte se lo llevara sin pelear. Entre todo, sabía que Dios tenía un plan para ella y se negaba a creer que ese plan no incluyera a Ian. No se podía imaginar un mundo sin él. En síntesis, ella estaba destinada a estar con él.

Keira apartó la mirada de la pelea y la dirigió a los árboles. Correr no sería cobarde, pero quedarse la pondría en un riesgo innecesario. No tenía armas para reprimir un ataque ni tenía la fuerza para correr hacia la batalla. La única forma de salvar a Ian era salvarse a ella misma. Cuando los hombres de Ian pudieran reprimir a los guerreros, confiaba en que lo ayudarían, lo mantendrían a salvo de futuro daño.

Comenzó a correr hacia los árboles, sus largas piernas musculosas se movían rápido en el intento de alejarse de su atacante. Él la estaba alcanzando, pero ella era más pequeña y más ágil, esquivaba árboles y ramas y zigzagueaba como un hada llorona. No tenía idea en qué dirección corría. Lo único que sabía era que iba en la dirección opuesta a los hombres de Chisholm. Al tropezar con raíces de árboles y escombros del bosque, sintió que el miedo le generaba adrenalina.

Keira llegó a una pared rocosa en la base de la montaña. Elevó la mirada y se sintió como una hormiga debajo de un árbol. Rezó y aceptó el desafío de comenzar a trepar. Usó las grietas en la pared y los trozos de roca que sobresalían de forma innatural y escaló la montaña. Cuando estaba a seis metros de altura, su atacante comenzó a trepar, pero su peso y sus pies grandes le impedían sostenerse y se deslizó al suelo.

Keira continuó el ascenso hasta que alcanzó una roca llana. Miró hacia abajo y sintió alivio al ver que el guardia de Chisholm se había dado por vencido ya que no estaba a la vista. Descansó un momento hasta que retomó el ascenso por la cuesta empinada. Estimó que le llevaría al menos una hora alcanzar la cima.

El viento soplaba con fuerza a esa altura, lo que le jugaba en contra. Era bueno que no le temiera a las alturas porque, de lo contrario, nunca habría osado intentar esa agotadora subida.

Cuando llegó a la cima, Keira pudo ver toda la expansión del territorio desde el acantilado. Se refugiaría allí hasta que viera a Ian y a sus hombres.

~*~

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El dolor que radiaba del costado le quemaba como el fuego de Hades. Mientras sus hombres lo escudaban, Ian se arrancó la camiseta con cuidado y se la envolvió en la cintura. Eso detendría el sangrado pero haría poco para aliviar el dolor.

Se sintió invadido por el alivio al ver a Keira correr hacia el bosque. Estaba lejos de la pelea pero seguía en peligro porque uno de los guardias la perseguía.

Al ver su espada en el suelo a tan solo unos metros de distancia, Ian se inclinó hacia ella y la recogió con la mano izquierda. La espada se sentía más pesada en la mano no diestra pero no al punto de dejarlo indefenso. Se incorporó y se volvió a unir a la pelea.

Los hombres se esparcieron, las espadas chocaron y los hombres lucharon hasta la victoria. Sería una historia que contarían durante generaciones. Mientras que sus hombres perforaron a varios de los guerreros de Chisholm, otros huyeron despavoridos.

Sin embargo, Thomas se quedó de pie, negándose a retirarse. Ian caminó hacia él con la espada en la mano. Quería la cabeza de ese hombre sobre una pica; Jacobo lo quería vivo. Al menos el tiempo suficiente para matarlo él mismo.

Thomas atacó a Ian abatiendo la espada en el aire. Peleó con ira pero no con la cabeza. Embestía salvajemente y le erraba al objetivo. La espada de Ian chocó contra la suya y se oyó el sonido del metal y sintió la fuerza del choque vibrar en su brazo. Thomas trazó un círculo alrededor de Ian, arrojó un puñado y rozó la herida de Ian, lo que lo hizo tambalearse de dolor y soltar la espada.

¡Por todos los diablos!

Thomas tenía una mirada siniestra y arrojó su espada al suelo también. Elevó los puños y esperó a que Ian hiciera el próximo movimiento. No había nada más crudo y básico que una pelea mano a mano. Matar a un hombre con las manos ofrecía cierto sentido de dignidad y poder que ninguna espada podía brindar. Era salvaje pero exactamente como querría un verdadero guerrero. Era la forma más honorable de morir. Pero Ian no moriría ese día.

Ian lo tacleó al suelo. Volaron puñetazos, se derramó sangre y los gemidos y gruñidos hicieron eco a su alrededor. Como dos perros salvajes, pelearon a muerte. Volvió a sentir otro golpe de Chisholm y apenas se aferró a la consciencia al tiempo que se le nublaba la vista, pero el pensar en Keira le renovó las fuerzas. Retiró el brazo y, con toda la energía que logró reunir, le dio un golpe en la cabeza al bastardo. Sintió que el cuerpo de Chisholm caía inconsciente y supo que la victoria era suya.

Ian colapsó en el suelo cubierto de sangre, mugre y sudor, al lado del cuerpo de Thomas Chisholm. Tenía las manos ensangrentadas e hinchadas, las costillas y el lateral le dolían como el demonio y el ojo derecho tan inflamado que casi lo cegaba. Oyó gritos y sonidos que se aproximaban, pero no pudo entender las palabras. El mundo le daba vueltas y la oscuridad lo invadió. Cayó en un sueño pacífico y soñó con bañarse en whisky. ¡Debía estar muerto y ese debía ser el cielo!

~*~

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A Keira se le hundió el corazón en el pecho al ver a Leland y a los otros cabalgar a su lado. Observó los rostros pero no había señales de Ian. Sus expresiones lúgubres la dejaron sin aliento. Keira bajó la cabeza y se concentró en respirar mientras se sentía desvanecer. Las rodillas le temblaban con violencia. Su esposo estaba muerto.

Leland cabalgó hasta su lado, llevaba el cuerpo de Ian sobre el lomo del caballo a sus espaldas. Corrió hasta él y le puso la mano en la mejilla. Seguía cálido al tacto.

–¿Acaso está...?

–¡No! Todavía no, pero duerme como un tronco –le aseguró Leland.

–Eso temía. Debo curarle las heridas.

–Eso tendrá que esperar, milady. Los hombres de Chisholm aún se encuentran demasiado cerca. No estamos preparados para otro ataque.

Keira observó a Ian lo mejor que pudo. Tenía la piel pálida.

–No puede esperar, Leland –susurró–. Necesito tiempo suficiente para detener la hemorragia.

Leland exhaló molesto.

–De acuerdo, pero apresúrate.

Leland y dos guardias la ayudaron a bajar a Ian al suelo. La camiseta que se había amarrado a la cintura estaba cubierta de sangre. Con cuidado, se la quitó y dejó la herida abierta. Gracias a Dios, el proyectil lo había atravesado limpiamente. No tendría que escarbar en su interior para extraerlo. La fiebre y la hemorragia eran los únicos riesgos que corría y eran graves.

–¿Alguien tiene agua? Debo limpiarla antes de intentar cerrarla.

Uno de los guardias corrió a su lado y le entregó su cantimplora abierta. Ella derramó el contenido en la herida. Utilizó la camiseta desgarrada y ensangrentada como vendaje y le ordenó a los hombres que encendieran una fogata pequeña.

–Muchacha, no tenemos tiempo para eso –le advirtió Leland.

–Debo sellar la herida. Cuando el fuego esté encendido, toma tu daga y sostenla sobre las llamas. Asegúrate de que esté bien caliente. Apresúrate a menos que quieras que Ian se desangre a muerte o muera de fiebre –le dijo.

Leland hizo lo que le ordenaba y sostuvo la hoja sobre las llamas. Varios segundos después, Leland regresó a su lado y le entregó la daga. Keira volvió a descubrir la herida y apretó el metal contra la herida. El olor de la carne quemada la invadió al tiempo que se chamuscaba la piel de él.

–Creo que voy a vomitar –dijo Leland y se alejó rápidamente con una mano sobre la boca.

Keira aguardó unos instantes más antes de retirar la hoja de la piel. Le quedaría una cicatriz horrible pero al menos si él moría, no sería por la hemorragia.

Le pasó las manos por el pecho, los brazos y las piernas en busca de otras heridas. Notó heridas menos serias como tres costillas rotas, dos dedos quebrados y un posible esguince en el tobillo. Pero esas cosas podían esperar. Cuando encontraran un refugio y tuviera los suministros apropiados, le acomodaría los dedos y le envolvería el pecho para que curaran las costillas. Sería una recuperación larga, pero cuando terminara de curarlo, el resto dependería de Dios.

Mientras seguía revisando las heridas, su mente regresó a su padre. Ian no era el único hombre por el que se preocupaba. Aunque estaba loco de atar, Magnus Sinclair seguía siendo su padre. Se las había ingeniado para escapar de la muerte una vez, pero ella temía que no había tenido la suerte de los santos de nuevo.

Suavemente, preguntó:

–Leland, ¿acaso mi padre sobrevivió?

No estaba segura de querer saber la respuesta, pero pensar que su padre hubiese sido dado por muerto la perturbaba.

–No, muchacha. Encontramos su cuerpo después de la pelea. Pero no fueron mis hombres. Ya estaba muerto antes de que llegáramos nosotros –respondió Leland.

Keira asintió con la cabeza. Se imaginó que de no haber muerto en la pelea, simplemente habría huido, pero después del breve tiempo con laird Chisholm supo que ni ella ni su padre sobrevivirían. Envió una plegaria silenciosa al cielo y le pidió a Dios que perdonara los pecados de él y rezó porque descansara en paz en compañía de su madre.

Leland los condujo a una abadía cercana que les ofreció refugio. Con la ayuda de los monjes, Keira vendó las heridas de Ian y lo dejó a solas para que descansara. Cada día Keira caminaba ansiosa de un lado al otro a los pies de la cama de Ian esperando a que despertara. Ya habían pasado casi tres días y aún no se había despertado.

–Te vas a enfermar de preocupación, muchacha –dijo Leland–. Deberías descansar un poco. Yo te puedo ir a buscar si se despierta.

–No puedo dormir, Leland. Sé que su cuerpo necesita descansar para sanar, pero si no se despierta pronto, temo que se muera de hambre.

Leland bajó la cabeza. Él también se preocupaba mucho por su hermano aunque intentaba permanecer optimista. Ian era un hombre duro y un luchador; no se rendiría fácilmente.

–Te prometo que pronto descansaré. Solo me quiero quedar un rato más –dijo y fue a sentarse cerca de la cama de Ian.

–De acuerdo, muchacha. Ven a buscarme si necesitas algo. Estaré en la cocina. Vendré a verte a ti y a Ian más tarde.

–Gracias, Leland. Eres un buen hermano –dijo pensando en sus hermanas–. Leland, si Ian no se despierta, quiero que me lleves al castillo Sinclair.

–No puedes hablar así. ¡Él se va a despertar!

–Lo sé, pero si no... Necesito estar en casa con mis hermanas. Están solas y no saben lo que ha pasado. ¡Prométemelo, por favor!–dijo sombríamente.

Leland la miró con ojos tristes.

–Muchacha, no te preocupes por tus hermanas. Si te hace sentir mejor, iré en persona para llevarlas a Invercauld –se ofreció Leland.

–¿Harías eso?

–Claro, eres la esposa de mi hermano y no  me gusta sentarme aquí a esperar para saber si se va a mejorar o no. Me vendría bien la distracción. Además, ¿cuántos problemas podrían causar cuatro muchachitas?

Keira se incorporó y lo abrazó.

–¡Gracias, Leland! ¡No sabes cuánto significa eso para mí!

–De nada, milady.

Leland le dedicó una sonrisa y abandonó la habitación. Al saber que sus hermanas estarían a salvo en las manos capaces de Leland, Keira se sintió aliviada. Se inclinó para tomar el trapo mojado del cuenco. Lo escurrió y se lo pasó por la frente a Ian, agradecida de que no hubiera sucumbido a la fiebre. Le pasó el trapo por el mentón, tomó una pequeña taza de caldo y sostuvo la cabeza de Ian mientras lo obligaba a tragar el líquido.

–Ian, tienes que despertar. Tienes que comer –le dijo con desesperación.

Sintió que carecía de energía y que estaba emocionalmente exhausta ya que no había dormido en tres días. Tenía bolsas negras debajo de los ojos, la piel pálida y las mejillas hundidas. Pero se negaba a abandonar el lado de Ian. Cada pocas horas, le cambiaba el vendaje, le secaba el sudor de las cejas e intentaba obligarlo a beber caldo. Milagrosamente, las heridas sanaban mucho mejor de lo que ella había anticipado. Ahora solo hacía falta que se despertara.

Keira colocó la mano sobre la de Ian.

–Fue mi culpa que te lastimaran. Te debería haber contado mi plan. Debería haber confiado en ti. Has perdido tantas cosas en la vida que solo quería verte recuperar al menos una. Lamento mucho haberte fallado. Por favor, despierta, Ian. No estoy lista para despedirme –dijo suavemente, con la esperanza de que oyera sus palabras y se despertara.

Le besó la frente y apoyó la cabeza contra el hombro y la mano contra el pecho. Cerró los ojos y oyó el fuerte latido de su corazón.

–Te amo, Ian MacKay –le dijo, pasándole los dedos por el pecho.

–Yo también te amo –respondió Ian con la voz seca y rasposa.

–¡Estás despierto!

Las lágrimas llenaron los ojos de Keira al tiempo que lo envolvía en sus brazos.

–¡Tranquila, muchacha! –dijo Ian con calma.

–Pensé que te estaba perdiendo. Ay, Ian, lamento mucho todo lo que hice. ¿Me perdonarás alguna vez? –le preguntó con las lágrimas recorriéndole las mejillas.

–No estoy enfadado contigo, muchacha. Me llevó tiempo, pero entiendo por qué lo hiciste, aunque no era necesario.

–Pero, ¿qué hay de tu hogar? ¿Cómo lo recuperarás?

–Tú eres más importante para mí que un castillo, Keira. No quiero volver a perderte. Eres mi esposa y te amo. Eres la razón por la que late mi corazón, por la que respiro, por la que sonrío. Te prometí desde el principio que te cuidaría. Que te amaría y te adoraría durante el resto de mis días. Mi palabra es un juramento y algún día regresaremos a casa, te lo prometo.

Keira abrazó con fuerza a su esposo sabiendo que sean cuales fueran los desafíos que vinieran, los enfrentarían juntos. Sabía que un día regresarían al castillo Varrich y que la guerra entre los MacKay y los Sutherland llegaría a su fin. Pero eso era el futuro. Ahora, agradecería el presente y viviría cada día sin arrepentimientos.

Sobre la autora

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April vive en Minnesota. Desarrolló su pasión por las novelas históricas a través de su amor por la historia y la genealogía. A lo largo de los últimos años, ha recopilado su árbol genealógico y encontró más de 350 antepasados que datan desde los años 900 de Inglaterra y Francia.

Cuando no se encuentra trabajando o escribiendo, disfruta pasar tiempo con su familia, leer y estar al aire libre.

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